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miércoles, 23 de noviembre de 2016

En común

   Cuando desperté, él ya no estaba ahí. No me dio indicios de que ser iría tan pronto pero la verdad es que no se me hizo raro. La noche anterior había sido perfecta pero, al parecer, quedaban muchas cosas por hablar, por resolver, antes de que las cosas funcionaran como yo quería. O bueno, tal vez él no deseaba tener ningún tipo de relación conmigo, ni siquiera algo casual. Eso era respetable pero no lo entendía pues había sido él el que había tomado la iniciativa el día anterior. No estoy diciendo que yo no quería nada, solo que él tomó el primer paso.

 Nos habíamos visto ya bastantes veces. Suele pasar cuando uno frecuenta siempre las mismas personas. Él siempre era muy amable, educado y a veces incluso gracioso. Sus chistes eran del momento, algo que a mi me gustaba bastante pues era lo que yo hacía con frecuencia. Pero no estuvimos juntos toda la noche, más bien al contrario. Era una de esas fiestas en las que había que ir circulando para en verdad aprovechar todo lo que se ofrecía. No solo comida y bebida sino un mundo de conexiones que, por lo menos a mi, me caían como anillo al dedo.

 Mi amiga Raquel lo había organizado todo. Ella era de esas persona que tienen tanto dinero que ni saben cuanto. Le encantaba trabajar, a pesar de eso, pero lo que más le gustaba era organizar fiestas y sin lugar a dudas era una de las mejores personas haciendo exactamente eso. No solo porque casi siempre ambientaba los encuentros de maneras que nadie se esperaba, sino que con frecuencia invitaba a la gente correcta en el momento correcto. Artistas, empresarios, gente del común que le caía bien,… Raquel era una mujer llena de sorpresas.

 De hecho, había sido en otra de sus fiestas, una mucho más pequeña en su casa, donde había visto por primera vez a Daniel. En esa ocasión no había hablado ni interactuado con él, ni siquiera a través de nuestras amistades en común. Solo nos habíamos echado algunas miradas a lo largo de la velada y nada más. La verdad es que siempre he sido bastante tímido y solo puedo suponer que él es igual en ese sentido. Hasta este momento no lo sé a ciencia cierta pero algo me dice que él es incluso más privado y reservado que yo, y eso es mucho decir.

 Esa vez también se fue de un momento a otro y le pregunté a Raquel quién era él. Ella me dijo que se llamaba Daniel y que era un músico que había conocido en una de sus muchas reuniones que los mejores cantantes e intérpretes de la ciudad. Al parecer Daniel tocaba muy bien la guitarra y otros instrumentos que usaba para acompañar a una gran cantidad de cantantes durante sus conciertos. Raquel dijo que era callado pero cuando hablaba decía siempre lo que uno estaba pensando. Era de esas personas que solo hablan cuando tienen algo importante que decir.

 Después fue que empecé a verlo más y nunca supe cual era la razón. Alcancé a pensar que había sido Raquel quién se había encargado de que en cada fiesta que yo iba, Daniel estuviese también. No, no era que me enojara que lo hiciera, todo lo contrario. Pero me preguntaba si él se daba cuenta de lo que nuestra amiga en común intentaba hacer. Además, estaba el pequeño inconveniente de que yo no sabía si yo le gustaba. O para ponerlo más claro, no tenía ni idea si a Daniel le gustaban los chicos o las chicas y eso era algo que yo debía saber para no perder el tiempo.

 La verdad es que mi interés por las cosas y por las personas tiene una duración que puede ser muy corta. Como nunca pasó nada en ninguna de esas reuniones, al final yo ya ni ponía atención si él estaba o no ahí. Después fue que tuve que viajar por un año, por asuntos de trabajo. Cuando volví y me reuní de nuevo con Raquel, estuvo contenta de contarme todos los chismes que había para contar. Después de hablarme de los más jugosos, recordó a Daniel y me contó que se había emparejado con uno de los chicos de una banda que ella siempre invitaba a las fiestas más grandes.

