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miércoles, 1 de marzo de 2017

La misión

   Al guardar las cosas en mi mochila, vi de nuevo su camiseta y decidí ponérmela para el gran día. Me quité la que tenía puesta, me puse la otra y doblé la que no iba a usar lo más rápido que pude. En la mochila solo me cabían unas cuatro camisetas, un par de pantalones, tres pares de medias, mis sandalias, cuatro pares de calzoncillos y otro par de objetos que tenía que llevar para todos lados. Usaba los mismos zapatos deportivos todos los días. Alguna vez tendría que lavarlos.

 Pero no sería ese día, no sería pronto. Tenía que mantenerme en movimiento si quería llegar algún día a mi destino. Me dirigí a la recepción del hotel, entregué la llave de mi habitación y dejé atrás el edificio, después de dejar todo en orden. Lo siguiente por hacer era conseguir transporte para la siguiente gran ciudad y para eso haría falta dinero. Así que antes que nada debía pasar por un cajero electrónico para sacar un poco de dinero, lo suficiente para sobrevivir unos días pero no demasiados.

 Caminé algunas calles hasta que llegué a un cajero que no quedaba sobre la calle sino que era de esos que quedan dentro de un cuarto aislado. Los prefería pues no quería que nadie me viera con una tarjeta que no era mía. Técnicamente no era robada pero tampoco era mía, así que lo mejor era evitar preguntas o momentos incomodos. Entré en el cajero e hice todo lo que había que hacer, lo que había hecho durante los últimos dos meses. Pero esta vez hubo un cambio: el retiro no se efectuó.

 En la pantalla apareció un aviso que pronto desapareció. No lo pude leer completo pero, al parecer, la tarjeta había sido bloqueada. Esperaba que algo así sucediera en algún momento pero ciertamente ese no era el mejor para que eso sucediera. En verdad no tenía nada de dinero, solo un billete que había reservado para comprar algo de comer, lo del día y nada más. Salí del cajero, pues había recordado las cámaras de seguridad, y empecé a caminar sin pensar mucho.

 No tenía dinero para el autobús que necesitaba abordar. Y no había una sola moneda en mi cuenta personal. Allí hacía mucho tiempo que no había un solo centavo, así que no era una opción. La cuenta de la tarjeta que utilizaba era la de Marco y sabía muy bien que solo una persona podía haberla bloqueado: su madre. Era lo obvio después de lo que había sucedido. Me arrepentí de no haber sacado todo el dinero antes de irme, para así no tener que preocuparme, pero él mismo me lo había desaconsejado. Porque todo esto era idea de él. Pero ya no estaba para solucionarme los problemas.

 Decidí concentrarme en lo urgente: pagar el billete de autobús. Decidí ir a la estación de buses y allí averiguar cuanto costaba el billete que necesitaba. Lo siguiente era ingeniármelas para conseguir el dinero, esperando que no fuese demasiado. Y no lo era, lo que había guardado para comer era una buena ayuda pero necesitaba el triple. Pregunté si no había boletos más económicos y me dijeron que no. Así que puse manos a la obra y me pasee por todo el terminal ofreciendo mis servicios en todos los comercios.

 Como vendedor, cocinero, limpiador de platos, barrendero,… Cualquier cosa con tal de ganar el dinero suficiente. En algunos lugares me ayudaron y otros me echaron. El caso es que estuve en ese terminal por dos semanas, yendo y viniendo por todas partes, casi mendigando por el dinero. De comer casi no había nada, solo el agua gratis de los lavabos del baño y algún pan duro que me daban por física lástima. De resto, había que aguantar lo más posible y me era fácil hacerlo.

 Cuando por fin tuve lo suficiente para el boleto, me lavé la cara lo mejor posible y fui a comprarlo. Me di cuenta que la vendedora me miraba mucho pues sabía quién era yo, el que pedía trabajo por todos lados, y seguramente pensaba de mí muchas cosas que yo ignoraba y que, francamente, me importaban un rábano. Por fin me dio un boleto. Estuve allí en la hora exacta y abordé el bendito bus de primero. Ese día de nuevo me puse su camiseta, para la buena suerte.

