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viernes, 25 de mayo de 2018

El gato de mi casa


   Me serví una taza de café negro, como todas las mañanas, sin poner mucha atención a lo que pasaba a mi alrededor. La luz del sol de la mañana entraba suavemente por la ventana, haciendo brillar sutilmente todos los objetos que había en el área, sobre todo aquellos hechos de vidrio o metal. Había un sonido suave, producido por el aire que soplaba afuera y hacía mover las ramas más altas de los árboles. Solo yo rompía el silencio, vertiendo el liquido negro en mi taza favorita, tomando un sorbo profundo y sabroso.

 Desperté por fin, puesto que había caminado desde mi cuarto sin darme cuenta de lo que estaba haciendo y eso que dormía en el piso de arriba. La casa de mis padres, en la que había vivido mi infancia, era ahora mía. Obviamente no había pasado nada bueno para que así fueran las cosas, pero pensar en eso me hacía sentir demasiado triste, así que empecé a caminar, esperando que la mañana trajera algo nuevo a mi vida, algo diferente e inesperado que cambiara por completo mi visión de las cosas en ese momento.

 Me acerqué a la puerta que daba al pequeño patio. Se podía ver por entre el vidrio que el sol estaba calentando el pasto. Iba a ser un día hermoso, sin duda. Tomé un sorbo grande y traté de sentir con cada receptor nervioso el sabor del café y lo que causaba en mi cuerpo. Lo sentí llenar cada rincón de mi ser, casi como si fuera una poción capaz de curar hasta los cuerpos más trajinados. Se sentía como si de mi interior naciera un poder extraordinario que provenía de lo más profundo de mi mente, de un rincón desconocido.

 De repente, algo saltó en el pasto afuera. Era un gato, que se me había estado camuflando perfectamente en el pasto algo quemado del exterior. Además, no había sido cortado en un tiempo y eso le daba un sitio de escondite a muchas criaturas. Cuando saltó, no solo me eché para atrás regando algo de café en el suelo de madera, sino que vi como otro animal saltaba asustado y se encaramaba en el árbol más cercano, escapando del depredador a toda velocidad. La ardilla se había salvado por un pelo.

 Tuve que devolverme a la cocina a buscar un trapo para limpiar el desastre que había hecho. Limpié con cuidado para que el liquido no se filtrara por entre las tablas del suelo. Sabía que en algún momento la casa iba a tener problemas pues ya estaba vieja y seguramente necesitaría arreglos y reparaciones. Pero yo no tenía ni un solo centavo, eso sin contar el dinero que me habían dejado mis padres. Ese dinero estaba destinado a algo diferente, así que no podía disponer de él para la casa, así ella hubiese sido el tesoro más apreciado por mis padres, que tanto la habían cuidado a lo largo de sus vidas.

 Me quedé allí en el suelo, con el trapo húmedo en la mano, pensando en ellos. Recordé sus rostros y sus cuerpos yendo de un lado a otro de la casa, en tiempos en los que no había tenido nada porqué preocuparme. Los veía hacer sus cosas, mientras mis hermanos y yo jugábamos o hacíamos la tarea. Eran seres extraños para mí en ese tiempo y creo que lo siguen siendo ahora, pues me doy cuenta que jamás traté de conocerlos como gente, sino que siempre los traté como algo más allá de cualquier comprensión racional.

 Supongo que así es como todos los niños ven a sus padres, como seres que están en un lugar muy distinto, que hablan y piensan cosas que muchas veces no tienen nada de sentido. Salen con cosas de la nada, como vacaciones y citas al odontólogo, y después sorprenden con fiestas de cumpleaños y mascotas. Todo eso lo había tenido pero sentía que nunca podría saber quienes eran en realidad, que pensaban y que querían de la vida. Nunca serían seres humanos completos para mí, por mucho que intentara saberlo todo de ellos.

 Cuando me di cuenta, había estado en el suelo unos quince minutos. Tan distraído había estado, que no había notado que el gato que me había asustado estaba allí, adentro de la casa, mirándome de frente como si quisiera entender lo que estaba pensando. Le dije que estaba bien y me puse de pie. Luego me di cuenta que le había hablado a un gato y esperé que todo estuviese bien con mi mente. A ratos me parecía que podía estar a punto de perder la razón o al menos todo sentido de la realidad.

