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viernes, 27 de enero de 2017

Ama de casa

   Cuanto tuvo todo listo, Gloria contempló la mesa con orgullo. Sin embargo, no se sentía tan contenta como en otras ocasiones. Se había pasado prácticamente todo el fin de semana cocinando para su familia pero no se sentía como antes, cuando ansiaba verlos comer y saber cuales serían sus reacciones. Ahora que veía la mesa llena de fuentes y cuencos con comida, sentía un vacío extraño en su interior. Era como si algo que siempre había estado allí, de repente se hubiese esfumado.

 Apenas sus hijos y su esposo llegaron, trató de concentrarse en preguntar como les había ido buscando los últimos regalos que faltaban comprar. No estaban muy contentos. Se limitaron a decir que el centro comercial estaba lleno de gente y que casi no se podía caminar. Ella les preguntó si habían conseguido lo que faltaba pero ninguno de ellos le dijo nada más, cada uno yendo a un sitio distinto de la casa. La cena era por la noche y, al parecer, no querían ver a nadie hasta entonces.

 La gente empezó a llegar después de las siete. Fue la misma Gloria quien los recibió, después de ponerse el vestido que había comprado para la ocasión, de pelear con su marido porque él no quería vestirse de una vez y de calentar la comida que necesitaba estar a una buena temperatura. Fue recibiendo a amigos y familiares hasta que hubieron unas veinte personas en la casa. Supuse que por el ruido y las voces, sus hijos y su esposo por fin habían decido bajar a unirse a la fiesta.

La cena como tal empezó a las nueve, la idea siendo que terminarían hacia las once. Podrían entonces hacer una pausa, tal vez comer algo de postre y luego, después de medianoche, los regalos podrían ser abiertos. Había al menos uno para cada uno, Gloria había sido muy cuidadosa con ello, o al menos eso había hecho con la lista que les había dado a su esposo y a sus hijos. Quiso ir a revisar los regalos pero la gente le hablaba seguido a ella para pedir más comida o al ver que los demás no parecían tan interesados.

 La cena estuvo deliciosa. Todas las personas disfrutaron cada uno de los platillos, sin importar si eran ensaladas o algún tipo de carne. La mayoría de los invitados la felicitó por su sazón pero otros al parecer habían decidido no decir nada. A ella le gustaba pensar que se les había olvidado mencionarlo pero en su subconsciente sabía muy bien que no se trataba de eso sino de que no querían agradecerle a propósito. Trataba de no pensar en ello pero a cada rato veía algo que le indicaba que a ellos, a sus hijos y a su esposo, no les importaba mucho nada de lo que ella hiciera.

 A la hora de los regalos, la mujer casi pasa un momento de vergüenza pues uno de los niños pequeños de una familiar casi se queda sin regalo. Al parecer no le habían comprado el juguete para bebé que ella había puesto en la lista. No habiendo otra opción, se hizo la que iba al baño y entonces fue a uno de los armarios donde guardaban cosas viejas y encontró un peluche que su hijo ya no usaba. Se lo dio al bebé sin dudarlo y así pudo evitar un problema o eso creyó ella.

 Cuando fue momento de despedirse, su hijo mayor hizo un escandalo a propósito del peluche. Fue tan exagerado, que le ordenó que se fuera a su cuarto, lo que causó una airada pelea con su marido frente a los invitados que quedaban. Él había bebido demasiado y parecía estar buscando pelea, como si en verdad quisiera enfrentarse a alguien. Ella manejó primero lo de los invitados que quedaban, acompañándolos a la puerta y disculpándose en nombre de su esposo.

 Después de dejar la cocina limpia y ordenada, aprovechando así un momento lejos de su borracho marido y de sus hijos, Gloria volvió a su habitación para encontrar que su esposo se había quedado dormido encima de la cama, sin quitarse la ropa. En otro tiempo ella le habría quitado todo, puesto la pijama y acostado correctamente, pero esa noche simplemente no tenía ganas de hacer nada de eso. Estaba muy cansada y de más de una manera. Esta vez, las cosas tendrían que quedarse como eran.

