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viernes, 26 de agosto de 2016

Tradiciones

   Sayuki se había quejado todo el tiempo sobre su vestido y los zapatos. También sobre el peinado tan apretado que parecía estirarle toda la cara y lo difícil que era sentarle en un vestido que era tan apretado y no cedía ante nada. Pero al verse en el espejo antes de salir, se dio cuenta que todo su esfuerzo había válido de la pena. Su familia la esperaba en el coche. Apenas pudo bajar, lo que le tomaba bastante tiempo con las sandalias tradicionales, emprendieron el camino hacia la ceremonia a la que estaban invitados.

 Demoraron una media hora en llegar. La boda se iba a realizar en un hermoso hotel en la montaña. El lugar era perfecto para cualquier tipo de ceremonia. Había sido la madre de Sayuki la que se lo había recomendado a su hermana, quién a su vez se lo había recomendado a su hija Tomoko, quién era la que se iba a casar. Todo el que entraba quedaba completamente enamorado del lugar.

 Se tenía que cruzar un puente de madera para llegar. La zona del parqueadero estaba del otro lado. El hermano de Sayuki la ayudó a bajar al suelo y desde allí pudo caminar por si misma. El asfalto era perfectamente plano, muy uniforme. No pudieron evitar pensar que se debía precisamente a que querían evitar cualquier tipo de accidente que la gente pudiese tener vistiendo ropas tradicionales. Después de  todo, el lugar era muy popular con bodas y eventos parecidos.

 Habían llegado temprano. Pasando la recepción estaba el alón de eventos donde se celebraría la fiesta después de la boda. Le habían dicho a Sayuki que para ella podía cambiarse a ropa común y corriente. Traía lo necesario en una pequeña maleta que su madre le había ayudado a empacar. Era bueno saber que no tenía que quedarse toda la noche con el mismo traje que no la dejaba moverse nada. Era una mujer joven y, por lo tanto, deseaba divertirse como cualquier otra.

 La ceremonia como tal iba a tener lugar en un pequeño templo alejado de la recepción. Se podía ver desde el lobby el techo del lugar con dragones adornando las entradas, cubierto de árboles y plantas por todas partes. El bosque que había detrás del hotel cubría el templo un poco y le daba una sensación bastante agradable al jardín trasero. Salieron a él momentos después, a contemplar la belleza de la naturaleza.

 La idea era ir al templo para sentarse de una vez pero Sayuki estaba demasiado absorta con el paisaje para fijarse en donde pisaba. Por eso dio un mal paso y cayó de rodillas sobre una piedra que hacía la vez de camino hacia el templo. Se puso de pie como pudo, pues no había nadie que la ayudase. Todos podían caminar más rápido y estaban instalándose en el templo.

 Un poco enojada por ser la única que debía vestirse así, tal vez con la excepción de la novia,  Sayuki decidió tomar una ruta alterna y demorarse un poco en su paseo por los jardines antes de ir a sentarse. Era hermoso pues la primavera había llegado hacía unas semanas y las flores de cerezo crecían por todas partes. Creaban casi como nubes de color rosa y blanco que, igual que las del cielo, parecían tener formas. Caminaba despacio entre los árboles, pensando también en las razones que la llevaban allí.

 Su prima no era alguien por la que sintiera un cariño especial. Su madre era muy cercana a su hermana y era más por eso que estaban allí, sonriendo a todos los viejos miembros de la familia que no veían en años y a cualquiera que los halagara por sus vestidos tradicionales. Pero la relación entre las dos chicas era casi nula. Su prima además era algo mayor así que no era como si tuviesen gustos exactamente iguales.

 Además estaba el hecho de que se estuviese casando. Era algo que Sayuki apenas había contemplado como una posibilidad en el futuro. Y aunque no eran de la misma edad, las dos eran consideradas por sus familias como “en edad de casarse”. Su madre, de hecho, a cada rato hacía bromas un poco agresivas sobre el hecho de que Sayuki jamás hubiese llevado un novio a la casa. También hacían bromas sobre su falta de interés en la cocina y en los cuidados de la casa.

 Sayuki estaba en el universidad estudiante para hacer dibujante profesional. Su meta era poder trabajar en el mundo del manga pero eso era un objetivo a largo plazo ya que sabía que no era una industria fácil a la cual entrar. Pero era lo que le gustaba y se la pasaba dibujando todo el tiempo. De hecho, había que detener un hermoso dibujo de los cerezos que veía por su ventana cuando su madre había venido a obligarla a poner el traje tradicional para la boda.