 Lavé el trapo con el que había limpiado el suelo, terminé mi café sobre el lavaplatos y me encaminé al baño. Necesitaba darme una ducha y hacer algo, lo que fuera. Afortunadamente era sábado y no tendría ninguna responsabilidad verdadera. No quería ir al trabajo para que la gente tuviese lástima de mi, ni quería tener que buscar papeles y ponerles sellos, cosas que me recordaban de la manera más brusca y horrible los últimos sucesos de mi vida. Abrí la llave de la ducha y esperé a que el agua se calentara.

 Estuve bajo el agua por unos cinco o seis minutos, hasta que escuché el sonido del gato. Pensé que estaría en mi cuarto rasguñando la cama o en la de mis padres… Asustado, corrí la cortina de un golpe y casi resbalo al ver que el gato estaba allí mismo. Como yo no había cerrado la puerta del baño, el animal me había seguido hasta allí sin problema. Estaba sentado al lado del montoncito que había hecho con mi ropa y me miraba de nuevo con esos ojos enormes, como preguntándose algo. Era francamente inquietante, así que cerré el agua, me envolví con una toalla y tomé al gato sin dudarlo.

  Para mi sorpresa, no me rasguñó ni hizo nada más sino mirarme directamente a los ojos. Era terriblemente incomodo, sobre todo al bajar las escaleras pues no podía mirar para otra parte. Cuando llegué a la puerta trasera, casi tuve que hacer malabares para poder abrirla y así echar al gato afuera. Cayó en sus cuatro patas sin mayor problema y se volteó a mirarme una vez más. Sus ojos enormes eran como dagas en mi  corazón. Por alguna razón, sentía que ese gato me juzgaba o al menos que esperaba algo de mi y yo no sabía qué era.

 Fue entonces que oí el grito de una mujer. Miré a un lado y al otro para ver de donde había venido y no tuve que esforzarme mucho: la casa que estaba detrás de la mía tenía un segundo piso que sobrepasaba el nivel de la copa de los árboles. Una mujer de avanzada edad me miraba asustada desde una de las ventanas. La miré confundido y decidí ignorarla. Miré entonces al gato y le advertí que no entrara de nuevo a mi casa pues no era su hogar y él no podía estarse paseando por un lugar al que no pertenecía.

 Por primera vez, el gato maulló, como preguntándome por mis palabras. Decidí no responderle, solo dedicarle una mirada severa y nada más. Entré a la casa, me aseguré de cerrar la puerta trasera con el seguro que tenía y dirigí mis pasos hacia el piso superior, pensando el la insistencia del gato en entrar a casa. Tal vez mis padres habían cuidado de él y se había acostumbrado a venir a jugar e incluso a pedir comida. Ellos jamás habían sido personas amantes de los gatos pero nunca se sabe. No los conocía…

 En la escalera, pisé algo mojado y, por un momento, pensé que de nuevo había tirado algún liquido al piso, tal vez había mojado toda la casa al salir de la ducha en semejante apuro. Pero no era un charco de agua sino mi toalla, completamente húmeda, hecha un ovillo en uno de los escalones. Fue solo hasta entonces que me di cuenta que estaba completamente desnudo y que había sido esa la razón para que la vecino hubiese pegado semejante grito. Solté una carcajada, que pareció invadir la casa.

 No paré de reír sino hasta varios minutos después, cuando recogí la toalla y subí con ella en la mano. Ya estaba seco, gracias a que el sol estaba calentando todos los rincones de la zona, así que no la necesitaba. Subí a mi habitación, y me puse algo fresco y relajado para disfrutar el bonito día.

 Cuando volví a bajar para ver que necesitaba del supermercado, vi que el gato estaba de nuevo dentro de la casa, parado en el mesón de la cocina. Tal vez mi madre lo alimentaba allí y luego se iba con mi padre, a calentar su pelaje frente al televisor. Lo acaricié y le dije que era bienvenido, cuando quisiera.

viernes, 7 de julio de 2017

La casa junto al mar

   Cuando mi camiseta empezó a subir, los pequeños vellos de todo mi cuerpo se erigieron al instante. En el lugar no había un solo ruido, a excepción de las olas del mar que crujían contra las rocas a solo unos metros de la ventana, que ahora estaba cubierta por una cortina roja rudimentaria, hecha con una tela que se amarraba a un gancho en el techo. Estaba claro que aquella residencia no podía ser nadie más sino de un artista. El color azul de las paredes y el desorden eran otros indicios.

