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viernes, 24 de marzo de 2017

Valle del misterio

   Tranquilos, los caballos pastaban libres por todo el campo. Era una hermosa superficie ondulada y llena de verde, con flores en algunos puntos y charcos formados por la lluvia de la noche anterior. El lugar era como salido de un sueño, con las montañas de telón de fondo y el bosque bastante cerca, con muchos misterios y encantos por su cuenta. Era una zona remota, en la que pocos se interesaban. Sin embargo, fue el primer lugar donde se experimentó el fenómeno que se repetiría a través del mundo.

 Sucedió una noche en la que no había una sola nube en el cielo. Los caballos, de los pocos salvajes que todavía existían en el mundo, dormitaban en la pradera, muy cerca unos de otros. La única vivienda cercana era la de un viejo guardabosques llamado Arturo. Esa noche, como todas, había calentado agua antes de dormir y con ella había llenado una bolsa para poder calentarse mientras dormía. Así que cuando se despertó de golpe durante la noche, naturalmente pensé que había sido culpa de la bolsa.

 Pero eso no tenía nada que ver con lo que sucedía. Lo que despertó a Arturo fue un estruendo proveniente del campo abierto que estaba no muy lejos de su casa. Él era un poco sordo, así que el sonido debía haber sido de verdad un escandalo para despertarlo como lo hizo. Al comienzo pensó que era la bolsa y, cuando se dio cuenta que estaba fría, pensó que había sido una pesadilla la que lo había despertado. Justo cuando se estaba quedando dormido de nuevo, el sonido se repitió.

  Era muy extraño y difícil de describir. Los años de experiencia de Arturo les decían que lo que no podía descifrar era de seguro peligroso, tanto para él como para las criaturas que cuidaba en el pequeño valle. Así que decidió ponerse de pie, vestirse con botas, chaqueta y pantalones gruesos y terciarse su escopeta, la que solo usaba para asustar a los cazadores furtivos y a las criaturas que querían comerse a los animales de la zona. Al abrir la puerta, se dio cuenta del que la temperatura había bajado varios grados.

 Caminando despacio, subiendo la colina hacia la planicie donde pastaban los caballos, Arturo pensó que lo de la temperatura no era normal pero tampoco era lo más usual del mundo, sobre todo para la época. Se suponía que para ese momento del año, los vientos fríos debían calmarse un poco para dar el paso al verano, que prometía ser bastante caluroso. Pero tal vez este año los glaciares de las montañas que rodeaban la planicie no habían cedido tanto como otros años al calor y por eso hacía tanto frío. Era una explicación simple pero por ahí debía de ser.

 Al llegar a la parte superior de la colina, donde empezaba la planicie, Arturo vio los grupos de caballos que dormitaban tranquilamente, en grupos de unos cinco, bien cerca unos de otros, al parecer en paz. El ruido no se había repetido y de nuevo pensó que tal vez lo había soñado. Al fin y al cabo ya no era un hombre joven como cuando había iniciado sus labores y podía pasarle que se imaginara cosas o que su mente prefiriera estar medio dormida que con los pies plantados en la realidad.

 Mientras pensaba, sucedió algo que no se había esperado: empezó a nevar. Al comienzo fueron copitos translucidos que se deshacían con facilidad. Pero luego fueron más gruesos y se iban quedando pegados a la ropa. Ver lo que sucedía era increíble puesto que en el valle prácticamente nunca había nevado. Definitivamente algo raro tenía que estar pasando pero Arturo no tenía la respuesta para nada de ello. Era un misterio que no sabía si estaba en capacidad de resolver.

 Caminó hacia el grupo de caballos más cercano. Quería ver como respondían los animales a semejantes condiciones tan extrañas. No sabía si ellos habían experimentado jamás algo así. Pero sabiendo que la mayoría habían nacido durante su vida, era poco probable que alguno de ellos hubiese visto un solo copo de nieve con anterioridad. Cuando llegó al lado del grupito de siete caballos, Arturo volvió a quedarse como congelando, viendo como la nevada aumentaba.

