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lunes, 5 de septiembre de 2016

La vida de un vendedor

   Estaba ya harto de hacer paradas cada que cruzaba una calle pero era imposible no hacerlo con semejante calor: el sol brillaba con fuerza en lo alto, en el cielo azul sin que ninguna nube lo tapara. El cielo estaba completamente limpio. El sol era tan brillante que la cantidad de gente en la calle era poca. Se había alertado en la televisión que la cantidad de rayos ultravioletas era muy alta para personas de piel sensible e incluso lo que tenían la piel fuerte debían abstenerse de salir a la calle por su propia seguridad.

 Por eso, aunque era verano, la gente trataba de no salir en la mitad de la tarde. Obviamente, había muchas personas a las que les daba lo mismo lo que pudiese pasar y se arriesgaban de manera tonta. Así era lo que había pasado con Jaime, el que tenía que parar en cada cuadra para ponerse a salvo debajo de alguna parte que lo protegiera del calor. Lo hacía más por necesidad que por nada más pues debían seguir tratando de vender para subsistir.

 Trabajaba como vendedor puerta a puerta, yendo de arriba abajo con un maletín ya un poco viejo donde cargaba las revistas más recientes y se informaba al detalle de los últimos cambios en cuanto al clima con su celular. Esa era la razón por la que era común verlo corriendo para resguardarse del calor.

 La gente que conocía en su trabajo era toda demasiado distinta y cada quien con sus particularidades. Si le preguntaban si tenían clientes que pudiesen llamarse normales, diría que de esos no tenía pues había que ser bastante excéntrico para hacer compras solamente por catalogo, a través de una persona a la que se le paga por el servicio. Sin embargo, había muchos a los que ese sistema les había salvado la vida pues no podían salir a la calle y necesitaban que alguien los ayudara.

 Su trabajo era agotador, no solo por el hecho de ir caminando por todos lados o pro el calor de la temporada, sino porque en toda la semana tenía que subdividir su recorridos y cada día iba a una zona diferente de la ciudad. Esto lo hacía para poder llegar a la mayoría de sus clientes lo más pronto posible. Antes de partir a trabajar, planeaba con cuidado sus caminatas para optimizar el recorrido lo más posible.

 Antes, cuando había empezado, había tenido la mala idea de ponerse traje con corbata y zapatos gruesos. Y el traje solía ser de un material que no respiraba nada. Eso era porque su ropa de trabajo era prestada ya que no tenía ni idea de cómo iban a funcionar las cosas. Ya para el segundo día decidió hacer un cambio extremo y se dio cuenta que a nadie le importó con tal de vender lo que le tocaba.

 Los mejores clientes eran aquellos que lo invitaban a comer o a tomar algo mientras repasaban los catálogos y elaboraban la lista de compran de la semana o del mes, dependiendo de lo sigue que le pase a uno eso. Había de todo tipo de clientes: algunos con mucho dinero y otro con menos, los que vivían en casas o  los que vivían en apartamentos, los que tenían mascotas e incluso uno que otro que intentaba algún avance romántico hacia Jaime. De todo había.

 Los que tenían más dinero no siempre eran los mejores clientes, aunque eso pudiese llegar a parecer. Muchas veces, eran las casas donde ofrecían menos, ni siquiera un vaso de agua de la llave. En la casa de la viuda Jones, por ejemplo, siempre llegaba sudando porque no había mucha sombra cerca para resguardarse y sin embargo los sirvientes jamás se acercaban para darle n vaso de agua o de lo que sea.

 En cambio, había otros hogares en los que inclusos se había quedado a cenar mientras la persona que hacía la compra hacía una lista exhaustiva de lo que quería y de lo que no. Ofrecían de tomar y de comer e incluso de fumar y aperitivos para pasar el rato pues elegir ropa y artículos varios por catalogo podía tomarse bastante tiempo.

 A veces Jaime salía de casa a las siete de la mañana y no llegaba a su casa hasta que eran las ocho de la noche. Seguido pasaba que alargaba las visitas si estaba lloviendo, cosas que no pasaba muy a menudo, o si el sol estaba demasiado brillante. Con algunos clientes podía ser sincero y decirles sus razones y ellos entenderían fácilmente pero otros a veces parecían tener afán de que se fuera, como si estuviesen ocultando algo.

