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viernes, 27 de octubre de 2017

Sabor a enfermo

   Estar enfermo tiene un sabor. Es algo raro y francamente asqueroso de decir pero así es. Cuando algo raro pasa en el cuerpo, todo reacciona. Incluso se dice que hay gente que puede oler enfermedad en otros pero eso es más mito que nada, puesto que los seres humanos tiene un sistema olfatorio bastante pobre. Sin embargo, nuestro sentido del gusto es de lo más avanzado que hay en la naturaleza y por eso nos sirve tanto en la vida. El caso es que podemos saborear un malestar.

 Ese fue el sabor que tuvo Rafa desde el primer momento del día. Se había despertado bien temprano, como todos los días desde hacía unos veinte años. Se duchó rápidamente y mientras se estaba poniendo la ropa del día fue cuando sintió el sabor en su boca. Fue tal el gusto extraño que decidió cepillarse los dientes antes y después de desayunar, cosa que no hizo ninguna diferencia. El sabor permaneció durante horas, mientras llegaba en bus a su lugar de trabajo y durante toda la mañana.

 Trabajaba en uno de esos centros de recepción de llamadas en los que ayuda con varias cosas a personas al otro lado del mundo. Era un trabajo francamente cansino pero no pagaba mal y era lo único que Rafa había podido conseguir después de salir de la universidad. Era un poco molesto oír las voces de cientos de personas hablar al mismo tiempo. Por eso le gustaba bastante la idea de la compañía de proporcionar auriculares que cancelaran el ruido e hicieran de concentrarse una tarea más fácil.

 Ese día se levantó de su puesto apenas pudo y corrió a la cafetería por uno de esos cafés insípidos de máquina automática. Podía tomar uno más fresco pero había gente haciendo fila y no quería dejar el puesto demasiado tiempo solo. Era bien sabido que los supervisores se la pasaban todo el día rondando por cada piso y si no veían a uno de los trabajadores en su puesto, lo anotaban. Se iban a acumulando algo así como puntos en contra. Después de cierta cantidad de infracciones, la persona era despedida.

 Rafa no tenía ninguna. Siempre había llegado temprano, incluso los días en los que había menos carga, y se iba siempre después de la hora marcada para evitar cualquier problema. Era una vida repetitiva y francamente aburridora pero era la que tenía y no podía quejarse. Podía estar peor y suponía que había que agradecer que las cosas le hubiesen ido mejor que a muchos. Claro que quería mucho más para su vida pero todo eso estaba fuera de su alcance por ahora, muy lejos de donde estaba en ese momento de su vida. Tal vez en algún momento pero no entonces.

 El café de la máquina salió hirviendo pero así se lo tomó el joven, quemándose la lengua mientras subía lo más rápido que podía las escaleras para volver a su puesto de trabajo lo más pronto posible. Sabía que ya casi era una hora en punto y ese era el momento que con frecuencia usaban los supervisores para pasarse por cada piso revisando los puestos y el rendimiento general de los trabajadores. Por eso apuró el paso todo lo que pudo y llegó a su puesto de trabajo en el momento justo.

 Tomó lo último del pequeño vaso de papel y lo tiró en un cesto debajo de su escritorio. Mientras veía a una mujer algo mayor que él acercarse, se dio cuenta de que el gusto en la boca seguía. Peor aún, ahora se sentía más fuerte que antes y fue más fácil determinar que debía estar enfermo. Fue como invocar un demonio o algo por el estilo porque justo en ese momento empezó a sentir la nariz congestionada y un escalofrío que le recorrió la espalda desde la base del cuello hasta bien abajo.

 Su piel se erizó justo cuando la supervisora llegó a su cubículo. La mujer lo miró detenidamente y él le sonrió, pues no supo que más hacer en el momento. Sin embargo, agachó la cabeza rápidamente y contestó uno de las millones de llamadas que ese edificio recibía al día. Así prosiguió la tarde y, a medida que pasaban las horas, se empezó a sentir cada vez peor. La congestión nasal era cada vez peor, tanto que tuvo que sacar una caja de pañuelos que nunca usaba para poder trabajar bien.

