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miércoles, 17 de agosto de 2016

Gimnasia

   Eran pasadas las once de la noche y Javier seguía practicando una y otra vez. A veces solo se detenía para tomar algo de agua y ajustar algo en uno de los aparatos. Pero al rato siempre seguía, como si tuviera energía para toda la vida. Era probable que la tuviese pues muy pocos chicos de su edad eran capaces de tener tanta disciplina por si mismos. En el lugar solo estaba él, su entrenador se había ido hace varias horas y él había mentido al decir que se iba a quedar solo un rato más para pulir su presentación en barras asimétricas.

 Fue casi a medianoche que sus padres vinieron a recogerlo. Era la hora que él  les había dicho y ellos no habían puesto en duda su sinceridad. Quisieron preguntar donde estaba el entrenador pero él fue más rápido y les preguntó sobre su día y sobre que había en casa para cenar. Era una pregunta algo tonta pues no importaba mucho qué había de cena cuando él tenía que permanecer en una dieta muy estricta que no le dejaba subir calorías en ningún momento.

 En el coche de camino a casa, Javier pensaba que tal vez era mejor decirle a alguien que había estado entrenando solo, que tal vez se había estado esforzando más allá de lo que tenía sentido. De pronto lo mejor era parar un poco y ser un joven normal al menos por un tiempo. Hacía mucho que no lo era, que no abrazaba a sus padres o que no les agradecía el trabajo tan difícil que era tener un hijo gimnasta.

 Nunca llegó a agradecerles. En una de las intersecciones, un automóvil manejado por un borracho se pasó la luz roja y embistió el vehículo de la familia de Javier con tanta fuerza que fueron a dar varias metros hacia el otro lado. Los bomberos y las ambulancias no demoraron. Sacaron primero a Javier y luego a sus padres y pocos minutos después solo quedaba el retorcido esqueleto del vehículo y nada más.

 En el hospital, a Javier le habían inducido a dormir. De puro milagro no se había rato nada y solo tenía raspones y moretones por todos lados. Le habían puesto algo para dormir porque necesitaban revisarlo a fondo y no tenían tiempo de ver que opinaba del asunto. Los exámenes fueron positivos: Javier estaba en óptimas condiciones físicas a pesar del accidente. Lo dejaron dormir hasta el otro día.

 Ese día siguiente fue uno de los peores de su vida. Apenas estuvo algo consciente, le informaron que su madre había muerto en el accidente. Habían tratado de revivirla pero había sido imposible. Su padre estaba en estado critico, pues el coche había embestido por su lado. Mínimo quedaría sin el uso de sus piernas pero eso era asumiendo que saliera del estado en el que estaba.

 Dos semanas después, todavía algo drogado para no sentir demasiado, Javier enterraba a sus padres. Lo acompañaban familiares, algunos amigos y su entrenador. Esa era la única figura paterna que le quedaba pues su padre no había aguantado las operaciones y había muerto poco después de que a Javier le informaran lo de su madre. Estaba solo en el mundo y, cuando fue capaz de comprender lo que pasaba, quiso salir corriendo o no hacer nada más en la vida que quedarse en la cama llorando y si acaso comer cada mucho tiempo.

 La verdad era que Javier se culpaba, al menos parcialmente, por el accidente. Según lo que él pensaba, sus padres no hubiesen muerto de haber venido por él a la verdadera hora de finalización del entrenamiento. Si el no hubiese estado obsesionado con ganar la próxima competencia, no hubiese pasado nada y tal vez el borracho jamás hubiese terminado con una familia en una sola noche.

 Su entrenador quiso distraerlo y le recordó que había estado entrenando y que podía tratar de ganar de todas maneras. Pero Javier no estaba de humor para eso. No solo porque el esfuerzo de la mente para estar mejor lo dejaba exhausto, mucho más que los ejercicios en aparatos, sino porque su cuerpo estaba muy débil. Era como si los músculos se le hubiesen aflojado de pronto. No tenía fuerza para levantar una taza de café o el periódico. Estaba muy débil.

