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miércoles, 24 de mayo de 2017

Invasor

   El sonido de la manera rompiéndose se escuchó como estruendo por los alrededores. Pero nadie vino a mirar que había pasado. Si lo hubiesen hecho, podrían haber visto como un hombre de considerable estatura le disparaba a la gran cantidad de criaderos de abejas que había en el lugar. Cuando terminó de disparar, se retiró y nunca se supo más de él. El dueño de la granja sabía que el atacante debía tener picaduras, puesto que las abejas responden así a las agresiones. Pero la policía nunca encontró nada.

 Raúl, el dueño de las abejas, dependía casi exclusivamente de la miel que producción para poder sobrevivir. Por eso sabía bien que, quién sea que fuese el responsable del ataque, estaba claro que quería destruirlo de la forma más cobarde posible. Sin la miel, Raúl no tenía nada de dinero y obviamente lo necesita para poder mantener la granja y a sí mismo. Porqué el no plantaba nada ni criaba ningún otro tipo de animal que no fueran las abejas. Pero ellas ya no estaban.

 Con algunos pedazos de panal y abejas atrapadas en ellos, trató de comenzar de nuevo su negocio pero lo que tenía no era suficiente, por lo que dejó de intentar pocos meses después. Su familia le pedía que se mudaran, que intentaran vivir en la ciudad, al menos hasta que tuviesen dinero de nuevo para poder intentarlo más adelante. Pero Raúl era terco y no quería escuchar nada ni hacer algo diferente a contemplar el sin número de maneras que podría intentar para retomar su vida anterior.

 Pero los días y los meses pasaron. Cuando se cumplió un año, Raúl y su familia habían bajado considerablemente de peso. Se veían demacrados y claramente mal alimentados. Fue entonces cuando la esposa se cansó, tomó al hijo que tenían y se lo llevó a casa de su madre. Le pidió a Raúl que reconsiderara pero él no quería dejar su granja. Ella se fue después sin poder argumentar más, pues sabía que jamás lo convencería. Y a él no le importó por la misma razón.

 Entonces el hombre se quedó solo en una casa donde no había nada, solo frío y un silencio que parecía ahogar la vida. Sabía que no era un lugar apropiado para vivir pero no podía pensar en otra cosa que en volver a establecer sus panales y poder producir la miel que vendía a muchos de los negocios de la zona. Había sido su sueño por muchos años y por fin lo estaba logrando. Para él no era nada justo que en un minuto la vida de alguien pueda cambiar de semejante manera. Le daba rabia pensar en todo lo sucedido. Cada segundo se hacía más y más solitario.

 La semana siguiente, Raúl viajó a la casa de su suegra para recuperar a su familia. Pidió hablar en privado con su esposa y le explicó como para él todo el plan de las abejas había sido algo clave en su vida y en su desarrollo como persona. Se disculpaba por no haberlos tenido en cuenta para nada, pero también quiso explicar lo difícil que era aceptar que las cosas buenas que le habían pasado ya no parecían volver a querer pasar. Tenía que seguir adelante, sin mirar al pasado.

 La familia fue convencida y volvieron a la granja. La esposa de Raúl le sugirió que podían empezar a plantar frutas y verduras. No importaba que no funcionara como negocio pues podían utilizar las plantas para ellos mismos. Era algo sencillo y requerían la misma calidad de cuidados que le daba a las abejas, solo que esta vez su esposa había prometido ayudarle.. Y así fue como sucedió: plantaron semillas de gran cantidad de verduras y mientras las cuidaban, tuvieron que ahorrar como nunca.

Al cabo de un tiempo, todo estaba listo para cosechar. La idea era guardar uno de cada producto para la casa, con la meta de probar las verduras y ver si tenían un sabor óptimo. El tamaño no era algo que los preocupara mucho pero tenían que saber bien para poder ser vendidas en los alrededores e incluso más lejos. No pasó mucho tiempo antes de que se dieran cuenta que lo habían hecho sorprendentemente bien. Las calabazas eran deliciosas, así como las zanahorias, las cebollas y las lechugas, entre otros alimentos.