 Horas antes de salir hacia su hogar, estornudó con tal fuerza que varios de sus compañeros se levantaron y preguntaron por encima de la separación existente si estaba bien. Era obvio que no porque su cara ahora estaba muy pálida y su semblante parecía haber desmejorado en cuestión de segundos. Por primera vez en su tiempo de trabajo en esa empresa, decidió salir un poco antes. En parte para evitar el montón de personas que salían a la vez, pero también para evitar la congestión en el transporte.

 Salir antes no importó mucho. Tuvo que ir en el bus como si fuera una sardina enlatada. Era horrible puesto que tenía que retener sus estornudos. La boca y la garganta se fueron secando y cuando faltaba poco para su parada, Rafa empezó a toser con mucha fuerza. Se tapó como pudo pero las personas a su alrededor lo miraban como si estuviese loco o algo parecido. Era como si ninguno de ellos jamás hubiese sufrido de un virus contagioso como el que él obviamente tenía adentro. Se bajó antes de lo debido porque estaba cansado de todo, solo quería acostarse en su cama.

 Llegó unos quince minutos después, más cansado de lo normal y sin ganas de hacer nada. Sin embargo, pensó que no sería mala idea comer algo antes de acostarse. Cocinar no era algo que le gustara pero lo hacía porque salía más barato llevar comida hecha en casa al trabajo que ponerse a comprar todos los días en la cafetería de la empresa. Pero no quería esforzarse demasiado, así que solo se hizo un sándwich con papas fritas de un paquete que alguien le había regalado en el supermercado.

 Se sirvió un vaso grande de jugo de naranja y confió que le sirviera de algo. Comió todo en unos minutos, parado en la cocina y luego fue derecho a la cama. Se quitó la ropa, la tiró al piso y tomó la pijama que ya debía de ser lavada. Pero en ese momento eso no le importó. Apagó la luz y se acostó sin más. Cerró los ojos y empezó a caer en el sueño cuando recordó que al otro día tenía que trabajar. El pensamiento le fastidió bastante pero, por suerte, el sueño fue más fuerte.

 Cuando despertó al otro día, el sabor que tenía en la boca era el peor que había sentido en su vida. Era difícil describir el sabor pero lo que sí sabía era que no era nada bueno. Era algo asqueroso. Ese análisis lo hizo todavía en cama, sin mover un solo musculo. La verdad es que todo el cuerpo le dolía bastante y no tenía ganas ni ánimos para moverse. Sin embargo, movió la mano para poder tomar su celular. Era muy temprano, faltaba todavía una hora para levantarse e ir al trabajo.

 El pensamiento le dio mucho fastidio. Había estado haciendo lo mismo por años y la verdad era que todavía no había notado ninguna remuneración de parte de la vida por siempre seguir al pie de la letra las reglas y los horarios y todo lo que había que hacer. Había estudiado como loco y luego había trabajado como nadie antes. Sin embargo, no tenía nada que mostrar de todo ese esfuerzo. Era como si todo lo que hiciese fuera en vano, no importa que acciones tomara.

 El sabor en su boca era cada vez peor. Se levantó algo fastidiado de la cama y caminó a la cocina. Se sirvió más jugo de naranja. Mientras bebía, miró la ventana de su pequeña sala y se dio cuenta que algunas gotas empezaban a caer con fuerza contra el vidrio.


 Sin hacer mucho alboroto, volvió a su cuarto en penumbra. Apagó el celular, dejó el vaso de jugo medio lleno en la mesita de noche y se metió a la cama rápidamente. Su último pensamiento antes de quedarse dormido fue que estar enfermo podía ser lo que necesitara justo en ese momento de su vida.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El mal estudiante

   La temporada de exámenes terminaba y así también lo hacía el año escolar. Era ya hora de descansar para retomar un par de mees después. Y no solamente era un descanso para los alumnos sino también para los profesores. Durante meses, habían corregido sinfín de trabajos y había tenido que mantener salones de clase enteros en orden. No era nada fácil cuando el número de alumnos era cercano a los treinta y siempre había alguno que era más difícil de manejar que los demás.