 Su entrenador comprendió y le dijo que perder esa competencia, o mejor dicho no concursar, no tenía nada grave. Pero necesitaba que Javier recordara que había estado entrenando para calificar a los Olímpicos. Eso era algo grande, un suceso tan enorme que no podían dejarlo de lado así como así. El entrenador Blanco dejó que Javier hiciese el luto que quisiera pero le ordenó, así tal cual, que volviera a entrenamiento en un mes.

 El chico aceptó pero la verdad no había estado poniendo mucha atención. En su mente solo estaban sus padres y las recetas que les gustaba hacer para él, cuando tenía competencias. Desde pequeño habían estado apoyándolo, aplaudiendo cada uno de sus logros y dándole lo mejor de si mismo para que él creciera y se convirtiera en un hombre respetable, con una moralidad intachable.

 Javier lloraba siempre que recordaba eso porque su moralidad era todo menos intachable. No solo se empujaba demasiado fuerte en su deporte, también era competitivo y muchas veces buscaba destruir los sueños de los demás. Ahora ya sentía como se sentía aquello y no le deseaba nada parecido ni a su peor enemigo.

 Durante su mes libre, Javier tuvo cada día para pensar. Se levantaba muy temprano siempre, como si todavía tuviera que ir a practicar, y desde las horas de la mañana trataba de lidiar con vivir una vida normal. El hogar en el que vivía ahora era suyo con todo lo que tenía adentro más algo de dinero que no eran millones y millones pero era más que suficiente para una vida tranquila. Sabía además que había que ahorrar y lo mismo iba con lo que ganar en su profesión.

 Le gustaba quedarse en casa y revisar los álbumes de fotos y elegir de entre ellas las que más le gustaban. Esas las ponía en un tablero en su cuarto y las miraba siempre que se sintiera demasiado agobiado por todo. Miraba las fotos de sus padres, jóvenes, con un bebé que aprendía a caminar o que andaba desnudo por la casa. Ese era él.

 No tiró nada de ellos hasta que algunos amigos le aconsejaron que lo mejor era tirar la ropa que no fuese a guardar pues le podían servir a otra gente con necesidades urgentes en cuanto a la vestimenta. Eligió un par de prendas de cada uno de sus padres y todo el resto lo pudo en cajas para regalar. Nunca pensó que le afectaría tanto pero la verdad era difícil ver todos esos pedazos de tela que contaban tantas historias, amontonándose allí como si no hubiesen sido parte esencial de su vida.

 Le aconsejaron también ir a un terapeuta o, mejor dicho, a un psicólogo pero Javier no pasó de la primera cita. Esos lugares no eran para él: se sentía siempre demasiado desprotegido y aunque la mujer decía que podía confiar en ella, la verdad era que no se conocían y que no había sentido en confiar en alguien que no conocía de nada. No podía oírla hablar de sus padres como si  los conociera ni tampoco de su profesión como si en verdad supiese algo al respecto.

 Al mes volvió al entrenamiento y tuvo que trabajar como si hubiera dejado de ejercitarse por varios años. El dolor de la perdida se había traducido en dolor físico y no había ahora ejercicio que no le infligiera un dolor muy alto. Pero no importaba. Se concentró lo mejor que pudo en los concursos, mejorando al nivel que tenía antes e incluso más. Fue casi un año después cuando pudo lograr el cupo para los Olímpicos.


 Visitó la tumba de sus padres pocos días ante de viajar a la ciudad donde sería la competencia. Les contó a sus padres varios detalles de la competencia, cosas graciosas y otras personales. Se detuvo un momento, pues la culpa seguía allí, pequeña pero insistente. Sin embargo, continuó entrenando de la manera más estricta y les dedicó a sus padres cada una de sus victorias pasadas y futuras.

viernes, 6 de mayo de 2016

La masajista

   Con toda la fuerza de la que era capaz, Lina recorría de arriba a bajo las piernas del hombre que yacía sobre su camilla. El hombre a veces hacía unos sonidos extraños, como de placer, pero ella solo los ignoraba y seguía adelante con su trabajo. Nunca había sido difícil ser masajista y muchos clientes creían que tenían el derecho de pedir más o, al contrario, de pagar menos porque era más barato para ellos que ir a un doctor y hacerse exámenes o incluso ir a un gimnasio y hacer deporte.