 Se acostó como pudo al lado del cuerpo inerte de su esposo y, menos mal, pudo quedarse dormida casi al instante. Al fin y al cabo estaba cansada de todo su trabajo del día. Empezó a tener un raro sueño con un insecto gigante cuando se despertó de repente en la mitad de la madrugada. Parecía que iba a amanecer pronto. Su esposo al parecer se había ido a la sala y tenía puesta música a todo volumen. Ella estaba tan cansada que solo se puso de pie para cerrar bien la puerta de su cuarto y tomar unos tapones de oídos de su mesa de noche.

 No volvió a soñar con el insecto pero sí tuvo otro tipo de pesadilla, de esas que parecen repetirse una y otra y otra vez y no dejan que la persona se libere de ella. Cuando despertó, estaba visiblemente cansada, no sentía que hubiese descansado nada. Se levantó sin embargo para hacerle el desayuno a su familia pero ninguno de ellos estaba despierto. Su marido, de hecho, ni siquiera estaba en la casa. La sala estaba desierta. Decidió que no se iba a preocupar y se puso, de nuevo, a cocinar. Sus hijos, como siempre, se sentaron a la mesa sin decirle nada, ni siquiera un “Hola”.

La Navidad pasó y también el Año Nuevo. La vida para Gloria seguía como siempre, sin cambios demasiado pronunciados pero con ese gusto extraño que seguía insistente en su boca y en su mente. Cada día sentía con más fuerza que había algo que no cuadraba para nada. Era como si algo faltara pero podía ser también que había algo de más en su vida. Era muy difícil saber que era lo que le pasaba, por lo que fue a un psicólogo pero eso solo fue una manera de tirar el dinero.

 Intentó tener relaciones sexuales con su marido, haber si lo que le hacía falta era eso pero fue más complicado llevarlo a cabo que pensarlo. Su marido no parecía tener el mínimo interés y ella se dio cuenta entonces de dos cosas: lo primero era que ella tampoco tenía ganas de acostarse con él. Lo segundo era que así no era como había sido en el pasado. Antes no había tenido que rogar para que su esposo la tocara y eso era algo que, así no quisiera, no le gustaba para nada.

 Intentó ver si era que necesitaba mantenerse ocupada pero tenía tanto que hacer en la casa que estuvo segura en poco tiempo que esa no era la razón. Se la pasaba limpiando y cocinando, haciendo cosas para los niños y para su marido, yendo de un lugar a otro, haciéndoles comprar y recibiendo a cambio respuestas frías o desproporcionadas, como si ella adivinara que por alguna razón a su hijo ya no le gustaba nada el amarillo y que a su marido nunca le había gustado su carne al horno.

 Un día, se encontró desviándose de su ruta normal al supermercado para ir a un parque lejano que no conocía bien. Paró antes de llegar para comprar algo en una tienda. Llevó la bolsita que le dieron al parque y allí la abrió mientras miraba a la gente y a la naturaleza. Se había comprado un galón de helado para ella sola y también una botella pequeña de tequila. No sabía porqué pero eso era lo que había hecho y le parecía lo más natural del mundo. No tenía deseos de volver a casa y solo quería quedarse allí por un largo rato más, disfrutando del momento.


 Cuando llegó el atardecer, Gloria se dio cuenta de la hora y regresó a su hogar sin demora. Apenas abrió la puerta, recibió un regaño de su marido por no recordarle una reunión del colegio de los niños y estos se quejaban de nuevo por alguna otra cosa. Gloria, ya sin reacción aparente, subió las escaleras, y con toda la calma del mundo, metió la mayoría de su ropa en una gran maleta y luego la bajó, sin que ellos se dieran cuenta, al automóvil. Estaban tan ocupados ignorándola, que no vieron cuando subió al coche y se alejó de sus vidas para siempre.

viernes, 26 de agosto de 2016

Tradiciones

   Sayuki se había quejado todo el tiempo sobre su vestido y los zapatos. También sobre el peinado tan apretado que parecía estirarle toda la cara y lo difícil que era sentarle en un vestido que era tan apretado y no cedía ante nada. Pero al verse en el espejo antes de salir, se dio cuenta que todo su esfuerzo había válido de la pena. Su familia la esperaba en el coche. Apenas pudo bajar, lo que le tomaba bastante tiempo con las sandalias tradicionales, emprendieron el camino hacia la ceremonia a la que estaban invitados.

