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viernes, 27 de octubre de 2017

Sabor a enfermo

   Estar enfermo tiene un sabor. Es algo raro y francamente asqueroso de decir pero así es. Cuando algo raro pasa en el cuerpo, todo reacciona. Incluso se dice que hay gente que puede oler enfermedad en otros pero eso es más mito que nada, puesto que los seres humanos tiene un sistema olfatorio bastante pobre. Sin embargo, nuestro sentido del gusto es de lo más avanzado que hay en la naturaleza y por eso nos sirve tanto en la vida. El caso es que podemos saborear un malestar.

 Ese fue el sabor que tuvo Rafa desde el primer momento del día. Se había despertado bien temprano, como todos los días desde hacía unos veinte años. Se duchó rápidamente y mientras se estaba poniendo la ropa del día fue cuando sintió el sabor en su boca. Fue tal el gusto extraño que decidió cepillarse los dientes antes y después de desayunar, cosa que no hizo ninguna diferencia. El sabor permaneció durante horas, mientras llegaba en bus a su lugar de trabajo y durante toda la mañana.

 Trabajaba en uno de esos centros de recepción de llamadas en los que ayuda con varias cosas a personas al otro lado del mundo. Era un trabajo francamente cansino pero no pagaba mal y era lo único que Rafa había podido conseguir después de salir de la universidad. Era un poco molesto oír las voces de cientos de personas hablar al mismo tiempo. Por eso le gustaba bastante la idea de la compañía de proporcionar auriculares que cancelaran el ruido e hicieran de concentrarse una tarea más fácil.

 Ese día se levantó de su puesto apenas pudo y corrió a la cafetería por uno de esos cafés insípidos de máquina automática. Podía tomar uno más fresco pero había gente haciendo fila y no quería dejar el puesto demasiado tiempo solo. Era bien sabido que los supervisores se la pasaban todo el día rondando por cada piso y si no veían a uno de los trabajadores en su puesto, lo anotaban. Se iban a acumulando algo así como puntos en contra. Después de cierta cantidad de infracciones, la persona era despedida.

 Rafa no tenía ninguna. Siempre había llegado temprano, incluso los días en los que había menos carga, y se iba siempre después de la hora marcada para evitar cualquier problema. Era una vida repetitiva y francamente aburridora pero era la que tenía y no podía quejarse. Podía estar peor y suponía que había que agradecer que las cosas le hubiesen ido mejor que a muchos. Claro que quería mucho más para su vida pero todo eso estaba fuera de su alcance por ahora, muy lejos de donde estaba en ese momento de su vida. Tal vez en algún momento pero no entonces.

 El café de la máquina salió hirviendo pero así se lo tomó el joven, quemándose la lengua mientras subía lo más rápido que podía las escaleras para volver a su puesto de trabajo lo más pronto posible. Sabía que ya casi era una hora en punto y ese era el momento que con frecuencia usaban los supervisores para pasarse por cada piso revisando los puestos y el rendimiento general de los trabajadores. Por eso apuró el paso todo lo que pudo y llegó a su puesto de trabajo en el momento justo.

 Tomó lo último del pequeño vaso de papel y lo tiró en un cesto debajo de su escritorio. Mientras veía a una mujer algo mayor que él acercarse, se dio cuenta de que el gusto en la boca seguía. Peor aún, ahora se sentía más fuerte que antes y fue más fácil determinar que debía estar enfermo. Fue como invocar un demonio o algo por el estilo porque justo en ese momento empezó a sentir la nariz congestionada y un escalofrío que le recorrió la espalda desde la base del cuello hasta bien abajo.

 Su piel se erizó justo cuando la supervisora llegó a su cubículo. La mujer lo miró detenidamente y él le sonrió, pues no supo que más hacer en el momento. Sin embargo, agachó la cabeza rápidamente y contestó uno de las millones de llamadas que ese edificio recibía al día. Así prosiguió la tarde y, a medida que pasaban las horas, se empezó a sentir cada vez peor. La congestión nasal era cada vez peor, tanto que tuvo que sacar una caja de pañuelos que nunca usaba para poder trabajar bien.

