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miércoles, 2 de noviembre de 2016

Detective privada

   Su vehículo estaba lleno de envoltorios de comida y de latas y vasos de plástico vacíos que alguna vez habían contenido café caliente o bebidas energizantes. Todo lo tiraba a la parte trasera o al lado del copiloto y la idea era limpiarlo cuando hubiese acabado con el caso que tenía en el momento. Al fin y al cabo, podía durar más de medio día metida en el carro sin tener necesidad alguna de salir. Como ya conocía cómo iba todo, su cuerpo solo necesitaba ir al baño en las tardes, cuando casi siempre estaba en casa. De resto, se la pasaba afuera.

 Ser una detective privada no era un trabajo muy común que digamos pero pagaba mucho mejor que otros trabajos que Nicky había tratado de ejercer, incluido el de policía. Se había presentado tres veces al examen de admisión pero nunca había obtenido el puntaje suficiente para convertirse en oficial. Después de la tercera vez, se aburrió tanto que estuvo meses en su casa sin hacer nada hasta que las cuentas empezaron a acumularse y tuvo que inventarse algo para ganar un poco de dinero. Un amigo le había aconsejado trabajar como privado.

 Por supuesto, a veces podía ser muy extenuante y los caso no eran nunca tan interesantes como los que ella había pensado que resolvería en la policía, pero al menos ganaba buen dinero pues la mayoría de esposas o esposos celosos están dispuestos a pagar cantidades absurdas de dinero con tal de averiguar si sus parejas les ponían los cuernos o no. Y, casi siempre, la respuesta a esa pregunta era afirmativa. Pocas veces pasaba que no encontraba nada durante sus pesquisas. Si no eran cuernos, era algo relacionado al dinero o hasta peor.

 Su amigo, el que le había recomendado trabajar de esa manera, era ya detective de la policía. Juan no era el mejor ni el más brillante pero por alguna razón él si había obtenido el puntaje perfecto en el examen de admisión la primera vez que los dos habían intentado entrar, hacía ya unos cinco años. Nicky recordaba eso cada vez que lo veía y por eso siempre trataba de que sus conversaciones siempre fuesen breves y sin mayor trascendencia. Juan ayuda a procesar a los maleantes que encontrara ella, si es que ocurría en algún caso.

 Eso no era frecuente. En su último caso había encontrado al marido de una mujer que la había contratado en menos de veinticuatro horas. Resultó que se quedaba horas extra en su oficina con uno de los pasantes más jóvenes. Las fotos tampoco fueron muy difícil de tomar, solo había sido necesario entrar al edificio y eso, con la experiencia que Nicky ya tenía, era como pan comido. La mujer había llorado al ver las fotos pero, menos mal, no tanto para olvidar el pago de la detective. La mujer le agradeció y eso fue todo, resuelto en tiempo record.

 Juan siempre le preguntaba si no pensaba en las consecuencias de los trabajos que hacía. Muchas familias se veían envueltas en esos caso y terminaban siendo destruidas por la verdad. Ella siempre respondía que no era su problema si la gente construía su vida sobre las mentiras. Si no era a causa de ella, sería por otra razón que la verdad surgiría, y a veces es mejor que sea lo más rápido posible pues cuando la verdad se demora en llegar puede perjudicar aún más todo lo que podría tratar de salvarse después, cuando no haya mentiras.

 Al poco tiempo le llegó otro caso pero este, por fin, era diferente. Se trataba de un empresario que quería que Nicky siguiera a uno de sus empleados. Según lo que le había dicho, el empleado estaba siendo tenido en cuenta para un puesto bastante bueno, con una paga que a cualquiera le hubiese interesado, y por eso necesitaba saber en que cosas estaba metido, para determinar si podía confiar en él todos los secretos de la empresa o si tenía secretos guardados que pudiesen impedir el desarrollo en calma de su nuevo trabajo.

 Ese caso no se resolvió en un día. Desde que empezó a seguir al hombre, le pareció que era el hombre más común y corriente del mundo, al menos para ese momento de la historia del hombre. El tipo era joven, tal vez un par de años menor que Nicky. Era guapo y todas las mañanas madrugaba para ir dos horas al gimnasio. La detective, en una semana, pudo memorizar su rutina que consistía en calentamiento, aparatos varios, pesas y finalmente un chapuzón de veinte minutos en la piscina del complejo deportivo al que iba todos los días sin falta.

