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viernes, 22 de junio de 2018

Amor y guerra


   Su cuerpo se sentía bien. Debo confesar que siempre que pienso en él, recuerdo aquellos momentos cuando dormíamos juntos y besaba su espalda. Parecía que el tiempo iba más despacio durante esas mañanas, en las que el sol acariciaba todo de la manera más tranquila posible. Era como si el mundo se hubiese dado cuenta de la felicidad que sentíamos y lo celebraba con nosotros. No me avergüenza decir que hacíamos el amor varias veces al día, pues la conexión que teníamos era completa y difícil de explicar.

 No era solo sexo, era mucho más. Era amor y cariño, pero también amistad y un cierto grado de compañerismo. Al fin y al cabo nos habíamos conocido trabajando en la base, él siendo uno de los miembros de la parte administrativa y yo siendo un reciente ascendido a sargento. Creo que mi felicidad por ese logro había hecho que nuestra relación pudiera florecer. Tal vez si eso no hubiese sucedido, no hubiésemos visto en el otro lo que ahora vemos todos los días y no nos cansamos de compartir.

 Pero ahora ya no estoy con él, estoy lejos. Pienso en su cuerpo desnudo mientras duerme, pues asumo que no debe estar despierto aún. Aunque tal vez sí lo esté porque recuerdo que un día que llegué muy temprano él ya estaba desayunando y viendo televisión. En esa ocasión, me confesó que se había acostumbrado a dormir conmigo y que, cuando yo no estaba, su cuerpo parecía despertarlo para que estuviese pendiente de mi llegada. Era algo muy tierno pero no había pasado de nuevo.

 Tal vez estaba despierto hace horas y veía la tele, tratando de no pensar en mí o en lo que yo podría estar haciendo. Estaba a un mundo de distancia pero lo veía como si lo tuviese en frente. Quise poder tomar su mano y abrazarlo, compartir otro momento más con él, pero eso no podía ser. Por fortuna, mi trabajo no había demandado estar en un lugar fuera de nuestra ciudad en todo el tiempo que nos habíamos conocido, ya casi dos años. Pero el tiempo había llegado de pasar por el trance de la separación forzada.

 Antes de irme, compramos un gato que llamamos Garfield. No era un nombre muy inventivo, pero mi idea había sido la de darle una compañía a mi amado mientras yo no estuviese ahí. Obviamente él tenía su trabajo y varias responsabilidades, pero yo sabía bien que el problema era más bien por las noches y en las mañanas, cuando normalmente éramos solo nosotros dos. Sabía como se sentiría porque yo me sentiría igual. Estar alejados dolía bastante pero había que aguantar y enfrentar la realidad de las cosas y del estilo de vida que llevábamos y que habíamos elegido.

 Iba en un helicóptero sobre una selva completamente verde, casi impenetrable. Los árboles crecían con poco espacio entre sí, construyendo como un domo sobre el suelo húmedo que había debajo, donde más signos de vida luchaban por subsistir a cada momento. Mi trabajo era el de ayudar a entrenar a un nuevo grupo de reclutas en una base militar remota, todo relacionado a un programa de cooperación internacional que se había instaurado de manera reciente. Me habían elegido por mis dotes de mando.

 Cuando por fin llegamos a la base, un pequeño lugar construido en la ladera de una gran montaña, me sentí todavía más lejos de él que antes. Era como si me hubiesen transportado a otro planeta, pues no había signos de una civilización avanzada, fuera del helicóptero que se apagó rápidamente, mientras el equipo y yo nos presentábamos con los jefes de la nueva base y pasábamos revista a los soldados. Eran muy jóvenes o al menos así los veía yo, viéndome a mi mismo en sus ojos y expresiones. Fue algo extraño.

 Cuando terminas esa primera revisión, pude ir a mi tienda asignada. Allí, descansé un rato hasta que no pude aguantar y busqué al comandante de la base para pedirle ayuda: necesitaba comunicarme con mi hogar. Cuando por fin lo encontré, el comandante casi se ríe de mi. Debí pensar que no habría internet en semejante lugar tan remoto. Me explicó que la única comunicación que tenían con el exterior era por radio con el ejercito y, según las condiciones del clima, vía teléfono satelital.