 En ese grupo estaba Carlos Martínez, hijo de uno de los hombres más ricos del país y con una personalidad que ninguno de los profesores podía soportar. Carlos no solo era del tipo de estudiante que interrumpe las clases con preguntas obvias o que se ríe por lo bajo y nunca confiesa porque lo hace, Carlos además era simplemente un pésimo estudiante. No estaba interesado en nada y se la pasaba con la cabeza en las nubes, cuando no estaba haciendo bromas pesadas.

 Sin embargo, los profesores no hacían nada respecto a su comportamiento y eso no era porque no quisieran sino porque no podían. El director del colegio protegía al niño Martínez como si fuera su propio hijo, incluso más. Eso era porque el padre del niño daba una gran cantidad de dinero al año para el mantenimiento de la escuela y la frecuente renovación de equipos y muchas otras cosas. No quería que nadie dañara esa relación económica tan importante, sin importar las consecuencias.

 Y la consecuencia directa era el hecho de no poder castigar a Carlos. Así literalmente se quedara dormido en clase, no podían hacer nada. Y el joven era tan descarado que incluso roncaba a veces, para mayor molestia de sus compañeros. Muchos de los otros padres de familia habían querido quejarse oficialmente, pero al saber quién era el niño, se frenaban y preferían no decir nada. No se trataba solo de miedo sino porque sabían bien lo del dinero que aportaba para todas las causas escolares.

 Cada año se celebrara un festival, donde los alumnos y los profesores participaban haciendo juegos y preparando comida. Así recaudaban dinero para una fundación infantil a la que apoyaban. Por alguna razón, el señor Martínez ayudaba al festival y no directamente a la fundación infantil, tenía que ver con algo de impuestos o algo por el estilo. El caso era que el festival siempre era un éxito rotundo gracias a su aporte económico: traía artistas reconocidos para que cantasen y los equipos para cocina y juegos eran de última tecnología, lo mejor de lo mejor.

 En cuanto a Carlos, a pesar de ser un fastidio para muchos de sus compañeros y profesores, tenía amigos que siempre estaban ahí para él. Muy pocos de verdad lo apreciaban a él como persona pero a él eso le daba igual. Desde que tenía noción de las cosas, sabía que la gente se comportaba rara alrededor de él a causa de su dinero. Muchos querían una parte y otros solo querían sentirse abrigados por una persona que tuviera todo ese poder económico. Se trataba de conveniencia.

 Todos los chicos querían que jugara en los equipos deportivos del colegio y todas las chicas vivían pendientes de fiestas y demás para poder invitarlo. O bueno, casi todos los chicos y las chicas, porque había algunos a los que simplemente no se les pasaba por la cabeza tener que estar pendientes de lo que hacía o no un niño mimado como Carlos. De hecho, algunas personas no ocultaban su desdén hacia él en lo más mínimo, lanzándole miradas matadoras en los pasillos.

 Pero los que querían estar con él eran siempre mayoría. Jugó en el equipo de futbol y el año siguiente en el de baloncesto y el siguiente en el de voleibol, hasta que un día se cansó de todo eso y decidió no volver a los deportes. Para su penúltimo año, el que acababa de terminar, no había estado con ningún equipo, ni siquiera los había ido a apoyar a los partidos. A Carlos todo eso ya no le importaba y estaba empezando a sentir que todos los aduladores eran un verdadero fastidio.

 Puede que fuera la edad o algo por el estilo, pero Carlos tuvo unas vacaciones que los cambiaron bastante. Como era la norma en su familia, las vacaciones eran él solo, a veces con sus abuelos, en algún hotel cinco estrellas de un país remoto. Lo bueno era que le había cogido el gusto a caminar y explorar y fue así como se dio cuenta de lo que quería para su vida. Quería vivir en paz consigo mismo, sin preocuparse de lo que unos u otros dijeran de él o hicieran por él.