 Al salir sudado del sitio, se dirigía caminando a su casa, donde se bañaba y cambiaba y salía al trabajo que, por raro que pareciera, también quedaba a una corta distancia. Para Nicky no era normal pues estaba acostumbrada a conducir a todos lados pero ahora se veía en la necesidad de salir de su vehículo para caminar cerca de la persona que estaba siguiendo. Si se quedara en el carro, seguramente sería mucho más evidente que estaba siguiendo al hombre. El tipo no parecía ser un idiota y se daría cuenta al instante.

Pasaron dos semanas y la rutina del tipo no cambiaba. Estaba desde las nueve de la mañana hasta las seis de la tarde en la oficina. Llegaba rápidamente a su casa, donde casi siempre cocinaba algo él mismo y luego veía algo en la televisión hasta las once de la noche, hora en que se acostaba a dormir para estar listo al día siguiente para su rutina. Los fines de semana la cosa no cambiaba demasiado, solo cambiaba la oficina por más gimnasio y salir a comer con amigos o familia.

 En conclusión, el tipo no podía ser más aburrido. Sin embargo, el hombre que la había contratado, le había pedido a Nicky que fuera lo más exhaustiva posible. Cualquier pequeña cosa que pudiese encontrar fuera de lugar sería perfecta para quien la había contratado. Pero es que el hombre que seguía era virtualmente perfecto. No solo tenía un cuerpo increíble, y ella lo había detallado mucho con sus binoculares, sino que sabía cocinar y encima parecía tener lo suficiente de aburrido como para ser el mejor novio del mundo. El tipo era ideal.

 Una noche que decidió quedarse vigilando, Nicky notó que llevaba casi un mes con el mismo caso y ya había dejado de ser interesante. Sin embargo, los otros encargos que le aparecían siempre eran de lo mismo. La gente vivía obsesionada con que la traicionaran y ella estaba segura que tanto pensar que les estaban poniendo los cuernos hacía que en efecto eso pasara así no hubiese ni las más mínima razón para ello. Investigar y casi desdoblarse para estar en todas partes ya ni valían la pena. Podía afirmar que era un positivo desde el primer momento.

 De repente, salió de su ensimismamiento. La luz de la habitación del hombre se encendió hacia las dos y media de la madrugada, cuando el frío presionaba por todos lados y el silencio era casi total. El tipo fue directamente al portátil que tenía en la sala y se sentó frente a él un buen rato. Nicky asumió que se trataba de pornografía. Con un truco que le había enseñado una amiga que era hacker, intervino la señal de internet y pudo ver en su tableta todo lo que el tipo veía en su pantalla, pero no eran ni mujeres ni hombres desnudos.

 Eran números. Listas y listas de números y nombres por todos lados. La lista debía contener más de quinientos números asignados a personas. El tipo abría y cerraba el archivo y luego consultaba otras informaciones que no tenían nada que ver. Pero siempre volvía al tablero de número y nombres. Antes de que el tipo cerrara su portátil para volver a la cama, Nicky se dio cuenta de que los números eran códigos de cuentas bancarias y los nombres al lado debían ser de los dueños de cada cuenta. Lo raro era que el tipo no trabajaba en un banco sino en una compañía de seguros.


 Con una captura de pantalla que había tomado, investigó en casa los números de cuenta y otros datos numéricos que había en otras casillas. Después de una exhaustiva revisión, pudo determinar que no eran cuentas bancarias sino número del seguro social. Y sus cuentas no cuadraban. Alguien les estaba robando a esas personas y Nicky estaba segura de que no era el hombre del gimnasio. Alguien más lo estaba haciendo y él solo estaba preocupado. Por fin uno de sus casos se había puesto interesante.

viernes, 20 de marzo de 2015

Un botánico en Borneo

   Podrá no parecer algo muy apasionante pero el mundo de las plantas es simplemente maravilloso. Hay tantas especies, tan variadas con brillantes colores y extraños comportamientos, que es imposible no enamorarse de alguna de ellas. Eso, al menos, era lo que pensaba Martín Jones, hijo de un renombrado naturalista británico y de una aguerrida luchadora por los derechos de los animales. Naturalmente, al conocerse sus padres, se habían enamorado al instante pero les tomó algún tiempo tener hijos. De hecho, Martín era el único.

