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miércoles, 29 de marzo de 2017

El mal estudiante

   La temporada de exámenes terminaba y así también lo hacía el año escolar. Era ya hora de descansar para retomar un par de mees después. Y no solamente era un descanso para los alumnos sino también para los profesores. Durante meses, habían corregido sinfín de trabajos y había tenido que mantener salones de clase enteros en orden. No era nada fácil cuando el número de alumnos era cercano a los treinta y siempre había alguno que era más difícil de manejar que los demás.

 En ese grupo estaba Carlos Martínez, hijo de uno de los hombres más ricos del país y con una personalidad que ninguno de los profesores podía soportar. Carlos no solo era del tipo de estudiante que interrumpe las clases con preguntas obvias o que se ríe por lo bajo y nunca confiesa porque lo hace, Carlos además era simplemente un pésimo estudiante. No estaba interesado en nada y se la pasaba con la cabeza en las nubes, cuando no estaba haciendo bromas pesadas.

 Sin embargo, los profesores no hacían nada respecto a su comportamiento y eso no era porque no quisieran sino porque no podían. El director del colegio protegía al niño Martínez como si fuera su propio hijo, incluso más. Eso era porque el padre del niño daba una gran cantidad de dinero al año para el mantenimiento de la escuela y la frecuente renovación de equipos y muchas otras cosas. No quería que nadie dañara esa relación económica tan importante, sin importar las consecuencias.

 Y la consecuencia directa era el hecho de no poder castigar a Carlos. Así literalmente se quedara dormido en clase, no podían hacer nada. Y el joven era tan descarado que incluso roncaba a veces, para mayor molestia de sus compañeros. Muchos de los otros padres de familia habían querido quejarse oficialmente, pero al saber quién era el niño, se frenaban y preferían no decir nada. No se trataba solo de miedo sino porque sabían bien lo del dinero que aportaba para todas las causas escolares.

 Cada año se celebrara un festival, donde los alumnos y los profesores participaban haciendo juegos y preparando comida. Así recaudaban dinero para una fundación infantil a la que apoyaban. Por alguna razón, el señor Martínez ayudaba al festival y no directamente a la fundación infantil, tenía que ver con algo de impuestos o algo por el estilo. El caso era que el festival siempre era un éxito rotundo gracias a su aporte económico: traía artistas reconocidos para que cantasen y los equipos para cocina y juegos eran de última tecnología, lo mejor de lo mejor.

 En cuanto a Carlos, a pesar de ser un fastidio para muchos de sus compañeros y profesores, tenía amigos que siempre estaban ahí para él. Muy pocos de verdad lo apreciaban a él como persona pero a él eso le daba igual. Desde que tenía noción de las cosas, sabía que la gente se comportaba rara alrededor de él a causa de su dinero. Muchos querían una parte y otros solo querían sentirse abrigados por una persona que tuviera todo ese poder económico. Se trataba de conveniencia.

 Todos los chicos querían que jugara en los equipos deportivos del colegio y todas las chicas vivían pendientes de fiestas y demás para poder invitarlo. O bueno, casi todos los chicos y las chicas, porque había algunos a los que simplemente no se les pasaba por la cabeza tener que estar pendientes de lo que hacía o no un niño mimado como Carlos. De hecho, algunas personas no ocultaban su desdén hacia él en lo más mínimo, lanzándole miradas matadoras en los pasillos.

 Pero los que querían estar con él eran siempre mayoría. Jugó en el equipo de futbol y el año siguiente en el de baloncesto y el siguiente en el de voleibol, hasta que un día se cansó de todo eso y decidió no volver a los deportes. Para su penúltimo año, el que acababa de terminar, no había estado con ningún equipo, ni siquiera los había ido a apoyar a los partidos. A Carlos todo eso ya no le importaba y estaba empezando a sentir que todos los aduladores eran un verdadero fastidio.

 Puede que fuera la edad o algo por el estilo, pero Carlos tuvo unas vacaciones que los cambiaron bastante. Como era la norma en su familia, las vacaciones eran él solo, a veces con sus abuelos, en algún hotel cinco estrellas de un país remoto. Lo bueno era que le había cogido el gusto a caminar y explorar y fue así como se dio cuenta de lo que quería para su vida. Quería vivir en paz consigo mismo, sin preocuparse de lo que unos u otros dijeran de él o hicieran por él.