 Horas antes de salir hacia su hogar, estornudó con tal fuerza que varios de sus compañeros se levantaron y preguntaron por encima de la separación existente si estaba bien. Era obvio que no porque su cara ahora estaba muy pálida y su semblante parecía haber desmejorado en cuestión de segundos. Por primera vez en su tiempo de trabajo en esa empresa, decidió salir un poco antes. En parte para evitar el montón de personas que salían a la vez, pero también para evitar la congestión en el transporte.

 Salir antes no importó mucho. Tuvo que ir en el bus como si fuera una sardina enlatada. Era horrible puesto que tenía que retener sus estornudos. La boca y la garganta se fueron secando y cuando faltaba poco para su parada, Rafa empezó a toser con mucha fuerza. Se tapó como pudo pero las personas a su alrededor lo miraban como si estuviese loco o algo parecido. Era como si ninguno de ellos jamás hubiese sufrido de un virus contagioso como el que él obviamente tenía adentro. Se bajó antes de lo debido porque estaba cansado de todo, solo quería acostarse en su cama.

 Llegó unos quince minutos después, más cansado de lo normal y sin ganas de hacer nada. Sin embargo, pensó que no sería mala idea comer algo antes de acostarse. Cocinar no era algo que le gustara pero lo hacía porque salía más barato llevar comida hecha en casa al trabajo que ponerse a comprar todos los días en la cafetería de la empresa. Pero no quería esforzarse demasiado, así que solo se hizo un sándwich con papas fritas de un paquete que alguien le había regalado en el supermercado.

 Se sirvió un vaso grande de jugo de naranja y confió que le sirviera de algo. Comió todo en unos minutos, parado en la cocina y luego fue derecho a la cama. Se quitó la ropa, la tiró al piso y tomó la pijama que ya debía de ser lavada. Pero en ese momento eso no le importó. Apagó la luz y se acostó sin más. Cerró los ojos y empezó a caer en el sueño cuando recordó que al otro día tenía que trabajar. El pensamiento le fastidió bastante pero, por suerte, el sueño fue más fuerte.

 Cuando despertó al otro día, el sabor que tenía en la boca era el peor que había sentido en su vida. Era difícil describir el sabor pero lo que sí sabía era que no era nada bueno. Era algo asqueroso. Ese análisis lo hizo todavía en cama, sin mover un solo musculo. La verdad es que todo el cuerpo le dolía bastante y no tenía ganas ni ánimos para moverse. Sin embargo, movió la mano para poder tomar su celular. Era muy temprano, faltaba todavía una hora para levantarse e ir al trabajo.

 El pensamiento le dio mucho fastidio. Había estado haciendo lo mismo por años y la verdad era que todavía no había notado ninguna remuneración de parte de la vida por siempre seguir al pie de la letra las reglas y los horarios y todo lo que había que hacer. Había estudiado como loco y luego había trabajado como nadie antes. Sin embargo, no tenía nada que mostrar de todo ese esfuerzo. Era como si todo lo que hiciese fuera en vano, no importa que acciones tomara.

 El sabor en su boca era cada vez peor. Se levantó algo fastidiado de la cama y caminó a la cocina. Se sirvió más jugo de naranja. Mientras bebía, miró la ventana de su pequeña sala y se dio cuenta que algunas gotas empezaban a caer con fuerza contra el vidrio.


 Sin hacer mucho alboroto, volvió a su cuarto en penumbra. Apagó el celular, dejó el vaso de jugo medio lleno en la mesita de noche y se metió a la cama rápidamente. Su último pensamiento antes de quedarse dormido fue que estar enfermo podía ser lo que necesitara justo en ese momento de su vida.

miércoles, 1 de marzo de 2017

La misión

   Al guardar las cosas en mi mochila, vi de nuevo su camiseta y decidí ponérmela para el gran día. Me quité la que tenía puesta, me puse la otra y doblé la que no iba a usar lo más rápido que pude. En la mochila solo me cabían unas cuatro camisetas, un par de pantalones, tres pares de medias, mis sandalias, cuatro pares de calzoncillos y otro par de objetos que tenía que llevar para todos lados. Usaba los mismos zapatos deportivos todos los días. Alguna vez tendría que lavarlos.