 Fue entonces que se dio cuenta: los caballos no se movían. Para ese momento ya debían de haber movido la cola, las orejas y algunos tenían que haberse puesto de pie, sobre todo los pequeños que tenían una piel más sensible. Pero nada de eso ocurrió. Arturo se acercó más y se dio cuenta que todos los animales tenían los ojos abiertos y parecían estar mirando al infinito. El guardabosques los acarició y les dio palmaditas en el lomo pero nada de eso tuvo el efecto deseado.

 Tenía que hacer la última prueba. Arturo tomó la escopeta entre sus manos, apuntó a un lugar lejano y disparó. No sucedió nada excepto una sola cosa: no escuchó el sonido del disparo. Cuando se dio cuenta, soltó la escopeta y entonces su mente cayó en la cuenta de que no había escuchado su propia respiración desde hacía varios minutos. Era como si todo el lugar donde estaba ahora fuese parte de un televisor al que le han quitado por completo el volumen. Gritó varias veces para comprobar la situación pero no había duda alguna de lo que ocurría.

 Arturo estaba histérico pero trató de respirar profundo para calmarse. La situación que estaba pasando era sin duda bastante extraña pero eso no quería decir que no tuviese solución. Y para encontrar esa solución, tenía que calmarse y seguir caminando hasta que viera evidencia de lo que sea que podía haber causado semejante fenómeno. Sin duda tenía que ser algo muy extraño pues el hecho de quedarse sin sonido era algo que iba más allá de ser un simple misterio.

 Caminó más, pisando el suelo ya cubierto de nieve. El verde de la colina había desparecido casi por completo. Lo que no había cambiado era el cielo, sin una nube y con miles de millones de estrellas brillando allá arriba. Era una imagen hermosa, eso sin duda. Pero de todas maneras no era lo normal. Arturo sabían bien que ni la nieve, ni la falta de sonido, ni las noches despejadas como esa eran algo frecuente en la zona. Había vivido por mucho tiempo allí para saber como eran las cosas.

 Atravesó el campo de nieve. Se detuvo cuando se dio cuenta que la planicie terminaba y las colinas se ponían cada vez más onduladas, hasta convertirse e el abismo que conocía de toda la vida. Se detuvo allí y solo vio oscuridad. A pesar de la luz de la luna que pasaba sin filtro, lo que había abajo era difícil de ver, incuso parecía más oscuro que de costumbre. Sus ojos empezaban a cansarse, así como su mente que ya no era la misma de antes, ya no podía soportar tanto.

 Fue entonces que sintió una vibración por todo el cuerpo. Debía de ser un sonido extraordinario el que causaba semejante temblor. Por un momento se quedó quieto, esperando a que pasara algo más, pero cuando vio que no pasaba nada, miró hacia el cielo y fue entonces cuando vio como una de las estrellas más brillantes parecía despegarse del cielo y empezaba a caer en cámara lenta. Arturo estaba paralizado, mirando fijamente como la estrella se movía directamente hacia él.


 En un tiempo que pudo haber sido de pocos segundos o varias horas, la estrella se acercó al punto donde estaba Arturo y se posó encima de él. Paralizado por el miedo, el hombre no podía mirar hacia arriba para detallar que era lo que en verdad estaba viendo. Sin embargo, podía percibir movimiento a su alrededor. A pesar de solo estar mirando hacia el frente, podía sentir que había una presencia cerca de él. Cuando sintió presión sobre su cuerpo, quiso gritar a todo pulmón pero no salió nada de él. Se dio cuenta que había quedado igual que los caballos de la pradera. La única diferencia es que él no se quedó donde estaba. Algo lo alejó del valle, en un solo instante.

lunes, 3 de octubre de 2016

Bajo la neblina

   Cuando se despertó, estaba en un mundo muy distinto al que recordaba. Todo parecía cubierto por una espesa neblina y sentía que cualquier cosa podría estar allí, esperándolo, poco pasos más allá de donde estaba. Había estado acostado en el suelo, lo que parecía ser una calle. Se levantó con cuidado, pues lo invadió de pronto un dolor en todo el cuerpo que casi lo derriba de nuevo al piso. Se sintió algo mareado e incluso tuvo ganas de vomitar. Pero se resistió. Se pasó una mano por la panza y terminó de ponerse de pie.