 En todo el día comía una sola vez y normalmente era algo comprado en un supermercado pues la mayoría de restaurantes, sino es que todos, de los barrios que frecuentaba, eran muy caros para poderse permitir almorzar allí todos los días. Incluso había zonas a las que iba en las que no había restaurantes por ningún lado y por eso muchas veces prefería comprar algo antes en un supermercado y comerlo a la sombra cuando fuese la hora apropiada.

 Cuando llegaba a casa en las noches trataba de comer algo mejor para él peor la verdad era que seguido llegaba exhausto y con muy pocos ánimos de hacer nada. Comía algo de atún de una lata que había dejado en la nevera o a veces comía solo helado y nada más. Hacía mucho ejercicio pero no estaba comiendo nada bien y eso podía ser un problema. Desde hacía mucho tiempo lo había notado pero no tenía como parar pues su trabajo le daba dinero para sobrevivir pero le impedía comer de manera decente.

 Su único momento libre a la semana eran los domingos. Esto era así porque la mayoría de sus clientes tenían cosas mucho más interesantes que hacer que estar paradas en su casa por varias horas eligiendo nuevos cuchillos de un catalogo. Y no era que él tuviese algo mejor que hacer pero le gustaba tener esa día para despertarse un poco más tarde, ver alguna película que estuviese queriendo ver hace rato, comer algo rico (lo que casi siempre quería decir comida chatarra) y tan solo relajarse y no pensar en su trabajo.

 Los domingos se despertaba tarde y apagaba su celular para que no lo molestaran. Esos días siempre se duchaba muy tarde, si es que se duchaba. Se quedaba en la cama más de lo previsto para ver televisión o disfrutar de lo rico que se sentía no hacer nada, estar a la sombra en su casa y ojalá tener algo frio para tomar. Ese era el día que se hidrataba más y eso que había aprendido a llevar un termo con agua fría en su maletín.

 A veces Jaime se preguntaba, solo los domingos, si no debería dejar de trabajar en algo tan demandante. Esos pensamientos pronto se iban volando cuando recordaba que nadie lo había querido contratar para desempeñar el trabajo por el que tanto había estudiado en el colegio. Cada vez que había habido una vacante había hecho el intento pero siempre había algo más listo, más preparada o que conocía a algunos de los que decidían.

 No era que no le gustara lo que hacía sino que a veces podía ser muy complicado pues era como si su trabajo tomara posesión de él en vez de ser al revés. Sentía que él estaba al servicio de todas esas personas que pedían por catalogo en vez de ser al revés. Y había habido momentos en que eso le había molestado bastante pero eso ya había pasado. Solo había sido al comienzo.

 El resto de los domingos se esforzaba por no pensar ni hablar de trabajo. Otra cosa es que hubiese querido tener amigos o una pareja para poder compartir la vida un poco pero luego se daba cuenta que eso tampoco sería muy posible pues no hay mucha gente dispuesta a adaptarse a una persona así, que vive yendo de un sitio a otro y que no tiene una estabilidad real ni tiempo para crear algo fuerte.


 Por eso el amor era algo que no conocía pues jamás o había experimentado por falta de tiempo. Al fin y al cabo que ya llevaba cinco años en el mismo trabajo y era muy difícil tratar de hacer cualquier cosa al mismo tiempo. La mayoría de veces estaba tan cansado que lo único que quería era dormir antes de tener que despertarse temprano para comenzar un nuevo día de caminar y anotar y escuchar cosas que muchas veces no tenían el mínimo sentido.

viernes, 6 de mayo de 2016

La masajista

   Con toda la fuerza de la que era capaz, Lina recorría de arriba a bajo las piernas del hombre que yacía sobre su camilla. El hombre a veces hacía unos sonidos extraños, como de placer, pero ella solo los ignoraba y seguía adelante con su trabajo. Nunca había sido difícil ser masajista y muchos clientes creían que tenían el derecho de pedir más o, al contrario, de pagar menos porque era más barato para ellos que ir a un doctor y hacerse exámenes o incluso ir a un gimnasio y hacer deporte.

 Lo había visto todo: había tenido en la mesa a mujeres que no se callaban, que le contaban toda su vida en la hora que tenían para el masaje. También había hombres parlanchines pero la diferencia solía ser que los hombres terminaban con una erección y las mujeres no. Tenía varios clientes que eran señores y señoras mayores y, aunque parecía difícil de creer, eran sus clientes favoritos. Jamás se quejaban tanto como los otros, no solía haber problemas con lo emocionados que se ponían y hablaban poco.

