viernes, 12 de febrero de 2016

Límites

     - Yo siempre pensé que era un idiota, pero no a este nivel.

   Luis se paseaba de un lado a otro del corto pasillo del hospital, frente a la puerta donde tenían en una cama al pobre idiota de Erick. Ese extranjero, siempre con expresión de perdido, de no estar en el lugar cuando se le estaba hablando. Lo ocultaba detrás de su torpe manera de hablar que, como para todos los extranjeros, les sirve de ventaja y desventaja. Les hace parecer más interesantes de lo que son, más misteriosos incluso y los hace graciosos. Pero como los excesos molestan a cualquiera, a veces podía ser una fastidio oír ese maldito acento por tanto tiempo.

- Es que yo no entiendo. ¡No puedo creer que hayan sido tan idiotas!

 Le hablaba a Roberto, un tipo alto y algo gordo, que llevaba gafas y tenía la expresión de estupidez más clara que se haya visto de este lado del océano Atlántico. Hay que decirlo, el tipo idiota no era pero no se ayudaba tampoco. Tenía trabajo, tenía responsabilidades que a muchas personas, como Luis, le habría encantado tener. Pero Luis no era de allí y él sí. Por eso le era todo más fácil y más obvio, por decirlo de alguna manera. Luis se sentó finalmente, a una silla de Roberto, moviendo una de sus piernas con desespero y sacando el celular para ver la hora.

- Y ahora ver cuanto se demora esto… Es increíble, de verdad.

 Eso lo decía Luis más para si mismo. Podía parecer hipócrita que pensara lo que pensaba de los extranjeros siendo él uno mismo pero para él eran más extranjeros, o extranjeros de verdad, aquellos que no hablaban el mismo idioma. Era una de esas muchas categorías y diferenciaciones que hacía en su cabeza para tenerlo todo más organizado y claro. Era una persona así, pragmática y siempre tratando de simplificar las cosas al máximo. Lo hacía porque odiaba las sorpresas, odiaba lo que se salía de la norma y lo que no cuadraba con nada. Los horarios y planes le encantaban. Esta visita al hospital era todo eso que no soportaba.

- Habrá alguna máquina de algo en este piso?

Pero Roberto no tenía ni idea. En ese momento tenía la cabeza en blanco, no pensaba en nada más que no fuera la imagen de Erick tirado en el piso convulsionando como loco. Su pelo color zanahoria había resaltado contra el suelo de madera y la espuma, mezclada luego con vomito y orina era una imagen que simplemente nunca se le iba a borrar, en especial por haber ocurrido en su cuarto. Tenía los olores incrustados en la mente, el terror de no saber que hacer y el desespero de tener una responsabilidad que ni sabía que había tenido en sus manos hasta entonces.

 No sé.

 Luis lo miró con fastidio. No porque no supiera donde había una máquina para comprar un simple café, sino porque sabía que la vida mental de alguien como Roberto se resumía en esas dos simplonas palabras. La verdad era que ninguno de sus compañeros de apartamento le caían mal. La verdad le eran un poco indiferentes, pues sus habitaciones estaban a un lado y la de él y el otro inquilino al otro. Pero cuando hacían sus fiestas improvisadas, el sonido siempre llegaba a sus oídos, justo en ese momento en que lo que quería era dormir y descansar de un día difícil. No, ellos elegían la música y la droga y el alcohol.

- Pueden seguir.

 La enfermera se había asomado por la puerta de la habitación. Ellos la miraron de golpe, pues no se habían dado cuenta de su presencia. Se incorporaron y entraron a la habitación, a la vez que un doctor y un par de enfermeras salían de la habitación. Solo quedaron con ellos otro doctor y la enfermera que los había hecho pasar. Le explicaron lo que había pasado pero no hacía falta alguna. Lo que había pasado era de una obviedad inmensa y era lo de menos para Luis y para Roberto aunque por razones distintas. Escucharon sin decir nada y esperaron a que se hubiesen ido los otros dos para mirar a Erick.

- ¿Como te sientes? – preguntó Roberto.
- No va a contestar. – respondió Luis, fastidiado.