 La neblina hacía que cerrara los ojos con frecuencia. Parpadear era la respuesta obvia a semejante situación en la que había luz pero no servía de nada. Estiró las manos para ver si la neblina era sólida en algún punto, pues lo parecía, pero esta se desvaneció tan pronto sus dedos se encontraron con ella. Tenía miedo. Sus manos empezaron a temblar y no era solo por el frío que sentía sino porque no tenía ni idea de lo que iba a pasar después. No sabía que había más allá de ese fenómeno climático extraño. Parecía mejor quedarse allí.

 Sus piernas se movieron primero, casi independientes de todo el cuerpo. De alguna manera, sentía que era importante empezar a moverse y no quedarse en el mismo sitio de siempre. Así que caminó de frente, teniendo cuidado con no estrellarse contra nada. Estiraba las manos para evitar postes y otras estructuras de varios materiales que había por todo el espacio. Lo raro fue cuando se estrello con otra cosa pero esta era algo más blanda que el resto. De hecho, cuando sus ojos se ajustaron a la luz y la neblina, se dio cuenta de que había sido una persona.

 Dicha persona no se quedó a charlar sino que siguió su camino como si nada hubiese pasado. Cuando él se dio cuenta de que había tenido a otro ser humano tan cerca, quiso seguirlo y pedirle ayuda o decir algo, lo que fuera. Pero eso fue imposible: la persona se había ido en un momento y no tenía sentido perseguir a nadie por entre la neblina, Podía incluso ser muy peligroso. Así que siguió su camino a lo largo de una calle y no se detuvo hasta que un edificio le cerró el paso. Caminó por el lado del mismo y entonces encontró un gran aviso con la palabra “hotel”.

 A un lado del aviso el hombre pudo escuchar un ruido. Eran voces. Se acercó con cuidado y se dio cuenta de que era una puerta. Entró al edificio empujando con demasiada fuerza la puerta, lo que casi le hice caer al suelo. No lo hizo porque uno de sus manos seguía apretando el asa de la puerta. Cuando se incorporó, se dio cuenta que adentro del hotel no había neblina y que podía ver como una persona normal, sin necesidad de estirar los brazos o de adivinar que pasaba delante de él.

 El espacio delante de él era muy grande y, hay que decirlo, hermoso. Casi todo estaba hecho de madera. En las paredes ese material parecía salirse, convirtiéndose en varias formas que algunos artistas seguramente habían creado con la intención de darle un toque mágico a la primera planta del edificio. Los adornos eran también espectaculares: escaleras rematadas con metales preciosos, joyas en el techo, en candelabros y lámparas y varios cuadros y esculturas, casi todas de seres humanos a los que le faltaba alguna parte de su cuerpo.

 Lo siguiente que vio fue a los hombres y a las mujeres. Era raro que no hubiese sido lo primero en su lista de lo que veía pero es que el lugar era tan impresionante que era difícil saber adonde mirar. Las personas que había allí parecían estar cada una haciendo lo suyo. Que él viera, no había nadie interactuando, ni siquiera los que estaban apostados en la recepción. Él se les acercó y les habló, pidiéndoles ayuda ya que no sabía donde estaba ni porqué. Pero ellos ni se inmutaban. Estaban concentrados en sus computadores.

 Se acercó entonces a un pequeño bar que había a un lado. Algunas personas tomaban un trago y otros fumaban o leí el periódico. De nuevo, no interactuaban entre sí. Parecía que se ignoraban los unos a los otros intencionalmente. Él trató de hablar con un par de personas pero no le hicieron el mínimo caso. Estuvo tentado a golpearlos en la cara o a gritarles pero la verdad era que no sentía la fuerza para hacer nada de eso.  Desde que se había despertado en el suelo, en la calle, su cuerpo se sentía débil, incapaz de pelear si fuese necesario.

