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lunes, 4 de febrero de 2019

Gente del mar


   Cuando se dieron cuenta, el faro ya no estaba ahí.  Había sido destruido  por los vientos del huracán que había barrido la zona durante al menos dos días completos. El faro  era uno de los edificios más importantes de toda la zona:  había sido allí que había empezado el comercio de pescado. Durante al menos tres siglos los pescadores habían obtenido todo lo necesario para sus vidas en el fondo del mar: ostras, peces, langostas, cangrejos y otros muchos animales. Las perlas eran vendidas en los mercados cercanos.

 Las mujeres ricas de las grandes ciudades se habían ataviado durante generaciones con las hermosas perlas pescadas en esa región. Ellas solo preguntaban el nombre del sitio, les parecía muy exótico y luego  lo olvidaban  para siempre. A nadie le importaba recordar el nombre o el aspecto de las personas que vivían allí. A la larga, no eran nada importante para ellos. Lo único que querían saber eran cuantas perlas podían pescarse el año. Todas las otras consideraciones eran irrelevantes.

 Claro que no era así para la gente de la región, para ellos las ostras y sus perlas no eran sino una de las riquezas del mar. Lo que más les gustaba a los hombres era desafiar su fuerza pescando algún gran pez como un atún o un tiburón pequeño. No eran los presas más recurrentes pero eran aquellos que garantizaban un gran reconocimiento por parte de la comunidad. Lo que más anhelaban las mujeres eran las conchas diferentes tamaños y formas. Las usaban para crear artesanías que usaban en sus propios cuerpos.

 El evento más grande en la comunidad era el festival honrando a los dioses  del mar. Armaban barcos enormes adornados con flores y conchas del mar. Quienes remaban hacia el interior del océano en los botes eran las mujeres, los hombres en cambio tenían el deber de construir las barcas.  Su tarea consistía en hacerlas resistentes a todo:  el mar,  su sal y los vientos fuertes que castigaban la región constantemente.  La idea era que los hombres garantizaran el retorno de sus mujeres a  casa, a ellos y a sus hijos.

 El festival podía durar una semana, dos e incluso se había sabido que podía durar incluso un mes. Todo dependía del mar, de lo que estuviera dispuesto a dar y recibir de la gente. A veces las tormentas impedían cualquier interacción con  el agua. En cambio, otros días el sol brillaba en lo alto y el mar era calmo, como un animal que quiere que lo acaricien. Era una relación particular entre los seres de la tierra y aquellos que vivían en el océano. Por generaciones se cultivó esa relación, se hizo más fuerte y se garantizó su existencia, a través de ritos, supersticiones y diferentes medios religiosos.

 Sin embargo, el mundo había cambiado de manera drástica. Después de tantos años, las cosas habían cambiado para siempre. El clima allí siempre había sido variado, pero lo conocían y sabían predecirlo, a pesar de todo. Ya no es así.  La naturaleza ya poco quería tener algo que ver con el hombre. La destrucción es clara y ya no hay manera de echar para atrás. Muchos creen que todavía había tiempo pero ese tiempo ya se acabó. O mejor dicho, se acabó hace ya mucho rato sin que nadie se diera cuenta.

 Los hombres de las ciudades quisieron ayudar a las comunidades de esa remota región pero su misión fue un fracaso. Único que podían hacer era remediar algunos pocos daños ya hechos. Se podían plantar arboles, se podía detener a los pescadores que trabajaban en zonas prohibidas e incluso se podía ayudar a algunas especies a no morir inmediatamente.  Pero para aquellos que ya no existían, ya no había ninguna salvación. Pasarían a ser una hoja más en la larga lista de especies desaparecidas para siempre.

 Muchas de esas especies habían sido compañeras por generaciones de los hombres y las mujeres de esa región. Habían estado allí con ellos cuando su modo de vida apareció por primera vez. La leyenda decía que habían venido del otro lado del mar, de un lugar lejano bañado por el sol, lleno de arena blanca y frutos del mar abundantes. Pero un cataclismo los hizo salir de sus tierras para siempre buscando un nuevo lugar donde asentarse. Esa era la región que ahora muere, lentamente.