 La esposa de Raúl fue quien contactó a los comerciantes y los invitó a la casa a degustar las legumbres y las frutas para ver que opinaban. La invitación terminó en una batalla por saber quien se iba a quedar con los productos. Al final, se decidieron por la única persona que no solo parecía interesada en ganar dinero, sino que también se notaba que sabía de lo que estaba hablando, que no estaba allí solo por probar. Era la mejor decisión que podían tomar, para estar mejor.

 Meses después, el negocio crecía a un ritmo acelerado. Tanto así que tuvieron que plantar en tierras que nunca antes habían sido utilizadas. Los pocos restos que habían quedado de los panales tuvieron que ser removidos para poder plantar tomates y a Raúl eso le entristeció un poco pero sabía que era para lo mejor. Al fin y al cabo todo lo que producía se estaba vendiendo como pan caliente. Tan bien de hecho, que pudieron remodelar la vieja casa de la granja y convertirla en la casa de los sueños de toda la vida. Era su pequeño paraíso sobre el mundo.

 Sin embargo, una noche el ladrido del perro los despertó. El perro era nuevo, no había estado con ello sino algunos meses y el hijo de Raúl estaba prácticamente enamorado de él. Se la pasaba siguiéndolo cuando era de día, tratando de tomarle la cola y abrazándolo con fuerza. Cabe decir que el perro no es precisamente de una de las razas más calmadas del mundo. De hecho es exactamente lo contrario, y es por eso que ladra como loco cuando alguien se acerca.

 Esta vez, Raúl estaba preparado con un arma de balines que había adquirido. Parecía no hacer mucho daño pero el dolor de los perdigones en la piel no era nada que ignorar. Así que salió con su arma y corrió hacia los ladridos. Por alguna razón, el invasor estaba de nuevo en el sitio donde habían estado los panales. La diferencia es que está vez estaba prendiendo fuego a las plantas. Quería crear un incendio de grandes proporciones para arruinar, de nuevo, a Raúl.

 Este último actuó de inmediato. Disparó el arma tres veces contra la sombre que había en la mitad de sus tomates y pudo oír como el cuerpo caía como un bulto de papas al suelo. Se quejaba pero no hizo más ruido. Mientras más se acercaba, podía oler el humo que salía de las plantas que iban a ser quemadas. Estampó el suelo con sus botas de plástico y luego se acercó al cuerpo silencioso del invasor. Fue en un segundo que la sombra se puso de pie y retuvo a Raúl en una llave.

 El invasor era alto y muy fuerte y apretaba tanto a Raúl que este tuvo que tirar su arma al suelo para poder usar las manos para intentar liberarse de la poderosa llave. Hizo mucha fuerza, una y otra vez pero no pasaba nada. Entonces el tipo empezó a apretar y el aire fue haciéndose cada vez más escaso. Pero no solo sentía que se le iba el aire sino que también parecía que su cuello iba a romperse en cualquier momento. Trató de patearlo, de hacer algo, pero no podía.

 Fue entonces que se escuchó un disparo y la llave se relajó. Raúl cayó al suelo, empujado por el gran peso del cuerpo del atacante. Se dio cuenta al mirar hacia abajo, que de su cara goteaba sangre. Por un momento pensó que era él pero cuando vio a su esposa lo entendió todo.


 Ella se abrió paso hasta él con rapidez. En una de sus manos tenía un arma pero esa no disparaba perdigones sino balas de verdad. Era la primera vez que Raúl la veía. El hombre yacía muerto en el suelo y la mujer lo volteó para poder verle la cara. Pero el disparo había sido tan certero que ya no había manera de saber quién había sido ese desgraciado.

domingo, 28 de febrero de 2016

Eras tú

   Estabas de espaldas y por eso no fue fácil reconocerte. La clave fue reconocer el suéter que tenías puesto, el que compraste ese día que fuimos juntos a comprar ropa. Ese día, tu no parabas de hablar y creo que era una manera de decirme que no querías hablar de lo otro, de nuestra inminente separación. No entendías, ni tratabas de hacerlo, que yo no me iba por decisión propia. Al fin y al cabo éramos niños todavía. Estábamos entrando a la adolescencia pero tu de eso no querías saber nada. Querías que me quedara y tu manera de decirlo fue hablar y hablar y hablar, pues si seguías sin parar yo no tendría oportunidad de escapar de ti. Eras joven y no entendías que eso no era amistad, era algo distinto.