 Mi camiseta aterrizó en el suelo y se deslizó algunos milímetros por encima de los periódicos y demás papeles que había por todas partes. La habitación era la más grande de la casa y tenía varias ventanas, todas cubiertas a esa hora del día. Por un momento, mi mente salió del momento y se preguntó que pensarían las personas que pasaran por allí de una casa con ventanas cerradas a esa hora, en esa época del año. Pero no muchas personas caminaban por allí, a menos que dieran un paseo por la playa.

 Aún así, no verían mi cuerpo erguido sobre el suyo ni escucharían mis gemidos suaves que mi cuerpo exhalaba solo para él. Mi mente volvía a estar alineada con mi cuerpo y eso era lo que yo quería, sin lugar a dudas. Sabía lo que estaba haciendo, sabía en lo que me metía y quería estar allí. No había más dudas que resolver ni miedos que superar. Ya vendría eso después, si es que era necesario. En ese momento solo quería disfrutar de su tacto, que sentía recorrer mi cuerpo.

 Los cinturones cayeron al mismo tiempo al suelo, causando un pequeño escandalo que asustó al gato blanco que se paseaba por todas partes. En otro momento seguro me habría importado el pobre animal, pero no entonces. Sus largos dedos abrían mi pantalón y estaba sumergido en tal éxtasis que no supe en que momento el gato rompió un jarrón lleno de flores, que había estado allí desde la última vez que los propietarios habían visitado el lugar. No me importaba nada.

 Lo único que estaba en mi mente era acercarme a él y besarlo con toda mi energía. Quería que supiera que no había dudas en mi mente, que no me importaba nada más sino estar ahí. Habíamos flirteado por meses hasta que por fin habíamos tenido la valentía de actuar. La primera vez que lo hicimos fue después de una de sus clases, cuando él mismo me propuso como modelo para la asignatura que daba a los alumnos de la maestría. Yo acepté sin dudarlo. Me arrepentí luego al darme cuenta de que solo había aceptado por él pero nunca me retracté.

 El jueves siguiente estaba en su clase, en la tarde, en uno de esos salones donde hay una pequeña tarima y la gente se sienta alrededor. La luz entraba como cansado por el tragaluz. Yo me quité la bata sin mucha ceremonia e hice caso a sus instrucciones, a la vez que trataba de no mirarlo porque sabía que si lo hacía perdería toda intención de hacer lo que estaba haciendo por el arte y no por él. Al fin y al cabo, yo estaba totalmente desnudo ante él y de eso no había reversa.

 Amablemente, me quitó los pantalones. Sentí una ráfaga de calor por todo el cuerpo, tanto así que me sentí en llamas. No solo mis partes intimas sino todo mi cuerpo estaba ardiendo en deseo por él. Tal vez ayudó que el día se despejó y no hubo más nubes por dos días completos en la costa. Los bañistas apreciaron esta gentileza del clima, así como los pescadores. Y los amantes como nosotros también celebraron, con más besos y caricias y palabras amables y halagadoras.

 Seguí siendo su modelo hasta que, una tarde cuando me había ido a cambiar detrás de un biombo instalado solo para mí, se me acercó sigilosamente y tocó uno de mis hombros desnudos. Esa vez también me recorrió el cuerpo un escalofrío y más aún, cuando cerca de mi oído, pude escuchar su dulce voz pidiendo que lo dejara pintarme por un rato más. Y allí nos quedamos, un par de horas más. No hicimos el amor, ni nos tocamos ni nos besamos. Pero fue uno de los momentos más íntimos de mi vida.

 Y yo seguía siendo su alumno. Lo seguí siendo por lo que quedaba de ese semestre y lo seguí siendo el siguiente semestre, mi penúltimo en la universidad. Por mi estudio y otras responsabilidades, no pude seguir siendo su modelo, aunque yo lo deseaba. No nos vimos tan seguido ya, y creo que en eso se quedaría nuestra relación, si esa palabra es la correcta. Me sentí triste muchas noches, pensando en lo que podría haber sido y en lo que yo podría haber hecho.

