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miércoles, 4 de octubre de 2017

¿Qué pasa en el bosque?

   Lo que fuera que tenía en el brazo, no parecía haberme afectado tanto como pensaba. Me mire varias veces en el camino, tocando la piel que hay entre la mano y el codo, mirando de cerca y de lejos. Pasaba las yemas de los dedos lentamente y esperaba, como si algo fuera a pasar de la nada. Pero no pasó nada. La piel ni siquiera se puso roja ni de ningún color fuera de mi color de piel normal. Me preocupaba sentir dolor sin verlo, sin poder saber de donde venía.

 Las dos cosas que se me veían a la mente eran bichos, algún piquete por alguna de las muchas criaturas del bosque. Me miré de nuevo el brazo, caminando sobre un montón de hojas secas, y no tuve problema en imaginar los miles de insectos que podrían haberme hecho algo en la noche. Después de todo, había estado acampando en el bosque por una semana y no era del todo imposible que algo hubiese entrado en mi tienda de campaña por la noche y me hubiese atacado sin yo saberlo.

 Sin embargo, no había picaduras en la piel. Y por muy pequeño que fuese el animal, no hubiese sido muy posible que entrara por mi nariz o mi boca. Conocía muy bien el lugar y sabía que no había de ese tipo de criaturas en un lugar como ese, no era la selva amazónica sino un bosque templado medianamente alejado de la civilización. Pero, a diferencia de alguien en el Amazonas, podría caminar un par de horas y llegar a un lugar con electricidad y una buena comida caliente.

 Seguí mi camino en silencio, tratando de no pensar en el dolor en el brazo. También podría haber sido el sol pero no había hecho un clima especialmente propenso a altas temperaturas. De hecho, los días se habían vuelto cada vez más grises desde mi entrada al parque y la humedad había subido a niveles que ya eran insoportables. Ese mismo día decidí no bañarme, en parte porque ya estaba empapado y no quería mojarme más, pero también porque no había un lugar donde limpiarme apropiadamente.

 En mi segundo día había nadado desnudo en un lago, bajo la lluvia. Había deseado, por un breve momento, haber tenido a alguien conmigo en ese lugar. Y había imaginado la cara de esa persona. Pero ni siquiera recordando con muchas ganas podría decirles cual era la apariencia de ese hombre. Él era solo un producto de mi imaginación, basado en experiencias personales basadas y en gustos efímeros, de los que tenemos todos. En fin, ese momento en el lago fue hermoso y cuando la lluvia se detuvo me vestí y seguí contento mi camino, tomando fotos y sonriendo como tonto.

 En cambio ahora seguía mirando mi brazo, automáticamente. Era como una manía extraña, como si algo me dijera que ese dolor en el brazo era algo más de lo que yo pensaba. Tal vez no era nada pero se me había metido en la cabeza que había algo mal conmigo, con mi cuerpo y tal vez con mi mente. Me detuve en seco, en la mitad de la nada, y decidí asentarme ahí para pasar la noche. Faltaban todavía varias horas para el atardecer pero no me importaba. Simplemente no quería seguir caminando, pensando.

 Armas mi tienda de campaña y mi área de cocina tomó un buen rato, quitándome tiempo para no pensar en tonterías. Hacía una cosa y otra, recoger palos pequeños y grandes e ir a un pequeño arroyo por agua. Llené una sola vez mi pequeño balde amarillo pero me demoré bastante a propósito, tratando de ver el bosque como lo que era y no como lo que yo tenía en mi mente. Traté de escuchar la melodía de los pájaros y los susurros de las pequeñas bestias a mi alrededor.

 Sin embargo, el silencio se había apoderado del lugar. Solo el viento movía un poco las ramas de algunos árboles altos. De resto, el lugar parecía ser el cementerio del bosque. Era un poco más oscuro, de pronto por la espesura del follaje, pero en general todo parecía tener menos color, ser más triste que el resto del parque natural. Saqué un mapa que me habían dado en la entrada y lo extendí todo para ver todas las áreas del bosque al mismo tiempo. Intenté seguir mi camino por el plano, pero me perdí varias veces.

