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viernes, 21 de abril de 2017

El fin de lo conocido

   De pronto, una nube de polvo enorme cubrió el mundo entero. Para cualquiera que no hubiese estado poniendo mucha atención, el polvo venía del aire, de algún lugar arriba de nuestras cabezas. Pero el caso era exactamente el contrario: venía de abajo, de los rincones más profundos de nuestro planeta. De hecho, el polvero no era del color cenizo o marrón que normalmente tiene el polvo que se levanta cuando hay suciedad o cuando un automóvil pasa por encima de él.

 Este polvo era de color blanco, al menos al comienzo. Apenas la gente lo vio, pensó que algo se estaba quemando pero era obvio que ese no era el caso, pues la humareda hubiese sido gris. La nube blanca fue creciendo y creciendo hasta que se convirtió en un monte de polvo enorme, que se iba tragando lentamente a todo los edificios y personas que encontraba a su paso. No tenía olor y tampoco hacía ruido, por lo que muchos desprevenidos murieron sin darse cuenta de lo que ocurría.

 El color blanco fue cambiando gradualmente a un ligero color azul. Según expertos que luego analizarían imágenes de video y fotografías, el cambio de color correspondía a un suceso bastante simple pero mortal: gases tóxicos se habían combinado con los ya nocivos gases de la nube blanca, convirtiéndola en una asesina andante. La gente tosía un poco con la nube blanca pero podía soportarla por un tiempo antes de intoxicarse. No pasaba lo mismo después de tornarse azul.

 La gente caía al suelo de golpe, apenas eran tocados por el cumulo de gases. Se retorcían unos segundos y luego morían, sin mayor espectáculo. Así murieron muchos que estaban en la calle y no se daban cuenta de lo que estaba sucediendo. Los que sobrevivieron  en un primero momento eran personas que estaban en sus casas con las ventanas bien cerradas y con sistemas de ventilación que no facilitaban la entrada de los gases a sus hogares. En muchos casos había sido un golpe de suerte.

 Desde las ventanas de los hogares, oficinas y demás, millones de personas observaron la muerte de mucho millones más. De hecho, la gran mayoría de las personas murieron en las primeras veinticuatro horas. La población mundial fue rebajada de un golpe, sin mayor oposición por parte de los que habían quedado vivos. La información era confusa, lo único que era claro era que la nube mataba a quién tocara y por eso nadie debía de salir de su hogar hasta que se encontrara alguna manera para evitar caer muerto de golpe al salir a dar una vuelta en la calle.

 Las personas estuvieron tres días encerradas hasta que se determinó cual había sido la causa de la nube, que no parecía querer desaparecer. Un fuerte terremoto en una zona deshabitada había abierto un enorme cañón, liberando así enormes cantidades de gases tóxicos que habían estado atrapados bajo la tierra por millones de años. El temblor había dejado salir la nube de las mismas entrañas de la tierra y esta se había elevado y hecho tan fuerte por la presión creada en el momento preciso.

 Los gobiernos que todavía funcionaban decidieron planear evacuaciones masivas, que llevaran a los sobrevivientes hacia puntos del globo donde la nube no pudiese afectarlo. Se planearon viajes en helicóptero, en aviones e incluso en dirigibles. Se diseñaron trajes especiales para que los oficiales y las personas pudieran usarlos sin arriesgar sus vidas en las calles, Todo fue sucediendo con lentitud pero de manera ordenada y efectiva. Era increíble ver todos los esfuerzos hechos.

 Sin embargo, todo cambió el día anterior a la fecha planeada para empezar la migración masiva. Otro terremoto, no tan fuerte como el anterior, reveló algo que nadie había observado con anterioridad. Parecía que aperturas como la generada por el primer terremoto estaban abriéndose un poco por todas partes, liberando más gas a la atmosfera. Aunque no parecía posible que la nube creciera aún más, los expertos determinaron que la cantidad de gases tóxicos liberados los conducían a una verdad innegable.

 La raza humana estaba contando sus últimos días. El aire, todo el aire en todas partes del globo, sería tóxico y mortal en tan solo unos meses. No había manera de escapar. Viajar a lugares donde no parecía pasar nada no serviría para sobrevivir. Los millones que no habían muerto de entrada, morirían meses después cuando el aire en sus pulmones se convirtiese en su verdugo. La humanidad estaba en sus últimas horas y no había una manera realista de escapar esa suerte.