 Salió de la zona del bar y se cruzó frente a casi todos los huéspedes y trabajadores del hotel que pudo encontrar en el primer piso. Incluso se metió a las cocinas y a la zona de calderas pero en ningún momento le prohibieron el paso ni le pusieron atención. En un momento pensó que era invisible y la gente simplemente no lo veía pero luego se dio cuenta que eso no explicaba porqué no se hablaban entre ellos. No sabía que hacer, estaba desesperado y no encontraba un camino fuera de esa situación de locos en la que no sabía como se había metido.

 Determinado, subió a uno de los pisos de habitaciones en ascensor y decidió actuar como un loco: tocando cada puerta para ver quién le abría y le hablaba. Aunque al comienzo nadie salía, después algunas personas empezaron a abrir sus puertas. Pero no parecían dispuestos a ayudar sino que parecían muy enojados. Al parecer no les gustaba en lo más mínimo que alguien se metiera con la paz que había en aquel rincón del mundo. No gritaban ni nada parecido pero era obvio que él no era bienvenido.

 Para evitar un incidente, salió del hotel lo más pronto que pudo. Caminó un rato sin darse cuenta que estaba entre la neblina y que no tenía ni idea hacia donde había ido y porqué. Cuando dejó de pensar en las caras de las personas del hotel, se dio cuenta que había llegado a un parque. Se sentó en el pasto y miró hacia arriba: el sol estaba casi sobre su cabeza, brillando de manera débil sobre el mundo. Estaba muy confundido. Parecía que la gente se negaba a ver la realidad pero no tenía sentido el porqué. Y no lo entendería si no hablaban con él.

 Se dio cuenta que la única reacción obtenida había sido al hacer algo fuera de lo común así que se dio cuenta que si quería salir de allí debía hacerlo de una manera tan alocada que las personas tendrían que reconocer su existencia o dejarlo destruir su tranquilidad y parecía que eso no les gustaba nada. Era obvio que si seguía sus actitudes, estaría atrapado bajo la neblina por mucho tiempo, quién sabe cuanto. La única respuesta factible era salirse de la norma y tratar de sacarlos de su zona de confort, moviendo el eje de su mundo.

 Sin pensarlo dos veces, el hombre se puso de pie y empezó a quitarse, una a una, sus prendas de vestir. Primero la camisa y luego la camiseta que llevaba debajo. Luego el cinturón, los pantalones y antes de eso los zapatos, que lanzó tan lejos como pudo. Cuando estuvo en ropa interior dudó un poco de su plan. De pronto lo estaba haciendo por las razones erróneas. Tal vez sí era lo mejor seguirles la cuerda. Pero entonces, allí entre la neblina, vio que una mujer lo miraba asustada. Temblaba de arriba a bajo y tenía a un niño cogido de su mano. Esa fue la señal.

 Con un movimiento rápido se quitó los calzoncillos y los lanzó en dirección a la mujer que no gritó pero pareció haberlo hecho. Así como estaba, empezó a caminar en línea recta, sin importar por donde pisaran sus pies. Evitaba algunos objetos pero de resto miraba hacia delante y trataba de pensar que más podías hacer. Bailar serviría pero para eso tendría que detenerse y eso no parecía buena idea. De la nada, le vino la idea a la mente: empezó a silbar, al ritmo de una canción que recordaba de hacía muchos años.


 La neblina pareció empezar a desvanecerse, al mismo tiempo que el sol empezaba a bajar en el cielo. Pronto, el hombre pudo ver mejor su camino y a la gente que lo miraba de un lado y de otro. Siguió silbando y luego decidió cantar, elevando su voz al máximo que le era posible. Una zona sin neblina se había creado. En un momento escuchó una risa. Y después otra más. Y después otras voces que cantaban más canciones y que hablaban. No eran todo pero eran muchos. Él no sabía que era lo que había hecho pero estaba seguro de que era lo correcto.

miércoles, 31 de agosto de 2016

A oscuras

   Las gruesas gotas que lluvia que cayeron esa tarde fueron suficientes para despertarme. Sin querer, me había quedado dormido a la mitad de una película. Tenía las arrugas de la sabana marcadas en mi cara y parecía que ya era bastante tarde, muy tarde para en verdad aprovechar lo que quedaba del día. Por el cansancio particular que sentía todas las tardes, me había perdido de nuevo de la mitad del día. Lo que menos me gustaba del caso es que, en algún punto de la noche, debía obligarme a dormir.