 Después de intentarlo varias veces, me di por vencido. No tenía ni idea en que parte del bosque estaba. Creí ubicar el arroyo pero lo cierto es que había decenas de ellos, tal vez más, y no había ninguna manera de saber cual era el que tenía ahora cerca. La espesura del bosque no era algo que se mostrara con claridad, así que ese factor tampoco ayudaba en nada. Traté de seguir el trazado de los caminos que creía haber seguido pero ninguno de ellos conducía a una zona como en la que me había asentado.

 De hecho, ni siquiera sabía en que momento me había desviado de la ruta que me había propuesto seguir. Mi plan había sido caminar lo suficiente hasta llegar a un gran acantilado, cerca del cual armaría mi campamento. Desde allí se podría ver con facilidad el reconocido cañón del parque, en el que se decía había varios lugares hermosos para explorar a pie o a nado. Era un lugar sacado de las fantasías de algún escritor trastornado pero ciertamente no parecía estar ni remotamente cerca de ese sitio. Sin embargo, había caminado tanto como para haber llegado ya.

 Mi brazo dolió de nuevo. Me dejó de importar el hecho de estar perdido y me propuse hacer la cena. Saqué una lata de frijoles blancos, de los dulces, y la vertí completa en una pequeña olla que usaba para cocinar lo que sea que tuviera a mano. Las latas que llevaba eran todas de tamaño personal y no eran muchas. Prefería comer algún animal pequeño o hacer una ensalada con los frutos del bosque pero no había nada parecido alrededor. Además, no quise ni levantarme de mi lugar.

Era como si una ola de apatía me hubiese invadido y no me dejaba ni ponerme de pie. Solo prendí el fuego y cociné mis frijoles en silencio. La ausencia de escandalo por parte del bosque dejó de ser algo importante para mí. Me serví en un plato viejo y esmaltado que traía como amuleto de buena suerte y comí sin que me molestara nada, ni en la mente ni en el corazón. El dolor del brazo pasó y, tras haber terminado la comida, caí dormido en el mismo lugar donde había hecho todo lo anterior.

 Cuando desperté, desconfié de lo que veía. Porque el bosque ya no era el mismo sino una versión aún más sombría de lo que había visto hasta ahora. Lo peor, fue ver como alguien salía de entre los arbustos, jadeando, y se escondía en mi tienda de campaña. Yo veía pero no podía hacer nada. Estaba como paralizado o algo así. Eso pensé al comienzo. Vi como dos sombras oscuras llegaban al claro y empezaban a destrozar mi tienda de campaña. Oí los gritos y vi sangre por todos lados.

 Fue justo antes de despertar que me di cuenta de que no podía hacer nada porque no tenía cuerpo para poder ayudar. Lo que me despertó fue el susto combinado con el fuerte olor a quemado que emanaba de mi hoguera. Lentamente, se había quemado lo poco que había quedado de los frijoles. Ese olor no era algo que alegrara a los guardabosques. Quise empacar, irme de allí en el momento. Pero había algo que me impedía correr o gritar. No podía hacer nada.

 Fue entonces cuando, de nuevo, salieron dos sombras de entre los arbustos. Pero esta vez no eran sombras, esta vez pude ver exactamente como eran, sus ojos rojos brillantes y su aspecto terrorífico. Si hubiese podido, habría gritado como nunca en mi vida.


 Me encontraron días después, lejos de ese sitio, en shock. Me llevaron al hospital y aquí sigo. Me rescató alguien que se parece al hombre que me imaginé en el lago. Y fue él quién me hizo notar el pequeño bulto que tenía en mi brazo, bajo el escozor que había tenido durante varios días.

viernes, 24 de marzo de 2017

Valle del misterio

   Tranquilos, los caballos pastaban libres por todo el campo. Era una hermosa superficie ondulada y llena de verde, con flores en algunos puntos y charcos formados por la lluvia de la noche anterior. El lugar era como salido de un sueño, con las montañas de telón de fondo y el bosque bastante cerca, con muchos misterios y encantos por su cuenta. Era una zona remota, en la que pocos se interesaban. Sin embargo, fue el primer lugar donde se experimentó el fenómeno que se repetiría a través del mundo.