 Lo había visto todo: había tenido en la mesa a mujeres que no se callaban, que le contaban toda su vida en la hora que tenían para el masaje. También había hombres parlanchines pero la diferencia solía ser que los hombres terminaban con una erección y las mujeres no. Tenía varios clientes que eran señores y señoras mayores y, aunque parecía difícil de creer, eran sus clientes favoritos. Jamás se quejaban tanto como los otros, no solía haber problemas con lo emocionados que se ponían y hablaban poco.

 Eso sí, había recibido varios pellizcos o palmadas en el trasero de parte de esos ancianos que solo querían recordar como se sentía el cuerpo de una mujer. Pero Lina lo manejaba muy bien: les decía que si la tocaban les subía el precio del masaje y no volvería a sus casas. Obviamente los señores mayores se comportaban después de eso aunque siempre volvían a las andadas porque así eran las cosas. Suponía que vivían tan aburridos con todo, que preferían meterse en problemas que no tener nada.

 El caso es que tenía todo tipo de clientes y trataba de mantenerse ocupada. Por muchos años, Lina se había entrenado para ser enfermera profesional. Pero cuando llegó el último semestre de la carrera, no pudo pagarlo. No tenía un solo billete para pagar nada y todo era porque estaba sola en el mundo. Siempre había tenido que trabajar para pagarse sus cosas y en ese momento todo le estaba yendo  tan mal que debió pagar varias deudas y no quedó nada para su educación.

 Fue por ese tiempo que una amiga le sugirió lo de los masajes. Consiguieron a alguien que tuviese la mesa y se la alquilaban. Luego, se hicieron propaganda por todos los gimnasios, centro de recreación, casas de la tercera edad y demás para ganar clientela. Y le funcionó todo a la perfección. Tanto, que pudo comprar su propia mesa y terminar de pagar las cuotas del automóvil que tenía para transportarse a las casas u oficinas de sus clientes.

 Sin embargo, nunca volvió a pensar en terminar su carrera. No era algo difícil, podía retomarlo cuando quisiera. Pero simplemente vivía ahora muy ocupada y no tendría tiempo de estudiar a conciencia y ganar dinero. En su vida era o una cosa o la otra, jamás las dos. Y prefería sobrevivir.

 Curiosamente, tuvo una clienta un día que le preguntaba más de lo que le contaba. Al parecer estaba fascinada con la idea de una mujer que masajeaba gente a domicilio y que no le daba miedo lo que pudiese pasar. En ese momento a Lina le dio autentico susto, porque nunca se había puesto a pensar que alguien malo le pudiese pasar. Era cierto que iba a las casas de muchas personas y, en numerosas ocasiones, esas personas parecían estar solas. Pero jamás se le había ocurrido desconfiar de nadie. A muchos los conocía ya de varias citas y no hubiese tenido sentido tenerles miedo.

 Sin embargo, le contó a la curiosa mujer la vez que un hombre de unos cincuenta años aprovechó un minuto en el que ella tuvo que buscar un aceite especial en su mochila de accesorios, para quitarse la toalla y ponerse de pie a un lado de la mesa de masajes. Ella soltó el aceite del susto y la botellita, aunque de plástico, se abrió del golpe  voló aceite por todos lados. El hombre tenía una erección notable y había querido “mostrarla” pero cuando el aceite estalló, se cubrió rápidamente y se plantó en no pagar el masaje, que iba casi a terminar.

 A Lina el aceite que había en el piso, que era bastante caro, no le importó nada al lado del reclamo del hombre. Pero en la oficina donde estaba, no había nadie pues era la hora del almuerzo y no quedaba nadie que pudiese apoyarla. Entonces tuvo que irse sin dinero y con un aceite menos para su trabajo. Eso sí, no limpió nada y tuvo una idea antes de irse: como el hombre había corrido al baño a cambiarse, ella aprovechó su salida para tomar un poco del aceite y echarlo encima de unos papeles que tenía en el escritorio. Se fue antes de que volviera.