 De alguna manera los hombres y las mujeres sabiendo que iba suceder. Sabían que en algún momento la naturaleza se cansaría de ellos o que ellos si cansarían de ella. Algo pasaría que cambiaría por completo su concepción de la vida misma y qué haría qué todo lo que habían conocido, sus ancestros y ellos mismos,  se convirtieran en puros recuerdos. Cosas bonitas en el cerebro pero inútiles a la hora de salvarse.  Era una relación hermosa pero condenada al más grande fracaso. Lo habían esperado así.

 Con el tiempo fueron dejando que hombres y mujeres de otros lugares vinieran a ayudar e Incluso que vinieran a disfrutar de lugar como si fuera un patio de recreo. Tenían que sobrevivir de alguna manera y si la naturaleza iba a cambiar, ellos tendrían que cambiar con ella.  No había manera de que las cosas quedaran como siempre habían sido pues ese mundo ya no existía.  El mundo que veían ahora era uno muy diferente, uno que ninguno de sus ancestros podía haber imaginado jamás. Pero allí estaban y tenían que sobrevivir, era su obligación con los espíritus que los protegían.

 Con el tiempo fue imposible seguir viviendo allí. Uno de los huracanes más potentes de la historia de la humanidad arrasó con fuerza la costa, arrancando árboles, levantando piedras y destruyendo todos los edificios que aún quedaban por ahí. Quienes no murieron,  le exigieron al gobierno,  por primera vez en sus vidas, que les ayudara de alguna manera.  Esto por supuesto tuvo una larga demora. Al fin y al cabo, los hombres de las ciudades no eran conocidos por su rapidez. Pero el caso es que ayudaron.

 Fue así que la gran comunidad del mar, como se había nombrado a si mismos durante generaciones, se fue dispersando por un lado y por el otro. Algunos habían ido dar a la capital,  otros a ciudades mucho más pequeñas y algunos, incluso, nunca volvieron a ver el mar salvo en la televisión y en las películas. La relación que habían tenido con este aspecto de la naturaleza desapareció para siempre al mismo tiempo que sus casas y sus creencias más profundas. A todo se lo fue comiendo la arena empujada por el viento.

 Sin embargo,  los más ancianos trataban de ir una vez más en la región que los había visto nacer antes de morir. Sentían que era su deber pedirle perdón al mar así como a la naturaleza para haber salido corriendo de allí, por haber dejado que otros hicieran con ella lo que quisieran.  Se sentían culpables pues creían que podían haber hecho algo para detenerlos, para aconsejarles que dejaran sus fábricas, que dejaran en paz a la naturaleza. Era muy tarde para lamentarse pero aún así lo hacían, al menos por un tiempo.

 Los hombres de las ciudades trataron de convertir el lugar en uno de sus centros de entretenimiento falso, de esas que están llenos de hoteles, de juego, de placeres sexuales y de todo lo que pudiera querer una persona. Pero no les funcionó por mucho tiempo: las tormentas parecieron quedarse allí para siempre, a pesar de que había algunos días soleados y todavía amables. Era muy caro mantener esas construcciones con tanto viento y tanta lluvia atacándolos a diario.  Pronto sólo hubo ruinas.

 Lo mismo pasó con el resto del mundo. Todo fue desapareciendo, cambiando o evolucionando hacia algo que el ser humano jamás había visto. Eran los resultados de sus acciones, los resultados de no haber querido ver la realidad que nuestra relación con nuestra verdadera creadora.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Sobrevives, ¿y luego qué?


   El sonido de ventanas rompiéndose se había convertido en algo rutinario. Como el edificio tenía tantos pisos y casi nadie lo ocupaba, no había manera de reponerlos de manera rápida. Además, ya no había con que reparar nada, así la gente tuviese muchas ganas de hacerlo. La mayoría de los residentes vivían en los sótanos de la edificación. Había sido construida hacía muchos años como hospital, pero con el tiempo había dejado de tener esa función, después de que todo cambiara tan rápidamente.

