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miércoles, 26 de octubre de 2016

Modelo de...

   Desde siempre, lo llamaban para lo mismo. Ha pesar de tener una rutina bastante intensa de gimnasio, el trabajo para el que lo llamaban siempre era el mismo.  Se había esforzado por mucho tiempo para ser el mejor en lo que hacía, para poder presentar más de una cara de si mismo. Pero, por alguna razón, siempre lo contrataban para exactamente lo mismo. Como así era, trabajaba medio tiempo en un pequeño restaurante como ayudante de cocina pues esa era su profesión desde un comienzo, tiempo antes de intentar otros caminos.

 Raúl era inusualmente alto para el lugar donde había nacido y desde siempre la gente lo había mirado de manera diferente. No como si fuera un gigante ni nada parecido, sino porque sus movimientos eran algunas veces lentos y torpes. No era inusual que tuviese accidentes tontos con un frecuencia mucho más alta de lo normal. Lo único que hacía en esos casos era disculparse y tratar de que no sucediera de nuevo pero era bastante difícil evitarlo, en especial cuando muchas veces sentía que no tenía control sobre su cuerpo.

 Aunque la cocina había sido su primera pasión, la verdad era que hacía mucho tiempo había perdido el interés en ella. Al menos así había sido desde que, en un viaje al extranjero, un hombre lo había detenido para decirle que tenía pinta de modelo y que le encantaría tomarle algunas fotos para definir su perfil. En ese entonces viajaba con una novia a la que le pareció todo el encuentro muy gracioso y pensó que el hombre era o un charlatán o simplemente le estaba tomando del pelo a Raúl. Él fingió pensar lo mismo.

 La verdad era que la idea le había quedado sonando en la cabeza y por el resto del viaje estuvo mirando la tarjeta que el hombre le había dado. Al final, casi tenía el número memorizado. Pero no tuvo nunca un espacio de tiempo para poder ir a hablar con el hombre. Su ex estaba siempre encima de él, como si le diera miedo despegarse. Así que nunca fue a su cita con el hombre de la agencia de modelaje y su viaje terminó en una pelea por otra cosa con su novia. Poco después terminarían y una de las razones sería la poca fe de ella en él.

 Aunque se le daba bien lo de cortar y cocinar, desde ese viaje a Raúl se le había metido en la cabeza que sí podía ser modelo y que quería intentarlo pues sería un ingreso más de dinero que no le vendría nada mal. Eso era lo que se decía a si mismo pero la verdad era que quería saber si en verdad era tan guapo como para ser modelo. Nunca se había sentido especialmente atractivo y, aunque ahora se mataba en el gimnasio tres horas al día, no sentía que estuviese más cerca de su meta que cuando el tipo le ofreció su tarjeta la primera vez.

 Después de una búsqueda exhaustiva, Raúl decidió lanzarse e intentarlo. Buscó una agencia y pidió una cita. Tenía que pagar para que le tomaran fotos y lo consideraran, no era al revés. Ese día tuvo muchos nervios y se había asegurado de ejercitarse lo suficiente antes de asistir. Sus músculos estaban tensos y aún dolían del esfuerzo físico. EL fotógrafo no dijo nada al respecto. Las únicas veces que le dirigió la palabra fueron para decirle como posar, que hacer para la siguiente toma y nada más. Todo fue menos interesante y fascinante de lo que él esperaba.

 A la semana siguiente volvió para recoger sus fotos y para reunirse con un hombre que le diría cuales eran sus puntos fuertes y sus puntos débiles y si de hecho servía o no para el modelaje. Cuando llegó a la cita, se decepcionó mucho al ver que ya no hablaría con un hombre sino con una mujer. No era que Raúl fuese sexista ni nada por el estilo, sino que le intimidaba mucho más oír criticas de su físico de parte de una mujer que de un hombre. De alguna manera se sentía como si estuviese, una vez más, en una de sus relaciones fallidas.