 La mujer en la mesa de masajes rió bastante con la anécdota y le preguntó si era frecuente que le pasaran cosas así, extrañas. Lina le dijo que no era algo poco común y que seguramente era igual que cuando había hecho sus cursos preparativos para ser enfermera. Mejor dicho, había alcanzado a hacer algunas prácticas en hospitales pero jamás había completado las horas por las falta de dinero y luego de tiempo. La mujer le preguntó que cosas extrañas le habían pasado entonces.

 Lina le contó la historia de un chico, universitario por lo que se veía, que había llegado una noche con los ojos muy rojos al hospital. Ella estaba allí solo para ver lo que hacían las enfermeras profesionales y para tomar notas y hacer preguntas. Al chico lo acostaron en una camilla y no era difícil ver que había fumado marihuana, pero había algo más. Parecía resistir un dolor pero no era capaz de decir que era lo que le pasaba. A veces le salían lagrimas pero no hablaba. Lina se dio cuenta que era por vergüenza.

 Le hicieron rayos X y pudieron ver que el chico tenía una verdura, tal vez un pepino o algo así, metido en el trasero. Cuando las enfermeras en entrenamiento vieron la imagen, se echaron a reír pero la enfermera que cuidaba de ellas, con varios años de experiencia, les dijo que no era algo poco común. Sacar la verdura era fácil pero lo difícil era manejar al paciente y su vergüenza. La clienta le preguntó a Lina que pasó luego pero ella solo recordaba haber hablado un rato con el chico para tratar de que no se concentrara en lo mal que se sentía.

 La mujer le dijo a Lina que sería buena enfermera, pues eran las que  estaban más cerca de los pacientes y podían escuchar mejor sus dudas o afirmaciones o simplemente darse cuenta con más rapidez de lo que les pasaba. Ella no supo si era un cumplido, por lo que sonrió y terminó el masaje en unos minutos. Cuando salió de allí, la mujer la siguió al coche y le dio su tarjeta: le dijo que podría llamarla cando quisiera, si lo deseaba. Para ella sería más que interesante saber más de su historia.

 Leyendo la tarjeta, Lina se enteró que la mujer llamada Jimena, era periodista. De eso se dio cuenta ya en casa y le pareció curioso que una periodista quisiera hablarle a ella o, por lo visto, saber como era el mundo de los masajes y demás. Pero no la volvió a ver hasta mucho después. Su prioridad era seguir trabajando porque las deudas no esperaban a que la gente las pagara.

 Ella no tenía una casa propia ni nada así, por lo que tenía que pagar un arriendo. Además de eso, estaban los servicios en su domicilio y además la comida que muchas veces ni cocinaba. La cantidad de clientes que tenía a veces, le hacían llegar muy tarde a su casa y para esas horas ya estaba exhausta y no tenía ganas de nada. Si acaso se comía un pedazo de pan con algo o algún producto que pudiese meter en el microondas y estuviese listo en menos de cinco minutos.

 Cuando la llamó Jimena, no le reconoció la voz. Ella solo se rió y le recordó que tenía su número por lo de los masajes. Sin embargo, la llamaba para hacerle una propuesta. La invitó a cenar a un restaurante, a una hora en la que Lina normalmente no tenía muchos clientes, y le propuso hacer una entrevista sobre ella para la revista que trabajaba. Pensaba que muchos estarían interesados en la vida de una masajista, un trabajo poco común.

 Lina no estaba muy segura de si quería hacerlo o no. Jimena le aseguró que lo único que necesitaba era poder ir con ella a algunas citas con clientes para ver como trabajaba y tener al menos tres citas con ella para hablar y preguntar un poco de todo. Le pagaría por todo ese tiempo y además otra vez cuando publicaran el articulo.

 La masajista dudó un momento. No sabía que decir porque era un interés que nadie había mostrado nunca. Sin embargo, el pago por la entrevista publicada sería casi un extra y podría apartarlo para por fin ahorrar un poco. Pensó en como podría organizarse y Jimena interrumpió su pensamiento y le dijo que no había nada de que preocuparse. Todo sería pagado y sería divertido y ¿que mejor que pasar un rato distinto, haciendo algo diferente?