 Científicos en todo el mundo dieron una última esperanza: anunciaron que estaban conectados con frecuencia, compartiendo impresiones, informaciones y todo tipo de datos para definir si existía alguna manera realizable para poder salvar a la humanidad. No prometían nada, ni siquiera estar vivos al día siguiente, pero pusieron todo su esfuerzo en el tema. Incluso personas que no sabían nada de ciencia quisieron ayudar, poniéndose trajes especiales y llevando comida a quienes estaban en peligro de morir primero de hambre que por los gases tóxicos.

 Pasaron semanas antes de que los científicos confesaran que había solo una solución pero no era la mejor: un puñado de seres humanos debían de ser elegidos para abordar las naves especiales, las pocas que existían, y salir de la Tierra lo más pronto posible. Existía ya tecnología para generar aire de manera sostenible y lo mismo con él agua. Muchos nuevos combustibles limpios habían sido creados para los cohetes y todos podrían ser usados en el espacio, para conquistar nuevos mundos.

 De los millones de sobrevivientes, solo un centenar podrían dejar la Tierra. Se hubiese pensado que seguido a este anuncio las personas tuviesen una respuesta violenta, con protestas y amenazas por todas partes. Pero eso no ocurrió. Tal vez era el hecho de que nadie quería morir más rápido de lo necesario o que la idea de morir ya estaba implantada con fuerza en cada ser humano existente. El caso es que nadie hizo mayor protesta. Estaba claro que no todo el mundo podía seguir viviendo.

 Se les dejó a los científicos elegir por su cuenta quienes abordarían esas naves espaciales. Trataron de elegir una persona de cada país y de equilibrar el número de hombres y el de mujeres. Era algo complicado. Tanto así que se tomaron un mes para tenerlo todo listo. El día del despegue hubo un terremoto que mató a miles de un solo golpe. Fue una tragedia despedirse de esa manera de un mundo que por tanto tiempo había sido un hogar tan preciado y singular, el único hogar.

 Los cohetes despegaron todos casi en el mismo momento. Quienes se quedaron en la Tierra les desearon lo mejor y murieron poco después. Desde las estaciones espaciales en orbita, que eran pocas y muy pequeñas, los nuevos astronautas observaron como el antes planeta azul era ahora de un tono diferente. Ya no era un azul profundo y misterioso, sino un azul casi artificial y demasiado brillante, como de alerta. Las naves prosiguieron su viaje y eventualmente se establecieron cerca del planeta rojo.

 Las colonias terrestres crecerían poco a poco, con el tiempo. Muchas tragedias ocurrirían pero ninguna del tamaño de la que había escapado. La humanidad sobreviviría en otro lugar, de manera limitada y con dificultades, pero seguiría viva que es lo importante.


 Todo ser humano nacido después del cataclismo, marcianos más no terrestres, entenderían que todo lo ocurrido, todo el pasado de su especie, estaba ahora encerrado para siempre en una bola que giraba en el espacio, inerte. Un enorme cementerio.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Casi el final

   Tan rápido como había empezado se empezaba a terminar. Es extraño decirlo y pensarlo, pero el tiempo es así, parece escurrirse entre nuestros dedos e irse quién sabe a dónde y quién sabe a que. Desde el primer día estuve dispuesto al cambio, a vivir un poco para variar y creo que las posibilidades fueron aumentando con cada día que pasaba. Es extraño mirar hacia atrás, observar lo que era y lo que soy, lo que había y ya no está.

 No es que sea una persona completamente diferente porque para eso tendría que pasar algo terrible, creo yo. Al menos tendría que ser algo demasiado difícil de comprender al comienzo, o algo por el estilo. No sé quién habla ahora, si todavía soy yo o es ese que hace un rato cayó dormido porque así me ha empezado a pasar ahora, no sé si por el clima o por el cambio de horario que todavía me trastorna de manera inconsciente. No sé que es, pero ahí está.

