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domingo, 30 de noviembre de 2014

Soy mis calzoncillos

La puerta se abrió de golpe y entraron los dos. Ella casi se cae pero se sostuvo de la pared mientras él abría la puerta. Siguieron besándose de camino a la habitación, mientras al piso caían diferentes prendas de ropa como chaquetas y camisas.

Cuando llegaron a la cama solo quedaban los pantalones y ella se los quitó a él, pensando que sería algo muy sexy, algo realmente atractivo y único. Pero cuando le bajó la cremallera se dio cuenta de lo que había debajo.

No, no se trataba del pene del hombre. Eso era de esperarse. Era su ropa interior. La mujer trató de seguir con besos y demás pero simplemente no pudo, era como si un muro invisible se lo impidiera.

Decidió confesarle al chico que ella tenía novio y que en ese momento sentía una culpa que no la dejaba proseguir con lo que habían empezado. Se vistió rápidamente y se fue, sin decir más. No lo dejó pedir un taxi para que llegará segura a casa. De hecho, él ni tenía su número. Iba a ser algo de una noche pero resultó no ser nada.

Después de aliviar su afán por intimidad, el chico pensó antes de dormir que no era fácil de explicar lo que había pasado. La chica había abierto el pantalón y ahí todo había terminado. Pensaba ella que tenía un pene pequeño o tal vez sí había sido lo del novio? Al fin y al cabo, pensaba él, las mujeres podían ser muy sensibles y de pronto había cedido ante sus sentimientos de amor y cariño por eso otro tipo.

El hombre se quedó dormido rápidamente pero al otro día recordó lo sucedido a un amigo. Este opinaba que la chica seguramente había sentido culpa. En la sociedad actual todo el mundo sentía culpa por todo y de pronto ella había cedido a eso sentimientos. No era tanto por su novio sino por sentir que estaba haciendo algo malo.

El chico tenía 29 años y todavía no creía que fueran los sentimientos la razón por la que esa chica había salido casi corriendo de su casa. Para ser honesto y exacto, ya había pasado eso con anterioridad. No con tanta frecuencia pero de vez en cuando, cuando todo estaba a punto de pasar, la chica se echaba para atrás y simplemente se iba.

Una de esas veces, la chica había reído, se había tapado la boca, se disculpó y salió corriendo. Este recuerdo le hizo penar que sabía cual era el problema y decidió hacer algo drástico que nunca había pensado hacer: hizo una cita con el urólogo.

Nunca había ido a un especialista. De hecho nunca había ido a un médico desde hacía unos cinco años, cuando se había insolado tras estar en la playa por varias horas. Y esa vez solo había necesitado de una crema especial. Esta vez era una consulta y le preocupaba mucho el resultado, como a cualquier hombre seguramente.

El día de la cita no sabía que ponerse, sentía que iba a una cita a ciegas. Al fin y al cabo el hombre iba a tocar sus partes privadas. Aunque no iba a salir con él... En que estaba pensando?
Llegó algo tarde y la enfermera lo hizo pasar de inmediato. El doctor era un hombre de unos cuarenta años, quien lo recibió con amabilidad, preguntando la razón de su visita.

 - Vine porque he tenido problemas con... con chicas.
 - De que tipo?

Al darse cuenta de la mirada del doctor, el chico soltó una carcajada.

 - No, no. No es eso. Me funciona... Funciona bien.
 - Ok.
 - Es más el...Usted sabe.

Y empezó a hacer mímica, estirando las manos y poniéndolas paralelas, como si midiera algo. El doctor al principio no entendió nada de lo que le quería decir hasta que el chico bajo un poco las manos, al nivel de su entrepierna.

 - Ya entiendo. Tienes dudas sobre el tamaño.
 - Sí.

Se puso rojo como un tomate y tuvo ganas de salir corriendo, como las mujeres que habían estado en su cama. Pero obviamente este no era un caso similar y no podía simplemente salir corriendo como un loco. AL fin y al cabo, quería tener una respuesta clara a sus dudas.

 - Déjame adivinar.
 - Ok.
 - Crees que es muy pequeño?
 
El chico asintió, aún más ruborizado.

 - No hay de que apenarse. Todos los hombres que vienen aquí me lo preguntan cuando los reviso  para saber la condición de su tracto urinario y cuando hago los exámenes de próstata. No hay de que  avergonzarse.

Entonces el doctor sacó una ficha que tenía, laminada, que describía las medidas promedio del pene de un hombre según su etnia y edad. El doctor también puso sobre la mesa una cinta para medir.

 - Si quieres puedes seguir detrás de la cortina y medir como los describe la cartilla. Adelante.

Y eso hizo. En conclusión, no había nada extraño en su tamaño. El doctor le explicó que las mujeres normalmente preferían hombre promedio, ya que muy poco o demasiado no era del gusto de la mayoría, aunque claramente había excepciones.

Entonces el doctor le lanzó la misma mirada que muchas de las chicas. Fue un poco extraño ya que se quedó mirando su entrepierna y luego lo miró a los ojos. Resultaba que el chico había dejado su pantalón abierto, ya que había querido confirmar rápidamente la normalidad de su tamaño.

 - Esos son calzoncillos?
 - Sí.

Y entonces cayó en cuenta.

 - Ya sé que dicen que son mejores de otros por lo de los espermatozoides pero no me gustan mucho  de los otros. Me siento raro.

El doctor asentía con la cabeza, sentándose. Tenía una sonrisita extraña en su rostro.

 - Sí... Pero no lo pregunto por eso.

Se miraron mutuamente durante algunos segundo y el doctor vio que el chico no parecía caer en cuenta.

 - Usas calzoncillos de Batman seguido?
 - Porque lo...

Y, por fin cayó en cuenta.

Después de mucho tiempo, años si se quiere, este chico de 29 años, que ya tenía un trabajo estable y vivía solo, usaba calzoncillos de superheroes. De todos los heroes: de DC Comics, Marvel, independientes e incluso regionales. Estaban sus imágenes o a veces solo sus logos. También utilizaba con otros personajes de dibujos animados y películas. Con muchos colores o a veces solo de un par o incluso de uno solo.

Cuando le contó a sus amigos todos murieron de la risa. Para ellos era obvio: más de una mujer buscaba un hombre serio y atractivo y los superheroes no iban mucho con lo que la mayoría buscaba.

 - Pero bueno, ya encontrarás a tu mujer maravilla. - le dijo su mejor amigo, entre risas.

El chico fue a su casa y decidió tirarlos todos, todos y cada uno de los calzoncillos de colores, con superheroes u otros personajes. Pero cuando terminó de echarlos en bolsas, porque eran muchos, decidió no tirarlos ni regalarlos.

Esos calzoncillos lo identificaban y no iba a dejar que los gustos de otros cambiaran los suyos. Al fin y al cabo, esos colores eran él y ya habría una chica que amara los personajes animados tanto como él. Y lo demás que iba con ello.