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viernes, 17 de abril de 2015

Fuerza

   El helicóptero aterrizó en la parte más alta de la muralla, que daba hacia el mar. Del aparato salió una mujer alta, blanca, vestida con una capa violeta y una corona de oro y diamantes. Los hombres que agachaban la cabeza a la vez que ella pasaba, eran diferentes a ella. Todos eran de piel negra y ojos verdes. Ninguno de ellos tenía pelo, mientras el de ella era largo y del color del sol. La mujer llegó al borde del muro y miró hacia la lejanía. Por las marcas en el arena se podía ver que el mar se había retirado algunos metros. Era posible que se estuviera retirando más porque las olas eran demasiado calmas.

-       - Que hacemos mi señora?
-       - Altura de la muralla?
-       - Cuarenta metros, señora.
-       - Estarán bien. Preparen los pisos más bajos para el impacto.

 Entonces pareció que el sonido hubiera dejado de existir porque todo quedó en absoluto silencio. La mujer miró hacia la costa y vio que el mar, en efecto, se había retirado. De hecho, casi el doble de lo que se había retirado antes. Y lejos, se veía un movimiento extraño, una sombra rara. Los hombres empezaron a correr alrededor, gritando ordenes y organizando cosas por todos lados.

 La ola se hizo visible pasados algunos segundos y barrió la playa con fuerza y gran altura. Afortunadamente cuando llegó a la muralla, no medía sino quince metros. La mujer pidió reportes de toda la muralla y de cómo había afectado la ola al reino. Se devolvió entonces al helicóptero, que despegó rápidamente y la llevó tierra adentro. Una hora después aterrizó de nuevo, esta vez en una saliente de una montaña. O al menos parecía una montaña pero en realidad era un palacio.

 La mujer entregó su capa y su corona a una asistente y entró a un gran salón circular con varias ventanas. Al lado de una de ellas, había un banco de seda y en él un hombre mirando a través del cristal. Tenía la tez negra como los hombres de la muralla pero él sí tenía pelo, corto. Sus ojos eran verdes como las algas y su traje de azul claro, combinando con el cuarto. Cuando los pasos de la mujer sonaron en el lugar, el hombre se dio vuelta y se dirigió hacia ella. La abrazó, la besó y la sostuvo en sus brazos por largo tiempo, sin decir nada. Era como si no necesitaran palabras para comunicarse. La mujer apretaba sus manos en la espalda del hombre, como tratando de jamás soltarse.

-       - Como estuvo?

 Ella exhaló y lo miró a los ojos. Una sonrisa se dibujó en su cara.

-       - Una ola no es suficiente para destruirnos.
-       - Como lo hicieron?
-       - Una de sus naves con carga llena. Malditos.

 La mujer tomó al hombre de la mano y lo llevó de vuelta al banco de seda, donde ambos se sentaron sin decir nada. Ella apretaba la mano del hombre y él la de ella. Se miraban y luego miraban por la ventana, por la que se veía un paisaje lleno de piedras y riscos y montes afilados. El palacio estaba alto pero a la vez oculto entre las rocas.

 De pronto, la joven ayudante que se había llevado la corona y la capa entró a la habitación y le hizo una venía a los dos. La joven era rubia y de ojos negros, con la figura de la verdadera belleza. Les contó a los dos que equipos del reino habían llegado al punto donde había caído la nave enemiga y la estaban investigando a detalle, para saber como habían hecho para utilizar una nave de carga común y corriente como un arma. Les dijo también que la muralla se había inundado en los primeros pisos pero no había muertos ni heridos. Después de otra venia, la mujer se retiró.

-       - Que vas a hacer?
-       - Nada.

 Esta vez el hombre se le quedó mirando, a pesar de que ella parecía fascinada con el atardecer que estaba ocurriendo afuera. Él exhaló y apretó la mano de la mujer. Luego la soltó y se puse de pie para irse. Ella siguió mirando por la ventana y se quedó sola, con sus pensamientos. Él quería que ella se vengara, que fuera por ellos y los castigara por dudar de ella. Pero la reina sabía que no podía ceder ante lo que los demás querían que hiciera. Había sido difícil que la aceptaran en el reino como la nueva gobernante y todavía existía quien dudaba de ella.