 Eso sí, había recibido varios pellizcos o palmadas en el trasero de parte de esos ancianos que solo querían recordar como se sentía el cuerpo de una mujer. Pero Lina lo manejaba muy bien: les decía que si la tocaban les subía el precio del masaje y no volvería a sus casas. Obviamente los señores mayores se comportaban después de eso aunque siempre volvían a las andadas porque así eran las cosas. Suponía que vivían tan aburridos con todo, que preferían meterse en problemas que no tener nada.

 El caso es que tenía todo tipo de clientes y trataba de mantenerse ocupada. Por muchos años, Lina se había entrenado para ser enfermera profesional. Pero cuando llegó el último semestre de la carrera, no pudo pagarlo. No tenía un solo billete para pagar nada y todo era porque estaba sola en el mundo. Siempre había tenido que trabajar para pagarse sus cosas y en ese momento todo le estaba yendo  tan mal que debió pagar varias deudas y no quedó nada para su educación.

 Fue por ese tiempo que una amiga le sugirió lo de los masajes. Consiguieron a alguien que tuviese la mesa y se la alquilaban. Luego, se hicieron propaganda por todos los gimnasios, centro de recreación, casas de la tercera edad y demás para ganar clientela. Y le funcionó todo a la perfección. Tanto, que pudo comprar su propia mesa y terminar de pagar las cuotas del automóvil que tenía para transportarse a las casas u oficinas de sus clientes.

 Sin embargo, nunca volvió a pensar en terminar su carrera. No era algo difícil, podía retomarlo cuando quisiera. Pero simplemente vivía ahora muy ocupada y no tendría tiempo de estudiar a conciencia y ganar dinero. En su vida era o una cosa o la otra, jamás las dos. Y prefería sobrevivir.

 Curiosamente, tuvo una clienta un día que le preguntaba más de lo que le contaba. Al parecer estaba fascinada con la idea de una mujer que masajeaba gente a domicilio y que no le daba miedo lo que pudiese pasar. En ese momento a Lina le dio autentico susto, porque nunca se había puesto a pensar que alguien malo le pudiese pasar. Era cierto que iba a las casas de muchas personas y, en numerosas ocasiones, esas personas parecían estar solas. Pero jamás se le había ocurrido desconfiar de nadie. A muchos los conocía ya de varias citas y no hubiese tenido sentido tenerles miedo.

 Sin embargo, le contó a la curiosa mujer la vez que un hombre de unos cincuenta años aprovechó un minuto en el que ella tuvo que buscar un aceite especial en su mochila de accesorios, para quitarse la toalla y ponerse de pie a un lado de la mesa de masajes. Ella soltó el aceite del susto y la botellita, aunque de plástico, se abrió del golpe  voló aceite por todos lados. El hombre tenía una erección notable y había querido “mostrarla” pero cuando el aceite estalló, se cubrió rápidamente y se plantó en no pagar el masaje, que iba casi a terminar.

 A Lina el aceite que había en el piso, que era bastante caro, no le importó nada al lado del reclamo del hombre. Pero en la oficina donde estaba, no había nadie pues era la hora del almuerzo y no quedaba nadie que pudiese apoyarla. Entonces tuvo que irse sin dinero y con un aceite menos para su trabajo. Eso sí, no limpió nada y tuvo una idea antes de irse: como el hombre había corrido al baño a cambiarse, ella aprovechó su salida para tomar un poco del aceite y echarlo encima de unos papeles que tenía en el escritorio. Se fue antes de que volviera.

 La mujer en la mesa de masajes rió bastante con la anécdota y le preguntó si era frecuente que le pasaran cosas así, extrañas. Lina le dijo que no era algo poco común y que seguramente era igual que cuando había hecho sus cursos preparativos para ser enfermera. Mejor dicho, había alcanzado a hacer algunas prácticas en hospitales pero jamás había completado las horas por las falta de dinero y luego de tiempo. La mujer le preguntó que cosas extrañas le habían pasado entonces.