 Yo a esa banda la recordaba muy bien por dos razones: la primera era porque en verdad eran buenos. El tipo de música que tocaban era precisamente el que me gustaba, relajado pero con unos toques atrevidos donde se necesitaban. La otra razón es que el baterista y yo habíamos tenido relaciones sexuales en la van que usaban para guardar los equipos. Lo hicimos en una de esas fiestas y todo fue solo por un mirada. Nos entendimos, fue como un apretón de manos, un acuerdo sin una sola palabra. Minutos después, estábamos uno junto al otro.

 Bueno, de eso hacía mucho tiempo. Por eso no le dije nada a Raquel. Ya había vuelto a ver al tipo muchas veces después de esa ocasión y estaba claro que ninguno de los dos quería nada a raíz de ese momento hacía tanto tiempo. La primera vez que nos vimos luego de hacerlo nos miramos y asentimos. Las veces siguientes no hubo ni eso y nos dio igual a los dos. Hay veces que esa energía, ese deseo de algo más, sea lo que sea, simplemente no existe y no hay nada malo en ello. Incluso puede que sea algo bueno.

 El caso es que volví a ver a Daniel. Estaba tan cambiado: no solo se veía más guapo que antes sino que hablaba mucho más. Tanto así que me saludó de mano y mirándome los ojos en la primera fiesta a la que fui después de volver de mi viaje. Tengo que admitir que, por un momento, no me importó nada más en el mundo fuera de esa sonrisa tan hermosa y sus ojos tan amables y sinceros. Fue como si el tiempo se congelara por un momento, dejándome ser feliz por unos segundos.

 Lo malo fue que me presentó a su novio justo después, entonces se sintió como si me hubieran echado varios litros de agua fría encima. El tipo con el que estaba era simplemente perfecto, casi un modelo de ropa de alta costura. Dolían los ojos de verlo directamente, como si fuera el sol o algo por el estilo. Me dio un poco de rabia haberme puesto tan contento por un momento. Decidí que debía olvidarme de ese pequeño fragmento de tiempo pero, para mi sorpresa, fue muy difícil hacerlo así no más. Era casi imposible no pensar en ello, al menos una vez al día.

 Al pasar de los meses, lo logré. Y cuando lo vi de nuevo no sentí nada. No ofrecí mi mano ni una sonrisa, solo un movimiento de cabeza que pudo ser grosero pero la verdad no caí en cuenta en el momento. No me importaba. Ahora que lo pienso, lo que he hecho no ha sido de la mejor manera. No sé que es lo que espero que pase cuando yo mismo no he sido el mejor ejemplo de cómo hacer las cosas como se debe. Es un poco chocante darse uno mismo cuenta de las tonterías que hace, sea en el tiempo presente o en un pasado lejano.

 Varias veces nos vimos después de eso y fue cuando me di cuenta de su tendencia por los chistes. Con el tiempo me empecé a reír de ellos y me di cuenta de que no importaba si lo hacía, no me comprometía a nada con hacerlo. Solo quería disfrutar de esas veladas lo mejor posible y así lo hice. Volví a pasarlo bien y a no fijarme en tonterías. Ese fue un problema porque si hubiese estado más alerta hubiese visto las señales y hubiera podido hacer algo para prevenir lo que estaba por venir, algo que debí pensar mejor, con cabeza fría.

 Ocurrió en una de esas pequeñas reuniones en casa de Raquel. Daniel fue solo y todos preguntaron por su novio. Estaba enfermo, con gripa. Bebimos bastante y cuando era hora de irnos hablábamos, de la nada. Me dijo que nos podíamos acompañar a casa, pues vivíamos uno cerca del otro y no lo sabíamos. Caminamos en la noche húmeda, recién había llovido. Hablamos todo lo que jamás habíamos hablado y cuando llegamos a mi apartamento, lo invité a pasar. Él aceptó sin dudar un momento. Esa noche hicimos el amor como nunca antes con nadie más.


