viernes, 11 de noviembre de 2016

Natsukashii

   Apenas aterrizó el avión, empecé desesperadamente a revisar todo lo que tuviera que ver con la ciudad: el clima, el tráfico y otro sinfín de cosas que ya me sabía. Supongo que era porque hacía mucho tiempo que no iba allí, desde que había vivido durante un largo tiempo hacía más de diez años. Cuando tuve mi maleta en la mano, recorrí el camino que todavía me sabía de memoria hacia la estación del tren. Nada había cambiado excepto que ahora la parada del aeropuerto ya no era la terminal. Pero para el caso era lo mismo, según recordaba ese tren siempre iba lleno hasta la ciudad.

 Tuve que esperar un rato a que llegara el tren. Aproveché para verificar la dirección del hotel, uno que quedaba a solo unas calles del lugar donde había vivido. Me daba lástima solo tener dos noches allí pero el dinero que había gastado valía la pena. Avisé por el celular a Fran que ya había llegado. Él estaría apenas despertando pues era viernes, día de no trabajo para él y le fascina dormir como un oso todo el fin de semana. Y si no estoy yo para acosarlo para que salgamos o hagamos algo, entonces se la pasa en pijama todo el día sin hacer nada.

 Le escribí que lo amaba y que nos veríamos pronto. Dos noches no son mucho en una ciudad. El tren llegó y me aseguré de subir rápidamente pues sabía bien que el tren se llenaba bastante y ahora que la estación no era terminal, pues era aún peor. Logré sentarme en una de esas sillas plegables que ponen en la zona donde deben ir las bicicletas. A medida que el tren avanzaba, me sentía más y más emocionado. Era un sentimiento extraño que me llenaba pues no era solo felicidad sino una nostalgia extraña, casi melancólica.

 El tren cruzó la planicie que separa el aeropuerto de la ciudad. Como era verano, todavía había luz de sol y se podían ver las montañas. Recordé como me gustaba ir a caminar por esa zona. Me dolían mucho las piernas pero valía la pena por la vista y porque sentía que el mundo era solo mío cuando me paseaba por esos lados. Era una sensación tan extraña como la que sentía ahora que no veía ese lugar hacía tanto tiempo. De repente, el tren entró en un túnel y supe que habíamos entrado en la ciudad. Dos paradas más adelante, me bajé con una multitud.

 Tenía la opción de caminar unos 15 minutos o de tomar el metro. Me decidí por lo primero porque era la oportunidad perfecta de ver si la ciudad seguía igual o si algo había cambiado. Salí de la estación y confié solo en mis recuerdos, sin consultar el mapa en mi celular. Empecé a caminar por las calles que me sabía como la palma de mi mano. La verdad era que, aparte de algunos negocios que habían cambiado de dueño y algunas remodelaciones menores, el barrio que separaba la estación del hotel, estaba exactamente igual.

 También había vivido por esa zona y me di cuenta en un momento que no estaba caminando más, sino que me había quedado quieto, incrédulo de verlo todo de nuevo. Quería hacer rendir mi tiempo en la ciudad pero estar allí me producía muchas emociones que no podía explicar. Seguí caminando y pronto el calor me hizo dar cuenta de que debía llegar al hotel lo más pronto posible. Apuré el paso y estuve allí en unos minutos. Si algo me gustaba de esa ciudad, era que se caminaba muy fácil por ella y perderse era casi imposible.

 El hotel era uno de esos dirigidos a un público específico. No tengo ni idea porque lo elegí, sobre todo para solo dos noches. Supongo que fue el hecho de que durante todo el tiempo que viví allá, siempre pasaba por enfrente y quise saber como era por dentro. Y mi imaginación había acertado pues tenía todo el arte contemporáneo que había supuesto, más un diseño de vanguardia que me hacía sentir como si estuviese en la mitad de la semana de la moda o algo por el estilo. Me dieron en minutos la tarjeta de mi cuarto y subí casi corriendo para cambiarme y volver a salir.