 Sin embargo, la mujer no pudo ser más amable. Le comentó que en efecto su altura lo hacía bastante interesante para una gran variedad de proyectos, sobre todo en un país donde la gente era bastante pequeña. El inconveniente es que tendría que modelar ropa diseñada casi que para él o sino se vería como un tonto. Hablaron también de su físico y la mujer le confesó que aún le faltaba mucho por hacer en ese aspecto pero eso siempre se podía mejorar trabajando duro en el gimnasio con algo más de intensidad, lo que parecía ser casi imposible.

 Le dijo, además, algo que le pareció inusual y fue que sus manos y sus piernas eran ideales también para el modelaje. No eran excesivamente peludas y eran torneadas y bien definidas, con una piel suave y de un color bastante agradable que no era blanco pero tampoco de un moreno que no le quedara a su complexión. Le mostró varias de las fotos que le habían tomado para que viera lo que ella quería decir pero la verdad es que eso a Raúl le daba un poco lo mismo. Él lo que quería era ser modelo comercial y nada más.

 La reunión terminó con unas palabras de aliento y la entrega de las fotos. La mujer estaba segura que Raúl podía tener un futuro brillante en el mundo del modelaje si sabía aprovechar sus atributos y si se esforzaba mucho más en el trabajo de su cuerpo. Le dijo que enviaría copias de sus fotos a varios conocidos para ver si alguno de ellos estaría interesado en él como modelo. Al final le dio la mano y Raúl la estrechó con una sonrisa tensa: la verdad era que no sabía que pensar de la reunión.

 Días después, mientras cortaba montones de cebollas para la hora del almuerzo en el restaurante, Raúl recibió una llamada en su celular. Era la mujer de la academia que le contaba que un par de empresas estaban interesadas para trabajar con él. Raúl se emocionó bastante y la mujer le pidió que la visitara lo más pronto posible para contarle todos los detalles pues estaba algo ocupada y no podía contarlo todo por el teléfono. Él aceptó y casi no pudo dormir esa noche de la emoción. Parecía que su sueño estaba cada vez más cerca.

 Sin embargo, al otro día, su ánimo bajó de golpe cuando la mujer le explicó que el trabajo era para una empresa que hacía medias. Eran medias para todos los usos y le tomarían varias fotos. La paga era buena pero no increíble ni nada por el estilo. Ella le explicó que la mayoría de planos serían cerrados pero que era posible que un par de las fotos fueran para vallas y revistas, donde un cuerpo entero tenía mucho más sentido. Raúl lo pensó un momento pero la mujer lo convenció de que, para un primer trabajo, estaba mejor que bien.

  La sesión de fotos fue el fin de semana siguiente y Raúl se enamoró de todo lo que tenía que ver con el modelaje desde el primer momento. Le encantaban las luces, el sonido del obturador de la cámara y el silencio del fotógrafo con el que parecía establecer una conexión especial a la hora de posar. Eso sí, todas sus poses tenían que ver con sus piernas y con la gran variedad de medias que la empresa que lo había contratado hacía. Para las fotos, se puso todo ese día al menos unos cuarenta pares de medias, casi siempre sin zapatos.

 Fue divertida como primera experiencia y supuso que mucho más pasaría. Y así fue pero no de la manera en la que él lo estaba esperando. Lo primero es que la compañía de las medias lo siguió contratando con frecuencia pues estaban muy contentos con él. Siempre era para modelar en planos cerrados de sus piernas, pocas veces de cuerpo entero. Lo otro es que todas las ofertas que recibía eran para lo mismo o para zapatillas deportivas o zapatos de varios tipos. Pagaban muy bien y él aceptaba y se dejaba tomar todas las fotos pero su cara no aparecía en ninguna de ellas.


 En parte estaba orgulloso de si mismo pues había logrado convertirse en modelo y, al menos parcialmente, poder vivir de ello. Pero aumentar su rutina a cuatro horas diarias parecía no haber tenido efecto. Lo más cercano a su sueño fue cuando le tomaron una foto sin camiseta para unas zapatillas deportivas pero la foto nunca se publicó. En todo caso, siguió intentando pues sabía que lo tenía todo para triunfar. Había llegado hasta allí y nadie le iba a impedir seguir avanzando, no después de todo lo que había superado.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Paparazzi

   Trepado como estaba en el árbol, no podía tomar fotografías y al mismo tiempo contestar su celular. Cuando intentó hacer las dos cosas a la vez, la cámara fotográfica se le resbaló de la mano precipitándose al suelo. No se rompió en varios pedazos ni nada parecido. Pero la altura había sido suficiente para romper el lente por dentro. La cámara había quedado inservible. Además, no había podido contestar la llamada que no era nada más ni nada menos que una publicidad.