 Tenía un tubo metido en la boca y otros en la nariz. Estaba despierto pero no listo para una conversación larga y tendida. Además que pregunta le iba a hacer a Erick? Era obvio que se habían pasado, era obvio que él ya estaba más allá de todo con ese cuento estúpido de las drogas. Luis no se lo reservó, sino que arrancó a decirlo, como un torrente de palabras que taladraban los oído de Roberto. Le dijo que era su culpa pues había empujado a un tipo ya obsesionado con la marihuana a fumar más y más, le acolitaba las estupideces y no era su amigo, sino un cómplice.

- No te puedes lavar las manos.

 Luis dijo esto mirando a Erick, casi sin poder contener la rabia. Él había visto las líneas de cocaína sobre el vidrio de la mesa de trabajo de Roberto. Él había levantado a Erick para despertarlo, para mantenerlo alerta mientras habían llegado los paramédicos. Tenía toda la autoridad moral para gritarles todo lo que se le diera la gana.

- Tus padres. Ya saben?

 Erick sacudió negativamente la cabeza. Luis entornó los ojos y le dijo que los llamaría apenas supiera el número. Instintivamente miró la mesa de noche al lado de Erick y vio un celular. Sin vacilar lo cogió y empezó a buscar en la libreta de teléfonos. Roberto de pronto despertó de su trance y le dijo que no hiciera eso, que no podía coger lo que no era suyo. Luis le dirigió una mirada de odio y le recordó que si no fuera por él no estarían aquí. Y que ya eran muy viejos para seguir jugando jueguitos idiotas. Marcó un número listado y pronto estuvo hablando, llamada internacional, con el padre de Erick. O el hombre era otro idiota o los irlandeses tienen una manera muy rara de reaccionar a las noticias. En todo caso, estaba hecho.

- Apenas me vaya llamo a la dueña del apartamento para que limpien.
- ¿Qué?

 Luis le dijo que él no iba a limpiar nada y aprovechó para decirle a Roberto que seguramente él tampoco sabría como hacer nada de limpieza, y mucho menos para quitar ese olor tan horrible. Erick parecía querer decir algo y Luis lo miró, tratando de tranquilizar su mirada. Lo miró fijamente y a  Erick se le llenaron los ojos de agua, como si fuera a llorar. Pero eso no tenía sentido. Para Luis llorar estaba de más, ya era muy tarde para eso. Ya no había manera de arrepentirse ni de deshacer lo que había hecho ya.

- La próxima vez que te quedes dormido en un tren porque has metido quien sabe cuanto o   andas borracho o ambos, yo me pondría a pensar en el estado en el que está mi vida.           Inténtalo alguna vez. Pensar no les vendría mal a ninguno de ustedes.

 Y apenas dijo esas palabras, se fue. En la habitación quedaron en silencio el resto de la visita, apenas intercambiando miradas que ya no eran cómplices como lo habían sido tantas veces antes. Eran miradas ahora de miedo y de culpa, de realización que la vida no es un juego para siempre, que las acciones tienen consecuencias y que no se puede ir empujando el limite de las cosas porque en algún momento se podría dar uno cuenta que esa frontera ha quedado bien atrás y que ya no hay como regresar, como esta r de nuevo en ese nivel estable del pasado.

 Roberto le habló por fin a Erick, de las cosas que siempre hablaban. De música y de mujeres y cosas por el estilo. Esa era su manera de siempre, escapar al momento y no hablar de las cosas que había que hacer. Así como en el apartamento no se encargaba de sus cosas, en la vida escapaba de lo que de verdad importaba.


 Luis no fue a la casa luego de ir al hospital. Se fue a un bar a tomar algo y a comer pues no había comido en todo el día. Mientras masticaba su emparedado de salami, recordaba la escena que había visto tan temprano en el día y se dio cuenta que estaba cansado, que había perdido dinero inútilmente, que no tendría tiempo de llegar a clase y que estaba cansado y no era ni mediodía. Se tomó una cerveza y pidió otro emparedado para llevar y luego fue a recostarse. Más tarde empujaría solo un poco su frontera, a su modo, sin peligro de muerte. Y lo haría porque sabía qué y cómo hacerlo, sin errores de hombres que se sienten orgullosos de ser unos niños.

jueves, 11 de febrero de 2016

Not there

   A small crab ran across the beach, fighting the powerful gust of wind that was sweeping the area. It moved fast and then burrowed himself into the sand, disappearing in a matter of seconds. There was another creature in the beach. A young woman, dressed in plastic boots and a coat that resembled the capes that superheroes used in comic books and movies. It was red and the boots two. Not like the crab, she just stood in one place and looked at the ocean and how the waves were becoming bigger and bigger, how they appeared to be alive. The water and foam came closer and closer to her feet but she did not move. She seemed out of herself, in a way.