 Demoraron una media hora en llegar. La boda se iba a realizar en un hermoso hotel en la montaña. El lugar era perfecto para cualquier tipo de ceremonia. Había sido la madre de Sayuki la que se lo había recomendado a su hermana, quién a su vez se lo había recomendado a su hija Tomoko, quién era la que se iba a casar. Todo el que entraba quedaba completamente enamorado del lugar.

 Se tenía que cruzar un puente de madera para llegar. La zona del parqueadero estaba del otro lado. El hermano de Sayuki la ayudó a bajar al suelo y desde allí pudo caminar por si misma. El asfalto era perfectamente plano, muy uniforme. No pudieron evitar pensar que se debía precisamente a que querían evitar cualquier tipo de accidente que la gente pudiese tener vistiendo ropas tradicionales. Después de  todo, el lugar era muy popular con bodas y eventos parecidos.

 Habían llegado temprano. Pasando la recepción estaba el alón de eventos donde se celebraría la fiesta después de la boda. Le habían dicho a Sayuki que para ella podía cambiarse a ropa común y corriente. Traía lo necesario en una pequeña maleta que su madre le había ayudado a empacar. Era bueno saber que no tenía que quedarse toda la noche con el mismo traje que no la dejaba moverse nada. Era una mujer joven y, por lo tanto, deseaba divertirse como cualquier otra.

 La ceremonia como tal iba a tener lugar en un pequeño templo alejado de la recepción. Se podía ver desde el lobby el techo del lugar con dragones adornando las entradas, cubierto de árboles y plantas por todas partes. El bosque que había detrás del hotel cubría el templo un poco y le daba una sensación bastante agradable al jardín trasero. Salieron a él momentos después, a contemplar la belleza de la naturaleza.

 La idea era ir al templo para sentarse de una vez pero Sayuki estaba demasiado absorta con el paisaje para fijarse en donde pisaba. Por eso dio un mal paso y cayó de rodillas sobre una piedra que hacía la vez de camino hacia el templo. Se puso de pie como pudo, pues no había nadie que la ayudase. Todos podían caminar más rápido y estaban instalándose en el templo.

 Un poco enojada por ser la única que debía vestirse así, tal vez con la excepción de la novia,  Sayuki decidió tomar una ruta alterna y demorarse un poco en su paseo por los jardines antes de ir a sentarse. Era hermoso pues la primavera había llegado hacía unas semanas y las flores de cerezo crecían por todas partes. Creaban casi como nubes de color rosa y blanco que, igual que las del cielo, parecían tener formas. Caminaba despacio entre los árboles, pensando también en las razones que la llevaban allí.

 Su prima no era alguien por la que sintiera un cariño especial. Su madre era muy cercana a su hermana y era más por eso que estaban allí, sonriendo a todos los viejos miembros de la familia que no veían en años y a cualquiera que los halagara por sus vestidos tradicionales. Pero la relación entre las dos chicas era casi nula. Su prima además era algo mayor así que no era como si tuviesen gustos exactamente iguales.

 Además estaba el hecho de que se estuviese casando. Era algo que Sayuki apenas había contemplado como una posibilidad en el futuro. Y aunque no eran de la misma edad, las dos eran consideradas por sus familias como “en edad de casarse”. Su madre, de hecho, a cada rato hacía bromas un poco agresivas sobre el hecho de que Sayuki jamás hubiese llevado un novio a la casa. También hacían bromas sobre su falta de interés en la cocina y en los cuidados de la casa.

 Sayuki estaba en el universidad estudiante para hacer dibujante profesional. Su meta era poder trabajar en el mundo del manga pero eso era un objetivo a largo plazo ya que sabía que no era una industria fácil a la cual entrar. Pero era lo que le gustaba y se la pasaba dibujando todo el tiempo. De hecho, había que detener un hermoso dibujo de los cerezos que veía por su ventana cuando su madre había venido a obligarla a poner el traje tradicional para la boda.