 Ese día me pediste todo el día y te lo concedí. Me hablaste de tus planes a futuro, como si fueras un gran empresario, y me explicaste que el negocio del yogur helado era cada vez más rentable. No sé si te diste cuenta pero yo sonreí varias veces pero no porque me dieras ganar de reír sino porque te admiraba de verdad. Estabas convencido de todo lo que decías, lo anunciabas todo con tanto empeño y claridad, estabas seguro de tu futuro éxito y querías que todo el mundo supiera. Sin embargo, creo que no te dabas cuenta que también era obvio que te sentías solo, que tu casa no era el lugar donde te gustaba estar y que cuando me besaste al despedirnos sentí tus labios temblar.

 Eras un niño en esa época y hoy lo sigues siendo. Cuando me miras de frente, por fin, sé quién eres pero tu no te acuerdas de mi. En tus ojos no veo ninguna chispa, ningún asomo de asombro o de sorpresa. Están apagados pero tan brillantes y grandes como siempre. Los tienes un poco cansados, debe ser por el trabajo porque te convertiste en ese hombre de negocios que siempre quisiste ser. No me sorprende que hayas seguido tus sueños, pues siempre tuviste empuje, siempre quisiste más de todo. Tu ambición por ser mejor la reconocí en ese tiempo y ahora me haces ver que no me equivocaba.

 No me reconoces y lo entiendo. Sabes que me fui hace tanto tiempo y que lloraste y estuviste mal por muchos meses hasta que te diste cuenta que la situación no iba a cambiar por mucho que dejaras los ojos en la almohada. Éramos niños cuando nos conocimos pero creo que fuiste el primero en convertirse en hombre y lo hiciste cuando me dejaste en el pasado. Tu vida después, no me la sé muy bien. Sin embargo, nunca supiste que eras observado por ojos que sabían que habías sido mi mejor amigo y ellos me informaban, cada mucho, como estabas y que hacías. Si tu supieras todo esto de pronto te escandalizaría, te asustarías y saldrías corriendo de mi presencia. Y sin embargo me das la mano y me hablas de tu negocio y no parece que sepas quién soy.

 Tu no sabes que cuando cambié de ciudad, en ese entonces, también cambié de vida y de manera de ver el mundo. Tu lo pasabas bien, lo supe. Tuviste varias novias y eras un galán con todas las chicas del colegio. Te convertiste en un casanova y, en palabras de otros que no nombraré, en el chico más guapo de nuestra secundaria. No supe más de ti hasta la graduación. Salías sonriente, feliz, en la foto que te tomaron a la salida de la ceremonia. Nunca supiste que la mía fue un año después, ya que tuve que repetir un año escolar por bajo rendimiento. Fue así que dejaste de estar en mi vida, ya no eras alguien de quién quisiera saber nada pues estábamos ya muy lejos y muy adelante para alcanzarte, si es que de eso se trataba. Dolió mucho pero creo que tu, mejor que nadie, lo entenderías.

 Y ahora estás aquí. Me hablas de cómo quieres expandir tu marca por toda la ciudad. Ya tienes tres ubicaciones de tu famoso yogurt helado, con el que revolucionaste el comercio local y ahora quieres hacerlo más grande y mejor. Viniste a esta firma de publicidad y te encontraste conmigo pero no sabes quién soy y, ahora, viéndonos todos los días, no veo cambio en tus ojos y sé que simplemente esos tiempos quedaron en el pasado. Me pasas informes y propuestas y te explico que puede ir bien para tu producto y para el tipo de comercio que buscas tener. Me miras a los ojos y me hablas, con una pasión que me hace sentirme abrazado, del esfuerzo que te ha tomado construir tu pequeño imperio y de las grandes ambiciones que tienes para él. Me preguntas si es posible y te digo que todo lo es.

 El contrato de asesoría es por un año y se puede renovar si el cliente lo desea. Ya han pasado seis meses y tu no pareces querer renovarlo. Sí, también pienso que ya tienes suficiente y que podrías lanzarte a la aventura así nada más pero tienes que saber que me encantaría seguirte viendo dos veces a la semana. Me hablas y me hablas, como ese último día y no tienes ni idea. En tus ojos no hay indicio, ni en tu cuerpo ni en tu voz ni en ninguna parte. No sabes quién soy y duele mucho pues eres una visión de un tiempo más fácil, de una época más fresca y menos difícil. Eres casi como un espejismo que no quiere desaparecer.

