Mostrando las entradas con la etiqueta diversión. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta diversión. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de febrero de 2017

Una de esas playas

   Dar el primer paso era lo más difícil de hacer. De ahí en adelante se podía asumir que todo sería mucho más simple, más relajado. El lugar no estaba lleno ni mucho menos, al fin y al cabo que era temprano y la gran mayoría de bañistas estaban todavía en sus casas, preparándose para salir a la playa o todavía algo tomados de la noche anterior. El domingo era el día en que todo el mundo se ponía el traje de baño y se dirigía a las hermosas playas cercanas a la ciudad.

 Yo tomé el tren porque era la única opción. No tenía automóvil y así lo hubiese tenido, creo que no sería muy inteligente salir a manejar después de una noche como esa. Casi nunca salía de fiesta pero como era nuevo en la ciudad decidí hacer algo distinto y no me arrepentía. La había pasado muy bien, incluso había conocido gente y habíamos quedado de buscarnos en la playa al día siguiente. Yo pensaba primero tantear el terreno antes de decidir buscarlos, porque era mi primera vez allí.

 Caminé despacio de la estación hasta la playa, sin poner mucho cuidado en las calles o la gente, más bien pensando en lo que estaba haciendo y en si no sería un paso demasiado lejos. Pero de todas manera seguí caminando como si nada. De pronto me encontré con una tienda y me di cuenta que, al salir con prisa de la casa, no había pensado en llevar nada de comer. La idea era esperar hasta la tarde para almorzar, así que debía aguantar comiendo alguna tontería antes en la playa.

 En la tienda di vueltas por los cuatro pasillos que había buscando galletas o algo así. Compré unas que parecían tener buen sabor y luego me fijé en una nevera en la que estaban alineadas varias ensaladas. También cogí una de esas y finalmente me dirigí adonde estaban las bebidas para escoger algo. Me decidí por un simple jugo de naranja en botella, pues cualquier otra cosa parecía alterar mi estomago, que no estaba precisamente calmado después de tanto alcohol.

 Pagué mis cosas y salí de nuevo hacia la playa, consultando mi celular para saber si iba por el buen camino. Al cabo de unos cinco minutos, no fue necesario saber si iba por el lugar correcto pues llegué a la rambla de la pequeña ciudad y vi la playa extenderse por varios kilómetros al lado de ella. La cosa ahora era caminar un buen tramo, pues la playa que yo buscaba no era ninguna de esas que estaba al lado de la ciudad. Era una un poco más allá, más alejada. Cuando terminó la calle, tuve que tomar un sendero entre las rocas y entonces me di cuenta que no había marcha atrás.

 Fue un momento después de pensar en lo cerca que estaba que pude ver desde arriba la playa que estaba buscando. No era ni grande ni pequeña, del tamaño justo se podría decir. El sol no estaba demasiado fuerte tampoco y mientras caminaba pude ver que había lugar hacia la mitad del terreno. Por un momento olvidé el tipo de lugar que era y casi dejo escapar una risa cuando un hombre pasó por en frente mío completamente desnudo. Tuve que taparme la boca y acelerar el paso.

 Así es, era mi primera vez en una playa nudista. Seguí caminando como si nada pero tengo que confesar que miraba a todos los que estaban allí tomando el sol, hablando o nadando en el mar. Es algo muy curioso eso de ver a la gente haciendo algo tan libre como eso, no es una cosa que se vea todos los días. Cuando llegué al punto que quería, me quité la mochila de la espalda y la dejé caer en la arena. Me senté a su lado y me quedé allí como perplejo, mirando ahora solo al mar.

 Estaba tan fascinado por el color del agua que no me di cuenta que alguien estaba de pie a mi lado. Cuando lo voltee a mirar, me quedé con la boca abierta. Era un hombre que, desde el suelo, se veía como una estatua griega clásica. Su cuerpo era casi como si estuviese tallado, desde sus piernas hasta su cara. Tardé en darme cuenta que no estaba completamente desnudo sino que llevaba uno de esos salvavidas alargados en la espalda. Era el encargado de la playa. Me puse de pie de golpe.