 Fue un viaje largo, en el que nadó mucho, caminó aún más y se descubrió a si mismo. La realidad era que no era un flojo como él creía y apreciaba mucho cuando las personas eran más naturales con él. Además, descubrió que tenía un amor innato por lo manual, algo que quería seguir al convertirse en profesional en el futuro inmediato. Todas estas revelaciones se las quedó para sí mismo. Hablar con sus padres no era una solución a nada y no había nadie más con quien pudiese relajarse y hablar tranquilamente sin que la otra persona pensara en el dinero del señor Martínez.

 Cuando volvió al colegio, trató de que no se notara tanto que había cambiado. Pero desde el primer trimestre, sus notas y su comportamiento había tenido un cambio tan brusco, que era inevitable que la gente no se diera cuenta. Al comienzo fueron algunos de sus profesores y luego los compañeros que siempre lo habían tratado con resentimiento. Sin embargo, todo siguió igual porque la mejor manera para evitar problemas es no hacer escandalo con ningún cambio drástico.

 Así que todo siguió igual hasta el final de ese año escolar. Para entonces, Carlos ya no hablaba con nadie. La razón principal era que su cabeza estaba ya muy lejos, en un lugar donde su imaginación estaba activa y vibraba de felicidad. Sus notas fueron excelentes y algunos incluso lo felicitaron por la mejora. Pero nada más cambió, ni los que se habían mantenido al margen de su vida lo abrazaron por su cambio ni los aduladores dejaron de revolotear a su lado buscando dinero.

 Al terminar las clases, Carlos simplemente desapareció de las vidas de todos ellos. En casa, decidió hablar con sus padres a día siguiente de la graduación. Ellos no habían ido pues estaban de viaje pero apenas llegaron del aeropuerto, Carlos les pidió un momento para hablar. La solicitud era tan poco común, que su padre quiso saber de que se trataba al instante. No fue para él una sorpresa muy grata el sabor que su hijo quería ser carpintero y para eso estudiaría diseño industrial.

 No era la elección lo malo del asunto sino que Carlos era hijo único y sin él no habría nadie más que pudiese dirigir la empresa familiar, que poco o nada tenía que ver con hacer muebles, que era lo que Carlos quería hacer por el resto de sus días. La respuesta inmediata fue un no rotundo pero el chico aclaró que, después de sus estudios, pedía un año para ver si podía ser alguien en la vida con lo que había elegido. Si fallaba, estudiaría lo que su padre quisiera y tomaría su puesto en la empresa.

 Su padre lo pensó varios días hasta que le dijo que estaba de acuerdo. Le daba cuatros años para estudiar diseño y luego un año para ver si podía hacer su propio camino, a su manera y por sus propios medios. Carlos viajó a Europa a estudiar poco después.


 Sin embargo, cuando ya se cumplían los cuatro años de estudio, Carlos desapareció. Pero no sin antes dejar una nota en su apartamento, pagado por sus padres. Pedía perdón y decía que no tomaba nada de la familia, solo lo que tenía encima. Nunca supieron si fue exitoso o no, ni lo que fue de él.

miércoles, 27 de abril de 2016

Excavación

   El calor era insoportable. Tanto, que todos en el grupo habían acordado que no dirían nada si alguien se quitaba la camiseta o venía a trabajar el calzoncillos. El primero en tomarlo como regla fue el profesor López, un hombre de más de setenta años que trabajaba hacía mucho tiempo con el museo y que era uno de los hombres más cultivados en el tema de las momias. Podía reconocer, con solo ver una momia, la cultura de la que venía y su estatus en ella. Era un hombre muy estudioso pero a la vez excéntrico, por lo que a nadie le extrañó que fuera el primero en venir casi desnudo.

 La doctora Allen, una de las únicas mujeres en la excavación, había sido la que había cambiado las reglas. También había exigido excavar un par más de pozos de agua, pues con lo que tenían no iba a ser suficiente para sobrevivir las inclemencias del desierto. El Sahara no perdonaba a nadie y ellos habían venido con una misión muy clara: encontrar la tumba del máximo jefe de una civilización  que todo el mundo creía inventada hasta que se descubrieron referencias a él en otro sitio, no muy lejano.