 Otra vez ruidos. Siempre ruidos aquí y allá y en todas partes. La gente aquí parece tener dificultad para callarse, para pensar un poco en vez de hablarlo todo como si fuera la oficina de algún psicólogo frustrado. Aquí a la gente le gusta hablar pero, por extraño que parezca, nunca hablan de nada real. Siempre son supuestos o cosas que de verdad no importan para nada, siempre es alguien más o detalles de sus vidas que ni a ellos deberían importarles.  Pero así son y así serán hasta que se mueran, nada los va a cambiar ahora.

 Disculpen. Les decía que mi mente no ha cambiado por completo y por eso todavía sigo sin querer entender a la gente. Me sigue molestando el rumor de sus voces cuando creen que nadie los escucha: sus voces en mis oídos suenan como tanques de batalla. Es insoportable que haya tanto ruido en un lugar como mi habitación, pero cuando salgo a la calle el ruido parece ser menor. Será que me acostumbro a él o algo por el estilo.

 No, me quito su risita idiota de encima y recuerdo mis ansias antes de viajar, antes de emprender el próximo camino que ya no tiene mucha más vida que vivir. Hace casi un año pero sigo recordando que no fue como la primera vez. Esa en la que mis ojos se llenaron de lágrimas y quise volver tan pronto me fui. Esa vez en la dejaba las cosas de una manera y volví para encontrarlas igual. Es raro. Esta vez será lo opuesto y sin embargo me afecta menos.

 Esta vez siento que llevo otro equipaje conmigo, llevo experiencia, si es que así se puede llamar. Llevo un peso enorme encima, pero no es de aquellos que pesan en el alma, el corazón y la mente sino uno que quiero usar para mi ventaja. No todo lo que parece malo lo es, y por eso creo que todo lo que llevo conmigo puede ayudarme después, en la oscuridad.

 El calor es ahora el que me desconcentra. Todavía oigo su risa o lo que sea allá lejos. Creen que nadie los oye y eso me parece desagradable. Me parecen desagradables ellos mismos. Eso es algo que no ha cambiado para nada, sigo sintiendo que la gente es igual de arrogante y estorbosa aquí que allá y que en cualquier parte. Es algo que no me gusta para nada, pero es un hecho de la vida que tengo que aceptar. Hay gente que no debería usar su voz para cantar…

 Mi cuerpo se siente diferente. Me di cuenta hace poco que lo siento distinto, me comporto distinto con él, como si me lo hubiesen cambiado sin darme cuenta y ahora lo estuviera aprendiendo a usar de nuevo. Sé que es el mismo, eso es obvio, pero se siente nuevo en ciertas partes, se siente mejor y me agrada más. Qué extraña sensación, que raro es poder sentirse así como nunca creí que me fuese a sentir. Es agradable, pero me da un poco de susto andar por ahí, así de confortable.

 Y sin embargo sigue sin importarme nada porque me he dado cuenta que nada de lo demás importa. Los demás no importan en el sentido que no puedo amarrar mi vida a lo que otras personas piensen. Esto lo digo y todavía es algo con lo que lucho día a día porque no he superado todas las pruebas al respecto. Sigo siendo el mismo que se siente intimidado por la mirada de los demás, como si pudieran ver a través mío. Mejor dicho, como si yo no estuviera aquí. Eso duele.

 El amor y esas cosas siguen siendo un misterio al cual nunca sabré si deseo acercarme. Cambiar de latitud y longitud no ha cambiado eso en lo más mínimo. Sigo considerando que no estoy listo para eso, sea lo que sea eso.  Porque admito que no entiendo todavía muy bien que es lo que es el amor entre dos personas. El amor de familia sí que lo entiendo e incluso la amistad, que es un tipo de amor bastante agradable y útil. Pero el romántico, no lo entiendo para nada.

 El sexo, en cambio, lo he aprendido a entender mejor. ¿Cómo? Muy simple: dejándome llevar por el momento y lanzándome a aguas antes desconocidas. No voy a detallar todo porque no creo que sea el punto de este ejercicio, pero sí puedo decir con completa confianza que la experiencia sexual tiene mucho que ver con mi nueva aceptación de mi cuerpo.