 No se había dado cuenta que se había alejado bastante del hotel y del templo. De hecho, el bosque se había vuelto más espeso a su alrededor y el camino se había vuelto de tierra compacta, sin piedras casi circulares formando un camino. Se devolvió sobre sus pasos pero parecía caminar en círculos pues no llegaba a ninguna parte.

 Después de un buen rato de caminar, se sentía tan cansada y frustrada que decidió recostarse contra una piedra. No había visto que la roca estaba cubierta de musgo: Sayuki resbaló al suelo y fue a dar tras unos arbustos que estaban al lado de la roca. Salió como pudo de entre las hojas, a gatas, y se odió a si misma al ver lo mucho que había arruinado su vestido: tenía más de tierra y pasto. Su madre la mataría.

 Cuando alzó la mirada para ponerse de pie, se dio cuenta del lugar donde estaba. Había caído junto a la orilla de un lago hermoso, limpio y casi se podría decir que brillante. Al lago caía una chorro de agua de entre unas rocas más elevadas. El sonido era tranquilizador, casi mágico. Sayuki se puso de pie y se acercó a la orilla, fascinada por el lugar. Parecía sacado de un cuento de hadas, de esos donde hay alguien que concede deseos a las almas perdidas.

 De pronto, el sonido de algo moviéndose en el agua llamó la atención de Sayuki. Al acercarlo lo más posible, se dio cuenta de que se trataba de una carpa enorme. Parecía ser el único animal en vivir en la laguna. Daba vueltas en círculos. Era mucho más activa que la mayoría de las carpas. Sayuki se quedó mirándola un buen rato hasta que recordó la boda y decidió darse la vuelta para encontrar el camino.

 No había caminado dos pasos cuando una voz gruesa llamó. Al instante se dio la vuelta pero no había nadie allí. Al alejarse de nuevo, la voz resonó de nuevo, diciéndole que se quedara  con ella. Sayuki miró a un lado y al otro, sin poder encontrar la fuente de la voz. Entonces la carpa asomó la cara por la superficie del agua y habló, sin mover la boca pero claramente mirando a Sayuki para que supiera quien hablaba.

 La joven quedó sin voz. Pensó que seguramente se había golpeado y estaba imaginándolo todo. No se pellizcó ni nada por estilo sino que decidió creer que de hecho estaba dormida. Saludó a la carpa como si fuera lo más normal del mundo, siguiendo el juego. El pez pareció sorprendido pero entonces habló de nuevo y le dijo a Sayuki que por ser la primera persona en visitar su laguna secreta en mucho tiempo, tendría la oportunidad de pedir un solo deseo.

 La chica casi ríe porque el sueño era tan obvio. Pero aún así decidió pensar en un deseo bueno por si la cosa se extendía más de la cuenta. Hubiera podido pedir algo ridículo como un traje nuevo de colores brillantes o muchas flores o algo tonto como un perro rosa o algo así, pero no creía que fuera lo suficientemente atrevido. Al final, decidió pedirle a la carpa que su familia dejara de insistir con lo de casarse y todo eso. Así de simple.


 De pronto se despertó y lo hizo sonriendo. A la boda llegó cuando estaban terminando y su madre la miró de manera reprobatoria. Lo bueno era que podía cambiarse ya para la recepción donde podría comer y bailar. Lo curioso fue que jamás nadie la comparó a su prima ni le preguntaron por un novio o potencial esposo. A otras sí pero a ella no. Sayuki sonreía sola y, en silencio, brindó por la carpa de la laguna secreta. Estaba agradecida.

lunes, 22 de agosto de 2016

Mis sueños

   De repente, estaba caminando por un paraje desconocido. Bajo mis pies, una extensa playa de arena fina y blanca, sobre mi cabeza un cielo tan azul y desprovisto de nubes que me hicieron dar cuenta de inmediato que no estaba en ningún lugar que conociera bien. De hecho, cuando me di cuenta que el agua se movía de forma extraña, supe que no era que estuviese en un sitio desconocido sino que estaba soñando.

