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lunes, 25 de septiembre de 2017

Un último día

   Varias luces se fueron encendiendo, poco a poco. La habitación de tamaño medio se vio completamente iluminada, así como cada uno de los objetos que había a los costados, emplazados con cuidado en cajones forrados con terciopelo y telas suaves en las que pudieran descansar por siempre, de ser necesario. El hombre joven dio unos pasos al frente y su cara se iluminó de repente. En el umbral de la puerta estaba todo oscuro, pero adentro era un mundo completo de luz y color.

 Estaba bien vestido, con una corbatín negro que combinaba con su traje de alta costura. Su cara estaba inusualmente bien cuidada, el vello facial bien afeitado y delineado y todo lo demás en orden, como si se hubiese preparado para semejante lugar por mucho tiempo. Caminó lentamente, calculando su respiración, mirando a un lado y otros los objetos que resaltaban por todas partes, como pequeños tesoros. Él sabía que eso eran, al menos para su dueño, quién estaba en el salón principal de la casa, varios metros por debajo.

 Llegó al final de la habitación y allí se quedó mirando una pequeña caja con fondo rojo. Era la única adornada así. Adentro había un reloj de oro, con un pulso trabajado con esmero. Alrededor del cuerpo del reloj había pequeñas piedras preciosas y las manecillas brillaban intensamente, pues no estaban hechas de otra cosa sino de platino. Era un objeto completamente hermoso. Era difícil de creer que algo así estuviese escondido en un cuarto, en una casa casi abandonada.

 Sabía que su anfitrión no la usaba como casa principal sino como su casa de verano, a la que venía unas semanas cada año y a veces ni eso. Era un hombre tan rico que tenía posesiones y propiedades por todo el mundo y esa gran casa era solo una de varias. Sin embargo, había sido elegida esa vez por el lugar donde se encontraba, muy cerca a la desembocadura de un gran río que serviría en el futuro como troncal de transportes para hidrocarburos y otros productos de muy buena venta en el comercio mundial.

 Hoy en día el río era más bien estrecho y poco profundo, al menos para la visión que tenían los empresarios. Sería completamente convertido al excavar su cauce, haciéndolo más ancho y más profundo. La casa desaparecería pues estaba demasiado cerca del agua para sobrevivir. La fiesta era para celebrar la firma del contrato de obras y también una despedida merecida para una casa en la que habían pasado pocas cosas, ninguna de mucha importancia. Había sido una mansión señorial alguna vez pero de eso ya no quedaba nada, ni siquiera con los arreglos para la fiesta.

 El joven de traje negro y corbatín tomó el reloj y se lo metió en un bolsillo. Sabía que adentro de la habitación no había alarmas ni cámaras, eso solo estaba afuera. El dueño pensaba que nadie sabía de esa bóveda y ese error había sido aprovechado por el hombre que ahora salía con paso firme y cerraba la puerta de seguridad detrás de sí. Sacó su celular de otro bolsillo y lo golpeó algunas veces. La puerta detrás de él hizo un sonido seco, como de barrotes moviéndose de golpe.

 Al bajar, vio que todos estaban bebiendo y hablando de tonterías, seguramente de negocios. Nadie se había dado cuenta de su desaparición. Se mezcló entre las mujeres bien vestidas y los hombres algo tomados. Llamó la atención de un mesero y le pidió una copa de vino. Fue luego a una gran mesa donde habían canapés y pequeños frutos de la región. Mientras comía y bebía observaba a los demás. Le producía rabia estar allí pero también algo de felicidad por haber robado el reloj.

 El anfitrión de la fiesta salió de la nada. Se subió a una pequeña tarima y desde allí agradeció a los constructores de la obra su colaboración y amistad. Mientras había estado arriba, se había firmado el contrato. Seguramente había habido chistes tontos y demás gestos que se hacen siempre en esas ceremonias carentes de sentido para muchas de las personas que lo único que hacer es vivir su día a día, sin pensar en los millones de dólares que circulan a su alrededor y nunca ven.

 Brindaron todos por el anfitrión. Él sonrió, se bajó de la tarima y empezó a saludar a uno y otro, a cuchichear y a pretender que estaba encantado con la compañía de cada una de esas personas. Su lenguaje corporal era claro como el agua pero también era obvio que ninguno de los invitados se daban cuenta de ello o tal vez no querían darse cuenta. Ninguno de ellos pensaba nada bueno del otro, pues todos eran rivales en los negocios y solo estaban allí para obtener información. Cualquier cosa era buena.