 Finally a wave crashed violently against the beach and reached her knees. She seemed to have woken up from a dream, only cleaning her legs with her hands and turning around, walking up the natural hill that had formed because of erosion and went back home, not far from the sound of the ocean. The sky was becoming darker, both because of the time of day but also because of the storm that was brewing in the ocean. The woman walked slowly towards her house, soon joined by a beautiful Labrador dog that was of her property. The dog’s name was Chance. Hers was Amelia.

 She entered the house through the back door that led to the kitchen. She took off her coat and boots and left them in a small cabinet she used for such purposes. Walking in socks, she grabbed a beer from the fridge and petted Chance who followed her everywhere. She crossed the house towards the living room, where she lay down in a sofa, drinking her beer and letting the dog sleep by her feet. But the women wasn’t calm, she was apparently trying the drink the content of the bottle in one gulp and even some of the beer slid down her chin and neck. She cleaned it with her sleeve.

 The main door, a room away, opened to reveal her husband coming in. They had been married for about a year and had come to this house, owned by Amelia’s father, to get away from everyone else. Their anniversary was the next day and they didn’t want to have to share that day with anyone else. Or at least that was the original reason they had for coming to that windy beach. He went straight to the kitchen, left some bags there and organized its contents, and only after finishing he sat down on an armchair across Amelia.

- Isn’t it a bit early?

  Her only answer was to burp with no shame or limit. She had finished her beer so she left the bottle by the sofa and looked at her husband, her eyes sad as they could be. He looked at her too and they wrestled with their eyesight for almost a whole minute, until Amelia asked her husband Matt to come to her in the sofa and he refused. She heard her footsteps going up, to the bedroom. She decided to follow, seeing night had already fallen.

 When she entered the room, he was taking off his shoes and putting some slippers. He always complained about some of the shoes he had brought recently, because they all made his feet hurt a lot. He had just being out in the supermarket for a couple of hours and he felt blood pumping through his feet. Amelia sat down by him on the bed and took his hand. She squeezed and he squeezed back but they didn’t look at each other. They just sat there in silence, only illuminated by the very week light of a nightstand lamp.

 The moment was broken by a thunder in the distance. They had not seen the lighting so maybe the storm was out in the ocean but they knew the night was going to be long. Matt looked at Amelia and proposed to her to go down to the kitchen and make some dinner. She tried to smiled but couldn’t; only nodding and releasing his hand from her grip. She walked down first, arriving at the kitchen where Chance was smelling his plate. She had forgotten to feed him and proceed to pour some of his food into it before Matt saw her. But Chance had to eat earlier.

- You always forget. Is like you don’t care about him
- I do.
- Really?

 Matt had that quality that some people have to make you feel, with simple words, like a bug squashed against a wall. Of course she loved the dog but she had been thinking all the day long, going away to the beach   and the dog didn’t like the beach, possibly because it was very humid or because of the crabs. Maybe if the dog had come with her to the beach, she wouldn’t have forgotten to feed him. But it was too late for that now and the dog was eating already.

 Her husband gave her some vegetables to cut into dices as he marinated some shrimps and cut some slices of eggplant. He had always loved to cook and invent new recipes. It drove him away from everything in the world; he became the only person alive with all the ingredients, focusing only on how good it had to look and how nice it had to taste to any palate. The recipe they were doing had been created by him, several years ago.

 Amelia cooked the vegetables with a bit of oil and butter. They had to be nice and crunchy. The shrimps were cooked in a pan with olive oil, salt and pepper and also some paprika. Amelia looked at him, almost smiling to the prawns, so much happier than ever before. She loves to see him smile but it wasn’t often that she saw that these days. Then again, she didn’t smile herself too often either. He proceeded to fry the eggplants after submerging them in water. The smell was all around the house.