 Las personas veían la luz del sol cada cierto tiempo, cuando salían y se paseaban por la zona aledaña del edificio. No era algo que quisieran hacer sino algo necesario, pues todavía crecían por ahí algunas plantas que daban frutos. Era increíble que sobrevivieran tanto tiempo, seguramente morirían en unos meses, pero había que aprovechar mientras estuviesen allí. La colecta se hacía de manera comunal y luego se dividía por el número de habitaciones ocupadas que había en el edificio. Nadie se quejaba de ello.

 De resto, solo los locos de los pisos más altos salían al exterior. Era gente que había decidido vivir arriba, dándole la cara a la difícil situación en la que se encontraban. Cada cierto tiempo, ellos tomaban un vehículo que habían adecuado y se lanzaban al desértico entorno, en busca de agua. Las reservas debajo del hospital eran vastas pero era más que evidente que no eran eternas. Y la mayoría de las personas no querían afrontar el dilema de pensar en el día cuando ya no hubiera más agua que beber.

 Los locos, como se les llamaba, se lanzaban al desierto y lo exploraban. Si había tormenta, salían apenas unas horas o ni salían del todo. Pero si el día era amable con ellos, podían perderse en ese montón de arena por días. Normalmente se iban en grupos de cinco personas, hombres y mujeres mezclados y vistiendo las mimas ropas, que apenas podían recibir el nombre de “ropa”. La verdad era que casi iban desnudos, el calor siendo una gran razón por la cual vestirse demasiado no era muy buena idea.

 La lluvia no era algo que ocurriera con mucha frecuencia y cuando lo hacía era ácida y pésima para el consumo humano. Las tormentas que ocurrían con frecuencia eran de arena y piedra, de minerales que volaban por los aires y amenazaban con rajar la cara de quienes estuvieran afuera. Suponían que en alguna parte había todavía agua potable, pero para eso era necesario viajar. A veces las distancias eran cortas, a veces podían ser increíblemente largas. Pero los locos estaban dispuestos a arriesgar el pellejo. Los demás solo querían sobrevivir con lo que tenían, morir si les había llegado la hora.

 Sin embargo, era un gran alivio para todos cuando los locos volvían con sus grandes bidones llenos de agua limpia para todos. Porque ellos no tenían envidia en sus corazones. Podían ser seres más libres que sus hermanos de los pisos bajos, pero querían que todos sobrevivieran o al menos que tuvieran la posibilidad de hacerlo. La Tierra ya había sido suficientemente devastada por el cataclismo, no había razón alguna para pelear por arena y rocas. Había que ver como podían sobrevivir todos, sin excepciones.

 Del pasado todavía quedaban ciertas ideas, como aquella de tener un líder que, aunque no poseía autoridad absoluta, era quien representaba mejor los intereses de todo el grupo. En el hospital había dos líderes, tres si se contaba al líder religioso de un culto de tres personas que había hecho su templo en uno de los ductos de ascensores que ya no servía. Uno representaba a los de los pisos superiores y el otro al de los pisos inferiores. Obviamente había una falta de balance, pues vivían más abajo que arriba.

 Pero eso no fue impedimento, al menos eventualmente. La gente se dio cuenta de que debían empezar a aprender a ceder en algunos casos, sin tener que luchar por todo. Al fin y al cabo, por eso mismo estaban eligiendo representantes, para que hablaran por ellos y plantearan las dudas que sus vecinos tenían frente a diversos temas. Era mejor hablar primero que enfrentarse sin razón. Todos habían visto morir a sus seres queridos y solo pensar en eso, en llegar a lo mismo de nuevo, los prevenía de hacer tonterías.