 Cuando llegó a casa, revisó la cámara por todos lados. A primera visa parecía solo raspada pero el daño interno era severo. Consultó con sus compañeros de trabajo y le dijeron que así ya no podía trabajar y que ojalá tuviese algo de dinero ahorrado para una emergencia de ese estilo. Lastimosamente, Mateo no había tenido mucho éxito con sus últimas fotografías. Por alguna razón siempre llegaba tarde a los lugares donde había famosos o sus fotos no eran elegidas por los tabloides.

 Así es: Mateo era un paparazzi, un cazador de las estrellas. Se dedicaba, todos los días de su vida, a perseguir a los famosos y a los que tenían algo que perder. Su cámara era como su brazo derecho: sin ella no había nada. Se había quedado sin su principal fuente de dinero y eso que siempre tenía problemas para pagar sus deudas. Además no era barato mantener una cámara como esa o tener que ir a todas partes persiguiendo gente. Parecía un trabajo fácil pero no lo era.

 Y eso era descontando el hecho de que había que pelear para que las publicaciones compraran las fotos. No era solo oprimir el obturador sino saber llegarles a ellos con fotos perfectas para utilizar en sus páginas diarias. El pedido que tenían era de locura y por eso el negocio había crecido tanto. Ahora con la cámaras de los celulares y cámaras casi profesionales que se podía cargar con facilidad, el mercado de las fotografías de los famosos estaba cada vez más abarrotado.

 Mateo verificó en su cuenta y todo estaba como ya lo sabía: no tenía dinero suficiente para un nuevo lente, mucho menos para toda una cámara nueva. Además había estado ahorrando para pagar por el préstamo de unos equipos especiales que había alquilado con la esperanza de así poder tomar mejores fotos, sobre todo en la noche y sobre las vallas de las casas de los famosos pero todo eso no había servido de nada.

 Ahora tenía que pagar esa deuda y ni siquiera tenía como utilizar nada de lo que le habían prestado. Desesperado, acudió a otros fotógrafos del medio pero ellos no estaban en una mucho mejor posición. No tenían cámaras para prestar y era obvio que si hubieran tenido igual no le hubieran dado nada. Él era competencia y era mejor si ya no estaba en el negocio.

 La cámara rota se quedó por varios días en su mesa de noche. La miraba todos los días, casi como una sesión de tortura para forzarse a encontrar una solución satisfactoria a sus problemas de dinero. Estaba tan desesperado que había decidido pedirle a varios conocidos que lo conectaran para hacer trabajos con equipos prestados o en cualquier otro trabajo que pudiese hacer mientras solucionaba la situación de la cámara.

 Tuvo que trabajar lavando platos en un restaurante elegante y eso le ayudó para terminar de pagar su deuda. Cada cierto rato debía salir a la calle a fumar para resistir las ganas de mandar todo a la mierda. Para Mateo era un trabajo que había dejado de hacer hace años y además ya se consideraba muy viejo para estar usando esa estúpida manguera para limpiar los platos y la esponja con mucho jabón. Era humillante pero era lo único que había para hacer.

 Mateo nunca había tenido la oportunidad de estudiar. Terminó la secundaria porque el colegio era gratis pero sus padres no tuvieron dinero para darle una carrera. Él trató de estudiar, pagándose todo él mismo, pero solo logró entrar un semestre y ni siquiera pudo terminarlo pues sus obligaciones y las clases se cruzaban con frecuencia y tenía que tener sus prioridades. Había querido estudiar fotografía para ser un artista pero le tocó usar su talento para tomar fotos de gente que muchas veces ni sabía quién era.