 Sus manos rozaron mi cintura y, con cuidado, fueron bajando mi ropa interior hasta los muslos. En ese momento nos besábamos con locura y yo solo quería que ese momento durara para siempre. Creo que jamás voy a olvidar todos los sentimientos que recorrían mi cuerpo, desde la lujuria más intensa hasta algo que muchas veces he comparado con el amor. Los rayos de sol que atravesaban la cortina roja nos daba un color todavía más sensual y el sonido del agua contra las rocas era perfecto para lo que estaba sucediendo. Era mi sueño hecho realidad.

 Cuando empezó mi último semestre, me lo crucé en la recepción de la universidad. Era la primera vez que nos veíamos y creo que los dos nos detuvimos en el tiempo por un momento, como apreciando la apariencia del otro pero, a la vez, viendo mucho más allá. Cuando se me acercó, me dijo que ya casi seríamos colegas y ya no docente y estudiante. No sé si quiso decir lo que yo pensé con eso, pero no dejé de pensarlo y de revivir mis deseos más profundos.

 Así de simple, la relación volvió a cobrar el brillo que había perdido. De hecho, pasó a ser algo mucho más intenso. Como yo ya había cumplido con casi todo los requerimientos para graduarme, solo debía asistir a tres clases muy sencillas y eso era todo. Mi proyecto de grado estaba listo desde hacía meses, pues le había dedicado las vacaciones a hacer el grueso del trabajo. Así que estaba completamente disponible. Y él lo sabía porque al segundo día me invitó a tomar café.

 Los días siguientes bebimos mucho café, conversamos hasta altas horas de la noche y nos hicimos mucho más que docente y alumno, más aún que colegas. Me atrevo a decir que nos hicimos amigos de verdad, conociendo lo más personal de la vida del otro. Y fue entonces cuando surgió de la oscuridad un obstáculo que yo no había previsto. En el momento no reacción, tal vez porque estaba vestido de amigo, pero tengo que decir que lo pensé una y otra vez en los días siguientes.

 Pero bueno, eso no cambió nada. Seguimos tomando café y hablando de todo un poco. Me presentó a muchos de sus amigos artistas y un fin de semana me invitó a la casa de la playa. Esa fue la primera vez que la visité, sin imaginar que tan solo una semanas más tarde estaría en la habitación más grande, besando al hombre que se había convertido en una parte fundamental de mi vida. Caminamos por la playa esa primera vez y nos besamos también por primera vez. Un día feliz.

 Por mi cuerpo resbalaba el sudor. A veces cerraba los ojos para concentrarme en mi respiración, en hacer que el momento durara más, cada vez más. Cuando los abría, veía sus ojos hermosos mirándome. Y no solo había deseo allí sino un brillo especial.


 Estaba tan ocupado disfrutando el momento, que no oí la puerta del auto que acababa de aparcarse frente a la casa. Tampoco oí la risa de dos niños de los que no había sabido nada antes de ese día, ni la risa de su esposa inocente y tonta. La puerta se abrió, como sabíamos que pasaría alguna vez.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Un día mejor

   El café se había enfriado hacía ya un buen rato. En el local, uno de los meseros estaba prendiendo cada una de las velas en las mesas. Quitaba la cobertura de vidrio en forma de globo y prendía con un encendedor el fuego que cubría de nuevo con el vidrio. Esto lo hizo bastantes veces hasta que todo el local quedó iluminado con esa luz naranja y algo mortecina. La luz de día estaba muriendo y, al parecer, era mejor reemplazarla con cualquier cosa que usar luz artificial potente.

 Cuando el joven que lo había atendido vino a llevarse el café, Pedro no sabía si pedirle que le calentara el café para estar más tiempo o si debía usar el camino de la dignidad, un camino que rara vez usaba, e irse a casa a hacer algo más productivo que esperar por alguien que obviamente no iba a venir. El mesero se llevó el café y regresó minutos después con el recibo correspondiente en el que le cobraban a Pedro las tres tazas de café consumida o, mejor dicho, pedidas.

 Pedro se levantó de la silla metálica, y se retiró pronto del local. Las calles ya estaban iluminadas con una luz blanca potente pero a él eso le importa muy poco. Lo único que ocupaba su mente era su razón para haberse quedado allí todo ese tiempo. Esperaba a una persona que no había visto hacía años. Por eso no estaba tan molesto como si hubiese sido alguien que de verdad conociera pero igual era una situación muy extraña, algo decepcionante.