 Me saludo de mano y me preguntó si era mi primera vez allí. Lo hizo con una sonrisa que casi me hace quedarme callado de nuevo pero decidí concentrarme para no hacer más cara de idiota. Le contesté que era así, que acababa de llegar. El tipo asintió, miró al mar y de pronto me miró directo a los ojos. Tenía unos ojos muy claros y penetrantes, por lo que me sentí como si me estuviera viendo el alma, más que el cuerpo. Algo que me dijo que tuve que pedirle que repitiera.

 Lo que me dijo era que estaba prohibido tener ropa puesta en la playa. Solo se podía poner gente ropa al momento de salir y como yo acababa de llegar tenía que hacer exactamente lo opuesto. De repente dejé de mirarlo como lo estaba mirando y me di cuenta de que había llegado la hora de hacer lo que sabía que tenía que hacer. Asentí y le dije que entendía pero él no se movió. Me seguía mirando. Pasó un minuto o tal vez menos, pero se sintió como una eternidad, hasta que por fin el salvavidas se retiró y me dejó “solo” para hacer lo que tenía que hacer.

 Por el lado de que alguien me viera, era ridículo pensarlo: estaba rodeado de personas por todos lados. Lo bueno fue que pude darme cuenta que a ninguno parecía interesarle verme a mi, estaban demasiado ocupados divirtiéndose entre ellos o tomando el solo o haciendo cualquier otra cosa. Como en otras ocasiones en mi vida, había sobreestimado la cantidad de atención que me podrían prestar. Al fin y al cabo que para ellos yo era solo uno más en esa playa, en un día de todo el año.

Así que sin pensarlo mucho, me quité los zapatos deportivos que tenía puestos y luego las medias. A estas últimas las metí en los zapatos después de sacudirlos para quitarles la arena y los guardé en mi mochila. Después le tocó a mi camiseta, que doblé rápidamente y metí en la mochila también. Solo me quedaba quitarme el traje de baño, que me había puesto en mi casa sin razón aparente pues sabía que iba a un lugar donde los trajes de baño no tenían mucho sentido.

 Me puse de pie y lo hice sin miramientos. Cuando estuvo la bermuda en mi tobillos, la tomé y la doblé de manera impecable y la metí en la mochila. De ella saqué entonces mi toalla y mi celular, mi arma infalible para fingir que estaba leyendo algo o haciendo algo que no fuera ponerle atención a otros bañistas. También servía para no concentrarme en mi propia desnudez pública, cosa que, me di cuenta al instante, no me molestaba para nada. Es más, me sentía cómodo.

 Me puse a leer un articulo de verdad en el celular y cuando estaba muy concentrado sentí de nuevo la presencia de alguien cerca de mí. Voltee a mirar y me di cuenta que era uno de los amigos que había hecho la noche anterior. Era italiano y tenía los ojos igual de brillantes que el salvavidas. Nos saludamos de mano. Me dijo que acababa de llegar y que podía ser que sus amigos no vinieran pues estaban muy cansados. Empezamos a hablar de todo un poco, de lo que no hablamos la noche anterior.

 Pasadas las horas tuve que ponerme bloqueador solar pues los rayos del sol parecían potentes. Nos ayudamos mutuamente en esta labor con mi nuevo amigo. Sí, era algo un poco extraño pero la verdad no más que la vida común y corriente.