 El anfitrión miró hacia el hombre de corbatín. La sonrisa que esbozó entonces era completamente autentica, no había nada de falsedad en ella. Sí hubo en cambio mentira en la del hombre joven, que sonrió y saludó al anfitrión. Este le pidió que se acerca y él lo hizo, a pesar de tener planeada con anterioridad una salida rápida después del pequeño discurso que había acabado de tener lugar. Los invitados le abrieron paso hasta que estuvo cerca de la tarima, desde donde lo miraban varios ojos llenos de envidia, sorpresa y duda. No entendían que hacía allí el hijo de aquel magnate.

 El hombre se los presentó a todos como su hijo mayor, el que heredaría todo lo que ellos sabían que él tenía. Les dijo, a modo de broma, que los negocios futuros tendrían que ser hechos con él y con nadie más. Lo apretó por los hombros con sus grandes y arrugadas manos. El hijo se sintió pequeño, como si de repente se hubiese convertido en un niño pequeño, incapaz de tomar sus propias decisiones en la vida. Y eso era lo que lo había llevado a aceptar hacer parte de esa patética ceremonia.

 Cuando su padre lo soltó, el hombre de corbatín saludó a algunas otras personas, al mismo tiempo que apretaba en su bolsillo el reloj de oro y demás piezas valiosas. Trató de esbozar su mejor sonrisa, de dar la mano como le había enseñado varias veces su padre. Los miró a los ojos, en parte para intimidarlos pero también para tratar de ver sus intenciones. Para él todos eran ratas que querían meterse al barco más lleno de dinero y de objetos preciosos. Estaban en el lugar correcto.

 Cuando por fin se liberó de las aves rapaces, desapareció entre los meseros. Se metió a la cocina y por ese lado se escabulló al garaje. Había choferes fumando y contándose historias eróticas los unos a los otros. No se dieron cuenta cuando él se subió a uno del os vehículos, el que le había regalado su padre para su cumpleaños más reciente, y pasó casi volando por al lado de todos ellos, levantando una nube de tierra que se les metió por entre la nariz y los ojos, dejándolos casi ciegos.

 Aceleró aún más al llegar a la autopista que lo llevaría al aeropuerto, donde el avión privado de su padre lo llevaría a una gran ciudad no muy lejana. Allí lo esperaría la persona que más quería, la única en la que confiaba. Lo esperaría con una maleta con ropa y algunas otras cosas, de esas que todo el mundo necesita cuando viaja. Y en esa misma maleta iría el reloj de oro que estaba en su bolsillo, que sería la piedra angular en su próxima vida, ojalá diferente a la que llevaba viviendo por más de treinta años.

 Su padre se daría cuenta mucho tiempo después que el reloj no estaba. Se daría cuenta tarde del verdadero potencial de su hijo, completamente desperdiciado en un mundo decadente, tan lleno de trampas y mentiras que ya era casi imposible saliendo a flote.


 El coche se detuvo frente a la terminal. Lo dejó allí, sin vigilancia. Dejó las llaves en el aparato y tan solo caminó adonde lo esperaba su próximo transporte. No podía esperar al día siguiente. Mientras despegaba, sentía que una parte de su vida quedaba atrás, tal como lo había querido por tanto tiempo.

lunes, 31 de julio de 2017

Una particular tarde de compras

   Como le habían indicado, Lucía dio la vuelta a la perilla una vez la luz en el cuartito se volvió verde. El lugar que le esperaba del otro lado estaba muy bien iluminado. De hecho, parecía como si el sol estuviese brillando en la parte exterior. Era muy extraño pues ella estaba muy consciente de que en la tienda del otro lado de la puerta era de tarde, el sol estaba poniéndose. Pero allí, en esa hermosa casa donde estaba ahora, la luz llegaba directamente desde arriba, como si nada.

 Caminó algunos pasos y sonrió al ver que la casa no era lo que ella había esperado en un principio. Era de un claro estilo japonés pero no era nada contemporánea, más bien al contrario. En el pasillo que caminaba no había nada más sino algunos jarrones grandes, que no parecían tener nada por dentro. Al voltear a mirar la puerta, se dio cuenta de que estaba hecha de bambú y al lado había un recipiente del mismo material para poner sombrillas. El nivel de detalle era asombroso.