 Habían quedado de verse pues Miguel parecía tener muchas ganas de ver a Pedro y así poder recordar viejos tiempos. Pero nada de eso había pasado. Mientras caminaba a casa, Pedro se dio cuenta que había hecho una excepción a su propia regla de evitar a toda costa hablar con gente de su pasado que pudiese no ser completamente objetiva o graciosa. Si no había de las dos cosas, no era interesante.

 Pedro llegó a su casa caminado, sin haberse dado cuenta. Tenía tanta rabia y pensaba tantas cosas que ni se había dado cuenta de todo lo que había caminado. Entró al supermercado cerca de su casa por unas cosas y luego sí se encaminó a su hogar. La verdad era que tenía mucha hambre pues se había saltado el almuerzo para poder comer algo con su compañero pero ese había sido otro error.

Compró una pizza congelada y dos latas de cerveza.  Pagó y en unos cinco minutos estaba en su apartamento. Para su sorpresa, cayó rendido en el sofá. Dejo la bolsa en el suelo y así, en la oscuridad de una noche sin estrellas, Pedro se quedó profundamente dormido. No tuvo sueños ni nada parecido, solo un sueño bastante plácido.

 Despertó al otro día, todavía vestido y con dolor de cuello por a extraña posición en la que se había acomodado en el sofá. Menos mal que cuando despertó eran apenas las siete de la mañana de un sábado. Como no trabajaba ni le debía nada a nadie, decidió irse a la cama de verdad y dormir por un rato largo de la mejor manera posible. Al fin y al cabo que se sentía cansado, incluso antes de lo del café. Era como si tuviera algo sentado encima que se rehusaba a moverse.

 Cuando despertó por fin eran las once de la mañana. Antes de hacer el desayuno, guardó la pizza que se había ido descongelando en el suelo de la sala y la cerveza que estaba algo tibia. Fue mientras vertía la leche sobre el cereal que escuchó el escandalo que hacía su celular desde la habitación. Pero estaba tan descansado y en paz que decidió no contestar. Tal vez sería otra vez Miguel para disculparse, algo que a él no le interesaba en nada. O tal vez era de trabajo y no quería saber nada de ello por algunas horas.

 Comió su cereal frente a la televisión, mientras veía un programa de esos que hay miles, en los que muestran como es la vida salvaje de algún lugar remoto del mundo. Estaba muy tranquilo con las imágenes y entonces de nuevo el timbre de su celular. Estuvo de verdad tentado a contestar, tanto así que se había puesto de pie sin darse cuenta, pero no podía caer en la trampa de dejarse convencer por argumentos vacíos. Debía hacerse respetar de alguna manera.

Cuando acabó de desayunar, fue a la habitación y guardó el celular en un cajón lleno de ropa, así el ruido no sería escuchado por todos lados si llamaban de nuevo.  Se ducho por un largo rato y, al salir, tuvo ganas de dormir otra siesta pero tal vez no sería la mejor opción estar durmiendo así que se decidió por ver en sus correos si las llamadas habían sido de trabajo. Si era dar respuesta a dudas de sus clientes, no sería nada difícil contestar en un momento  y seguir adelante.

 Pero en ninguna de sus cuentas de correo había nada de verdad importante. Así que no eran la razón para que su celular se moviera como loco. Como no tenía trabajo, decidió que sería un día nada más para él. Vio toda una película que había estado posponiendo durante varios días y luego salió a comer a un restaurante cercano que servía una comida muy rica.

 Fue un día bastante bueno para Pedro. Cuando volvió a casa, después de buscar en un centro comercial el regalo para su el cumpleaños de su sobrina el fin de semana siguiente, se dirigió a su habitación y sacó el celular de entre las varias capas de ropa gruesas entre las que descansaba. Se sentó en la cama para revisarlo.

 Habían mensajes de texto, llamadas perdidas y mensajes en escritos en varias aplicaciones. De hecho, la llamada más reciente había entrado hacía apenas diez minutos, por lo que una nueva llamada era inminente. Aunque sintió algo de lástima por Miguel, había tenido todo el día para pensar que no era una persona que se mereciera su amistad. Ni siquiera habían sido capaces de mantener una amistad ni nada parecido, eran solo gente que iban al mismo lugar por varios años consecutivos pero esa es la misma experiencia de vida de todo el mundo con el colegio.