 Más tarde nadamos un poco e incluso jugamos cartas. Perdí casi todas las veces pero fue divertido. Cuando fue hora de irnos, decidimos ir a comer algo juntos. Mientras nos poníamos la ropa, sin embargo, me dijo algo que no esperaba: “Me gusta tu cuerpo”. Mi cara estuvo roja todo el resto del día.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Los detalles

   Siempre era lo mismo: pasaban una velada inolvidable el uno con el otro, pero cuando todo terminaba y era hora de ir a casa para uno de ellos, las medias parecían haber tomado vida pues en cada ocasión era casi imposible encontrarlas. No sabían muy bien como era que hacían cada vez que estaban juntos y se quitaban la ropa, pero las medias del que no vivía en el sitio siempre iban a dar bien lejos, casi como si las pusieran a propósito en algún lugar lejano, por alguna extraña razón.

 Podía parecer una tontería, pero siempre gastaban demasiado tiempo para ponerse las medias y era así como llegaban tarde a compromisos previos y debían explicarse o les daba alguna gripe de la noche a la mañana por andar descalzos por ahí mucho tiempo. Era inaudito que eso pasara mientras tenían relaciones sexuales, pero ya había pasado más de una vez en lo corrido del año que llevaban de conocerse y todo indicaba que la situación iba a ocurrir de nuevo y después otra vez.

 Matías era el que siempre perdía ambos calcetines, no solo uno sino los dos. Le hacía gracia la situación pues nunca recordaba haberse quitado las medias conscientemente. Era como si se le salieran solas, como si no se sostuvieran en sus piernas o tuviera los pies embarrados de mantequilla. Pensaba también que podía ser el sudor causado por el “ejercicio” pero la verdad esa parecía una conclusión demasiado exagerada. Lo más probable es que se le cayeran las medias y listo.

 David, por otro lado, sí que se las quitaba conscientemente pero siempre lo hacía en el peor momento, es decir que lo hacía de prisa pues nunca se acordaba de hacerlo antes para que no interrumpiera sus momentos de amor. Eso se debía a que su memoria era bastante regular y no había manera de que se acordara de que debía hacer las cosas en un momento y no en otro. Era algo que le sucedía siempre, en todos los aspectos de su vida. Era horrible tenerlo adelante en una fila para pagar algo, por ejemplo.

 Sin embargo, así con medias que se deslizan y mala memoria, los dos se amaban muchísimo. Hacían el amor así, de manera tempestuosa y casi salvaje al menos una vez por semana. Era lo que les permitía sus vidas laborales y sociales, pues debían seguido ver a sus familia y hacerse responsables de muchas cosas que habían ido adquiriendo a lo largo de la vida, como la responsabilidad de mantener un hogar, mantener su trabajo y de ayudar a sus familias económicamente. Una razón por la cual se habían conocido y juntado era precisamente que eran muy similares en muchos sentidos.

 Afortunadamente, eran muy diferente en otros muchos puntos, lo que equilibraba todo para que no se convirtieran en una pareja repetitiva y aburrida. Muy al contrario, siempre que se veía trataban de que los momentos fueran especiales y se empeñaban, tanto Matías como David, en aprender un poco más del otro cada vez que se veían. Temas como las medias y la memoria siempre salían a relucir, porque eran temas fáciles, entretenidos y que los unían al mismo tiempo que los hacía diferentes el uno del otro.

 Para la primera Navidad que pasaron juntos, Matías le compró a David una de esas tablas para la cocina donde se puede escribir lo que falta en la alacena y la nevera. Y David le compró a Matías unas medias que llegaban a la rodilla y que se suponía no se bajaban con nada, no importara que era lo que la persona se ponía a hacer mientras tuviese los calcetines puestos. Cada uno fue muy feliz con su regalo pero tal vez David disfruto más el que le compró a Matías, pues los dos podían sacar provecho de diferentes maneras.

 Lamentablemente, las medias hasta la rodilla no se quedaron allí toda la noche. Como siempre, al otro día, estaban en el suelo: una debajo de la cama y la otra de alguna manera estaba en el baño. El tablero de la cocina, por su lado, fue usado por una semana hasta que a David simplemente se le olvidó que existía y solo volvía a usar cuando Matías venía a su casa y le decía que escribiera determinado articulo que debía comprar. Eran buenos regalos pero los dos hombres, al parecer, se imponían sobre ellos.