 Fue un viaje largo, en el que nadó mucho, caminó aún más y se descubrió a si mismo. La realidad era que no era un flojo como él creía y apreciaba mucho cuando las personas eran más naturales con él. Además, descubrió que tenía un amor innato por lo manual, algo que quería seguir al convertirse en profesional en el futuro inmediato. Todas estas revelaciones se las quedó para sí mismo. Hablar con sus padres no era una solución a nada y no había nadie más con quien pudiese relajarse y hablar tranquilamente sin que la otra persona pensara en el dinero del señor Martínez.

 Cuando volvió al colegio, trató de que no se notara tanto que había cambiado. Pero desde el primer trimestre, sus notas y su comportamiento había tenido un cambio tan brusco, que era inevitable que la gente no se diera cuenta. Al comienzo fueron algunos de sus profesores y luego los compañeros que siempre lo habían tratado con resentimiento. Sin embargo, todo siguió igual porque la mejor manera para evitar problemas es no hacer escandalo con ningún cambio drástico.

 Así que todo siguió igual hasta el final de ese año escolar. Para entonces, Carlos ya no hablaba con nadie. La razón principal era que su cabeza estaba ya muy lejos, en un lugar donde su imaginación estaba activa y vibraba de felicidad. Sus notas fueron excelentes y algunos incluso lo felicitaron por la mejora. Pero nada más cambió, ni los que se habían mantenido al margen de su vida lo abrazaron por su cambio ni los aduladores dejaron de revolotear a su lado buscando dinero.

 Al terminar las clases, Carlos simplemente desapareció de las vidas de todos ellos. En casa, decidió hablar con sus padres a día siguiente de la graduación. Ellos no habían ido pues estaban de viaje pero apenas llegaron del aeropuerto, Carlos les pidió un momento para hablar. La solicitud era tan poco común, que su padre quiso saber de que se trataba al instante. No fue para él una sorpresa muy grata el sabor que su hijo quería ser carpintero y para eso estudiaría diseño industrial.

 No era la elección lo malo del asunto sino que Carlos era hijo único y sin él no habría nadie más que pudiese dirigir la empresa familiar, que poco o nada tenía que ver con hacer muebles, que era lo que Carlos quería hacer por el resto de sus días. La respuesta inmediata fue un no rotundo pero el chico aclaró que, después de sus estudios, pedía un año para ver si podía ser alguien en la vida con lo que había elegido. Si fallaba, estudiaría lo que su padre quisiera y tomaría su puesto en la empresa.

 Su padre lo pensó varios días hasta que le dijo que estaba de acuerdo. Le daba cuatros años para estudiar diseño y luego un año para ver si podía hacer su propio camino, a su manera y por sus propios medios. Carlos viajó a Europa a estudiar poco después.


 Sin embargo, cuando ya se cumplían los cuatro años de estudio, Carlos desapareció. Pero no sin antes dejar una nota en su apartamento, pagado por sus padres. Pedía perdón y decía que no tomaba nada de la familia, solo lo que tenía encima. Nunca supieron si fue exitoso o no, ni lo que fue de él.

martes, 27 de septiembre de 2016

Malestar

   Fue de repente, como si me echaran un vaso de agua fría encima y quedara todo mi cuerpo congelado en el acto o al menos temblando incontrolablemente. No sé de dónde salió la sensación pero sentía un sudor frío pegado en la frente y que los huesos no se sostenían con tanta convicción como lo habían hecho hacía apenas unas horas. Era como si algo hubiera entrado en mi cuerpo de manera sorpresiva y hubiera destrozado cada una de las defensas de mi cuerpo. Podía imaginar cómo era: una guerra relámpago, sorpresiva.