 Me puse ropa más acorde al calor que hacía y salí a la calle para aprovechar el par de horas que había hasta que el sol de verano decidiese desaparecer. Esta vez si me dirigí al metro y compré un boleto de dos días. Seguía siendo más caro que el de diez viajes pero ese no tendría sentido en mi corta estadía. Me encantaba ver que el transporte seguía siendo tan eficiente como siempre. La gente en el tren estaba toda en lo suyo pero yo los miraba a todos y me sentía fascinado por cada cosa que veía, pues todo me llevaba a un pasado que no sabía que extrañaba.

 Cuando salí a la calle, el montón de gente en el centro me asustó por un instante. Se me había olvidado cómo era ver esa marea de gente ir y venir por todas partes. El estómago me rugió, lo que me ayudó a recordar que no me habían dado nada de comer en el avión y que mi desayuno no había sido precisamente el mejor. Decidí caminar por entre la multitud para encontrar un buen sitio para comer. Menos mal, no tuve que ir muy lejos para ello. Apenas a dos calles del metro encontré un restaurante con terraza, lo ideal para mi pasatiempo de ver gente pasar.

 La cena estuvo deliciosa. Como ahora tenía más dinero que cuando vivía allí, aproveché para pedir una entrada, un plato fuerte, un postre y complementarlo todo con un buen vino recomendado por el entusiasta mesero del lugar. Hablé con él de lo que recordaba y de lo que no y me dijo que esa ciudad parecía rehusarse a cambiar demasiado. Era muy distinta a mi ciudad natal, que cambia de cara completamente cada diez años. El que no la visite seguido, no la reconoce.

 Esa noche caminé mucho y solo paré de recordar y tomar fotos como turista cuando me di cuenta que ya era muy tarde. Al otro día tenía planes y no quería que cambiaran. Al llegar al hotel, vi una pareja en la recepción y tengo que confesar que me puse como un tomate cuando uno de ellos me miró y me guiñó un ojo. Eso me hizo sentir raro pero, en el ascensor, recordé que no era algo tan raro en esa ciudad. Era el único lugar donde la gente era tan abierta y se sentía tan libre como para hacer algo así. Por alguna razón, quise contárselo a Fran.

 Al otro día le escribí, mientras me ponía la ropa para ir a la playa. Ese sería mi destino durante la mitad del día. Me sabía la ruta de memoria todavía: caminaría solo un par de calles para llegar a la parada de autobús que me servía. Antes de salir verifiqué que la ruta todavía estuviese vigente, porque nunca se sabe. Pero veinte minutos después ya estaba en el bus, que estaba tan lleno como lo recordaba todo los sábados. No solo había locales yendo a la playa y al sector cercano sino varios turistas a los que se les notaba a leguas que no entendían mucho del lugar.

 Siempre me había hecho gracia eso, no sé porqué. Supongo que porque allí yo no me sentía perdido, en cambio en otros lugares sí me había ocurrido. Me quedé pensando en ello durante el recorrido y luego me arrepentí de no haber tomado fotos para que Fran las viera. Cuando me bajé del bus caminé durante unos cinco minutos a la playa, que seguía tan estrecha y abarrotada como siempre. Solo estaría un par de horas, así que me daba igual. Las aproveché para tomar algo de sol y ver si el tipo de gente que iba allí seguía siendo el mismo. Y sí.

Se sentía muy bien estar allí en la arena y cerrar los ojos para disfrutar de la caricia del sol que se sentía tan bien. Me di cuenta que hubiese querido tener a Fran conmigo pero ya tendríamos tiempo de hacer un verdadero viaje juntos. Esto solo eran dos días que había tomado de mi trabajo y no eran lo suficiente para volverlo a ver todo. Tomé el autobús de vuelta pero me bajé en el barrio en el que había vivido y lo recorrí todo. Estaba todavía la tienda para adultos en la que había comprado un par de cosas en ese entonces y decidí entrar.