 El viaje era de varias horas, unas doce. El camino era largo y sinuoso. No había contado con marearme, así que cuando empecé a sentirme mal, hice un esfuerzo sobrehumano para quedarme dormido. Era lo mejor pues tener mareo sin nada en el estomago siempre parece doler el triple. Cuando me desperté era de noche y supe que íbamos por la mitad del recorrido. Allí, en mi destino, tendría otra misión asignada por alguien ya muerto. Por un momento, dude en seguir.

 Pero al llegar allí a la mañana siguiente, no había sombra de duda en mi mente. Como no tenía dinero para alojamiento o comida, lo primero que hice fue hacer lo que Marcos me había encomendado hacía mucho tiempo. Caminé como por una hora desde la estación de autobuses hasta que llegué a la playa. Era hermosa, con el mar de un azul casi irreal, las nubes blancas flotando en el cielo y la arena muy blanca y suave. Yo nunca antes había estado allí pero Marcos sí y por eso me había pedido viajar hasta ese lugar, hogar de uno de sus más queridos recuerdos.

 Sin demora, saqué la bolsita de plástico que llevaba en el bolsillo frontal de la mochila y me lo puse entre las manos. Quería sentirlo una última vez antes de dejarlo ir. Hacerlo era una tontería pero al fin y al cabo ese era Marcos o al menos había sido parte de él. De repente me acerqué más al agua, aproveché una ráfaga de viento y dejé ir en él todo el contenido de la bolsa. Una nube gris oscura flota frente a mi por varios segundo y, con cierta gracia, voló mar adentro, dispersándose sobre el agua.

 Me quedé con la bolsa en la mano durante varios minutos, lo que me demoré en procesar todo lo que había estado haciendo. Desde la muerte de Marcos todo había ido de mal en peor. Mejor dicho, todo había vuelto al estado anterior de las cosas, todo era malo y estaba vuelto mierda. Mi vida era un infierno de nuevo y esa misión que me había encomendado era el clavo final en mi vida. Para mí no había nada más allá, no había nada mejor ni peor. Nada de nada en mi futuro, porque no existía.

 Tiré la bolsa en un bote de la basura y caminé por el borde de la playa pensando en él. Recordé su sonrisa y el sonido que hacía cuando algo le gustaba. Tenía registrado en mi mente el olor de su cuello cuando despertaba y el de las salchichas que le gustaba cocinar. Recordé sus zapatos viejos, los que usaba para correr, y también el sabor de su boca que jamás podría olvidar, incluso si lo intentara. Por supuesto, también recordé la razón de porqué había tenido que ir hasta allí.

 Esa playa había sido el escenario del recuerdo más feliz de la infancia de Marcos. Me había contado una y otra vez como su madre y su padre estaban todavía juntos en ese entonces y como, para sorpresa de todos, ellos eran muy felices y cariñosos el uno con el otro. Había jugado correr, a hacer castillos de arena y muchas cosas más. Ese recuerdo tan simple era el que más lo acosaba, pues era el de algo que había durado muy poco. Antes de morir, me hizo prometer que haría lo que acababa de hacer.

 Me dolió no ser su mejor recuerdo y ahora me dolía más estar allí, solo y desamparado, sin saber que hacer. No tenía dinero ni posibilidad alguna de dormir en un lugar limpio esa noche. Tal vez lo mejor sería quedarme en la playa y luego caminar de vuelta, sin importar cuanto me tomara.


 Pero el problema era que en casa, o mejor dicho en mi ciudad, tampoco había nada que me esperara. Tampoco tenía nada que me moviera hacia delante, que me impulsara para seguir viviendo una vida que jamás había sido mucho. No estaba él.

sábado, 2 de julio de 2016

A good day

   Someone spoke, far away. It was a very deep voice, capable of piercing through walls and any other objects. It was kind of annoying because the rest of the world was at peace except for that voice that appeared not to be able to calm down. When Jay decided to get out of bed, the voice appeared to be stronger but still difficult to understand.