 Incluso el ejercicio no sexual, y esto sí que suena gracioso, es algo que he aprendido a aceptar dentro de mi vida. Y tengo que confesar que los beneficios han sido varios, no solo en el aspecto relacionado a mi cuerpo sino a la manera como enfrento cada día. Creo que esa adrenalina ayuda un poco a mi mejora interna.

 Sin embargo, no es que me guste hacer ejercicio ni nada parecido. Sigue siendo para mi algo a lo que tengo que enfrentarme desde cierto ángulo para que no sea un momento difícil en el día. De hecho, tengo que confesar, sigo haciendo de cada jornada un horario casi estricto que pocas veces admite sorpresas. Es algo un poco insano, lo sé, pero es la mejor manera que tengo para enfrentar la vida en este momento. Eso suena un poco trágico, pero no quise que sonara así. En fin.

 Ahora pongo música para contrarrestar el sonido de las voces porque me molestan. Es una pareja y creo que están en mi mismo apartamento. Me fastidia tener que compartir y así ha sido desde siempre. Lo gracioso es que aquí no he tenido la opción de no compartir pues con una experiencia ya vivida se sabe muy bien que sirve y como manejarlo todo, en especial el dinero que sigue siendo esa fuerza que mueve los engranajes de todo en el mundo, así uno no lo quiera admitir.

 Por algo uno de mis sueños, de los pocos que tengo porque el concepto de sueños es algo que me molesta ligeramente, es el de poder ganar dinero por mí mismo. Quiero llegar al momento en mi vida en el que me paguen por hacer algo, lo que sea. Y poder vivir con ese dinero, tener un sitio mío, todo para mí, para compartir solo cuando yo quiera y no cuando a los demás se les dé la gana de que sea compartido. Ese es mi sueño y espero lograrlo pronto. Por favor…

 Creo que fue bueno dormir esos treinta minutos en la tarde, cambian la perspectiva que uno tiene de la vida. Esa siesta me impulsó a escribir ahora algo que voy a publicar mañana, después de dar ese último paso de los muchos que vine a dar aquí. De hecho, hay muchos más pasos que dar, pero esos son adicionales, no planeados, de aquellos que no me entusiasman tanto pero que aprendo a querer poco a poco, como hijos del alma.

 El calor del día se ha ido de a poco. Ya quiero sentir algo de frío en la piel aunque me gusta vestirme para el calor, de pronto por aquello que me gusta más mi cuerpo que antes. Es muy extraño todo… Me pregunto que estaré haciendo dentro de otro año o dentro de cinco. ¡Ni se diga dentro de diez! No… Prefiero no hacerlo porque entonces me entra el miedo de verdad, ese que se amarra en mi cerebro y no me deja ir hasta que me quita toda la energía que tengo.


 Ahora que me detengo un momento, no sé muy bien que es lo que acabo de escribir. Creo que solo quería decir que me siento bien pero que el futuro, como siempre, es esa bestia oscura a la que odio enfrentarme. Por eso la evito y vivo de a poco, dando un paso y después el otro. Caminando descalzo a un lugar del que no tengo la más mínima idea. Deséenme suerte.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Impulsos de madrugada

   Podría argumentar que no iba tan seguido a semejantes sitios pero no creo que tenga necesidad de decir nada sobre mis costumbres puesto que estas no son objeto de interés. El interés recae en una pareja, dos hombres a los que llamaré Klaus y Otto. Esos nombres se los di yo por una simple conclusión un tanto facilista: eran alemanes, o al menos eso fue lo que yo creí. Puede que hayan sido de otro lado y puede que ni siquiera fueran pareja de nada. De pronto eran solo amigos que compartían semejantes experiencias, como he visto que muchos otros lo hacen.

 El caso es que ese día, o más bien esa noche, nos encontrábamos todos en ese sitio oscuro y un tanto húmedo en el que hombres como nosotros a veces nos vemos las caras e incluso ni nos las vemos, porque no vamos a reconocernos sino a perdernos y a darle rienda suelta a sentimientos y pensamientos que nos dominan a veces más de lo que nos gustaría. Yo, víctima de aquel impulso del que los hombres solemos ser víctimas, llegué al lugar pasada la medianoche. Al comienzo no los vi pero luego no pude dejar de verlos.