 Los líderes se reunían en la planta baja con frecuencia, discutiendo las necesidades de unos y de otros. Eran ellos los que organizaban la colecta de las frutas de los árboles cercanos y las misiones de salvamento de comida y objetos de necesidad básica en edificaciones en la vecindad del hospital. En esas excursiones sí habían habitantes de los sótanos, a los que les urgía tener medicamentos. La falta de sol no era lo mejor para sus cuerpos y necesitaban una dosis vitamínica más alta que sus vecinos de arriba.

 Esas misiones eran cortas, de un par de horas máximo. Solo se dedicaban a un edificio en cada una de esas salidas y eran de carácter semanal, a menos que una tormenta bloqueara la salida, lo que la corría por completo hasta la semana siguiente. Los residentes de los sótanos tenían miedo del mundo exterior, no les gustaba nada estar demasiado tiempo lejos de los suyos, en lugares que les parecían potencialmente mortales. Por eso eran tan tajantes con sus reglas para pasearse por el mundo, contrario a lo que hacían el resto de habitantes del edificio, con muchas menos reglas que seguir.

 El problema más grave al que tuvieron que enfrentarse vino un día de la nada. Fue una tormenta de piedras y arena más violenta de lo que jamás hubiesen imaginado. En los pisos superiores, los locos tuvieron que moverse a habitaciones más seguras, escuchando a cada rato los vidrios romperse. Debían caminar con cuidado por todas partes, pues no se sabía que podía ocurrir. Algunos fueron incluso golpeados por piedras mientras vigilaban puntos clave, en particular el garaje en el que tenían el vehículo para traer agua.

 Después del tercer día de la tormenta, tuvieron que proteger el vehículo lo mejor posible y dejar de vigilarlo, pues era peligroso para los centinelas estar allí parados. En los sótanos sentían también las ráfagas de viento que entraban por las antiguas entradas de los coches. Sin embargo, los residentes habían construido algo así como muros en esos accesos hacía mucho tiempo, así que habían aprendido a minimizar el impacto del viento. La tormenta era de todas maneras feroz y había que estar pendiente de su desarrollo.

 Al quinto día, pasó lo peor que ni siquiera habían considerado: empezó a caer lluvia liquida, pero de aquella que era altamente tóxica. El problema con eso no era solo que la arena se podía convertir en algo más parecido al barro que nada, causando incluso más daños que los que ya estaban causando las piedras y la arena. El problema real era que el viento actuaba como un distribuidor de contaminación, esparciéndolo por todas partes de forma casi uniforme. El aire se volvía nocivo y estar expuesto al exterior era casi suicidio.

 Para entonces, los líderes acordaron cortar la comunicación frente a frente. Cada uno se retiraría con su grupo y esperarían el final de la tormenta. Nadie podía arriesgarse por los demás y los grupos debían concentrarse en su supervivencia. Se dieron la mano en la planta baja y se separaron pronto, pues el aire era cada vez más venenoso. Fue la última vez que un residente del sótano vio a uno de los de arriba, a uno de los locos, en varios meses. La tormenta parecía rehusarse a detenerse siquiera un segundo.

 Más de una persona murió intoxicada por el aire que se metía por las más pequeñas rendijas. Los más susceptibles fueron los que ya estaban enfermos, los niños y los ancianos. Muy pronto dejaron de existir las voces agudas en el mundo y nada más sino el silencio las reemplazó de manera permanente.

 El dolor era enorme y más aún sabiendo que su mismo mundo parecía determinado a exterminarlos, a expulsar por completo de aquel territorio que desde hacía milenios había sido suyo. El mundo ya no los quería y ellos se amarraban a una esperanza inexistente, a una realidad que nunca podría volver a ser.

lunes, 10 de diciembre de 2018

El pasado se repite


   Estaban teniendo sexo cuando los agentes llegaron. Los sorprendieron uno encima del otro, completamente desnudos y en plena penetración. Ellos no se sintieron apenados, lo que debería haber sido el sentimiento natural. Lo que sintieron fue miedo porque esos hombres, porque no había una sola mujer, no tenían porque estar allí.  Habían entrado rompiendo la puerta y ellos, en su éxtasis sexual, no se habían dado cuenta. O sino se habrían escondido, se habrían lanzado por la ventana o hubiesen hecho algo.