 Era una novia la que le había dado la idea un día en el que estaban en su casa y ella tenía una de esas revistas. Mateo supuso que a esos fotógrafos les tenían que pagar bien pues no eran fotografías permitidas y se exponían incluso a ciertos riesgos al tomar las fotos así que se puso a averiguar y pronto encontró varios fotógrafos que le aconsejaron que hacer. Fue cuando sus últimos ahorros se fueron a la cámara que hacía poco se había estampado contra el suelo.

 Lo otro que era frustrante del trabajo en el restaurante, era que mucha gente supuestamente famosa iba allí a que la vieran o a fingir que no querían que los vieran. Desde políticos de dudosa reputación hasta estrellas temporales del canto, muchas veces estaban allí y no faltaba el tonto que iba y les pedía el autógrafo. Mateo no entendía eso de la fama por no hacer nada pero sabía que era algo bueno para gente como él.

 Cuando pensó eso, se dio cuenta de que ya no era fotógrafo y se sintió bastante mal. Para compensarlo, trató de diseñar una manera de tomarles fotos a los artistas sin que se dieran cuenta. Tenía que ser con el celular. O al menos podría grabar sus voces y venderlo a alguno de esos portales en internet que seguro estarían interesados en algo así.

 Pero no hizo nada parecido. Estaba demasiado ocupado tratando de ganar dinero para pagar sus deudas y todavía pensaba que podía arreglar su cámara. Todas las noches la miraba y revisaba el lente y los espejos internos. Siempre terminaba frustrado porque sabía que el daño era demasiado grande y que no tenía como reemplazar nada de ello. Esa cámara le había proporcionado una buena vida. Tal vez no excelente pero había puesto comida en la mesa y le había proporcionado algunas emociones fuertes, lo que siempre era divertido.

 Con ella había tenido que correr detrás de automóviles en movimiento y detrás de parejas que fingían que no sabían que les tomaban fotos. No solo se había subido a los árboles sino también sobre muros e incluso se había disfrazado con barba postiza y toda la cosa para infiltrarse en lugares de los que lo habían echado pero siempre con las fotos a salvo en la tarjeta de memoria que nunca olvidaba de sacar antes de que nadie tuviese la oportunidad de borrarle las fotos.

 Fue entonces cuando cayó en cuenta de que no había revisado si la tarjeta de memoria también se había dañado o si al menos la podía conservar. No sabía que utilidad podría sacarle sin tener un cámara pero de seguro podría hacer algo con ella. Tal vez venderla o esperar a que en algunos meses pudiese tener una cámara más barata o algo por el estilo.

 Sacó la memoria de la cámara y la insertó en su portátil. La tarjeta no podía ser leída por el computador. Se pasó toda una noche, en la que debía descansar para estar alerta en su trabajo en la cocina, tratando de que su portátil leyera la memoria. Parecía que se había dañado de alguna manera porque antes siempre había funcionado a la perfección sin ninguna situación rara.

 Muy tarde en la noche, por fin, el portátil pudo leer la tarjeta por unos segundos. Mateo aprovechó para copiar las pocas imágenes guardadas a su computador antes de que la tarjeta de memoria fallara de nuevo. La mayoría eran fotos desenfocadas o borrosas. Definitivamente nada especial. Era unas cien que había tomado en apenas un par de minutos. Las revisó una a una, con una esperanza que rayaba en lo tonto.


 Y sin embargo, encontró lo que buscaba: una foto limpia, con una definición lo suficientemente buena. Era de la actriz que había estado vigilando y algo interesante se veía en la imagen: otra persona. Y su cara era inconfundible. En una milésima de segundo, había tomado una foto que le podría generar mucho dinero. Sin dudarlo, hizo copias y decidió no ir a trabajar a la mañana siguiente. Tenía algo que vender, la solución a sus problemas.

viernes, 1 de julio de 2016

Aromas y dolores

   El olor del lugar era penetrante, un aroma que contenía mucho otros, que despertaba los sentidos y hacía sentir cosquillas en todo el cuerpo. La tienda era pequeña pero el restaurante al fondo era mucho más grande. El local estaba ubicado en una de esas viejas casonas, por lo que la mayoría de mesas estaban ubicadas en un pequeño patio central donde la gente podía comer a la luz del sol, protegidos por una claraboya por si arrancaba a llover en cualquier momento.