 Otro mes se evapora y casi quisiera que rogaras por la renovación del contrato. Debes saber que se haría en un abrir y cerrar de ojos, de manera rápida y especial solo para ti. El otro día, no sé si te fijaste, me cogiste la mano para enseñarme como dibujar el logo de empresa. Si alguna vez has visto un rojo tan brillante en tu vida, dímelo.  Al parecer tampoco notaste mis palpitaciones y como mi mano empezó a sudar ligeramente.  Tenías un desastre ambulante en frente y no te diste cuenta. Hubieses podido decir algo justo entonces, hubieses podido sorprenderme con alguna revelación fantástica pero no hiciste nada. Solo me hiciste dibujar y luego te alejaste.

 Es difícil. Los días pasan tan rápidamente como si alguien los quemara en las hornillas de la vida y todos ellos se convierten en un polvo que nadie puede retener. Todo va tan rápido, todo se mueve tan deprisa que creo que incluso tu quisiera que el mundo se detuviese por un momento para poder respirar y ver el entorno. Incluso tu quisieras caminar descalzo por un prado, en la parte alta de una colina, y ver el campo desde allí. Incluso tu quisieras ver la calma de lo que alguna vez fue o lo que pudo haber sido. Lo último es menos probable, seguro eres menos susceptible al pasado que la mayoría, porque te ves fuerte, con una voluntad férrea que encanta y a la vez intimida un poco. Sabes que eres cautivador, es fácil darse cuenta de ello. Te queda mucho todavía de aquel joven casanova.

 Solo falta un mes y el contrato se termina. Los últimos días se ponen lentos, como si el tiempo mismo quisiera torturar a las almas perdidas, a aquellos que no saben si arriba es arriba o abajo es abajo. Ese cambio de ritmo casi duele en los huesos y es entonces que por fin aparece una señal en tus ojos. Pero no es la que se buscaba. Es un brillo de tristeza, de miedo. Uno de esos días, de los últimos, me confiesas que temes que todo fracase, me confiesas que tu miedo es por tu empresa, por los años que has trabajado por todo lo que tienes y que tal vez pueda desaparecer en cualquier momento. Dices estar feliz con lo logrado pero también que no quieres perder ninguna parte de la esencia de lo que eres al crecer, al expandir lo que requiere más espacio para crecer.

 Sientes una de mis manos sobre tu hombro y escuchas, con calma, como  tu empresa va a ser un éxito en el mercado. En apenas una semana se acaba nuestro contrato y escuchas como los planes que hemos estado elaborando ya están dando sus primeros frutos. Todo está listo para que crezcas, para que sepas lo que es ser un empresario envidiado, exitoso de verdad. Escuchas, sonriendo, los ánimos y buenos deseos que la compañía tiene para ti, pero no escuchas nada que venga de mi porque eso no importa. Sientes que la mano se retira y la conexión se rompe. Aunque no lo del todo, pues en ese preciso momento me miras y sabes quién soy. Lo sabes todo y puede que lo hayas sabido desde siempre. Tus ojos se ven como cuando éramos jóvenes y por un momento eres ese niño con una idea y con una ambición más grande que el cuerpo.

 El contrato termina. Cada uno por su lado. Tu te vas a tus cosas, a tu empresa y a tus planes de comerte el mundo. No lo sabes pero serás un gran personaje, uno de esos pocos que la gente de verdad admira y respeta. Ya eres una persona querida pero lo serás mucho más. Y no sabes que una de esas personas que te quiere estuvo tan cerca de ti todo este tiempo.


 Pero a decir verdad, yo a ti no te quiero. Porque creo que siempre te he amado.

viernes, 2 de octubre de 2015

Separación

   Lo primero que hice fue encogerme, como si fuese capaz de apretar todo mi ser en una pequeña bola. Después, lo que hice fue empezar a llorar mientras mi corazón parecía querer salirse por la boca. La sensación era horrible, como si me estuviese ahogando pero peor. El dolor eran tan verdadero, tan cruelmente real, que tuve que encogerme aún más y no tuve que echarme de lado para poder subsistir. Tenía que hacerlo, o sino la presión me iba a matar y también ese dolor tan profundo que sentía, esa angustia tan particular y tan tóxica. A veces recuperaba el aliento y podía tragar una buena bocanada de aire limpio y eso me tenía que ser suficiente para todo el rato en el que no podría hacer nada para no sentirme tan mal como me sentía.