 Me puse de pie, cerré el portátil y me acerca a la ventana más cercana. Afuera no se veía nada. Estaba muy oscuro y solo se oían los constantes truenos y relámpagos que eran algo muy común de estas tormentas. Cada cierto tiempo un trueno iluminaba la noche y marca un espacio por un momento pero después cambiaba de sitio y jamás era lo mismo en toda la noche.

 Caminé en la oscuridad al baño, donde oriné tratando de despertarme por completo pero me di cuenta que, al menos en parte, eso no era posible. No porque estuviese cansado ni nada por el estilo sino porque siempre habían partes y cosas que yo no conocía, pequeñas sorpresas que mantenían siempre ocupado. Intenté usar agua para despertarme y eso fue lo único que funcionó, a medias porque al salir del baño patee sin querer el guarda escobas, lo que me causó un gran dolor. 

 Caminé a la cocina medio cojeando y allí busqué algo de comer pero no había casi nada. Lamentablemente, ninguno de mis clientes me había pagado hasta ahora y sin ese dinero no tenía absolutamente nada. Tomé lo último de jamón y de queso que tenía, sin la mantequilla que me encantaba, y me hice un sándwich con un pan duro que encontré en la alacena. Me dolió la mandíbula después de comer pero definitivamente eso era mejor que aguantar hambre y yo tenía mucha.

 Comí en silencio y a oscuras. No quería prender la luz porque me había quedado dormido en la oscuridad y sabía que mis ojos se habían acostumbrado a esa cantidad de luz.  Si prendía las luces de la casa, sería demasiado para mis ojos y dormir de nuevo sería casi imposible. Por eso me quedé un largo rato en la oscuridad después de comer mi sándwich, pensando sobre todo y nada.

 La verdad, el tema del dinero me tenía pensativo. Normalmente yo pedía un adelante siempre que hacía trabajos para la gente pero esta vez el cliente no había podido hacer eso por mi pero no era suficiente razón para negarle mis servicios. Al fin y al cabo que necesitaba el trabajo. Y ahora estaba terminado y la persona no aparecía. No era la primera vez y no sería la última, no con la gente como es.

 Decidí volver a mi habitación y tomar la billetera. No tenía mucho, más bien casi nada allí. Solo algunas monedas, nada importante. En el cajón en el que guardaba todo, mi caja de seguridad en cierto modo, tenía un billete que había pasado por alto o, mejor dicho, que había dejado para emergencias como un accidente o algo por el estilo. Pero ya que no me había pasado nada en tanto tiempo, decidió arriesgarme. El hambre que tenía era enorme y prefería vivir ahora y no después, si es que eso tiene razón.

 Mi barrio es algo oscuro y las luces de la calle no son muy brillantes, lo cual es perfecto para mi. Salí con mi viejo pero confiable paraguas. La tienda a la que iba estaba en la cuadra siguiente. Tomé una pizza congelada y una lata de mi bebida gaseosa favorita. Además, unas galletas de chocolate para comer en otro momento, tal vez antes de dormir.

 Cuando salí de la tienda estaban cerrando. Era medianoche. Tenía mucha suerte al vivir en un barrio lleno de fiestas y jóvenes en el que el comercio abría hasta tarde. Si no hubiera sido por eso no hubiese podido comer como lo hice después, pasada la una de la madrugada. Caminé alegremente bajo la lluvia con mi bolsita de provisiones y fue al cruzar la única calle que tenía que cruzar cuando pasó lo que debía pasarme por vivir distraído o por estar demasiado contento bajo la lluvia.