 Lina le contó la historia de un chico, universitario por lo que se veía, que había llegado una noche con los ojos muy rojos al hospital. Ella estaba allí solo para ver lo que hacían las enfermeras profesionales y para tomar notas y hacer preguntas. Al chico lo acostaron en una camilla y no era difícil ver que había fumado marihuana, pero había algo más. Parecía resistir un dolor pero no era capaz de decir que era lo que le pasaba. A veces le salían lagrimas pero no hablaba. Lina se dio cuenta que era por vergüenza.

 Le hicieron rayos X y pudieron ver que el chico tenía una verdura, tal vez un pepino o algo así, metido en el trasero. Cuando las enfermeras en entrenamiento vieron la imagen, se echaron a reír pero la enfermera que cuidaba de ellas, con varios años de experiencia, les dijo que no era algo poco común. Sacar la verdura era fácil pero lo difícil era manejar al paciente y su vergüenza. La clienta le preguntó a Lina que pasó luego pero ella solo recordaba haber hablado un rato con el chico para tratar de que no se concentrara en lo mal que se sentía.

 La mujer le dijo a Lina que sería buena enfermera, pues eran las que  estaban más cerca de los pacientes y podían escuchar mejor sus dudas o afirmaciones o simplemente darse cuenta con más rapidez de lo que les pasaba. Ella no supo si era un cumplido, por lo que sonrió y terminó el masaje en unos minutos. Cuando salió de allí, la mujer la siguió al coche y le dio su tarjeta: le dijo que podría llamarla cando quisiera, si lo deseaba. Para ella sería más que interesante saber más de su historia.

 Leyendo la tarjeta, Lina se enteró que la mujer llamada Jimena, era periodista. De eso se dio cuenta ya en casa y le pareció curioso que una periodista quisiera hablarle a ella o, por lo visto, saber como era el mundo de los masajes y demás. Pero no la volvió a ver hasta mucho después. Su prioridad era seguir trabajando porque las deudas no esperaban a que la gente las pagara.

 Ella no tenía una casa propia ni nada así, por lo que tenía que pagar un arriendo. Además de eso, estaban los servicios en su domicilio y además la comida que muchas veces ni cocinaba. La cantidad de clientes que tenía a veces, le hacían llegar muy tarde a su casa y para esas horas ya estaba exhausta y no tenía ganas de nada. Si acaso se comía un pedazo de pan con algo o algún producto que pudiese meter en el microondas y estuviese listo en menos de cinco minutos.

 Cuando la llamó Jimena, no le reconoció la voz. Ella solo se rió y le recordó que tenía su número por lo de los masajes. Sin embargo, la llamaba para hacerle una propuesta. La invitó a cenar a un restaurante, a una hora en la que Lina normalmente no tenía muchos clientes, y le propuso hacer una entrevista sobre ella para la revista que trabajaba. Pensaba que muchos estarían interesados en la vida de una masajista, un trabajo poco común.

 Lina no estaba muy segura de si quería hacerlo o no. Jimena le aseguró que lo único que necesitaba era poder ir con ella a algunas citas con clientes para ver como trabajaba y tener al menos tres citas con ella para hablar y preguntar un poco de todo. Le pagaría por todo ese tiempo y además otra vez cuando publicaran el articulo.

 La masajista dudó un momento. No sabía que decir porque era un interés que nadie había mostrado nunca. Sin embargo, el pago por la entrevista publicada sería casi un extra y podría apartarlo para por fin ahorrar un poco. Pensó en como podría organizarse y Jimena interrumpió su pensamiento y le dijo que no había nada de que preocuparse. Todo sería pagado y sería divertido y ¿que mejor que pasar un rato distinto, haciendo algo diferente?


 Lina aceptó. Necesitaba un cambio en su vida y tal vez el que necesitaba empezaba con una entrevista.

jueves, 17 de marzo de 2016

Caída

   Y de golpe, se cayó. El piso estaba húmedo de la llovizna que había caído desde la mañana y ahora el pobre Lucio estaba tirado en el piso, con las piernas abiertas y un dolor horrible en el trasero. Se había golpeado muy fuerte y tuvo que ponerse en cuatro patas y apoyarse contra una pared para poderse parar. Al fin y al cabo eran las tres de la madrugada y no había nadie que le pudiese ayudar. Y eso era hasta mejor porque le hubiese dado mucha vergüenza que alguien lo hubiese visto caer así, como una rana sobre el pavimento.