 Sucedió una noche en la que no había una sola nube en el cielo. Los caballos, de los pocos salvajes que todavía existían en el mundo, dormitaban en la pradera, muy cerca unos de otros. La única vivienda cercana era la de un viejo guardabosques llamado Arturo. Esa noche, como todas, había calentado agua antes de dormir y con ella había llenado una bolsa para poder calentarse mientras dormía. Así que cuando se despertó de golpe durante la noche, naturalmente pensé que había sido culpa de la bolsa.

 Pero eso no tenía nada que ver con lo que sucedía. Lo que despertó a Arturo fue un estruendo proveniente del campo abierto que estaba no muy lejos de su casa. Él era un poco sordo, así que el sonido debía haber sido de verdad un escandalo para despertarlo como lo hizo. Al comienzo pensó que era la bolsa y, cuando se dio cuenta que estaba fría, pensó que había sido una pesadilla la que lo había despertado. Justo cuando se estaba quedando dormido de nuevo, el sonido se repitió.

  Era muy extraño y difícil de describir. Los años de experiencia de Arturo les decían que lo que no podía descifrar era de seguro peligroso, tanto para él como para las criaturas que cuidaba en el pequeño valle. Así que decidió ponerse de pie, vestirse con botas, chaqueta y pantalones gruesos y terciarse su escopeta, la que solo usaba para asustar a los cazadores furtivos y a las criaturas que querían comerse a los animales de la zona. Al abrir la puerta, se dio cuenta del que la temperatura había bajado varios grados.

 Caminando despacio, subiendo la colina hacia la planicie donde pastaban los caballos, Arturo pensó que lo de la temperatura no era normal pero tampoco era lo más usual del mundo, sobre todo para la época. Se suponía que para ese momento del año, los vientos fríos debían calmarse un poco para dar el paso al verano, que prometía ser bastante caluroso. Pero tal vez este año los glaciares de las montañas que rodeaban la planicie no habían cedido tanto como otros años al calor y por eso hacía tanto frío. Era una explicación simple pero por ahí debía de ser.

 Al llegar a la parte superior de la colina, donde empezaba la planicie, Arturo vio los grupos de caballos que dormitaban tranquilamente, en grupos de unos cinco, bien cerca unos de otros, al parecer en paz. El ruido no se había repetido y de nuevo pensó que tal vez lo había soñado. Al fin y al cabo ya no era un hombre joven como cuando había iniciado sus labores y podía pasarle que se imaginara cosas o que su mente prefiriera estar medio dormida que con los pies plantados en la realidad.

 Mientras pensaba, sucedió algo que no se había esperado: empezó a nevar. Al comienzo fueron copitos translucidos que se deshacían con facilidad. Pero luego fueron más gruesos y se iban quedando pegados a la ropa. Ver lo que sucedía era increíble puesto que en el valle prácticamente nunca había nevado. Definitivamente algo raro tenía que estar pasando pero Arturo no tenía la respuesta para nada de ello. Era un misterio que no sabía si estaba en capacidad de resolver.

 Caminó hacia el grupo de caballos más cercano. Quería ver como respondían los animales a semejantes condiciones tan extrañas. No sabía si ellos habían experimentado jamás algo así. Pero sabiendo que la mayoría habían nacido durante su vida, era poco probable que alguno de ellos hubiese visto un solo copo de nieve con anterioridad. Cuando llegó al lado del grupito de siete caballos, Arturo volvió a quedarse como congelando, viendo como la nevada aumentaba.