 El tipo que atendía era modelo, se le notaba. Y era muy amable. Decidí comprarle a Fran una bermuda y unas medias que me gustaron mucho, que podía usar para hacer ejercicio o para… Bueno, para otras cosas. Sonreí todo el tiempo, mirando lo que había en toda la tienda e incluso mientras pagaba por lo que estaba comprando. El tipo me miró y sonrió también, preguntándome por qué lo hacía. Le dije que estaba sintiendo muchas cosas a la vez por el pasado pero el presente solo me hacía sonreír.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Dolly

   Everyone looked through the window. They almost seemed unable to breath. The specialists on the other side were carefully helping the female elephant to get on the floor and lay down on her side. The animal was strangely restless and wouldn’t listen to any human. She gave a couple steps backwards and some forward. Her eyes went from the people around her, to the window, to the door. For a moment, some thought she was trying to figure out how the get out of there, by force if necessary. But the truth was that she was really restless.

 One of the people around her injected her with a serum to make her a bit more manageable, as they needed her on the floor and not pacing around in desperation. Of course, in the wild, the animal had her young whenever she felt was a safe and good place to have hit. It wasn’t a thing of being comfortable but more to do with the fact of being safe. In that room, however, she didn’t feel safe at all and that’s why she kept moving and refused to do what was natural. She felt danger all around and she was all that wrong.

 After all, every woman and man around her were there to take way her young as soon as she had it. Or at least that was the initial idea, until they discusses it and arrived to the conclusion that taken the cub away from the mother could have really important consequences for his survival. The baby probably needed his mother’s milk but also her protection and love. If they showed her they only wanted to help, maybe she wouldn’t feel so hostile towards them and may even be able to let them do their research on him, if that was their goal.

 After a second injection, the elephant finally lay down on the floor on her side. She begin to make a really weird sound that one expert called a “sign of melancholia”. It was very strange to attribute human traits to animals but it wasn’t uncommon to see creatures behaving exactly like actual people, especially when they have been living or have been very close to a large amount of people or even just one person in particular. It happens with dogs and even with cats and birds. It’s a strange form of attachment, still pretty uncommon though.

 They soon started making tests on her and helping her breathe properly. The people behind the glass were glued to it, as it was the first time that they would be in the presence of the miracle of life. The women there had never had children and no one had been in the room for the delivery of a human baby, much less and elephant baby. They were looking forward to it but the process also made them really nervous because they knew elephants could be very temperamental and even a real danger if you were in the wrong place, at the wrong time.

 But the one there was to drugged up to do anything against anyone. A couple of scientists started massaging the animal’s belly, trying to stimulate the birth. It was a very long process until some of the effect of the drugs wore off and it was the creature herself that pushed the baby out because she obviously felt obliged to do it. She was desperate to have her baby and once she had it, she turned around her head to see how he was and if he was alive. Elephants would even eat the placenta too, as nutritious as it is but that didn’t happen.

 The mother touched her cub with the trunk and then let out a very loud sound that seemed to be product of fear or something worse. Again, they gave her a shot and she was sleepy for a while and then fell asleep for real. The baby was then helped to her milk and while he was getting fed, they measured everything and started taking pictures. The people behind the glass couldn’t do that because their cellphones had been taken away form them but they understood why: the new creature they were looking at was something else.

 The process had been a success and the insemination of an elephant with DNA from an extinct species had been successful. The young mammoth seemed to be just perfect. He was drinking milk like crazy but he also seemed to be very curious, looking around the room and at the people. His fur was still a little bit wet but the thick brown fur could easily be appreciated. One scientist dared to take off his gloves and attempt t touch him but the supervisor caught him just in the right second. They couldn’t allow that.

 After eating, the creature seemed to be very interested in his surroundings. He even walked slowly towards the glass and lightly touched it with his trunk. The people on the other side were ecstatic, they couldn’t even begin to understand how amazing what they were watching was. No human had seen one of those for the last four thousand years and now, as if it was the most normal thing in the world, there was a mammoth walking around, touching almost everything with his trunk, being caressed softly by the scientist that were proud of their work.