 Pedro dejó el celular en el escondite entre la ropa gruesa y cerró con fuerza el cajón. Le daba un poco de rabia que Miguel fuese tan insistente: era como si se le olvidara que no eran amigos de nada y que no podía llegar así como así. Pedro trató de olvidar lo ocurrido y decidió terminar su día con una ducha con agua tibia y una película más en la cama. El sueño casi no llega y, justo cuando estaba a punto de cerrar los ojos, Pedro pudo escuchar un zumbido lejano.

 No tuvo que pensar por mucho tiempo para concluir que lo que escuchaba era sin duda su celular en el cajón. Vibraba con fuerza, como si hiciera temblar todo el armario. Obviamente eso no era posible para un objeto tan pequeño, pero para pedro era como si con cada vibración, aumentara la cantidad de gente que lo miraba con desaprobación por no contestar la llamada. Dudó por un tiempo largo, en el que la vibración se detuvo pero luego empezó de nuevo.

 Harto de la situación, Pedro se puso de pie de un golpe y se dirigió al armario para sacar el celular. Contestó pero antes de decir nada una voz le agradeció que contestar. Reconocía la voz de Miguel. Al comienzo no dijo nada más que eso y Pedro tuvo muchas ganas de colgar de nuevo. Pero luego, poco a poco, pareció recordar que estaban al teléfono y no por ahí en la calle. Empezó a hablar del pasado, de una vez, seguramente porque sabía que eso interesaría a Pedro.

 Estaba equivocado. Pedro no entendía en los más mínimo que era lo que Miguel quería de toda la situación. Había sido un maldito deportista en el colegio y parecía vestir exactamente lo mismo que entonces. Como siempre, su voz era monótona extremadamente aburridora. Era increíble pensar que alguien quisiera escuchar su voz todos los días.

 Pedro solucionó todo tomando el celular, abriendo su ventana y lanzando el aparato lo más lejos posible. Sabía que tendría que comprar uno nuevo, ojalá con otro número, pero es que a veces ver gente tan extraña que no tiene el mínimo sentido del respeto, no es algo que se pueda tomar a la ligera. De Miguel no supo más, pero le agradeció siempre ese día casi perfecto.

lunes, 26 de octubre de 2015

Tea with Deb

   She puts five drops of lemon juice on her tea and then tastes it, to know if it’s the proper amount. It is: combined with the sugar and the quality of the tea, the beverage is perfect. She asks for a napkin and sips even more tea, as she watches out for her guest to make an arrival. The café is quite filled with different kinds of people but she would notice someone that shouldn’t be there or at least felt awkward, in a moment. She gives one, two and three sips, still waiting. She even eats some of the pastry she had asked for, instead of waiting to share it with someone else. She has never being very good at patience and it shows: she moves her leg, posed over her other leg, with a rhythmic movement that would put any dog nearby into a deep hypnosis.

 Finally her guest arrives. She’s a young woman called Gaby, the daughter of her late husband. Since he died, they haven’t really seen each other, partly because their relationship was never very good. Not minding that, she waves to the young woman who doesn’t respond but has obviously seen her too, as she walks towards the table. She arrives and tries to smile but fails, instead sitting down and receiving the menu from a waiter that has appears out of nowhere. The woman tells her what’s good in this café, what kind of beverages they have and what to eat, but Gaby is not very focused or doesn’t seem to be at least. She breathes in slowly and lets out air through her nose in the loudest and most annoying way. The woman drinks more tea to calm her nerves.

 Gaby then puts the menu aside and asks her why she asked to meet her.  The young woman is obviously not comfortable, grabbing her purse as if she was afraid someone might steal it away right there. The woman sips a bit more tea and waits a few seconds to answer the question; meanwhile Gaby pierces her with her sight. She then declares she missed her and that since the death of her husband, six years ago, she has been trying to put her life together. She realized, or so she says, that she never really gave Gaby a chance when they lived together, not even trying to form some kind of relationship of any kind. She says she only wants for them to be friends and to be united by the memory or their beloved Peter.

 But the young one doesn’t look very impressed by the words of her former stepmother. She just looks at her and, finally, sighs and smiles saying: “You kill me, Deb. You do.” Deborah, a name she had forbidden Gaby to use when in her presence, has shrills all over her body and turns around instinctively to know if someone has heard the comment. No one is looking at them, actually many customers have left the café, as lunchtime is now over. She sips more tea, which runs out and calls, with a trembling hand, another waiter and asks him for more tea. When she looks at Gaby, the girl is still smiling.