 Eso fue ayer. Ahora tengo un dolor de cabeza enorme y una culpabilidad igual de grande. No sé porqué esperaba algo más de él cuando tiene a alguien que lo necesita, con el que ha estado tanto tiempo. Yo soy solo una pausa, una que yo mismo pude haber prevenido. Supongo que fue su tacto, su manera de tocarme la que hizo pensar que todo podía ir más allá. Fue como vivir, de nuevo, en ese espacio suspendido que había mencionado antes. Todavía podía sentirlo y de eso no creo poderme olvidar.

lunes, 31 de octubre de 2016

Beso a la italiana

   Pensaba que nadie nos había visto. Estaba bastante oscuro y se suponía que todos en el salón estaban demasiado ocupados viendo la película como para ponerse a mirar o escuchar lo que hacían los demás. Cabe notar que hice mi mayor esfuerzo para no hacer ruido y que estábamos en la última fila de uno de esos salones que son como un anfiteatro. No me iba a atrever a tanto en otro lugar más arriesgado, pensé que no estaba lanzándome al agua de esa manera y, sin embargo, cuando prendieron la luz, hubo más de una mirada en mi dirección.

 La verdad, aproveché el final de la clase a para salir casi corriendo a mi casa. Menos mal era ya el final de mi día en la universidad y podía volver a mi hogar donde había comida caliente y menos ojos mirándome de manera extraña. A él no le dije nada y la verdad era que después de nuestro beso, apenas nos tomamos la mano por un momento para luego comportarnos como si jamás nos hubiésemos sentado juntos en la vida. Me hacía sentir un poco mal hacer eso pero a él no era que pareciera afectarle así que dejé de pensarlo.

 El viaje a casa fue demasiado largo para lo que quería. Apenas llegué comí mi cena con rapidez y, apenas acabé, subí a mi cuarto y me puse la pijama. No solo tenía hambre desde la universidad sino también sueño. Era viernes pero no tenía ganas de verme con nadie ni de hacer nada. A mi familia se le hizo raro que me acostara tan temprano pero es que me caía del sueño, no entiendo por qué. Apenas apagué la luz y encontré mi lugar en la cama, me quedé profundamente dormido y no me desperté sino hasta que sentí que había descansado de verdad.

Desafortunadamente, me desperté varias veces durante la noche. Mi cerebro parecía estar obsesionado con la idea de que había besado a Emilio en la oscuridad. Había sido un beso inocente, simple, pero mi mente se inventó varios sueños y pesadillas alrededor de semejante recuerdo tan simple. En uno de los momentos que me desperté, como a las cuatro de la mañana, tengo que confesar que lo quise tener conmigo en mi cama para abrazarlo y que me reconfortara. Pero entonces recordé que eso no era posible y volví a dormir con dificultad.

Menos mal no tenía nada que hacer el sábado. Solo investigué un par de cosas para la universidad y el resto del día me la pasé viendo series de televisión y compartiendo con mi familia. Los días así los disfrutaba mucho porque eran días simples, de placeres simples. No tenía que complicarme la cabeza con nada. La noche del sábado al domingo dormí sin sueño y me sentí descansado. Ya la del domingo al lunes fue un poco más tensa, también porque tenía que madrugar para llegar a una clase a las siete de la mañana.

 A esa clase llegué contento por el buen fin de semana pero a los diez minutos de haber entrado ya estaba a punto de quedarme dormido. El profesor tenía una de las voces más monótonas en existencia y muchas veces ponía películas tan viejas que no tenían sonido de ningún tipo. Era como si fuera una trampa de una hora para que la gente se quedara dormida en mitad de una clase. No tenía ni idea si a alguien lo habían echado de un salón por dormir pero, si así era, seguramente estaba yo haciendo méritos para que me pasara lo mismo.

 Pero no ocurrió nada. La película se terminó y todos nos movimos muy lentamente a la zona de la cafetería, donde pedí un chocolate caliente y algo para comer que me ayudara a aguantar una hora hasta la próxima clase. Fue en una de esas que llegó una amiga y se me sentó al lado con cara de que sabía algo que yo no sabía. La verdad era que era demasiado temprano para ponerme a adivinar. A ella le encantaban los chismes y a veces me ponía a adivinarlos, cosa que odiaba con el alma pero al parecer a ella le encantaba hacer así que no decía nada.

 Esta vez, en cambio, se me sentó justo al lado y me susurró al oído: “¿Es cierto?” Yo la miré con cara de confundido pues en verdad no tenía ni idea de que era que me estaba hablando. Sin embargo, Liliana parecía a punto de explotar con la información. Le dije que me contara si sabía algún chisme porque no tenía muchas ganas de ponerme a adivinar haber quien había terminado con quien o quien se había echado encima a otro o si una de las alumnas se había desnudado y había corrido por todo el campus sin nada de ropa.

