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lunes, 18 de diciembre de 2017

El final es un comienzo

   Las explosiones se sucedieron una a la otra. Desde el otro lado de la bahía se escucharon potentes explosiones pero no se sintieron de la manera violenta como sí lo sintieron algunas de las personas que no habían querido dejar el centro de la ciudad. Los edificios altos, del color del marfil, se desmoronaron de golpe, cayendo pesadamente sobre la playa y dentro del agua. Las personas que quedaban vieron que ya no tenía sentido quedarse allí, si es que lo había tenido antes.

 Se formó una nube enorme de cemento y hormigón, que nubló la vista hacia la ciudad por varias horas. Todos los que estaban en el centro de comando dejaron de mirar hacia la ciudad y se dedicaron entonces a calcular otra variables que tal vez no habían tenido en cuenta. Pero la verdad era que ya todo lo sabían. Estaba más que claro que la armada del General Pico se acercaba a toda máquina hacia la bahía y que embestirían la ciudad con la mayor fuerza posible.

 De hecho, esa había sido la razón parcial para tumbar los edificios. El arquitecto Rogelio Kyel había sido el creador de esas hermosas torres y también había sido él quién había propuesto el colapso de las estructuras para formar una especie de barrera que frenara el ataque del enemigo. Por supuesto, todo el asunto era solo una trampa para distraer al general mientras la población y el comando central escapan hacia algún otro lugar del mundo. El tiempo era el problema principal.

Habían tenido el tiempo justo para tumbar las torres e incluso habían podido evacuar a la mitad de la población en botes especiales, muy difíciles de detectar. Sin embargo, mucha gente quedaba todavía en las islas y era casi imposible sacarlos a todos. Como se dijo antes, la ciudad misma seguía poblada por algunos que se había rehusado a dejar todo lo que era su pasado detrás de ellos. Simplemente se negaban a dejar que algún loco tomara su casa y, a pesar de todo, tenía razón.

 Pero la vida iba primero y, cuando se rehusaron a salir, el comando central decidió que la mayoría tenía prioridad y que si había gente terca que prefería morir, era cosa de ellos y no del gobierno. Muchos de esos tercos se reunieron como pudieron tras ver las torres caer, en parte porque pensaban que el enemigo había sido el causante de los derrumbes. Otros se quedaron en sus hogares sin importar la violencia de las explosiones. Ellos fueron los primeros que murieron cuando Pico embistió con fuerza contra la pobre isla, que se resistió pero al final cayó.

 Tras el derrumbe de las torres, el general solo demoró media hora en llegar a la bahía, con la nube de escombros todavía flotando sobre toda la zona. Dudó un momento pero luego dio un golpe con extrema fuerza contra la ciudad. Lo poco que había quedado de los edificios blancos desapareció bajo las bombas y las pisadas del ejercito del general. Tomaron cada casa y mataron a cada una de las personas que encontraron. Afortunadamente no fueron tantos como pudieron ser, pero igual murieron de la peor manera.

 La distracción fue todo un éxito puesto que la mayoría de las naves pudieron escapar lejos sin que el enemigo se diera cuenta. Solo cuando se fijaron en lo vacía que estaba la ciudad, fue cuando el pequeño general ordenó un bombardeo con naves pesadas sobre todas las islas. Según su decisión, ni un solo rincón de todo el archipiélago podía quedar sin arder bajo las llamas que crecían a causa de los poderosos químicos de los que estaban hechas las bombas.

 Los árboles ardieron en segundos. El comando central y su gente vieron desde lejos como una gran nube negra se cernía sobre lo que había sido su hogar por mucho tiempo. Algunos lloraron y otros prefirieron clavar sus ideas y su mente a lo que tenían por delante y no a lo que había detrás. Esto ayudó a que las naves pudieran alejarse de una manera más precisa, que pudiese evitar una hecatombe global de ser detectados por el ejercito enemigo, que de pronto parecía volcarse en un solo propósito.

 Al otro día, las islas eran solo una sombra de lo que habían sido desde tiempos inmemoriales. Ya no eran de agua clara y playas prístinas, de deliciosa comida y gente alegre, de palmeras enormes que parecían edificios y animales que solo se podían encontrar allí. Todo eso terminó después de varias horas de bombardeos. A la mañana siguiente, no había nada vivo en ese lugar del mundo, a excepción de los soldados que se comportaban más como androides, dando pasos al mismo tiempo, sin razón alguna.