 La reina era hija bastarda del antiguo rey. Pero ella había sido su única hija. Con la reina anterior no tuvo ningún hijo porque ella no podía tener hijos. Él la amaba y por eso nunca le importó la falta de hijos. Adoptaron algunos de todos las regiones del reino, para compensar este anhelo natural. Fueron dos niños y una niña que hoy en día odiaban a la reina. La odiaban porque ella era el resultado de una noche de tragos de su madre, que había tenido relaciones con la cocinera del palacio. Esa era ella, la hija de una cocinera que hoy ya no estaba, habiendo muerto por una enfermedad hacía muchos años.

 La ley impedía que los hijos adoptados fuesen gobernantes pero no decía nada de los hijos bastardos. Siguió entonces una guerra civil: un grupo apoyaba a los adoptados y otro a la hija bastarda. Hubo muerte por un año entero antes de que ella misma decidiera detener los combates y sacrificar su posibilidad de reinar. Esta acción ganó el corazón de los ciudadanos y fueron ellos que forzaron al gobierno para darle el poder a la hija nunca reconocida. Los hijos adoptados dejaron el reino indignados y ella sabía, mirando por la ventana, que ellos tenían algo que ver con la ola asesina.

-       - Mamá?

 Un jovencito había entrado a la habitación. Tenía la tez morena y se lanzó hacia la reina apenas ella lo miró. Ambos se abrazaron con fuerza, sonriendo siempre. La mujer le daba besos al niño a la vez que él hacía caras, tratando de decirle algo a la mujer. Ella dejó que se apartara para verlo bien, mientras él le contaba con detalles un sueño que había tenido, en el que ella montaba un gran caballo blanco y su padre uno de los leones del desierto, aquellos de melena negra. Ella lo miraba fascinada, mientras el niño corría por todos lados recreando el sueño.

 El momento entre madre e hijo fue interrumpido por la asistente que dijo que tenía malas noticias. La nave que se había estrellado estaba cargada con explosivos y había matado a unas veinte personas que estaban investigando el evento. A pesar de ser un niño, el jovencito se quedó quieto y miró a su madre, cuyo rostro se volvió sombrío. Parecía que la rabia iba a brotar por su boca en cualquier momento pero la mujer solo agachó la cabeza y tomó una de las manos del niño.

-       Contacta al general. Dile que mande toda la ayuda necesaria. Hay que preparar funerales de Estado para todos esos hombres y mujeres. Murieron sin razón, tenemos que honrarlos.

 La asistente asintió y se retiró. La reina salió del cuarto, con el niño de la mano y caminaron juntos por un hermoso pasillo, lleno de frisos y mosaicos. El corredor terminaba en una puerta ricamente adornada. La mujer la abrió, cruzaron otro salón circular, este con varias puertas. Cruzaron otra más y llegaron a un cuarto lleno de personas alrededor de pantallas y diferentes tipos de máquinas.

 Había hombres y mujeres con uniformes de color rojo sangre, yendo y viniendo, confirmando órdenes y datos varios viniendo de todos los rincones del reino y de más lejos. Cuando vieron a la reina, agacharon la cabeza. Ella se acercó con su hijo a una de las pantallas, donde se veían los pedazos de nave por toda la playa.

-       - Confirmados los veinte muertos?
-       - Rescatamos algunos heridos. Parece que solo son doce los muertos.
-       - Excelente.

 Entonces se agachó y miró al niño con una sonrisa. Le pidió que fuera a su habitación y se quedara allí hasta que ella fuese para leerle su historia de todas las noches. Al salir, se cruzó el niño con su padre, quien lo alzó y lo besó, ante la mirada amable de todos en la habitación. Una vez el niño salió, la mujer se acercó a su marido y lo tomó de la mano de nuevo. Con lentitud, lo llevó hasta una mesa que era pantalla al mismo tiempo, mostrando los limites del reino. La muralla los protegía en sitios estratégicos pero no en todos lados. En el centro del mapa estaba el sello real, que indicaba el palacio.

-       - Estás segura?
-       - No. Pero no sé que más hacer.

 Una mujer vestida de rojo se acercó a la mesa y empezó a oprimir botones. La imagen hizo un acercamiento y se enfocó en un punto verde cerca al limite del reino.

-       - Mi señora, podemos seguir?