 Cuando se incorporó, agradeció que su edificio estuviese a solo una calle de allí. Le dolía el cuerpo pero no demasiado, entonces no le fue difícil llegar a casa y meterse en la cama. Se quedó dormido al instante.

 Al otro día, la cosa fue distinta. Le dolía mucho el cuerpo, en especial el trasero, pero tuvo que levantarse pues tenía una cita de trabajo que no podía perder. Lo suyo era el diseño de interiores y trabaja en casa haciendo pedidos individuales. Tenía además toda una red de amistades que hacían cada uno de los trabajos necesarios para que sus clientes viesen los muebles terminados en el menor tiempo posible, así como sus casas renovadas en un abrir y cerrar de ojos. Lucio era famoso por eso entre las personas más adineradas y por eso cada reunión era necesaria y no podía cambiarse ni aplazarse ni nada. Era casi algo sagrado para él.

 Se duchó con cuidado, por el dolor, y en una hora estuvo caminando al lugar de la reunión. Lucio no tenía automóvil ni nada por el estilo y prefería moverse en transporte público, lo que hubiese disponible. Pero esta vez la distancia era pequeña pues su cliente tenía una galería de arte cerca y le había pedido que lo viese allí.

 Todo el camino Lucio se concentró en recordar todos los detalles del diseño que había hecho, los tonos de colores, los grade de las curvas, incluso la intención al poner algo en un lugar y no en otro. Eso a sus clientes les fascinaba, les parecía que era como adentrarse en un mundo del que no sabían mucho y les fascinaba solo escuchar. Eso sí, el cliente que iba a ver era un conocedor de arte, así que posiblemente las cosas no fueran iguales y este tratase de meterse en su visión. Suele pasar con los egos grandes.

 Cuando llegó, sonrió y besó y alabó y todas esas cosas que la gente espera que alguien que trabaje para ellos haga pero que nadie diría de viva voz. Fue solo cuando le ofrecieron asiento en una pequeña salita, donde mostraría sus dibujos y demás, que el dolor volvió con toda su intensidad. Fue como si se hubiese sentado en un puercoespín o en una piedra muy puntiaguda. Fue tanto el dolor, que se le olvidó todo lo que había estado pensando en un abrir y cerrar de ojos.

 Le pidió a su cliente un vaso de agua, como para fingir que solo tenía un problema de resequedad, y entonces sacó sus dibujos y trató de explicar lo que había hecho pero la verdad es que fracasó olímpicamente. Se le había olvidado como era la palabra impactante que quería decir, los nombres de los colores se le habían escapado y solo pudo decir pocas cosas de cada uno de los diez dibujos hechos. Fue un alivio que hubiese hecho tantos, pues el cliente se ponía a mirarlos, sobre todo los detalles, pero también era un arma de doble filo pues era posible que tuviese que explicar algo de cada de uno de los dibujos y la verdad era que no se sentía capaz.

 Dijo la palabra “bonito” varias veces y también la palabra “lindo”. Asentía mucho y sonreía y le daba la razón al cliente en casi todo. El dolor le había llegado tan hondo que solo tenía espacio en su mente para él y para nada más. El cliente preguntaba y quería saber más pero las respuestas de Lucio fueron tan cortantes que el artista pronto perdió todo el interés que tenía en los diseños. Le dijo a Lucio que se lo pensaría pues no tenía mucho dinero en el momento, lo que era una monumental mentira. Lucio sabía, de muy buena fuente, que el tipo estaba rodando en dinero por una herencia y porque había vendido dos cuadros hacía poco que lo habían hecho famoso y rico.

 Lucio se despidió apurado y se fue. Lo único que quería era volver a casa para descansar y de pronto llamar al médico para pedir una cita pero fue solo a dos calles de la galería que se encontró con Juana, su ex novia. Casi se estrella con ella, de lo rápido que iba y ella alcanzó a insultarlo pero se arrepintió cuando vio quién era.

 La historia de amor entre ellos había sido ideal: se habían conocido por amigos mutuos y, en pocos meses, lograron una conexión que muchos de sus amigos envidiaban. Iban de viaje a un lado y a otro, los invitaban a fiestas y resultaban ser el alma de la fiesta y todos querían ser como ellos pues eran inseparables pero al mismo tiempo se tenían tanto respeto entre sí que cada uno iba por su lado y eran tan interesantes de esa manera como cuando estaban juntos. Eran esa pareja ideal que todo el mundo buscaba ser, si es que estaban en pareja.