 El general Pico, del que tanto se burlaban sus enemigos por ser un hombre de corta estatura, de bigote espeso y de tener tan poco pelo como una bola de billar, fue el único que soltó una carcajada mientras pisaba las cenizas de lo que había sido uno de los lugares más felices que nadie hubiese conocido. Mientras caminaba, viendo lo que había hecho, pateo cráneos carbonizados y animales retorcidos por el calor de las bombas. Después solo sonrió y al final subió a su nave y se alejó de allí, sin decir nada más. Retomaría pronto su caza del comando central.

 Este grupo se refugió en una pequeña isla remota pero todos sabían bien que no podían quedarse allí mucho tiempo. Seguramente el general decidiría también destruir todas las islas aledañas, por ser un escondite general para gente que nunca se había alejado mucho del mar. Esa, al fin de cuentas, era la verdadera clave. Debían ir a un lugar lejano, en el que nadie esperaría ver gente que se había dedicado toda su vida a pescar y a vivir vidas tranquilas y sin preocupaciones.

 Las naves enfilaron al continente y cuando tocaron la playa se reunieron todos y decidieron dividirse. La mejor manera de escapar era no concentrarse todos en lo mismo sino perderse en la inmensidad del mundo. Formalmente dejarían de ser el comando central y pasarían a ser grupos aislados de personas que, con el tiempo, podrían integrarse a otras comunidades alrededor del planeta sin que nadie se diese cuenta. El general Pico podría perseguir por donde fuera, pero nunca los encontraría, al menos no como los había conocido.

 Algunos se dirigieron a las montañas, un lugar completamente desconocido para ellos, escasamente poblado y con un clima difícil de manejar. Pero como buenos seres humanos, se terminaron acostumbrando después de un corto tiempo. Aprendieron a cazar los animales propios de la región, inventaron aparatos y máquinas para hacer de subida algo más fácil e incluso crearon obras de arquitectura amoldadas a las grandes alturas, todo gracias al arquitecto Rogelio Kyel que había llegado hasta allí.

 Otros, muy al contrario, decidieron que jamás podrían alejarse demasiado del mar. Se adentraron solo algunos kilómetros dentro del continente y se asentaron en el delta de un gran río que regaba con sus agua una vasta región donde pronto pudieron cultivar varios alimentos. Estaban cerca de la selva y sus ventajas pero tuvieron que aprender a vivir también con los animales salvajes que destruían constantemente sus esfuerzos para crear algo así como una nueva civilización.

 El general Pico buscó por todas partes pero lo único que pudo encontrar fueron culturas indígenas que creía inferiores a si mismo y a animales que disparaba por el puro placer de verlos estallar. Murió muy viejo, todavía obsesionado con acabar con todos sus enemigos.


 El arquitecto Kyel murió antes, habiendo dejado su última creación en planos ya listos, que la comunidad decidió construir en la frontera con la región del río. Sería algo así como un puente, construido exclusivamente para unir a los hombres de nuevo, después de tanta devastación.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Bajo la ventisca

   Los tanques de combustible explotaron con fuerza, enviando una bola de fuego hacia el cielo que alumbró todo lo que estaba alrededor. El color ámbar que inundó el lugar nunca se había visto en semejante lugar tan remoto y nunca se volvería a ver. La pequeña casa hecha de tejas de zinc y placas prefabricadas, el único indicativo de que algo había existido en ese lugar, dejó de existir en unos pocos segundos, completamente consumida por el fuego abrasador.

 Desde una colina cercana, un joven sin pelo miraba la escena, fascinado por los colores de las llamas que ardieron por largo tiempo antes de que el frío las apagara a punta de copos de nieve. Él no pensó en las personas que había allí, en los kilómetros de túneles y niveles enterrados debajo del bosque de tundra. Todos habían muerto ya o al menos pensó que eso sería lo ideal. Vivir para morir encerrado era algo que nadie merecía, ni siquiera esas horribles personas que trabajaban allí.

 Las marcas de la tortura sistemática estaban por todo su cuerpo. No sabía cuando lo habían internado allí pero sentía que había sido hacía mucho tiempo. Su celda era completamente oscura, desprovista de cualquier tipo de luz. Estando bajo tierra, era imposible saber que día era o que hora del día estaba viviendo. Después de un tiempo simplemente no importaba. Había dejado de pensar en esas trivialidades hacía mucho tiempo. Solo quería evitar volverse loco.

