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viernes, 29 de abril de 2016

Transparente, no solo en primavera

   Aunque era primavera, parecía que el clima no quería decidirse por el calor de una buena vez. La mayoría de gente lo había estado esperando por meses pero no llegaba. A lo largo de los días hacía un pequeño momento de calor y la gente se contentaba con eso, como si algo de sol fuese suficiente para calentarlos a todos y hacerlos sentir, de nuevo, con ganas de ir a la playa o de vestir ropa más ligera. Algunos ya habían recibido ese mensaje erróneo, pero era más porque anhelaban tanto el verano que seguramente pensaban que vestirse para él atraía mejor clima.

 Pedro era una de esas personas que todavía estaba usando abrigos, casi todos gruesos, así como pantalones largos y suéteres. Para él no hacía calor. Todas las veces que salía a la calle, que era normalmente cuando iba a clase, sentía el frío viento golpeándole la cara. Lo que menos le gustaba del asunto es que en el camino veía gente con pantalones cortos y camisetas de manga corta con un clima de once grados centígrados. Para él, era una idiotez.

 Cuando se acostaba de noche en su pequeño cuarto alquilado, normalmente daba varias vueltas antes de quedarse dormido. Era difícil para él cerrar los ojos y simplemente dormir. No solo porque habían ruido proveniente de todas partes que no dejaba descansar propiamente, sino porque tenía siempre la idea en la cabeza de que estaría más tranquilo con todo si tuviese a alguien con quien hablar de todos esos temas.

 Estaba ya acostumbrado a no tener con quien comentar su programa de televisión favorito. Lo mismo con cosas que veía en la calle o que leía en internet o que se inventaba en un determinado momento. Muchas de sus ideas, no necesariamente buenas, desaparecían en un corto lapso de tiempo porque no las podía vocalizar con nadie.

 Cierto. Nunca había sido alguien de mucho hablar. No era muy bueno en el arte de la conversación y siempre prefería estar solo en su habitación que sentirse incluso más solo estando con gente con la que compartía el estudio. Era increíble como, a pesar de que era gente amable y casi siempre soportable, no sentía la menor empatía por ellos. Mejor dicho, no le inspiraba tener la suficiente confianza en ellos para tener una amistad real con ninguno de los casi veinte compañeros de clase.

 No era culpa de ellos. Peor para ser justos, tampoco era culpa de él. Era una combinación de ambas cosas, pues la verdad era que Pedro no se sentía completamente a gusto donde estaba. No odiaba a nadie ni nada pero no estaba feliz con sus decisiones y había decidido que lo mejor era proseguir con lo planeado y tratar de no mirar mucho si todo lo que lo rodeaba le gustaba o no. Porque si se ponía en ese plan, no había final a la vista.

 De vuelta en casa, muchos kilómetros lejos de la ciudad donde estaba, la vida de Pedro no era muy diferente. Tenía una familia que lo quería y eso nunca se puede subestimar. Pero no era que los amigos le cayeran del cielo ni que tuviera muchas personas con quien compartir nada. Pero al menos las pocas personas que había eran más numerosas y confiables que las que ni siquiera había donde estaba. Por eso prefería no decir mucho y solo vivir su vida como un ser privado y algo apartado por los demás, sin importar los comentarios que pudiesen surgir a raíz de eso.

 Sabía bien que muchas personas pensaban que era algo antisocial. Siempre había sabido que la gente pensaba de él así y eso desde que la adolescencia le cambió la vida. Desde ese momento fue como si se trazara una línea y lo empujaran al otro lado de esa línea. No podía decir que nadie lo trataba mal o que lo insultaran o que se burlaran de él. Pero a veces se sentía peor que simplemente la gente no parecía estar enterada que él estaba allí. En más de una ocasión había sido ignorado y él no había dicho nada.

 Más tarde en la vida empezó a reclamar su puesto en toda clases de cosas. Seguían ignorándolo y pasando por encima de su existencia pero él se hacía notar y entonces se dio cuenta que la gente lo tomaba por alguien desagradable y molesto porque insistía en hacer parte de lo que los demás hacían. De nuevo, no había insultos ni nada por el estilo. Pero era de esas cosas que se sienten, que se ve en las caras de las personas. Era un odio mal disfrazado, muchas veces acompañado de una condescendencia increíble.