 Había terminado hacía poco la carrera de biología y ahora estaba especializándose en botánica en Londres, desde donde había salido de viaje con un grupo de naturalistas de la universidad a la jungla de Borneo. Indonesia es el corazón de aquellos que aman las plantas. Martín quería conocer en persona un aro gigante, a veces llamadas flores cadáver por su asqueroso olor.  Estaba tan entusiasmado que en el avión hacia Jakarta solo leyó y releyó su libro sobre el tema y no dejó de acosar a todos los demás con todos los detalles de cada planta extraña que pensaba documentar. Además, quien sabe, podría descubrir alguna nueva especie.

 Ese era su sueño desde el comienzo. Hacer un aporte a la ciencia que lo pusiera en el mapa de los botánicos más destacados junto a muchos de sus ídolos y, por supuesto, junto a sus padres. Ellos todavía se dedicaban a amar la naturaleza, viajando por todo el mundo dando conferencias, trabajando para la televisión pública e incluso colaborando con documentalistas para diversos proyectos relacionado a la naturaleza. Mientras su hijo llegaba a Banjarmasin, ellos estaban en la tundra canadiense.

 Martín no tenía a nadie más sino a sus padres. De resto, solo tenía una tenía en Estados Unidos y otra en Japón. Su único tío había muerto en un accidente automovilístico y no había tenido hermanos. Tenía primos pero jamás los había visto y sus abuelos, por ambos padres, estaban muertos hacía ya buen tiempo aunque su padre siempre le contaba historias de su abuela paterna, una mujer que tejía su propia ropa, cazaba su comida y había vivido casi toda su vida como una pionera en el desierto de Mojave.

 Más que nada, lo que Martín quería era tener una vida igual que la de sus padres o que las de sus ídolos en el mundo de la ciencia. Todos hablaban de grandes aventuras y descubrimientos, de tantos tipos de vivencias que era difícil no querer lo mismo. Quería ser igual que todos ellos e incluso mejor, dejando una huella imborrable en la botánica. Este era su primer viaje serio, después de varias expediciones por su cuenta con la única compañía de Maxwell, un perro ovejero que había estado con él por muchos años. Pero el animal ya no estaba y debía afrontar este viaje como un profesional.

 Después de un largo y doloroso viaje por carretera, llegaron al borde de la selva donde fueron atendidos con amabilidad por una tribu que tenía su asentamiento a algunos metros de los primeros grandes árboles de la selva impenetrable. Como ya era tarde, Martín solo pudo oler la selva y para él fue suficiente para aguantar hasta el día siguiente. Comió la cena ofrecida por los indígenas y se acostó rápidamente, pensando en levantarse temprano para tener el mejor primer día posible.

 De hecho, fue su compañero quien lo levantó. Al parecer, Martín estaba más cansado de lo que había pensado y se les había hecho algo tarde. Por lo que pudo ver mientras se cambiaba, estaba lloviendo ligeramente pero no había nada de viento.  Cuando estuvieron todos listos, siguieron a uno de los guías locales y empezaron la larga caminata del día. Como habían comenzado tarde, iban a volver pasado el atardecer así que no podían demorarse más de lo necesario. Pasados los primeros minutos, varios de los científicos pudieron ver varias de las criaturas, sobre todo insectos así como árboles inmensos y flores hermosas. Martín apretaba tan fuerte el obturador de su cámara que se arriesgaba a fracturarse un dedo.

 Pero no importaba nada porque estaba en su elemento. O al menos lo estuvo hasta que, por estar tomando fotos al borde de una cañada, resbaló sobre una roca cubierta de musgo y se torció un tobillo. Trató de hacerse el valiente y lo primero que hizo fue revisar la cámara que no tenía ni un solo rasguño. En cambió él tenía la pierna sangrando porque se había cortado con una piedra afilada y, además, no podía caminar. El dolor era demasiado. Se disculpó con sus compañeros pero ellos le dijeron que era algo que solía pasar. El grupo decidió regresar, cuando no pasaba de la una de la tarde.

 Mientras una de las mujeres de la tribu atendía a Martín, los demás se dedicaron a clasificar su trabajo y a planear el día siguiente, que de paso iban a iniciar al as cuatro de la mañana para evitar perder tiempo. El joven botánico les prometió acompañarlos y, en efecto, fue el primero en levantarse al día siguiente. Pero no hubo manera de que los acompañara porque su tobillo se había hinchado y el dolor era peor que el día anterior. El grupo lo dejó con la tribu y Martín se sintió el fracaso más grande del mundo por no poder acompañarlos.