 Ella negó con la cabeza y lo dijo sin tapujos: “Dicen que te vieron dándole un beso a Emilio.” Obviamente yo no le creí. Ella sabía del beso porque yo mismo le había contado durante el fin de semana, por el teléfono. Ella no tenía esa clase conmigo y no tenía manera de saber. Pero esa fría mañana, me dijo que yo no había sido el primero en contarle sino que otra chica, que sí estaba conmigo en esa clase del viernes, dijo que lo había visto o que por lo menos alguien le había contado justo cuando había pasado. El caso es que todo el mundo sabía algo.

 La mayoría era seguro que no habían visto absolutamente nada pero los rumores siempre crecen gracias a los que son netamente chismosos. Por un momento, no me preocupé. Así fuese verdad que todo el mundo sabía, creo que era más que evidente para el cuerpo estudiantil que a mi no me gustaban las mujeres más que para una amistad. Porque tendría que preocuparme por lo que ellos supieran o no? Ya no estábamos en el colegio donde todo era un dramón de tamaño bíblico.

 Y fue entonces que me di cuenta que yo no era la única persona metida en el problema. Los chismes podrían hablar mucho de mí pero también era sobre Emilio y él había comenzado la carrera con una novia. Y no era un hecho que solo yo supiese o un pequeño montón de gente. Su situación había saltado a la vista durante un año pues la novia era de aquellas chicas que aman estar enamoradas y que no pueden vivir un segundo de sus vidas despegadas de sus novios. Siempre me pregunté si estudiaba o algo porque no lo parecía.

 Emilio había terminado con ella hacía unos meses y fue entonces cuando empezamos a conversar y nos dimos cuenta que había un gusto que nunca nos hubiésemos esperado. Lo del salón, lo admito, fue culpa mía. Yo fui quien le robé el beso porque cuando lo medio iluminado por la película italiana que veíamos, me pareció de pronto el hombre más lindo que jamás hubiese visto. Tenía una cara muy linda y unos ojos grandes. No me pude resistir a acercarme un poco y darle un beso suave en los labios que, al parecer, resultó en boca de todos.

 El martes, que tenía clase con él, no lo vi. Lo que sí vi fue un grupito de idiotas que me preguntaran que donde estaba mi novio. Los ignoré pero la verdad era que yo también me preguntaba donde se habría metido Emilio. Él siempre venía a clase y tenía un grupo nutrido de amistades con los que se sentaba en los almuerzos. Fue ese mismo grupo de personas que me miraron como si estuviese hecho de estiércol cuando pasé al lado de ellos con mi comida de ese día.

 Mi amiga, pues yo solo tenía una cantidad cuantificable en una mano, me dijo que no hiciera caso de lo que oyera o viera o sino en cualquier momento podría explotar y eso no ayudaría en nada a Emilio o a mi. Tenía que quedarme callado mientras hablaban y yo sabía que el tema era yo. El resto de esa semana fue insoportable hasta llegar al viernes, día en que me encontré con Emilio en la misma clase en la que lo había besado la semana anterior. No me dio ningún indicio de estar enojado conmigo porque se sentó a mi lado, como pasaba desde comienzo de semestre.


 El profesor reanudó la película italiana, pues no la habíamos acabado de ver. Y cuando Sofía Loren lloró, sentí una mano sobre la mía y, cuando me di cuenta, Emilio me besó y esta vez sí que todos se dieron cuenta. Bocas quedaron abiertas y ojos estallados, pero en mi nació una llamita pequeña que me ayudó a tomarle la mano a Emilio hasta la hora de salida, momento en que nos fuimos juntos a tomar algo y a hablar de lo que había ocurrido en la última semana. Mi corazón palpitaba con fuerza pero sabía que no tenía nada de que preocuparme.

viernes, 19 de agosto de 2016

Terminamos

   El día de hoy creo que tuvimos que parar unas diez veces en el camino entre la casa y el supermercado. Siempre he dicho que no me importa pero hoy confieso que casi pierdo la cabeza cuando todas esas personas, casi todos hombres, se le acercaron a Matías a pedirle su autógrafo. Como siempre que pasa, decidí seguir caminando y lo esperé un poco más allá, tratando de no llamar la atención sobre mí. Bajo la sombra de un árbol enorme, me di cuenta de cómo lo miraban y lo que pensaban mientras él firmaba sus camisetas, cuadernos o portátiles.