 Ella inhaló. Tenía frente a ella la decisión de destruir a sus hermanos adoptivos o no. Ellos habían tratado de matarla, la odiaban y querían verla muerta. Pero ella no los odiaba. Lo que detestaba era no entender porque todo había tenido que ser como era. Nadie nunca había pensado en como se sentía ella siento la hija ilegitima del rey, ni como dolió ver a sus amigos morir por defenderla. Pero había que ser fuerte y marcar su poder con acciones. Exhaló y miró a los ojos de su marido, pidiéndole consejo, sin decir palabra.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Fuego de Cambio

Horacio sabía muy bien que hacer. Lo repasaba una y otra vez en su mente, mientras subía a toda prisa por unas escaleras en caracol que parecían eternas.

Por fin llegó al cuarto que había en la punta de la torre y desde allí pudo apreciar lo que sucedía abajo. El dragón, negro como la noche, sobrevolaba el pueblo cercano y lanzaba fuego sobre algunas casas. Desde la torre, Horacio podía ver como la gente escapaba pero era seguro que habría muertes en el lugar.

Dejó de mirar por la ventana para buscar por todo el suelo una losa suelta. Tocaba el suelo de piedra como si estuviera ciego. Yrene había dicho que lo había dejado allí, cuando la habían encerrado después de su captura.

Afuera se oían gritos y parecían más cercanos que antes. Horacio tuvo que ponerse de pie para mirar de nuevo y darse cuenta que algunos aldeanos habían decidido refugiarse en el castillo, poniendo en peligro la misión que el hombre tenía a su cargo.

De nuevo, se echó al piso a tantear losa por losa hasta que, pasado un rato, encontró la que estaba suelta y sacó de un hueco de abajo de ella un collar que consistía en una cadena de oro delgada y un pendiente del tamaño de un pulgar. Era una piedra gruesa color rojo sangre que, de solo verla, estremeció a Horacio.

Él sabía bien la historia de este artefacto y prefería no pensarlo mucho. Se puso de pie rápidamente y salió disparado por la escalera. A medio camino se detuvo al iluminarse el estrecho espacio de un tono ámbar. Vio por una rendija al exterior al dragón atacando el castillo y lanzando una llamarada cerca a la torre. Se guardó el collar en un bolsillo del chaleco y prosiguió su camino.

De haber estado viendo al dragón un par de segundos más, Ignacio hubiera muerto. Al pasar al corredor del quinto piso, la bestia demolió con la cola la torre, que cayó en pedazos al patio inferior, matando a varios refugiados.

Ignacio se detuvo un momento, frente a unas escaleras más grandes para tomar aire. El dragón parecía haberse ido ya que ya no escuchaba sus rugidos. Sacó el collar del bolsillo y lo contempló.

La leyenda decía que ese pequeño articulo de vestir tenía el poder de conceder la habilidad de controlar el mundo al antojo del portador. Yrene, hábilmente, lo había robado al morir el decadente ser que habían llamado el Supremo y lo había escondido con ella hasta que fue arrestada por el nuevo reino.

Ahora Ignacio sabía que hacer, aunque violaba su misión. En vez de bajar al patio inferior y salir por la puerta de atrás, como le habían dicho que hiciera, el hombre de barba y amplios hombros bajó un par de pisos más y penetró con fuerza en la biblioteca del castillo. Era un secreto a voces que varios libros de magia negra habían sido escondidos allí y el hombre pensaba que al usar un conjuro con el collar, podría terminar para siempre con la maldad en su hogar.

Los rugidos del dragón se sentían lejanos pero solo por los gruesos muros del lugar. La criatura seguramente había vuelto a atormentar a la gente que se había refugiado en el castillo.

Ignacio entró a un pequeño cuarto oculto tras varios objetos antiguos, que rompió sin ningún cuidado. Sabía de él por lo que el mago Mortus le había confesado. Había tan solo un estante de tres niveles con libros polvorientos. Rápidamente sacó uno y otro y otro hasta que dio con un conjuro satisfactorio.

Vale aclarar que mientras el buscaba, más personas morían y, lejos, en el mar, otra bestia atacaba la nave en la que viajaba Yrene.

El hombre salió corriendo de la biblioteca y se ubico frente a una ventana, desde la que podía ver al dragón. Y entonces, empezó a leer, en otro idioma, uno antiguo que Mortus le había enseñado al convertirse.

Entonces las criaturas, tanto el dragón como el calamar gigante, empezaron a rajarse, como porcelanas viejas. Al terminar de leer el conjuro, Ignacio vio como el dragón explotaba pero la luz permaneció después de desaparecer la criatura. El hombre no entendía. La luz, o mejor, las luces, empezaron a expandirse hasta cegar a todos quienes la vieron. El mundo conocido, se vio envuelto en luz y cambió para siempre.