El primer bocado era un pastelito pequeño.
Tenía una base de galleta y el relleno era de crema de limón con naranja con un
algo de espuma de adorno que era merengue hecho a mano. Esteban mordió la mitad
y lo masticó lentamente, tratando de no dejar caer migas encima de la cama.
Hizo un sonido que denotaba placer y entonces le alcanzó la mitad del pastelito
a Diego, que lo miraba atentamente para saber cuál era su opinión. Diego dejó
la mitad del pastelito en el plato que tenían al lado y esperó la respuesta.
-
Delicioso. – dijo Esteban.
Diego sonrió ampliamente y le explicó que
había demorado mucho tiempo buscando la receta ideal para la galleta, para que
no fuera demasiado dura pero tampoco insípida. Esteban le dijo que lo había
logrado pues el pastelito tenía mucho sabor y era algo que se podía ver
comiendo todos los días. Lo dijo mirando directo a los ojos de Diego. Se
miraron un momento antes de compartir un beso.
Diego le puso una mano en el hombro a Esteban.
Tenía un anillo en su dedo anular, algo muy rudimentario, liso, sin ningún tipo
de joya o de marca. Esteban tenía uno exactamente igual. Los dos se separaron
del beso y decidieron que era hora de levantarse definitivamente de la cama.
Estaban sin ropa y era ya bastante tarde para no estar haciendo nada. El plato,
que Diego puso en la mesa de noche, tenía varios pedazos de otros postres.
Esteban se puso de pie primero pero entonces
Diego lo tomó de la mano y lo jaló hacia sí mismo. Esteban casi se cae pero
logró poner la rodilla en la cama para evitarlo. Tenía una rodilla a cada lado
de Diego y se le quedó mirando como esperando una respuesta a esa acción. Diego
le preguntó que le habían parecido, con toda honestidad, los postres que habían
estado comiendo. Esteban le respondió que estaban muy ricos y que él único que
no le había gustado era el de kiwi, un sabor que a él personalmente le
desagradaba, pero no por eso estaba mal hecho.
El pastelero, que venía trabajando hacía mucho
tiempo para elaborar una lista de productos que pudiese vender a varios
proveedores, lo abrazó, poniendo su cara sobre la panza de Esteban y dándole
suaves besos. La verdad era que estaba muy nervioso pues se había metido en lo
de la pastelería hacía muy poco y todavía no sabía como iba a resultar.
Esteban lo tomó de la mano y lo llevó hasta el
baño. Se metieron a la ducha juntos y compartieron allí un rato largo que
aprovecharon para dejar de pensar en todo lo que había afuera de la ducha. La
idea era solo estar los dos. Hubo muchos besos y mucho tacto pero la verdad era
que Diego estaba distraído.
Cuando salieron de la ducha, él se cambió
primero de ropa y salió disparado al supermercado. No le dijo a su novio qué
iba a hacer o porqué, solo tenía que seguir intentando para ver que podía
inventarse. Al otro día debía presentar sus productos a una compañía que
organizaba eventos de variada naturaleza. La idea era convencerlos de que sus
postres eran los mejores para poner en bodas, bautizos, cumpleaños y hasta
velorios. Ya había encontrado dos personas que lo ayudarían a hacer los pedidos
completos y una cocina grande donde hacerlos.
Mientras miraba cada producto en el
supermercado, pensando las posibilidad que tenía, Esteban se quedó en casa. Se
vistió con cualquier cosa y se puso a revisar su correo del trabajo en el
portátil. Fue entonces cuando sonó el teléfono y era uno de los amigos de
Diego. Fue entonces que Esteban se dio cuenta que su novio no había llevado el
teléfono móvil con él al supermercado. Tuvo que tomar el mensaje, uno no muy
agradable.
Apenas llegó Diego tuvo que decirle, pues era
mejor resolver los problemas apenas se presentaban y no después, no dejar pasar
el tiempo. Uno de los amigos que iba a ayudar con la manufactura de los
postres, había decidido retirarse del proyecto pues había tenido un problema
con su trabajo y no podría usar tiempo extra para dedicarlo a otra cosa. Debía
estar enfocado en su trabajo entonces no habría como ayudar.