 Les pedí el teléfono prestado pero me dijeron que no era posible usarlo en ese momento pues tenían notificación de que una tormenta se acercaba y eso haría casi imposible el uso del aparato. Yo iba a responder pero un estruendo en el exterior me calló por completo. Pensé que era ya uno de los truenos de la tormenta, un relámpago tal vez, pero no era eso. Salimos todos corriendo al patio central, donde estaba el helicóptero, y vimos como una sección de la selva parecía haber estallado en llamas, de la nada.

 No era tan cerca como había parecido pero tampoco era lejos. El comandante me explicó que esa era, en parte, la razón para poner una base en semejante lugar: narcotraficantes usaban la profundidad de las selvas vírgenes para construir laboratorios donde pudiesen hacer las drogas que quisieran. Siempre eran lugares muy rudimentarios, sin reglas de seguridad para nadie, fuese consumidor o manufacturero. Eran el nuevo cáncer de la selva y debían ser extraídos antes de que sus experimentos pudiesen poner en riesgo, no solo la vida de la gente, sino la de todo un ecosistema.

 Me asignaron un grupo de cinco chicos y con ellos nos asignaron la misión de ir al lugar del incendio y ver si habían heridos o narcotraficantes que pudiésemos atrapar en la zona. Me dio nervios mientras entrabamos en la selva, pues iba con personas que no estaban preparadas para semejante misión. Ni siquiera habíamos tenido tiempo de entrenar una vez. Pero entendía la necesidad de ir antes de que escaparan los delincuentes, así que no dije nada al comandante cuando me pidió liderar el grupo.

 Les aconsejé que sostuvieran las armas bien apretadas al cuerpo, para tener mejor control sobre ellas. No debían disparar a menos que yo se los ordenara, así nos ahorraríamos momentos que quisiéramos evitar. Les avisé que siguieran mis pasos y que rotaran su mirada para todas partes: arriba, abajo, frente, atrás y a cada lado. Debían ser camaleones en la selva y eso era en todo el sentido de la palabra. Los noté nerviosos pero teníamos un trabajo que hacer. Fue entonces que les dije que pensaran en la persona que más quisieran.

 Tal vez eran más jóvenes que yo pero tal vez tenían una novia en casa. E incluso si ese no era el caso, podían pensar en su familia, en sus amigos o en quién fuera. El punto es que usaran a una persona como ancla, para no soltarse por la selva haciendo tonterías. Sabían bien que había una cadena de mando y que debía respetar protocolos claros. Se los recordé mientras caminábamos, mientras yo pensaba de nuevo en mis momentos con el amor de mi vida, que debía estar pegado al techo sin saber de mí.

 Entonces el ambiente empezó a oler más a humo y una rama se quebró a lo lejos. Pasó exactamente lo que no tenía que pasar: uno de mis chicos no tenía el arma pegada al cuerpo y se asustó de la manera más tonta. Disparó una ronda hacia el lugar de donde venía el ruido y casi suelta el arma de la tembladera que le dio. Tomé el arma y le dije que se fuera para atrás. A los demás, les ordené que me siguieran y que no hicieran nada. Cuando llegué al lugar del incendio, vi algo que nunca hubiese querido ver en mi vida.

 Un niño, de unos diez años o tal vez menos, yacía en el suelo de la selva. Me acerqué a él y noté que todavía respiraba. Mi soldado le había dado con su ronda. Seguro el niño estaba escapando del incendio y pisó la rama que se quebró. Lo tomé en mi brazos y traté de ayudarlo.