 Pero eso se había terminado menos de un año después de empezar. Todo porque las cosas que parecen tan ideales, que se ven tan bien y tan perfectas, siempre empiezan a tener problemas más tarde que temprano. En este caso el problema fue que se dieron cuenta que no eran compatibles sexualmente. Se habían esforzado tanto en tener una buena relación, que acabaron siendo amigos y no amantes. Como amantes se decepcionaron el uno al otro y se separaron por mutuo acuerdo.

 Juana lo saludo con una sonrisa. Ella la verdad era que estaba feliz de verlo, pues hacía meses no sabía nada de Lucio. Y él se sentía igual pero, de nuevo, tenía el dolor atravesado en la cabeza. A pesar de eso, aceptó una invitación a tomar café para hablar y reconectarse un poco después de tanto tiempo.

 Al comienzo solo le echaron azúcar al café y fue todo muy incomodo. Además Lucio seguía pensando en su dolor y trataba de sentarse de la mejor manera posible para no sentir dolor pero eso era casi imposible. Ella le preguntó entonces sobre su trabajo y él dio una respuesta tan corta y contundente, que ella no supo para donde hacer avanzar la conversación. Estaba allí porque quería reconectarse, quería volver a tener esa amistad pues la extrañaba, pero Lucio no parecía dispuesto a lo mismo.

 Lo intentó de nuevo, contándole de su trabajo y su familia y de cómo iban las cosas en su vida. Y él escuchó y asintió cuando debía y sonrió e hizo caras de tristeza, todo en los momentos adecuados. Pero no preguntó nada, no quiso saber más de lo dicho. Eso a ella la lastimó un poco pero no dijo nada. Como vio que la conversación ni avanzaba mucho, pues Lucio parecía no estar interesado en hablar de su vida, Juana decidió inventarse una excusa de la nada. Se levantó de golpe y empujó la mesa sin querer, que hizo que Lucio, que se había levantado al mismo tiempo, cayera de nuevo en la silla.

 Fue una grosería y un grito lo que se escuchó en cada rincón de la cafetería.  Juana no se lo podía creer pues Lucio casi nunca decía grosería y mucho menos llamaba la atención sobre si mismo en ningún lugar. Ella supo que había algo mal y le insistió hasta que él le contó de su caída en el pavimento. Sin decirle nada, ella pagó y lo sacó del sitio con cuidado y pidió un taxi  que también pagó.

 Lo llevó a un hospital en el que le hicieron varias radiografías que confirmaron que se había fracturado el coxis y que por eso le dolía todo el cuerpo. Acompañado de Juana, tuvo que quedarse toda la noche en el hospital bajo observación. Al otro día le dijeron que podía irse pero que tendría ciertas restricciones de movilidad por algunos días y que tendría que trabajar solo desde casa.

 Le dieron una de esas almohaditas para sentarse encima y tuvo que estar una semana sin moverse mucho, tiempo que aprovechó para volver a conocer a Juana y darse cuenta que era una buena amiga y que no debía haberla dejado ir cuando lo hizo. Se convirtieron en los mejores amigos e incluso cuando mejoró siguieron saliendo y compartiendo sus vidas, como si nada hubiese pasado.


 Con el tiempo, cada uno conoció el amor y cada uno se alegró por el otro. Los había unido una caída, de la que los dos se habían recuperado completamente.

jueves, 2 de julio de 2015

Un bar

 En un bar pasan demasiadas cosas al mismo tiempo y hay mucha gente, en especial las noches de fin de semana. La persona más notable, porque es quién más se ve y quién tiene que dar la cara por el sitio es el barman. Normalmente son tipos atractivos, que puedan venderle lo que sea a un hombre o una mujer. La idea detrás de su trabajo es simplemente impulsar el concepto del sitio y hacer que la gente consuma tanto como se puede. En el caso del bar Endor, el nombre del barman es Augusto, quién prefiere ser llamado Gus. Y así lo pone en una etiqueta sobre su camiseta para que quienes vienen a pedir tragos se sientan más en confianza y lo perciban a él como un amigo y no como un simple empleado. Gus es, como decíamos antes, el típico barman: un tipo atractivo que cuida de si mismo y sabe vender.