Diego lo llamó y habló con él por un buen rato
pero al final se dio cuenta que no había manera de convencerlo. Solo tenía un
ayudante y la cocina y eso podría no ser suficiente. Esteban lo animó diciendo
que, tal vez, las primeras ordenes no serían tan grandes. Pero Diego le recordó
que muchas veces eran para bodas y las bodas podían tener cientos de invitados,
al menos así eran las que la compañía en cuestión organizaba.
Esteban estaba seguro de que podría
arreglárselas, al menos mientras empezaba. Además no era algo que comenzara al
otro día. Tendría un poco de tiempo para conseguir más y seguro habría alguien
con tantas personas sin empleo. El problema era el sueldo pues Diego no tenía
como pagar uno de entrada pero Esteban lo convenció de que debía buscar alguien
nuevo y no complicarse antes de intentar solucionar las cosas.
Para distraerlo, Esteban preguntó que había en
las bolsas que había dejado en el mostrador de la cocina. Uno a uno, sacó
varios productos. Algunos eran comunes y corrientes como canela y azúcar pero
otros no eran lo más usual como pitahayas, clavo de olor y unas frutas
asiáticas que venían en una lata. Diego respondió que necesitaba inspiración y
nuevos ingredientes podrían ayudar.
Se veía preocupado y triste. No parecía ser
solo por el hecho de que alguien se hubiese retirado de su empresa. Era algo
más pero no hablaba de ello ni decía nada respecto a lo que le preocupaba.
Esteban ya lo había notado en la ducha y ahora lo notaba en la pequeña sala del
apartamento que compartían hacía menos de un año. Se le acercó a Diego mientras
ordenaba sus ingredientes y le tomó la mano sin decir nada. Él dejó de mover
las manos y entonces abrazó fuerte a Esteban sin decir nada.
Cuando lo soltó, Esteban había sentido algo de
lo que su prometido sentía. Había sido un abrazo extraño, como si al tocarse se
hubiesen pasado lo que sentían y lo que pensaban. Era algo muy raro pero a la
vez se sentía bien, aunque pesado. Esteban se limpió los ojos humedecidos y le
dijo a su novio que debían empezar a cocinar pronto si querían que les
alcanzara el día. Habían dormido mucho y ya eran casi las tres de la tarde.
Diego sonrío. Esteban había entendido que
necesitaba ayuda a pesar de que el no había sido capaz de decirlo a viva voz.
En las siguientes dos horas la pequeña cocina se convirtió en un laboratorio
con varios platos y recipientes llenos de cremas y espumas y diferentes tipos
de dulces que irían en copa de galleta que se horneaban, bandeja tras bandeja,
en el horno de la pareja. Prefirieron no pensar en el recibo del gas por el
momento. Cruzarían ese puente cuando llegasen a él.
Pasadas las cinco de la tarde, viendo que ya
iban a terminar, Esteban pidió una pizza que llegó justo cuando estaban
terminando de adornar los últimos pastelitos. Esteban la abrió de golpe en el
sofá e inhaló el delicioso olor del pepperoni mezclado con las aceitunas. Le
dijo a Diego que se sentara a comer y él obedeció, pero no sin antes mirar sus
pequeñas creaciones. Había bandejas y bandejas con pastelitos de varios sabores
e incluso había tratado de hacer panes pequeños con frutas exóticas y otros
inventos.
Estaba bastante contento con lo que veía y,
sobre todo, porque había dado lo mejor de sí para inventar algo que a la gente
le pudiese gustar y que pudiesen comprar cuando quisieran. Su sueño era tener
una pastelería propia pero tenía que ahorrar primero para cumplir ese sueño. La
mitad de su vida había estado perdido en cuanto a sus deseos para el futuro,
por lo que tener a Esteban y a la pastelería, era casi un sueño hecho realidad
para él.
Se sentó en el sofá y tomó una porción de
pizza. Esteban ya había comenzado. Al comienzo solo comieron, estaban
hambrientos. Pero cada cierto tiempo compartían una sonrisa. Cuando empezaron a
hablar de nuevo, se dieron cuenta de lo felices que estaban con sus vidas pues,
a pesar de las complicaciones, eran lo que siempre habían querido.