The cub went back to his mother and he seemed to notice that she wasn’t really responding. The reason was simple: she was asleep after all the effort and didn’t have the opportunity to properly meet her child. However, most people had noticed that the mother had not been very eager to see him as much as the scientists were. It was pretty understandable: after all, she was an elephant and she had just delivered a baby into the world that didn’t look like her, at all.

 As the cub moved around and did small sounds with his trunk, the people behind the glass were simply over the moon. They had been told that they were going to see something very special and amazing but they would have never guessed an extinct creature was the secret of the facility. They thought a cure for some awful disease had been found or that something to do with communications had been discovered. The world did not receive news like this one every day so it wasn’t a surprise that every electronic device had been taken from them

 They were given five more minutes for observation and then a very kind young woman came and told them to exit the room and follow her. They did exactly that and joined her to a conference room, where she left them alone for a couple of minutes. In that time, every single one of them bursted into talk, saying how simply incredible what they had seen was. Their general opinion was that what they had just seen could be one of those world-changing things people love to talk about. It could be very big and important.

 The group was made of entrepreneurs, journalists and other scientists whose specialty was not biology. The woman came back and asked them to fill a survey and they she told them they could begin elaborate their plans but that they would need final approval by the laboratory in order to publish a paper, release a statement about any ideas or projects or anything related to the mammoth. They all nodded and the woman left again, with the promise to return their electronic devices to them when she returned. And so she did.

 As the men and women were being escorted to the entrance, they realized that the secret was really important for the people that had done this. And they also realized that the laboratories had challenged some ethical procedures. Besides that, they hadn’t been presented with an explanation of why they had done what they had done. And why a mammoth? Other animals had been dead for millions of years and DNA had also been found from them. Why not a dinosaur or an ancient wolf or an extinct tropical bird?


 The moment they stepped the parking lot, most of them started calling their boards or their most trusted advisors. Ideas had come up in the way to the front gate and they were already envisioning many things to do with the creature. It was a small and furry gold mine that could translate in many more extinct gold mines in the future. But their enthusiasm was broken when a scientist ran towards the lady that had attended to them and announced something sad: “The mammoth and his mother just died”.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Soñar despierto

   Aunque había parecido un sueño, la verdad es que lo que había hecho era solo recordar todo lo que había ocurrido con anterioridad, todo lo que recordaba haber visto con sus propios ojos y todo lo que sabía que había ocurrido pero no tenía idea de cómo probar. Ya no era como antes, tiempos en los que todo quedaba registrado de manera pública. No, ahora eran los ojos de las personas los que registraban todo lo que ocurría y toda esa información era almacenada pero jamás hecha pública a menos que fuese muy necesario.

 Apenas abrió los ojos, se dio cuenta que el tren entraba lentamente a la estación. Apenas se detuvo, las puertas se abrieron y todas las personas que debían bajarse, lo hicieron. Fidel, que había quedado algo turbado por lo que había visto mientras “dormía”, se demoró un poco más en bajar y recibió la mirada poco aprobadora de los trabajadores del tren que esperaban afuera a que todo el mundo saliera. Eso sí, era su cara de siempre, pues su deber era revisar que nadie se quedara atrás, tratando de hacer algo no permitido, fuese lo que fuese.

 Fidel caminó por unos cinco minutos, por entre edificios viejos y abandonados, negocios de dudosa reputación y personas que parecían haber acabado de salir de la cárcel. El de la estación central del tren era un barrio bastante difícil: la presencia de la policía era constante así como de los cuerpos élite del ejército. Muchas veces se veían unos u otros entrando a hacer redadas a los enormes edificios que aglomeraban a miles de personas cerca de la estación. Eran edificios bastante oscuros y que daban miedo de solo oírlos nombrar.

 Fidel trotó un poco cuando sintió que ya casi llegaba a su hogar. También vivía en uno de los grandes conjuntos de torres pero era en uno de aquellos en los que la policía entraba menos. Sin embargo, el día anterior, la policía había descubierto dos laboratorios de droga en uno de los edificios. Fidel pudo ver, cuando salía para ir a trabajar, como subían todas las bolsitas a un camión blindado. Algo curioso es que nadie nunca había sabido que hacían con la droga decomisada. Se supone que la destruían pero en ese mundo a nadie le constaba.