 In each plate, Matt served two big slices of eggplant topped with shrimp and vegetables. He poured some olive oil to give it a nice look and asked Amelia to take it to the table. He took out a bottle of wine from a special fridge he had bought and joined his wife at the dining table. It was a small space, the table only for four. They sat one across he other and sat in silence. Matt poured wine into two cups that had been set up by her and they just started eating in silence. It was really good and Chance had followed them to see if they would give him at least a bite of what they had cooked.

 But each one of them was too distracted to notice him, panting included. Amelia wanted to tell her husband how nice it all was but something in her throat didn’t let her. It was as if she had a knot there that wouldn’t let her talk her mind. It wasn’t that she feared her husband or anything like that. She loved him deeply but she knew she was know miles away from him and had been like that since her mother had advised them to come out here and get away from all the eyes and the ears.

 He was distracted too, cutting his eggplant and then sipping some wine and then looking out the window to the storm. From that room, during the day, you could see the horizon and part of the ocean. If there had been light, he would have seen the darkness of the tempest and the violence of the waves in the sea. But now he could only guess all of that by the lights of the thunder and the resounding sound of storm, that seemed like a monster rising from the water and howling, trying to caution every other living creature from getting near him.

- It’s good.

 Amelia had finally said it and as she did, she knew she had committed a mistake. Her voice broke off and couldn’t speak anymore and he looked at her for a moment and just stood up, walking towards the living room. She followed him, thinking for a second he was leaving. She grabbed him by the arm and he pulled her apart, almost in disgust. Her eyes were filled with tears. It was then he said, he finally said what she had dreaded for some time: “You killed her”.


 The only thing Amelia could do, out of rage and despair, was to grab the bottle of beer she had left there earlier and throw it towards him. He dodged it just in time so the bottle crossed the room and smashed against the window, which broke into thousands of big and small pieces. She was breathing heavily and he seemed scared. She finally shed a single tear and said: “Never. I could have never”. The wind entering from outside froze them, leaving them like statues in the middle of the house, thinking of the unborn.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Ver y oír

   La sangre parecía estar viva. Se movía, expandiéndose por el suelo de concreto sin detenerse con nada. Era obvio que el piso había sido construido con un mínimo desnivel y ahora la mancha crecía como un tsunami en miniatura. Era fascinante ver como ese liquido, más aguado en unas partes y más espeso en otras, parecía comportarse como si no fuera más que el agua misma que toma cualquier ser vivo para seguir viviendo. Eso era, claro está, porque era agua con muchos minerales y vitaminas y demás. Ver esa expansión roja era fascinante.

 Los colores también eran un rasgo particular de la mancha. Había partes en los que ya se había empezado a secar entonces el color era muy oscuro, vino tinto, casi negro. Será que la sangre indica algo más profundo en nosotros que solo el contenido de minerales? De pronto ese color tan oscuro quería decir algo a gritos, quería denunciar a su portador por tener una semilla de maldad clavada en lo más profundo del alma o de la garganta o de donde fuera. Tal vez ese otro color rojo algo más brillante, casi invitando a acercarse para sentirlo, denunciaba otra parte de la personalidad de la persona.

 Su textura era una característica más. Hay sangres con más agua que nada y otras espesas, terriblemente espesas como el barro o la melaza. Está era una de esas sangres que se quedaban en todo, manchaba cualquier cosa que tocaba y parecía no detenerse de ningún manera, parecía querer decir aún más con su composición, untándose en todo como una mermelada horrible, oscura y asquerosa. El olor era fuerte, a hierro. Obviamente la dieta del personaje era de pura carne o algo por el estilo. Era increíble como ya empezaba a oler mal.

 La mancha empezaba a detenerse y ya no tenía el mismo impacto visual que antes. Brillaba pero con un brillo triste y vacío, como si ya no le interesara destacar más, como si su vida liquida se hubiese terminado antes de empezar. Había puntos en que se había convertido en una cosa pegajosa, fastidiosa, que alguien tendría que limpiar y que no estaría feliz de limpiar. Y no solo porque era sangre sino porque parecía que no iba a quitar con nada.