 Muchos de los arqueólogos habían estado en ese lugar y el calor allí no era tan infernal como en el llamado Sector K, que era donde se suponía que iban a encontrar el templo perdido que buscaban, El museo había gastado muchos millones para enviarlos a todos al Sahara y para hacer de la expedición el siguiente gran descubrimiento de la humanidad. Incluso había un equipo de televisión con ellos que grababa el que sería el documental del descubrimiento.

Pero después de un mes excavando, los camarógrafos y el entrevistador se la pasaban echados bajo alguna tienda, abanicándose y tan desnudos como el profesor López, que era una de las pocas personas que ignoraba las cámara casi por completo. A la mayoría no le gustaba mucho la idea de ser grabados o al menos eso era lo que decían. Sin embargo, cada vez que los veían venir a grabar algo para no pensar en el calor, todos los arqueólogos se limpiaban un poco la cara y trataban de verse lo mejor posible, cosa muy difícil con el calor y la falta de duchas.

 No era un trabajo glamoroso. Uno de los jóvenes del equipo, un chico de apellido Smith, no había logrado todavía acostumbrarse al ritmo de trabajo ni a las condiciones. Era su segundo viaje con el museo y el primero había sido en extremo diferente. En esa ocasión lo habían enviado a Grecia con todos los gastos pagos, a un hotel hermoso cerca de la playa, con desayuno, almuerzo y cena y una ducha. El sitio de la excavación era cerca y podía ir en un coche rentado por el mismo museo. Era lo mejor de lo mejor y tontamente había creído que siempre sería así, cosa que pronto se dio cuenta que no era así.

 Sin embargo, todos trabajaban duro y hacían lo mejor posible para poder avanzar en la excavación. Después de un par de meses, habían removido tal cantidad de tierra que el desierto había cambiando de forma. Habían instalado además varias barreras plásticas para que el viento no destruyera sus avances y la mayoría creía que estaban muy cerca de hacer el gran descubrimiento por el que habían venido. En las noches lo hablaban al calor de una hoguera, en el único momento en el que todos de verdad se unían y hablaban, compartiendo historias de sus vidas, casi siempre de otras experiencias con la arqueología.

 El profesor López siempre tenía una anécdota graciosa que contar, como la vez que había descubierto un equipo de sonido en una tumba inca o la vez que había estornudado subiendo el Everest. Contaba las historias con una voz más bien monótona y casi sin pausas ni emociones. Pero todo el mundo se reía igual, jóvenes y viejos, principiantes y arqueólogos curtidos. Era un trabajo que unía a la gente pues todos buscaban lo mismo y no era nada para ellos mismos sino para la humanidad en general: sabiduría.

 El día que encontraron un brazalete hecho de piedra, casi no pueden de la alegría. Era el primer indicio, en todo su tiempo en el sitio, de que sí había existido la cultura que estaban buscando. El reino perdido del Sahara existía y no era un ilusión ni un cuento de algún loco por ahí. Con el brazalete, se comprobaba que todo lo investigado era cierto. La doctora Allen informó al museo de inmediato y solo ese pequeño objetó fue suficiente para recibir más dinero. Se sorprendió al ver llegar más maquinaria, grande y pequeña, y también mejor comida.

 La noche del descubrimiento, hicieron una pequeña fiesta en la que celebraron con algunos botellas de whisky que uno de los arqueólogos había logrado traer. Se suponía que el alcohol estaba prohibido en el trabajo, pero solo querían celebrar y lo hizo cada uno con un trago y nada más, aunque hubo algunos que tomaron un poco más en secreto y tuvieron que fingir que no les dolía la cabeza al otro día, con el sol abrasador golpeando sus ojos y sus cabezas con fuera.

 Pronto no solo hubo brazaletes sino también las típicas ánforas que, en el desierto, eran de barro oscuro y sin ningún tipo de dibujos. Lo único particular era que estaban marcadas con lo que parecían números o tal vez letras. Los expertos determinaron que no eran jeroglíficos así que ya había otra cosa interesante por averiguar. Después siguió el descubrimiento de un par de anillos de oro con amatistas y, un día casi en la noche, se descubrió una formación de roca que parecía ser mucho más grande de lo normal, parte de algo mucho mayor.