 Desde la mañana creo que me sentía mal pero no quise reconocerlo. Mejor dicho, no quise ver que me sentía mal y menos habiendo salido hacía tan pocos días de sentirme también muy mal por culpa de los cambios de temperatura. Era como si mi cuerpo hubiese quedado arrasado desde antes y por eso ahora cualquier cosa podía entrar como Pedro por su casa. Ahora mismo siento como todo pesa. Es muy extraño sentir de verdad el cuerpo, darse cuenta que es algo que es sensible y que puede cambiar su estado en segundos.

 ¿Pastillas o no? Nunca he sido muy fanático de tomar nada cuando me siento así pero estoy desesperado. Tanto que ayer me tomé dos de una sentada, a pesar de que dicen que eso no se debe hacer. Pero es que tenía que hacer algo. No funcionó muy bien. El malestar parece que se frenó pero igual seguía avanzando. Tanto así que cuando llegué en la noche a mi cama, la gravedad estaba haciendo la gran mayoría del trabajo. Yo solo podía dejarme llevar o más bien dejarme caer. Cada parte del cuerpo estaba en alerta roja.

 Es un fastidio estar así, tener que sentir que el cuerpo falla y que no hay nada que se pueda hacer para evitarlo. Y lo peor es cuando se siente como cada partecita se va apagando, va cediendo a lo que sea que esté sucediendo. Y vienen los dolores y las condiciones que hacen que se sienta uno mal o peor que eso. A mi siempre me ha parecido que no tiene sentido cuando algunas personas parecen disfrutar de cuando están enfermos. Dicen que hacen unas y otras cosas y que lo pasan bien luchando contra lo que sea que tienen. ¡Que estupidez!

 Yo esto me lo quiero quitar de encima ya. Quisiera que fuera como un manto que, pesado y todo, se puede quitar a voluntad, lanzándolo al suelo y haciéndole recordar que no es nada y que no me puede afectar ni ahora ni nunca. Pero estando así, con dolor de cuerpo y ese maldito sudor frío que me hace sentir más débil de lo que estoy, es como si todo fuera a ser así para siempre. Es algo que pasa siempre que a uno le pasa algo malo: se piensa que no es momentáneo y que las cosas van a quedar, al menos, afectadas por ello para siempre. No es verdad pero el cuerpo es tonto.

 Es que si no lo fuera, no lo convencería a uno de que se siente todo peor de lo que es. Y es lo peor, sobre todo, cuando se tienen muchas cosas que hacer o se viene un momento especialmente importante. Eso es lo que me pasa ahora con este malestar incómodo. Esta semana tengo muchas cosas que hacer, que terminar, que arreglar. Tengo responsabilidades y deberes y una enfermedad, o lo que sea esto, no me viene bien pero por ningún lado. Ya quisiera yo que me pasara cuando no tengo nada que hacer o cuando quiero evitar ciertas cosas. ¡Eso ya sería otro cuento!

 Pero así no son las cosas y ya me toca resignarme. Tengo que ver como puedo sacar esto que tengo adentro, porque dudo que después de un día se haya salido así como por arte de magia. No importa que haya tomado yo ayer con mis amigos, y casi no tomé nada, o que haya comido desde el momento en el que empecé a sentir mal. Creo que todo eso ya da igual a estas alturas. El punto es sacar lo que tenga uno de adentro y mandarlo a volar pero necesito saber que hacer. Creo que estoy desesperado y me urge saber que es lo que tengo que hacer.

 De pronto lo mejor sea quedarme en esta cama todo el día, cubierto por una sábana delgada y no muy limpia. La habitación se calienta con facilidad entonces tengo que poner a circular aire pero si lo hago regresan los escalofríos y ese sentimiento de que me estoy congelando. Nada parece ser totalmente efectivo y eso me saca de casillas porque lo que necesito ahora es una solución casi mágica. Ya sé que eso no existe pero debería existir y quiero que exista y soy libre de querer que lo improbable sea real

 Pero bueno, estaba pensando si debería quedarme en casa. Con este dolor de todo no puedo hacer ejercicio apropiadamente porque me da mareo y no la verdad es que no quiero comer nada para no arriesgarme a sentirme igual de mal que ayer. Es que se me revuelve el estomago de solo pensar como el olor de una comida o como solo caminar me estaba dando ganas de vomitar en la mitad de la calle. Creo que la gente pensó que andaba borracho cuando no podía estar más lejos de esas situación. Bueno, eso si es que alguien se fijó porque ya nadie pone atención.