 Jay stood up in front of his mirror. Not much light entered his room through the small window there was on the wall, but he didn’t turn on the light either. He just stood there, looking at himself. He observed every inch of his body until he decided he recognized himself in that image. It was a very strange to do but he did it quite often, just to check he hadn’t lost his mind or something. It was his biggest fear.

 He put on the t-shirt he had wore the day before and some sandals. He looked at himself again on the mirror and went out the room. The hallway was empty so he knew he had a good chance to arrive at the bathroom and not find anyone there. He walked rather fast and, when he pushed the door, he was happy to see there was no one there.

 It was difficult to live in a place like that, where almost everything had to be shared. There was one bathroom per floor but sometimes something would go wrong on one of them and chaos would ensue as people from one floor would have to go to the one above to shower or to take a piss. It was very annoying and it happen frequently.

 But that day, everything was good and empty. After he was done, he decided to go back to his room and grab his shower things. It was best to take advantage of the unusual situation and do what he had to do in the bathroom at once. He almost ran to his room, where he grabbed his towel, soap, his shampoo bottle and toothbrush with toothpaste. He ran back out and was surprised, again, not to see anyone around.

 It really was a strange day. He showered for a good ten minutes, washing his hair, getting all his body clean and brushing his teeth with ease afterwards. When he got out of the bathroom, there was someone waiting by the door. His name was Carl, or something like that. It was one of the junkies that lived on the room opposite to his. He just said “Hi” and moved on to his room.

 Trying not to turn around and see what Carl was up to, jay knew it was best not to interact with them too much. They were really strange people and they were always high on whatever drugs they could find. Sometimes it was scary, when they got really annoying, but Carl was apparently on a down mood that day. It was best for everyone that he was.

 Once in his room, Jay noticed a bit more sunlight was entering his room and he realized he was smiling. He didn’t do that often but his day seemed to be having such a good start, it was hard not be optimistic. He put on his regular clothes for a Friday and grabbed his wallet and keys before leaving the room once again. As he put the lock on the door, he gazed towards the bathroom and noticed there was a line made up six people and it seemed to be growing slowly. He really had been lucky.

 Outside, on the street, the sun was even brighter so there was no need for a jacket or anything like that. Spring had moved on to that stage when its more like summer than like winter, which was perfect because Jay only had one jacket and it was too old now to keep using it. He needed money to buy a new one before the next winter, in order not to die frozen on the street or on his bed.

 In the winter, he usually slept clothed as the building had no central heating and his room could feel like a freezer sometimes. But now, he didn’t have to think of that. Next winter was months away and his day was doing to good to be thinking of the bad things in life. He walked block after block, ten in total, until he got to the bus stop that was closest to is home. He hoped not to be late for it because sometimes he would arrive just as the bus was leaving and it could be another fifteen minutes until the next one came into the neighbourhood.

 He stood by the stop and realized there was only one other person waiting: an old woman who seemed to be sleeping. Maybe she had already been sleeping for too long. Jay looked at his wrist, to an old watch he had found on the street, and realized it was a bit earlier than normal. That may have been the reason for his luck so far. Or maybe it was just a coincidence. In any way, the bus would be approaching in any minute.

 As if he had summoned it, the bus appeared on the street and stopped right in front of Jay. He walked towards the entrance and realized the old woman wasn’t moving. He asked the driver to wait for a moment and decided to try and wake up the woman. At first, he thought she might have been dead because she was unresponsive but she finally woke up and stood up slowly to walk to the bus.

 Strangely enough, the driver had waited and he smiled at Jay for his actions. That was something strange but even stranger was the fact that, after paying his ticket, the old woman asked Jay to seat by her side in the back of the bus. He accepted the offer and sat up there, where the seats were a bit higher than the rest. He rarely sat on the bus, always standing up.

 The old lady thanked him for his help and told him she was going to visit her daughter in the hospital. Apparently, she had some problems with her lungs and was going to undergo a complicated surgery so the old lady wanted to be on his daughter’s side through all of it. Jay nodded as she told him every detail of her life, about her husband who had died five years earlier and about her grandchildren that rarely came to visit her. She seemed like a nice person. A person that rarely has anyone to talk to.