 La separación ya la había sufrido antes pero creo que está vez me había afectado más, me había tomado más por sorpresa. Debí saber, desde ese par de lágrimas que derramé al comienzo, que habría más esperando por mi. Mi cuerpo y mi alma, al fin y al cabo, no son tan fuertes. Están casi hechos de vidrio o de papel, lo que sea que se deteriore con mayor sensibilidad. El caso es que jamás pensé que fuese a ser para tanto, pero lo fue. Mi mente no había querido pensar todos esos días en lo que iba a pasar. Siempre dije que no estaba nervioso ni asustado pero la verdad era que estaba negándome a mi mismo la realidad de las cosas. Estaba, como se dice popularmente, haciéndome el loco. No quería ver la realidad y no quería aceptar que lo que iba a suceder era real.

 Por eso cuando sucedió, fue algo gradual. O al menos el dolor fue así. Al comienzo fue ligero y pasajero pero al pasar los días y al ver que lo que estaba sucediendo era de hecho algo de verdad, todo se fue literalmente a la mierda. No hay otra manera de ilustrarlo mejor y la verdad es que así hubiera mejor manera, creo que las palabras dichas son más dicientes. Fue la tercera noche, si mal no recuerdo, en la que todo lo que tenía alrededor empezó a derrumbarse y, cuando estaba cansado, el dolor atacó. Era como si me hubiese clavado una daga hirviendo hacía mucho pero hasta ahora se había enfriado y sentía de verdad el dolor y la agonía.

Lloré como si no hubiese un mañana. Me dolieron los ojos, las manos, la boca, la cabeza y cada una de las articulaciones del cuerpo. Cuando me desperté seguí llorando, cada pensamiento era como otro cuchillo más pequeño, que tomaba un pedazo de mi ser y lo hacía trizas. El dolor era mucho mayor al que jamás hubiese sentido y la verdad me di cuenta que debía sentirlo, no debía alejarme de él como si fuese algo extraño y hecho para alguien más. Tenía que apersonarme de mi dolor y aceptarlo completo, que me consumiera por completo, al menos por este rato en el que sabía que no había escapatoria alguna para semejante dolor. Debía sumirlo y tragarlo todo.

 Así lo hice. Fue un trago amargo, que no puedo decir que se haya detenido, pero al menos ya no se traduce solo en lágrimas pero en sentimientos que van mucho más allá de algo que se pueda explicar tan fácilmente. Son dolores, son afectaciones varias y no creo que se detengan en un buen tiempo, es decir, tengo que aprender a vivir con todo ello. Y la verdad es que no me molesta para nada. Porque ese dolor, esa sensación extraña, me mantiene alerta y me recuerda muchas cosas que no debería olvidar nunca, muchos sentimientos que no tendría de ninguna otra manera. Lo malo es que hay otros sentimientos en juego que no son tan agradables pero es un todo o nada bastante particular y definitivo.

 Todo lo que me sucede tiene que ver con mi familia, con no tenerlos al lado, con no poder tocarlos y verlos cuando yo quiera. Aunque lo que me sucede va más allá de eso… Pero creo que eso ya es un comienzo y no uno que deba ser particularmente fácil. O bueno, no para mí. Hay gente que se comporta con la familia como si fueran gente con la que viven y nada más y por eso la separación no es tan traumática pero para mí lo es, seguramente porque siento algo más por ellos que agradecimiento. Nunca entenderé como es la relación de otros con sus padres pero la realidad es que no tengo que hacerlo pues esas son cosas de cada uno en la que nadie más tiene un derecho real a meterse.