 De hecho, estuve con varias personas con las que ya había quedado anteriormente, y creo que la mayoría no notó que yo no me sentía nada bien. De pronto estaba pálido o poco energético pero menos mal mi personalidad de siempre no es lo que uno llamaría explosiva así que no es algo que revele nada de lo que me pasa. Les doy muy poco crédito pero es que dudo que alguien se fije tanto, a menos que lo conozcan a uno tan bien que sepan que pasa sin tener que preguntar nada. Eso sería muy interesante pero no realista, en este caso.

 Mi espalda me duele. Creo que me duele igual que las piernas, como si alguien me hubiese cogido a patadas o algo por el estilo. Se siente horrible este malestar ridículo que no había vivido en tanto tiempo y que estoy seguro que viene de algo muy simple, de alguna intoxicación con alguna comida que no tengo idea cual sería. Se supone que siempre miro lo que como, que reviso las fechas y que me precio de verificar que no esté comiendo cosas viejas o mohosas o lo que sea. Y aquí estoy, con el sudor frío que no se me despega.

 Mierda… No recordaba que de pronto tengo más que hacer hoy y que no puedo permitirme descansar. Ayer llevé mi cuerpo al límite. Estaba débil pero no quise verlo y cuando salí a la calle sentí que me iba a morir allí mismo, entre ola y ola de compradores y de turistas desubicados que se sienten en otro planeta solo porque están lejos de casa. Tuve que detenerme varias veces para poder encontrar el impulso para seguir pues me gusta hacer lo que planeo o sino siento que he perdido el día o que no he realizado mis objetivos.

 Sé que es una ridiculez porque nadie está concursando conmigo ni nada por el estilo pero cuando pienso algo tengo que hacerlo o sino siento que me amarran las manos y que soy un inútil por no llevar mis ideas al nivel en el que se convierten en realidad. Ayer, a pesar de que no creía poder terminar lo que tenía que hacer, pude hacerlo. O bueno, eso creo. Puede que quede una que otra cosa pero nada importante, nada que no pueda esperar a hoy o mañana.

 Y ahí es cuando entra de nuevo este malestar. Porque no quiero perder ni uno de estos últimos días. No quiero tirarlos a la basura y luego recordar que no hice nada para aprovecharlos al máximo. Me daría vergüenza admitir que los últimos días de mi estancia en este país no hice nada más sino quedarme en una cama viendo como pasaba el tiempo a mi alrededor y nada más. Solo necesito hacer una cosa hoy para sentir que no tirado mi tiempo a la basura, para sentir que lo que sea que tengo no me ha ganado ni yo lo voy a dejar ganar.


 Muchas palabras y nada de sustancia, al menos no por ahora. La verdad es que no sé que hacer excepto tal vez lo mismo de siempre. Dicen que conservar la rutina, las costumbres, es lo mejor para que el cuerpo entienda que no puede dejarse someter por cualquier cosa que entra a hacer estragos. ¿Dónde está ese remedio milagroso? Lo necesito con urgencia. Y mientras tanto lo que haré es analizar que es lo que siento para poder dar los siguientes pasos y no quedarme aquí, como un paciente terminal. ¡Si lo que tengo no es para tanto!

lunes, 23 de noviembre de 2015

Monstruo / Demonio

   Hay demonios en mis sueños. Hay identidades dobles y personajes que dejan la piel para convertirse en otros. Seres duales que me horrorizan, y me hacen gritar, pero de mi garganta no sale nada sino solo aire. En mis sueños hay cuartos oscuros y lugares a los que ni siquiera yo puedo entrar. Parece que incluso mi subconsciente prefiere alejarme de ciertas cosas que podrían causarme tal shock, que no sería capaz de recuperarme nunca.