 Mi amor, debiste estar allí. Hubieses sido de mucha más ayuda. El niño murió a mis pies y la moral de mis soldados se fue rápidamente por el caño. Llevamos el cuerpo de vuelta y lo enterramos. No sé que hacer ahora. Te necesito más que nunca, mi ancla. Esto parece imposible sin tu presencia.

miércoles, 13 de junio de 2018

Habilidades especiales


   Volé sobre el mar por varias horas, hasta que sentí que había llegado al lugar correcto. Dando una voltereta un poco tonta, aterricé cerca de un acantilado hermoso. La luz de la tarde acariciaba a esa hora toda la costa y las sinuosas grietas de toda la zona se veían todavía mejor con esa luz color ámbar que lo bañaba todo. Los animales, más que todo aves, parecían haberse calmado solo por la presencia de semejante fenómeno natural tan apacible. Era un lugar perfecto para alejarse del mundo y poder pensar un poco.

 Al menos eso era lo que yo había ido a hacer allí. Después de tanta cosa, de peleas con personas de un lado y de otro y de batallas reales con consecuencias abrumadoras, había decidido que tenía derecho de irme lejos para poder pensar un poco. Sabía que mi decisión no sería bienvenida con todos pero la verdad eso era lo de menos. No podía agobiarme a mi mismo tratando de complacer a los demás, no en ese momento. Necesitaba pensar en mi mismo por un tiempo, saber qué era lo que necesitaba como ser humano.

 Ser humano… Que gracioso suena decir eso e incluso pensarlo. Ser un humano… Y yo vuelo y vine aquí después de viajar una larga distancia. Y la gente que conozco, con la que trabajo, tiene las mismas características, aunque no todos vuelan. Por ejemplo, Loretta sabe gritar de una manera que a nadie le gustaría escuchar jamás. Es gracioso porque suele ser muy callada, tal vez por eso mismo. Y Antonio puede manipular la forma de su cuerpo a voluntad. Se puede meter por donde quiera, no hay nada que lo detenga.

 Y Javier… Mierda, olvidaba lo mucho que me duele pensar en él. Solo hemos podido hablar solos un par de veces, y en ambas ocasiones ha pasado algo que no nos ha dejado decir mucho más que algunas frases sin sentido. Él anda para arriba y para abajo con Marta, esa chica rubia que básicamente es la secretaria de nuestro jefe. Ella no es especial como nosotros pero se comporta muchas veces como si viniera de otro planeta. Desde que trabajamos todos juntos me ha caído bastante mal y ahora es cada vez peor. No la soporto.

 Su mirada es siempre condescendiente y habla como si le estuviera explicando todo a un montón de niños de preescolar. Creo que no soy el único que no aprecia su presencia en el equipo, pero ciertamente sí soy el único que se ha ido a discusiones verbales con ella. Jamás he sido muy bueno que digamos en eso de callarme y seguir adelante. No puedo. Tengo que decir lo que pienso, así sepa que voy a herir a alguien con mis palabras. Pero ella parece estar hecha de teflón o algo por el estilo porque parece que nada le hiciera daño. Las cosas, sin embargo no son peores y eso es por Javier.

 Al comienzo, tengo que confesar, que no lo había detallado mucho. Pasaron seis meses hasta que nos hablamos por fin. Fue un breve intercambio en un ascensor. Hablamos de nuestras habilidades especiales y de nuestra vida justo antes de empezar a trabajar en el equipo. No dijimos nada demasiado profundo ni demasiado personal. Fue un simple intercambio de palabras entre personas que trabajan en un mismo lugar. Fue cordial y amable, ni más ni menos. Y sin embargo, debo confesar que sentí algo entonces.

 Mientras camino por el borde del acantilado, mirando como el mar crea cada vez más espuma sobre las rocas, recuerdo como empecé a pensar en él cada vez más. Era como obsesión que había nacido y se apoderaba cada vez más de mi mente e incluso de mi cuerpo. La segunda vez que hablamos fue mucho después, cuando ya habíamos trabajado de manera activa juntos. Debo decir que cuando mencioné antes que habíamos hablado solo dos veces, me refería a después del incidente. El muy desafortunado incidente.