 Some minutes later, she asked Jay to help her to the bus exit. He did so and she surprised him with money, a proper bill that was maybe too much to accept. She noticed Jay’s doubt to grab the bill and just put it in his hands. She said she was grateful for all the good people in the world and then pressed the button to let the driver know she was walking out. She did so rather fast, faster than he thought she could move.

 Still confused, he got out of the bus himself ten minutes afterwards. He had put the bill in his wallet but was still thinking about it. It wasn’t a common thing that random people would come up to you on the street to give you money. To be honest, his problems with money were always about not having enough, not the opposite. So he was very confused about what had just happened. As he arrived to work, he quickly forgot about it as the good day he was having may come to an end right there.

 He worked in the kitchen of a fast food restaurant, one of those big chains that makes burgers and nuggets and fries. At first, he loved the smell of it all, even of the ice cream as it got out of the machine. But now, after almost a year of working there, he had become rather oblivious to all of it. He flipped burger some days, some other he had to put salt on the fries or lift boxes with every single product they used in the restaurant.

 His shift began early in the morning and ended around eight o’clock at night. Sometimes he would stay more time because his supervisor would need something but, again, that day was a bit different. He was going to clean the floors but instead his supervisor wanted to have a word with him, He thought that, for sure, that was the end of his very good day.

 His supervisor, a very young man with lots of pimples, had decided to put him on the register. It was a promotion. He would win more money, as he had to learn some new things. He had to start right away so he had to learn fast. All day long, he did great, learning all the codes rather fast from another cashier. He smiled to every client and one of them even told him to keep the change, which was a very big tip. That day was really strange and he was really liking it.


 At night, back home, he counted the money he had made and was happy to know he was a bit closer to what his goal was, which wasn’t really clear. He thanked life for such an amazing day and hope all others would be the same.

sábado, 16 de abril de 2016

Hand between thighs

   When Alan woke up, he felt a hand lodged right between his thighs, centimeters away from his genitals. He froze as soon as he open his eyes and realized he didn’t really knew what had happened the night before. Not minding the hand or the soft breathing next to him, he tried to remember where he was exactly and what had he done to get there.

 He remembered going to his friend Amelia’s house as she had organized a party for her boyfriend, who had recently came back to the country after working with an NGO for several months in Africa. Alan had always thought Julio, Amelia’s boyfriend, was very handsome and kind and he always told her that if he had been gay, he would have been the one to get him. Amelia always responded to this by laughing and saying, “Right, you wish”. She had cooked some things, bought other things and had bought lots to drink for the many people that were coming.

 At first, it had been a nice little gathering of people and, as it was a surprise party, it had been really nice when Julio had come in and he was truly surprised to see so many people there. Alan ate a lot and then began to drink, just like the rest of the people. Music slowly changed throughout the night and after midnight they were already dancing all over the place. Everyone was having fun. And that’s all Alan could remember clearly. Memories become blurry after that.

 He turned around his head to the left and realized, although the hand between his thighs was a good indicator, that he was naked. His clothes were all over the floor, his underwear on top of a shoe that wasn’t his. He turned around his head to the right and expected not to see whoever it was awake but he wasn’t. He had his eyes closed and he was a very cute guy. Cuter than most men he had ever had sex with. But no matter how hard he tried; he couldn’t remember who he was.

 After dancing had begun, he thought he remembered drinking a lot more. He probably mixed liquors and that’s why his head didn’t feel so good. And his stomach wasn’t too great either. He closed his eyes for a while and tried to think about what he should do. He ended up remembering a conversation with Julio about some political issue in Africa and with Amelia about how hot someone was. He didn’t really remember who he was talking about but he remembered saying something about an ass.

 Carefully, he lifted the bed sheet to see it if the guy’s ass made him remember anything else but it didn’t. It was nice though and he couldn’t help but appreciating that the guy slept on his chest and with his face towards him. He almost laughed at this stupid thought but he contained himself and realized it was probably time to go.

 The hand was the most difficult part.  The best way to do it was to make him move the hand instead of Alan taking it and moving it himself. So he just moved his legs and feet a bit and that made the guy turn his head around and remove his hand from where it was, instead putting it right under his body. Alan waited for further movement but it didn’t happen, so as silently as he could, he got out of the bed.