 Mi pie derecho, por alguna razón, se deslizó mucho hacia delante. Perdí el equilibrio y caí al suelo, en la mitad de la calle. El susto grande no fue ese sino ver que un carro se me acercaba y paraba justo a un metro o menos de donde estaba yo tirado. Me levanté como pude pero no podía apoyar el pie pues me había hecho daño al apoyarlo mal sobre el piso mojado. El del coche no salió a ayudarme ni nada por el estilo. Al contrario, uso el claxon del vehículo para apurarme.

 Mojado y con dolor, tiré la sombrilla a un lado y me puse de pie como pude. El idiota del coche siguió su camino. Quise darme la vuelta e insultarlo y recordarle a su madre con algún insulto, pero no se me ocurrió nada en el momento. Estaba muy ocupado cojeando para apoyarme sobre el muro de un edificio, recogiendo mi bolsa y mi paraguas del piso.

 Allí me quedé un rato, sin pensar en nada, solo en el dolor que sentía. La puerta de mi edificio estaba solo a unos metros pero no me moví hasta pasado un cuarto de hora. La lluvia me caía encima y se mezcló con mis lágrimas. Mi caída había causado que algunos sentimientos guardados de hacía tiempo salieran sin control. Pero los controlé como pude para poder regresar a mi casa y seguir mi noche.

 Apenas entré en la casa, eché la pizza al horno y la bebida al congelador. Abrí el paquete de galletas y me comí un par, como para que el sabor dulce me ayudara para superar el tonto suceso que había acabado de vivir. Me limpie las lagrimas y me senté en el sofá, pensando que era una tontería pensar en mi soledad solo porque me había caído al piso. Porque cuando me puse de pie en la calle, pensé que hubiese sido ideal estar con alguien para que me ayudara y se compadeciera de mi.

 Pero eso jamás lo había tenido y, la verdad, no era algo que hubiese buscado nunca activamente. Por eso llorar por semejante cosa era tan estúpido. Sin embargo me hizo sentir mal, muy solo y patético. Tenía que admitir que pensaba que todo sería mejor con una persona a mi lado, alguien que no me dejara dormir en las tardes, que pudiese abrazar en las noches, que me acompañara a la tienda y que me ayudara a levantarme del suelo si me caía en la mitad de la calle.

 Había vivido ya muchos años pensando que era algo que no quería, que mi libertad era más importante que compartir mi vida con alguien pero ahora me daba cuenta que una cosa no tiene que ver con la otra. Podía haber optado por un poco de ambos. Hay gente que entiende lo de ser libre y es capaz de respetar eso en la vida de alguien más. ¿Porqué me había limitado tanto? ¿Porqué había hecho que las cosas fueran de un color o de otro en mi vida, cuando no tenía porqué ser así?

 El timbre del horno avisando que la pizza ya estaba lista me sacó de mis pensamientos. La saqué y la puse en un plato. Tomé la bebida y me senté en mi mesa de cuatro sillas a comer casi en la oscuridad. Afortunadamente entraba la luz de otros hogares y del tráfico de la calle, lo que era suficiente para poder cortar la pizza y comer con tranquilidad.

 Mientras comía, me daba cuenta que también había estado solo tanto tiempo porque nadie se había interesado en estar conmigo. Es cierto que había decidido no tener nada con nadie pero tampoco era que rechazara a gente todos los días. De hecho, era muy poco común que alguien me dirigiera un piropo o al menos unas palabras amables, claramente coqueteo. Eso solo había pasado un par de veces en mi vida y ambas cuando era muy joven.