 No se había dado cuenta que se había alejado bastante del hotel y del templo. De hecho, el bosque se había vuelto más espeso a su alrededor y el camino se había vuelto de tierra compacta, sin piedras casi circulares formando un camino. Se devolvió sobre sus pasos pero parecía caminar en círculos pues no llegaba a ninguna parte.

 Después de un buen rato de caminar, se sentía tan cansada y frustrada que decidió recostarse contra una piedra. No había visto que la roca estaba cubierta de musgo: Sayuki resbaló al suelo y fue a dar tras unos arbustos que estaban al lado de la roca. Salió como pudo de entre las hojas, a gatas, y se odió a si misma al ver lo mucho que había arruinado su vestido: tenía más de tierra y pasto. Su madre la mataría.

 Cuando alzó la mirada para ponerse de pie, se dio cuenta del lugar donde estaba. Había caído junto a la orilla de un lago hermoso, limpio y casi se podría decir que brillante. Al lago caía una chorro de agua de entre unas rocas más elevadas. El sonido era tranquilizador, casi mágico. Sayuki se puso de pie y se acercó a la orilla, fascinada por el lugar. Parecía sacado de un cuento de hadas, de esos donde hay alguien que concede deseos a las almas perdidas.

 De pronto, el sonido de algo moviéndose en el agua llamó la atención de Sayuki. Al acercarlo lo más posible, se dio cuenta de que se trataba de una carpa enorme. Parecía ser el único animal en vivir en la laguna. Daba vueltas en círculos. Era mucho más activa que la mayoría de las carpas. Sayuki se quedó mirándola un buen rato hasta que recordó la boda y decidió darse la vuelta para encontrar el camino.

 No había caminado dos pasos cuando una voz gruesa llamó. Al instante se dio la vuelta pero no había nadie allí. Al alejarse de nuevo, la voz resonó de nuevo, diciéndole que se quedara  con ella. Sayuki miró a un lado y al otro, sin poder encontrar la fuente de la voz. Entonces la carpa asomó la cara por la superficie del agua y habló, sin mover la boca pero claramente mirando a Sayuki para que supiera quien hablaba.

 La joven quedó sin voz. Pensó que seguramente se había golpeado y estaba imaginándolo todo. No se pellizcó ni nada por estilo sino que decidió creer que de hecho estaba dormida. Saludó a la carpa como si fuera lo más normal del mundo, siguiendo el juego. El pez pareció sorprendido pero entonces habló de nuevo y le dijo a Sayuki que por ser la primera persona en visitar su laguna secreta en mucho tiempo, tendría la oportunidad de pedir un solo deseo.

 La chica casi ríe porque el sueño era tan obvio. Pero aún así decidió pensar en un deseo bueno por si la cosa se extendía más de la cuenta. Hubiera podido pedir algo ridículo como un traje nuevo de colores brillantes o muchas flores o algo tonto como un perro rosa o algo así, pero no creía que fuera lo suficientemente atrevido. Al final, decidió pedirle a la carpa que su familia dejara de insistir con lo de casarse y todo eso. Así de simple.


 De pronto se despertó y lo hizo sonriendo. A la boda llegó cuando estaban terminando y su madre la miró de manera reprobatoria. Lo bueno era que podía cambiarse ya para la recepción donde podría comer y bailar. Lo curioso fue que jamás nadie la comparó a su prima ni le preguntaron por un novio o potencial esposo. A otras sí pero a ella no. Sayuki sonreía sola y, en silencio, brindó por la carpa de la laguna secreta. Estaba agradecida.

martes, 20 de octubre de 2015

El laberinto

   El laberinto se prolongaba por kilómetros y kilómetros. Se podía ver cada giro y muro altísimo desde una colina cercana que servía como mirador desde hacía muchísimos años. Antes, no había habido allí más que un pueblo moribundo, de esos que habían sido arrasados por las guerras y por todas las pestes que la Humanidad atrae consigo. En el pueblo no había gente joven y tampoco trabajo ni nada que indicara que en otros lugares del mundo la civilización de hecho estaba avanzando. Como siempre, quienes vivían allí se oponían a todo pero sin conocer de nada, sin saber siquiera si lo que creían saber era cierto o no. Era gente obstinada que creía que haber sobrevivido a una guerra les garantizaba una vida de plenitud y de mutuo respeto, cosa que era una gran ilusión.