 Al final del pasillo había una puerta abierta. Metió su cabeza por la rendija y se dio cuenta de que también estaba vacía. Empujó un poco la puerta para poder pasar. Adentro vio una mesita poco elevada y varias almohadas distribuidas alrededor. Del otro lado del cuarto, había un hueco en el piso. Debía ser un horno o algo por el estilo. Había visto casas japonesas en películas y documentales pero jamás en persona, así que no sabía muy bien como funcionaba todo.

 Pero algo llamó más la atención de Lucía.  Había un espejo en la pared opuesta a la puerta del recinto. Iba de piso a techo y era delgado, como para darle mayor dimensión al lugar. Pero eso no era lo que le fascinaba. Era el hecho de poder ver que tenía otra ropa que con la que había entrado a la casa. Vestía lo que suponía era un hermoso kimono, de varios colores primaverales. No sentía su peso pero suponía que uno real debía ser mucho menos ligero que lo que sentía en el momento.

 Dejó el espejo atrás y fue a revisar la otra habitación, una frente al comedor. Era un pequeño recinto de descanso, algo así como una habitación. Pero no había una cama sino un algo así como un sobre para dormir en el suelo, pero mucho más grueso que los que había usado para acampar. Se vio tentada a acostarse pero entonces vio el jardín exterior a través de la puerta de papel y bambú medio abierta que había del otro lado de la habitación. Caminó por allí fascinada por las hermosas plantas, la paz y el pequeño estanque lleno de carpas de colores.

 De pronto, un sonido como alarma se escuchó con fuerza. Le habían advertido al respecto. Miró por todos lados y por fin descubrió el picaporte que buscaba, entre dos bonsái que había contra lo que parecía ser una cerca. No lo era. La puerta se abrió con facilidad y pasó entonces a otra casa, una que le era mucho más familiar porque de inmediato vio muebles que reconocía pero no sabía de donde. La puerta se cerró detrás de ella, casi en silencio. Pero ella no se dio cuenta. Algo le parecía muy cercano en ese lugar.

 Fue cuando llegó a la sala de estar que reconoció la casa como la que había habitado junto a sus padres y su hermano hacía muchos años, en su adolescencia. Lucía había dejado la casa cuando había cumplido la mayoría de edad, para irse a estudiar fuera del país, y jamás volvió. Cuando supo, la casa había sido vendida y, hasta donde sabía, el inmueble había sido demolido para construir un conjunto residencial de varias torres de apartamentos. Su barrio de niñez había desparecido de golpe.

 Sin embargo, estaba allí de nuevo como por arte de magia. Las viejas consolas de videojuegos que jugaba con su hermano menor, el gran sofá con estampado de flores en el que su padre se sentaba los fines de semana a ver partidos de fútbol y el gran sofá de tres puestos desde donde veían los dibujos animados en la mañana y su madre lloraba todas las noches cuando sus personajes de telenovela sufrían por alguna razón. Todo estaba allí, como si fuera un extraño museo.

 Entonces se dio cuenta de que todo lo que era suyo debía de estar allí, así todo el lugar no fuera más sino un invento. Corrió hacia la estrecha escalera que daba al segundo piso y en pocos segundos estuvo en el segundo piso. Su habitación estaba allí, directamente adyacente al baño que compartía con su hermano, adornada todavía por decenas de afiches referentes a varios ídolos juveniles, actores y cantantes, muchos de los cuales ya no se veían por ningún lado.

 Revisó los libros de su vieja estantería blanca, abrió el closet para descubrir ropa que no veía en año y lloró como tonta al leer las cartas de su primer novio, que había escondido siempre en un fondo falso que tenía su adorado tocador. Las palabras de ese niño, porque eso era lo que eran en esa época, eran todavía hermosas y profundas. Ese fue un tesoro que nunca recuperó y que por alguna razón estaba allí. No se había secado las lágrimas cuando la alarma sonó de nuevo. Se secó como pudo, dejó las cartas en su lugar y giró el picaporte, aparecido esta vez en su pared de papel floreado.

 Todavía tenía los ojos húmedos cuando entró en un apartamento que jamás en su vida había visto o imaginado. En ese espacio, la luz era casi ausente. Cuando miró la puerta que se cerraba, se dio cuenta que desaparecía en la pared, blanca y lisa. Miró hacia un lado y hacia otro. No había nada que reconocer y no tenía ni idea de que era lo que debía hacer. Fue solo cuando empezó a caminar hacia la terraza, que luces en el techo empezaron a encenderse, pero solo sobre ella, jamás atrás o adelante.