 Otto era especialmente difícil de no ver y todo porque era el hombre más alto del lugar. Había otros altos y más grandes que él pero su delgadez, el modo en que caminaba como colgado de alguna parte y su altura coronada por una cabellera rubia, era difícil de no ver. Tengo que confesar que me le quedé mirando mucho tiempo y tal vez se dio cuenta de lo que hice después y simplemente no dijo nada. Pero lo dudo porque toda la noche lo único que vi fue su manera de estar amarrado como por una cadena a Klaus.

 Él tenía un cuerpo increíble e iba más que borracho. No sé a que hora podía haber bebido tanto pero no me sorprendía porque turistas como ellos siempre tienen dinero de sobra para los placeres de la vida, siempre poco para comida o alojamiento. El caso es que, con el pasar del tiempo, me di cuenta que eran inseparables. Pero no era una de esas parejas tiernas y amorosas que suelen haber por ahí. Se notaba que algo andaba mal pues Otto se negaba a ir con Klaus a ciertas partes y luego Otto parecía castigar a su pareja quedándose más tiempo, como diciéndole: “No es esto lo que querías?”.

 Este juego extraño entre los dos fue el que me hizo interesarme mucho en ellos. En Otto que siempre llevaba una vaso con licor en la mano pero no parecía estar borracho y Klaus que iba sin saber de donde era vecino y jamás parecía parar en la barra del bar. Fue ese comportamiento de ir y venir, de pruebas de resistencia hechas en un lugar que ciertamente no se prestaba para ese tipo de cosas, lo que me llevó a que, cuando fue hora de salir, los siguiera de lejos.

 Para mi fue imposible evitarlo. Salí yo primero y apenas lo hice fumé el primer cigarrillo del nuevo día aunque aún era de noche. Sentía frío pero el cigarrillo me calentaba la cara y poco a poco el resto del cuerpo. Pensaba en cuantas veces había decidido ya dejar ese vicio tan feo para siempre cuando del local salieron, dando tumbos y con dificultad, Otto y Klaus. Se despidieron en la puerta de otros amigos que yo ni me había molestado en mirar en toda la noche y solo los miré con interés, como si fuesen criaturas en una jaula de las que hubiese que aprender todo lo posible.

 Algo hablaron en su idioma, que creo era alemán. Y entonces empezaron a caminar, lenta y torpemente. Cuando no iban muy lejos fue que me decidí: tenía que seguirlos. No solo porque tenía la urgencia de saber donde se quedaban, si iban a seguir la noche o si en verdad eran pareja como claramente parecían. Tenía tantas preguntas y tan pocas respuestas que mis pies empezaron a moverse antes que mi cerebro hubiese dado el sí definitivo. Los seguí a cierta distancia, tratando de ignorar el frío. Era una suerte que yo no hubiese bebido casi, pues así podía estar más pendiente de todo.

 Bajamos la colina del barrio donde estaba el lugar del que habíamos salido y entonces dimos con una gran avenida. Allí había varias opciones, más aún en semejante ciudad tan noctambula, así que esperé. Para mi sorpresa, los dos extranjeros cruzaron la calle, ignorando olímpicamente las luces del semáforo y penetraron el barrio del otro lado. Esto me alcanzó a emocionar pues yo no vivía muy lejos de allí, una de las razones por las que había salido tan tarde.

 Caminamos un par de calles, en las que ellos jamás se giraron ni parecieron tener interés en nada más que en decirse cosas en su idioma, a veces susurradas y otras veces a grito entero. Pasamos la calle en la que yo vivía y seguimos de largo a otro barrio, este de calles más estrechas y que muchos decían era peligroso de noche. Yo me cerré mejor la chaqueta y me puse el gorro para que fuese menos reconocible. Por lo visto sentí por un momento que era una estrella famosa o algo por el estilo. Aunque también fue por el frío y para huir si había que hacerlo.

 Ellos seguían hablando y de pronto empezaron a pelear. Sus voces se alzaron más y más y yo tuve que meterme en la entrada de una tienda cerrada para ocultarme y que se dieran cuenta que tenían público. Por lo visto se dijeron cosas hirientes porque pude ver lágrimas en los ojos de Otto y Klaus con ojos brillantes, de rabia. Pero después, casi de inmediato, empezaron a besarse y pensé que iba a presenciar una escena para adultos en la mitad de una calle y con ese frío tan horrible. Pero no, solo se besaron con pasión y se cogieron de la mano.