Además habían manchitas en los muros, de todos los tamaños. El asesino había salpicado para todas partes y no se había dado cuenta. Una parte del muro, cercana al piso, parecía una de esas pinturas vanguardistas que son un poco de pintura chorreada sobre el lienzo. Pues esto era igual pero sin intención. Si alguien pudiese cortar ese pedazo de muro y llevárselo a su casa o exponerlo en una galería o un museo, seguramente se ganaría un dinero y no sabría como se había creado semejante obra maestra, venida de la cabeza de un miserable.

 Y era la cabeza, que ya había dejado de ser como era cuando estaba vivo,  la que era el aspecto más horrible de la escena pues ya no se veía como había sido sino todo lo contrario. Seguramente sería lo primero que alguien vería al entrar, seguido de la mancha de sangre que seguro pisarían decenas de personas al encontrar el cuerpo, porque obviamente lo terminarían encontrando. Esa pobre cabeza, que no había pensado mucho en su vida, ahora ya nunca iba pensar en nada, ya no reflexionaría sobre si fumar otro cacho de marihuana o tomar una cerveza. Ya no pensaría en el futbol de los fines de semana o en el sexo de las mujeres.

 Las piernas estaban erguidas. Es decir, el cuerpo estaba acostado en el piso, mirando hacia el techo, pero las piernas formaban un triángulo, con los pies bien apoyados sobre el suelo, igual que el trasero. De pronto había querido levantarse, de pronto había pensado que podía huir en algún momento, que iba a poderse levantar y salir corriendo con esas piernas que seguían erguidas pero pronto colapsaría bajo su propio peso. Es feo decirlo, pero esa posición hacía que el cuerpo se viera ridículo, más porque el final de los pantalones quedaba muy arriba y se le veían unas medias que parecían del canasto de los descuentos.

 Era obvio, tan solo por la ropa, que quien sea que fuera el pobre desgraciado, no había sido una persona de dinero ni de buen gusto. La ropa no combinaba en lo más mínimo y aún con el rojo de la sangre, los colores desentonaban demasiado: los zapatos eran deportivos y blancos, ya muy gastados y sucios. Las medias eran azul de escuela, de ese que la gente solo debería usar cuando es menor de dieciocho años. Los pantalones eran de un color naranja enfermizo, no de ese lindo naranja del jugo de las mañanas sino de un color que parecía vomito inducido por mucha cerveza. Tenía una chaqueta deportiva verde que cerraba el atuendo.

 Y allí yacía el cuerpo y el asesino ya se había ido, se había cansado de ver la sangre moverse y no estaba en una película como para quedarse a ver que pasaba con todo. Había limpiado lo que tenía que limpiar, no había cogido nada ni movido nada de su sitio, y simplemente se había ido sin más. El cuerpo estaba allí desde hacía varias horas pero ya los insectos habían comenzado su lenta marcha, los que comían la sangre endurecida y los que empezaban a alimentarse del interior del cuerpo.

 La escena era horrible, eso sin duda, pero también era ridícula y hasta divertida si una sabía verla, pues hay que tener todos los elementos a la mano para comprender. En cierta medida la escena era como una pintura, más gráfica que la de la pared, más figurativa y concisa. Tenía códigos claros por todos lados.

 Por ejemplo, era ya un poco difícil de ver pero se podía con un esfuerzo, el personaje tenía alrededor de su cuello unos audífonos. Ahora bien, no era cualquier tipo de audífonos. Alguien versado en el tema, sabía que precisamente esos tenían un costo bastante elevado entre los que había disponibles en el mercado. La marca era de un músico famoso y la utilizaban más que todo otros músicos, fuese para componer o digitalizar o para hacer mezclas. Y bueno, había uno que otro que los compraba porque tenía el dinero y quería escuchar música en los mejores audífonos disponibles. El muerto era uno de esos.

 Sin embargo, el sangriento cable de los audífonos estaba ya sumergido en el liquido rojo y no iba a ningún lado. Es decir, no estaba conectado. Muchos podrían pensar que simplemente se habían desconectado cuando el asesino tendió al pobre miserable en el suelo pero con la fuerza que la cabeza parecía indicar, el cable se hubiese roto, habría algo partido en dos o en tres o pedazos de alguna parte esencial o algo por el estilo. Pero no había nada. Eso solo indicaba que el mismo muerto había desconectado los audífonos o que, posiblemente, jamás los conectaba.