 Lina aceptó. Necesitaba un cambio en su vida y tal vez el que necesitaba empezaba con una entrevista.

sábado, 30 de enero de 2016

El cuento de Xan Xi

   El caballo galopaba casi sin toca el suelo. Verlo a semejante velocidad era increíble, con su piel negra como la noche y su crin larga y suave al tacto. No era como los demás caballos que usaba la corte para su uso personal y eso era porque no había sido criado por los hombres que manejaban el estable. Este caballo, apodado Bruma, era la propiedad de una princesa. Y no de cualquier princesa, sino de Lady Xan Xi. Al oír su nombre, en cualquiera de los rincones del reino, la gente sabía de quién se estaba hablando cuando se referían a ella. Había historias, como la del caballo, o como la de cómo había estrangulado a una serpiente que había entrado en su cuna cuando era solo una bebé.

 Xan Xi era la hija de uno de los hombres más poderosos de la región sur y por eso nadie se oponía a nada de lo que ella dijera y era más respetada que muchos de los hombres más valientes del reino. Esto era por su presencia, que desde niña había sido imponente a pesar de su corta estatura. Desde los siete años había empezado a entrenar a Bruma y ahora que habían pasado diez años de esos días, los dos eran un equipo bien aceitado y listo para cualquier misión.

 Sin embargo, sus padre y los demás hombres todavía la consideraban solo una mujer, una muy fuerte de carácter y con convicciones sólidas pero una mujer de todas maneras. Cuando quiso entrenar para usar la espada se lo impidieron y tuvo que ella aprender en privado, lejos de la vista de cualquier miembro de su familia. Solo una de sus doncellas sabía que Xan Xi era versada en el arte de los puñales, armas peligrosas pero elegantes.

 El peor momento para la joven princesa fue el anuncio de su compromiso con un príncipe que ni siquiera conocía. Él era de la región norte, un lugar metido en montañas nevadas y valles abruptos. Ella de eso no sabía nada pues en los veranos siempre iba a la playa y la región sur de montañas no sabía mucho, solo una que otra colina solitaria. La idea de casarse la mantenía despierta en la noche y decidió no fingir alegría por el evento. Ella solo quería estar sola, disfrutar estar sola y seguir haciendo lo que le gustaba. Los hombres eran controladores y sabía que la mayoría de ellos le impedirían ser feliz.

 No planearía nunca escapar de su compromiso, pues hacerlo deshonraría a su familia y a si misma. Ella quería casarse, pero no en ese momento, no tan joven y sin haber vivido apenas. Quería saber más de todo para así ser una esposa más completa y no solo estar con su marido sino saber como apoyarlo y ser prácticamente un equipo. Creía que eso podía pasar pero a veces veía su mundo a los ojos y se daba cuenta que lo que soñaba era casi imposible.

 Su madre estaba feliz arreglando todo lo debido para el matrimonio que, según la tradición, debía celebrarse en casa de la novia. Es decir que su prometido, fuese quien fuese, debía viajar por largo tiempo para casarse y al día siguiente viajar de vuelta a su región pues la tradición también decía que los matrimonios debían desarrollarse en la región del novio. Así que todo era dar muchas vueltas, estar juntos casi por obligación más que por convicción de cada uno. A Xan Xi no le gustaba sentirse obligada.

 En las noches, después de ir con su madre a comprar telas para los vestidos que iba a usar en su boda y de ver miles de arreglos florales, practicaba con vehemencia su lanzamiento de dagas con la única compañía de su doncella, que siempre tenía miedo de que alguien las descubriera. Pero eso no iba a pasar porque nadie irrumpía así como así en los cuartos de una princesa. En eso las reglas y tradiciones iban a su favor y había ocasiones, pocas eso sí, en las que se sentía baja por utilizar su herencia a su favor.

 Con frecuencia le pedía a su padre que la dejara salir con Bruma de la casa, que era enorme, para poder conocer mejor la ciudad y sus alrededores. Era increíble, pero a pesar de haber vivido toda su vida allí, poco conocía de la gente y de las costumbres que ellos tenían, que debían ser más flexibles. Su padre siempre se negaba, diciéndole que para eso tenían un jardín amplio, para que su caballo lo pateara todo si quisiera y allí entrenara lo debido. Además le recordaba que ejercitar demasiado podría ser malo para ella, por ser mujer.