 No los tuve que seguir mucho más. Resultaba que, borrachos como estaban, preferían cruzar este barrio para llegar al sector turístico que estaba del otro lado. Hacer toda la vuelta menos peligrosa requería de más concentración y tiempo y ellos no parecían tener ninguna. Cuando llegamos a una bonita avenida que de día los turistas llenaban hasta sus rincones más escondidos, ellos empezaron a caminar más rápidamente. Al cabo de unos cinco minutos entraron a un hotel grande, de esos que son antiguos y muy elegantes. Yo no entré, claro está, pero vi que los saludaba el chico de la recepción y que, antes de subir en el ascensor, Klaus le ponía una mano en el culo a Otto.

 Fue una decepción que la historia terminase allí. Yo buscaba algo más interesante, algo que llenara mi mente de imaginación y de posibilidades. Este final no correspondía a los personajes y por eso me quedé allí mirando al hotel como un tonto, hasta que un ruido me sacó de mi mente y el dio otro final a la historia.

 En la calle se podían escuchar los gemidos, de Otto sin duda. Me dio risa y a la vez tuve el impulso de entrar al hotel y al menos verlo por dentro. Quería, por alguna razón, hacerles saber que había estado allí y que los había seguido. Para que quedarme yo con ese secreto, con toda la diversión? No, no estábamos en una historia de espías en los años cincuenta ni en una de esas series con demasiadas chicas rubias norteamericanas. Esto era la realidad y en la realidad se puede hacer lo que uno quiera. Así que me puse en marcha.

 Cuando llegué a la recepción me di cuenta que no sabía que era lo que iba a decir , que me iba a inventar para poder llegar hasta la habitación que ni sabía cual era. Mis impulsos, de nuevo, me habían traicionado. Pero mis pies no se detuvieron. Cuando estuve frente al joven recepcionista abrí la boca y, como un pez, la cerré y la abrí y no dije nada. Él, sin embargo, me sonrió y me dijo que me esperaban ya y que subiera a la quinta planta, habitación 504. Yo asentí robóticamente y traté de sonreír pero solo logré una mueca fea.

 Subí, nervioso, y no sé porqué me dirigí a la 504 sin ponerme a pensar que podría esperarme allí ni con quien me habrían confundido. El hotel tenía una decoración que buscaba llamar la atención de su público exclusivo y eso me puso más nervioso mientras me dirigía a la habitación asignada. Cuando estuve frente a la puerta no se oía nada. Después una voz lejana y un rumor como de pasos arrastrándose. De pronto, la puerta se abrió de golpe, sin yo tener que ponerle una mano encima.

 El que me sonreía allí de pie, desnudo, era Otto. Y estaba sonriente y feliz. Vi a Klaus detrás, bailando o algo por el estilo. Otto me dijo, en un español machado y extraño, que llevaban esperándome un buen rato. Me hizo seguir tomándome la mano y cerrando la puerta suavemente.

Tengo que decirles, queridos amigos, que no olvido nada de esa noche o mejor, de ese día. Pues fue el inicio de una cadena de eventos que me llevarían a escribir este texto desde un sitio en el que jamás pensé encontrarme. Pero así son las cosas.

lunes, 22 de junio de 2015

Ópera

   Abajo, las personas empezaban a tomar sus asientos y a acostumbrarse a la vista que tendrían del espectáculo por las próximas dos horas. La mayoría venían muy bien vestidos, de gala, con trajes impecables. La cantidad de colores era alucinante, así como la cantidad de estilos. Eran unas ochocientas personas las que iban sentándose poco a poco. Algunos se encontraban con amigos y otros llegaban primero que sus amigos y se les veía preocupados de guardar asientos, aún cuando todos tenían un código asignado. No había niños, todos eran adultos que habían venido a ver a la más grande estrella de la ópera que nadie hubiese visto en el país. No era algo que pasara con frecuencia y todos estaban muy emocionados de poderla oír en vivo.