 Fue por los años setenta, y por un milagro, que llegó al pueblo uno de los millonarios más sonados del país. Su nombre era Philip Meir. El tipo era dueño de empresas por todas partes y siempre estaba viajando, buscando ampliar todavía más su portafolio de riquezas. Por alguna razón, su vehículo de último modelo tuvo una falla y fue cerca del miserable pueblo del que hablábamos antes. En el lugar como tal, el millonario no quiso quedarse. Acostumbrado a la limpieza y el orden, el hombre arrugó la nariz al oler el potente aroma del pueblo que combinaba la basura con el repollo, que era lo que más se cultivaba. Salió del pueblo caminando y, con sus guardaespaldas, llegó a la colina más alta de los alrededores donde había un mirador modesto. Y fue allí que tuvo la idea.

 Cuando volvía a la ciudad, hizo contacto con todas las personas que conocía en el gobierno, en la gobernación, en la alcaldía y en donde fuere para asegurarse que ese pedazo de tierra iba a ser suyo. Al gobernador lo convenció con facilidad: le dijo que toda región en la que él invertía, empezaba a generar ganancias y el nivel de vida subía, mejorando la vida de todos y, por supuesto, sus billeteras. Cuando llegó al pueblo, sin embargo, se encontró la oposición no solo de los habitantes sino también del idiota que tenían como alcalde. Eran cerrados de mente o tal vez idiotas, eso no lo pudo nunca entender muy bien, pero por un largo tiempo no cedieron ante nada.

 Al final, fue una combinación entre la orden expresa de la gobernación y el Estado y cuantiosas sumas de dinero a cada familia que recogiera sus cosas y se largara del lugar. Ese periodo fue de solo un mes. Los que quedaron después, más que todo viejos testarudos, se les sacó a la fuerza y de una manera tan sutil, que muchos empresarios aplaudieron a Meir por su estrategia dura pero en silencio. Sin nadie que pudiese estorbar más en sus planes, Meir volvió a la colina y contempló su compra, ese hueco desolado y maloliente para el que él había tenido una visión que debía de llevar a cabo pronto.

 En cuestión de días luego de que se “fuera” el último habitante llegaron las máquinas. El pueblo fue demolido casa por casa con una rapidez increíble. Tanto así que un mes después ya no era el mismo lugar, hasta el olor se había ido. Todo fue removido, no solo las casas sino la piedra de las calles, el pasto de los parques, los cultivos y todo lo que perteneciera al pasado. Se empezó por construir, en el lugar más alejado de la colina más alta, una mansión enorme que iba entrar a ser una de las grandes casas en las que Meir pasaría unos días al año. Como en varias otras regiones, tendría las mayores comodidades y los más excéntricos gustos serían atendidos en una mansión con un personal completo y casi siempre libre de trabajo real.

 Cuando la construcción de la mansión iba por la mitad, se empezaron a sembrar los setos que formarían el laberinto. Había sido Meir mismo, fascinado con las formas y las figuras, quién había diseñado el laberinto basándose en dibujos antiguos que había visto en libros que habían sido propiedad de su abuelo. La verdad era que siempre quiso tener un laberinto para él, uno de su creación si fuese posible, para jugar y perderse en él y sentir el corazón acelerado y su cerebro yendo a la máxima velocidad posible para resolver el acertijo. Imaginó que invitaría a sus amigos a perderse con él pero la mayoría de las veces preferiría estar solo y perderse solo él con su ego y sus manías de rico.

 A la par del edificio, los setos crecieron y también otras plantas y flores de los colores más increíbles. Se contrató a los mejores jardineros del mundo para que atendieran la construcción de todo el complejo y se les pidió que solo utilizaran flora autóctona de la región. Nada debía sentirse fuera de contexto y debía ser casi una oda a todo lo que era propio. Para Meir era importante celebrar su origen que estaba clavado a ese país y, curiosamente, a esa región. Su bisabuelo había empezado trabajando en una de las minas cercanas y vivió por mucho tiempo en un pueblito que no estaba muy lejos. Hoy en día, Meir era el dueño de la mina pero ese no era un lugar para celebrar nada, a excepción de la vida de su bisabuelo. Por eso había erigido allí un busto a su honor.