 Nuestra versión oficial era que no había pasado nada y que todo lo que la gente decían eran puros chismes que buscaban crear algo donde no lo había. Pero nosotros tres, Javier, Marta y yo, sabíamos muy bien que todo lo que se decía por ahí era completamente cierto. Era muy complicado parecer indiferente ante algo que todos parecían interés en discutir. Además cada uno lo asumía de manera diferente: unos de verdad querían saber y preguntaban detalles y otros se hacían los indiferentes pero obviamente querían saber más también.

 Al fin y al cabo, lo único que habíamos hecho era darnos un beso. Aunque eso sonaba demasiado romántico. No había sido tanto un beso como una acción de extrema urgencia que habíamos tenido que tomar en el frente de batalla. Javier había sido herido gravemente y su respiración parecía haberse detenido. Por radio, nos dijeron que lo mejor era ayudarlo a respirar. Eso solo podía hacer con un masaje cardiaco, imposible en nuestra situación, o con respiración de boca a boca y masajes en el área abdominal.

 El problema recaía en que Javier tenía una habilidad bastante peculiar y es que absorbía la energía de cualquier ser humano que lo tocara. Al parecer era algo que podía manejar pero solo cuando estaba consciente y en buen estado de salud. Así, desmayado como estaba, no se sabía. Fue Marta quién sugirió que yo lo hiciera. Pensaba que la habilidad de Javier podría matarla a ella pero yo, por mis poderes, podría sobrevivir. Tengo que admitir que ella no tuvo que insistir mucho. Lo hice sin pensar en nada, lanzándome al vacío como lo había hecho antes en tantas ocasiones. El eterno irresponsable.

   Al comienzo, no sentí nada. Pero luego empezó un cosquilleo en mi boca que se hizo cada vez más notable con cada intento para que Javier pudiese respirar de nuevo. Mis labios y mi cuerpo entero hacían lo que podían, bombeando aire dentro de Javier para que este pudiese vivir. Pero por alguna razón, no funcionaba. Fue como al décimo intento cuando vimos signos de vida en él: tosió y se movió un poco. Yo estaba feliz. Detuve mis intentos y lo miré a los ojos. Fue entonces cuando sentí arder mi alma.

 Esa es la mejor manera que tengo para describirlo. Mientras veo como el sol cae en el mar para ocultarse durante otra noche más, recordé como ese ardor indescriptible recorría mi cuerpo y parecía hacerme querer ver el infierno. No recuerdo gritar pero Marta dice que lo hice. Incluso, la única vez que hablamos de ello, en presencia del jefe, dijo haber visto como mis ojos se ponían de un color rojo brillante. Dijo estar muy asustada y no querer hablar nunca más del tema. Y no lo hicimos, con nadie.

 La gente solo sospechaba que yo había besado a a Javier para salvarlo, eso era todo. Se burlaban a besos, haciendo chistes idiotas acerca del momento. Ellos no estaban allí, así que no tenían idea de cómo había sucedido todo. No sabían del afán que tuvimos de salvarle la vida a Javier y no tenían ni idea, ni podían imaginarse, que algo dentro de mi cuerpo se había despertado con esos “besos”. En vez de quitarme energía, parecía que Javier me había dado algo que yo no había poseído antes. Desde entonces, tengo miedo.

 Por eso vine aquí, a un lugar que solo había visto en documentales y películas. Es una isla sin habitantes en las costas escocesas. Gente ha venido aquí en muchas ocasiones pero nunca se quedan mucho tiempo. El mar y el viento no dejan que la gente se acostumbre al clima tan severo. Hay tormentas con frecuencia, por lo que no es raro que la lluvia cubra toda la superficie del lugar por varias horas. No es un sitio al que alguien vendría a buscarme y precisamente por eso me vine volando hasta aquí.

 La luz ya se había ido. El sol ya no estaba pero entonces la Luna apareció tras unas espesas nubes oscuras e iluminó el extenso mar que había abajo. Me senté al borde del acantilado, sin miedo de caerme. Había perdido el temor a muchas cosas con el paso del tiempo, una de ellas las alturas.