 Ese día solo se sentó al solo en el jardín y alimentó zanahorias a Bruma. Él la miraba con lo que ella creía era lástima y eso era ya demasiado. Miraba los muros a su alrededor y se daba cuenta de que toda su vida estaría encerrada entre cuatro paredes, fuese protegida por sus padres o por un marido que seguramente jamás llegaría a conocer bien, como al pueblo donde vivía o a sus mismos padres, a quienes veía poco para ser una princesa tan respetada y conocida, más que todo por aquellas pinturas que hacían de ella en los veranos.

 Se alegró una noche que su doncella, más temblorosa que de costumbre, le trajo una cajita pequeña y le dijo que eran un regalo traído de tierras lejanas, algo que seguramente a ella le gustaría. Por un momento pensé que se trataba de algo relacionado a la boda pero resultó ser un conjunto de cinco estrellas hechas de metal, todas afiladas tan bien que cortó uno de sus dedos al apreciarlas. Su doncella envolvió el dedo en tela y se apuró a traer algo con que curarla pero cuando ya estaba afuera gritó y la joven supo que debía esconder su regalo rápidamente, pues algo sucedía. El pedazo de tela en su dedo se iba manchando más y más de sangre sin ella darse cuenta.

 Salió de la habitación y vio que su doncella estaba en el piso. En la entrada había un caballo pardo, cubierto de sangre que no era suya. En el suelo un hombre moribundo en los brazos de su doncella. La mujer lloraba y trataba de hablar con el hombre que solo pudo decir una frase antes de cerrar los ojos para siempre: “Su prometido a muerto”.

 Xan Xi no podía creer lo que escuchaba. No entendía si lo había entendido bien o si había oído algo que quería escuchar. Pero el hombre ya estaba muerto y no había más que hacer. Mientras ella reaccionaba, la doncella gritó por todos lados y pronto muchas más personas estuvieron allí. Su padre envío mensajes a todos los rincones del reino para saber que sucedía y la respuesta definitiva llegó la mañana siguiente: en efecto el prometido de Xan Xi había muerto. Pero había sido a manos de un clan inconforme que decía tener posesión de la buena parte de la región norte. Era la guerra.

 La palabra hizo llorar a su madre y a su padre lo cubrió un halo de tristeza extraño. Estaba claro que no quería pelear ni derramamiento de sangre pero ya era muy tarde para eso. Ordenó organizar un grupo de hombres en la ciudad y trataría con otros señores de organizar un ejercito del sur. Tratarían de convencer a las otras regiones de unirse y tomar por la fuerza el orden en el norte e imponer la paz a cualquier costo. Desde ese día se vieron más y más hombre en la casa, yendo y viniendo con armas y caballos e incluso explosivos.

 La joven aprovechó el caos para escabullirse a la ciudad y allí se dio cuenta del caos reinante: la gente estaba tan asustada que no le importaba quién era ella. Nadie pareció reconocerla o no les importaba ya, se oían rumores de cabezas cortadas por los rebeldes y de incursiones en más territorios. En casa, su padre aseguraba a los demás que la única oportunidad real era tomando el palacio del norte pero al ser una fortaleza no tendrían oportunidad.

 Ella lo oía todo escondida, casi sin respirar. Pero tuvo que salir y revelarse cuando un consejero le dijo a su padre que solo un lugar tenía planos detallados del lugar y ese era el monasterio del mar del Este. El arquitecto de la fortaleza se había retirado allí cuando viejo y los monjes habían heredado todas sus pertenencias al morir, incluyendo mapas, planos y dibujos. El problema era que los monjes estaban cerrados al mundo y no dejaban entrar a nadie, ni mensajes.

 Entonces Xan Xi, sorprendiéndolos a todos, y le pidió a su padre que la dejara ir al monasterio a hablar con los monjes. Después de todo ella era una mujer conocedora de las escrituras y podría convencerlos de darle uno de los planos, que ella podría entregarle a su padre a medio camino hacia el norte.

 Él se negó pero ella lo único que hizo fue coger de la mesa un abrecartas y lanzarlo a una pared, donde quedó clavado justo en su pequeña imagen, en un cuadro hecho hacía años. Le pidió a su padre que la dejara hacer su parte por la nación, para honrar a su familia. Creyéndola acongojada por la muerte del prometido, viendo el fuego en sus ojos y sabiendo que ningún hombre entraría nunca a un lugar tan sagrado como ese lejano templo, el padre finalmente decidió aceptar.