 He suddenly had a string urge to sneeze and grab his nose just in the right way not to make a big noise. He had a bit of a dust allergy and he realized the floor was not precisely spotless. There were little balls of dust here and there and he decided to get his clothes fast, before he needed to sneeze again. He grabbed his underwear first, then one sock that was on the bed, then his pants on top of the other guy’s shirt. His shirt was on a chair, as well as his jacket and, finally, his other sock on the nightstand near the possible owner of the room.

 Alan realized two things right there: that he might not be in that guy’s place and that he had no idea where his shoes were. He looked beneath the bed and under every piece of clothing still on the floor but he couldn’t find anything. So if they weren’t there, they had to be outside. Hoping not to have to wake up the guy, he grabbed the door handle and pushed as slowly as he could. The door didn’t make a noise and he closed it with care.

 Effectively, his shoes were on the corridor outside. He got dressed right there and in a few seconds he was clothed and walking to the main door. The apartment was nice, although a bit dusty too in the social areas. There was an opened bottle of wine on the coffee table and two glasses. Those were probably theirs and that really explained why Alan had such a need to eat something or vomit. He had never been a good wine drinker and realized he must have been really drunk to accept wine.

 He put on his shoes right on the door, checked his jacket for his wallet and cellphone and when he felt them, he opened the door, got out and closed without minding the slamming sound. He was out anyway, so he didn’t really care anymore. He walked towards an elevator and press the down button and then had a memory, a confusing one, of having kissed someone in an elevator recently. Not a surprise.

 When the elevator opened, a woman not much older than Alan came out and greeted him. He walked into the elevator and, just as the doors were closing, he saw she was standing in front of the apartment he had just left and was looking for her keys. He opened his mouth in surprise and wondered who she might have been.

 Moments later, on the street, he quickly knew where he was and where he had to walk to catch a bus towards his house. It was very early and it was, if Alan remembered correctly, a Saturday. So that explained why the woman was visiting he guy he had been with. Maybe it was his sister. Or maybe it was a friend that had keys, but that didn’t really make any sense. Or she could have been his roommate. After all, he remembered seeing a couple of closed doors. If only he could remember anything about his likely conversation with him.

 When he got to the bus stop, he tried to straighten his hair and look a bit less “hangover” in the face. But that was probably impossible so he just sat in the small metal bench and waited for his bus. He checked the number on his cellphone and then realized he maybe used the phone the night before. So he checked for pictures and, he certainly had many of those but not the kind he was hoping for.

 He almost dropped the phone and had to lower the brightness of the screen so no one else could see, even if he was alone at the bus stop. There were five pictures and in all of them he was having what looked like great sex with the guy he had woken up next to. He certainly didn’t remember that but then something woke up some of his neurons: in one of pictures, he could see the guy had a tattoo of a Celtic symbol on his arm. He remembered having talked about it but not with whom. Probably that guy…

 He knew he said he knew what the symbol meant and he did: it was about eternity and everlasting energy or something like that. Maybe that had been his so-called “pick up line”. Alan didn’t really use those but maybe it had worked that way for him. He also had a couple of pictures in the party but that he remembered very well because they had been taken early in the night.

 The bus arrived; he passed his card and then sat down in the back row. He looked at people and cars and dogs as the bus took him home and when he finally got there he just took off his clothes again and got in bed. But he couldn’t really fall asleep. He was still thinking of the guy and how guilty he felt not knowing who he was, at least a name or something about their conversation or what the sex was like.


 He really was an attractive guy so Alan wondered how he made it happen. Maybe the guy was desperate or maybe Alan had some charm he didn’t even know was there. Maybe he should have stayed in that bed, with that hand between his thighs in order to know more about that guy and possibly about himself. What harm could it have done?

lunes, 11 de enero de 2016

Un día en la vida

   El sol todavía no había salido. El mundo estaba oscuro y casi todo la gente en la ciudad estaba durmiendo. Pero obviamente no toda. Hay quienes trabajan desde muy temprano en varios de los servicios que todos utilizamos diariamente pero también hay aquellas personas que simplemente se despiertan a las cinco de la mañana sin razón aparente. Así era Leo, a quién solo le gustaba que le dijeran Leo las personas que conocía, sus amigos y familia. Si alguien más lo saludaba diciéndole Leo, él simplemente corregía a la persona recordándole su nombre entero e incluso su apellido.