 Sin embargo, esa fue solo una de las parejas, de los hombres homosexuales que en silencio y bajo el cobijo de la noche, fueron llevados a diferentes cárceles alrededor del país. Había miles y todos estaban igual de asustados. Algunos incluso habían sido golpeados y los moretones en sus pieles lo denotaban con facilidad. Otros ya ni hablaban, pues de verdad temían que decir cualquier cosa pudiese causar un daño peor. Ninguno de ellos sabía qué ocurría pero ciertamente lo adivinaban.

 Hacía poco, muy poco de hecho, los ciudadanos de todo el país habían sido convocados para votar por el próximo presidente. La campaña había sido un caos total, pues tres de los seis candidatos habían muerto de manera misteriosa en un accidente aéreo. El avión parecía haber perdido el control poco antes de aterrizar y fue a dar al mar, enterrándose en el suelo marino y sometiendo a los cuerpos a la presión. Se solicitó cambiar la fecha de las elecciones pero, como siempre, nadie hizo nada y todo siguió como acordando antes.

 No sorprendió a nadie el hecho de que el candidato más extremista ganara las elecciones. Desde antes ya tenía una cantidad de seguidores que lo apoyaba en cada cosa que decía y en cada evento en el que participaba. Pero su mayor rival, una candidata moderada, había muerto en el accidente y eso le había dado paso ilimitado al puesto político más importante del país. La muerte de su competencia terminó sellando su victoria. Las razones del accidente nunca fueron esclarecidas pero terminaron siendo obvias.

 Apenas semanas después de su inauguración como presidente, el hombre firmó un decreto poco antes de la medianoche, pues debía entrar en vigor a la siguiente madrugada. El decreto llamaba por un retorno a los valores del pasado y empezaba por “ayudar al cambio” de miles de homosexuales declarados a lo largo y ancho del país. Los meterían primero en cárceles regulares y luego existirían lugares especiales para darles la supuesta ayuda que el gobierno creía que requerían para poder ser hombres “normales”. Todo disfrazado de buenas intenciones.

 La gente, sin embargo, vio como se llevaban a cientos, a miles de hombres en camiones por todas partes. Irrumpieron en casas no solo para llevarse hombres adultos, sino también para llevarse mujeres lesbianas y niños y niñas que, en alguna red social o a alguien, le habían confesado que eran homosexuales. El trato que se les dio no fue nada diferente al de los adultos y todos ellos también resultaron en las cárceles, siendo procesados como criminales. No había nada en ningún lado que pudiese calificarse de ayuda.

 Aunque algunos todavía tenían ganas de pelear, de luchar por sus derechos, pronto se dieron cuenta que no tendrían ningún tipo de compasión de ningún lado. Solo golpes y gritos, no había nada más. Estuvieron meses hacinados en prisiones ya llenas de delincuentes comunes, violadores, asesinos y narcotraficantes. Algunos incluso murieron en peleas contra ellos y supieron que debían mantenerse al margen y tratar de interactuar lo menos posible con los demás prisioneros. Era la única manera de sobrevivir.

 Fue entonces cuando tuvieron que unirse como grupo, como jamás antes lo habían hecho, casi formando una tribu en la que unos se protegían a los otros, porque nadie más los iba a ayudar. Si alguien se enfermaba o era lastimado, los demás lo cuidaban. Al menos así fue en varias de las cárceles, pues el instinto dictaba que lo primordial era sobrevivir, sin importar como. Ya después pensarían en otras cosas. Pero si no se mantenían con vida, si no lograban salir adelante, todo habría sido para nada.

 A los meses de estar en las cárceles, los camiones nuevamente vinieron por ellos y los fueron sacando poco a poco hasta que no quedó ninguno. En lugares remotos, se habían construido campos enormes con cabañas hechas de latas de zinc, en las que vivirían hasta que el gobierno considerara que ya podían volver a la sociedad. La idea era que ayudaran a construir los edificios definitivos, pues en los que los metían a vivir no había agua corriente ni electricidad y el frío era un problema serio. Era otra prueba.