 Esa era una de la s razones principales por las que Pedro no tenía muchos amigos que digamos: la gente simplemente le tenía una aprensión extraña que difícilmente superaban. Era como si desconfiaran de alguien que intentaba salir de su propio cascarón y prefirieran que se quedase lejos, aunque ya era visible y eso era obviamente incomodo.

 Sin embargo pudo hacer algunos amigos y se los debió, más que nada, a su habilidad de causar un poco de lástima pero más que todo a su don para ser gracioso de la nada. No era muchas veces intención serlo. A veces solo buscaba hacer una observación rápida y sincera de algo que estaba pasando. Pero resultaba entonces que le salía un chiste, alguna broma bien construida y eso llamaba la atención.

 Eso se convertía en un puente para que la gente se enterara de que existía y después que lo conocieran por completo y solo las partes que creían conocer o que habían asumido conocer. Sus amistades se podían contar con una mano, pero era porque le costaba construir esas amistades. Pero prefería tener esas pocas amistades reales que ser de los que tienen cientos de “amigos” pero no pueden nombrar momentos en los que la amistad de verdad haya existido más allá de cualquier sombra de duda.

 La otra gran parte de su vida, y la razón por la que quejar se de la primavera era habitual y más sencillo, era porque simplemente jamás se había enamorado de nadie. Eso sí, había conocido gente y había tenido relaciones, todas cortas, que normalmente no dejaban mucho atrás cuando terminaban. Al comienzo era doloroso y se sentía todo como lo siente un verdadero adolescente: cada experiencia es única e irrepetible y parece que nada va a ser nunca lo mismo. Se cree que esa primera vez haciendo algo, que ese sentimiento es el único que habrá y el verdadero y que no hay nada más en la vida.

 Sin embargo, al madurar se da uno cuenta, o al menos así le pasó a Pedro, que todo eso es pura mierda. Es decir, es una sentimiento adolescente que lo exagera todo pero que, mirando su experiencia, nada de lo que había sentido con el primer amor era de hecho amor. Era una mezcla rara entre obsesión y la felicidad de sentir que alguien podía enamorarse de él. Pero no era el amor, esa criatura legendaria de la que habla todo el mundo y que por lo visto es mucho más común que los mosquitos.

 Desde esos días de mayor juventud, Pedro no había sentido nada tan intenso Eso era un hecho y sin embargo lo que había sentido no podía haber sido amor porque no había habido tiempo suficiente para determinar si eso era lo que era en una primera instancia. Lo que sí estaba claro es que después nunca sintió nada parecido. Se encariñó con personas pero no era lo mismo.

 De nuevo, todo iba ligado al hecho de que alguien volteara a mirarlo. Una de esas noches frías de primavera, se acostó en la cama a dormir y se puso a pensar en su vida y concluyó que nadie nunca le había dicho que se veía bien o algo parecido, a menos que buscara algo a cambio. E incluso los que lo habían dicho buscando algo, no lo habían dicho con todas las palabras. Además muchas veces, casi todas, había sido él el de la iniciativa, fuese para un beso, para sexo o simplemente para que las cosas pasaran. Y en el sexo estaba seguro que nadie nunca le había dicho nada más allá de un “me gustó”, lo mismo que se puede decir de una película mala que es entretenida.

 Alguna gente tenía el descaro de reclamarle por su soledad. Decían que si estaba solo era por su culpa y era cierto, pues como había concluido, era él quien siempre tomaba la iniciativa. Porque nadie iba a venir a decirle nada ni nadie iba a ser el que tomara el primer paso. Siempre tendría que ser él. Y por mucho que hiciese ejercicio o que se cultivara en varias ramas del conocimiento, siempre sería exactamente igual. No era algo que fuese a cambiar mágicamente de la noche a la mañana y, contrario a lo que la gente pensaba, no había como cambiar eso porque no estaba en sus manos.

 No podía ser más activo de lo que ya era. No podía lanzarse en los brazos de la gente porque eso sería simplemente desesperado. Lo único que podía hacer era hacer de su vida lo más cómodo posible, aprovechando lo que lo hacía feliz en el momento y punto. Estaba solo y la confianza no era algo fácil de construir así que simplemente hacía lo que pudiese con lo que pudiese.

 Sí, no tenía sexo con nadie, nadie lo miraba ni para escupirlo, a la gente en general no le interesaba su opinión y en fiestas y reuniones se la pasaba callado porque sabía que, aunque la gente lo pedía, nadie quería oírlo hablar.