 Era raro porque por mucho que me esforzaba, no podía recordar cuando me había dormido. Puede que hubiese sido en casa, en la noche, pero tal vez estuviese dormido en otra parte con la imaginación funcionando a máxima potencia.

 Saber que estaba soñando no fue suficiente para detener el  extraño sueño. El agua que parecía sólida se convertía en liquido apenas me agaché a tocar. Era gua común y corriente y sin embargo parecía un espejo pocos metros más allá, como si se hubiese congelado o, mejor aún, como si toda la zona fuese una enorme porción de gelatina. Me puse de pie y seguí caminando por la orilla, mirando hacia el horizonte a ver si avistaba lo que yo creía que podía estar más allá. Pero no vi nada de nada por mucho que me esforcé. 

 Fue entonces que me di cuenta que no había sol por ninguna parte. Es decir, se sentía el calor del sol y ciertamente había luz natural iluminándolo todo y sin rellanar nada en particular. Era algo muy extraño no ver la típica esfera amarilla colgando encima de mi cabeza. De todas maneras seguí caminando, como si supiese muy bien para donde estaba yendo.

 La fina arena se metía entre mis dedos pero se retiraba con suavidad, apenas dejando atrás un polvillo de polvo en mis pies. Se sentía tan real que tuve que agacharme a tomar un poco del suelo para tocarla con las manos. En efecto era como tratar de sostener agua en las manos: la arena era tan fina que se escurría con facilidad. Era más parecida al agua de verdad que el agua que había allí.

 Después de tocar la arena fue que me di cuenta de que estaba desnudo. No llevaba ninguna prenda de ropa, ni una gorra ni unos calzoncillos ni medias ni nada. Estaba completamente dormido y solo en el escenario así que podía seguirlo así todo el tiempo que quisiera y no pasaría nada. Estar desnudo, de todas maneras, se sentía excelente. No había espejos para verse uno mismo pero no era necesario: me sentía perfectamente bien y nada incomodo.

Caminé hacia la parte alta de la playa y entonces vi que su extensión era limitada y que, hacia el otro lado, había algo que brillaba en la oscuridad, pues a un lado de la playa, del lado opuesto al agua, todo era oscuro y apenas se intuía que había más de lo que se notaba.

 Sin pensarlo dos veces, empecé a caminar hacia el brillo de luz. La intensidad del sol artificial fue decayendo poco a poco y muy pronto mi cuerpo sintió el frío que emanaba de la región oscura de mis sueños. Pronto ya no hubo más luz, la playa ya no existía y solo estaba yo flotando en el espacio. Podría parecer es una situación un tanto desesperante pero creo que jamás me he sentido más en paz. Era como una pequeña sala de meditación, en la que podía pensar sobre cualquier cosa y  estar completamente cómodo con mi análisis personal.

 Allí no me quedé mucho tiempo. Se sentía bien pero no había nada que quisiese pensar mucho o sobre analizar. Ya esa etapa se había terminado y ahora estaba muy emocionado por lo que podría ser en un futuro, la siguiente etapa del extraño sueño.

 No tuve que esperar mucho. Aparecí tal cual como soy, todavía sin ropa, en mitad de una calle muy comercial con gente yendo y viniendo por todas partes. No lo miraban para nada y él entendió que su objetivo no era ponerles atención sino buscar algo mucho más completo, más real. Caminé por la acera de mi imaginación, encontrándome con puestos de comida y gente ejercitándose. Algunas personas parecían de verdad vivir allí. Era como si de verdad creyeran ser reales.

 Después de caminar un buen rato, llegué a un edificio muy alto y entré sin decir nada. No tenía pase ni dinero pero eso no impidió que me dejara seguir como si el edificio fuese mío. Ya adentro, volvía a estar completamente solo. Me dirigí a la zona de ascensores y esperé a que llegara uno. Me miré en los espejos mientras tanto y fue entonces que me di cuenta que en todo este segmento no había un solo espejo por todas partes. Ni dentro del ascensor ni en la zona de espera ni en ningún lado.