 Sin embargo, todas esas situaciones formaban momento que ambos disfrutaban mucho. Por eso siguieron viéndose por un largo tiempo, empezando a quedarse por temporadas un poco más largas en la casa del otro. Un fin de semana Matías se quedaba en el apartamento de David y el siguiente fin de semana hacían lo contrario. Oficialmente lo hacían para ahorrar en transporte y gasolina pero la verdad era que se estaban dando cuenta que ya no podían vivir el uno sin el otro.

 Era ya necesario que estuviesen sumergidos en las costumbres del otro. A Matías no solo se le caían las medias, también tenía muy buena mano para la cocina y era pésimo en matemáticas, demorándose varios minutos para la más sencilla operación. David no solo tenía pésima memoria, también tenía un gusto extraño para la ropa y un don para la limpieza que superaba a cualquier persona que ambos conocieran. Eran detalles como esos a los que ya se estaban acostumbrando y de los que, al fin de cuentas, se estaban enamorando cada día más.

 Cuando algún familiar o amigo venía entre semana, de visita o por alguna otra razón, se daba cuenta con facilidad de que el hogar de cada uno de ellos cada vez más tenía características de la otra persona. Lo veían todo distinto pero, en la mayoría de las ocasiones, el cambio era para bien. El delicioso aroma de comida en el apartamento de David era simplemente envidiable y el nuevo orden en los armarios de la casa de Matías era algo que siempre había necesitado, desde que era joven.

 Después del primer año, los días de medias perdidas fueron aminorando pues no solo se veían para hacer el amor sino también para muchas otras actividades juntos. Aunque lo seguían haciendo, habían descubierto otras situaciones en las que disfrutaban bastante la compañía del otro y en las que nunca se hubiesen visto envueltos en el pasado. No lo querían ver pero estaba claro que ya nunca tendrían más parejas ni conocerían a nadie más, al menos no de forma romántica.

 Tal cual, casi dos años después de empezar su relación, consiguieron entre los dos un apartamento en un lugar muy bien ubicado, con acabados como a ellos les gustaban y donde los dos pudiesen ser felices, cada uno con su personalidad tan definida como lo era. No demoraron mucho buscando. Se mudaron un viernes, primer día en mucho tiempo en que los dos dejaron del lado el trabajo y todo lo demás para concentrarse el uno en el otro. Para el domingo, ya eran una familia más.

 El tema de las medias seguiría por siempre y se convertiría a ratos en tema de discusión y en otros momentos en tema de risa. Con la mala memoria de David pasaría lo mismo: habría fuertes discusiones e incluso palabras que nunca se habían dicho el uno al otro, pero después siempre habría perdón y, más que todo, comprensión y un cariño imposible de hundir por nada del mundo. Los dos estaban destinados a seguir juntos por mucho tiempo, tanto así que se casaron pasados un par de años más.


 Su historia no es una de esas difíciles, con complicaciones a cada paso ni nada por el estilo. De hecho, Matías y David tuvieron una vida envidiable y, entre lo que se puede decir, más sencilla que la de muchos otros. Eso, por supuesto, no la hace menos valiosa. Encontraron en los detalles ese impulso para hacer que la vida sea mucho mejor de lo que ya es, encontraron en los errores los mejores momentos de sus vidas y eso es algo que es envidiable y sorprendente al mismo tiempo.

lunes, 4 de julio de 2016

Graduación

   La ceremonia empezó sin mayor retraso. Cada persona tomó su asiento al instante, de manera ordenada. Las luces únicas luces que quedaron prendidas fueron las del escenario, donde un hombre empezó a hablar casi de inmediato. La verdad, la mayoría de las personas no lo ponían atención. Aunque muchos lo grababan con sus celulares, otros utilizaban esos mismos aparatos para ver que más estaba pasando en el mundo. No le interesaba o muy poco lo que tenía que decir el dueño y señor de la universidad.