 El caos es que lloro porque los siento lejos y porque me siento responsable de estar causando un dolor peor del que siento ahora, lo que es bastante malo si pudiesen sentir lo que yo siento. No puedo empezar a entender como es que ignoré por tanto tiempo la situación a la que me iba a enfrentar, como es que no la vi como algo real, algo que iba a pasar. Tuve varios momentos para arrepentirme, para echarme para atrás y no seguir más con esto en lo que me embarqué. Pero por alguna razón seguí adelante, hice cada pequeña cosa que debía hacer para logar un objetivo, que sí pude obtener. Pero la verdad es que no tuve alegría alguna por ello, de hecho al llegar al objetivo, mi atención (si es que la había) pasó directamente al siguiente punto en la agenda.

 En cierto modo, estos meses de deliberaciones y decisiones parecen haber sido vividos en un sueño o con cierto grado de distracción. Yo no sabía que hacía y lo digo con toda honestidad. Olvidaba por alguna razón que todas las acciones tienen, irremediablemente, una consecuencia y una reacción casi inmediata. No tengo ni idea porque lo olvidé pero así fue. Me siento ahora un poco estúpido aunque todavía no sé si arrepentido. Me siento extraño pero ciertamente no bien ni en óptimas condiciones. Es muy raro, pero es que como si el sueño en el que me metí hace tantos meses en verdad todavía no hubiese terminado.

 Y sin embargo, ya extraño algunas cosas. Extraño mis caminatas diarias y extraño la luz y los colores. Los ritmos también, así como esa rutina que no iba a ningún lado pero que era mía. Levantarme temprano, escribir, desayunar, saludar a mi madre, hablar con ella y compartir, ducharme, cambiarme, jugar videojuegos, ayudar a preparar el almuerzo, sacar a la mascota de su jaula, almorzar, hablar y compartir de nuevo y después salir a caminar y apreciar lo malo y lo bueno de la vida en ese lugar que siempre, eso creo, será mío.  Porque no me puedo quitar ni a la gente, la especial, de mi mente, ni a los lugares ni a esas pequeñas cosas que ni sé que son pero sé que importan mucho. Todo eso es, en resumen, lo que extraño y lo que anhelo y lo que añoro.

 Muchos, sin duda, me llamarán desagradecido y me tildarán de “niño de mami”, adjetivos que no significan mucho para mi en este momento. No me importa ni me ha importado nunca lo que piensen de mi pero la verdad es que me gustaría aclarar que no tiene nada que ver con agradecer o no el hecho de que extrañe a mi familia y el que no vea lo que hay ahora a mi alrededor. Ya llegaré a apreciarlo y ya habrá un momento en el que vea esas cosas especiales que me encantan en este nuevo lugar, cosas que tal vez lo conviertan en otro lugar especial, que no es tan nuevo ni tan espectacular pero que es lo que es ahora y no va a cambiar.

 Creo que eso es lo que me pone peor, el hecho de que las cosas cambien y jamás se queden como siempre han estado. Es egoísta pero por mi las cosas deberían haberse quedado como eran hace muchos años, cuando mis preocupaciones no me acosaban tanto o que simplemente la vida fuese tan perfecta que no hubiese que tragar tierra para poderla vivir por completo. Esas cosas que hay que hacer y que a nadie le gustan son aquellas que siempre me molestarán y nunca me permitirán estar de verdad tranquilo.  Pero eso es algo que tengo que aceptar, reconocer y aprender a controlar o al menos a detectar con tiempo porque todo tiene un limite, incluso nuestros moldeables cuerpos.

 Ahora mismo mi realidad es sencilla: me siento un poco perdido y molesto. Perdido porque todavía siento que lo que pasa no es real pero al mismo tiempo sé que no es un sueño. Y molesto porque la vida debería ser lo que nosotros quisiéramos que fuera. Sí, ya sé que eso acarrearía muchas cosas negativas para otros y que todo no funcionaría como lo hace hoy en día pero no creo que eso sea algo de verdad malo. Ahora, también quisiera mandarlo todo al carajo pero no puedo. Tampoco puedo acelerar el tiempo ni puedo forzar las cosas ya que todo tiene que suceder a su ritmo, a su tiempo. Y eso es frustrante y molesto pero es la realidad de las cosas.