 Les había arruinado el primer día y no quería hacer lo mismo el segundo. Por eso no protestó pero se odió a si mismo por no poder hacer nada. Eran dos semanas en Borneo y cada día era esencial para clasificar y documentar pero como lo iba a hacer si no podía ni caminar. Uno de los hombres indígenas, que hablaba algo de inglés, le explicó que venía un médico en camino para atenderlo. Martín no quería pero sabía que no podía negarse, no estando tan lejos. Sabía que era un esfuerzo para el médico ir hasta allí y no quería hacer que alguien más perdiese su tiempo por su culpa.

 El médico llegó justo después del almuerzo. Lo revisó brevemente, le puso una inyección y le pidió dos días completos de descanso. Martín le dijo que necesitaba salir de expedición al día siguiente pero el médico le dijo que eso solo empeoraría su tobillo. Tenía que descansar y moverse lo menos posible. Cuando el grupo llegó pasada la tarde, todos muy contentos, Martín no quiso hablar con ninguno de ellos. Ronald trató de hablar con él pero el joven botánico se hizo el dormido. No quería ver en sus caras la alegría del día, no cuando los envidiaba tanto.

 Al día siguiente, el grupo se fue de nuevo. Martín solo se dio cuenta horas después, cuando se despertó. Decidió bañarse, cosa que no había hecho desde el día que había salido de casa. La mujer indígena que lo había ayudado antes le hacía señas para que no se moviera mucho pero el solo le sonreía y hacia señas de que todo iba a estar bien. La mujer le prestó una sillita de plástico y le mostró un sitio, detrás de las casas, donde podía bañarse con tres baldes llenos de agua que le trajo sin mayor dificultad. Él se lo agradeció y esperó a que estuviera lejos para quitarse la ropa.

 Siempre teniendo cuidado de su pie, se sentó sobre la sillita de plástico y se echó encima el primer baldado de agua. Estaba fría pero apenas para el calor que hacía tan temprano en cercanías de la selva. Mientras sacaba del pantalón un jabón pequeño que había traído de casa, notó los sonidos que salían de los altos árboles cercanos. Casi se cae de la sillita cuando, mientras se echaba jabón por las piernas, un animalito pequeño, parecido a un mono, salió de entre los árboles. Parecía buscar algo por el suelo. Martín se echó agua con cuidado para no asustarlo pero la criatura se volvió hacia él y lo miró un buen rato hasta que se cansó y se fue.

 Martín sonrió ante el particular evento. Se puso de pie como pudo, utilizó el jabón en sus partes intimas y en el resto del cuerpo y, cuando se dispuso a vaciar el último balde sobre su cabeza, vio que el animalito había vuelto con otros dos. Todos lo miraron a él y luego se dedicaron a husmear el suelo. Martín recordó algo y despacio se agachó a buscar en su bermuda a ver si lo que quería estaba allí. En efecto, había guardado una de sus cámaras desechables en uno de los muchos bolsillos. La sacó con cuidado y se sentó en la sillita de plástico.

 Los animalitos ni se inmutaron de los movimientos que hacía Martín y solo se dedicaron a buscar por el suelo. Uno de ellos por fin encontró una semilla y se la comió. Parecieron acelerar el paso a raíz de esto. Menos mal, la cámara no tenía flash. El acercamiento que se podía hacer no era el mejor pero los animalitos se veían. Martín les tomó varias fotos hasta que los animales lo notaron y uno de ellos se le acercó. Le tomó fotos estando a apenas dos metros. De repente, voltearon a mirar a la selva como si hubieran escuchado algo, que Martín no había oído. Al rato, penetraron la selva y no volvieron más.


 Martín estaba muy contento y solo se puso su bermuda para volver adonde la mujer y devolverle los baldes y la sillita. Quiso preguntarle si conocía a los animalitos pero ella no hablaba su idioma. Les contó a sus compañeros cuando volvieron, como una anécdota interesante y cómica pero ninguno de ellos río, de hecho un par lo miraron sombríamente. Al parecer, esos dos habían venido buscando a dichos animalitos, antes avistados pero nunca documentados con propiedad. Resultaba que Martín había hecho un descubrimiento científico y ni se había dado cuenta. Y por mucho tiempo, sus colegas se burlaron porque lo había hecho desnudo y mojado.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Misterio en Tritón

-       Sobrevivientes?
-       No detectamos ninguno, señor.