 Entonces sentí de nuevo ese ardor en el pecho. Por un momento pensé que me iba a partir el cuerpo en dos. Pero entonces lo logré dominar, o eso creo. Fue entonces cuando entendí que no debía quedarme allí mucho tiempo. Tenía que volver. Tenía que hablar con Javier de todo esto y de más aún. Era necesario.

lunes, 26 de marzo de 2018

Abre los ojos


   Una, dos y tres veces. Y luego seguí sin que me importara nada. Seguí y seguí hasta que dejé de sentir los dedos, las manos enteras. Mis brazos se entumecieron del cansancio y el dolor y fue entonces cuando por fin me detuve. En mi mente, para mí, habían pasado horas. Pero en realidad, todo había sido cuestión de minutos. Me di cuenta de que temblaba. Un frío helado me recorrió la espalda. Ese golpe contundente fue el que me despertó de mi enojo, de mi rabia y del dolor que me había cegado.

 Los nudillos los tenía destruidos. Me chorreaba sangre de ellos pero no demasiada. Los dedos temblaban con violencia y no podía estirarlos ni cerrar el puño por completo, no de nuevo. La sangre que cubría mis manos no solo era mía sino del tipo que tenía adelante, tirado en el suelo. Lo escuchaba llorar, moquear un poco e incluso decir algunas palabras de suplica. Pero, como hacía unos minutos, yo no escuchaba nada de lo que decía. No solo porque no me importaba sino porque había perdido ese sentido momentáneamente.

 Lo que oí primero, sin embargo, fue la sirena de una patrulla que se acercaba a toda velocidad. Tuve el instinto de correr, de alejarme de allí lo más rápido posible, pero recordé pronto que ese no era el plan, eso no era lo que había cuidadosamente preparado. No, debía quedarme allí y asumir lo que había hecho. De la nada, un chorro de rabia surgió de mis entrañas, probablemente lo último que tenía adentro. Usé ese impulso para patearlo un par de veces en el estomago, para evitar que él fuera quien se escapara.

 La policía por fin llegó y, como lo esperaba, me arrestaron. Uno de los uniformados quiso ponerme esposas pero prefirió no hacerlo por el estado de mis manos. Me miró fijamente y me dijo que me metiera en la parte trasera de la patrulla. Debió detectar que mis intenciones no eran diferentes, porque lo dijo de una manera calma, sin presiones. Yo hice lo que me pidió, pero no cerré la puerta porque no podía. Ellos revisaron al herido y llamaron una ambulancia. Esperamos hasta que llegó y se lo llevó al hospital.

 Por nuestro lado, fuimos a la comisaría. Lo primero que hicieron allí fue tomarme las fotos de rigor e identificarme. Fue un proceso rápido, sin ninguna sorpresa. Lo siguiente que hicieron fue enviarme a la enfermería para una rápida curación de mis manos, que vendaron, no sin antes usar una crema especial que al parecer ayudaría a que las heridas cerraran pronto. No me quejé en ningún momento ni me rehusé a nada. Miré a la cámara directo al lente para las fotos y pensé en todo menos en mi dolor mientras curaban mis manos. Cuando me metieron a la celda, inhalé profundamente.

 Allí estaba yo solo. Para ser una ciudad tan violenta y problemática, era un poco extraño que me metieran solo en una celda. Debía haber otras, supuse. Era el tipo de cosas que me ponía a pensar para no reflexionar demasiado. Porque si me ponía a pensar mucho en lo que había hecho, en mi plan, me arrepentiría en algún momento y dañaría todo de manera irremediable. Me senté en un banco metálico y allí contemplé por mucho tiempo el suelo y las manchas de sangre seca que allí había.

 Seguramente habían peleado allí una banda de vendedores de drogas o tal vez de habitantes de la calle. Es posible que algunos cuchillos se hubiesen visto envueltos en todo el altercado o incluso algo más sutil como una cuchilla para afeitar o algo por el estilo. Quien sabe cuanta gente había pasado por allí, de paso a la cárcel. Tal vez no eran tantos o tal vez muchos más de los que la mayoría de gente pensaba. No tenía ni idea pero todo el asunto me hizo pensar en la posibilidad de terminar encerrado para siempre.