 Lo cierto es que mi dolor es verdadero y que los extraño mucho, tanto que me confunde y hace pensar y a veces no quiero hacerlo.

domingo, 28 de junio de 2015

Separación

   Siempre será difícil separarse y tener que decir adiós. En cualquier contexto, despedirse de alguien permanentemente es algo que puede sacarnos lágrimas, eso sí es que estimamos de verdad a la persona que estamos despidiendo. Incluso puede que no sea algo permanente  y de todas maneras va a doler y va a ser algo que pensar en los próximos días. Despedirse es difícil, sea cual sea la situación, porque implica una separación y los seres humanos siempre hemos sido dependientes. Esa imagen de luchadores incansables que van por la vida solos es una ilusión ya que prácticamente nadie es así. Todo el mundo tiene a alguien que le preocupa, que quieren volver a ver en algún momento o que los hace pensar lo mejor de la humanidad.

 Tal vez la despedida más difícil sea la que es permanente, es decir, la que hace uno con los que murieron o van a morir. Con frecuencia, uno no tiene la oportunidad de decir adiós y siempre hay un sin sabor, una vocecita en la cabeza que le dice a uno que siempre hubo algo que le quiso decir a la persona o que quiso hacer con él o con ella. Eso pasa con los abuelos, pro ejemplo. Son personas que tal vez nadie acabe conociendo nunca porque siempre existe una barrera generacional que es difícil de superar. Son personas tan distintas y con una situación de vida tan diferente a la propia, que seguido la gente está arrepentida de no haberlos podido conocer, así haya sido siempre un imposible poderlos conocer mejor.

 Además, la muerte es siempre algo difícil porque no es algo que queramos ver a la cara. Así que siempre hay una relación complicada con afrontarlo y estar en paz con ello. Cuando la gente tiene la oportunidad de despedirse, es algo muy preciado y que ocurre en pocas instancias. Más que todo ocurre con personas de edad y tal vez estén inconscientes pero eso no importa. Lo verdaderamente importante es que uno tiene una posibilidad casi remota de poder decirle a la persona lo mucho que apreció su compañía, su amistad, su dedicación y cuidado y que se le extrañará por mucho tiempo. Dependiendo de la relación con la persona puede variar lo difícil que esta situación.

 Es decir, si la persona que se está despidiendo es el hijo o la hija de quién está muriendo, pues será una situación bastante complicada, pero de todas maneras una gran oportunidad que muy pocos tiempo. Y al fin y al cabo la despedida con cualquier ser humano es algo inevitable porque somos seres que no podemos vivir más allá de cierta cantidad de años, no somos eternos y tenemos una fecha de vencimiento, casi siempre desconocida. Lo mejor es tratar de vivir la vida de manera que cuando llegue el momento, podamos ver hacia atrás y darnos cuenta de que lo disfrutamos todo, que hicimos todo lo que queríamos y podíamos y que aprovechamos cada oportunidad que se nos presentó. Esa es la mejor manera de vivir y también la mejor manera de despedirse del mundo.

 Pero hay despedidas que, aunque permanentes, no tienen que ver nada con la muerte. Seguido, es el amor el que tiene mucho que ver allí o la amistad. O más bien la falta de ambos porque cuando cortamos relaciones, también por razones fuera de nuestro control, es otra razón más para despedirse de manera permanente. A veces nuestros sentimientos terminan o cambian y simplemente tenemos que dejar ir a las personas. A veces esto es algo voluntario y otras veces no pero eso no quiere decir que duela más o menos. La separación siempre es difícil solo que a veces puede ser más complicado para nosotros y otras veces puede serlo más para la otra persona involucrada en el asunto.

 Cuando decidimos dejar de vernos con alguien, sea un amigo que dejó de serlo o sea un amante que dejamos de querer, es algo que forma carácter ya que hemos sido nosotros los que decidimos cual es el destino de las cosas. No es que todo haya sucedido para terminar así sino que tomamos una decisión basada en los acontecimientos que hayan podido tener lugar o no, con esa persona. El amor es un sentimiento y los sentimientos no son eternos. La gente cree que el amor es invencible y que nunca se marchita ni se acaba, que es como un motor que funciona de aquí a la eternidad, como si no tuviera nada mejor que hacer. Y eso no es verdad, el amor es como el odio, la felicidad, la tristeza y otros; es algo que simplemente o cambia o se muere y eso no tiene porqué ser nada malo. Los sentimientos son así para ayudarnos a ver lo que sucede y a cambiar.