 Esto puede sonar extraño pero con tanta gente que compra cosas que no usa, sola para lucirse ante nadie en particular, pues no suena tan extraño. Además el tipo en su habitación no tenía mucha música que digamos. El portátil estaba encendido con una lista de canciones y sí eran bastantes, pero todo el mundo tenía una lista parecida. No había nada que indicara que este pobre hombre fuera más fanático de la música que nadie más.

 Lo otro era la cabeza, esa destruida cabeza. Viéndola con detenimiento, y no era fácil hacerlo, se podía notar que la parte más atacada había sido una de las sienes. Lo habían golpeado o pateado en la sien varias veces, cerca al oído. El oído que usaría para escuchar las canciones. Todo tenía una aura de sonido que no se podía negar y que seguramente los detectives ignorarían pues a veces lo más evidente es lo que se deshecha más fácil.

 La prueba más clara era el portátil. Si hubiese alguien para oprimir la tecla que reproduce la música, se hubiese dado cuenta que el volumen era simplemente exagerado para un pobre desgraciado en su pequeña habitación. Más aún cuando el portátil tenía conectados unos altavoces que elevaban el sonido aún más. Y todavía más cuando esos altavoces estaban al lado de una ventana abierta que daba a un patio interior del edificio en donde vivía el muerto y, muy seguramente, su asesino. Así que, de nuevo, no hay sorpresas ni grandes revelaciones para quienes abren un pocos sus ojos, y oídos.


 Podría uno decir que se lo buscó. Podría uno decir que el castigo fue mucho más violento que los cientos de mañanas en las que ese idiota había puesto el volumen hasta el techo, interrumpiendo el sueño de todos. Sin duda fue una acción desmedida para cortar con ese torrente de sonido, con el irrespeto y con la falta de racionalización. Pero sin embargo todo lo que podamos pensar ya no sirve de nada. Porque nadie nunca pensó. Ni el uno ni el otro ni pensarían quienes levantarían ese cuerpo, ni quien limpiase esa sangre ni el próximo miserable que viviese allí y se atreviera a subir el volumen.

martes, 9 de febrero de 2016

A hotel story

   When Peter got to the hotel, the first thing he did was taking off his shoes and socks. He massaged his feet for a while after arriving, checking if it was as bad as he had imagined. He had some blisters on his foot, probably because he had used the wrong shoes or the wrong socks or who knows. The point was he couldn’t walk anymore so he decided to shower in order to freshen a little bit and then go to bed.

He decided to sleep naked, as the rest of the body also ached from the long day and he wasn’t planning on doing anything special the next day. He wanted to be comfortable during the night and that was a nice way to be at ease. The weather was nice so he wouldn’t feel cold at night or anything like that. Just five minutes after getting into bed, he was already asleep, dreaming some wild story were he had to run and do many things that he would simply not do in the current state of his poor feet.

 All night long he tossed and turned and pushed his pillows to the ground and pulled up the covers and then down. He couldn’t stop moving and he finally woke up when his body felt the smell of smoke. His senses were not very good but he was certain it smelled as if someone was smoking right there in his room. He looked from one side of the room to the other and couldn’t see were the smell was coming from, if that makes any sense. He came out of bed and suddenly the room’s main door was pushed open by a group of men with flashlights.

 Poor Peter fell backwards and looked like a turtle trying to get back up. He had hurt his back and the men had to help him up and tell him to go out. With a hand on his back, the man obeyed and walked towards the door and it was there he noticed the smoke was everywhere. Maybe he had so many weird dreams because of the smoke and no because of his own head but, yet again, he always had weird dreams.

 He continued walking down the corridor, barely seeing were he was going, until he hit a wall and didn’t know where to go next. He noticed a fire escape sign on a wall and followed it. The firemen had remained behind, probably fighting the source of the smoke, so he had to go down some dark smelly stairs all by himself. He wasn’t thrilled to do it, especially since his feet hurt and he couldn’t walk very fast.

 It was just before descending the last step when he heard the voices of many people and realized he had arrived to the lobby, which was packed with people; probably waiting for the firemen to extinguish whatever fire they were fighting against. It was then when Peter realized he wasn’t wearing any clothes, not even underwear or a t-shirt. Not a towel, not a robe, nothing.