 En eso había sido algo exitoso y un fracaso, al mismo tiempo. Si bien todavía conservaba partes de su pasado y tenía a veces ganas de pelear y de rebelarse, la mayoría del tiempo era como un muerto en vida. Las pruebas que le hacían, fuese físicas o puramente medicas, lo cansaban demasiado. Después de algo así nadie tenía muchas ganas de idear planes de escape o algo parecido. Solo quería morir o al menos ese era un deseo que se le había metido en la cabeza hacía mucho rato.

 Cuando su mente estaba algo más clara, cosa que pasaba cuando sus captores no lo sacaban de la celda en mucho tiempo, pensaba que era casi seguro que no estuviese solo en ese lugar y que, tal vez, estuviesen jugando con él a un nivel mucho más profundo de lo que pensaba. Se le había ocurrido que tal vez ellos hubiesen influenciado en su mente para pensar en lo que pensaba y que tal vez revisaran su mente todos los días por medio de algún aparato instalado allí adentro. Podía ser solo paranoia pero cualquier cosa le parecía posible en esos momentos.

 Estaba claro que no era él quién había iniciado el caos. Él solo supo que el sistema eléctrico falló y las puertas de todo el lugar se abrieron para dejar paso libre a una evacuación completa. Cuando se atrevió a salir, vio acercarse a él llamas de un color naranja intenso. Corrió hacia el lado opuesto, eventualmente encontrando unas escaleras. Supo que subir era lo mejor que podía hacer. Estaba descalzo, vistiendo una de esas batas de tela que se usan en los hospitales.

 En el último piso vio, horrorizado, que no había acceso a la salida. Esas puertas, por alguna razón, permanecían cerradas. La gente que todavía estaba adentro gritaba y corría sin sentido, de un lado a otro. Él no sabía por donde era salida, por lo que se quedó quieto sin saber que debía de hacer. Se escuchaban explosiones lejos de él, en algún lugar muy por debajo. Salir de la celda parecía haber sido una buena idea, a pesar de que apenas se había abierto la puerta, el miedo lo había invadido.

 El exterior, el mundo que le esperaba le daba pánico. De hecho, ver a la gente correr de un lado a otro, lo había hecho quedarse quieto. Podía parecer una tontería, pero no quería llamar su atención, para bien o para mal. No quería que ninguna de esas personas lo ayudaran pero tampoco quería que lo vieran y aprovecharan para llevárselo con ellos, tal vez a otro siniestro lugar parecido al que estaba por terminarse. Esperó a que no hubiese nadie cerca y corrió por un corredor solitario.

 No tenía como saberlo pero su idea había sido la correcta. De lado opuesto de la edificación había unas largas escaleras que servían de ruta para el incendio, que ya consumía los cuerpos de varias personas, tanto trabajadores del lugar como prisioneros. Del otro lado no había nadie porque no había una escalera parecida. Lo que había allí era el sistema de ventilación que era estrecho y tenía un olor a gas bastante desagradable. Él descubrió un acceso en un armario de la limpieza.

 Tuvo que utilizar la poca fuerza que tenía para arrancar la rejilla. Cuando por fin pudo soltarla, cayó al piso con fuerza. Eso lo aturdió por un momento pero fue entonces cuando escuchó una voz. Era una voz clara y ensordecedora. Le hizo doler la cabeza la potencia que tenía. Lo extraño era que la puerta seguía abierta y no veía a la persona que gritaba. Solo sabía que sentía que la cabeza le iba a explotar. La voz decía que cosas horribles, alimentadas por rabia y dolor, sentimientos que Él pudo sentir por todo su cuerpo, erizando cada vello de su cuerpo.

 A pesar del dolor, el hombre se puso de pie y usó más de su supuesta escasa fuerza para treparse al acceso de la ventilación. La voz parecía alejarse de su cabeza, lo que hizo más fácil trepar por el frío metal del tubo. La bata médica se le rajó en varias partes. Para cuando llegó a la parte superior, estaba desnudo y sangraba de al menos dos dedos. Sin embargo, el sentir el aire puro y frío del exterior, le hizo sentirse aliviado por primera vez en mucho tiempo. Era como si en verdad fuese libre.