 Mucha gente se daba cita en el lugar. Desde colegiales enamorados a miembros de grupos ilícitos. Claro, estos últimos iban bien vestidos y arreglados y solo sabía uno que habían estado allí cuando, días después, aparecían muertos en el periódico y uno se daba cuenta de quienes eran. También iba gente mayor a la que le encantaba el dulce y muchos turistas que pasaban por la zona y deseaban probar algo auténticamente nacional, el sabor local, por decirlo de alguna manera.

 Ese sabor no era uno, eran muchos, igual que los olores en el corredor que conectaba la tienda con el restaurante. A un lado de ese corredor, de uno cinco metros de largo por uno de ancho, estaba la cocina. Para poderla meter allí tuvieron que juntar dos habitaciones de la vieja casa, tumbando una pared que alguna vez había estado allí. Era el único cambio drástico hecho en la propiedad. De resto, todo era exactamente como en la época en la que la habían construido.

 Eso había sido, por lo menos, hace unos cien años. Pero el método de construcción había sido tan bueno, que solo tenían que hacer arreglos generales cada diez años o más. La casa había sido propiedad de una familia por mucho tiempo hasta que la línea de hijos se fue desvaneciendo hasta que el último la perdió en un evento que solo los visitantes más asiduos del restaurante conocían.

 Hacía unos veinte años, cuando la casa todavía era una de familia, un intruso se coló y mató con un cuchillo que encontró en la cocina a todos los habitantes de la casa. En ese momento, eran cinco las personas que vivían allí. A todas las había matado en la cama y, según decían, solo la última victima gritó pidiendo ayuda. El resto, al parecer, no tuvo ese lujo de darse cuenta de lo que estaba pasando.

 Los que conocían la historia, también sabían de los fantasmas que se suponía habitaban el recinto. Se decía que por las noches se oían los pasos del asesino por el pasillo y que algunas de las empleadas del restaurante encontraban a veces un cuchillo tirado en el piso, como sugiriendo el arma homicida. Otros decían que se veían a veces manchas de sangre de los muertos y otros que el aire se sentía pesado, como “respirado”.

 En todo caso, la mayoría de personas no sabían nada de eso. La única persona que compró la casa, a sabiendas de lo que había pasado, fue una mujer que por muchos años había sido vecina de la familia asesinada. Cuando le preguntaban sobre ellos, decía que su muerte había sido una tragedia pero que la verdad era que no eran las personas más agradables del mundo. Decía que el padre era un borracho y que le pegaba a su esposa casi todos los días.

 Además, muchos sabían que odiaba a su madre porque ella misma era vista en la puerta gritándole insultos a su propio hijo, cosa que en esa época a la gente le parecía muy divertido. Los otros habitantes de la casa eran los hijos de la pareja. Había una jovencita de unos dieciocho años, que todo el mundo decía ver con uno y otro chico por todos lados, y un niño pequeño de uno nueve años que se la pasaba solo en casa, con la abuela. Muchos le tenían lástima por la familia que le había tocado.

 La quinta muerta, contando a la abuela, era la esposa sufrida. Los propietarios de las tiendas en los alrededores juraban que siempre que la veían, la mujer tenían algún morado nuevo en el cuerpo, fuese en los brazos o en  la cara o en el cuello o se quejaba de algún dolor en las costillas o en las piernas. Era obvio lo que pasaba en su casa, incluso para aquellos que no eran chismosos como la gran mayoría. Pero, como casi toda la gente, en esa época nadie se metía en esos problemas.

 Ella jamás lo denunció e incluso amenazó a la policía cuando vinieron a llamar a su puerta una noche. Al parecer un vecino había denunciado ruidos molestos “que no dejaban dormir”. A pesar de ser obvio, nadie denunciaba violencia domestica para no meterse en problemas. Vinieron dos policías y les abrió la puerta el niño pequeño que estaba despierto casi siempre hasta tarde, escuchando los gritos de sus padres.