 Tuvieron que compartir ropa, pues no les dieron ninguna. Muchos murieron de hipotermia durante el primer año y otros más a causa de los trabajos que debían hacer a diario. Tenían que despertar a las cinco de la mañana y los obligaban a dormir hacia las once de la noche. Solo había dos comidas y nada más. Si no estaban trabajando, debían de estar durmiendo y viceversa. No los querían ejercitándose ni comiendo demasiado. Solo trabajar y dormir. Algunos incluso empezaron a perder el sentido de la realidad y, en poco tiempo, perdieron todo lo que los hacía seres humanos.

 A ellos, a los locos, les pegaban un tiro en la cabeza siempre que podían. Los usaban como ejemplos para que el resto viera que no era un juego, que la muerte sí podía llegarles en cualquier momento. Otros castigos consistían en hacer que un hombre trabajara desnudo durante toda una semana y así dormía también. Era una prueba de resistencia que se les hacía a los que habían cometido algún error y rara vez lo superaban. No se hacía nada para enseñar o ayudar de verdad, solo para traumatizar y asustar.

 Solos y tristes, la mayoría de los prisioneros ya no sentían igual que en el exterior. De hecho, a muchos les costaba recordar las caras de sus parientes o las de sus hijos o parejas. Había muchos hombres casados con otros o en relaciones de años, pero habían sido separados y ya no tenían a nadie. Otros, eran muy jóvenes o simplemente estaban solos en el mundo. A los primeros, se les trataba de cuidar pero la situación los hizo madurar más aprisa y pronto fueron de los más resistentes, de los que sabían como sobrevivir.

 Nadie sabía como sería con las mujeres, pero se asumía que debía ser muy parecido y eso ni hablar de otras personas que habían sido registradas en pasados gobiernos progresistas como transexuales o intersexuales. Nadie sabía que había pasado con ellos y la verdad era que se prefería evitar pensar en ello porque la respuesta no podía ser nada esperanzadora. Ya tenían suficiente con su propio calvario y no tenía sentido torturarse con lo que les pasaba a los demás. No había lugar para ser compasivo.

 En las únicas ocasiones que podían interactuar era por la noche. Los guardias se paseaban por fuera de las cabañas pero casi nunca escuchaban si los prisioneros susurraban con mucho cuidado. En todo caso no era algo que ocurriera seguido, pues solo hablaban de lo que les pasaba en el día y eso era una tortura que no tenía sentido. Además, casi todos los días moría alguien, por una razón o por otra, así que hablar del día a día se volvía menos y menos importante, pues les recordaba sus pocas posibilidades.

 Solo tenían ese silencio nocturno para pensar, para rezar o para llorar. Eran las tres cosas que hacían y no había nada más. Nadie sabía cuando terminaría semejante situación o si de verdad terminaría algún día. Era probable que todos morirían allí, sin nunca volver a ver a ningún otro ser humano.

 Algunos ya habían empezado a pensar en ello y por eso amanecían muertos, cortándose las venas con pequeñas cuchillas o saliendo en la mitad de la noche para que los mataran de un tiro por rebelión. Las puertas se iban cerrando y solo quedaban aquellas que nadie nunca había querido cruzar y ahora corrían hacia ellas.

lunes, 4 de abril de 2016

Sarmacia

   Violeta había aprendido a usar las herramientas desde que era muy pequeña. Su madre, Celeste, les había enseñado a todas sus hojas algún oficio para que no dejaran decaer su hogar ni dependieran nunca de nadie más para su subsistencia. Alejadas de las rutas comerciales principales, las chicas nunca eran visitadas por ninguna nave, ni siquiera las que se perdían ocasionalmente. Hacía mucho tiempo, Celeste se había asegurado de blindar a sus hijas contra cualquier eventualidad. Creía que lo mejor para ellas era no estar en el paso de la civilización y simplemente vivir aparte.