 Me tranquilicé rápidamente diciéndome que sería un injusticia enviarme a la cárcel por golpear a un hombre. Al fin y al cabo, no lo había matado. Eso sí, no me habían faltado las ganas y debo admitir que mi primer plan había contemplado esa posibilidad. Pero mi abogada, con la que había hablado antes de planearlo todo, me había aconsejado no hacer algo tan extremo. Ella era de esos abogados que se mueve muy bien en el agua turbia pero sabía el tipo de persona que era yo y no quería verme envuelto en algo demasiado oscuro.

 Eso sí, no puedo decir que ella me diera ideas para nada. Ella solo escuchaba lo que yo tenía para decir y después de un momento me decía su opinión al respecto y las consecuencias legales que existirían en cada caso. Nunca me aconsejó nada en especifico, seguramente porque no era nada tonta y tenía claro que no podía arriesgarse a que yo la culpara, en el futuro, de ser la artífice de todo el plan. Pero la verdad era que yo no tenía ninguna intención de echarle la culpa a nadie más por mis acciones.

 Más allá de ser abogada, Raquel era una de mis pocas amigas. Me conocía bien y sabía de primera mano todo lo que había ocurrido en los últimos meses, comprendía bien mis motivaciones para hacer lo que quería hacer y jamás me quiso detener. De pronto ese era el único problema que tenía respecto a todo el asunto, y sí detecté ese nerviosismo en ciertas ocasiones, pero la última vez que nos vimos me dio un abrazo que fue más explicito que escribirme una carta de cuatro páginas. Ella sabía muy bien lo que yo quería y porqué. Creo que la aprecio más ahora que nunca antes.

 Un policía por fin vino y tomó mi declaración, junto con un enviado de la fiscalía. Conté todo lo que había ocurrido ese día, cómo había planeado desde el primer segundo de la mañana seguir a ese hombre, y esperar con paciencia hasta que estuviese completamente solo para hacer lo que quería hacer. Confesé haberlo secuestrado y llevado al lugar al que habíamos llegado, una fábrica abandonada en la mitad de la ciudad adónde nadie llegaría a menos que yo dijera donde estábamos.

 Y de hecho, eso fue exactamente lo que hice. Con anticipación, programé un correo electrónico que sería enviado a la policía y a otras entidades para que llegaran al lugar en el momento preciso en el que yo quería que llegaran. Debo confesar que mi calculo falló por algunos minutos, que fueron los que utilicé para patear al infeliz en el estomago. No me siento orgulloso de ese ataque de rabia pero tampoco me avergüenzo pues creo que tenía todo el derecho de hacer lo que hice.

 Fue entonces cuando les pedí que revisaran su cuenta de correo electrónico de nuevo. Había programado un segundo correo, esta vez conteniendo un video con toda la información que tanto la policía y la fiscalía, como miles de otros pudieran querer y necesitar para absolverme al instante. Además, el video se subió automáticamente a varias redes sociales y mi intención de hacerlo viral fue un éxito total. A esa hora, ya muchos sabían de mis razones e incluso me aplaudían por mi proceder.

 A la hora, Raquel vino a recogerme. Había quedado libre, a pesar de que todavía había algunos cargos contra mí, cargos de los cuales podría deshacerme con una increíble facilidad. Todos me miraban de camino al coche y cuando me bajé en mi edificio y subí a mi apartamento. Al parecer todos se habían quedado sin voz y yo no entendía que parte de todo el asunto los hacía quedarse así: sería lo que había sucedido, lo que yo había hecho o toda la situación? En todo caso, los entendía a todos, sin importar la razón.

 Nadie esperaba ver a un hombre rico, con familia y nombre, en un video casi pornográfico. Y no lo era porque el video no mostraba sexo consensuado entre dos adultos sino una violación. Poder obtener ese video me costó mucho más que sangre pero valió la pena.