 Fidel subió al destartalado ascensor, que solo funcionaba por temporadas, y apretó el botón cincuenta y tres, el cual era su número de piso. Pero antes de que cerrara la puerta, unas sombras entraron y resultaron ser algunos de los extranjeros que vivían en la torre. Era raro verlos fuera de la casa pues ellos no tenían implantes oculares y tenían prohibido salir a menos que fuese una emergencia y parecía que nada de lo que pudiese pasar pudiese ser considerado emergencia. En todo caso, no era normal verlos por ahí caminado como cualquier persona. ¡Eran extranjeros!

 Se bajaron en el piso veintidós, demasiado bajo para que vivieran en el sector más sano del edificio. Normalmente las viviendas con problemas siempre estaban debajo del piso cincuenta y en los que hubiese encima de ese número, solían haber poblaciones más tranquilas y no tan aterrorizadas como las de más abajo. Cuando el ascensor se abrió en el piso de Fidel, se acercó a su puerta y solo tuvo que pasar la palma de la mano encima del pomo para que sonara un “clic” y así se abriera la puerta. Era una ventaja de los implantes.

 Cansado, Fidel lanzó su chaqueta en el sofá que había contra la pared y se dirigió directo a la ducha, que estaba a pocos metros del sofá. En el lugar no había muchos muros y cuando los habían eran de vidrio o de materiales que harían fácil la interacción. Por eso, mientras se duchaba, Fidel hubiese podido ser visto por alguien desde su cocina o su sala o su habitación. A pesar de esa manera de vivir, la verdad era que le tenía cariño a su apartamento e incluso a la enorme torre de edificios donde vivía. Ya era algo a lo que había que acostumbrarse.

 Apenas salió de la ducha, se secó un poco pero se miró en el espejo y después comenzó, de nuevo, a “soñar”. No era lo normal que la gente pudiese acceder así a sus recuerdos pasados pero él, por alguna razón, sí podía hacerlo. Había pasado después de un accidente que había tenido, cuando un idiota se le había echado encima con su motocicleta y lo había hecho golpearse la cabeza. Algo había pasado en su cabeza, un cambio ligero pero esencial, para que Fidel fuese capaz de acceder con tanta tranquilidad.

 Pero cada vez que lo hacía sabía que estaba llamando la atención de medio mundo, pues nadie salvo él podía acceder a recuerdo a voluntad. Era solo un privilegio para las fueras del orden y, obviamente, toda la élite de la sociedad. No había manera de saber si ya sabían que lo había hecho varias veces. Al fin y al cabo que todos los implantes oculares eran básicamente cámaras de seguridad del ejercito, así que en teoría ellos los podían usar como quisiera. La idea detrás había sido crear un mundo más seguro pero eso no había resultado como tal.

 De pronto, la puerta principal del apartamento se abrió y Fidel dio un salto del susto, pues había estado bastante concentrado en sus recuerdos. Fue a la puerta y recibió con un beso a Martín, que parecía llegar tan cansado como él. Martín no sabía lo que le ocurría a Fidel así que no habló del tema ni preguntó nada. Fidel se quedó mirando sus hermosos ojos color miel y se dio cuenta de cómo esos funcionaban a la perfección, enfocando y desenfocando en los momentos correctos.

 Martín le contó a Fidel que la policía había entrado al conjunto de torres y parecían a punto de hacer alguna acción contra el crimen. Sin dudarlo, Martín aplaudió el esfuerzo de la policía y le confesó a Fidel que, aunque muchas de las reglas y cosas que pasaban eran a veces difíciles de procesar, estaba seguro de que todo se hacía para su mejora en todos los aspectos. Por eso Fidel decidió no decir nada acerca de sus implantes. En cambio se fue a cambiar y más tarde empezó a cocinar, algo que no llevaba mucho pues cada vez hay menos que hacer.