 Eso no significaba que fueran atrasadas o que no supieran nada del mundo. Una vez por mes, una de ellas tomaba un módulo de aterrizaje e iba al planeta más cercano a comprar y vender algunas cosas. Vendían con frecuencia su talento para arreglar objetos, pues todas eran sensibles a los complejos mecanismos de la tecnología. A cambio, esperaban comida y repuestos.

 Solo las mayores estaban autorizadas para dejar la nave e ir al mercado. Las demás debían quedarse en la nave haciendo sus tareas, buscando así un equilibrio perfecto entre todas. Las más pequeñas residían todas en un cuarto enorme y eran cuidadas por el robot enfermera NR03, programado hace mucho tiempo para cuidar bebés y niños pero también para manejar laboratorios de genética. Había uno de ellos a bordo de la estación y gracias a él, la colonia seguía viva.

 El día que todo cambió para las chicas vino cuando tres de las mayores partieron para el planeta a comerciar sus talentos. No regresarían pronto pues eran muchos los repuestos que necesitaban y normalmente podía demorarse bastante tiempo el conseguir todo lo que necesitaban. Entonces el robot NR03 y algunas de las chicas eran las encargadas de cuidar a las demás.

 Una alerta amarilla se encendió en la estación espacial, despertándolas a todas y obligándolas a mirar por sus ventanillas. La mayoría no vio nada e inmediato. Las alertas de ese tipo casi nunca se escuchaban y todas sabían que debían ser muy cuidadosas a la hora de manejar una crisis de esa manera. Por fin, una de las chicas con mejor vista detectó el causante de la alarma: un objeto había entrado en su zona. Era pequeño y parecía estar echando humo. En la computadora pudieron enterarse de que el objeto había sido lanzado desde otro lugar, probablemente lejano.

 En esos casos, las reglas las obligaban a no hacer nada a menos que entraran en colisión con el objeto y este pequeño en llamas no era nada de qué preocuparse. Las que no podían dormir se quedaron a mirarlo y fueron las que alertaron a las demás que la pequeña nave quería acoplarse.

 Una de las mayores, Amarela, decidió bloquear el acoplamiento con pequeña nave que tenía forma de cápsula. Pero quien quiera que estuviera allí dentro, sabía cómo manejar una nave espacial y tenía más talento que ellas a la hora de desbloquear comandos. Amarela hizo lo mejor que pudo pero la nave finalmente se acopló y tuvieron que ir a la bahía de acoplamiento con armas y rodear el acceso. Celeste, desde su habitación, les encomendaba la protección del hogar.

 Se armaron de valor y de pistolas laser. Cuando la puerta se abrió, algo salió pero tan pronto lo hizo se cayó al piso, inconsciente. Por un momento, pensaron que se trataba de una de ellas, tal vez era una de las chicas que se habían ido al planeta a comerciar. Apuradas, decidieron recoger el cuerpo entre muchas y llevarlo hasta la enfermería donde NR03 y Carmín, la mejor de entre ellas en el arte de la medicina, podrían hacer algo para salvarle.

 Fue entonces que se dieron cuenta, al quitarle la ropa, quemada en algunas partes, que no era una de ellas. Es más, era el cuerpo de un hombre. Cuando Carmín lo dijo en voz alta, la palabra se extendió por toda la estación como pólvora y en segundos todas las habitantes, de las más pequeñas hasta Celeste, miraban por una vidrio grueso la intervención que hacían del cuerpo extranjero. Todas soltaron un gemido de asombro cuando NR03 le retiró los pantalones al hombre. Definitivamente eran diferentes.

 Carmín concluyó que había sido victima de algún ataque pues tenía bastantes moretones, huesos rotos y la piel quemada en algunos puntos. Además de eso, parecía no haber estado en un lugar muy higiénico pues su vello facial estaba por todas partes y era grasoso y parecía no haberse dado un baño en bastante tiempo.