 Pero el laberinto y el jardín iban más allá de su familia y su riqueza actual. Buscaba que cuando alguien viera todo el conjunto desde la colina, se sintieran orgullosos de estar allí y de poder llamar a todo lo que veían “hogar”. Meir no era uno de esos nacionalistas locos. Le parecían unos payasos ridículos que no entendían el significado de nada. Pero sí era un patriota apasionado que creía que toda persona debía trabajar para mejorar la situación común de todos los habitantes de su país o de su región o de su ciudad, lo que fuese posible. Creía que estaba en sus manos el poder de hacer avanzar a la nación.

 La construcción demoró años, cosa que a él no le importó, con tal de que no hubieran demoras. Y como los trabajadores y contratistas sabían con quién estaban lidiando, todo se entregó en los tiempos estipulados. Mostrando una falsa generosidad, Meir abrió la mansión al público por un mes para que todo el que quisiese visitarla lo hiciera gratis. De esa manera muchos vieron los fastuosos salones con pisos de mármol, los baños con cañería de cobre galvanizado y la cocina que tenía el tamaño de un pequeño campo de fútbol. Todo eso sin mencionar el pequeño ejercito que atendería a Meir una vez viviera allí, seguramente por algunos días al año. No hubo nadie que pensara que la obra era modesta o necesaria ni que no quedara con la boca abierta al entrar y dolor de cabeza al salir.

 Los jardines también abrieron al público pero lo hicieron meses después, cuando todo estuvo a punto. Los setos debían crecer la altura requerida por Meir y todas las demás plantas debían estar simplemente perfectas. El primer grupo que visitó el lugar se llevó una sorpresa, pues el guía fue nada más y nada menos que Meir en persona. Se veía cansado pero feliz de ver su máxima creación hecha realidad. Para sorpresa de todos, sin excepción, el hombre sabía los nombres comunes y científicos de cada planta, cada arbusto, cada flor e incluso cada insecto que había venido a instalarse en el enorme jardín. El tour demoró casi dos horas y al final cerró con un comentario que parecía ser gracioso, en el que decía que tal vez construiría un ferrocarril para recorrer el jardín.

 Nadie se rió entonces ni nunca pues nadie se ríe frente a un millonario que puede hacer lo que se le da la gana y Meir sí que lo hizo, incluso cuando él mismo sabía que ese proyecto faraónico le había costado no solo trabajo sino dinero que debía obtener de otros lados para cubrir la deuda que se había impuesto. Fueron muchos movimientos económicos y financieros que se tuvieron que hacer para que todo siguiese existiendo pero al fin de todo la mansión y el jardín salieron adelante. Los dos se abrían seguido al público y Meir lo contemplaba todo desde la colina cuando visitaba la región. Así fuese por unos minutos, le gustaba ir allí y pensar.

 Cuando fue viejo y tuvo que dejar todo a uno de sus hijos, Meir se retiró del mundo en esa mansión y por primera vez disfrutó del lugar como siempre lo había querido hacer. Una mañana decidió darse un paseo por el laberinto, revisando las flores y viendo como el cielo estaba azul y hermoso como jamás lo había visto. Apoyándose en su bastón, caminó lentamente y por varias horas entre los altos muros verdes del lugar. Se sentía algo de frío en algunas partes y el calor del sol en otras. Fue en la tarde, ya con hambre y cansado de caminar, que se dio cuenta que ya no sabía donde estaba, de que estaba perdido.

 Meir miró atrás y adelante y trató de gritar un par de veces. Pero no obtuvo respuesta. Entonces, como si se diera cuenta de algo de golpe, su preocupación se desvaneció y se le dibujó una sonrisa en la cara. Lentamente, se sentó en el pasto y luego se acostó, mirando al cielo. Y estando así cerró los ojos y permaneció allí, en su laberinto, perdido para siempre.

martes, 24 de marzo de 2015

Sintra

   El día no prometía mucho pero de todas maneras ya estaba yo allí y no había manera de volver. El tren no se había demorado mucho entre la ciudad y el pueblo. Lo entretenido, al menos para mí, de este paseo, era que las caminatas eran largas y por escenarios majestuosos, a juzgar por las fotografías que había encontrado en internet. Tenía mi cámara y mi celular listos y había tratado de desayunar lo mejor posible, aunque con el presupuesto de un estudiante eso era bastante difícil.