 Siguió su camino a la terraza. La puerta que daba acceso a ella desapareció de golpe y volvió a aparecer cuando se alejó de ella, acercándose a paso lento a la nada. Porque allí no había ni tubo de metal ni un vidrio que detuviera su paso. Cuando vio que el suelo se terminaba, dio una ligera patada para ver lo que sucedía. Se escuchó un sonido seco, como si hubiese golpeado algo metálico. Pero frente a ella no parecía haber nada. Extendió los brazos y pudo tocar la nada. Se sentía fría.

 Pasada la extrañeza, contempló el paisaje que se extendía delante de ella. Era una ciudad enorme, con cientos de torres altas, muy altas. De hecho, parecía que ella estaba en una de altura similar, a juzgar por la larga distancia que había desde su posición a lo que parecían ser vehículos desplazándose a gran velocidad por vías amplias y bien iluminadas. No se había gente como tal, sino las lucecitas de colores que eran los coches, corriendo de un lado a otro de la ciudad, tal vez del mundo.

 Esa extraña visión la calmó un momento pero luego recordó que debía aprovechar el tiempo. De nuevo adentro, pudo ver que todo el apartamento era una sola habitación. La sala estaba en la mitad. A un lado de ella, tras un muro, estaba una cama como enterrada en el suelo. Se veía cómoda pero increíblemente simple. Del otro lado de la sala estaba la cocina y un comedor de sillas altas, todo hecho en cromo y mármol, frío como la noche. La iluminación era mínima, quien sabe por que razón.

 La alarma se hizo escuchar de nuevo. La puerta por la que había entrado apareció de nuevo. Lucía había tenido suficiente por un día. Casi corrió hacia ella y la atravesó. Del otro lado tuvo que esperar en el mismo cuartito que al comienzo, a la misma luz verde.

 Momentos después, caminaba en silencio, con su esposo al lado. No hablaban. El bebía un café que había comprado mientras ella estaba en la tienda. Él no preguntaba nunca por nada pero esta vez, ella lo agradeció. Había sentido y visto demasiado, tal vez más de lo que podía entender.

miércoles, 14 de junio de 2017

El castillo en la colina

   El camino hacia el castillo había sido despejado hacía varias horas por cuerpos móviles de la armada, que habían continuado marchando hacia la batalla. A lo lejos, se oían los atronadores sonidos de las baterías antiaéreas móviles y de los tanques que, hacía solo unas horas, habían destruido la poca resistencia del enemigo en la base de la colina. El pequeño grupo de científicos y expertos de varias disciplinas que venían detrás de los equipos armados, tomaron la ruta que se encaminaba al castillo.

 En el camino no vieron más que los restos de algunos puestos que debían haber estados ocupados por soldados del bando opuesto. En cambio, las ametralladoras y demás implementos bélicos habían sido dejados a su suerte. Era una buena cosa que decidieran entrar al castillo junto a algunos de los hombres armados que los habían acompañado hasta allí. Parecía que el enemigo se estaba ocultando dentro del castillo y no en el camino que conducía hacia él.

 Los historiadores, expertos en arte y demás estuvieron de acuerdo en que no se podía bombardear el castillo. No se le podía atacar de ninguna manera, pues se corría el riesgo de que al hacerlo se destruyera mucho más que solo algunos muros de piedra que habían resistido ochocientos años antes de que ellos llegaran. No se podía destruir para retomar, eso era barbárico. Así que lo mejor que podían hacer era despejar el camino y ahí mirar si el enemigo seguía guardando el lugar o no.

 El camino que subía la montaña tendría un kilometro de extensión, tal vez un poco más. La enorme estructura estaba situada en la parte más alta de la colina, que a su vez tenía una vista envidiable hacia los campos de batalla más allá, hacia el río. Era allí donde la verdadera guerra se haría, pues el enemigo sabía bien que no podía resistir en las montañas o en terrenos difíciles de manejar. El sonido de las explosiones era ya un telón de fondo para los hombres que se acercaban a la entrada principal de la estructura.