 Cuando la mujer se dio cuenta, o mejor dicho cuando estuvo libre del arranque de rabia de su marido esa noche, fue ella misma la que fue hasta la puerta y, golpeada como estaba, cogió la escoba y los echó gritándoles que se metieran en sus asuntos. Los policías trataron de hablar con ella pero la mujer solo los empujaba de su casa hasta que estuvieron afuera. Les cerró la puerta en la cara y la policía jamás volvió.

 Sí, se habían dado cuenta de lo que sucedía. Y también del niño prácticamente solo. Pero eran otros tiempos y dejaron que pasara porque era más sencillo así. Si la mujer no quería ayuda era cosa de ella y no había nada que pudiesen hacer para que obligarla. Otros denunciaron ruidos luego, pero nadie acudió al llamado.

 El caso es que después del asesinato una vecina adquirió la casa. Ella misma se encargó de revivir la casa después de años de estar mal cuidada por la familia que vivía allí. Pintó todas las paredes de nuevo, cambió los suelos y reformó el patio para que tuvieran un aire de jardín de verdad. Al comienzo pensaba en alquilar la casa para ganar dinero extra. Al fin y al cabo la compra de la casa y las reformas las había hecho con lo ganado en la lotería y sabía que era una buena inversión invertir en una propiedad.

 Pero fue alguien más quién le metió en la cabeza la posibilidad de hacer algo diferente con la casa. Solo eso. Y ella comenzó a imaginar muchas cosas. Su nombre era Rosana y era viuda desde hacía unos cinco años. Tenía más de cincuenta años y todavía no se acostumbraba a estar sola. Su marido siempre había sido su gran compañía y sus hijos ahora estaban lejos, en otros países, ya construyendo vidas propias.

 Fue cuando ganó la lotería que se dio cuenta que su vida no había terminado, que podía todavía cumplir muchos más de sus deseos. Y uno de esos deseos, desde siempre, había sido estudiar repostería. Era algo que le fascinaba y con lo que había experimentado bastante en sus días de ama de casa. Seguido les hacía galletas y pastelillos a sus hijos, experimentado sabores y productos. A veces les salían cosas muy buenas y otras, cosas que apenas se podían comer.

 Era algo muy divertido pero cuando compró la casa del asesinato nunca pensó que podría poner un negocio hasta alguien le dijo que una casa no solo podría ser usada para vivir. Investigó con conocidos y se dio cuenta que, en efecto, las casas de esa zona podían tener uso comercial con un permiso. De hecho, la zona se había convertido más variado y alegre desde los asesinatos. Daba la bienvenida a negocios nuevos y eso fue lo que la hizo decidirse.

 La inversión fue grande y tuvo que usar más dinero del ganado en la lotería pero Rosana estaba seguro de que iba a ser un éxito. Compró las máquinas necesarias, los muebles, las decoraciones y contrato solo a mujeres, casi todas madres solteras que necesitaban una oportunidad para salir adelante. A todas les contó la historia de la casa, pues no quería que salieran corriendo después de la apertura. Ninguna se fue.

 En frente venderían los productos que hacían para comer en el restaurante del fondo. Las habitaciones eran depósitos. Al comienzo fue difícil pero lentamente la gente fue conociendo el lugar y pronto se hizo famoso en casi toda la ciudad. Ella atendía la tienda en persona y le encantaba hablar con sus clientes sobre la elaboración de los postres y muchas otras cosas.


 La historia de la casa había cambiado totalmente. Pero todavía se cernía sobre ella un aire de misterio, como un sentimiento raro que no dejaba descansar a las pobres almas que hacía tanto habían muerto allí, de una manera tan horrible. Sin embargo, los mil aromas que salían de la cocina parecían desarmar todo eso tan horrible, y luchaban por recuperar un espacio de las manos mismas del mal.

miércoles, 29 de junio de 2016

Pulso

   Cuando la canción terminó, todos en el recinto aplaudimos. Había sido una de esas viejas canciones, como de los años veinte, y casi todo el mundo había bailado exactamente igual. Cuando cada uno volvió a su mesa, hubo risas causadas por los mordaces comentarios de la presentadora de la noche, la incomparable Miss Saigón. Era de baja estatura y tenía un maquillaje tan exagerado que era obvio que debajo de todas esas capas de pintura era una persona totalmente distinta. En todo caso, era uno de las “drag queens” más entretenidas que yo hubiese visto en mi vida. Para ser justos, no había conocido muchas.