 El tren nunca se llenó y fuimos pocos los que descendimos en la última parada. El pequeño poblado parecía de fantasmas, sin un alma a la vista por ningún lado. La verdad es que ese no era el pueblo al que yo quería ir. Para ir eso había que seguir las indicaciones que señalaban el inicio de los caminos de las montañas. El primer tramo, al lado de una carretera, fue bastante tranquilo y apacible. A un lado, la hermosa montaña llena de árboles y algunas casas de arquitectura particular. Del otro, un acantilado pero no muy profundo. Más calles y casas del poblado habían sido construidas allí, donde alguna vez hubo un río.

 El primer tramo terminaba en el verdadero pueblo, un pequeño montón de casas en lo que parecía un promontorio de la montaña. La vista la dominaba un palacio que tenía más cara de fábrica que de otra cosas. Me acerqué al lugar y vi que era el primero de varios museos que iba a encontrar ese día. Había un puesto de información donde un aburrida mujer me permitió tomar los folletos que quisiera. Los tomé en varios idiomas y de cada sitio de la montaña y los guardé con cuidado en el fondo de mi maletín. Solo dejé uno fuera para tener a mano, esperanzado de que gracias a ese montón de papel no me perdiese en la neblina que había empezado a bajar lentamente por la ladera de la montaña.

 El palacio resultaba mucho más hermoso por dentro que por fuera. Pagué la entrada más cara, para visitar todos los sitios, y seguí paseando por el lugar. Es hermoso caminar por las antiguas moradas de la gente e imaginar que pudo haber ocurrido en dichos corredores hace unos cien, doscientos o hasta quinientos años. Quien sabe que secretos se murmuraron o que discusiones rebotaron de muro a muro. Lo mejor fue ver los objetos, aquellos quelos antiguos habitantes de la casa habían utilizado. Sin problema, pude imaginarme vistiendo las extrañas ropas del siglo XVII, sentado a la mesa comiendo algún plato que fuese típico de la región. Tal vez faisán o alguna otra ave de caza?

 Estoy seguro que los pocos turistas que me acompañaban me miraban un poco extrañados al ver que sonreía como un tonto cada vez que miraba alguna de las piezas o cuando me quedaba demasiado tiempo mirándolo todo. La verdad no es algo que me importase entonces o ahora. En los museos, detesto cuando la gente camina rápido y simplemente creo que se trata de un circuito de carreras o algo parecido. No, para mi un museo es más un templo que cualquier otra cosa. Es prácticamente un cementerio, un lugar adonde mucho de nuestro pasado va a morir. Obviamente que no todo muere y mucho se transforma pero lo que no perdura, lo físico, va y encuentra su lugar en un museo y eso para mi merece el más profundo respeto.

 Cuando salí del palacio, abrí el mapa y me propuse caminar al siguiente sitio con prontitud. El día cada vez empeoraba y para ser las diez de la mañana, el clima parecía anunciar el final de la tarde. Lo mejor era ir primero a los palacios de la parte alta del bosque y luego seguir con los demás sitios que quedaban un poco más retirados. Lo bueno era que todo estaba debidamente señalizado, como en pocos sitios. La caminata fue buena hasta que la lluvia empezó a caer y debí abrigarme solamente con mi chaqueta. Para mi sorpresa, era muy efectiva pero no lo suficiente para alejar el frío. Ya estaba en pleno bosque cuando la lluvia pareció ceder. Era un lugar hermoso, igual de solitario que los demás.

 Es la verdad cuando digo que mi cabeza estuvo a punto de explotar de tanto que había por fotografiar, por ver e incluso por sentir. Había pequeños lagos formando un jardín entre los grandes árboles y los caminos de piedra. Como no había nadie pude rendirme a mi imaginación y con facilidad pude verme como un caballero al mejor estilo de Robin Hood, usando flechas para cazar mi alimento y defender a quienes no podían hacerlo solos. El lugar también se prestaba para imaginar un encuentro romántico y fue ahí cuando mi imaginación se frenó y no trabajó más.