 Tenían pura lujuria en la mirada. No se puede describir de otra manera. Incluso algunos se tocaban el pantalón de manera inapropiada, obviamente conscientes de que él podría darse cuenta. Querían que se diera cuenta para crear así algún tipo de tensión sexual que ciertamente yo no iba a permitir. Sentí un impulso horrible de lanzarme encima de cada uno de esos fanáticos y arrancarles la cabeza con mis propias manos. Esa era la cantidad de rabia que tenía acumulada.

 Lo que terminé haciendo fue lo mejor: él sabía que íbamos al supermercado así que simplemente me di media vuelta y seguí caminando hacia allí. Para cuando llegó, yo ya estaba en el segundo pasillo, eligiendo los alimentos congelados. Se me acercó sin decir palabra. Luego comentó algo sobre las papas fritas que más le gustaban. Sentí otra vez mucha rabia pero me la tragué toda y seguí el día como siempre.

 Cuando volvimos a casa, el teléfono sonó justo cuando entramos. Matías dejó las bolsas que venía cargando en el suelo y corrió para contestar. Como casi siempre que sonaba el teléfono, era su agente. Casi siempre a la misma hora, todos los días, ella llamaba para recordarle todos los compromisos que tenía pendientes para la semana y todo lo que tenía que preparar para la semana siguiente, si es que lo había. Las llamadas solían demorarse, al menos, una hora.

 Organicé yo solo el mercado en la cocina. Una vez terminado, fui a la habitación y me recosté. Tenía un dolor de cabeza horrible desde hacía varias horas. Sin quererlo, me quedé dormido y desperté en la oscuridad unas dos horas más tarde. Lo llamé pero no estaba. Al parecer había salido y no me había dicho nada.

 Hice algo que casi nunca hacía. Tomé mi celular y llamé a una de mis amigas. Hablamos un buen rato, sobre todo de mi relación con Matías. Yo casi nunca pedía auxilio pero esa vez creí necesario que alguien me escuchara, poder decir las cosas en alto para no sentirme a punto de enloquecer. Mi amiga me propuso vernos en un café y acepté sin dudarlo pues no era tan tarde como pensaba.

 En el restaurante en el que quedamos había mucha gente. Quedaba más cerca de su casa que de la mía pero era lo apenas justo pues era ella quien me estaba ayudando. En un momento casi lloro cuando le expliqué que vivir con un actor era muy difícil. Y más aún uno como él. No era solo por su físico y apariencia en general, sino que su fama en el contexto de su trabajo era tremenda. Mi amiga me confesó que siempre había estado asombrado por mi decisión de tener algo con él. Le parecía que no era algo que yo pudiese soportar. No me ofendí pues era cierto.

 Le pedí que me disculpara un momento pues tenía que ir al baño. Aproveché para limpiarme la cara y refrescarme por completo. El dolor de cabeza era menos fuerte pero lo sentía debajo de la superficie. Respiré hondo varias veces y salí cuando estuve un poco más relajado pero aún no completamente tranquilo.

 Cuando volví a la mesa, mi amiga parecía preocupada por algo. Miraba a un lado y al otro como esperando a alguien más. Le pregunté si pasaba algo y me dijo que no era nada, que siguiéramos hablando de lo mío. Le dije que lo mejor era dejar el tema por esa noche pues no quería un dolor de cabeza más grande. Pero mientras yo le decía eso, ella seguía distraída, mirando a todos lados menos a mi. Le exigí que me dijera que pasaba y esa vez ya no dijo nada, solo miró por encima de mi hombro.

 Me di la vuelta al instante y vi a Martín a través del vidrio que era la fachada del restaurante. Él estaba afuera, hablando con otro hombre muy bien parecido. Al instante pensé que de pronto era uno de los otros actores que trabajaban con él pero la verdad no lo reconocía de las fotografías que él mismo me había mostrado. Solo pensar en ese día me causó un dolor de cabeza más grande.