 Los camarógrafos y el reportero tuvieron que despertarse de su letargo casi completo y empezaron a entrevistar al responsable de cada descubrimiento y hacer planos detalle de cada uno de los objetos recuperados. Lo hicieron, imitando a López, sin nada de ropa. El descubridor de uno de los anillos, una mujer joven y muy pecosa, casi no pudo para de reír frente a la cámara a causa de la vestimenta de los hombres detrás de ella. Tuvieron que repetir la toma varias veces hasta que la chica pudo controlar sus impulsos y presentó el anillo sin reír.

 Grabaron también el momento cuando, con una máquina enorme que parecía de esos buscadores de metal pero más grande, se descubrió que la estructura de la que hacía parte la gran piedra descubierta era simplemente enorme. Usaron varios aparatos con sonares y demás tecnología de punta y descubrieron que lo que tenían bajo sus pies era el edificio más grande jamás construido en el desierto.

 El museo envió casi al instante equipos de luces que ayudarían a las excavaciones de noche y también autorizaron el envío de quince arqueólogos más, entre ellos el profesor Troos, que conocía muy bien a López y siempre había concursado con él en todo desde que era jóvenes en la universidad. Por supuesto, era una rivalidad sana y sin animo de destrucción ni nada parecido. Pero era divertido verlos pelear. Eran como niños pequeños que no se podían de acuerdo en nada. Sin embargo, ayudaron bastante en ir descubriendo más cosas a medida que la maquinaria más avanzada removía la arena del sitio.

 Por ejemplo, descubrieron que la civilización que había vivido allí, probablemente se comunicaba con el resto del mundo a través de caravanas comerciales bastante bien cuidadas pero al mismo tiempo era un reino aislado por su complicada situación en una región tan extrema y que muchos consideraban peligrosa. Eso lo sabían bien los arqueólogos, que a cada rato encontraban escorpiones rondando el sitio, a veces tan grandes que a cualquiera le daban miedo. Aunque al principio solo los alejaban, después los empezaron a meter en cajas para los zoológicos e incluso los mataban porque eran una plaga.

 El día que descubrieron la puerta principal del enorme edificio, varios meses después de iniciadas las excavaciones, todos estaban tan extasiados que no tenían palabras para decir nada. López limpio la puerta metálica con cuidado e hizo el primer descubrimiento: la cultura del desierto tenía un alfabeto completamente distinto. Tuvo que estudiar las formas y dibujos por mucho tiempo para lograr entender que había escrito en cada lugar, en cada objetos y los muros interiores que serían revelados más tarde.


 Y como en toda excavación, surgió el rumor de una maldición. Su primera victima fue uno de los camarógrafos, atacado por varios escorpiones cuando iba a orinar de noche. Pero después siguieron otros y pronto muchos creyeron en la maldición y otros dijeron que simplemente el desierto era así, hostil. Pero que a la vez tenía innumerables tesoros esperando ser descubiertos.

domingo, 14 de febrero de 2016

Encuentro

   El rocío cubría gran parte del terreno, haciendo que cada pequeña planta, cada flor y casa montoncito de musgo brillaran de una manera casi mágica. La mañana en las tierras altas y alejadas del mundo era diferente a las del resto del planeta. Aquí parecía que todo se demoraba en despertar, tal vez porque el sol se veía a través de una cortina de niebla o tal vez porque no existía civilización en miles de kilómetros. Eso sí, muchas migraciones habían pasado por este lugar pero ninguna se había quedado, ninguna gente había decidido de hacer de ese páramo su hogar. Y era extraño pues había agua en abundancia y ríos donde pescar y animales que cazar. Eso sí el balance natural era frágil. En todo caso allí no vivía nadie.

 Los pasos de Bruno no fueron entonces escuchados por nadie, ni por mujer ni por hombre ni por niño, solo por algunas aves que parecían estar buscando insectos entre las plantas bajas y el ocasional venado que no huía, sino que pasaba alejado del ser humano. Se veían mutuamente pero se dejaban en paz. El venado lo hacía porque no conocía al ser humano pero podría ser peligroso. El humano lo hacía porque ya había comido y no le era necesario comer más. Esa era la realidad del asunto. Siempre la crueldad de una de las bestias es más poderosa que la de la otra y por eso es que hay depredadores y depredados. Bruno además tenía respeto por el lugar y por eso no cazaba a lo loco ni pisaba el musgo si podía evitarlo. Incluso en ese lugar perdido había piedras.