 Creo que la gente ve en mi algo que les asusta, algo que les dice que no es seguro acercarse. Tal vez solo quieren estar un rato e irse o ni siquiera acercarse en primer lugar. No sé que es lo que piensan porque casi siempre siento que no me ven, que soy invisible. Pero no importa. Habiendo terminado mi pizza y mi bebida, vuelvo a la cama con las galletas. Gracias al dolor en mi tobillo, me quedo dormido rápidamente.

lunes, 11 de julio de 2016

Aquello en el museo

   A esas horas, ya no había nadie en el museo. Las salas que hasta hace algunos minutos habían estado llenas de turistas y entusiastas del arte, ahora estaban en silencio extremo. El equipo de trabajo del museo estaba reunido en las oficinas del primer piso, por lo que el resto del lugar estaba completamente solo. O eso parecía porque en el tercer piso, del lado oriental, una extraña sombra se formaba en frente de uno de los cuadros más representativos del expresionismo. La sombra era como una imagen distorsionada, como si la realidad tuviese una arruga.

 Pasados cinco minutos, la “arruga” en el aire se hizo mucho más notoria, hasta que tomó forma humana y se solidificó allí mismo, delante de incontables obras de arte que tenían un valor incalculable. En las cámaras de seguridad no aparecía nada porque todo había sido pensado con cuidado, incluso la ropa que vestía el hombre, porque parecía hombre, que apareció de la nada en la mitad del corredor.

 La luz artificial que iluminaba el museo en las últimas horas de apertura todavía estaban encendidas y no se apagarían hasta que la reunión en las oficinas terminara. Por lo que el hombre que había aparecido tenía la mejor visión de todos los cuadros. Pero, por alguna razón, no parecía interesado en ninguno de ellos. Casi sin moverse, como si flotara sobre el suelo, se desplazó por la hermosa galería hasta un ventanal enorme lleno de colores y formas. Con cuidado, miró a través del vidrio.

 El “hombre” tenía los ojos rojos, como si estuvieran siendo consumidos por un fuego increíble. El hecho de que no caminara como la gente normal lo hacía todavía más raro y había algo más: no parecía respirar. Es decir, su pecho no bajaba y subía como el del resto de las personas normales. Estaba quieto todo el rato. Ni siquiera parecía ser capaz de hablar pues no movía la boca para nada. Parecía que la tenía sellada, apretada por alguna razón que nadie entendería.

 Estuvo mirando por entre los vidrios de colores un buen rato hasta que, por fin, las luces del museo se apagaron. Justo después se sintió un zumbido en el aire y la criatura, fuese lo que fuese, supo que los protocolos de seguridad estaban en marcha, por lo que debía apurarse. Incluso si las cámaras no lo detectaban y pudiese evitar los puntos de presión y detectores de movimiento, todavía existían los vigilantes de carne y hueso quienes seguramente lo verían sin problema.

 Todo había sido previsto. La criatura, que parecía tanto un ser humano pero era obvio que no lo era, se desplazó como una pieza de ajedrez hasta el otro lado del corredor, quedando en el nodo donde la gente bajaba o seguía subiendo escaleras. Allí, hizo algo impresionante: atravesó el suelo.

 Su cuerpo apareció en el piso de abajo como si nada. Lo volvió a hacer y entonces estuvo en el primer piso, también sumido en la oscuridad. Flotó con agilidad hasta la recepción del edificio, donde la gente compraba sus entradas y recibían información, y se quedó allí mirando el suelo y todo lo que había a su alrededor. Era obvio que veía algo que los seres humanos comunes y corrientes no podían ver, pues parecía absorto, como procesando una cantidad de información increíble.

 Lo que pasaba era que podía ver las huellas, el rastro biológico dejado por los miles de turistas que habían visitado el museo ese día. Y con solo eso, podía ver sus rostros, reconstruir sus cuerpos y saber quienes eran y en que estaban pensando cuando habían entrado al lugar. Era algo que requería mucha concentración y fortaleza, pues recibir tanto información podía hacer colapsar a cualquiera. Pero la criatura aguantó con facilidad y se alejó de allí de golpe, flotando hacia las oficinas.

 Estas estaban ubicadas en un pasillo restringido a un costado de la tienda de recuerdos. La criatura se desplazó más lentamente por allí, pues parecía sentir algo, como si estuviese recibiendo información mientras caminaba. Pasó de largo una, dos y tres puertas hasta que llegó a una escalera y se quedó quieto. Miró el suelo por unos minutos y entonces, de nuevo, se deshizo en el suelo y atravesó dos pisos como si fuera lo más normal del mundo.