 Se dejó caer junto a la salida de la ventilación, disimulada debajo de un matorral enorme, rodeado de grandes árboles. Desde allí no se podía ver nada de lo que pasaba debajo de él. Para cualquier persona que pasara por ese lugar, sería otro día en el bosque helado. Como pudo, el hombre se puso de pie y se dio cuenta de que moriría del frío allí afuera. Por un momento, mientras daba tumbo entre los árboles, quiso volver a su celda que también era fría pero no así. El pensamiento se mantuvo con él, por largo tiempo.

 Fue entonces que vio la cabaña de zinc, sola y oscura y supo que debía ser la entrada al lugar donde había estado encerrado. Había algunos cuerpos tirados cerca de la puerta que parecía estar muy bien cerrada. Él se acercó corriendo a uno de ellos y lo despojó del abrigo y las botas. Seguramente le servirían mucho más a él, era otro problema solucionado sin intención alguna de encontrar una solución. Se vistió como pudo y empezó a caminar colina arriba, alejándose de la casa.

 Luego de ver el hongo de fuego elevarse por los aires, dio la espalda al lugar y empezó a caminar lentamente, sobre el lomo de una cordillera baja que parecía extenderse por varios kilómetros. Fue un buen rato después que escuchó de nuevo la misma voz que había hecho que le doliera la cabeza. Pero esta vez no estaba cargada de rabia o de dolor sino de miedo, de un tristeza profunda que pedía ayuda. Era raro decirlo pero la voz parecía llorar suavemente hasta que se apagó.

 Él se quedó allí, esperando a volver a escuchar la voz. Pero no pasó nada. Solo podía escuchar el viento y en su cabeza no sentía nada más que una ligera migraña por haber vivido tantas cosas en un lapso de tiempo de comprimido. Era lo normal.


 Comenzó a caminar al sentir que el frío se hacía más intenso. Cerró el abrigo lo mejor que pudo y comenzó a caminar a buen ritmo, trazando una senda entre la blancura eterna del bosque. Pronto el viento barrería sus rastros y los de su prisión.

viernes, 2 de junio de 2017

Exilio

   El sonido del metal de las cucharas contra la pared de las latas era lo único que se podía oír en ese paraje alejado del mundo. Los dos hombres, jóvenes, comían en silencio pero con muchas ganas. Parecía que no habían probado bocado en un buen tiempo, aunque saberlo a ciencia cierta era bastante difícil. Lo que comían era frijoles dulces. Los habían calentado en las mismas latas sobre una pequeña hoguera que humeaba detrás de ellos. No muy lejos tenían armada una tienda de campaña.

 Apenas terminaron la comida, se quedaron mirando el mar. El sonido de las olas estrellándose contra las rocas negras y afiladas era simplemente hermoso. Los dos hombres se quedaron mirando la inmensidad del océano por un buen rato. Sus ropas, todas y sin excepción, estaban manchadas de sangre. En algunas partes eran partículas oscuras, en otras manchones oscuros que parecían querer tragarse el color original de la ropa. Pero ellos seguían mirando el mar, sin importar la sangre ya seca.

 Uno de ellos tomó la lata del otro y caminó cuesta arriba hasta el pequeño sector plano donde estaba la tienda. Allí adentro echó las latas en una bolsa que tirarían luego, quien sabe donde. La tienda era e color verde militar y no muy gruesa que digamos. Adentro debían dormir los dos juntos pero apenas habían espacio para dos personas y solo un saco de dormir. Tenían que vérselas como pudieran pues dos fugitivos no podían exigir nada y mucho menos darse lujos en el exilio.

 El que dejó la bolsa de la basura en la tienda se devolvió, quedando sentado al lado de su compañero. Tenía el pelo medio oscuro pero, cuando pasaba por el sol, parecía que se le incendiaba la cabeza porque los cabellos se tornaban de un color rojizo, muy extraño. Su nombre no lo sabía, lo había perdido en el lugar de donde habían escapado y no había manera de devolverse para preguntar. En lo poco que habían estado juntos, no había habido tiempo para darse a conocer mejor.

 El otro prefería que le hablaron por su apellido. Orson así lo demandaba de todos los que conocía puesto que su nombre de pila era demasiado ordinario y agradecía a su madre tener un apellido medio interesante para que él pudiese usarlo. El de su padre, jamás lo había sabido. Esa era la vida de él y jamás se quejaba porque sabía que no tenía caso. Tal vez por eso no le exigía a su compañero que le dijera su nombre, apodo o apellido. Cada persona tiene derecho a vivir como mejor le parezca, o al menos eso era lo que él pensaba desde hacía tiempo.