 Sus botas resbalaban un poco, sobre todo sobre rocas húmedas o sobre los terrenos mojados a las orillas de los ríos. Eran sitios de una belleza increíble y cada cierto tiempo recordaba su cámara y la sacaba para tomar una foto pero recordaba lo mucho que odiaba como el sonido al accionar el obturador rompía con la magia del sitio por unos preciosos segundos. Era como si se violara a la naturaleza tomándole fotografías, así que no lo hacía demasiado, solo cuando había algo que estaba seguro que no podría recordar después y que solo guardándolo en una imagen podría perdurar. Tenía fotos de varios ríos, de los picos rocosos entre la neblina, de un cañón profundo y negro y de los venados comiendo en la pradera.

 Fue cuando llegó a la cima de una de esas montañas de pura roca, queriendo ver si ninguna tenía nieve, que descubrió algo de lo más extraño. La punta de la montaña era algo plana al final y allí se sentó un rato, teniendo cuidando de no caer por la parte más peligrosa. Y fue sentándose que vio lo que creyó eran más rocas. Pero más las miraba y más se daba cuenta que las rocas parecían pulidas y casi podía verles una forma, como de ser vivo. Estaban a tan solo unos metros más abajo pero como todo allí era más lento, su cerebro estaba contagiado y se demoró un buen rato decidiendo si debía bajar a mirar o no.

 Cuando por fin lo hizo, descubrió que las rocas no eran rocas sino huesos. Había lo que era posiblemente un fémur, largo y casi pulido por el viento, unos pequeños huesitos regados por alrededor, que bien podían ser de la mano o de un pie, y un poco más allá un cráneo con un hueco en la parte superior. El cráneo pesaba bastante y se notaba que el hueco era producto de una caída o algún accidente, es decir, el animal que fuera no tenía ese hueco por naturaleza. Era un cráneo alargado, de cuencas oculares grandes y trompa como la de un perro pero más ancha, más grande. Y en la boca todavía tenía algunos dientes, todos afilados. Bruno se cortó tocándolos y fue cuando la magia se terminó.

 Nunca había visto un animal que pudiese tener ese cráneo, fuese en un libro o en fotos de los páramos. Ya mucha gente había venido por estas tierras y habían documentado todo o casi todo pero seguramente se les habría escapado uno que otro espécimen. Lo raro es que este animal debía ser grande y difícil de ignorar, así que se trataba de un misterio con todas sus características. Además, para reforzar lo extraño del caso, porqué estarían solo esos huesos y porqué casi en la cima de una montaña? No era un lugar común para que los animales viniesen a pasear. De hecho los venados siempre pastaban por zonas planas y las aves tampoco merodeaban por allí. Tal vez algunas cabras salvajes o algo parecido pero ese no era el cráneo de una cabra.

 Esta vez no dudó en tomar foto a todo y se sintió parte de esos programas de televisión donde investigan una muerte violenta. Casi quiso tener la pequeña regla que ponían al lado de los objetos para las fotos y ese exagerado flash sobre la cámara. Pero obviamente no tenía nada tan complicado y se conformo con tomar una veintena de fotos, las suficientes para mostrar bien el cráneo y los otros huesos que había en el lugar. Dejó el cráneo donde lo había encontrado y bajó la montaña hasta una zona más plana, con algunos árboles. Recordó que tenía hambre y busco por instinto sombra para poder comer. Pero sabía que eso era solo por costumbre pues allí todo siempre estaba envuelto en sombras, sin el sol que hiciese de las suyas.

 En su maleta guardaba algunos restos de pescado que había comido más temprano así como frutos secos y un termo lleno de agua fresca de uno de los muchos riachuelos de la zona. También tenía un par de duraznos pequeños que había encontrado al inicio del viaje y nunca volvió a ver un árbol similar. Seguramente una semilla había sido llevada hasta allí por alguna ave o un animal migrante. Comió también uno de los duraznos y tiró la pepa a una parte del terreno sin árbol. Le deseó buena suerte a la semilla y siguió su camino hacia la gran pradera a la que se dirigía desde hacía un par de días.