 No oía de que hablaban pero parecían muy contentos. De pronto se tomaron de la mano y se alejaron de allí hablando, contentos. Yo me quedé de piedra mirando a través del vidrio. No pensaba en nada ni estaba uniendo cabos. Solo me quedé ahí, vacío. Mi amiga también parecía haber perdido el don del habla. Solo me miraba y apuraba su café, dando por terminada la velada de ayuda.

 A mi casa regresé en bus, Hubiera podido tomar un taxi pero llegaría muy rápido y tenía ganas de pensar. En el bus, vi como empezaba a llover afuera y entonces pensé en lo que había pasado y como debía enfrentarlo lo más rápido posible. No era como si no me hubiera pasado algo así antes. Debía hablarlo con él y terminar las cosas pronto, antes de que todo se pusiera mucho peor.

 Al entrar a casa, casi me muero al ver que él estaba allí. Ya había llegado de su cita o de lo que fuese lo que estaba haciendo. Estaba sentado frente al televisor, viendo alguna comedia. Me le quedé mirando y me di cuenta que, aunque era algo que ya había vivido, Matías era alguien con quién ya había convivido durante algunos meses de mi vida en un mismo lugar. Era lo más lejos que había llegado en una relación y ahora tenía que terminar todo de un día para otro. Se venían muchas decisiones difíciles y momentos para los que no estaba nada listo.

 Me aclaré la garganta y, con una voz temblorosa, le dije donde había estado y que lo había visto. Describí al otro hombre al detalle para que no hubiese probabilidades de confusión, para que no me dijera que imaginaba cosas. Le dije que lo había visto tomarse de la mano. El se me quedó mirando todo el rato y, cuando terminé, soltó una carcajada. La rabia que me dio no fue normal.

 Según él, ese hombre era solo un compañero del trabajo. Yo asentí y le dije que ese era otro problema. Le expliqué lo incomodo que encontraba que lo pararan siempre que saliéramos juntos para pedirle autógrafos. Él respondió que era algo que debía hacer y quo yo sabía bien que era parte de su trabajo. La rabia salió de pronto, sin que yo pudiese hacer nada para contenerla: le dije que no era un actor de teatro ni de cine sino un actor pornográfico, que no pretendiera como si fuera lo mejor del mundo.

 Matías me respondió que tal vez no era lo mejor del mundo pero que  sí ganaba dinero que podía invertir en nuestra vida juntos. Esa vez fui yo quien se rió porque él jamás había dado dinero para nada, excepto tal vez el mercado y eso no era ni siquiera todas las veces. El dinero para los servicios y el alquiler lo daba yo con mi trabajo. Él prácticamente vivía allí gratis. Volví a lo del tipo con el que lo había visto y le exigí que me dijera la verdad.

 El abrió el portátil que tenía al lado y me mostró unas fotos tipo paparazzi que le habían tomado con el otro hombre. Al parecer era una estrategia de publicidad para vender más de su ultima película. Yo nunca había tenido problema con ello. Jamás me había sentido curioso ni preocupado por su profesión. Pero en ese momento todo cambió porque me di cuenta de que lo que hacía tapaba partes de su personalidad que yo ni conocía.

 Le pregunté porque no me había hablado de eso y me contestó que, como era algo del trabajo, pensó que no era como para contarme. Entonces me di cuenta que nada funcionaba. Le pedí que se fuera de mi casa. Por un momento estuvo dispuesto a pelear por su derecho a permanecer allí.


 Creo que vio en mis ojos que yo también podía pelear. Con su mirada me dio la razón y simplemente buscó sus cosas y media hora después se había ido. Nunca me arrepentí de lo que dije o de lo que pasó. Era lo mejor. Lo que hacía no nunca fue la razón para separarnos sino su falta de confianza en mi e incluso en si mismo.

lunes, 9 de mayo de 2016

Mi amigo el asesino

  Siempre querían saber lo mismo: si lo había visto en los días antes a que matara a toda esa gente o si tenía yo algún indicio de lo que iba a hacer. Y siempre respondí, una y otra vez, que no. No sabía nada, no había tenido la fortuna de leerle la mente a una de las personas que más quería y ahora yo era solo una parte más de todo el circo mediático que se armó. No solo por la masacre, sino también por el juicio y ser una de las personas más cercanas al asesino.