 Pero no sería ese día, no sería pronto. Tenía que mantenerme en movimiento si quería llegar algún día a mi destino. Me dirigí a la recepción del hotel, entregué la llave de mi habitación y dejé atrás el edificio, después de dejar todo en orden. Lo siguiente por hacer era conseguir transporte para la siguiente gran ciudad y para eso haría falta dinero. Así que antes que nada debía pasar por un cajero electrónico para sacar un poco de dinero, lo suficiente para sobrevivir unos días pero no demasiados.

 Caminé algunas calles hasta que llegué a un cajero que no quedaba sobre la calle sino que era de esos que quedan dentro de un cuarto aislado. Los prefería pues no quería que nadie me viera con una tarjeta que no era mía. Técnicamente no era robada pero tampoco era mía, así que lo mejor era evitar preguntas o momentos incomodos. Entré en el cajero e hice todo lo que había que hacer, lo que había hecho durante los últimos dos meses. Pero esta vez hubo un cambio: el retiro no se efectuó.

 En la pantalla apareció un aviso que pronto desapareció. No lo pude leer completo pero, al parecer, la tarjeta había sido bloqueada. Esperaba que algo así sucediera en algún momento pero ciertamente ese no era el mejor para que eso sucediera. En verdad no tenía nada de dinero, solo un billete que había reservado para comprar algo de comer, lo del día y nada más. Salí del cajero, pues había recordado las cámaras de seguridad, y empecé a caminar sin pensar mucho.

 No tenía dinero para el autobús que necesitaba abordar. Y no había una sola moneda en mi cuenta personal. Allí hacía mucho tiempo que no había un solo centavo, así que no era una opción. La cuenta de la tarjeta que utilizaba era la de Marco y sabía muy bien que solo una persona podía haberla bloqueado: su madre. Era lo obvio después de lo que había sucedido. Me arrepentí de no haber sacado todo el dinero antes de irme, para así no tener que preocuparme, pero él mismo me lo había desaconsejado. Porque todo esto era idea de él. Pero ya no estaba para solucionarme los problemas.

 Decidí concentrarme en lo urgente: pagar el billete de autobús. Decidí ir a la estación de buses y allí averiguar cuanto costaba el billete que necesitaba. Lo siguiente era ingeniármelas para conseguir el dinero, esperando que no fuese demasiado. Y no lo era, lo que había guardado para comer era una buena ayuda pero necesitaba el triple. Pregunté si no había boletos más económicos y me dijeron que no. Así que puse manos a la obra y me pasee por todo el terminal ofreciendo mis servicios en todos los comercios.

 Como vendedor, cocinero, limpiador de platos, barrendero,… Cualquier cosa con tal de ganar el dinero suficiente. En algunos lugares me ayudaron y otros me echaron. El caso es que estuve en ese terminal por dos semanas, yendo y viniendo por todas partes, casi mendigando por el dinero. De comer casi no había nada, solo el agua gratis de los lavabos del baño y algún pan duro que me daban por física lástima. De resto, había que aguantar lo más posible y me era fácil hacerlo.

 Cuando por fin tuve lo suficiente para el boleto, me lavé la cara lo mejor posible y fui a comprarlo. Me di cuenta que la vendedora me miraba mucho pues sabía quién era yo, el que pedía trabajo por todos lados, y seguramente pensaba de mí muchas cosas que yo ignoraba y que, francamente, me importaban un rábano. Por fin me dio un boleto. Estuve allí en la hora exacta y abordé el bendito bus de primero. Ese día de nuevo me puse su camiseta, para la buena suerte.