 Se suponía que era el lugar preferido por todas las especies de la región y eso era porque estaban protegidos del exterior pero también porque había comida y refugio. Era todo en uno mejor dicho. Pero algunos animales solo iban ocasionalmente, pues sabían que muchos depredadores merodeaban esa planicie para cazar y tener más de cenar que lo habitual. Fue todo un día de caminata extra para alcanzar la planicie. Antes tuvo que quitarse la ropa, bañarse desnudo en un riachuelo de agua congelada y lavar la ropa para quitarle los olores que tuviera. Estuvo tiritando por un buen tiempo pues en ese clima la ropa no se secaba con rapidez pero rápidamente se adaptó al clima y decidió seguir así desnudo.

 Se sentía más libre que nunca, pues podía moverse más ágilmente a pesar de tener su gran mochila a la espalda. Todavía tenía los zapatos puestos, así que no tenía que temer a las piedras con filo o a los insectos tóxicos. Cuando se acercó a la planicie dejó oír una expresión de asombro que nadie nunca escuchó y ningún animal entendió. Había algunos venados pero también veía, desde un punto alto, a un par de lobos acechando y a un zorro comiendo lo que parecía fruta. Había también unas aves grandes como perros peleando por los restos de algún pobre venado. Todo era entre roca y musgo y flores de todos los colores. Era hermoso, incluso viendo la muerte que cernía sobre el lugar. Era la naturaleza en sí misma y su magia en exposición.

 Entonces un sonido extraño rompió el silencio. El sonido venía de una zona en descenso, por lo que Bruno no podía ver que era. Tenía algo de metálico peor también de gruñido. Incluso parecía el sonido que la gente hacía cuando hacía gárgaras. En su mente, el explorador pensó en todos los animales que podrían hacer ese ruido, en toda criatura que fuese depredadora y viviese en este fin del mundo. Pero no había tantas opciones y entonces fue cuando vio algo que lo hizo agacharse detrás de un gran pedrusco y quedarse allí temblando ligeramente. Lo primero que pensó fue en tomarle una foto pero lo mejor era estar pendiente del animal y no distraerse ni atraer atención sobre si mismo.

 Se tranquilizó y miró de nuevo. El animal ya había subido la cuesta y los demás huyeron atemorizados. Solo los lobos se quedaron gruñendo y eso, por lo visto, no fue buena idea. La criatura se lanzó ágilmente sobre uno de ellos y lo destrozó. Bruno dejó salir un gritito y la criatura pareció escucharlo pues se giró hacia donde estaba él. Olió el aire pero al parecer decidió que tenía suficiente con la comida que acababa de obtener. Empezó a comer arrancando pedazos del pobre lobo y manchándose de sangre todo su hocico, que era más grande que el de un perro, y sin cerrar unos grandes ojos amarillentos.


 La criatura era, o parecía más bien, a lo que mucha gente llamaría dinosaurio. Pero no tenía la piel escamosa sino más bien con pelo corto y duro. Las patas eran garras y las delanteras eran alargadas y fuertes. La manera de pararse era tal cual la de los monstruos jurásicos de las películas pero no mucho más era similar. Lo extraño de todo, era que se veía hermoso, natural en ese momento. Era una criatura más y posiblemente Bruno era la primera persona en verla en mucho tiempo. Sacó la cámara, tomó una foto y ágilmente salió de allí despavorido, pero a la criatura eso no lo importó pues no sabía qué era un ser humano, ni le importaba.

viernes, 16 de octubre de 2015

Después del fuego

   Sin poder hacer nada más que mirar, la familia Martínez mira como su hogar de muchos años es consumido por las llamas. La casa, una humilde residencia ubicada en un barrio igual de antiguo, ha empezado a arder por un fallo eléctrico grave. Lo peor es que la de los Martínez no es la única casa afectada. Pronto el fuego pasa de una a otra y para cuando los bomberos llegan ya es muy tarde. La pintura y lo que hay dentro de las casas ha acelerado el proceso y ya no hay nada que hacer. Salvan la última casa de la calle, bloqueando las llamas con químicos y agua pero la ironía es que allí no vive nadie hace años. Las familias están en la calle, sin poder emitir palabra o si quiera pronunciarse sobre lo que han tenido que vivir. La mayoría se va del lugar pero no todos.