 Para mi es todavía difícil pensar en él como mi amigo el asesino. Para mí, el siempre será Simón, el que me había reír en clase y durante los descansos. Me acuerdo de él cuando veo alguna película y sé que él hubiese debido todos los datos sobre ella o cuando paso por alguna tienda juguetes y veo que a él le hubiese gustado tener uno de esos. Le encantaba coleccionar, sobre todo los relacionados a ciencia ficción y a videojuegos que a vece me enseñaba a jugar yo siempre fracasaba en entender.

 Más de una vez me preguntaron si yo había tenido algo que él, si había habido una relación íntima entre los dos. Y les respondo la verdad, lo mismo de siempre: Simón era un chico bastante privado con esa parte de su vida y solo hablábamos de sexo o cosas así cuando él lo planteaba. A mi a veces se me salían algunas cosas y él nunca se interesaba mucho por nada de eso. Nunca pensé que fuese por mi sino porque simplemente yo no le interesaba en absoluto.

 Supo que era homosexual casi enseguida. Siempre he tenido buen ojo para eso, o eso creo yo. Cuando me lo contó, le dije que lo sabía desde siempre y que no cambiaba nada nuestra relación. Fue muy extraño porque nos abrazamos y pensé que nuestra relación había mejorado en ese momento, que las cosas iban a cambiar al abrir esa puerta, al él contarme uno de sus más grandes secretos.

 Pero, de hecho, fue al revés. Parecía más triste que nunca y no me contaba nada de lo que le pasaba. Por ese tiempo yo tenía una novio con el que llevaba casi dos años. Él no hablaba mucho con Simón pero un día me dijo que le parecía que era muy raro y que yo debía preguntarle qué le pasaba. Dudé pero le conté a mi novio que Simón era gay. Pero según él, eso no era lo que era raro. Él creía que había algo más.

 Yo le pregunté, una y otra vez, si todo andaba bien. Lo llamaba algún día y le preguntaba si nos veíamos para tomar algo y casi siempre me decía que no. Yo le insistía y le preguntaba si había algo mal, si se sentía mal o si necesitaba algo. Pero él siempre me decía que no y que simplemente estaba ocupado con otras cosas. Nunca pensé que las otras cosas fueran tan chocantes para mí.

 Fue en el juicio cuando me enteré que todo ese tiempo había estado haciéndose cortes en los brazos. Traté de pensar si vi algo alguna vez pero creo que no, creo que nunca me fijé en nada las pocas veces que o vi por esa época. Recuerdo que había cambiado un poco su estilo y había empezado a ponerse sacos holgados. Decía que era porque se sentían bien para estar en la casa y no hacer nada.

 Como yo, Simón no tenía trabajo. Pero la diferencia era que yo me gustaba mis oficios, cosas pequeñas para hacer y en las que me pagaban cualquier cosa mientras conseguía un trabajo real. Él en cambio no parecía esforzarse en absoluto y yo siempre pensé que podía ayudar pero nunca supe como. Fue por ese tiempo que empezó a alejarse de mi y a hablarme menos. Yo pensaba, tontamente, que la razón era que tenía nuevos amigos o algo por el estilo. Que tonta fui…

 El día en el que sucedió todo, yo estaba con mi novio en la casa de su familia. Me habían invitado a comer y recuerdo que era pasta a la boloñesa. La verdad es que estaba muy rico todo, no sé porque lo recuerdo tan claramente. El caso es que la familia tenía la costumbre de dejar la tele prendida mientras almorzaban y fue entonces cuando el canal que tenían puesto interrumpió la programación para un boletín urgente: alguien había disparado varias veces en una reunión escolar.

 Al comienzo no le di importancia y eso me hizo sentir pésimo. Ignoré la noticia por el resto de la tarde que pasé en esa casa y solo volví a oír sobre ella en la noche. Prendía la tele cuando llegué a mi casa pero entonces me puse a hablar con mi mamá sobre el almuerzo y después le conté de un vestido que había visto y de no sé qué otras cosas. Muchas cosas sin importancia. Y fue ella, mi madre, la que lo vio primero en la pantalla y me hizo dar la vuelta para verlo.