 Tenía que pensar en el amor, aquella cosa extraña y amorfa en la que ya no sé si creer o no. Por supuesto me hubiera encantado estar allí con alguien especial, compartiendo lo hermoso del lugar, seguramente tomados de la mano y dándonos besos cada cinco segundos. Pero para que desgastar mi imaginación, que solía ser tan buena, en cosas que ni siquiera la mente más brillante podía recrear con fidelidad? Porque si el amor existe, dudo que se pueda replicar y dudo que se pueda sentir sin que sea real. Pero como saber que es real?

 Menos mal la lluvia volvió y tuve que dejar de pensar en tontería para mejor encontrar un sitio adecuado para no bañarme más de la cuenta. Casi resbalo al llegar a las puertas del palacio más cercano, que se veía extrañamente sombrío bajo la neblina y la casi oscuridad en pleno día.  Era extraño porque las paredes estaban pintadas de colores y las torres tenían formas divertidas y estrambóticas. Se veía como algo sacado de un cuento de terror pero mezclado con algo demasiado alegre. Pero era un techo al que llegar así que, después de caminar por la calzada de acceso, entré al sitio donde, por fin, había varias personas que habían corrido a resguardarse.

 Decidí seguir al museo, a diferencia de las otras personas, para no quedarme mirando hacia fuera como un perro al que le urge salir a orinar. No, yo preferí explorar el lugar y pronto estuve inmerso de nuevo en mis elucubraciones imaginarias. El lugar, era obvio, siempre había servido como hogar. Había varias habitaciones, una gran cocina con cava y almacén, salones majestuosos con varios muebles y tapetes exquisitos. Que perfecto hubiera sido vivir en un lugar así, tan alejado de todo y tan bien adecuado para la vida humana. Claro que no cualquiera hubiera vivido allí pero eso no importa a la hora de imaginar.

 La lluvia por fin pasó y salí del lugar pronto, tratando de hacer que el día rindiera lo más posible. El sitio más cercano estaba en la colina siguiente. Eran más que todo ruinas y decían que desde allí se podía ver el mar y los pueblos costeros. Cuando llegué, era obvio que no se veía nada pero era otra situación diferente a las anteriores: el sitio era obviamente mucho más antiguo y era sobrecogedor de una manera diferente, por estar tan abierto a los elementos. Siendo alguien que se atemoriza fácil con la alturas, tuve que agradecer que la montaña estuviese cubierta de neblina porque allí abajo era un acantilado profundo, por todo el lado de la montaña.

 Llegué, como pude, a la parte más alta de las ruinas. Era difícil de caminar por lo estrecho de los caminos y porque el viento había empezado a soplar con fuerza, haciendo de caminar algo difícil y hasta peligroso, ya que no había ningún tipo de barrera que impidiera que alguien pudiese caer de las partes más altas. Tomé un par de fotos, de la neblina, las ruinas y las banderas en cada torrecilla, y luego descendí con sorprendente rapidez al camino principal. Mis nervios estaban de punta por la altura y ahora solo quería caminar.

 Siguiendo la carretera, caminando una media hora, estaba otro palacio que parecía ser muy bello, según una de las guías que tenía en mi maletín. Pensé que la caminata me relajaría pero no fue así porque la carretera tenía muchas curvas, no había un andén propio para caminar y, lo más importante, porque me perdí después de una bifurcación confusa. Tenía el presentimiento de haberme perdido pero como el mapa no era exacto era difícil de saber. Había casas a un lado y a otro y parecías residencias grandes pero, a diferencia de los palacios, eran lugares modernos y con vida.

 Decidí volver por donde había venido hasta la bifurcación. Tomé el camino correcto y, después de unos minutos, llegué a mi destino. Para acceder al palacio, había que atravesar un jardín. Era hermoso, con flores de todos los continentes, de todos los colores y con estanques y cañadas ornamentales. Tomé fotos pero esta vez no soñé despierto porque vi que había alguien más haciendo lo mismo que yo, solo que estaba de pie sobre una piedra cubierta de musgo. Tuve apenas el tiempo para reaccionar, tomándolo del brazo antes de que cayera con fuerza sobre la piedra y luego al estanque verdoso. Me agradeció y empezamos a hablar. Paseamos juntos por el palacio y decidimos almorzar juntos ya que él, como yo, estaba solo.


 Cuando la noche cayó, volvimos juntos a la ciudad y compartimos nuestros datos. Sin decir nada, se despidió con un beso en la mejilla y se fue a su hotel. Fue el final perfecto para un día ideal, en un lugar mágico.