 Al amanecer, cuando la luz del sol empieza a bañar fríamente al barrio, los bomberos terminan su labor y dan por perdidas todas las casas de un lado de la calle excepto la última que solo ha sido afectada por algunas chispas. Tras asegurarse de que todo ya terminó, dejan que miembros de cada familia entre al lugar y busquen, con cuidado, cosas que quieran rescatar, si es que las hay. Los bomberos acompañan a la gente en esta labor y es así que se dan cuenta que la última casa sí fue afectada: todo uno de sus muros fue destruido y dejó un hueco a un lado de la casa. Uno de los bomberos, de los más jóvenes allí, decide acercarse a la casa para echar un vistazo. Al fin y al cabo, piensa él, no hay nadie allí y no vendrá mal ver si otras partes de la casa fueron afectadas.

 Pisando con cuidado, entra directamente a la sala de estar. Sus pasos, por alguna razón, resuenan por todo el espacio. Es como si la casa llevara mucho más tiempo del que parece vacante o como si el sonido rebotara más de la cuenta. Entonces, se da cuenta de que al pisar suena hueco. Así que busca debajo de la alfombra de la sala y se da cuenta que hay una apertura. No hay como halar así que pide a uno de sus compañeros una palanca que usan para abrir tapas de alcantarillas. Con ella rompe un poco el piso peor libera una trampilla y descubre que debajo de la sala hay un deposito, al parecer poco profundo con revistas, casetes, videocasetes, discos compactos, memorias USB y discos duros.

 Los bomberos se miran entre sí porque saben que esto no es algo muy común. Uno de ellos, el que trajo la palanca, decide ir al camión a llamar a la policía. El otro se queda para ver con detenimiento lo que hay allí y entonces se da cuenta de que son las revistas y de que hay fotografías. Todo es prueba de que en esa casa vacía vivía un pedófilo que escondió todo lo que tenía allí. El bombero se pone de pie y decide revisar cuarto por cuarto la casa. En la cocina no hay nada pero está impecable, es el cuarto más lejano al incendio. Sube las escaleras y revisa los cuartos. Parece haber sido una casa familiar y no la de un soltero, al menos juzgando por los muebles.

 Mientras está en la alcoba principal, revisando bajo la cama por más trampillas, se da cuenta de un sonido particular. Parece casi imaginado, como si en verdad viniese de tan lejos que no pudiese haber seguridad de su verosimilitud. El bombero se queda en silencio, mirando para todos lados. Entonces otra vez distingue un sonido pero no puede descifrar que es: un quejido? Un grito? Alguien comiendo? Entonces mira el techo y tiene una idea. Llama por radio a su compañero para que le traiga una escalera. Cuando llega, le cuenta que la policía ha llegado y que están revisando el escondite debajo de la sala. El bombero le pide silencio, se sube a la escalera y de nuevo se queda mirando al techo. Esperando. No pasa nada hasta pasados unos momentos.

 A lo lejos, suenan golpes y otros sonidos que no se logran distinguir. Entonces el bombero empieza a golpear el techo con su puño y a escuchar como suena. Su compañero parece confundido pero no interrumpe el silencio. Lo ayuda a correr la escalera varias veces, tantas que los policías, cuando suben, anuncian que ya están llevándose todo lo que había en el escondite para revisarlo con el mayor detalle. Entonces el joven bombero da otro puñetazo al techo y esta vez cae bastante polvo, haciendo que todos los demás se tapen la cara para evitar quedar cegados. El golpe además, emitió un sonido claro y no sordo como en todos los demás puntos. El otro bombero va en busca de la palanca de nuevo, dándose cuenta que es necesaria.

 Cuando vuelve, la policía ayuda halando y entonces otra trampilla en el techo cede, haciendo caer una nube de polvo y tierra encima de los oficiales y los bomberos. Tosen pesadamente y tratan de quitarse el mugre de encima pero cuando terminan se dan cuenta que el bombero joven ya ha subido y les pide que pidan una ambulancia. Con cuidado y con ayuda de los demás, el bombero baja a dos niños del ático secreto de la casa. El lugar era polvoriento y apenas tenía ventanas, tapiadas parcialmente con tablas y telas. Los niños estaban ahogándose por los gases del incendio y ya estaban desmayados cuando el bombero pudo acceder a ellos.