 Fue entonces que se dio cuenta: los caballos no se movían. Para ese momento ya debían de haber movido la cola, las orejas y algunos tenían que haberse puesto de pie, sobre todo los pequeños que tenían una piel más sensible. Pero nada de eso ocurrió. Arturo se acercó más y se dio cuenta que todos los animales tenían los ojos abiertos y parecían estar mirando al infinito. El guardabosques los acarició y les dio palmaditas en el lomo pero nada de eso tuvo el efecto deseado.

 Tenía que hacer la última prueba. Arturo tomó la escopeta entre sus manos, apuntó a un lugar lejano y disparó. No sucedió nada excepto una sola cosa: no escuchó el sonido del disparo. Cuando se dio cuenta, soltó la escopeta y entonces su mente cayó en la cuenta de que no había escuchado su propia respiración desde hacía varios minutos. Era como si todo el lugar donde estaba ahora fuese parte de un televisor al que le han quitado por completo el volumen. Gritó varias veces para comprobar la situación pero no había duda alguna de lo que ocurría.

 Arturo estaba histérico pero trató de respirar profundo para calmarse. La situación que estaba pasando era sin duda bastante extraña pero eso no quería decir que no tuviese solución. Y para encontrar esa solución, tenía que calmarse y seguir caminando hasta que viera evidencia de lo que sea que podía haber causado semejante fenómeno. Sin duda tenía que ser algo muy extraño pues el hecho de quedarse sin sonido era algo que iba más allá de ser un simple misterio.

 Caminó más, pisando el suelo ya cubierto de nieve. El verde de la colina había desparecido casi por completo. Lo que no había cambiado era el cielo, sin una nube y con miles de millones de estrellas brillando allá arriba. Era una imagen hermosa, eso sin duda. Pero de todas maneras no era lo normal. Arturo sabían bien que ni la nieve, ni la falta de sonido, ni las noches despejadas como esa eran algo frecuente en la zona. Había vivido por mucho tiempo allí para saber como eran las cosas.

 Atravesó el campo de nieve. Se detuvo cuando se dio cuenta que la planicie terminaba y las colinas se ponían cada vez más onduladas, hasta convertirse e el abismo que conocía de toda la vida. Se detuvo allí y solo vio oscuridad. A pesar de la luz de la luna que pasaba sin filtro, lo que había abajo era difícil de ver, incuso parecía más oscuro que de costumbre. Sus ojos empezaban a cansarse, así como su mente que ya no era la misma de antes, ya no podía soportar tanto.

 Fue entonces que sintió una vibración por todo el cuerpo. Debía de ser un sonido extraordinario el que causaba semejante temblor. Por un momento se quedó quieto, esperando a que pasara algo más, pero cuando vio que no pasaba nada, miró hacia el cielo y fue entonces cuando vio como una de las estrellas más brillantes parecía despegarse del cielo y empezaba a caer en cámara lenta. Arturo estaba paralizado, mirando fijamente como la estrella se movía directamente hacia él.


 En un tiempo que pudo haber sido de pocos segundos o varias horas, la estrella se acercó al punto donde estaba Arturo y se posó encima de él. Paralizado por el miedo, el hombre no podía mirar hacia arriba para detallar que era lo que en verdad estaba viendo. Sin embargo, podía percibir movimiento a su alrededor. A pesar de solo estar mirando hacia el frente, podía sentir que había una presencia cerca de él. Cuando sintió presión sobre su cuerpo, quiso gritar a todo pulmón pero no salió nada de él. Se dio cuenta que había quedado igual que los caballos de la pradera. La única diferencia es que él no se quedó donde estaba. Algo lo alejó del valle, en un solo instante.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Cruzaron el cielo

   Como una explosión. Así fue como casi todas las personas que vieron el bólido pasar por encima de sus cabezas lo describieron. Iba a toda velocidad, cruzando el cielo dejando una estela blanca que parecía acumularse y quedarse allí quieta, como si un artista hubiese pasado un pincel con pintura blanca sobre el telón azul que era el cielo. Los que tuvieron la oportunidad de ver el espectáculo no se despegaron por un solo momento. Era una de aquellas cosas de la naturaleza que solo se podían ver una vez en la vida.