 En algunas horas iba a caer la noche pero el sol flotando a lo lejos sobre el mar era un visión magnifica. Era como ver algo que solo estaba reservado para unas pocas personas. Tener el privilegio de estar ahí, en esa ladera que bajaba abruptamente a una playa llena de roca y al mar salado, era algo que ninguno de los dos había pensado tener. Mucho menos el chico sin nombre que no había estado a la luz del sol en muchos meses. Por eso su piel era tan blanca, sus ojos tan limpios.

 Orson lo miró de reojo y se dio cuenta de que el chico estaba fascinado con el atardecer. La luz naranja los bañaba a los dos y era hermoso. Orson se dio cuenta, por primera vez, que el otro era un poco más joven que él, pero no demasiado. Lo exploró con la mirada, fijándose sobre todo en sus brazos. Eran largos y delgados pero tenían una particularidad: estaban marcados por varios rastros de inyecciones, quien sabe si para sacar sangre o para meter algo dentro de él.

 El chico se movió, diciendo que tenía frío. Era natural. Orson tenía la chaqueta puesta hacía rato pero el desconocido no, parecía que en verdad no se había fijado en la temperatura desde hacía tres días, cuando sus vidas se habían encontrado y los eventos que habían culminado con sus escape habían empezado. Desde entonces no se había fijado si hacía frío o calor. Se devolvió de nuevo a la tienda de campaña y sacó de ella una chaqueta idéntica a la de Orson.

 Casi todo lo que tenían era nuevo. Con dinero sacado de su cuenta personal en un cajero seguro, Orson había decidido comprar todo lo que iban a necesitar. La tienda de campaña era la mejor que había podido conseguir y el dinero era la razón por la que solo tenían una sola bolsa de dormir. Las chaquetas eran una promoción y dentro de una maleta en la tienda tenían varias latas más de comida fácil de preparar. Habían tenido que hacer esas compras deprisa y sin atraer la atención.

 Hasta ese lugar habían llegado caminando, después de varias horas. Era un sitio alejando del mundo de los seres humanos que iban y venían con sus rutinas incansables. Allí nadie iría a buscarlos y, si lo hacían, tendrían que enfrentarse a dos personas que habían masacrado a por lo menos diez hombres adultos, entrenados y armados. No cualquier querría enfrentárseles y eso era una clara ventaja para su seguridad. El chico regresó con la chaqueta puesta y se sentó al lado de Orson, poniendo la mano muy cerca de la suya. Se miraron a los ojos un instante y luego al mar.

 Cada vez era más tarde pero algo hacía que no se quisieran meter en la tienda de campaña. En parte era todavía muy temprano pero también estaba la particular situación para dormir. Solo habían dormido una noche allí y Orson había decidido quedarse sin bolsa de dormir. Pero ya sabía lo frías que podían ser las noches en ese rincón del mundo y la verdad era que no quería pasar otra vez de la misma manera. Si lo hacía, seguro amanecería congelado o algo así, por lo menos.

 La hoguera no la podían prender. Lo habían pensado, para calentarse los cuerpos durante la noche. Además, proporcionaría una excelente oportunidad para hablar y conocerse mejor. Si iban a huir de las autoridades juntos, lo mejor era saber un poco más del otro, conocerse a un nivel aceptable al menos. Pero la hoguera era solo para cocinar en el día, cuando nadie notaría la luz. De noche, sería un faro para quienes quisieran hacerles daño o para curiosos no deseados.

 Cuando ya estuvo completamente oscuro, Orson se resignó: debía dormir fuera de la bolsa de dormir de nuevo. Al fin y al cabo, el joven había vivido mucho tiempo en un estado traumático y habría sido injusto hacerlo pasar por más situaciones de ese estilo. Así que se encaminaron a la tienda de campaña y Orson le dijo al chico que se metiera en la bolsa de nuevo. Este lo miró y se negó con la cabeza. Le dijo que hoy le tocaba a él. Era raro oír su voz, algo suave pero severa al mismo tiempo.

 Se quedaron mirándose, como dos tontos, hasta que Orson le dijo a su compañero que podrían intentar meterse los dos a la bolsa de dormir. No estaba hecha para dos pero era mucho más grande que una sola persona. Así que podrían intentarlo. Orson era alto pero no muy grande de cuerpo y el otro estaba muy delgado y parecía haber sido más alto antes. Intentar no le hacía daño a nadie y les arreglaba un problema que iban a seguir teniendo durante un buen tiempo.