 Gaby asks the waiter for a cappuccino and a croissant filled with chocolate. He leaves, not without looking at the horrified face of Deborah. Her expression has contorted into an awful grin and all because she has begun remembering the past. A past where she hated her husband Peter and had only wanted to marry him for the money but in the transaction she never thought she would have to put up with a little kid, he’s annoying daughter who was in that age when they just look at you and seem to know everything about your life and accomplishments. She was a pretty girl, but annoying like any other kid and Deb knew she had to make Peter realized she was the important one in his life and that’s why she planned getaways together, that didn’t include Gaby.

 The girl, now twenty years old, just smiles. She knows what Deb has on her mind and she loves that the woman is now regretting of have a small reunion with the stepdaughter she never wanted. When the cappuccino and the croissant arrive, she starts eating and drinking loudly, only to annoy her stock up companion across the table. Deb is annoyed, extremely annoyed, as her life has always been one when she faked to be someone that she wasn’t. She had always preferred etiquette and glamour to many other things in life like honesty and hard work. Gaby knew her father was her third husband and that she had now divorced number five. She was what many people would call “a gold-digger”.

 Gaby said it out loud and it had the expected reaction: Deb smashed her fist against the table, spilling her tea and dropping some sugar cubes to the floor. A waiter, apparently someone that had know her for a while, came in fast and helped her clean up and pick up what had fallen to the floor. She stood up and Gaby was hopeful she would leave first, humiliated. But she didn’t, she just dusted off the sugar and some tea and sat down again, with more rage in her eyes that she had ever seen. She remembered then the time she had seen him drink like a sailor because her father hadn’t arrived from a trip and she “needed” him urgently. Of course, the real reason was that she needed money.

 To be honest, the girl didn’t understand how it was that a woman that had been married so many times had no idea of keeping money. One would think a person in that line of business would know to save a little for the future, as looks vaporizes fast and life is more and more expensive each day. She still kept her good looks, her nice dresses and her appointments to the beauty salon, but she was very late in her rent payments, she couldn’t get a job and a former lover had come to her, with wishes to blackmail her, thinking she had money but she had none. He didn’t believe it and kept asking for money.

 Gaby did not know this and Deb wouldn’t tell her. Breathing slowly, Deb told the girl she had not been a great stepmother but that was precisely the reason why she had decided to make contact again; in the hope they could be friends. To the sound of the word, Gaby started laughing, again attracting the attention of the restaurant’s staff and of the few customers. But she didn’t mind, she kept laughing, authentically crying because she had found Deb choice of words extremely funny. She smiled to her and just couldn’t reply back because she found the situation so ridiculous and out of every context. She finally got serious and asked Deb how much money she needed and why she needed it. Deb, of course, started acting confused and offended but it obviously didn’t work.

 Still smiling, the former stepdaughter told her she knew what moved her and what had made her marry her dad. Faking been horrified or something like that would not work, as she had known her much better than her father. Deborah attempted to talk but Gaby continued, reminding her that only she knew about the lovers she had back then and about the amount of money she spend on useless things. She was a shameless whore who just wanted money and a place to feel safe but Gaby wouldn’t be the person to provide for her. She had to find someone else to believe her, to buy into her trap of a femme fatale in distress, a performance for which she was growing older and older, becoming a comedic role.

 This hit Deb right in her pride. Suddenly her facial expression changed as well as her body language. The red in her face did not go away but it was obvious the real her had finally come out. She approached Gaby over the table and, in a really low register, told her that what her life was like and what she had done with it, was her problem. Who she was a result of a series of things that had happened to her and that a spoiled brat like her would never understand. She pitied her for being so blinded by her youth and by her morals, which she would never think were wrong. She said, before pulling away, that she had done what she had to and that she wasn’t sorry.


 It was Gaby who stood up first, grab a bill from her purse and put it on the table. She looked at Deb, not angry but with disgust. She told her that women like her were just poison and that she was just scum, not only for marrying old timers for their money but because she had the nerve to ask her for money, because she knew that’s what she wanted. She had no shame and she pitied her. Gaby turned around and left in a huff, leaving Deb drinking her tea, trembling because of all the rage inside of her. She picture every single one of those men and those lives she had lived through in the past and the only thing she could to was to throw her blessed tea cup across the room and smash it against a wall.