  Hacer la cena consistía básicamente en la mezcla de varios ingredientes secos a los que se les agrega agua para que tengan una contextura bastante cercana a la real. Cuando se sentaron a comer, Fidel se dio cuenta por primera vez que nada de lo que había cocinado tenía sabor. No se podía sentir nada más sino un gusto bastante genérico que él ahora ya no disfrutaba para nada. En cambio Martín comía como si nada. Incluso pidió repetir, lo cual era posible pues esa semana habían podido tener varios bonos de comida.

 Mientras lavaba los platos, Fidel recordó una vez hacía mucho tiempo, cuando tenía unos siete años. Recordaba el sabor de una hamburguesa y todos los elementos que la hacían una hamburguesa. El tomate, la cebolla, el queso, la carne, la lechuga y el pan. Todo volvía a su mente de forma sorprendente. Tuvo que dejar de limpiar pues el recuerdo se hizo tan vivido que sus manos temblaron y casi hace un desastre. Martín, en la sala viendo televisión, ni se dio cuenta de lo que pasaba. El estaba tranquilo, sin vistas al pasado.

 Cuando se fueron a dormir, Fidel no pudo apagar sus receptores oculares para lo que supuestamente era descansar. Se le había ocurrido la idea de que habría más gente como él, capaces de recordar el mundo que había existido antes. Muchos odiaban el pasado y estaban seguros de que todo lo actual para ellos era lo mejor que se podía haber creado. Pero Fidel nunca había sentido esa aversión y ahora tenía una ventana a todo lo que había existido antes y, la verdad, le gustaba mucho echar un ojo de vez en cuando al pasado.


 No despertó a Martín pero se rehusó a dormir. A lo lejos, se escuchaba como la policía usaba sus amas. Pudo oír gritos, algunos pidiendo ayuda. No sabía dónde estarían pero sabía que poco a poco se estaban acercando a él. De alguna manera sabía que ese sueño no podía ser. El orden del mundo estaba establecido y estaba seguro de que tarde o temprano, alguien notaría que sus implantes no estaban funcionando correctamente. Vendrían a encerrarlo o peor. No sabía que les pasaba a los que habían visto la verdad.  

martes, 8 de noviembre de 2016

Home

   Some people refused to understand. They had an idea of family in their heads and they couldn’t be bothered to change it, even if the city they lived in was one of the most progressive in the world. They stared and sometimes even laughed. But the trick was not caring at all about what they said or did. Moving forward and just doing your thing was paramount in order to survive the horrible feast that was living in a suburban neighborhood like White Pines. There were things people had to do and one of them was having a thick skin.

 Diego and Liam had moved from another city two years ago and even after that time people still looked at them as if hey were the weirdest people in the world. Yes, they were married to each other and yes, they had a son called Duncan, but they often felt it that what people saw was so much more than that. Actually, it was Diego who had to endure most of the social pressure of the neighborhood because he was the one that stayed at home. Liam saw some of those things but he refused to acknowledge it was serious in any way.

 Mothers specially, were vicious against Diego. Well, at least most of them. From the first day he brought Duncan to school, he was a topic of conversation of the group of mothers that helped with several matters like organizing parties or fundraisers. After all, the school that Duncan went to was a very high achieving one and it was paramount that all the children and most of the parents got involved in some of the social crusades that parents loved to be involved with such as feeding the poor and organizing lavish parties to give a few bucks to a charity.

 Diego wasn’t used to that. In the city they lived in before, his life was kind of different. He had always tried to be a writer but never really realized how hard it was. Liam tried to help him but nothing ever worked. Then, they had the idea to adopt a child, so they did and that was how Duncan became a part of the family. Now, the boy was nine years old and Diego was what you would call a “house husband”, completely dedicated to Duncan and to the new house they lived in, which was substantially larger than their former apartment.

 They were all happy, in a general way. But Diego soon became frustrated with all the parents thing. He thought it was quite an old fashioned idea that only women would leave their kids at school and be the ones who helped for all the things that they needed there. He was the only man to do so and he had done it after Liam and him argued about the school and him not having a job and so on. He didn’t like to go to those meeting but he felt he had to because of his responsibilities towards his son and his husband. But even so, it was very annoying.