 Se veía mal. No era para menos. Estaba pálido y lo llevaban en una camilla, esposado a ella por una muñeca. Al parecer no podía moverse mucho de todas maneras. Le habían puesto una máscara de oxígeno y lo metieron a una ambulancia rápidamente. Solo fueron algunos segundos pero las dos supimos que era él. Yo no sabía que pensar, que decir o que hacer.

 Así que no hice nada. Esa noche casi no duermo y, cuando me desperté, empezó a sonar el teléfono. Fue la primera vez durante todo el proceso y no dejarían de sonar los teléfonos hasta mucho tiempo después. Aún suenan, a veces. Tuve que cambiar mi número de celular varias veces y mis padres cambiaron la línea fija también un par de veces pero siempre averiguaban el nuevo número.

 Yo trataba de ignorarlos pero a veces estaban allí cuando iba a llevarme el carro por las mañanas o incluso cuando sacaba la basura. Fue por entonces cuando terminé con mi novio y, al poco tiempo, inicié una nueva relación con él que hoy es mi esposo. Creo que gracias a él pude superar mucho de lo que ocurrió entonces. Todas las preguntas y los ataques y la culpa. Todo era demasiado para una sola persona y eso que yo era solo una amiga. Varias veces no dormía pensando en él.

 Fui llamada a testificar en el juicio a favor de él pero no pude decir mucho, solo lo que yo ya he contado aquí: que éramos buenos amigos pero que él me fue haciendo de lado con el tiempo hasta que oí lo que había hecho. La reunión en la que había abierto fuego era una de su antigua clase del colegio. Alguna vez me había hablado de ellos, diciendo que había sido la peor época de su vida y que odiaría volver a vivirla si le tocara. Eso dije en el juicio.

 Mostraron fotos de la masacre y, como todo el mundo, no pude evitar llorar. Los había ejecutado, no solo asesinado. Era horrible pensar que la persona que me había hecho reír por tanto tiempo era la misma persona que había hecho todo eso, que había sido capaz de torturar a tanta gente en un salón de eventos que había sabido bloquear y al que había metido un arma y un tipo de ácido con el que le arruinó el rostro a un par de personas. Creo que los odiaba más que a los otros.

 Sin embargo, seguí pensando en él, En parte porque sentía algo de culpa, pero también creía que en algún lado debía estar mi amigo. Cuando el juicio hizo un descanso por algunos meses, él me pidió que lo visitara y fue la única vez que lo vi en prisión. Tratamos de hablar como siempre, pero había una barrera enorme donde antes no había nada. De su parte y de mi parte había algo que nos bloqueaba. Le llevé un kit de limpieza personal y le deseé lo mejor.

 Por ese tiempo, me fui a vivir con mi novio y me pidió matrimonio. Yo dije que sí al instante porque él había sido una de las mejores personas conmigo. No solo me quería sino que de verdad le importaba como estuviera. Se preocupaba por mí. El juicio se reanudó y creo que Simón pudo ver mi anillo pero no pudimos hablar, nunca más. Lo condenaron a cuarenta sesenta años, la condena más alta.

 Yo lloré. Me daba vergüenza pero al fin y al cabo era como un hermano para mi y me dolía. Los periodistas me acosaron por mi reacción pero los mandé al diablo. Mi novio propuso que visitara a Simón al menos una vez antes del matrimonio. Que intentara reconectar, una última vez.

 Pedí que me pusieran en su lista de visitas pero nunca logré entrar a la cárcel. Solo una semana después de su condena, otro recluso lo apuñaló en la cafetería de la cárcel. Dijeron que era un tipo inestable, un loco que no debía estar allí. Pero estaba y así terminó la vida de Simón.


 Los periodistas me acosaron. Yo aproveché la boda para desaparecer, para perderme de todo. Pero tiempo después, decidí aceptar una de ellas. Dar mi versión de los hechos era lo correcto y no tenía porque pedir perdón ni sentirme mal por haber tenido un amigo que había caído en al oscuridad.