 Como entró todo eso en mi mente? O es que acaso lo he tenido siempre, lo he heredado o simplemente está en mi código genético? La naturaleza pudo implantarme esas sombras, esos lugares remotos en mi cerebro. Pero porqué? Para qué? No logro entender nada y eso me pone mal, me hace dar vueltas en la cama, me hace dudar y me hace hacer cosas que normalmente nunca haría.

 A veces el dolor parece ser la única vía de escape pero soy muy cobarde para llegar a esos extremos y eso que mi subconsciente hace un trabajo espectacular dándome la dosis nocturna diaria de dolor y confusión. Que significa todo esto, si es que significa algo? Yo a Freud no le creo ni el apellido pero si los seres humanos somos capaces de soñar, por algo será… no?

 A mi me gustaría soñar con cosas diferentes, con mundo más calmados y más felices. Me gustaría soñar que por fin logro tomar de la mano a esa persona que todavía no conozco, que todavía no sé como se llama ni que apariencia tiene. Eso sí, ahí mi subconsciente me hace un favor, porque es mejor para mi no inventarme ese rostro ni sus complejidades. Solo sentir su mano junto a la mía, entrelazadas por siempre. Solo eso quisiera soñar y no en demonios.

 Habrá sido una película que vi recientemente o tal vez algo que comí? No lo sé pero si llego a saber la respuesta alguna vez, empezaré a hacer exactamente lo contrario. Es horrible como la única imagen que tengo es la de ese ser doble separándose, dejando de lado su carne, su ser físico para pasar a ser otro. No sé porqué mi cuerpo no me despertó. Tal vez la idea era que viera más para comprender algo que de todas manera no he entendido. De pronto hay algún código, algún misterio que debo resolver para entenderme mejor.

 Y eso me asusta más que nada. Me da miedo ver que más puede haber allí, oculto entre los pliegues neuronales, entre todos los recuerdos que guardo con aprecio. Odio, detesto imaginar que en un mar de memorias perfectas y alegres, descansen también las oscuridades más profundas de mi ser, las más impactantes y también las más indeseables. Creo que si las descubro, no podré más conmigo mismo.

 Me he dado asco antes pero esto podría ponerse peor. Si fumara, estaría fumando como loco y si me drogara, me metería algo que contrarrestara el efecto nocivo de estos sueños desquiciados. Aunque me cuidaría porque dicen que el alcohol y las drogas pueden hacer que todo se vea aún peor, aún más grande y amenazador y eso, seguramente, sería simplemente demasiado para mi.

 Lo mejor, creo yo, es salir a dar un paseo entre el viento frío, forzar por medios físicos la desaparición del recuerdo, a menos de forma consciente. Mientras camino y escucho mis pasos, porque no se oye ni se ve nadie más, voy pensando cuidadosamente en todas esas personas que me han hecho feliz y en esos momentos en los que he sonreído con sinceridad y he disfrutado de la vida sin limites de ninguna clase.

 Recuero varios momentos familiares como viajes y comidas y simples tarde con mi madre. Recuerdo las mascotas y el sabor de la comida así como las risas y los timbres de voz de cada uno. Me siento mejor pero al mismo me siento morir pues recordarlos así me hace imaginar que no estoy muy lejos de los últimos momentos de mi vida. Al fin y al cabo, no es algo imposible. Pero sería muy triste un final así, en una calle fría y gris en un país indiferente.

 Sigo caminando y recuerdo el placer. Desde el placer de ver una película favorita o de leer una historia que me llena el alma hasta el placer básico de la experiencia sexual. Los recuerdos son fáciles de reunir y los voy analizando uno a uno. Recuerdo entonces esos personajes, tan bien construidos que parecen reales, tan cercanos que parecen amigos perdidos. El olor de los libros viejos y el calor que emana de una película buena cuando la estas viendo.