 O eso creían los habitantes de esa alejada región. Un mes más tarde, en la noche, más de uno salió corriendo afuera pensando que el país había entrado en guerra con algún otro país, aunque no hubiesen sabido adivinar cual. Otro bólido pasó por encima de un pequeño pueblo y tuvo la fuerza suficiente de romper varios vidrios con la onda de sonido que se escuchaba cuando la enorme piedra del espacio rompía la barrera del sonido allá en lo alto. Los restos cayeron en la misma región remota que la piedra anterior, después de un magnifico espectáculo.

 Los científicos del país decidieron organizar una expedición pues no era muy común que dos bólidos cayeran en la misma región de manera tan seguida. Si bien el fenómeno ya había ocurrido antes, hacía muchos años y muchos siglos, la gente no se acostumbraba a que piedras enormes cayeran del cielo y amenazaran con destruir su vida. El equipo de expertos se dirigió a la remota región de bosques donde se presumía que habían caído ambas rocas y se encontraron con la búsqueda no iba a ser tan simple pues, al parecer, los bólidos se habían internado bastante entre los árboles.

 Lo fácil era seguir el rastro de árboles devastados. Algunos estaban quemados ligeramente en la copa y otro habían sido completamente arrancados, como si manos gigantes los hubiesen tomado del suelo como si fueran zanahorias o algo por el estilo. La búsqueda demoró un poco más por la intensa lluvia que empezó a caer. Era tan preocupante el estado del clima, que se pensó en suspender la búsqueda hasta que dejara de llover. Pero no hubo necesidad de ello pues los científicos iban por lo que iban y no los iba a detener un poco de agua.

 Encontraron la primera piedra a los dos días de internarse en el bosque. La lluvia había ayudado a que se enfriara la roca, pues era la que había caído hacía más poco y todavía emanaba algo de calor. Tenía el tamaño de una pelota de futbol o tal vez un poco más grande. La sostuvieron con cuidado y la pusieron en una malla especial en la que sería transportada de vuelta al laboratorio. Pero primero tenían que buscar el otro aerolito pues no tendría mucho sentido irse de allí con solo uno cuando podían fácilmente encontrar el otro.

 La lluvia arreció y la búsqueda por el segundo aerolito se hizo más difícil de lo que todos pensaban. No solo por el hecho de que su rastro se había borrado después de varias semanas de caído, sino por la inclemente lluvia que traía consigo una neblina espesa y un frío insoportable que bajaba de las montañas como una serpiente enfurecida. El equipo iba despacio pues tenían que cargar la otra piedra para todos lados y eso entorpecía un poco el movimiento. Pero el jefe de la misión fue claro en decir que no se iría hasta al menos definir donde había caído la otra roca.

 La respuesta a esa pregunta llegó una mañana, más exactamente el día que se cumplía una semana de la misión. Uno de los ayudantes, un chico joven, se había apartado del campamento central para poder “ir al baño” pues no tenían ningún tipo de facilidades para hacerlo de manera más limpia y segura. Se apartó lo que más pudo y encontró un sitio que le pareció perfecto al lado de una pequeña laguna. Se bajó los pantalones y empezó a hacer lo que necesitaba hacer. Segundos más tarde, notó algo raro en la laguna: el agua parece hervir.

 Apenas terminó sus necesidades, corrió de vuelta al campamente y contó lo que había visto. Llevó al resto de los del equipo a la laguna y todos fueron testigos de cómo el agua parecía hervir lentamente. En un lugar no muy lejos de la orilla se concentraban las burbujas. Tuvieron que improvisar un traje de buzo pues no habían pensado en la posibilidad de que la roca especial hubiese caído en agua. Lo más importante era poder verificar con fotografía que el objeto estaba allí al fondo. Así que uno de ellos se vistió con una máscara y una cámara especial, sin ropa de neopreno.