 En la mesa, cada pareja hablaba por su lado de lo gracioso que había sido el concurso de baile. Ahora elegirían a los finalistas para hacer otra competencia más. Miss Saigón había amenazado con un desfile en traje de baño, como en los concursos de belleza. Todo el mundo había reído con el comentario pero nadie sabía si lo decía en serio. Lo más probable es que así fuera, pues en ese hotel todo se valía para entretener a los huéspedes. Y esa noche era una de las más importantes por ser el primer día de llamado “orgullo”.

 Lo siguiente fue un número musical de Miss Saigón. Se cambió de ropa y de maquillaje e hizo una actuación francamente excelente. Mientras la miraba, Tomás me puso la mano sobre la pierna y yo se la cogí, apretando ligeramente. Yo había sido el de la idea de tomar esas vacaciones. Había encontrado el plan en internet y me había llamado la atención el hotel, la belleza del entorno y su ubicación y todo lo que tenía que ver con entretenimiento. Tuve que convencer a Tomás porque él no era de ir a lugares exclusivos para hombres, no les gustaba mucho el concepto en general. Yo había sido igual pero ahora que éramos una pareja no me parece mala idea.

 Cuando aceptó, me alegré mucho y le prometí que serían las mejores vacaciones de nuestra vida. Eran nueve días en un paraíso tropical, con una habitación que se abría al mar como en las películas. Había sido un poco caro pero eso no importaba pues la idea era tener la mejor experiencia posible. Además, quería pasar un buen rato con él. Nunca habíamos viajado solos y creí que el momento era apropiado, cuando ya vivíamos juntos y todo parecía ser más estable.

 Miss Saigón paró de cantar y todos aplaudimos de nuevo, algunos incluso poniéndose de pie. Ella se inclinó varias veces y dijo que harían una pausa para que los asistentes pudiésemos disfrutar de la comida y la bebida. En efecto, habíamos comido poco por el espectáculo así que fuimos a servirnos del buffet, abarrotado de cosas deliciosas para comer. Tomás se sirvió casi todo lo que vio pero yo traté de cuidarme, para no arruinar la noche.

 Cuando terminamos de comer, que no fue mucho después, decidimos recomendar nuestros asientos a la pareja de al lado y nos fuimos a caminar por el borde de la playa que estaba justo al lado del recinto donde el espectáculo tenía lugar. Caminando hacia allí, vimos a Miss Saigón con un nuevo vestido y un plato en la mano. La saludamos y ella a nosotros. Cuando llegamos cerca del agua, propuse que nos quitáramos la ropa y nadáramos desnudos. Tomás me miró incrédulo y yo me reí. Me encantaba decir cosas así porque siempre creía todo lo que yo decía.

 Nos tomamos de la mano y hablamos de los primeros días en el hotel, que habían sido perfectos. El clima era cálido pero no demasiado, no ese calor pegajoso que da asco. Hacía buena brisa en las noches. Desde el primer momento nos habíamos divertido, pues era una experiencia muy distinta a las que cada uno había tenido por su lado. El hotel era bastante más grande de lo que habíamos pensado y había mucho más para hacer. Ya habíamos intentado bucear y habíamos ido a la playa principal donde todos usaban el último diseño en trajes de baño.

 Era obvio que muchos iban a que los vieran, incluso estando con sus parejas. Sin embargo, no todos iban con sus novios o esposos. Había muchos solteros también. Más de una vez se habían cruzado con alguno que les guiñaba el ojo o los saludaba mirándolos de arriba abajo y eso era muy extraño pero sabían como manejarlo si ocurría. Incluso se podía considerar una de esas particularidades graciosas del sitio, como el hecho de que no había una sola mujer a la vista. Incluso el personal del hotel, desde el equipo de limpieza a la gerencia, eran todos hombres.

 De la mano por la orilla, dejé las chanclas a un lado y él hizo lo mismo, para caminar mejor y poder mojarnos los pies. En un momento, Tomás me dio la vuelta y me tomó como si fuéramos a bailar. Terminamos en un abrazo estrecho en el que le podía sentir su corazón latir y su respiración que parecía más agitada de lo usual. No le pregunté nada al respecto porque pensé que de pronto estaba así por la comida o por el baila de antes. Mantuvimos el abrazo un buen rato.