 Después vino el discurso de uno de los graduados y eso fue mucho más divertido, pues todo el mundo escuchaba con atención para saber en que momento sería adecuado burlar o decir algo. Fue un rato divertido, pues el joven que leía se perdió unas cuantas veces y parecía estar a punto de reír muchas otras. Se notaba que a la gente de la universidad no le caía nada en gracia que lo hiciera pero a los alumnos les fascinaba tener algo de que reírse.

 Cuando el joven terminó, vino otro discurso más. Cada año invitaban a una celebridad, algún erudito de la ciencia o las letras para que llenara de bonitas palabras el ambiente. Ciertamente el invitado de ese año era alguien muy interesante pero la gran mayoría de las personas los escuchó solo a ratos. Antes de que empezara a hablar, cuando lo introdujeron como “poeta y autor”, casi todo el mundo decidió al instante no ponerle mucha atención pues suponían que sería sorprendentemente aburrido.

 Técnicamente, no se equivocaron. Hubo algunas anécdotas graciosas, unas observaciones inteligentes, pero el resto fue tal cual se esperaba. Por fin, el tipo dejó de hablar y entonces comenzaría la última etapa de la ceremonia: la entrega de diplomas. Esa era la razón para la que todos habían venido. Las palabras bonitas y los adornos encima de un papel les daba un poco lo mismo. Les interesaba lo que ese papel podía hacer para sus vidas y que significara que no habían perdido el tiempo.

 Faltaban muchas personas, pues algunos no estaban en el país o no habían cumplido con todos los requisitos para recibir su diploma ese día. Seguramente tendrían que reclamarlo en la sede de la universidad, sin vítores de compañeros ni fotos de padres orgullosos. La ceremonia tenía ese sentido muy relacionado con el orgullo y el estar seguro de si mismo. Era algo especial, a pesar de todo.

 Uno a uno, todos los jóvenes en el recinto pasaron a tomar su diploma. Algunos hacían algo gracioso después pero la mayoría solo estrechaba la mano de los directivos y seguía su camino hacia fuera del escenario. Cada persona tenía sus estilo, su manera de celebrar el mismo logro. Al final, era el mismo para todos, no importaba la disciplina.

 La siguiente etapa del día siempre era la misma en la mayoría de familias. Los que tenían algo más de dinero optaban por invitar a su graduado, o graduados si eran más de uno, a comer algo especial para celebrar la graduación. El lugar de celebración cambia según lo que pueda costear cada familia pero casi siempre la idea es que sea un lugar que valga la pena, al que no se vaya todos los días. Se trata de hacer que la persona se sienta especial y única.

 A veces comen los más finos cortes de carne, otras veces pescados y comida de mar perfectamente marinados. El pollo casi nunca es una comida de celebración pues es poco frecuente que se use en platillos caros. Por supuesto, todo va acompañado de un buen vino y de un brindis que puede ser largo o corto, pero eso depende de la familia que lo celebre. Algunos se alargan con discursos sin destino pero sentidos y otros solo tienen el brindis y poco más.

 Esas comidas de celebración normalmente no toman mucho tiempo. Lo normal para una cena especial, que suelen ser dos horas considerando que la comida demora más en llegar a la mesa y que nadie tiene verdadera prisa de llegar a ningún lado. Son casi siempre en la tarde, pues la noche está reservado para otro tipo de celebraciones. Después algún postre la gente se dirige casi corriendo a casa, a descansar.

 Los que tienen menos dinero para gastar o quienes tal vez estén solos y no tengan con quien festejar, pueden inventarse diversas maneras de hacerlo a su manera. Por ejemplo, está el hecho de ir a cualquier restaurante común y corriente pero agregándole alguna celebración extra para indicar que el momento lo amerita. El vino también puede jugar un papel, aunque seguramente la calidad del mismo sea comparativamente inferior al del caso anterior.

