Ese día de septiembre quedó para siempre
marcado como el día en el que nos dimos cuenta que las cosas nunca volverían a
ser como siempre. No solo era el hecho de casarnos, sino que todo pareciera ser
una serie de saltos de vallas en una carrera que no sabíamos cuando iba a
terminar. Al fin y al cabo, éramos dos hombres haciendo algo que todavía muchas
personas consideraban anormal o incorrecto. Fue increíble ver, cuando llegué a
la notaría, como había personas que nunca había conocido, con pancartas y letreros
con letras grandes y coloridas insultándonos. Al comienzo fue como que no
quería darme cuenta de lo que pasaba. Estaba muy estresado por todo y no quería
agregar algo más a la carga pero fue imposible evitar mirarlos.
Tenían tanto odio en sus ojos. Era como si de
verdad les hubiésemos hecho algo imperdonable, como si nos hubiésemos metido de
verdad con ellos, con sus familias o algo por el estilo. No quisiera repetir lo
que leí en esas pancartas porque eran más que todo palabras de odio y resentimiento
pero lo que sí recuerdo es que todos los músculos del cuerpo se me tensaron de
una manera tremenda. Sentí además que la sangre que me recorría el cuerpo
empezaba a ser bombeada con mayor celeridad, tanto así que el sonido en mis
oídos era abrumador. Todo eso pasó en apenas segundos pero yo sentí que fue
eterno, el recorrido entre bajarme del carro y entrar en la pequeña notaría
donde la calma que reinaba era tan grande que chocaba de gran manera con lo que
ocurría afuera.
Esperé con mi familia y la suya por unos
minutos hasta que llegó. Se disculpó conmigo y estuvo a punto de darme un beso
pero se detuvo al darse cuenta de que sería un poco extraño besarnos antes de
hacer todo el protocolo. Algo de tradicional había que haber, así a nosotros la
tradición no nos respetase mucho. Era por hacerlo más divertido, incluso
ignorando el hecho de que habíamos vivido juntos por los últimos dos años y ya
no había mucho que el uno no conociera del otro. No me avergüenzo al decir que
seguramente éramos una pareja mucho más establecida que las de los protestantes
afuera.
Él no mencionó nada al respecto y yo tampoco.
La firma de los papeles y todo el asunto no se demoró nada. Eso era lo malo de
tener un matrimonio civil, que no había mucho de romántico en su ejecución.
Igual no queríamos nada muy inclinado hacia lo tradicional y preferíamos
celebrar nuestra unión con nuestros amigos y familiares, más que nada. Cuando
salimos del lugar no había nadie, ninguna pancarta ni nada por el estilo. Nos
fuimos subiendo a los carros para dirigirnos al salón que habíamos alquilado
para la fiesta. No era nada grande pero quedaba en un lugar muy bonito, en un
piso alto para que la gente disfrutara la vista. Menos mal habíamos podido
gastar algo de dinero en ello para que no solo nosotros lo pasáramos bien. Era
como un regalo por el apoyo recibido.
Otra valla que saltamos fue el hecho de tener
que manejar todo lo referente a nuestras posesiones y los seguros y todas esas
cosas de las que a nadie le gustaba hablar. Estuvimos de acuerdo que cada uno
se quedara con lo suyo, como siempre. No tenía sentido ponernos a combinarlo
todo. Sin embargo, abrimos una cuenta juntos para lo que llamamos “gastos del
hogar” pues nuestra idea era poder, antes que nada, mudarnos a un apartamento
propio. Y después, amoblarlo a nuestro gusto y con el dinero que hubiese en esa
cuenta ir pagando los servicios para ese espacio y todo lo demás. Creo que nos
demoramos más de un año solo para tener dinero suficiente para lo primero.
El nuevo espacio, aunque no fue un cambio
inmediato, sí que fue un cambio importante. Antes habíamos vivido en el
apartamento en el que yo había vivido en alquiler desde hacía varios años. Era
un sitio más bien pequeño, diseñado para ser el solitario hogar de un
estudiante o soltero empedernido. Como pareja, resultaba un espacio mucho más
pequeño y era complicado compartir los espacios que había para guardar cosas
como la ropa y diferentes artículos que va uno acumulando a lo largo de la
vida. Y como él había sido el que había llegado allí, siempre sentí que lo
ponía triste tener que poner sus cosas en un rincón y no poder tener un espacio
verdadero. Por eso trabajé tanto por el nuevo apartamento, por todo en ese
momento: por él.