 Most of the meetings lasted for more than an hour and, for Diego that was excruciating. Not only because the women rarely stayed on topic (whatever it was that they were planning in the school) but because they always stared and asked the silliest question, just as if the last hundred years of social progress had never reached their homes. He got asked who was the woman in the relationship or if he felt emasculated for not having a job. They also looked at him constantly, as if he was some kind of strange creature walking around the downtown area.

 Sometimes he skipped sessions and he had to come up with excuses. There were times when he actually did have true excuses and other times he just came up with something. But that didn’t matter because they always would look at him as if he was lying and, even more annoying, as if they pitied him for some reason. It was as if they thought he was just a poor soul that they were helping, kind of one of those charities they loved to donate. One day he had enough of their nonsense and just stormed out of one of the meetings, with no explanation.

 When he arrived to the house, he realized two things: that he had to come back in a few hours for his son and that the place they were living in was too damn big. The house looked like one of those in which people live in commercials or something. It had a big backyard and a front garden too. The kitchen was enormous, as was every other room in that place. Diego didn’t like to say it but he missed his apartment from before. Not only because it had been something his family had passed on to him but because he felt really at home there.

 In that cavernous house, he only felt at home when Liam and Duncan were there. But Liam was always at work or busy doing something else and Duncan was at school or at some friend’s house on Saturdays. Only on Sundays they behave like an actual family and even then Liam was distracted by his phone every minute and Duncan was exactly the same thing. Diego didn’t really have any friends to distract him. He only had a couple and rarely spoke to them because their relationship was a bit different than normal.

 When he was alone at home, which was for several hours a day, he would clean the house by himself. He even refused to hire a maid because he argued that it would make him turn alcoholic in five days. So he scrubbed the floors, the toilets and trimmed the grass all by himself. It was very hard work but he enjoyed it because at least that way he was distracted doing something productive that maybe his family would acknowledge. They never really did.

 He decided not to return to the meetings. However, he was surprised to realize, one day, that they had called Liam and told him about that. And the fight that ensued was just ridiculous. He said it was his obligation to go to those meetings and help and Diego replied he wasn’t going to be their animal to look at anymore. He would rather feed the poor himself than helping in those ridiculous parties. Liam said the husbands of those women were the one doing business with them and Diego said he didn’t care. It wasn’t his problem.

 Liam said he would never understand how working and living a good life really worked, al the thing you had to do to make it work. Then the fight got uglier, with Diego telling Liam he knew he never really approved of his choice of not having a job but at least he was there every day of the week and not having meetings that took hours and not even looking at his eyes for several days. Liam couldn’t respond to that and Diego just turned around and left the house. He jumped into the car and drove off without much thinking about his destination.

 He used the car to think, to try and get an idea of what it was Liam wanted from him. But he just couldn’t be that submissive person he obviously wanted to have by his side. He wanted him to be like all those other women and there was no way Diego would go down that road. The fact that he wasn’t a working guy did not mean he had no integrity. When he realized it, he was driving to the city they lived in before. It was only three hours away so he pressed on, thinking it could be a nice idea to go back to his real roots in a place he loved.

 He arrived in the morning. Thank God, they kept the keys in the glove box of the car. When he opened the door, a cloud of dust escaped the apartment. They hadn’t been able to rent it, partly because of the chaos they had left in there. So, out of the blue, Diego started cleaning, opening windows and buying products to get the place in perfect condition. When he went to the supermarket, people greeted him. They remembered who he was from childhood and from living there with Liam. They asked for him but he didn’t say too much.


 After a week, the place was perfect. He let Liam know he was there and he announced to him he was going to stay there. He actually told him that if custody were not his, he would fight for his right to Duncan. And so it happened, months after. He got his son to live in his former house and he noticed how much better it was for both of them. As for Liam, he had been seeing some woman for many months, so he stayed with her in the other town. Diego didn’t mind. He had returned home and he would never leave again.