 Es un almuerzo mucho más corto pero seguramente igual de familiar y de cercano. Al fin y al cabo, la gente está orgullosa de graduado sea como sea, no importa la celebración. Lo que interesa es que sea un día feliz y memorable, del que se pueda sentir orgulloso en el futuro y que pueda recordar una y otra vez, como uno de los momentos más felices de su vida, sin exagerar.

 Eso sí, hay muchas personas que no tienen como celebrar. Y otras que no tienen familias. Normalmente la solución es la misma en estos casos: se celebra en casa con algo más personal pero más sentido. Puede que no haya vino pero podría haber algo más, sea lo que sea. El caso es que se celebre de alguna manera porque no hay quien no considere la graduación un logro.

La noche está reservada para la celebración entre graduados. Casi todos los celebran del mismo modo y, si sus padres no les dan dinero, seguramente ellos han ahorrado ya lo suficiente para pasar el mejor rato posible. En esto, nadie es diferente ni especial. Todos celebran porque sienten que es el día que sean han ganado para celebrar y estar con sus compañeros, aquellos con quienes se ha logrado el objetivo. El orgullo normalmente es motor suficiente para toda la noche y hasta el día siguiente, en la mañana, cuando el alcohol lo ha agotado casi por completo.

 Porque claro, sin alcohol, la mayoría de graduados no siente que haya ganado nada ni llegado a ninguna parte. Sea cerveza o alguna otra bebida alcohólica, siempre tienen que estar presente para, supuestamente, alegrar el ambiente. Normalmente esto es cierto, pues ayuda a subir el ánimo y a que el baile y la diversión duren mucho más tiempo de lo que uno pensaría. El gasto en alcohol es normalmente exponencial. Es decir, se comienza de a poco y al final de la noche gastan los que tengan más dinero.

 Los que no tengan casi, saben que es su noche para aprovechar el dinero de otros. Y no se ve como algo malo, al fin y al cabo todos están celebrando. Así que si una persona toma de una botella que no ayudó a pagar, la verdad no interesa porque nadie está vigilante un objeto de vidrio con tanto ahínco. Prefieren disfrutar la noche y tener mucho que contar los días que sigan, para construir el mejor recuerdo posible.

 Se trata de “hacerlo memorable”, lo que es gracioso pues el hecho de graduarse debería ser lo suficientemente memorable. Sin embargo, a los jóvenes les fascina que todo tenga un significado más personal y que no todo tenga que ver con el estudio como tal. La graduación también celebra las relaciones construidas durante el tiempo de la carrera, celebra aquellos dramas cotidianos y todas las costumbres y anécdotas graciosas que tienen para contar por muchos años más.

 Esas relaciones son las que todavía esa noche y mucho después, afectarán su manera de ver el mundo y de interactuar con los demás. Además, tienden a tener un efecto mucho más duradero que en el pasado, tal vez porque la personalidad de las personas termina de forjarse en sus años de universidad y logra establecerse por completo. Es decir, ya son personas completamente formadas, completas.


 La celebración termina al otro día, casi para todos, cuando despiertan y tienen recuerdos borrosos de todo lo ocurrido. Otros recuerdan mejor otros peor pero todos entienden la importancia del ritual. No importa cómo se haga, donde o con quién, es primordial entender su rol en nuestras vidas.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Volar

   K recordaba la primera vez que otra persona lo vio volar. Esa persona había sido su madre y afortunadamente él no había volado muy lejos antes de que se diera cuenta lo que estaba haciendo. En ese entonces casi no tenía poder alguno sobre sus capacidades. Era un niño asustado que había acabado de descubrir que no era como todos los demás. Su madre casi muere de un ataque al corazón y K tuvo que convencerla de que todo estaba bien y que no había nada que temer.