 Y sin embargo, estar en su habitación disfrutando de sus cosas y escapando de un clima ridículo también era un problema. Pero para ellos. No para él. Porque para él era su manera de vivir hasta el siguiente paso en su vida y sí que lo estaba esperando con ansias.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Cajas

   Lo primero era guardar todo en cajas. Juan había ido al supermercado cerca de su casa el día anterior y un tipo en la bodega le había regalado unas diez cajas que nadie iba usar y que era mejor que alguien las cogiera para lo que quisiera. Juan se las llevo a su apartamento y las armó, una por una, pero cuando terminó de hacerlo se dio cuenta que no sabía cual era el siguiente paso. No sabía que hacer después.

 Se sirvió algo de tomar en la cocina y tomó como si estuviese apurado pero la verdad era que lo único que le preocupaba era el momento cuando no hubiera nada más que meter en una caja, cuando fuese el momento de irse de verdad.

 Ese apartamento había sido el primero en el que había vivido solo. Se había independizado de sus padres hacía cinco años y la mayor cantidad de ese tiempo lo había pasado allí. El alquiler era baratísimo porque el edificio era algo viejo y la zona no era lo máximo, pero después de caminar cinco minutos se podía llegar con facilidad a una gran cantidad de lugares.

 Allí había invitado a sus amigos y amigas, a beber, a hablar y a llorar también. Habían hablado de todo lo que se puede hablar entre seres humanos, con y sin alcohol. Muchos habían dormido en su sofá o incluso en un cuarto pequeño en el que había metido su cama de niño que había tenido en casa de sus padres. La idea era que la usara quien necesitara un sitio para quedarse alguna vez y fue una genialidad pues bastantes personas la usaron, incluyéndolo a él.

 Su madre y su padre habían sido los primeros visitantes y le habían sugerido algunos cambios que podía hacer para que el lugar tuviese algo más de vida y se viera menos viejo y acabado como el resto del edificio. Al comienzo, Juan no se tomó bien las sugerencias pues pensaba que querían decir que criticaban su elección y que no estaban de acuerdo con como hacía las cosas. Era muy sensible a cualquier tipo de critica. Pero con el tiempo, con una madurez que vino al vivir solo, se dio cuenta de que eran solo sugerencias para ayudar y nada más.

 Después de esa primera vez, invitó a sus padres muchas veces más a comer y a ver películas, también a celebrar cualquier cumpleaños que hubiera y uno que otro día festivo. Eso sí, nunca Navidad o Año Nuevo pues esos días pertenecían a su hogar de infancia. De hecho, cuando dio otro sorbo a la bebida que se había servido, se dio cuenta que jamás había pasado ninguna de esas dos fechas festivas en el apartamento. Siempre estaba antes o después pero jamás durante. Eso lo hizo pensar si el lugar se veía diferente esos días, si algo cambiaba.

 Preguntarse semejante cosa era una tontería. Ya no iba a ver opción de quedarse más tiempo, de suponer cosas que no tenían sentido, de pensar en momento que no fueron o lugares que no tienen nada de especial más su significado para él.

 Decidió que lo primero que debía hacer era guardar las cosas de la cocina. Al menos sería un comienzo. Guardaría todo en las cajas y si encontraba algo que tirar o regalar lo pondría en una caja aparte que marcaría debidamente para no ser confundida con las demás. Abrió cada cajón y se demoro un poco más de una hora en vaciar el pobre contenido de los cajones de su cocina. No había mucho pero ahora todo parecía estar cargado con significado y con recuerdos.

 Se sentía como un idiota al ver un cuchillo grande y recordar que con ese objeto había cortado una elegante cena que un día le había hecho a alguien que hacía mucho ya no estaba en su vida. El recuerdo le hizo doler el pecho, así que puse el cuchillo en la caja para regalar y siguió con lo demás.

Lo último que sacó de la cocina fue el reloj que había a un lado de esta. Había sido un regalo de su madre que lo había comprado en un mercado de pulgas a un precio que según ella había sido “buenísimo”. Además, el reloj había sido pintado a mano y tenía muchos detalles que lo hacían pensar en ella cuando miraba la hora. No se había dado cuenta de ello hasta que lo metió en una caja.