 Destruí a un hombre por completo y lo único que tuve que hacer fue centrar la atención sobre mí, convertirme en un villano para entregarle al mundo el villano real. Lo que pensara la gente sobre mí no me importaba ya. Solo quería que la gente, por una vez, abriera los ojos.

viernes, 9 de febrero de 2018

Del saber y el deber

   El día anterior a su partido lo pasamos juntos. Le propuse venir a mi casa y pasar todo el día allí, los dos solos. Al otro día lo recogerían sus padres para llevarlo a comer algo con ellos antes de partir a su viaje de seis meses. Pero yo lo quería para mí solo por lo menos un día entero. Era lo que nos merecíamos, o al menos eso pensaba yo. La verdad era que eso era lo que yo quería y si me lo merecía o no era lo de menos. Solo quería sentir que lo tenía allí, cerca de mí, antes de que pasara lo desconocido.

 La manera en que lo había conocido no era la más común y corriente del mundo. Había sido en mi último año de secundaria, cuando todos los hombres teníamos por obligación asistir a una reunión con el ejercito para ver si éramos aptos o no para el servicio militar obligatorio. Obviamente, ninguno quería ser apto pues éramos un país en guerra y cualquiera que pudiese pasar un año entero haciendo su servicio podía ser enviado con toda facilidad a alguno de los frentes de la contienda.

 Yo sabía de antemano que no iba a ser apto para estar en el ejercito: no solo tenía un problema notorio en uno de mis músculos pectorales, cosa que me descalificaba de entrada, sino que también usaba gafas aunque la verdad era que mi miopía no era tan grave como ellos tal vez pensaran. El caso era que nada me preocupaba acerca de presentarme en ese lugar. Lo único era la revisión médica, que se hacía en grupo. Es decir, nos hacían quitar la ropa, a todos los hombres de último grado de secundaria, unos frente a otros.

 Aunque en otro contexto tal vez me hubiese interesado semejante espectáculo, la verdad era que de todas maneras me asustaba un poco el riesgo de que, por alguna razón, lo que me descalificaba de entrada ya no fuera algo grave para ellos. Al fin y al cabo, eran militares. No se ponen nunca a mirar mucho las cosas, solo hacen y listo. Así que aunque no puedo decir que no quería mirar a algunos de mis compañeros sin ropa, no era mi prioridad esa mañana de mayo, en la que hacía una temperatura agradable.

 Habían médicos mirando de lejos y revisando de cerca si veían algo que los hacía dudar. Y detrás de ellos, tres soldados que hacían de asistentes con cajas de guantes de plástico y toallas y no sé que más cosas. Fue entonces cuando perdí el interés por ver a mis compañeros de clase sin ropa. Porque detrás de los doctores, unos ojos color miel me miraban con una sonrisa tan perfecta que sentí que el tiempo se había detenido casi por completo. Yo me tapaba los genitales con las manos y una doctora revisaba mi pectoral extraño. Pero yo solo lo miraba a él.

 Al minuto me dijeron que podía vestirme e irme pues no era apto para el servicio. Empezaría entonces el proceso para generar una factura, basada en los ingresos de la familia. No puedo decir que puse mucha atención porque no lo hice, mientras me ponía la ropa, lo miraba a él. Pero de pronto un oficial entró y lo hizo salir y no lo vi más. Eso fue hasta que salí del recinto y me lo encontré cuando me tropecé con él al salir a la calle. Él iba a entrar y yo a salir y cuando nos chocamos solo sonreímos.

 Me dijo que lamentaba que no fuese apto. Yo le respondí que me alegraba no serlo. No estaba en mi coquetear a la primera sino ser brutalmente sincero, un rasgo que muchas personas detestaban en mi. Él sonrío y me dijo que su nombre era Raúl. Yo sonreí de vuelta y le di la mano. Le dije mi nombre y entonces noté que su apellido era Rivera, pues lo tenía en el uniforme. El momento fue interrumpido por el mismo oficial que lo había sacado de la revisión. Le pedía que lo siguiera.