 El castillo, según los registros históricos, había sido construido a partir del año mil doscientos para defender la pequeña cordillera formada por una hilera de colina de elevaciones variables, de la invasión de los pueblos que vivían, precisamente, más allá del río. Era extraño, pero los enemigos en ese entonces eran básicamente los mismos, aunque con ciertas diferencias que hacían que se les llamara de otra manera. Cuando llegaron a la puerta, vieron que el puente levadizo estaba cerrado, lo que quería decir que era casi seguro que había personas esperándolos adentro.

 Dos de los soldados que venían con ellos decidieron usar unas cuerdas con sendos ganchos en la punta. Los lanzaron con precisión hacia la parte más alta del muro y allí se quedaron enganchados y seguros. Con una habilidad sorprendente, los dos soldados se columpiaron sobre el foso (de algunos metros de ancho) y al tocar sus pies el grueso muro empezaron a subir por el muro como si fueran hormigas. Verlos fue increíble pero duró poco pues llegaron a la cima en poco tiempo.

 Adentro, los hombres desenfundaron sus armas y empezaron a caminar despacio hacia el nivel inferior. Lo primero que tenían que hacer era abrir el paso para que los demás pudiesen entrar y así tener la superioridad numérica necesaria para vencer a un eventual enemigo, eso sí de verdad había gente en el castillo. El problema fue que ninguno de los soldados conocía el castillo ni había visto plano alguno de la estructura. Así que cuando vieron una bifurcación en el camino, prefirieron separarse.

 Uno de los dos llegó a la parte del puente en algunos minutos y fue capaz de accionar la vieja palanca para que el puente bajara. Despacio, los expertos, sus equipos y los demás soldados pudieron pasar lentamente sobre el grueso pontón de madera que había bajado para salvar el paso sobre el foso. Sin embargo, el otro soldado todavía no aparecía. El que había bajado el puente explicó que se habían separado y que no debía demorar en aparecer puesto que él había llegado a la entrada tan deprisa.

 Sin embargo, algo les heló la sangre y los hizo quedarse en el lugar donde estaban. Un grito ensordecedor, potenciado por los muros y pasillos del castillo, se escuchó con fuerza en el patio central, donde todos acababan de entrar. El grito no podía ser de nadie más sino del soldado que había tomado un camino diferente. Pero fue la manera de gritar lo preocupante pues el aire mismo parecía haber sido cortado en dos por la potencia del sonido. Incluso cuando terminó, pareció seguir en sus cuerpos.

 Los soldados se armaron de valor. Sacaron armas y prosiguieron por la escalera que había utilizado el que les había abierto. Los llevó hacia la bifurcación y tomaron el camino que debía haber seguido el soldado perdido. Caminaron por un pasillo interminable y muy húmedo hasta que por fin dio un giro y entonces vieron una habitación enorme pero mal iluminada. Esto era muy extraño puesto que a un costado había una hilera de hermosas ventanas que daban una increíble vista hacia los campos y, más allá, el río de donde venían atronadores sonidos.

 De repente, se escuchó el ruido de algo que arrastran. Mientras la mayoría de los soldados, que eran unos quince, miraban el ventanal opaco, ocurrió que el que les había bajado el puente ya no estaba. Había guardado la retaguardia pero ahora ya no estaba con ellos sino que simplemente se había desvanecido. El lugar era un poco oscuro así que uno de los hombres sacó una linterna de baterías y la apunto al lugar de donde venían. El pobre soldado soltó un grito que casi le hace soltar la linterna.

 En el suelo, había un rastro de sangre espesa y oscura. Pero eso no era lo peor: en el muro, más precisamente donde había un giro que daba a la bifurcación, había manchas con formas de manos, hechas con la misma sangre que había en el suelo. Lo más seguro, como pensaron todos casi al mismo tiempo, era que el soldado que los había encaminado a ese lugar ahora estaba muerto. El enemigo sin duda estaba en el lugar, de eso ya no había duda. Lo raro era que no los hubiesen escuchado.

 Uno de los soldados revisaba la sangre en el suelo, tomando prestada la linterna de su compañero. Con algo de miedo, dirigió el haz de luz sobre su cabeza y luego al techo del pasillo que había recorrido. No había nada pero algo que le había hecho sentir que, lo que sea que estaban buscando ahora, estaba en el techo. Una sensación muy rara le recorrió el cuerpo, haciéndolo sentir con nauseas. Su malestar fue interrumpido por algunos gritos. Pero no como él de antes.