 Se metió al agua y se hundió. Varias veces salió a hacer comentarios, pues no podía aguantar tanto la respiración. Decía que el agua estaba tibia, casi caliente alrededor del punto donde se veían las burbujas. Tomó las fotos que pudo y cuando las vieron en el computador se dieron cuenta que la roca que había en el agua era por lo menos dos veces más grande que la habían encontrado días antes. La conclusión unánime fue volver al pueblo, pedir equipo especial y volver lo más pronto posible, antes de que la piedra se hundiera en el frágil fondo de la laguna.

 Lamentablemente, tomó cinco días encontrar la maquinaria adecuada. Al final, se dieron cuenta que no podrían ingresar con dichas máquinas al bosque pues era reserva forestal. Así que eligieron utilizar un helicóptero. Dos buzos amarrarían una especie de malla alrededor de la roca y el aparato aéreo se encargaría de sacarla del fondo con solo fuerza. Era el modo más práctico que pudieron encontrar, aunque ciertamente no era el más barato. La universidad que los patrocinaba no estaba muy contenta.

 A los dos días se internaron en el bosque y cuando llegaron a la laguna se encontraron con algo increíble: el agua se había evaporado por completo y la roca yacía, humeante, en el fono de un lodazal increíble. No había ya necesidad de buzos sino de hombre ágiles que pudiesen caminar sobre semejante terreno para ubicar la malla alrededor de la roca. Cuando estuvieron en el fondo se dieron cuenta de otro problema: el aerolito estaba muy caliente, parecía haber aumentado su temperatura y no lo contrario, que sería la norma.

 Claramente era algo muy especial pues no era normal que después de cruzar la atmosfera y caer en agua, la roca siguiera caliente e incluso pareciese calentarse más. Afortunadamente, la malla que habían traído tenía cierta resistencia al calor. La ubicaron alrededor con ayuda de guantes gruesos. Lo más complicado fue levantar la piedra por unos segundos para poder pasar la malla por debajo. En ese trabajo se tuvieron que involucrar todos y cada uno de los miembros de la expedición que habían venido buscando el aerolito

El esfuerzo conjunto fue suficiente y pronto tuvieron la ropa bien envuelta. El helicóptero llegó pronto y bajó a una altura prudente para enganchar la cuerda que unía a la malla. Cuando se alzó, todo el mundo creyó que se llevaría la roca como si fuese una pluma. Pero pasó exactamente lo contrario: parecía que el objeto pesaba mucho más de lo que todos habían estimado. Tal vez tuviese un núcleo muy especial o tal vez no fuera una roca normal. El caos es que el piloto del helicóptero tuvo que hacer un esfuerzo especial para levantar el aerolito del fondo de la laguna.

 Después de varios intentos, el piloto logró alzar la roca unos cuatro metros en el aire pero se notaba que lo hacía con un gran esfuerzo. Por radio, le comunicaron que solo debía volar hasta el borde de la reserva forestal. Allí habría varios vehículos esperando por la roca para llevarla a la universidad, donde se le harían una gran cantidad de estudios. Antes de irse, los científicos tomaron muestras del barro del fondo de la laguna, por si lo necesitasen después.


 Una semana más tarde, las rocas estaban en la mitad del laboratorio más grande de la universidad. Obviamente, la atención se volcaba sobre la más voluminosa de las dos aunque habían descubierto que la pequeña llevaba rastros de algo que todavía no podían definir. Habían pedido ayuda de otros científicos alrededor del mundo pues había un descubrimiento por hacer, o varios, y necesitaban a los mejores para aclararlo todo. Las dos rocas serían la fuente de sueños para muchos y pesadillas para algunos. Pero claves en el futuro de toda la humanidad.

lunes, 3 de octubre de 2016

Bajo la neblina

   Cuando se despertó, estaba en un mundo muy distinto al que recordaba. Todo parecía cubierto por una espesa neblina y sentía que cualquier cosa podría estar allí, esperándolo, poco pasos más allá de donde estaba. Había estado acostado en el suelo, lo que parecía ser una calle. Se levantó con cuidado, pues lo invadió de pronto un dolor en todo el cuerpo que casi lo derriba de nuevo al piso. Se sintió algo mareado e incluso tuvo ganas de vomitar. Pero se resistió. Se pasó una mano por la panza y terminó de ponerse de pie.