 Cuando la puerta del aparato se abrió, me metí sin pensarlo. El viaje al piso más alto fue bastante rápido, mucho más de lo que sería si en verdad estuviese en el ascensor, si fuese una persona real con dedos que estuviesen apretando los botones correctos.  Cuando se abrió la compuerta, sentí el aire del exterior y fue cuando vi que había llegado a la parte más alta de la Torre Eiffel. Son embargo, no se veía nada allá abajo.

 Como estaba solo, me senté en el metal y miré hacia la neblina que cubría la ciudad abajo. Me puse a pensar que este sueño no tenía sentido alguno, siendo el único denominador común el hecho de estar desnudo en todas las tomas. Estaba claro que tenía que ver con imagen o algo por el estilo pero no lograba ubicarme dentro del mundo de los sueños. Tanto intenté, que por un momento el tiempo pareció frenarse.

 Creo que fue lo aburrido que estaba lo que cambio el escenario de nuevo: ya no estaba en la parte más alta de una torre sino que estaba en una fiesta llena de hombres sin camiseta. Solo yo estaba completamente desnudo y a nadie parecía importarle. Con mis amigos presentes, bailamos un buen rato. Era una fiesta de día con montones de personas por todas partes, reconocía muchos rostros pero no distinguía sus voces la una de la otra. Daba un poco de miedo cuando se acercaban demasiado pero era todo un sueño y sabía que no podía lastimarme.

 Desperté de golpe, cubierto en sudor, con la única sabana que tenía como cobertor. El calor del verano se sentía por todos lados, sintiéndome pegajoso con todo lo que tocaba. Antes de despertar propiamente me puse de pie como pude y caminé hasta el baño. Miré mis pies caminando y pude reconocer que los pies que tenía en el sueño eran diferentes. No lo di mucha importancia a ese detalle. Oriné y luego pasé por la cocina . Me serví cereal con leche y nada más pues no me gusta cocinar nada por la mañana.

 Fue llegando a mi habitación que me di cuenta de que estaba desnudo de nuevo. Tras dejar el plato de cereal en la mesa de noche, me recosté en la cama y cerré los ojos por un momento. Todo se sentía extraño después de haber soñado tanto, me sentía como después de una operación o algo así. No sé que era lo que había pasado pero sabía que era algo que tenía que ver conmigo, obviamente.

 Me senté en la cama y empecé a comer mi cereal viendo que había en la tele y entonces, pasando los canales, me di cuenta de que muchas de las personas que había visto en esa calle imaginaria estaban ahora allí, mirándome desde las imágenes de la televisión. Al comienzo pensé que era una extraña coincidencia pero después entendí que la explicación era muy simple: no había dejado de soñar. Me pellizqué al instante y no sentí nada. Frustrado con mis sueños, tiré el plato de cereal al suelo y no se rompió ni se regí, solo quedó mágicamente de pie como si nada.

 Salí por la puerta de mi habitación y afuera había un balcón enorme. Había instalado un set fotográfico con luces y una cámara muy moderna, perfecta para buenas tomas. Debía haber un fotógrafo pero jamás le vi la cara. Tras un flash y otro, por fin me sentí de despertar de verdad. Estaba desnudo de verdad pero esa sí era mi cama y mis pies se veían normales. Estaba sudando mucho miraba de un lado al otro.


 De nuevo me pellizqué con fuerza y esta vez marqué mi piel, casi sacando sangre. Me puse de pie y pronto olvidé lo que había soñado. No pensé más en ello pues no creo que signifique nada. Solo había sido un viaje a mi interior.

viernes, 29 de abril de 2016

Transparente, no solo en primavera

   Aunque era primavera, parecía que el clima no quería decidirse por el calor de una buena vez. La mayoría de gente lo había estado esperando por meses pero no llegaba. A lo largo de los días hacía un pequeño momento de calor y la gente se contentaba con eso, como si algo de sol fuese suficiente para calentarlos a todos y hacerlos sentir, de nuevo, con ganas de ir a la playa o de vestir ropa más ligera. Algunos ya habían recibido ese mensaje erróneo, pero era más porque anhelaban tanto el verano que seguramente pensaban que vestirse para él atraía mejor clima.