El lugar es hermoso. Es al menos el doble de
grande que nuestro apartamento de soltero anterior y está ubicado en un barrio
mucho mejor. Incluso está a media distancia entre mi trabajo y el de él, así
que todo queda perfecto. Lo mejor es que hay cajones y armarios casi por todos
lados, así que antes de mudarnos ya lo teníamos todo repartido, meticulosamente
pensado. Él era mucho más caótico que yo pero siempre le gustó que yo tuviera
esa vena del orden, una obsesión que hubiese no podido ser muy sana pero que
para casos como una mudanza era algo ideal. No nos pasó como a otros que se
mudan por días. Para las dos de la mañana siguiente al día de mudarnos, ya todo
estaba en su lugar.
La cantidad de recuerdos que tiene el
apartamento es increíble. En el otro creamos una buena cantidad también pero
aquí están todos esos que tenemos juntos, de verdad juntos, y creo que eso es
muy importante. Uno de esos recuerdos fue
el hecho de construir, poco a poco, una relación más estable con las
familias del otro. La verdad era que él a mi familia la conocía muy bien, pues
solíamos pasar el domingo con ellos. No todos los domingos pero al menos dos de
cada mes. En cambio con su familia casi no hacíamos nada y la verdad yo me
sentía culpable. Eso al menos hasta que él me dijo que si así era, por algo
sería.
Esa fue otra prueba larga a superar. Su
familia había asistido a la firma del acta matrimonial y habían comido y bebido
en la fiesta, pero eso no quería decir mucho más que habían cumplido con las
formalidades de rigor. La verdad era, y yo lo sabía bien, que su familia nunca
me había querido mucho que digamos. Sobre todo su madre, una mujer que siempre
había ideado las vidas de sus ojos de cierta manera, era reacia a crear un lazo
conmigo más allá de los formalismos de siempre. Al comienzo yo nunca le puse
mucho cuidado al tema, no hasta que nos pasamos al apartamento nuevo y él mismo
me dijo que quería arreglar su relación son sus padres. Sentía que ellos habían
hecho algo importante al participar nuestro matrimonio y quería
corresponderles.
Por eso los invitamos varias veces. Nunca
pensé que siempre nos rechazarían, dando siempre una excusa diferente. En un
momento, pensé que de verdad eran excusas reales y le pedí a él que dejara de
insistir con el tema. Le dije que seguramente ellos mismos vendrían un día sin
avisar y ya, así nos visitarían. Pero él me dijo que ellos nunca harían eso, no
con lo rígidos que eran sobre todo. Al fin de todo su madre colaboraba con los
eventos de la iglesia del barrio y su padre era tan clásico que cumplía casi
todos los estereotipos relacionados con los hombres nacidos en los años
anteriores a la revolución sexual.
Al fin, un día, vinieron. Cabe decir que fue
porque nosotros organizamos el cumpleaños del único nieto que ellos tenían,
hijo del hermano mayor de la familia. Sin duda fue todo mucho más tenso que el
día del matrimonio. A pesar de que yo mismo había cocinado y horneado y
arreglado la casa como un lunático, ellos no agradecieron nada de la comida y
parecieron más bien apáticos cuando, al despedirse, dijeron que todo había estado
muy rico. En otras palabras, no les creí nada. No todo puede ser perfecto y eso
le dije a él después, cuando se fueron y yo lavé y limpié todo. No podía
esperar que cambiaran de la noche a la mañana.
La verdad es que ellos siguen siendo iguales.
Los que se han acercado han sido sus hermanos y mi familia nos sorprende con
visitas cada tanto, aunque no lo suficiente como para él se ponga nervioso. No
le gustan las visitas sin anunciarse y sé que no dice nada porque son mis
familiares. Pero así son ellos. El caso es que, al final del día, podemos
quitarnos la ropa de batalla y meternos a la cama. Y allí nos abrazamos y nos
besamos y dormimos juntos como nunca habíamos dormido antes. A pesar de las
dificultades, de los tropiezos y de los baches en el camino, sabemos que nos
tenemos el uno al otro. Y no pensamos jamás en cuando alguno falte porque eso
no es algo que nuestras mentes puedan procesar. Preferimos disfrutar de nuestra
felicidad, que es sorprendente y hermosa.
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