 Tuvieron que volver casi corriendo al patio inferior, pues los gritos eran de alerta, de parte de los científicos y demás hombres que se habían quedado abajo. El líder de los soldados bajó como un relámpago, algo enfurecido por lo que estaba pasando, al fin y al cabo tenía dos hombres menos en su equipo y no tenía muchas ganas de ponerse a jugar al arqueólogo ni nada por el estilo. Cuando llegó al patio estaba listo para reprenderlos a todos pero las caras que vio le dijeron que algo estaba mal.


 Uno de los hombres mayores, un historiador, le indicó el camino a un gran salón que tenía puerta sobre el patio central. Los hombres habían logrado abrir el gran portón pero lo habían cerrado casi al instante. El líder de los soldados preguntó la razón. La respuesta fue que el hombre mayor ordenó abrir de nuevo. Del salón, salió un hedor de los mil demonios, que hizo que todos se taparan la cara. La luz de la tarde los ayudó entonces a apreciar la cruda escena que tenían delante: unos treinta cuerpos estaban un poco por todas partes, mutilados y en las posiciones más horribles. Sus uniformes eran los que usaba el enemigo. De repente estuvo claro, que algo más vivía en el castillo.

viernes, 24 de marzo de 2017

Valle del misterio

   Tranquilos, los caballos pastaban libres por todo el campo. Era una hermosa superficie ondulada y llena de verde, con flores en algunos puntos y charcos formados por la lluvia de la noche anterior. El lugar era como salido de un sueño, con las montañas de telón de fondo y el bosque bastante cerca, con muchos misterios y encantos por su cuenta. Era una zona remota, en la que pocos se interesaban. Sin embargo, fue el primer lugar donde se experimentó el fenómeno que se repetiría a través del mundo.

 Sucedió una noche en la que no había una sola nube en el cielo. Los caballos, de los pocos salvajes que todavía existían en el mundo, dormitaban en la pradera, muy cerca unos de otros. La única vivienda cercana era la de un viejo guardabosques llamado Arturo. Esa noche, como todas, había calentado agua antes de dormir y con ella había llenado una bolsa para poder calentarse mientras dormía. Así que cuando se despertó de golpe durante la noche, naturalmente pensé que había sido culpa de la bolsa.

 Pero eso no tenía nada que ver con lo que sucedía. Lo que despertó a Arturo fue un estruendo proveniente del campo abierto que estaba no muy lejos de su casa. Él era un poco sordo, así que el sonido debía haber sido de verdad un escandalo para despertarlo como lo hizo. Al comienzo pensó que era la bolsa y, cuando se dio cuenta que estaba fría, pensó que había sido una pesadilla la que lo había despertado. Justo cuando se estaba quedando dormido de nuevo, el sonido se repitió.

  Era muy extraño y difícil de describir. Los años de experiencia de Arturo les decían que lo que no podía descifrar era de seguro peligroso, tanto para él como para las criaturas que cuidaba en el pequeño valle. Así que decidió ponerse de pie, vestirse con botas, chaqueta y pantalones gruesos y terciarse su escopeta, la que solo usaba para asustar a los cazadores furtivos y a las criaturas que querían comerse a los animales de la zona. Al abrir la puerta, se dio cuenta del que la temperatura había bajado varios grados.

 Caminando despacio, subiendo la colina hacia la planicie donde pastaban los caballos, Arturo pensó que lo de la temperatura no era normal pero tampoco era lo más usual del mundo, sobre todo para la época. Se suponía que para ese momento del año, los vientos fríos debían calmarse un poco para dar el paso al verano, que prometía ser bastante caluroso. Pero tal vez este año los glaciares de las montañas que rodeaban la planicie no habían cedido tanto como otros años al calor y por eso hacía tanto frío. Era una explicación simple pero por ahí debía de ser.

 Al llegar a la parte superior de la colina, donde empezaba la planicie, Arturo vio los grupos de caballos que dormitaban tranquilamente, en grupos de unos cinco, bien cerca unos de otros, al parecer en paz. El ruido no se había repetido y de nuevo pensó que tal vez lo había soñado. Al fin y al cabo ya no era un hombre joven como cuando había iniciado sus labores y podía pasarle que se imaginara cosas o que su mente prefiriera estar medio dormida que con los pies plantados en la realidad.