 Pedro era una de esas personas que todavía estaba usando abrigos, casi todos gruesos, así como pantalones largos y suéteres. Para él no hacía calor. Todas las veces que salía a la calle, que era normalmente cuando iba a clase, sentía el frío viento golpeándole la cara. Lo que menos le gustaba del asunto es que en el camino veía gente con pantalones cortos y camisetas de manga corta con un clima de once grados centígrados. Para él, era una idiotez.

 Cuando se acostaba de noche en su pequeño cuarto alquilado, normalmente daba varias vueltas antes de quedarse dormido. Era difícil para él cerrar los ojos y simplemente dormir. No solo porque habían ruido proveniente de todas partes que no dejaba descansar propiamente, sino porque tenía siempre la idea en la cabeza de que estaría más tranquilo con todo si tuviese a alguien con quien hablar de todos esos temas.

 Estaba ya acostumbrado a no tener con quien comentar su programa de televisión favorito. Lo mismo con cosas que veía en la calle o que leía en internet o que se inventaba en un determinado momento. Muchas de sus ideas, no necesariamente buenas, desaparecían en un corto lapso de tiempo porque no las podía vocalizar con nadie.

 Cierto. Nunca había sido alguien de mucho hablar. No era muy bueno en el arte de la conversación y siempre prefería estar solo en su habitación que sentirse incluso más solo estando con gente con la que compartía el estudio. Era increíble como, a pesar de que era gente amable y casi siempre soportable, no sentía la menor empatía por ellos. Mejor dicho, no le inspiraba tener la suficiente confianza en ellos para tener una amistad real con ninguno de los casi veinte compañeros de clase.

 No era culpa de ellos. Peor para ser justos, tampoco era culpa de él. Era una combinación de ambas cosas, pues la verdad era que Pedro no se sentía completamente a gusto donde estaba. No odiaba a nadie ni nada pero no estaba feliz con sus decisiones y había decidido que lo mejor era proseguir con lo planeado y tratar de no mirar mucho si todo lo que lo rodeaba le gustaba o no. Porque si se ponía en ese plan, no había final a la vista.

 De vuelta en casa, muchos kilómetros lejos de la ciudad donde estaba, la vida de Pedro no era muy diferente. Tenía una familia que lo quería y eso nunca se puede subestimar. Pero no era que los amigos le cayeran del cielo ni que tuviera muchas personas con quien compartir nada. Pero al menos las pocas personas que había eran más numerosas y confiables que las que ni siquiera había donde estaba. Por eso prefería no decir mucho y solo vivir su vida como un ser privado y algo apartado por los demás, sin importar los comentarios que pudiesen surgir a raíz de eso.

 Sabía bien que muchas personas pensaban que era algo antisocial. Siempre había sabido que la gente pensaba de él así y eso desde que la adolescencia le cambió la vida. Desde ese momento fue como si se trazara una línea y lo empujaran al otro lado de esa línea. No podía decir que nadie lo trataba mal o que lo insultaran o que se burlaran de él. Pero a veces se sentía peor que simplemente la gente no parecía estar enterada que él estaba allí. En más de una ocasión había sido ignorado y él no había dicho nada.

 Más tarde en la vida empezó a reclamar su puesto en toda clases de cosas. Seguían ignorándolo y pasando por encima de su existencia pero él se hacía notar y entonces se dio cuenta que la gente lo tomaba por alguien desagradable y molesto porque insistía en hacer parte de lo que los demás hacían. De nuevo, no había insultos ni nada por el estilo. Pero era de esas cosas que se sienten, que se ve en las caras de las personas. Era un odio mal disfrazado, muchas veces acompañado de una condescendencia increíble.

 Esa era una de la s razones principales por las que Pedro no tenía muchos amigos que digamos: la gente simplemente le tenía una aprensión extraña que difícilmente superaban. Era como si desconfiaran de alguien que intentaba salir de su propio cascarón y prefirieran que se quedase lejos, aunque ya era visible y eso era obviamente incomodo.

 Sin embargo pudo hacer algunos amigos y se los debió, más que nada, a su habilidad de causar un poco de lástima pero más que todo a su don para ser gracioso de la nada. No era muchas veces intención serlo. A veces solo buscaba hacer una observación rápida y sincera de algo que estaba pasando. Pero resultaba entonces que le salía un chiste, alguna broma bien construida y eso llamaba la atención.