 No sabían cuando podrían dejar de correr o si cambiarían de ambiente al menos. Así que arreglárselas con lo que tenían no era una mala idea. Se metieron en la tienda de campaña y, después de varios forcejeos, entraron los dos en la bolsa de dormir.


 No era cómodo pero tampoco había sido tan difícil. Podían al menos girar y dormir espalda con espalda. Pero eso no pasó. Nunca supieron si dormidos o no, pero se abrazaron fuerte y así amanecieron al otro día, con el cantar de las gaviotas.

miércoles, 5 de abril de 2017

Experiment

   Suddenly, it was as if all the oxygen in the room had been extracted. David started coughing and then his knees made his body collapsed to the floor, unable to hold him any longer. He felt as if his weight was three times as much. The room around him, well lit only seconds before, suddenly became a dark place, more like a cave than a normal hotel bedroom. He tried to inhale through the nose but it didn’t work. He opened his mouth wide but that didn’t do anything either.

 If that was possible, his brain was hurting. It was as if someone was burning it inside of his skull. The coughing continued, with his hands against the floor, trying to breather once again. But nothing happened. That was what people in space must feel like when they have a bad space suit or when the ship is not working properly. His head started spinning and, in a matter of a few more seconds, David fell completely to one side, closing his eyes, stopping his attempts to breath.

 Hours later, he woke up. He wasn’t dead, which was good. He had a mask over his face, apparently supplying him all the oxygen he needed. His head was still spinning, but David tried to make sense of where he was. He looked to the right and saw nothing more than a table full of operating tools. The wall was made of metal and there didn’t seem to be any windows in the room. To the left, there was a door, also made of metal, in the middle of the wall. There was some sort of sound coming from the other side.

 In the right moment, David closed his eyes and tried to breath normally. The sounds he had heard were voices and they were apparently discussing him. As they entered the room, they commented on the health of the subject, that probably meaning him. For their tones, he could infer one of them was a woman and the other a man. They walked around him, probably staring at his body, sometimes saying something interesting and some other times just walking.

 One of them touched David in the head and it had required a lot from him in order not to scream. He didn’t really know why, but the touch of that person had triggered a horrible headache. It was as if he or she had fire on the tip of the chosen finger. They left after doing that, probably expecting to have an instant reaction and instead not getting anything. But as soon as they left, David opened his eyes, touched his head and realized it was still burning. Or at least that’s how it felt, as if he had been marked like cattle by however those people were.

 The point was, he didn’t want to know what else they had prepared for him. He stood up, got down the table he had been laid on and walked to the door. No sounds were coming from the other side so he opened it and ran out. There was a very long corridor but he just chose a direction in the moment and started running. Soon, he had to stop. All of a sudden, he felt very tired and the headache threatened to make a comeback, which wouldn’t help him at all right then.

 He was then more careful, walking along the hallway until he saw another door, which he opened. It was a closet. He was a about to close it when he realized there were several robes there, the kind doctors use. He hadn’t seen the people that had entered the room he was in, but they possibly had those robes on. So he entered the closet and put one over his body. He then realized that he wasn’t wearing his shirt, only his pants and shoes. It was very strange but he didn’t have an answer for that.

 David came out of the closet and started walking again, this time with a faster pace but without really running. He finally found a crossroads and it was there, from the distance, where he saw other people in robes, checking on some papers. The hallway they were standing on was much shorter, as on the other side there was a massive room, very white and bright. He would have wanted to know what that was all about but the real goal was to get out of there fast, before they noticed he had escaped.

 He checked at least five more doors along the way, finding only rooms just like the one he had been in and more closets. Finally, he ended up in a tiny open space, that had a very different door, this one made of glass, with one of those machines on the side were you put a card for the door to open. Obviously he had no card and he had no idea how to make the door open. His breathing started accelerating and, even as he tried to calm down, it didn’t work at all. It was as if something was inside of him.


 Suddenly, several men and women with robes surrounded David, as he collapsed on the floor completely. The headache was getting stronger. But instead of helping him to a bed or something, the people were just watching and using instruments to measure something over his body. They waved those things over him but then someone else appeared. Someone who’s voiced he recognized. But he couldn’t raise his head to look at the person, as the pain had grown too strong. David finally collapsed and the last thing he heard were the words “It was a success”.