 Raúl se apuró al instante. Era obvio que hacer esperar a un oficial de mayor rango no era lo correcto en el contexto del ejercito, así que se apuró a sacar su celular del bolsillo de la chaqueta y puso frente a mi casa la pantalla, que mostraba una serie de números. Un poco torpe, saqué mi teléfono y copié el número. Estaba en el último digito cuando me di cuenta que Raúl ya no estaba en la puerta. Se había ido detrás de su superior, al parecer casi corriendo para alcanzarlo.

 Allí empezó todo. Yo nunca pensé en relacionarme con alguien que tuviese que ver con el ejercito. No estoy de acuerdo con el uso de armas ni con ningún tipo de ofensa que requiera el uso de soldados a gran escala. La primera vez que salimos le dije todo eso, porque no quería ser hipócrita y que él pensara yo era alguien diferente al que de verdad soy. Se lo tomó muy bien e incluso bromeamos al respecto. La verdad era que Raúl era tan simpático, que su profesión era lo de menos.

 Eso fue hasta que le empezaron a pedir que saliera más de la ciudad. Se iba por algunas semanas y volvía normalmente más bronceado y cansado. Cuando lo veía, parecía estar a punto de dormir. Esos era los buenos días. Había otros que no lo eran tanto, como cuando no quiso verme por más de un mes. Hubo un momento en el que me cansé y amenacé con presentarme en su casa, a sus padres, si él mismo no salía a verme. Su padre había sido militar también, lo que hacia de la familia una muy conservadora. Yo sabía bien que ellos no sabían que su hijo era homosexual.

 Cuando por fin nos vimos, lo vi muy mal. No solo parecía cansado, sino que estaba pálido y parecía no haber comido bien en varios días. Le pregunté como se sentía y me dijo que mal. No había mucho en su manera de hablar, solo una expresión sombría que me dio bastante miedo al comienzo. Le tomé una mano, allí en el parque cerca de su casa. Temí que me rechazara, que me gritara o me echara del lugar. Pero en vez de eso me apretó la mano y empezó a llorar y hablar, casi sin respirar.

 Había sido testigo de cosas horribles, de cosas que no podría borrar nunca de su mente. Me dijo que había visto gente morir y que él mismo había disparado contra otras personas. Me contó de sus experiencia en un enfrentamiento en la selva y como había tenido que aguantar solo por toda una noche hasta que más soldados pudieron venir en su auxilio. Lo habían promovido por su tenacidad pero las secuelas de todo el asunto habían calado hondo en su mente y en su vida.

 Esa vez, como muchas otras, lo invité a mi casa. Es extraño decirlo, pero antes de eso la relación no había parecido tan seria como me lo pareció entonces. Ahora sí que parecíamos una pareja en todo el sentido de la palabra, incluso el sexo se sentía diferente, mucho más satisfactorio y personal. Nos conectamos bastante a raíz de ese momento y creo que todo mejoró para ambos. Incluso tuvo el valor para decirle a sus padres que tenía una relación con un hombre, aunque nunca me han conocido personalmente.

 Y ahora ha llegado el momento que más ha estado temiendo: otra de esas misiones largas que se extiende por un pero de tiempo aún más extenso ya que su nueva posición lo convierte en una persona más indispensable adonde sea que quieren que vaya. Le pedí que no me contara muchos detalles, porque creo que en este caso la ignorancia sí puede ser algo bueno. No quiero estar pensando todos los días en si estará vivo o muerto, a salvo o corriendo quien sabe qué riesgos.


 Por eso lo invité a quedarse conmigo por todo un día. Cocinamos juntos, hicimos el amor varias veces, vimos varias películas que desde hacía mucho queríamos ver y hablamos de todo y de nada. Por la mañana, me desperté primero y le hice el desayuno mientras se duchaba. Lo vi vestirse y le di un beso mezclado con lágrimas justo antes de irse. No quería pensar en nada pero sin embargo todas las ocurrencias que podía tener se mostraban al mismo tiempo en mi cabeza. Pero ya no había nada que hacer. Lo había elegido a él y tenía que vivir con esa decisión y sus consecuencias.