 Dos voluntarias ayudaron a Carmín y a la robot a lavar el cuerpo del hombre para evitar contaminar la nave espacial que se conservaba sin contaminantes desde siempre. Era una de las reglas. Lo limpiaron bien, por todas partes y luego lo ducharon con una mezcla de químicos muy especial que buscaba eliminar cualquier infección superficial o matar microbios que pudieran quedar después del lavado normal.

 Lo pusieron en una habitación aparte y la aislaron para que solo las personas autorizadas pudiesen acercarse al hombre. No se despertaba por ningún medio y Celeste incluso auguró que moriría en poco tiempo. Los hombres eran seres débiles, exclamó, y por eso no vivía ni uno solo de ellos con ellas. No podían parecérseles de ninguna manera. Y fue lo único que dijo al respecto. Era evidente que ella sí había visto hombres antes, no como las demás.

 Todo el resto de la tripulación hablaba del hombre, de lo poco que había visto de su cuerpo y de las posibilidades de su supervivencia. Algunas decían que con tanta suciedad encima, era difícil que sobreviviera. Otras decían que habían notado músculos desarrollados en él, por lo que algo de fuerza debía de tener. De pronto estaban siendo injustas con él.

 Lo que todas se preguntaban, casi sin excepción, era porqué nunca habían visto un hombre. Carmín, quién lo cuidaba todos los días, se lo preguntaba mientras los miraba a los ojos cerrados y se daba cuenta que no eran tan diferentes el uno del otro.

 Habían hecho diferentes pruebas con él y habían concluido que se iba a recuperar de sus heridas. Sin embargo, seguían sin saber quién era o de donde había venido. Por precaución, sus brazos estaban amarrados a la cama donde respiraba suavemente. El día que se despertó, solo el robot NR03 estaba presente. El hombre le preguntó donde estaba y porqué la unidad enfermera parecía ser ligeramente anticuada.

 NR03 le respondió que no era anticuada y que era grosero referirse a ella de esa manera. El hombre se sorprendió al escuchar a un robot responderle de esa manera. Nunca decían más que frases lógicas, jamás respondían como seres humanos. Preguntó de nuevo donde estaba y la enfermera le comunicó que estaban en la estación espacial Sarmacia. El hombre jamás había escuchado de tal lugar. Preguntó porque estaba amarrado y le respondió que por su propio bien.

 El hombre empezó a pelear con las ataduras y se soltó con facilidad. Entonces NR03 sonó la alarma y en segundos tres de las más aptas guerreras de la estación se presentaron allí con solo sus manos y piernas en posición de ataque. El hombre pensó que bromeaban y se acercó a ellas sin cuidado alguno. El resultado fue resultar de nuevo en la cama, con otra costilla rota, el brazo en cabestrillo y el pie herido.

 Fue solo cuando llegaron, por fin, las mayores del mercado que se dieron cuenta que habían ignorado un detalle esencial acerca del hombre que tenían en frente: su nave. Dos mujeres entraron en ella con trajes espaciales y la revisaron de un lado a otro. Al comienzo no encontraron nada obvio pero entonces una de ellas encontró una marca en una de las paredes de la nave. Era el logo de una compañía o algo parecido.

 Celeste, viendo a sus hijas por un monitor, sabía bien qué era ese logo. Era la marca del lugar más vil y traicionero de la galaxia y una noticia desafortunada para todas ellas.


 Era la marca del planeta prisión Arkham, conocido en todos lados por ser un lugar oscuro y asqueroso en el que lo único que crecía era la locura y la venganza. El hombre debía ser uno de sus habitantes por lo que lo único que podían hacer con él era ejecutarlo. Pero ya era tarde. El hombre había destruido con una herramienta quirúrgica al robot NR03. Y ahora estaba suelto por la estación espacial. Nadie sabía si era asesino, violador o un simple ladrón. Pero no había que saberlo. Solo había que terminar con él antes de aprender más acerca de él.