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domingo, 16 de noviembre de 2014

Al borde del abismo

La labor social no era lo que se le daba mejor a Fran. Era un chico que poco o nada se interesaba en los demás. Para él lo más importante era sobrevivir y, a veces, la gente que lo ayudaba con eso. 

Era huérfano y, después de haber estado en el orfanato toda la vida, donde lo habían educado en algunos trabajos, lo dejaron ir para que encontrara algo que hacer de su vida. Lo único que encontró fue a la calle y a su varios habitantes. Drogas, alcohol y tabaco eran su vida desde hacía 5 años y ya no tenía, como antes, esperanzas de cambiar su vida.

Robaba a la gente en los trenes, comida de restaurantes, dinero de supermercados e incluso incendiaba autos por el solo placer. Nadie lo detenía y el no tenía intenciones de empezar a tratar al mundo mejor, después de como este lo había tratado a él.

Un día, en el que llevaba ya cuatro billeteras robadas en el tren, cayó en las manos de un oficial de policía. Normalmente era más astuto y no se dejaba ver de ellos pero ese día el hambre apremiaba y sentía el dolor de la dependencia a las drogas.

El policía lo llevó a la estación. Allí durmió en una celda sucia y húmeda y al otro día le dijeron que por su edad y por haber sido la primera vez que lo cogían, solo tenía que pasar un año en una cárcel de mínima seguridad. Sin embargo, durante todo el año debía hacer trabajo social para remediar sus crímenes. En lo personal, Fran hubiera preferido cincuenta años en una cárcel de máxima seguridad que tener que juntarse más de lo necesario con gente tan distinta a él.

Sus primeros días en la cárcel fueron difíciles. No por la convivencia o el encierro sino porque su cuerpo cada vez más necesitaba las drogas. Fran se consideraba un consumidor ocasional pero eso no fue lo que pensé el doctor de la prisión. Le dio algunos medicamentos para calmar el dolor. En parte funcionaron, en parte lo desesperaban más.

Pasada la primera semana, él y otros dos jóvenes fueron subidos a una camioneta de la prisión y llevados a un lugar bastante extraño para un trío de convictos: el asilo de ancianos del pueblo cercano.

Cuando entraron, el personal del lugar los saludó con amabilidad y les dijeron cual era su tarea en el sitio: entretener a los ancianos y ayudar a todo lo que fuera posible, desde jugar ajedrez con ellos o bailar hasta colaborar en el cambio del pañal y acompañarlos al baño.

Fran se volteó, pensando en volver a la camioneta pero los tres guardias con los que habían venido le cerraron el paso y lo amenazaron. Les dijeron, a los tres convictos, que estarían vigilándolos todo el tiempo y que si trataban de escapar, las consecuencias serían fatales.

No había más alternativa que seguir a una de las enfermeras a un gran salón donde los ancianos hacían actividades, veían televisión o tan solo se sentaban a mirar por la ventana. Les pidieron que fueran por la habitación y escogieran a un anciano para acompañarlo el día de hoy.

Antes de que lo hicieran, uno de los guardias se acercó y les fue quitando las esposas, mientras los otros les apuntaban con pistolas eléctricas. Fran los miró con odio y, apenas le quitaron las esposas, se alejó de ellos lo más que pudo. Se sentó al lado de una mujer en silla de ruedas que parecía ser muda y, por una hora, no hizo más sino pensar en lo que les haría a los guardias si no tuvieran como someterlo.

 - Que hiciste?

Fran salió de su imaginación y volteó a mirar a la anciana. Seguía tan impasible como antes, mirando al exterior, más allá que acá.

Resopló y y apretó los puños, con rabia. Volvió a sus pensamientos, los que le hacían sentir más y más rabia, hacia él, hacia todos.

 - Tomas algo para eso?