 Leo no ponía nunca alarma ni nada por el estilo. Simplemente se levantaba a las cinco de la mañana todos los días y pasaba la primera hora del día revisando que todo estuviera bien en su cuerpo y en sus asuntos para que nada lo sorprendiera a lo largo del día. Apenas abría los ojos se sentaba en el borde de su cama y empezaba a hacer sonidos extraños, a la vez que se tocaba la garganta con una mano y tomar algo de agua. A veces hacía gárgaras, a veces no. Revisaba que todo lo que necesitaba ese día estuviese en su maletín y también revisaba sus testículos para encontrar cáncer.

 En ocasiones, y si se sentía con muchas ganas, Leo hacía algo de ejercicio. Al menos quince minutos eran suficientes corriendo en su máquina o haciendo flexiones sobre un tapete que había comprado específicamente para eso. Despus de usar cualqueir aparato lo limpiaba y dejaba en las mejores condiciones posibles.  vez que se tocaba la garganta con una manés de usar cualquier aparato lo limpiaba y lo dejaba en las mejores condiciones posibles, como si no fuera suyo y el apartamento en el que vivía fuese una habitación de hotel que había que dejar impecable para el siguiente huésped.

 Su trabajo era de supervisor en una empresa de tecnología, donde hacían programación y cosas como esa. Él era muy bueno en lo que hacía y por eso tenía un buen puesto a pesar de ser relativamente joven. La verdad era que él estaba muy orgulloso tanto de su trabajo como de su habilidad en él y no dudaba en hablarle a cualquiera acerca de eso. Pero a la mayoría de la gente  no le interesaba mucho el tema, se aburrían fácil de él y se alejaban excusándose con alguna frase tonta.

 Leo tenía pocos amigos, gente que había aprendido a ver más allá de sus excentricidades y que lo consideraban un personaje al cual admirar y en el que podían confiar sin dudarlo. De hecho, entre su grupo de amigos, era considerado la mejor persona para guardar un secreto y también el mejor escuchando y poniendo atención a los problemas de los demás. Leo tenía esa rarísima cualidad de simplemente poder escuchar y, al terminar todo, poder repetir todo lo que se le había dicho y después nunca contárselo a nadie más así pudiese recitarlo todo como un poema. Esas características tan extrañas eran las que lo hacían ser un personaje muy querido entre las pocas personas que lo conocían.

 Eso sí, tenía diferentes gustos que ellos, para casi todo. No solo el hecho de levantarse tan temprano, que era muy poco común, sino también como vivía su vida. Después de esa hora de revisión, se metía a la ducha y cronometraba su tiempo dentro. El reloj siempre sonaba pasados cinco minutos y él siempre cerraba la llave apenas oía el timbre. Se había entrenado para usar el jabón, el champú y tal vez una esponja en ese espacio de tiempo. Después tenía otros cinco minutos para cepillarse los dientes y tal vez afeitarse. A eso le seguía ponerse la ropa adecuada, que elegía con mucho cuidado. Tenía un traje o conjunto definido para cada día de la semana pero variaba algunas cosas como las camisas o, su prenda favorita, las medias.

 Su regalo preferido eran medias. Mientras que todos los demás hombres que conocía se ofendían cuando sus novias o familiares les daban medias en Navidad, a Leo le fascinaba. Había tantos colores y estilos que simplemente le fascinaba recibir ese regalo. Tenía medias de colores muy clásicos como azul, marrón y blanco pero también muchas con estampados muy originales. Tenía de algodón, poliéster, lino e hilo y para hacer deporte, caminar, verano e invierno. Era sin duda su prenda predilecta y eso también lo sabía cualquiera que lo conociera.