 Así fue que la princesa Xan Xi montó en su corcel y se dirigió a todo galope al monasterio del Este, un lugar remoto entre montes de forma extraña y el olor del mar. Y en su caballo la joven alegre pero segura de su fuerza y habilidad, lista para hacer que su padre y su nación se sintiesen orgullosos de tener una mujer de su calibre entre ellos.

viernes, 9 de enero de 2015

Calamar

   Fred, el calamar, era el animal más popular del acuario. Antes de su nacimiento, la gente venía a ver los grandes tiburones blancos o los graciosos pingüinos, pero rápidamente se convirtió en el centro de atención. Esto a causa de dos factores principales: Fred era sujeto de pruebas bastante seguido y había comprado como los calamares, como los pulpos, poseían memoria y la habilidad de manejar objetos. Lo segundo, era más interesante.

Adelaida, quien recibía el apodo de Laila de muchos de sus amigos, era una de las encargadas de alimentar a los animales, incluso a los tiburones. En ese tanque no se sumergían, por obvias razones, pero en todos los demás buceaban para alimentar de la mano a las grandes cantidades de animales que vivían en los varios ambientes marinos que había en existencia.

Uno de los muchos tanques era el hogar de pulpos, calamares y varios tipos de peces que los acompañaban. Para sorpresa de muchos, los calamares no eran tan tímidos como los pulpos pero tampoco se acercaban mucho a los seres humanos, a menos que fuera para dispararles tinta. Eso fue hasta que apareció Fred, que desde su nacimiento pareció mostrar cierto interés por los seres de dos pies.

El pequeño animal no solo se acercaba a los buceadores que en ese momento estuvieran en el tanque, que no era muy grande que digamos, sino que también solía mantenerse cerca del vidrio del tanque, tratando de observar a quienes lo veían desde afuera. Esto le encantaba a la gente ya que sentían que el pequeño Fred, bautizado a través de una encuesta por internet, era el más inteligente de los muchos seres que habitaban el acuario.

Siendo un calamar, Fred no podía en verdad verlos. Su ojo no estaba adaptado para ello. Pero sin embargo hacía lo que hacía y todos lo querían por ello. Laila lo adoraba y siempre dejaba su cuidado para lo último, cuando podía tomarse algo más de tiempo para jugar con el cefalópodo. La joven hubiera jurado que si Fred fuera un ser humano, sería amante de las bromas y del juego. Siempre nadaban el uno tras el otro hasta que llegaba la hora en la que Adelaida debía cambiar de tarea.

Fred creció hasta ser del tamaño de un niño humano pequeño, sin contar sus tentáculos más largos que se arrastraban con elegancia detrás de él. En el tiempo que demoró en crecer hasta su máxima expresión, Fred se fue convirtiendo en la estrella del acuario. La gente hacía donaciones gracias a los videos que había de él en internet, casi siempre jugando con Laila. La gente lo adoraba y le parecía extremadamente interesante ver un ser diferente a los de siempre ser la estrella del show.

Y, de hecho, cuando fue más grande, Fred sí que se convirtió en el centro de atención. Dada su popularidad, la directiva del acuario construyó un nuevo tanque, igual de grande al de Fred y los demás calamares, pero este solo para un propósito especial: que el calamar tuviera su propio espectáculo y sería nadie más ni nadie menos que Laila la persona que lo acompañaría.

Mientras construían el tanque, la joven buceadora tuvo que entrenar a Fred para hacer trucos simples, nada que tuviera que ver con lo que hacían otros con ballenas o delfines. Con un calamar había que empezar en lo básico, ya que nadie nunca había tratado de entrenar una de esas criaturas. Para sorpresa de Laila, hacerlo pasar por obstáculos simples fue algo bastante fácil. Ya más complicado fue hacer que Fred entendiera órdenes. Eso era sustancialmente más complicado ya que, aunque estaba comprobado que los cefalópodos podían aprender, nadie sabía que tipo lenguaje sería el más apropiado.