 Ella era rusa, como suele pasar con la mejores cantantes de ópera que son siempre rusas o italianas. Había nacido en alguna ciudad pérdida del país pero había sido descubierta cuando joven y sus padres la habían apoyado con todo lo que habían podido para que lograra el sueño que tanto deseaba que era ser una cantante profesional y así viajar por el mundo y ser reconocida en su patria y en cada rincón del planeta. Tenía ya casi cuarenta años y podía decir que todo lo que se había propuesta para si misma se había cumplido. Era famosa y la gente ahora formaba grupitos para pedirle autógrafos. La llamaban de varias ciudades para participar en obras y vivía de gira casi todos los meses del año. Se cansaba pero amaba tanto el escenario que se le olvidaba todo una vez allí.

 En uno de los palcos bajos estaba sentada una de las pocas mujeres que no llevaba un traje de gala sino algo un poco más…vulgar. No era la chica con más sentido de la moda pero tampoco tenía nada más para asistir a algo por el estilo. El hombre con el que estaba, unos treinta años mayor, le había pedido que fuera con él y que él pagaría la noche acorde a eso. La joven se hacía llamar Jazmín y era una dama de compañía empezando en el negocio. Evidentemente tenía mucho que aprender porque había notado todas las miradas desde que había entrado y sabía que no eran porque hubiese sorprendido con su belleza o algo por el estilo. Nerviosa, no dejaba de halar su falda hacia abajo, lo que resultaba difícil con la mano de su cliente sobre una de sus rodillas.

 El espectáculo comenzó y nadie tenía mejor vista que los dos hombres que estaban en el cuarto de luces. Hoy en día era un sistema automático que solo debía ser vigilado, más no físicamente movido por un jefe de luces. El encargado era uno de los hombres pero ellos no parecían interesados en el espectáculo. De hecho, se besaban apasionadamente, tratando con habilidad de no quedar enredados entre los cables. No decían ni una sola palabras. Solo gemían por lo bajo y se oía el sonido de sus besos y de su respiración acelerada. Para ellos la ópera no era muy importante en el momento.

 El público miraba con atención el espectáculo. Era sin duda otra clase de obra, algo distinto de lo que siempre se había visto en el país y en este teatro en particular que era tan tradicional y, en muchos sentidos, chapado a la antigua. Hace poco lo habían remodelado a profundidad y por eso ahora todo era mejor: las luces, el vestuario, los sets. Todo era mejor ahora y el público lo veía y prácticamente todos estaban inmersos en la historia de una joven que era oprimida por su familia pero encontraba refugio en su jardín y en los animales de su granja. Se podía decir que era algo así como Cenicienta pero parecía ser algo futurista y el modo que utilizaban los recursos era diferente, casi revolucionario. En esta ópera, todos ponían atención.

 Natalya lo notaba. Ella era la figura de Cenicienta pero este personaje era mucho más lanzado, más caliente y ajustado a los tiempos modernos. La cantante no podía estar más contenta. Su voz había respondido bien a su usual tratamiento para poder cantar mejor y su público era uno de los más cautivos en los meses que llevaba haciendo esta obra por el mundo. Era su sueño hecho realidad, cantarles a ellos con la máxima dedicación y hacerles ver lo bello que podía ser el mundo si ellos se atrevían a verlo. Natalya reflejaba en su canto la fuerza de una mujer más valiente que ella pero tal vez menos dedicada y abnegada por el amor a su arte. Menos mal, el intermedio llegaba.

 Todos salieron al gran recibidor del teatro, donde Jazmín corrió al baño antes de que su cliente pensara en algo más que tomarle la mano. Los baños estaban llenos y ella quería esconderse. Buscando por un corredor, llegó a la zona de camerinos y encontró un baño vacío en el que orinó con tranquilidad y pensó en escapar de esta noche y perderse para siempre. Hacer esto no era lo suyo, acompañar a viejos verdes a eventos públicos y caminar por ahí como si ella perteneciera. Era un lugar y un espectáculo hermoso pero ella no pertenecía allí. Cuando salió, se tropezó con uno de los actores que se disculpó con una sonrisa. Le dijo que las damas tenían que tener más cuidado con sus tobillos. Ella rió.