 Eso se convertía en un puente para que la gente se enterara de que existía y después que lo conocieran por completo y solo las partes que creían conocer o que habían asumido conocer. Sus amistades se podían contar con una mano, pero era porque le costaba construir esas amistades. Pero prefería tener esas pocas amistades reales que ser de los que tienen cientos de “amigos” pero no pueden nombrar momentos en los que la amistad de verdad haya existido más allá de cualquier sombra de duda.

 La otra gran parte de su vida, y la razón por la que quejar se de la primavera era habitual y más sencillo, era porque simplemente jamás se había enamorado de nadie. Eso sí, había conocido gente y había tenido relaciones, todas cortas, que normalmente no dejaban mucho atrás cuando terminaban. Al comienzo era doloroso y se sentía todo como lo siente un verdadero adolescente: cada experiencia es única e irrepetible y parece que nada va a ser nunca lo mismo. Se cree que esa primera vez haciendo algo, que ese sentimiento es el único que habrá y el verdadero y que no hay nada más en la vida.

 Sin embargo, al madurar se da uno cuenta, o al menos así le pasó a Pedro, que todo eso es pura mierda. Es decir, es una sentimiento adolescente que lo exagera todo pero que, mirando su experiencia, nada de lo que había sentido con el primer amor era de hecho amor. Era una mezcla rara entre obsesión y la felicidad de sentir que alguien podía enamorarse de él. Pero no era el amor, esa criatura legendaria de la que habla todo el mundo y que por lo visto es mucho más común que los mosquitos.

 Desde esos días de mayor juventud, Pedro no había sentido nada tan intenso Eso era un hecho y sin embargo lo que había sentido no podía haber sido amor porque no había habido tiempo suficiente para determinar si eso era lo que era en una primera instancia. Lo que sí estaba claro es que después nunca sintió nada parecido. Se encariñó con personas pero no era lo mismo.

 De nuevo, todo iba ligado al hecho de que alguien volteara a mirarlo. Una de esas noches frías de primavera, se acostó en la cama a dormir y se puso a pensar en su vida y concluyó que nadie nunca le había dicho que se veía bien o algo parecido, a menos que buscara algo a cambio. E incluso los que lo habían dicho buscando algo, no lo habían dicho con todas las palabras. Además muchas veces, casi todas, había sido él el de la iniciativa, fuese para un beso, para sexo o simplemente para que las cosas pasaran. Y en el sexo estaba seguro que nadie nunca le había dicho nada más allá de un “me gustó”, lo mismo que se puede decir de una película mala que es entretenida.

 Alguna gente tenía el descaro de reclamarle por su soledad. Decían que si estaba solo era por su culpa y era cierto, pues como había concluido, era él quien siempre tomaba la iniciativa. Porque nadie iba a venir a decirle nada ni nadie iba a ser el que tomara el primer paso. Siempre tendría que ser él. Y por mucho que hiciese ejercicio o que se cultivara en varias ramas del conocimiento, siempre sería exactamente igual. No era algo que fuese a cambiar mágicamente de la noche a la mañana y, contrario a lo que la gente pensaba, no había como cambiar eso porque no estaba en sus manos.

 No podía ser más activo de lo que ya era. No podía lanzarse en los brazos de la gente porque eso sería simplemente desesperado. Lo único que podía hacer era hacer de su vida lo más cómodo posible, aprovechando lo que lo hacía feliz en el momento y punto. Estaba solo y la confianza no era algo fácil de construir así que simplemente hacía lo que pudiese con lo que pudiese.

 Sí, no tenía sexo con nadie, nadie lo miraba ni para escupirlo, a la gente en general no le interesaba su opinión y en fiestas y reuniones se la pasaba callado porque sabía que, aunque la gente lo pedía, nadie quería oírlo hablar.


 Y sin embargo, estar en su habitación disfrutando de sus cosas y escapando de un clima ridículo también era un problema. Pero para ellos. No para él. Porque para él era su manera de vivir hasta el siguiente paso en su vida y sí que lo estaba esperando con ansias.