 Escuchamos la potente voz de Miss Saigón y supimos que el espectáculo había comenzado de nuevo. Nos separamos y yo miré hacia el restaurante, para ver si la mayoría de la gente seguía allí. Le pregunté a Tomás si quería volver pero no me respondió. Cuando voltee a mirarlo, estaba arrodillado y tenía en una de sus manos una cajita negra con un anillo adentro. No supe que hacer ni que decir. Tomás empezó a decir muchas bonitas palabras. Sobre lo mucho que me amaba y me apreciaba. Y también como quería vivir el resto de sus días conmigo.

 No tuve que pensar en qué decir o que hacer porque mi sorpresa fue interrumpida de pronto. Al comienzo no pensé que fuera lo que era. Pensé que había sido algo en el sonido del espectáculo. Pero entonces Tomás se puso de pie y me tomó la mano con fuerza. Entonces escuchamos más sonidos y el ruido en el restaurante se calló de pronto. Caminamos hacía allí, para ver si sabían que pasaba pero cuando estábamos a punto de entrar, escuchamos un grito lejano. Venía del edificio del hotel, que estaba un poco más allá, pasando las piscinas y los jardines.

 Instintivamente, algunos de los huéspedes caminaron hacia allá para ver que pasaba. Miss Saigón trataba de calmar a la gente, todavía con el micrófono a la mano. Entonces hubo más ruido y esta vez estaba claro que se trataba de disparos. Se oyeron muy cerca y hubo más gritos. La gente en el restaurante se asustó y empezaron todos a correr, a esconderse en algún lado. Lo malo es que el restaurante quedaba en una pequeña península artificial, con el mar por alrededor, por lo que no había donde ir muy lejos para protegerse.

 Halé a Tomás hacia la parte trasera del restaurante. Como estábamos descalzos casi no hicimos ruido. Otros habían elegido el mismo lugar como escondite. Se seguían escuchando disparos y gritos. Uno de los huéspedes tenía el celular prendido, tratando de llamar. Pero su teléfono no parecía servir. Era obvio que era extranjero y de pronto por eso no salía su llamada. Marcaba frenéticamente y hablaba por lo bajo. Paró en seco cuando hubo más disparos y se fueron mucho más cerca que antes, incluso rompiendo uno de los vidrios del recinto.

 Más y más disparos y más gritos. Parecían ser muchos los invasores pues se oía gente gritar por todos lados. Yo no podía pensar en nada más sino en Tomás. Por eso le apreté la mano y le jalé un poco para que se diera cuenta de lo que yo quería hacer: nadar. Frente al hotel no había océano abierto. Era como un canal amplio. Del otro lado había una isla en la que había más hoteles y lugares turísticos. No estaba precisamente cerca pero tampoco muy lejos. Se podían ver las luces desde donde nos escondíamos. Al escuchar gritos cercanos, me hizo caso.

 Hicimos mucho ruido al entrar al agua. Nadamos poco cuando sentimos el ruido de los disparos casi encima. La gente gritaba muy cerca y los invasores también decían cosas pero yo no podía entender que era. Nadé lo mejor que pude y lo mismo hizo Tomás. De pronto sentí una luz encima y empezaron a dispararnos. El pánico se apoderó de mi y por eso aceleré, nadé como nunca antes, esforzando mi cuerpo al máximo. Después de un rato, dejaron de disparar.


  Las luces del hotel ya estaban cerca y entonces me detuve y me di cuenta que Tomás estaba más atrás. Fui hacia él y lo halé como pude hasta la orilla, donde no había nada ni nada, solo una débil luz roja, como de adorno. Pude ver que Tomás tenía heridas en las piernas y una en la espalda. Había sangre por todos lados. Le tomé el pulso y me di cuenta que era muy débil. Entonces grité. Creo que me lastimé la garganta haciéndolo pero no paré hasta que alguien llegó. Le tomé el pulso de nuevo y no lo sentí.