 El general se removió en su silla, esperando imágenes de la superficie de Tritón. Habían bombardeado una pequeña zona con una bomba de hidrogeno. Habían revisado cada posibilidad, cada pequeño detalle que podría haber ido mal, cada razón por la cual violar el acuerdo interestelar era lo correcto. Pero había tenido que hacerse. Era la única manera de que el mal oculto en la luna no saliera nunca de allí.

 Todo había empezado hacía apenas un mes. La base Allegra cumplía su primer año de operación y los mil colonos lo celebraron por lo grande, con nubes de colores por todos lados y la mejor comida que podía importar de los invernaderos de Titán, en Saturno. Todo había sido fiesta y alegría así como esperanza por la exploración espacial. Pero no todos estaban celebrando ni contentos. Había una persona que no se había unido a los festejos.

 Manuel Liu había nacido hace 34 años en Luna, en la base Clavius. Nunca había visitado la Tierra pero había aprendido mucho sobre ella y su historia y si había algo que le fascinara era la época de los grandes descubrimientos de la humanidad. Tantos experimentos y nuevas máquinas y tecnologías rudimentarias que cambiarían la cara de la humanidad por siglos y siglos. Desde ese momento, Manuel supo que quería ser igual que Da Vinci o Newton, quería descubrir y ser admirado por su inteligencia.

 Estudió ingeniería aeroespacial y estaba comprometido a hacer lo mismo que habían hecho los grandes pero en el espacio. Creía que era posible sacar al ser humano del sistema solar y conectarlo con las posibles civilizaciones que existían en otros sistemas en nuestra propia galaxia. Su tesis planteaba la creación de un nuevo motor basado en física cuántica. Sorprendió tanto a sus profesores como a las grandes mentes del momento y, sin tener si quiera que mover un dedo, fue contratado por la Asociación Internacional para el Espacia (AIE).

 Esta organización era la encargada de las colonias y de la exploración y querían que Manuel les ayudase a mejorar sus posibilidades en los diferentes mundos donde había bases humanas así como romper la barrera de la exploración espacial y viajar mucho más allá de la heliopausa, hasta donde habían llegado pocos. El chico solo tenía 24 años en ese entonces y aceptó cada reto con gallardía y esperanza. Estaba a un paso de convertirse en quien siempre había querido ser.

 Pero el sueño se vio frustrado una y otra vez. Su primer motor construido explotó y destruyó un modelo bastante caro de nave espacial. La AIE tuvo que hacer toda clases de maromas financieras para no ser demandada y para no perder los fondos que tantos inversionistas privados les habían proporcionado. Manuel fue puesto a prueba y no lo dejaron seguir con sus diseños hasta que fueran probados varias veces. Mientras tanto, fue reubicado un poco por todas partes.

 Algo importante a saber sobre él era que Manuel no tenía familia. Su madre, su padre y una hermana había muerto en el desastre del Moon, un transbordador espacial que se suponía haría el viaje entre la Tierra y la Luna en un tiempo record. Manuel sobrevivió al desastre por un milagro. Iba a ser su primer visita a la Tierra. Muchas de las personas que lo conocían creían que esa era la verdadera razón por la cual nunca más se había planteado visitar el planeta.

 Pero ahora ya no tendría que planteárselo nunca. Viajó de base en base, de planeta a planetoide y de ahí a cualquier luna donde estuvieran estableciendo una base. Cuando por fin le daban otra oportunidad de probar su valía, siempre salía algo mal  o, aún peor, las cosas salían bien pero nadie lo premiaba por ello. Cuando fue reubicado a Allegra en Tritón, decidió renunciar a la AIE. Ellos se indignaron y juraban no entender sus razones pero él les dejó claro que ellos jamás lo dejarían avanzar y les dijo que le apenaba que semejante organización estuviera a cargo de la exploración espacial.

 En Allegra, Manuel se casó y tuvo un hijo. Fue feliz, de eso no había duda, pero todavía quería cumplir su sueño. Se negaba a dejar perder su intelecto que, para él, era lo único que tenía. Para él era simplemente imposible dejar de pensar, dejar de estar obsesionado con llegar más allá de lo que cualquier otro ser humano había llegado. Su esposa sabía de esto y solo lo apoyaba. Sabía que no era un hombre hecho para arreglar la ventilación y los sistemas de soporte vital de una base espacial.