 Y desde allí siento el recuerdo del sexo, del olor y del sabor y de todos los demás sentidos cuando están tan alerta de todo. Recuerdo el primer beso y los subsiguientes. Recuerdo los errores y también los aciertos y los momentos en que parecí ser otra persona al estar poseído por Eros y sus demás camaradas. Recuerdo habitaciones, la distribución de los objetos y el nivel de la luz. Es increíble como al esforzarme, puedo recordar tantas cosas, incluso la pasión de alguien que ya no tengo al lado.

 Es entonces que abro lo ojos y me doy cuenta que caminé más de la cuenta y que ahora ya no sé donde estoy. Es un barrio que se ve como todos pero simplemente no lo reconozco. Están los mismos edificios, copias de copias, y las tiendas  y todo lo demás pero no hay nadie y entonces me doy cuenta. Caigo al suelo y grito con todas las fuerza, golpeando el pavimento.

 Me despierto de golpe y maldigo a todos los dioses, no me importa que religión representen o que es o que se supone que cuidan. Los maldigo a todos y los condeno a revolcarse en sus estúpidas ideas y concepciones del mundo. Es por culpa de ellos que tengo esos laberintos en mi mente, es por su culpa que mi felicidad no puede estar completa pues mis mejores recuerdos ya están manchados por esa sombra que lo cubre todo y que es esa ciudad solitaria y ese hombre que se parte en dos.

 No… Lo veo de nuevo y mi estomago se remueve. Esta vez estoy muy despierto, porque siento la cabeza darme vuelta y las tripas queriéndose salir por donde puedan. Me echó en la cama y trato de respirar lentamente. Trato de no pensar en nada pero no lo logro. Ahora sí que necesito esa mano, ahora si que lo necesito a él pero a veces parece que jamás estará aquí cuando lo necesite.

 Así que arrugo las sabanas cogiéndolas con fuerza y respirando lentamente, con los ojos cerrados. No quiero dormir más pero si abro los ojos sentiré que arden y veré todo de nuevo como si estuviese de nuevo en el sueño y no quiero hacerlo. Sin embargo, y después de varios minutos de lucha, mi cuerpo se rinde, porque no es fuerte y no tiene como pelear.

 Sin embargo, y para mi sorpresa, duermo algunas horas y cuando me despierto me doy cuenta que no he tenido un solo sueño, que no he sudado luchando contra seres que no están, que no me duele la garganta de gritar sin sonido alguno. Me doy cuenta que estoy bien, aunque tengo algo de frío. Me pongo una chaqueta y esta vez sí salgo al mundo real y lo primero que hago, antes que nada, es ir a comer.

 El sabor es mucho más rico ahora, es como si todo lo estuviera probando por primera vez y eso que no es alta cocina sino una simple hamburguesa con papas fritas y refresco. Pero todo sabe como si fuera lo mejor del mundo y es una buena comida porque no solo me llena el estomago, que ha dejado de gruñir, sino que también me llena el alma y me deja contento, sonriendo incluso.

 Algunas personas me miran como si estuviese loco y la verdad es que no me importa. Me importa un bledo lo que piensen los que me miran. Solo yo sé que ahora me siento capaz de todo, me siento capaz de dejar la oscuridad atrás y de seguir adelante con mi vida, que podrá no ser emocionante o entretenida, ni siquiera estable, pero eso no importa. Es mía y es lo que tengo y me gusta tenerlo. Después de comer marcho de vuelta a casa y me prometo a mi mismo que no puedo dejar que lo que no conozco me gane siempre.


 Pero entonces, cuando lo analizo todo, me doy cuenta que todo eso todavía está allí y que en algún momento volverá. Porque, al fin y al cabo, hace parte de mi. No tengo un monstruo adentro sino que soy ese monstruo, soy ese demonio que e despierta cada mucho tiempo para recordarme que está ahí y que no planea irse a ninguna parte.