 El viaje era de varias horas, unas doce. El camino era largo y sinuoso. No había contado con marearme, así que cuando empecé a sentirme mal, hice un esfuerzo sobrehumano para quedarme dormido. Era lo mejor pues tener mareo sin nada en el estomago siempre parece doler el triple. Cuando me desperté era de noche y supe que íbamos por la mitad del recorrido. Allí, en mi destino, tendría otra misión asignada por alguien ya muerto. Por un momento, dude en seguir.

 Pero al llegar allí a la mañana siguiente, no había sombra de duda en mi mente. Como no tenía dinero para alojamiento o comida, lo primero que hice fue hacer lo que Marcos me había encomendado hacía mucho tiempo. Caminé como por una hora desde la estación de autobuses hasta que llegué a la playa. Era hermosa, con el mar de un azul casi irreal, las nubes blancas flotando en el cielo y la arena muy blanca y suave. Yo nunca antes había estado allí pero Marcos sí y por eso me había pedido viajar hasta ese lugar, hogar de uno de sus más queridos recuerdos.

 Sin demora, saqué la bolsita de plástico que llevaba en el bolsillo frontal de la mochila y me lo puse entre las manos. Quería sentirlo una última vez antes de dejarlo ir. Hacerlo era una tontería pero al fin y al cabo ese era Marcos o al menos había sido parte de él. De repente me acerqué más al agua, aproveché una ráfaga de viento y dejé ir en él todo el contenido de la bolsa. Una nube gris oscura flota frente a mi por varios segundo y, con cierta gracia, voló mar adentro, dispersándose sobre el agua.

 Me quedé con la bolsa en la mano durante varios minutos, lo que me demoré en procesar todo lo que había estado haciendo. Desde la muerte de Marcos todo había ido de mal en peor. Mejor dicho, todo había vuelto al estado anterior de las cosas, todo era malo y estaba vuelto mierda. Mi vida era un infierno de nuevo y esa misión que me había encomendado era el clavo final en mi vida. Para mí no había nada más allá, no había nada mejor ni peor. Nada de nada en mi futuro, porque no existía.

 Tiré la bolsa en un bote de la basura y caminé por el borde de la playa pensando en él. Recordé su sonrisa y el sonido que hacía cuando algo le gustaba. Tenía registrado en mi mente el olor de su cuello cuando despertaba y el de las salchichas que le gustaba cocinar. Recordé sus zapatos viejos, los que usaba para correr, y también el sabor de su boca que jamás podría olvidar, incluso si lo intentara. Por supuesto, también recordé la razón de porqué había tenido que ir hasta allí.

 Esa playa había sido el escenario del recuerdo más feliz de la infancia de Marcos. Me había contado una y otra vez como su madre y su padre estaban todavía juntos en ese entonces y como, para sorpresa de todos, ellos eran muy felices y cariñosos el uno con el otro. Había jugado correr, a hacer castillos de arena y muchas cosas más. Ese recuerdo tan simple era el que más lo acosaba, pues era el de algo que había durado muy poco. Antes de morir, me hizo prometer que haría lo que acababa de hacer.

 Me dolió no ser su mejor recuerdo y ahora me dolía más estar allí, solo y desamparado, sin saber que hacer. No tenía dinero ni posibilidad alguna de dormir en un lugar limpio esa noche. Tal vez lo mejor sería quedarme en la playa y luego caminar de vuelta, sin importar cuanto me tomara.


 Pero el problema era que en casa, o mejor dicho en mi ciudad, tampoco había nada que me esperara. Tampoco tenía nada que me moviera hacia delante, que me impulsara para seguir viviendo una vida que jamás había sido mucho. No estaba él.

sábado, 2 de julio de 2016

A good day

   Someone spoke, far away. It was a very deep voice, capable of piercing through walls and any other objects. It was kind of annoying because the rest of the world was at peace except for that voice that appeared not to be able to calm down. When Jay decided to get out of bed, the voice appeared to be stronger but still difficult to understand.