 La neblina hacía que cerrara los ojos con frecuencia. Parpadear era la respuesta obvia a semejante situación en la que había luz pero no servía de nada. Estiró las manos para ver si la neblina era sólida en algún punto, pues lo parecía, pero esta se desvaneció tan pronto sus dedos se encontraron con ella. Tenía miedo. Sus manos empezaron a temblar y no era solo por el frío que sentía sino porque no tenía ni idea de lo que iba a pasar después. No sabía que había más allá de ese fenómeno climático extraño. Parecía mejor quedarse allí.

 Sus piernas se movieron primero, casi independientes de todo el cuerpo. De alguna manera, sentía que era importante empezar a moverse y no quedarse en el mismo sitio de siempre. Así que caminó de frente, teniendo cuidado con no estrellarse contra nada. Estiraba las manos para evitar postes y otras estructuras de varios materiales que había por todo el espacio. Lo raro fue cuando se estrello con otra cosa pero esta era algo más blanda que el resto. De hecho, cuando sus ojos se ajustaron a la luz y la neblina, se dio cuenta de que había sido una persona.

 Dicha persona no se quedó a charlar sino que siguió su camino como si nada hubiese pasado. Cuando él se dio cuenta de que había tenido a otro ser humano tan cerca, quiso seguirlo y pedirle ayuda o decir algo, lo que fuera. Pero eso fue imposible: la persona se había ido en un momento y no tenía sentido perseguir a nadie por entre la neblina, Podía incluso ser muy peligroso. Así que siguió su camino a lo largo de una calle y no se detuvo hasta que un edificio le cerró el paso. Caminó por el lado del mismo y entonces encontró un gran aviso con la palabra “hotel”.

 A un lado del aviso el hombre pudo escuchar un ruido. Eran voces. Se acercó con cuidado y se dio cuenta de que era una puerta. Entró al edificio empujando con demasiada fuerza la puerta, lo que casi le hice caer al suelo. No lo hizo porque uno de sus manos seguía apretando el asa de la puerta. Cuando se incorporó, se dio cuenta que adentro del hotel no había neblina y que podía ver como una persona normal, sin necesidad de estirar los brazos o de adivinar que pasaba delante de él.

 El espacio delante de él era muy grande y, hay que decirlo, hermoso. Casi todo estaba hecho de madera. En las paredes ese material parecía salirse, convirtiéndose en varias formas que algunos artistas seguramente habían creado con la intención de darle un toque mágico a la primera planta del edificio. Los adornos eran también espectaculares: escaleras rematadas con metales preciosos, joyas en el techo, en candelabros y lámparas y varios cuadros y esculturas, casi todas de seres humanos a los que le faltaba alguna parte de su cuerpo.

 Lo siguiente que vio fue a los hombres y a las mujeres. Era raro que no hubiese sido lo primero en su lista de lo que veía pero es que el lugar era tan impresionante que era difícil saber adonde mirar. Las personas que había allí parecían estar cada una haciendo lo suyo. Que él viera, no había nadie interactuando, ni siquiera los que estaban apostados en la recepción. Él se les acercó y les habló, pidiéndoles ayuda ya que no sabía donde estaba ni porqué. Pero ellos ni se inmutaban. Estaban concentrados en sus computadores.

 Se acercó entonces a un pequeño bar que había a un lado. Algunas personas tomaban un trago y otros fumaban o leí el periódico. De nuevo, no interactuaban entre sí. Parecía que se ignoraban los unos a los otros intencionalmente. Él trató de hablar con un par de personas pero no le hicieron el mínimo caso. Estuvo tentado a golpearlos en la cara o a gritarles pero la verdad era que no sentía la fuerza para hacer nada de eso.  Desde que se había despertado en el suelo, en la calle, su cuerpo se sentía débil, incapaz de pelear si fuese necesario.