 Las medias era lo primero que se ponía en la mañana. Le seguían los bóxer y luego la camisa, el pantalón y la chaqueta o abrigo del conjunto que hubiese elegido. Esta última prende a veces no se la ponía sino hasta después de desayunar. Lo mismo pasaba si la camisa que usaba era blanca, pues siempre tenía miedo a ensuciarse. Si eso pasaba en la mañana, de inmediato echaba la camisa a la lavadora y se ponía otra, incluso si la mancha era diminuta y nadie pudiese verla. El problema es que él la vería todo el día.

 En cosas así, pequeñas y que parecieran no tener importancia, Leo siempre había sido un poco obsesivo. No podía ver una mancha en nada porque se ponía a limpiarla y siempre se esforzaba para que todo en su casa estuviese debidamente presentado. Había ido varias veces a casa de amigos hombres y la gran mayoría eran siempre un desastre, en especial si compartían el apartamento con otros hombres. Le daba asco orinar en esos baños y sentarse en esa camas, nada más pensando en la cantidad de ácaros que pudiese haber.

 El domingo era para Leo el día de limpieza. Ese día, por unas 4 horas entre el desayuno y el almuerzo, se dedicaba a limpiar todo a profundidad. Y la verdad era que no solo lo hacía por asco o por sentir un deber sino también porque le gustaba hacerlo. Le gustaba sentir que todo cambiaba.

 Eso no aplicaba a su trabajo, al cual llegaba siempre en punto después de haber hecho un recorrido siempre calculado en autobús. No usaba su carro a menos que fuese absolutamente necesario pues no le gustaba gastar mucha gasolina. Además, lo compartía con su madre quién lo tenía la mayoría de las veces. Lo había comprado para ella pero ella había sido la de la idea de compartirlo, como una manera de sentirse menos comprometida a aceptar semejante regalo. Pero con el tiempo, lo usaba casi siempre.

A Leo le gustaba el autobús. Elegía la ruta que siempre estaba más vacía a esa hora. Se demoraba un poco más de lo normal pero no le importaba pues así podía ver más de las personas con las que compartía el recorrido. Le gustaba ver los malabares de las mujeres arreglándose con el movimiento del vehículo y algunas personas leyendo el periódico como si en verdad estuvieran leyendo algo importante. Niños casi no había y cuando había se notaba que iban al colegio o a una cita médica, eran las dos opciones seguras y era obvio siempre cual era la correcta.

 Le gustaba imaginarse la vida de cada una de esas personas y siempre buscaba por una en especial, por aquel personaje que él elegía como el personajes de la mañana. Alguien que pudiera pasar desapercibido fácilmente pero que tenía algo que lo o la diferenciaba de los demás, sin importar si era una prenda de vestir, una actitud o una manera de comportarse. Algo que los apartara era lo esencial para hacer casi un estudio de su existencia en el corto recorrido del bus.

 En la oficina, Leo era respetado y siempre tenía gente haciéndolo preguntas, incluso cuando no tenían nada que ver con el trabajo para el cual le pagaban. Igual le preguntaban pues todo el mundo sabía que Leo se las sabía todas y la verdad era que él estaba feliz de ayudar, estaba contento con que la gente apreciara su esfuerzo y conocimiento y por eso no dudaba nunca en ayudar cuando le fuese posible.

 A la hora del almuerzo, a veces salía con algún compañero. Pero sí tenía demasiado trabajo, pedía algo a la oficina y se quedaba allí arreglando cuentas y datos a la vez que comía con una servilleta de tela encima para evitar las manchas en su ropa. A veces así era más productivo, algo así como fuera de su elemento. Pero la verdad era que era muy difícil cogerlo fuera de su elemento pues siempre estaba preparado para todo.

En la tarde eran siempre las reuniones y esa clase de cosas y, como se dijo antes, venía siempre listo con todos los datos e información pertinentes. Todo a punto para que cualquier pregunta pudiese ser solucionada al instante y sin demora.


 Volvía casa, a veces tarde, a veces temprano. Eso dependía de su ánimo. Leía, veía una película o hacía algo relajante antes de dormir y cuando se acostaba pensaba en como su vida podría ser diferente y en lo que hacían sus personajes de la mañana en ese momento. Como serían sus personajes de noche? Estarían tan ansiosos como él? Tan preocupados a pesar de estar en un sitio tan sólido?