 Mientras pensaba, sucedió algo que no se había esperado: empezó a nevar. Al comienzo fueron copitos translucidos que se deshacían con facilidad. Pero luego fueron más gruesos y se iban quedando pegados a la ropa. Ver lo que sucedía era increíble puesto que en el valle prácticamente nunca había nevado. Definitivamente algo raro tenía que estar pasando pero Arturo no tenía la respuesta para nada de ello. Era un misterio que no sabía si estaba en capacidad de resolver.

 Caminó hacia el grupo de caballos más cercano. Quería ver como respondían los animales a semejantes condiciones tan extrañas. No sabía si ellos habían experimentado jamás algo así. Pero sabiendo que la mayoría habían nacido durante su vida, era poco probable que alguno de ellos hubiese visto un solo copo de nieve con anterioridad. Cuando llegó al lado del grupito de siete caballos, Arturo volvió a quedarse como congelando, viendo como la nevada aumentaba.

 Fue entonces que se dio cuenta: los caballos no se movían. Para ese momento ya debían de haber movido la cola, las orejas y algunos tenían que haberse puesto de pie, sobre todo los pequeños que tenían una piel más sensible. Pero nada de eso ocurrió. Arturo se acercó más y se dio cuenta que todos los animales tenían los ojos abiertos y parecían estar mirando al infinito. El guardabosques los acarició y les dio palmaditas en el lomo pero nada de eso tuvo el efecto deseado.

 Tenía que hacer la última prueba. Arturo tomó la escopeta entre sus manos, apuntó a un lugar lejano y disparó. No sucedió nada excepto una sola cosa: no escuchó el sonido del disparo. Cuando se dio cuenta, soltó la escopeta y entonces su mente cayó en la cuenta de que no había escuchado su propia respiración desde hacía varios minutos. Era como si todo el lugar donde estaba ahora fuese parte de un televisor al que le han quitado por completo el volumen. Gritó varias veces para comprobar la situación pero no había duda alguna de lo que ocurría.

 Arturo estaba histérico pero trató de respirar profundo para calmarse. La situación que estaba pasando era sin duda bastante extraña pero eso no quería decir que no tuviese solución. Y para encontrar esa solución, tenía que calmarse y seguir caminando hasta que viera evidencia de lo que sea que podía haber causado semejante fenómeno. Sin duda tenía que ser algo muy extraño pues el hecho de quedarse sin sonido era algo que iba más allá de ser un simple misterio.

 Caminó más, pisando el suelo ya cubierto de nieve. El verde de la colina había desparecido casi por completo. Lo que no había cambiado era el cielo, sin una nube y con miles de millones de estrellas brillando allá arriba. Era una imagen hermosa, eso sin duda. Pero de todas maneras no era lo normal. Arturo sabían bien que ni la nieve, ni la falta de sonido, ni las noches despejadas como esa eran algo frecuente en la zona. Había vivido por mucho tiempo allí para saber como eran las cosas.

 Atravesó el campo de nieve. Se detuvo cuando se dio cuenta que la planicie terminaba y las colinas se ponían cada vez más onduladas, hasta convertirse e el abismo que conocía de toda la vida. Se detuvo allí y solo vio oscuridad. A pesar de la luz de la luna que pasaba sin filtro, lo que había abajo era difícil de ver, incuso parecía más oscuro que de costumbre. Sus ojos empezaban a cansarse, así como su mente que ya no era la misma de antes, ya no podía soportar tanto.

 Fue entonces que sintió una vibración por todo el cuerpo. Debía de ser un sonido extraordinario el que causaba semejante temblor. Por un momento se quedó quieto, esperando a que pasara algo más, pero cuando vio que no pasaba nada, miró hacia el cielo y fue entonces cuando vio como una de las estrellas más brillantes parecía despegarse del cielo y empezaba a caer en cámara lenta. Arturo estaba paralizado, mirando fijamente como la estrella se movía directamente hacia él.


 En un tiempo que pudo haber sido de pocos segundos o varias horas, la estrella se acercó al punto donde estaba Arturo y se posó encima de él. Paralizado por el miedo, el hombre no podía mirar hacia arriba para detallar que era lo que en verdad estaba viendo. Sin embargo, podía percibir movimiento a su alrededor. A pesar de solo estar mirando hacia el frente, podía sentir que había una presencia cerca de él. Cuando sintió presión sobre su cuerpo, quiso gritar a todo pulmón pero no salió nada de él. Se dio cuenta que había quedado igual que los caballos de la pradera. La única diferencia es que él no se quedó donde estaba. Algo lo alejó del valle, en un solo instante.