 Jay stood up in front of his mirror. Not much light entered his room through the small window there was on the wall, but he didn’t turn on the light either. He just stood there, looking at himself. He observed every inch of his body until he decided he recognized himself in that image. It was a very strange to do but he did it quite often, just to check he hadn’t lost his mind or something. It was his biggest fear.

 He put on the t-shirt he had wore the day before and some sandals. He looked at himself again on the mirror and went out the room. The hallway was empty so he knew he had a good chance to arrive at the bathroom and not find anyone there. He walked rather fast and, when he pushed the door, he was happy to see there was no one there.

 It was difficult to live in a place like that, where almost everything had to be shared. There was one bathroom per floor but sometimes something would go wrong on one of them and chaos would ensue as people from one floor would have to go to the one above to shower or to take a piss. It was very annoying and it happen frequently.

 But that day, everything was good and empty. After he was done, he decided to go back to his room and grab his shower things. It was best to take advantage of the unusual situation and do what he had to do in the bathroom at once. He almost ran to his room, where he grabbed his towel, soap, his shampoo bottle and toothbrush with toothpaste. He ran back out and was surprised, again, not to see anyone around.

 It really was a strange day. He showered for a good ten minutes, washing his hair, getting all his body clean and brushing his teeth with ease afterwards. When he got out of the bathroom, there was someone waiting by the door. His name was Carl, or something like that. It was one of the junkies that lived on the room opposite to his. He just said “Hi” and moved on to his room.

 Trying not to turn around and see what Carl was up to, jay knew it was best not to interact with them too much. They were really strange people and they were always high on whatever drugs they could find. Sometimes it was scary, when they got really annoying, but Carl was apparently on a down mood that day. It was best for everyone that he was.

 Once in his room, Jay noticed a bit more sunlight was entering his room and he realized he was smiling. He didn’t do that often but his day seemed to be having such a good start, it was hard not be optimistic. He put on his regular clothes for a Friday and grabbed his wallet and keys before leaving the room once again. As he put the lock on the door, he gazed towards the bathroom and noticed there was a line made up six people and it seemed to be growing slowly. He really had been lucky.

 Outside, on the street, the sun was even brighter so there was no need for a jacket or anything like that. Spring had moved on to that stage when its more like summer than like winter, which was perfect because Jay only had one jacket and it was too old now to keep using it. He needed money to buy a new one before the next winter, in order not to die frozen on the street or on his bed.

 In the winter, he usually slept clothed as the building had no central heating and his room could feel like a freezer sometimes. But now, he didn’t have to think of that. Next winter was months away and his day was doing to good to be thinking of the bad things in life. He walked block after block, ten in total, until he got to the bus stop that was closest to is home. He hoped not to be late for it because sometimes he would arrive just as the bus was leaving and it could be another fifteen minutes until the next one came into the neighbourhood.

 He stood by the stop and realized there was only one other person waiting: an old woman who seemed to be sleeping. Maybe she had already been sleeping for too long. Jay looked at his wrist, to an old watch he had found on the street, and realized it was a bit earlier than normal. That may have been the reason for his luck so far. Or maybe it was just a coincidence. In any way, the bus would be approaching in any minute.

 As if he had summoned it, the bus appeared on the street and stopped right in front of Jay. He walked towards the entrance and realized the old woman wasn’t moving. He asked the driver to wait for a moment and decided to try and wake up the woman. At first, he thought she might have been dead because she was unresponsive but she finally woke up and stood up slowly to walk to the bus.

 Strangely enough, the driver had waited and he smiled at Jay for his actions. That was something strange but even stranger was the fact that, after paying his ticket, the old woman asked Jay to seat by her side in the back of the bus. He accepted the offer and sat up there, where the seats were a bit higher than the rest. He rarely sat on the bus, always standing up.

 The old lady thanked him for his help and told him she was going to visit her daughter in the hospital. Apparently, she had some problems with her lungs and was going to undergo a complicated surgery so the old lady wanted to be on his daughter’s side through all of it. Jay nodded as she told him every detail of her life, about her husband who had died five years earlier and about her grandchildren that rarely came to visit her. She seemed like a nice person. A person that rarely has anyone to talk to.