 Pero para la gente que lo prefiere, está la sección VIP o para personas que pagan más que los demás. En el bar Endor la sección a VIP es una sala apartada con algunas mesas y bastante espacio para bailar y charlar, así como el mejor surtido de licores del lugar. Mientras en la zona común solo hay unos cuatro tipos de licor, en la sala VIP se puede ordenar virtualmente lo que se quiera porque chicas como Alicia se encargarán de encontrarlo para el cliente. Ella ha trabajado en Endor desde que lo abrieron y sabe como son los clientes de la zona VIP: normalmente niños de papi con dinero para gastar y gente para descrestar. Y Alicia sabe muy bien como manejarlas sin que ellos se den cuenta.

 Finalmente está la persona que se carga del asea del lugar. En el día vienen dos mujeres de una compañía a limpiarlo todo y dejarlo reluciente pero de noche, cuando el sitio está lleno, el único que se queda es Raúl. Su único trabajo es quedarse en el lugar y estar pendiente de los accidentes que ocurren con frecuencia. Cuando hay gente que ha bebido de más, siempre hay charcos de algo en algún lado. Más que todo se trata de alcohol en el piso o en los asientos, cosas que se resuelve en un abrir y cerrar de ojos. Otra veces el trabajo se torna más asqueroso, porque la gente no solo tira sus copas y además tiene a su cargo los baños del lugar que son seis: tres para hombres y tres para mujeres.

 En el momento que inicia la fiesta un viernes por la noche, entra un grupito de amigos que viene a relajarse y a iniciar a uno de los integrantes en el alcohol. Se trata de Valentina y Lucía: la primera quiere que su amiga del trabajo por fin decida tomarse algo ya que nunca en su vida ha probado el alcohol. La familia de Lucía siempre fue muy conservadora y nunca celebraron nada con champagne o vino. Siempre se servían de bebidas gaseosas o incluso de agua. Con ellas venían el novio de Valentina y un compañero de trabajo llamado Pedro. Pedro sí que salía mucho pero este no era su tipo de bar.
 Gus le sirvió un trago a Valentina, que de hecho era para Lucía y luego empezó a revisar su teléfono celular. Había demasiado ruido y obviamente no iba a llamar a nadie pero estaba esperando un correo electrónico que debía llegar por esos días. Era tonto, pero la gente no creía que Gus tuviera algún problema de dinero y la verdad era que su situación era delicada. Se había mudado a la gran ciudad para tener un mejor futuro pero apenas podía sobrevivir. Y estaba esperando ganarse una beca para estudiar en Australia, para así tener una mejor educación y tal vez tener la oportunidad de vivir en otro país donde le pagaran lo justo. Hacía unos tres años, él había estudiado química en la universidad pero simplemente no había podido ejercer y la prioridad ya no fue desarrollarse como persona sino ganar dinero y ahora quería cambiar eso.

 En la sala VIP, Alicia entraba con un grupo de cuatro personas que tenían cara de tener mucho dinero. Ella sabía leer no solo el lenguaje del cuerpo sino también darse cuenta que tipo de ropa usaba cada uno de los clientes que entraban a su área. Con esa información, podía saber que productos ofrecerle al cliente y como hacer que hiciera una pequeña inversión en el lugar. Con este grupo era fácil: dos parejitas de dinero. Les ofreció cocteles con ginebra y un plato de sushi para acompañar. Pero lo malo fue que rápidamente se dio cuenta que uno de los dos hombres no era precisamente agradable y su novia era su versión femenina. Nada les gustaba: pidieron cambio de mesa, un rollo diferente de sushi y cócteles con más pepino porque el de ellos estaban mal rayado.

 No era muy tarde y Raúl ya había barrido tres charcos de alcohol del piso y ahora estaba limpiando su trapero en la llave que había en el cuarto de servicio. Era el único lugar privada del lugar y le gustaba quedarse allí seguido. Cualquiera sabía que lo podía encontrar allí y el podía fumar su marihuana en paz, sin molestar ni ser molestado. Pero estaba apenas armando su cachito cuando una chica entró sin golpear. Su maquillaje estaba corrido y parecía haber estado llorando. Llevaba además los zapatos en la mano. No se dijeron nada. Ella solo se sentó y empezó llorar más fuerte y el siguió con lo que estaba haciendo, como si nada.