 Salió de la zona del bar y se cruzó frente a casi todos los huéspedes y trabajadores del hotel que pudo encontrar en el primer piso. Incluso se metió a las cocinas y a la zona de calderas pero en ningún momento le prohibieron el paso ni le pusieron atención. En un momento pensó que era invisible y la gente simplemente no lo veía pero luego se dio cuenta que eso no explicaba porqué no se hablaban entre ellos. No sabía que hacer, estaba desesperado y no encontraba un camino fuera de esa situación de locos en la que no sabía como se había metido.

 Determinado, subió a uno de los pisos de habitaciones en ascensor y decidió actuar como un loco: tocando cada puerta para ver quién le abría y le hablaba. Aunque al comienzo nadie salía, después algunas personas empezaron a abrir sus puertas. Pero no parecían dispuestos a ayudar sino que parecían muy enojados. Al parecer no les gustaba en lo más mínimo que alguien se metiera con la paz que había en aquel rincón del mundo. No gritaban ni nada parecido pero era obvio que él no era bienvenido.

 Para evitar un incidente, salió del hotel lo más pronto que pudo. Caminó un rato sin darse cuenta que estaba entre la neblina y que no tenía ni idea hacia donde había ido y porqué. Cuando dejó de pensar en las caras de las personas del hotel, se dio cuenta que había llegado a un parque. Se sentó en el pasto y miró hacia arriba: el sol estaba casi sobre su cabeza, brillando de manera débil sobre el mundo. Estaba muy confundido. Parecía que la gente se negaba a ver la realidad pero no tenía sentido el porqué. Y no lo entendería si no hablaban con él.

 Se dio cuenta que la única reacción obtenida había sido al hacer algo fuera de lo común así que se dio cuenta que si quería salir de allí debía hacerlo de una manera tan alocada que las personas tendrían que reconocer su existencia o dejarlo destruir su tranquilidad y parecía que eso no les gustaba nada. Era obvio que si seguía sus actitudes, estaría atrapado bajo la neblina por mucho tiempo, quién sabe cuanto. La única respuesta factible era salirse de la norma y tratar de sacarlos de su zona de confort, moviendo el eje de su mundo.

 Sin pensarlo dos veces, el hombre se puso de pie y empezó a quitarse, una a una, sus prendas de vestir. Primero la camisa y luego la camiseta que llevaba debajo. Luego el cinturón, los pantalones y antes de eso los zapatos, que lanzó tan lejos como pudo. Cuando estuvo en ropa interior dudó un poco de su plan. De pronto lo estaba haciendo por las razones erróneas. Tal vez sí era lo mejor seguirles la cuerda. Pero entonces, allí entre la neblina, vio que una mujer lo miraba asustada. Temblaba de arriba a bajo y tenía a un niño cogido de su mano. Esa fue la señal.

 Con un movimiento rápido se quitó los calzoncillos y los lanzó en dirección a la mujer que no gritó pero pareció haberlo hecho. Así como estaba, empezó a caminar en línea recta, sin importar por donde pisaran sus pies. Evitaba algunos objetos pero de resto miraba hacia delante y trataba de pensar que más podías hacer. Bailar serviría pero para eso tendría que detenerse y eso no parecía buena idea. De la nada, le vino la idea a la mente: empezó a silbar, al ritmo de una canción que recordaba de hacía muchos años.


 La neblina pareció empezar a desvanecerse, al mismo tiempo que el sol empezaba a bajar en el cielo. Pronto, el hombre pudo ver mejor su camino y a la gente que lo miraba de un lado y de otro. Siguió silbando y luego decidió cantar, elevando su voz al máximo que le era posible. Una zona sin neblina se había creado. En un momento escuchó una risa. Y después otra más. Y después otras voces que cantaban más canciones y que hablaban. No eran todo pero eran muchos. Él no sabía que era lo que había hecho pero estaba seguro de que era lo correcto.