 Ya abajo, en el segundo sótano, se desplazó hacia la puerta marcada: LABORATORIO. Al atravesar la puerta, sintió de golpe algo extraño en su espalda y entonces la expresión de su rostro cambió dramáticamente. Ya no era una expresión calmada y en paz sino más bien una mueca horrible de miedo que parecía no poder controlar. Miró a un lado y a otro y de pronto se lanzó sobre una nevera, al mismo tiempo que se abría la puerta y un vigilante entraba con la pistola en alto.

 El hombre gritó: “¿Quien anda ahí?”, pues estaba seguro que había visto algo, que incluso lo había sentido mientras hacia su ronda por el pasillo. Como estaba oscuro no sabía lo que había sido, pero años de experiencia le decían que no era su imaginación y que no había nada sólido por esos lados que se sintiera como lo que había tocado hacía un rato.

 Apuntó su pistola a cada uno de los objetos del laboratorio, pero no había nada fuera de lo normal. Encendió una pequeña linterna y revisó las mesas, los archiveros, las neveras con especímenes en pruebas e incluso el inmaculado suelo blanco. No había nada. De pronto se lo había imaginado todo pero había sido tan real…

 Apenas salió del lugar, la criatura atravesó de nuevo la nevera para posarse en el centro de la habitación. Volvía a tener su expresión de tranquilidad y se quedó allí, probablemente pensando en su siguiente movimiento. Pero no era pensar lo que hacía, era más analizar sus opciones pues había llegado al lugar que había estado buscando. Volteó a mirar la pantalla de una computadora de mesa apagada y de golpe esta se encendió y pareció operar a máxima velocidad.

 Se abrieron archivos de todo tipo de golpe y parecía que la criatura controlaba todo con su mente, abriendo y cerrando archivos fotográficos, lo que parecían ser reportes de campo, descripciones de objetos y cuadras y demás detalles que debían hacer parte del enorme catalogo del museo. Lo revisó todo en unos minutos y, cuando terminó, supo donde estaba lo que buscaba.

 De un salto, atravesó el techo varias veces hasta llegar al segundo piso. Allí flotó a toda velocidad, pasando por el lado de otro agente de seguridad que estuvo seguro de haber visto una sombra pasar frente a él pero como después no vio nada, lo atribuyó a su nueva dieta que no le permitía comer tanto como antes. La criatura llegó a una sala pequeña, donde habían en exhibición varios objetos de una antigua cultura, cosas como platos, vasijas, armas y utensilios de belleza.

 Los miró con sus ojos rojos fascinado. Estaba cerca de lo que buscaba pero era difícil no distraerse con siglos, tal vez milenios de culturas que no conocía y que hacían de su viaje algo mucho más interesante. Fijó su atención en una abertura muy bien disimulada en uno de los muros de la habitación y, una vez más, cruzó la pared hacia el otro lado. Llegó entonces a un cuarto pequeño y frío, una bodega, donde había dos armarios metálicos y tres cajas de seguridad.

 Las miró con atención y eligió la caja de seguridad que estaba más al a izquierda. No necesitaba combinaciones ni nada por el estilo. Con solo pensarlo era suficiente. Metió la mano en la caja y la sacó con lo que había estado buscando por todo ese rato, con aquello que tanto necesitaban él y su gente para poder sobrevivir en su tiempo.

 Era una moneda maya, de un tamaño más grande del de una moneda normal. Tallado encima estaba el famoso calendario que, para la criatura, develaba todos los misterios que necesitaba responder. Era de suma importancia que llevara ese objeto de vuelta pues era, al parecer, el único que podía ayudarlos para evitar una catástrofe de proporciones apocalípticas.


 De repente, se oyó un disparo y la criatura se sintió de pronto débil. Dejó caer la moneda al suelo, la cual se partió en tres pedazos. Su última visión fue la de un hombre aterrorizado, con una pistola en alto, mirándolo como si fuera alguna clase de monstruo.