De nuevo volteó a ver a la mujer, que seguía mirando al exterior. Pero no era ella quien hablaba. De atrás de Fran se acercó otra mujer, algo más joven que la otra pero también en silla de ruedas. Tenía una expresión de suficiencia en su rostro que le daba un aire de presunción bastante fastidioso.

 - Que?
 - Tu mano, chico tonto.

En efecto, las manos de Fran temblaban todo el tiempo. Era la primera persona, aparte del doctor en la prisión, que lo había notado.

 - Heroína? O algo menos fuerte?
 - Que?

Estaba vez la cara de fastidio fue más evidente.

 - No sabes decir más?

Fran se puso de pie pero apenas lo hizo, vio como uno de los guardias se acercaba al lugar donde estaba. El tipo le apuntó con la pistola. Pero entonces la mujer los dio unas palmaditas en el estomago y el guardia se puso nervioso.

 - Señora, yo me encargo.
 - No sea ridículo. De que se va a encargar?
 - Este hombre... No le hizo nada?
 - Este payaso a mi? - decía señalando a Fran. - Hijo, hace falta mucho más que unos malos tatuajes y  una mirada despectiva para atemorizarme. Váyase mejor allí, parece que lo necesitan

En efecto, al otro lado de la habitación, uno de los reos le daba palmadas a un anciano que parecía no poder respirar. El guardia salió corriendo.

 - Entonces, vas a responder o no? Que haces aquí?

Fran no quería responder. No tenía idea de quien era esa mujer y no le interesaba. Además tenía planeado pasar casi desapercibido durante su estancia en la cárcel y esperaba que se dieran cuenta que esto del "trabajo social" no era algo que él pudiese hacer.

Resentía todo y a todos. Odiaba tener que hablar con la gente, verlos reír y disfrutar de una vida que Fran no sabía porque ellos merecían y él no. Era peor pensar que él los envidiaba y por eso las drogas habían sido ideales para él: lo llevaban a un lugar en el que solo él, Fran, era importante, y nada más era importante o existía si quiera.

Todos los días quería volver a ese lugar pero ya no podía. La estúpida cárcel y ese maldito doctor le estaban quitando todo lo que tenía adentro y, al final, solo sería una concha vacía, solo un cuerpo que se reiría de las mismas idioteces que todos los demás. Y no sabría que, si fuera todavía él, se odiaría con todas las fuerzas del mundo.

 - Prefiero la cocaína y los ácidos y el éxtasis.

La mujer se le quedó mirando, como si lo analizara.

 - No te ves como un chico que pueda pagar esa clase de gustos.
 - Robo gente.
 - Ah... Eso lo explica. Y por eso tiemblas. El dolor, la urgencia.

Fran evitó su mirada, mientras ella lo escudriñaba, centímetro a centímetro.

 - No sabes nada. Crees que conoces el dolor? Trata de vivir con un riñón y un esposos inútil. Con hombres abusivos y mujeres envidiosas. No sabes nada.

La mujer empezó a alejarse en su silla pero se detuvo, dándole la espalda a Fran.

 - Y tus padres? Que dicen?
 - No sé quienes son.
 - Desgraciados crían hijos desgraciados.

La anciana giro en el mismo punto y miró a los ojos a Fran, que por primera ves, no evitó mirarla.

 - Que medicamentos te dieron?
 - Valium y Ativan.
 - Idiotas.

De debajo de la silla, la mujer sacó una cajita de pastillas.

 - Estas son hechas de algas japonesas. Te relajan mejor que cualquiera de esas porquerías. Mi hija  Amanda me las envía, vive allá. Se casó con uno de ellos.

De la cajita, sacó una tabla de 8 pastillas. Se las dio a Fran y luego cambió el tema, evitando que el las devolviera. El chico se las guardó en un zapato y entonces empezaron a hablar de sus vidas, de detalles sin importancia y de lo que menos les gustaba del mundo.

Fran volvió una vez por semana durante toda su sentencia. Y fue esa mujer su única amiga en el mundo porque por fin pudo entender a alguien más y sentirse comprendido.