 Fue así que Manuel empezó, desde el momento en que salió de AIE, a hacer nuevos diseños. Ya no pensaba en los motores únicamente de las naves sino en toda la nave como tal. Diseñaría un aparato que pudiera viajar, con eficiencia, a través del espacio. Tomaría mucho menos tiempo entre planetas y podría plantearse el salir del sistema y explorar. Los diseños estuvieron listos después de dos años pero entonces se le planteó otro problema: como construir semejante máquina.

 Era imposible que él mismo la construyera. Le tomaría décadas y no tenía ni los materiales, ni la mano de obra. Además era una misión demasiado grande para hacerla por si solo. Tenía que encontrar alguien que estuviera dispuesto a arriesgar su capital, como no lo habían hecho ciertos inversionistas en sus proyectos en la AIE. Pensó en buscar algunos de esos pero sabía que no aceptarían. Un buen día, casi un año antes del aniversario de la Allegra, Manuel viajó a Luna para reunirse con varios empresarios.

 Pero no tuvo éxito con ninguno de ellos. Les daba miedo, pensaba él. Estaban aterrorizados, como siempre lo había estado la humanidad, de hacer algo que los llevara más allá de los limites hacía tanto tiempo impuestos. Entonces decidió hacer un tour de regresó a Tritón, viajando por varias lunas en las que empresas interespaciales tenían diversos tipos de intereses. Viajó por semanas a diversos lugares: Ceres, Marte, Europa, Ganimedes, Calisto y Titán. Fue allí, cerca de Saturno y ya dispuesto a volver a casa que oyen de William Dagombe.

 Dagombe era el nombre también de su compañía, una minera que operaba en el infierno conocido como Venus. Los científicos habían logrado hacer del planeta algo menos violento pero seguía siendo un reto que los mineros habían asumido. Se extraían toneladas de minerales, a precios risibles comparados con los de la Tierra o Marte. Y allí se dirigió Manuel. El señor Dagombe se interesó de inmediato por su proyecto pero le dijo que necesitaba algo a cambio. Manuel aceptó y así cerraron el trato.

 La nave Zeus estaba siendo construida en la orbita de Venus y Manuel casi había olvidado su trato cuando, a Allegra, empezaron a llegar maletines de Dagombe. En una semana fueron hasta diez. Siempre venía con ellos una carta en la que le pedían guardar las maletas y nunca abrirlas. Solo guardarlas hasta que las necesitaran de vuelta. Manuel las guardó en un deposito y no pens en ellas﷽osito y no pensardarlas hasta que las necesitaran de vuelta. Manuel las guard¡emana fueron hasta diez. Siempre venas pó más en ellas.

 Esto fue hasta la celebración de los cinco años de Allegra. En el festejo, nadie se dio cuenta de que Manuel no estaba. Le habían llegado reportes de la Zeus y se había dado cuenta que algo estaba mal. La construcción no avanzaba. Trató de contactar a Dagombe pero era como si hubiera desaparecido. Manuel se sentía morir; su proyecto más grande parecía ser una ilusión y no tenía como seguir con él.

 Pero eso ya no fue importante porque alguien más no estaba en los festejos. El hijo de Manuel, un niño de cuatro años, se había separado de su madre para buscar a su padre. Pero no había llegado a la oficina de Manuel sino al cuarto de los maletines. Y entonces, con la curiosidad característica de un niño, abrió uno de los maletines. Y eso fue suficiente. El niño salió de allí pero a los pocos metros cayó muerto en un pasillo. La madre lo encontró y ella también murió a las pocas horas. Para cuando la asistencia llegó desde Titán, ya era muy tarde.

 Nunca nadie supo que era exactamente. Algunos pensaban que era un químico especialmente mortal, otros pensaban que era un arma biológica especialmente creada para algún propósito siniestro. Los equipos que bajaron y socorrieron a los residentes de Allegra, murieron también. Y fue así que el general decidió bombardear una ciudad que ya estaba muerta, condenada a ser una zona en cuarentena por siempre.


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 Dagombe nunca fue culpado de nada ya que nunca hubo un contrato real entre él y Manuel Liu. La Zeus fue construida pero muchos años después y la minera se adjudicó su diseño y creación. La barrera de la heliopausa fue rota años después. Y a pesar de todo Tritón siguió siendo una zona cerrada puesto que el virus no se había desecho con el bombardeo. De hecho, parecía no tener límites y eso asustaba a cualquiera. ´n﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽mbi pasillo. La madre lo encontre.