 Cuando llegó la ambulancia, los vecinos que estaban allí sacando sus cosas no pudieron evitar mirar lo que sucedía. Estaban a punto de cerrar la puerta de la ambulancia cuando el bombero pidió que esperaran y llamó a gritos a los vecinos que estuviesen más cerca. Se acercaron y él les pidió que identificaran a los niños, si les era posible. Una era niña de unos doce años, vestida con un largo camisón rosa y de pelo rizado. El otro era un niño de unos nueve años, también vestido de pijama. No parecían ser hermanos. Ninguno de los vecinos los reconoció así que el bombero dejó ir la ambulancia y volvió a la casa.

 Había ya tres oficiales de policía en el ático y otros dos sacando en bolsas plásticas lo que había debajo de la sala. Ya el hueco estaba vacío cuando el joven bombero pasó de camino al piso superior. Allí vio bajar del ático a uno de los policías, que parecía más afectado que nadie. No se dijeron nada ente sí pero se comprendieron cuando se cruzaron. El bombero subió la escalera y quedó cegado por un momento por los flashes de las cámaras que la policía usaba para registrarlo todo. No habían movido nada pero revisaban cada esquina. Entonces el joven les preguntó qué habían encontrado y ellos respondieron que el sitio había sido por mucho tiempo la celda de esos niños. Había excrementos en un balde y orina en el otro. No había comida ni mantas para dormir.

 El bombero se acercó a una de las pequeñas ventanas y miró al exterior. La verdad era que desde allí no se podía ver mucho y sin embargo quién había tenido a esos niños atrapados, los había privado de la luz del sol. Por la poca tela y tabla que había en el piso, se podía deducir que los niños habían tratado de quitarlo todo pero sus fuerzas habían disminuido muy rápidamente. Los policías anunciaron que en camino venía un equipo experto en revisión de escenas de crímenes. Ellos tomarían huellas y revisarían todo con mucho más cuidado para que se pudiese saber con quién estaban tratando en este caso. El bombero decidió entonces bajar para recibir a ese equipo de expertos.

 Pero en la sala no estaban ellos sino uno de los vecinos. Era una mujer algo delgada, que tenía las manos y la cara con varias manchas de hollín. Era obvio que había estado revisando su casa en busca de cosas que rescatar. La mujer le preguntó al bombero si era cierto lo que decían los vecinos, que en esa casa habían encontrado unos niños casi muertos y otras cosas que ni siquiera pudo describir. El bombero asintió. Pero ella no pareció asustada o sorprendida. Fue casi como un alivio para ella ver ese gesto. Le dijo al bombero que siempre había sabido que había algo raro con esa casa y con sus propietarios.

 Eran una pareja de esposos, o eso habían dicho, que se había mudado al barrio hacía unos dos años. Lo habían dejado todo atrás hacía unos seis meses, anunciando a algunos que habían ganado un viaje a Europa y que se iban a disfrutarlo. Pero nunca volvieron y nadie pensó mucho en ellos hasta ahora. Siempre habían sido sociables pero tal vez demasiado, pues para la mujer cubierta de hollín, la gente normal siempre tiene secretos y no se abre al completo ante extraños. Le dijo los nombres que ella conocía de la pareja y le pidió al bombero que hiciesen todo lo posible por encontrarlos y hacerlos pagar por lo que habían hecho. La mujer se alejó y el bombero quedó allí, sorprendido y consternado.


 Pasado algún tiempo se descubrió que los nombres que el barrio había conocido eran falsos y que nadie sabía donde estaba esa pareja. Se habían ido hace tanto que era difícil seguirlos, incluso con retratos hablados y demás. Nunca se encontraron fotos de ellos. En cuanto a los niños, fue una situación más pública y traumática. El niño murió pues su cuerpo no pudo aguantar los gases. La niña sobrevivió pero tuvo una recuperación difícil. La gente la ayudó a seguir adelante pero tuvo un episodio y quedó sin poder hablar. El bombero, por su parte, convirtió ese caso en el centro de su vida y le dedicó todo el tiempo que pudo, tanto que decidió convertirse en detective de policía, algo que la comunidad agradecería por muchos años.