 Después siguió con los objetos de la sala de estar y del pequeño comedor que, de nuevo, no eran muchos. Eran pequeños adornos y recuerdos de sus viajes que ponía por todos lados para que la gente pudiese ver lo lugares adonde él había viajado y así comenzar una conversación al respecto. El turismo y la experiencia de viajar siempre eran buenos temas si no se conocía bien a la persona, era una buena manera de romper el hielo.

 Pronto las dos mesitas auxiliares, el comedor, la mesa de centro de la sala y los muros, estuvieron desprovistos de adornos, cuadros y demás objetos que antes le habían dado vida al lugar. Los muebles grandes se los llevarían después, al día siguiente o quién sabe cuando. Eso lo había arreglado su padre y él había decidido quedarse al margen pues ya no era de su incumbencia. Sencillamente no quería saber nada pues saber demasiado podría ser muy doloroso.

 La gente cree que los objetos no deberían ser tan importantes pero así ha sido toda la vida, desde que los seres humanos existen. Siempre se le ha dado un valor inmenso a las posesiones, se les ha cargado de una energía especial y se les ha dado un lugar especial en la mente y el corazón de los seres humanos. Es inevitable, pensaba Juan, que uno pueda poseer tantas cosas en la vida y no tener una relación cercana con alguna de ellas. Él, por su parte, no se avergonzaba de ello y menos aún cuando, al llenar la cuarta caja, se dio cuenta que tenía lágrimas en la cara.

 Después de limpiarse tomó las cosas del baño y de su cuarto. La ropa y demás irían en maletas al día siguiente pero primero había que ocuparse del lugar más llenos de chécheres en la casa: el clóset.

 Desde que era niño había guardado cosas en cajas de zapatos. Desde paquetes de comida que le gustaban por el diseño hasta juguetes especiales, fotos, recuerdos significativos y demás tonterías que para nadie más tendrían un sentido profundo.

 Eran por lo menos seis cajas y las fue abriendo una a una. Sacaba el contenido como si se tratase de oro recién sacado de un galeón hundido hace quinientos años. Para él, esos objetos valían más que cualquier piedra preciosa. Eran cartas de amores pasados, objetos regalados sin ningún ánimo especial, entradas de cine ya casi ininteligibles, envolturas de caramelos y algunas fotos. Encontró también memorias de portátil y las apartó para verlas en la noche.

 Cerró cada caja de zapatos con cuidado después de ver su contenido, lo que le tomó varias horas, y las puso delicadamente en las cajas más grandes que estaban en la sala. Nada de eso sería regalado ni se perdería. Preferiría que su familia las guardara para siempre y que algún miembro futuro de descendencia lo descubriera todo en un futuro incierto.

 Cuando se secó de nuevo las lágrimas, decidió salir a comer algo, aunque lo que más buscaba era despejar su mente. Fue entonces que decidió encender su celular y ver que había pasado en el mundo mientras él se había desconectado. En la hora que se tomó para comer una pizza, solo, recibió varias llamadas, de su familia y amigos. Estaban todos preocupados y le pedían que les contara como estaba, que hacía y si se sentía bien.

 Recordó porqué había apagado el aparato y se dio cuenta que en realidad no tenía hambre. Hace mucho no ansiaba comer como antes. Ahora solo lo hacía por inercia, porque sabía que había que comer o sino se moría. Pero no le daban ganas de nada.

 Cuando volvió a casa, terminó de meter lo que pudo en las cajas. De las diez que había tomado del supermercado, apenas había llenado la mitad. Eso lo entristeció un poco pero agradeció que fuera ya de noche para ir a descansar de una vez y acelerar un poco el tiempo.

 Ya en la cama, daba vueltas, a un lado y otro. No conseguía conciliar el sueño o cerrar los ojos más que unos segundos. Abrazaba su almohada y hundía su cara en ella, pensando y temblando ligeramente.

 El día que se le venía encima no era fácil. Pensaba que lo más duro iba a ser meter su vida en cajas pero ahora que ese día había pasado, se daba cuenta que iba a ser mucho más difícil entregar su cuerpo a la ciencia y confiar en que ellos supieran que hacer con él. Fue esa noche que decidió entregarse a la vida y dejar que ella hiciese lo que quisiera. Si su destino era morir, y así parecía que iba ser, pues lo aceptaría.


 Lloró algo más y, por fin, se quedó profundo.