 En el cuarto de luces, los dos hombres estaban quitándose la ropa mientras la gente volvía a entrar al teatro luego del intermedio. Estaban solo en ropa interior y se besaban ahora con suavidad, ya sin la agresividad de antes. La verdad era que ellos eran dos polos opuestos y ninguno de los dos sabía porque estaban a punto de tener sexo. Se conocían hace años pero nunca habían sentido nada el uno por el otro. Es más, el jefe de luces tenía una novia de cinco años y jamás había tenido un pensamiento homosexual. Al menos hasta ahora, cuando no podía parar tocar a su compañero en el cuarto de las luces.

 El público ahora estaba llorando o al menos así lo hacían la mayoría. La obra se dirigía a su final y se vislumbraba que las cosas no terminaban tan bien para esta Cenicienta. La pobre mujer, sirvienta dedicada que había ido a un baile sin permiso, ahora estaba en un calabozo, lentamente muriendo, esperando que su príncipe azul llegase para salvarla. Pero el príncipe estaba ocupado con otra mujer que había conocido, igual de hermosa y vivaz que la sirvienta. La diferencia era que Cenicienta no estaba y esa otra sí. El príncipe se casó con la otra y se dijo que vivieron felices por siempre, sin nunca más pensar en Cenicienta. Todo el público estaba en shock, ya sin lágrimas o sin respiración porque todo era creíble, real e incluso llegaba a los más profundo.

 El personaje de Natalya moría e iba al cielo, parte que más le gustaba. Aunque no quedaba con el príncipe, volvía a ver a su amada madre en el cielo y allí cantaban las dos juntas, denunciando la superficialidad de los hombres y la tragedia que es vivir por amor y que no sea correspondido. Natalya lo cantaba con fuerza y garbo, a pesar del estado de su personaje, porque se identificaba ya que había vivido cosas similares. Era un mujer famosa y con dinero y por eso la gente olvidaba con frecuencia que ella también tenía sentimientos y que las cosas le dolían así como le dolió que su mayor amor solo estuviese con ella por el estatus que le daba. Le infligió un dolor en el alma que ella usaba para darle potencia a su voz.

 Jazmín cogía su bolso con fuerza porque sabía que en minutos ya todo iba a terminar. La mujer que cantaba tan hermoso, atravesó una luz blanca y desapareció, anunciando así la muerte del personaje. Jazmín por un momento olvidó su vida y aplaudió con fuerza. Su cliente le dio flores para que lanzase al escenario y así lo hizo ella. Era algo trágico y ella se había dado cuenta que no quería vivir así. Mientras todos salían, le pidió a su cliente que se quedara y le explicó que ya no podían verse nunca más. Él le exigió una explicación pero ella no quiso decir nada. Se escabulló entre la cantidad de gente y tomó un taxi que la llevaría a su hogar, con su familia. Y mientras iba hacia allá, recordó a su príncipe del vestidor.

 En el cuarto de luces ya había acabado todo también. Los hombres estaban uno al lado del otro, cansados, sin poder recuperar el aliento. Ambos tenían sendas sonrisas en la cara y parecían muy satisfechos con ellos mismos. Lo curioso de la escena es que a pesar de estar entre cables, polvo y demás, estaban tomados de la mano. Pero ellos no eran conscientes de eso. Ni cuando se separaron para cambiarse ni cuando se despidieron fríamente y se separaron. La verdad era que para el jefe de luces había sido su mejor noche en años y para el otro hombre había sido solo algo de sexo casual, genial, pero casual al fin y al cabo.


 El público se fue a casa complacido por el espectáculo, recordando por siempre a la poderosa protagonista. Natalya guardaría el mejor recuerdo de este espectáculo ya que sería uno de los últimos, aunque eso ella todavía no lo sabía. Jazmín, quién de verdad era Damaris, volvió a su familia y les prometió jamás volverlos a defraudar. Eso tendría resultados mixtos pero al menos había vuelto a casa. El jefe de luces terminó con su novia y conoció, con el tiempo, a un hombre con el que podía tomarse de la mano y ser consciente de ello. El otro se perdió y nunca se supo que pasó con él.