 Cuando nosotros tomamos una decisión, a veces es difícil pero una vez estamos en camino nos damos cuenta de que fue lo mejor. El dolor puede ser mayor o menor pero, como todo, ya pasará y seguramente lo hemos vivido antes y si no, a aguantar. Lo difícil es cuando toman la decisión por nosotros y alguien nos dice que ya no nos quiere allí, que ya no nos necesita y que es mejor que despejemos su vida y no dejemos rastro alguno de nuestra existencia. Eso sin duda es más difícil porque no están echando y todo ser humano se siente mal cuando lo sacan de alguna parte porque ya no es bienvenido.

 Y, como se dijo antes, no tiene porque ser todo acerca de un amor romántico. A veces puede ser una amistad que simplemente se termina y hay que dejarla ir. A veces puede que se termine por las distancias físicas y otras veces puede que lo haga porque no se trabajó lo suficiente en mantener las cosas vivas. Una amistad, como cualquier otra relación, necesita trabajo y que las personas involucradas se decidan a hacer lo mejor para que las cosas crezcan y beneficien a ambos. Pero cuando las cosas terminan, suele ser más duro que con una relación amorosa por el sencillo detalle que las amistades normalmente duran mucho más y son años de recuerdos.

 Ya a lo último están las despedidas menos trágicas, menos definitivas y no tan dramáticas pero que pueden ser difíciles de varias maneras. Es el caso de cuando nos vamos en un largo viaje y no despedimos de quienes queremos sin saber si los vamos a volver a ver. Esto puede sonar un poco macabro pero no es más que la realidad de la vida: los seres humanos morimos y con frecuencia morimos de un momento a otro, sin previo aviso y muchas veces en circunstancias que jamás hubiéramos podido prever. Y eso algo que siempre tenemos presente, sobre todo cuando nos separamos de lo que siempre hemos tenido cerca y nos aventuramos al vacío que es la experiencia humana.

 Es difícil. Porque seguramente quisiéramos tenerlos a todos cerca. Cuando estemos allá lejos, solos, quisiéramos tener un abrazo de papá, una caricia de mamá, algún chiste tonto de un hermano o la sabiduría de una abuela. Quisiéramos tener a nuestros amigos cerca para que nos den impulso y para recordarnos seguido quienes somos y adonde es que queremos ir. Pero obviamente no los podemos tener cerca y eso duele, eso entristece y pro eso los primeros meses en un lugar lejos de casa pueden ser muy difíciles. Cuando no hay boleto de vuelta ni seguridad de nada, es algo difícil porque significa cambiar todo lo que sabemos de la vida y, como un bebé, volver a aprender lo que sabemos, de otra forma y solo dependiendo de nuestra capacidad para resolver problemas y ver como podemos seguir avanzando por nosotros mismos.

 Esa separación al fin y al cabo puede ser solo transparente y tiene sus recompensas porque después de enseñarnos todo de nuevo, podemos ver con diferentes ojos a todas esas personas que ayudaron a hacernos tal como somos hoy y como seremos tal vez hasta el día que muramos. Volverlos a ver es un alivio pero también se puede asumir como un reto personal ya que queremos haber crecido para ellos, tener nuevas cosas que decir y que contar, parecer tal vez más sabios y menos dependientes de lo que éramos cuando nos fuimos. El dolor de la separación tiene entonces su recompensa porque quienes nos aman de verdad siempre estarán contento por nosotros y nuestros logros.

 La separación es algo difícil. Como dijimos al comienzo, somos seres que necesitan ser sociales e interactuar para poder seguir adelante, para poder sentirnos como parte de algo que es más grande que todos nosotros. Amigos, familia, conocidos; todos ellos nos impulsan y tal vez a veces nos frenan pero el hecho es que nos retan a vivir, a seguir para donde podamos ser una mejor versión de nosotros mismos. Así que cuando nos separamos de alguien, sea para siempre, por decisión propia o solo por un instante de la vida, deberíamos recordar y darles las gracias por lo que nos enseñaron porque cada vivencia es una enseñanza y cada enseñanza es una lección que nos hace más nosotros.


 En las noches, volvemos a nosotros, volvemos a nuestro interior solitario pero siempre agradecemos los recuerdos que tenemos inevitablemente con los demás. Puede que en verdad nunca nos separemos, que siempre estemos juntos sin importar nada más.