 He decided to remain there, in the darkness of the stairs and just hear the people talk in the lobby. He got very near the door and heard someone saying the fire was in one of the rooms, not very far from his own room. It was probably because of a smoker, said a man in very deep voice. He blamed the hotel for not having a policy against smoking and letting some people just do whatever they wanted. He also reminded his audience, which Peter couldn’t see, that many children had caused a scandal the night before at dinner in the restaurant and that it was rumored an old gentleman had once peed right there on the lobby.

 Peter wanted to laugh because that last story had to be false but the man had said it as if he was talking about some very important matter. Even if he couldn’t see him he was sure he knew who he was, a guy that looked at everyone as if they were a bother to him. He had seen him once during breakfast and he thought it was curious that such a large man could blame others for not respecting boundaries. That thought made him want to laugh but he knew he couldn’t.

 Then, he heard some noise coming from upstairs and decided to hide on one side of the stairs. Thankfully the space was almost completely dark except for the emergency exit signs. Sure enough, about five people were coming down the stairs and a fireman was accompanying them. He assured them everything was going to be fine and that they just had to join the rest of the people in the lobby. They passed very near Peter and opened the door, flooding the space with light for a while. Everyone outside turned to look at the family coming out.

 It was really unpleasant to hear so many people faking worry, as if they all knew those people. They were a mother, a father and three children, probably the same children the fat guy didn’t liked and he was one of the people to ask if they were okay. It just proved how false a person could be. Shortly after, the fireman attracted attention to him and announce the fire source had been found and that they were close to extinguishing it. After they had done that, sleeping bag would be borrowed for people to sleep in the lobby.

 Someone asked who had been the responsible for the fire and all that smoke but the fireman refused to answer that as the most important thing was that everyone was alive and well. They were still going floor by floor checking no one had been left behind. He then asked people to be still and let him count them in order to know if someone was missing from the lobby. After all, they had the list of every single person staying in the hotel and they could easily find out who was missing.

 When he heard that, Peter felt some cold sweat in his forehead. It was obvious they were going to see he wasn’t there and if that fireman had been one of the men that had entered his room, it would seem even stranger. The most obvious thing would have been to come out and just reveal himself naked as he was but he had a better idea: he climbed up the stairs as fast as he could and waited by the door there to check for anyone passing by. When he noticed that the floor was deserted, he came out and started pushing every room door he could.

 That level wasn’t as filled with smoke as the others but people must have been evacuated anyone. The bad thing was that many rooms had blocked automatically but not every one of them. Some had been left open and the system hadn’t closed them back. He entered some rooms and realized many women were at the hotel because he couldn’t find a single clothing piece for a man. He finally decided to put on some pajama pants he found in one room and just come down like that, with nothing else.

 Hoping no one would notice their pants on him, he went back down and opened the door to the lobby to reveal… Well, nothing. No one was there. The place looked even more deserted that the floor he had been in before. He had no idea where so many people had gone so he decided to go around the place to see if he could find someone. They weren’t in any of the two restaurants, or in the kitchens. They weren’t by the reception or by the smokers lounge. Finally, he saw some people running by the building and screaming. He understood right then he had to go out and see what was happening.

 Just as he crossed the doors, a horrible sound flooded the space. He knew he had to run but not why. He followed a fellow runner and just sprinted as fast he could which wasn’t much because of his feet. But he had to make them hurt because his mind knew it wasn’t a time to choose. He ran for at least to blocks until he stopped. Many people were running more but he just couldn’t. His feet were red. He sat on the ground and looked up, realizing why he had been running so much.

 The fire in the hotel had apparently been much more serious than what the fireman had said. A whole floor had sunk and the top part of the building had collapsed into the other and now it looked like one of those futuristic visions of architecture, the top part of the structure not far from collapsing into the street. It was certainly going down but for the moment it stood there, in an odd balance that everyone was fascinated with. He realized many people were looking at the spectacle besides him and that the people of the hotel were just some steps away.


  He walked there slowly, sitting on a bench near them. The fat guy was arguing with some lady, a woman was drunk or high or something, fighting against one of the fireman and a paramedic was curing a child that cried incessantly. Peter felt tired right there. So much he closed his eyes and the last thing he heard was: “I have a pajama just like the one he’s wearing”.