Laila intentó con formas y con colores, con ayuda de carnada para atraer a Fred y con sonidos. Pero nada de eso parecía funcionar del todo. Laila siempre había amado su trabajo por ser simple, en el sentido que no tenía las preocupaciones que alguien con un trabajo de oficinas seguramente sí tenía. Pero ahora este reto la enfrentaba por primera vez con la sensación de no tener una salida, de no tener una respuesta clara.

Aunque siguió intentando por varios meses, al fin de todo decidió que no había manera de hacer que Fred hiciese lo que ella quería. Así que lo que propuso a los directivos fue lo siguiente: un espectáculo simple, más gracioso que cualquier otra cosa y que mostrara la inherente curiosidad de Fred, que parecía no tener límites. Ella les mostró el plan que tenía para el show, que no debería tomar más de diez o quince minutos, y ellos lo aceptaron, aunque no con mucho entusiasmo.

El espectáculo, que tenía lugar una vez todos los días, se llenaba siempre. Consistía en sentarse frente al tanque y ver como Fred y Laila circulaban por un laberinto de obstáculos varios, como el pequeño animal le disparaba tinta desde una distancia prudente y como abría, en tiempo record, varios recipientes de vidrio y plástico, que tenían siempre un suculento premio adentro.

Tras el éxito de los espectáculos, pasó algo que nadie nunca vio venir: un inversionista privada propuso comprar a Fred para exponerlo en un acuario público en un balneario exclusivo de la Costa Azul. Lo que más ofendió a Laila no fue que alguien quisiera comprar a Fred sino que la junta directiva del acuario lo considerara como una propuesta seria. Sentar su disgusto pareció no tener efecto.

Para sorpresa de todos los fanáticos de los seres marinos, Fred fue vendido por dos millones de dólares al multimillonario, un ser despreciable que era obvio que tenía más de coleccionista que de naturista empedernido. Era conocido en todo el mundo por comprar obras de arte, casi al por mayor, para adornar su enorme casa que ocupaba buena parte del pequeño poblado mediterráneo en el que estaba asentada.

Laila, arriesgando su trabajo, empezó una campaña contra el acuario y el millonario para que no se llevara a Fred. Aprovechó el tiempo que requería poner todos los papeles en regla para el transporte del animal para poner a los seguidores de Fred en contra del acuario y del comprador.

Pero parece que fue muy poco, muy tarde. El hombre vino un día, dos meses después, para dirigir él mismo el traslado del animal. Laila no pudo despedirse y aunque el hombre quiso saludarla para agradecerle por su trabajo, Laila simplemente se fue antes que tener que ver todo lo que sucedía en el acuario.

Al día siguiente, presentó su renuncia irrevocable, lo que lamentó con dolor ya que había dedicado buena parte de su vida profesional al acuario y a los cuidados de criaturas que ahora ya nunca más iba a ver. Se despidió de ellos y de sus compañeros, que también estaban indignados con la partida de Fred pero no lo suficiente para dejar sus trabajos. Al fin y al cabo, todos necesitaban la paga, incluso Laila.

Ella partió de allí y nunca volvió. De hecho, aunque desconocido para ella al principio, muchas personas la conocían tan bien como a Fred. Los videos habían ayudado a que se hiciera famosa en todos lados y no demoró en conseguir trabajo en otro acuario, uno que parecía más sensible a su autentica preocupación por el calamar que rápidamente desapareció del radar de los medios.

No fue sino hasta un año después de su partida del acuario que alguien le envió un video en internet que mostraba el nuevo hogar de Fred. El tanque era grande y era el ser de mayor tamaño dentro de él pero Laila no pudo dejar de pensar que había algo mal en él. El color de su piel se veía desprovisto de color y nadaba poco. Su curiosidad parecía haber desaparecido, ojalá no por completo.

No fue sorpresa para ella que algunos meses después medios de todas partes anunciaran la muerte de Fred, que fue donado a un museo para ser preservado para que miles más lo pudieran ver. Aunque Laila estuvo tentada a visitarlo, jamás lo hizo. Fred era para ella como una amigo de la infancia y en todo caso prefería  recordarlo jugando con ella y haciéndola sentir irremediablemente especial.