 Valentina miraba a Lucía con atención, percibiendo cada pequeño gesto que la mujer hacía mientras tomaba un sorbo de vodka. La mujer se sacudió un poco pero dijo que no sabía tan mal como ella pensaba. Valentina se emocionó por esto y empezó a tomar bastante, llegando a estar borracha en menos de una hora. Su novio estaba un poco apenado por esto y solo encontró a Pedro, el compañero de trabajo, para hablar. Lucía solo tomó una copa y luego se fue a casa, cuando se vio que Valentina no se daría cuenta de ello. Los chicos se quedaron cuidando a la chica y, a gritos, empezaron a conversar y a formar una amistad.

 Gus servía y servía tragos como si no hubiera un mañana. Pero cada que podía miraba su celular y rogaba para que hubiera alguna respuesta. Se emocionó por un momento cuando vio la lucecita prenderse y era solo uno de esos mensaje promocionales. Trató de distraerse, cosa que no era difícil porque muchos de sus clientes le decían piropos y querían tomarse foto con él solo por su aspecto. Augusto era un hombre muy guapo pero a veces se aburría de recibir tanta atención por lo mismo. La gente pensaba que solo le interesaba verse bien e ir al gimnasio y, por alguna razón, alimentarse sano. Muchas chicas le contaban lo que ellas hacía para mantenerse en forma pero a él eso la verdad era que no le importaba. En el momento solo rezaba en su mente para que su deseo se volviera realidad.

 A la décima queja del tipo y su novia, Alicia estaba más que cansada. Ya había tenido que cambiar virtualmente todo lo que había alrededor de esa gente y seguían molestando, como si no tuviera ella nadie más a quien atender. Así que cuando el tipo se quejó por el sabor del cóctel de su novia, Alicia le dijo que si lo deseaba podía buscar al administrador para que hablara con él. El tipo se puso a la defensiva y le dijo que era una grosera que no sabía atender a los clientes importantes pero ella le dijo que los clientes más importantes eran aquellos que se comportaban de manera ejemplar. Así que tan solo se retiró y fue a la oficina del administrador que resultaba ser su tío. Él zanjó el asunto cuando el tipo indignado dijo que pagaba y se iba por la mala atención y el tío de Alicia le aclaró que no podría volver al establecimiento.

 Raúl, cansado del chillar de la joven, le preguntó que era lo que la tenía tan mal. Le contó entonces que había descubierto hacía un par de minutos que su novio la había engañado con una de sus amigas. Raúl se rió y ella lloró más pero él le aclaró, para terminar el lloriqueo, que era una tontería que llorara por un hombre y, peor, un hombre estúpido. Le pasó el cachito terminado y lo encendió. Entonces siguió una larga conservación, sentados sobre baldes, acerca de cómo la gente espera demasiado de otros, incluso si ellos ya hubieran hecho algo similar en el pasado o lo harían sin pensar.

 Valentina se había quedado dormida y para su novio era ya hora de irse pero la verdad era que no quería. Hacía mucho tiempo no conversaba de manera tan agradable con nadie más y Pedro había resultado ser un tipo muy simpático y bastante versado en multitud de temas. Habían hablado de política, religión, asuntos sociales y demás y habían descubierto que sus opiniones eran similares pero no idénticas. Algo culpable, el novio de Valentina tuvo una idea: llamó al hermano de la muchacha y lo hizo recogerla y llevarla a casa. Él se quedó con Pedro y siguieron bebiendo y hablando y riendo hasta que el sitio cerró sus puertas.

 Gus tomó su chaqueta y cuando estaba a punto de salir asustó a clientes y otros empleados con un grito. Había ganado la beca y se iba para Australia. Sin pensar, besó a la chica que tenía más cerca y ella quedó más que contenta.
 La policía llegó pero no por una riña ni nada parecido sino porque el niño rico los había llamado reclamando violación de sus derechos. Alicia tuvo que explicar todo lo sucedido pero la policía obviamente no había venido a escucharla.

 Raúl y la joven llorona se quedaron hasta el cierre fumando el cachito y salieron contentos y como amigos. La sorpresa más grande fue cuando Raúl le dijo a la chica que la llevaría a casa pero que tenía que orinar primero. Al entrar al baño de hombres, oyó gemidos de placer pero los ignoró y salió del baño sin más. Nunca se dio cuenta que era Pedro y el novio de Valentina que se habían caído más que bien y habían descubierto algo más que tenían en común.