 Some minutes later, she asked Jay to help her to the bus exit. He did so and she surprised him with money, a proper bill that was maybe too much to accept. She noticed Jay’s doubt to grab the bill and just put it in his hands. She said she was grateful for all the good people in the world and then pressed the button to let the driver know she was walking out. She did so rather fast, faster than he thought she could move.

 Still confused, he got out of the bus himself ten minutes afterwards. He had put the bill in his wallet but was still thinking about it. It wasn’t a common thing that random people would come up to you on the street to give you money. To be honest, his problems with money were always about not having enough, not the opposite. So he was very confused about what had just happened. As he arrived to work, he quickly forgot about it as the good day he was having may come to an end right there.

 He worked in the kitchen of a fast food restaurant, one of those big chains that makes burgers and nuggets and fries. At first, he loved the smell of it all, even of the ice cream as it got out of the machine. But now, after almost a year of working there, he had become rather oblivious to all of it. He flipped burger some days, some other he had to put salt on the fries or lift boxes with every single product they used in the restaurant.

 His shift began early in the morning and ended around eight o’clock at night. Sometimes he would stay more time because his supervisor would need something but, again, that day was a bit different. He was going to clean the floors but instead his supervisor wanted to have a word with him, He thought that, for sure, that was the end of his very good day.

 His supervisor, a very young man with lots of pimples, had decided to put him on the register. It was a promotion. He would win more money, as he had to learn some new things. He had to start right away so he had to learn fast. All day long, he did great, learning all the codes rather fast from another cashier. He smiled to every client and one of them even told him to keep the change, which was a very big tip. That day was really strange and he was really liking it.


 At night, back home, he counted the money he had made and was happy to know he was a bit closer to what his goal was, which wasn’t really clear. He thanked life for such an amazing day and hope all others would be the same.

sábado, 16 de abril de 2016

Hand between thighs

   When Alan woke up, he felt a hand lodged right between his thighs, centimeters away from his genitals. He froze as soon as he open his eyes and realized he didn’t really knew what had happened the night before. Not minding the hand or the soft breathing next to him, he tried to remember where he was exactly and what had he done to get there.

 He remembered going to his friend Amelia’s house as she had organized a party for her boyfriend, who had recently came back to the country after working with an NGO for several months in Africa. Alan had always thought Julio, Amelia’s boyfriend, was very handsome and kind and he always told her that if he had been gay, he would have been the one to get him. Amelia always responded to this by laughing and saying, “Right, you wish”. She had cooked some things, bought other things and had bought lots to drink for the many people that were coming.

 At first, it had been a nice little gathering of people and, as it was a surprise party, it had been really nice when Julio had come in and he was truly surprised to see so many people there. Alan ate a lot and then began to drink, just like the rest of the people. Music slowly changed throughout the night and after midnight they were already dancing all over the place. Everyone was having fun. And that’s all Alan could remember clearly. Memories become blurry after that.

 He turned around his head to the left and realized, although the hand between his thighs was a good indicator, that he was naked. His clothes were all over the floor, his underwear on top of a shoe that wasn’t his. He turned around his head to the right and expected not to see whoever it was awake but he wasn’t. He had his eyes closed and he was a very cute guy. Cuter than most men he had ever had sex with. But no matter how hard he tried; he couldn’t remember who he was.

 After dancing had begun, he thought he remembered drinking a lot more. He probably mixed liquors and that’s why his head didn’t feel so good. And his stomach wasn’t too great either. He closed his eyes for a while and tried to think about what he should do. He ended up remembering a conversation with Julio about some political issue in Africa and with Amelia about how hot someone was. He didn’t really remember who he was talking about but he remembered saying something about an ass.

 Carefully, he lifted the bed sheet to see it if the guy’s ass made him remember anything else but it didn’t. It was nice though and he couldn’t help but appreciating that the guy slept on his chest and with his face towards him. He almost laughed at this stupid thought but he contained himself and realized it was probably time to go.

 The hand was the most difficult part.  The best way to do it was to make him move the hand instead of Alan taking it and moving it himself. So he just moved his legs and feet a bit and that made the guy turn his head around and remove his hand from where it was, instead putting it right under his body. Alan waited for further movement but it didn’t happen, so as silently as he could, he got out of the bed.

 He suddenly had a string urge to sneeze and grab his nose just in the right way not to make a big noise. He had a bit of a dust allergy and he realized the floor was not precisely spotless. There were little balls of dust here and there and he decided to get his clothes fast, before he needed to sneeze again. He grabbed his underwear first, then one sock that was on the bed, then his pants on top of the other guy’s shirt. His shirt was on a chair, as well as his jacket and, finally, his other sock on the nightstand near the possible owner of the room.

 Alan realized two things right there: that he might not be in that guy’s place and that he had no idea where his shoes were. He looked beneath the bed and under every piece of clothing still on the floor but he couldn’t find anything. So if they weren’t there, they had to be outside. Hoping not to have to wake up the guy, he grabbed the door handle and pushed as slowly as he could. The door didn’t make a noise and he closed it with care.

 Effectively, his shoes were on the corridor outside. He got dressed right there and in a few seconds he was clothed and walking to the main door. The apartment was nice, although a bit dusty too in the social areas. There was an opened bottle of wine on the coffee table and two glasses. Those were probably theirs and that really explained why Alan had such a need to eat something or vomit. He had never been a good wine drinker and realized he must have been really drunk to accept wine.

 He put on his shoes right on the door, checked his jacket for his wallet and cellphone and when he felt them, he opened the door, got out and closed without minding the slamming sound. He was out anyway, so he didn’t really care anymore. He walked towards an elevator and press the down button and then had a memory, a confusing one, of having kissed someone in an elevator recently. Not a surprise.

 When the elevator opened, a woman not much older than Alan came out and greeted him. He walked into the elevator and, just as the doors were closing, he saw she was standing in front of the apartment he had just left and was looking for her keys. He opened his mouth in surprise and wondered who she might have been.

 Moments later, on the street, he quickly knew where he was and where he had to walk to catch a bus towards his house. It was very early and it was, if Alan remembered correctly, a Saturday. So that explained why the woman was visiting he guy he had been with. Maybe it was his sister. Or maybe it was a friend that had keys, but that didn’t really make any sense. Or she could have been his roommate. After all, he remembered seeing a couple of closed doors. If only he could remember anything about his likely conversation with him.

 When he got to the bus stop, he tried to straighten his hair and look a bit less “hangover” in the face. But that was probably impossible so he just sat in the small metal bench and waited for his bus. He checked the number on his cellphone and then realized he maybe used the phone the night before. So he checked for pictures and, he certainly had many of those but not the kind he was hoping for.

 He almost dropped the phone and had to lower the brightness of the screen so no one else could see, even if he was alone at the bus stop. There were five pictures and in all of them he was having what looked like great sex with the guy he had woken up next to. He certainly didn’t remember that but then something woke up some of his neurons: in one of pictures, he could see the guy had a tattoo of a Celtic symbol on his arm. He remembered having talked about it but not with whom. Probably that guy…

 He knew he said he knew what the symbol meant and he did: it was about eternity and everlasting energy or something like that. Maybe that had been his so-called “pick up line”. Alan didn’t really use those but maybe it had worked that way for him. He also had a couple of pictures in the party but that he remembered very well because they had been taken early in the night.

 The bus arrived; he passed his card and then sat down in the back row. He looked at people and cars and dogs as the bus took him home and when he finally got there he just took off his clothes again and got in bed. But he couldn’t really fall asleep. He was still thinking of the guy and how guilty he felt not knowing who he was, at least a name or something about their conversation or what the sex was like.


 He really was an attractive guy so Alan wondered how he made it happen. Maybe the guy was desperate or maybe Alan had some charm he didn’t even know was there. Maybe he should have stayed in that bed, with that hand between his thighs in order to know more about that guy and possibly about himself. What harm could it have done?