 Pero ser una madre era eso precisamente: preocuparse y pensar siempre en lo mejor para su hijo. Desde ese día temió por él, en todas las situaciones que pudiesen presentarse. Pensaba que si alguien se daba cuenta de lo que era, lo iban a rechazar y hasta le podrían hacer daño. K no creía que eso fuese posible, pues además de volar, era extraordinariamente fuerte. Podía tomar una roca y destrozarla solo con una mano, apretando como si fuese una naranja o algo por el estilo.

 Con el tiempo, K aprendió a controlar sus poderes y tuvo a su madre para ayudarlo todo el tiempo. Ella le recordaba que esas habilidades que tenía eran un físico milagro y que jamás debería usarlos para motivos personales. No podía usar esa injusta ventaja en el colegio o para conseguir algo que quería. Sin embargo K, aunque la escuchaba, era un chico joven que estaba ansioso por probar sus limites y ver hasta donde podía llegar.

 Para cuando terminó el colegio, K ya controlaba el vuelo y solo necesita correr unos cuantos metros para elevarse. Lo hacía siempre en las noches para que nadie lo viera. Se había comprado una máscara de esas que resistían gases peligroso y se la ponía siempre que quisiera volar alto. Pero después de muchos intentos, se dio cuenta que la mascara no era necesaria. Podía volar sin ella con toda confianza y nada podía pasarle o eso parecía.

 En secreto, visitó varios lugares del mundo. Después de que su madre se acostaba, volaba por el mundo, conociendo otras personas o simplemente caminando por las calles de ciudades mucho más entretenidas que la suya. Cuando llevaba dinero, compraba algo de comida local o se mezclaba con la multitud en alguna cafetería o, si podía entrar, en un bar. Le gustaba sentir que nadie lo veía y que podía pasarse la vida así, conociendo el mundo.

 Sin embargo, todo cambió para K cuando su madre murió, poco después de su ceremonia de graduación. Había alcanzado a salir en fotos y ofrecerle su apoyo total para seguir estudiando lo que quisiera. Su madre no tenía mucho dinero y se había sacrificado desde hacía mucho trabajando en una fábrica de calzado para ganar el dinero suficiente. Tenía ahorrado para un viaje que quería hacer con su hijo y otro poco para su educación. Pero no sabía del cáncer que tenía y que terminó con su vida.

 K lloró por varios días y no salió de su casa por tantos otros, solo hasta el día de la cremación del cuerpo de su madre. Ese día sintió que sus poderes no eran nada, sentía que todo eso que se suponía lo hacían especial eran solo parte de una maldición. Sin querer, rompió una pared de mármol al empujarla con rabia con una mano en la capilla donde hicieron la cremación. Afortunadamente nadie notó el muro hundido hasta después de terminada la ceremonia, cuando él tomó la urna con las cenizas de su madre y se fue directo a casa. Allí se quedó encerrado por varios días.

 Amigos y familiares venían a cada rato a sacarlo de su miseria pero él se la pasaba en el cuarto de su madre, llorando, y contemplando la urna. Fue en uno de esos momentos en los que recordó el deseo de su madre y, una noche de lluvia, se elevó por los aires y voló miles de kilómetros hasta una isla que parecía salida del sueño de alguien. Estaba rodeada de agua perfectamente clara y palmera que se torcían ligeramente hacia el agua. La arena era blanca y el cielo estaba despejado.

 Viendo que no hubiera nadie cerca, K abrió la urna y dejó el suave viento de la Polinesia se llevara las cenizas de su madre hacia el mar y de pronto a alguna de las otras islas cercanas. K vio como la nube de cenizas se fue alejando y fue solo cuando la perdió de vista que decidió dejarse caer en la arena y llorar de nuevo. Las lágrimas resbalan por su cara rápidamente y parecía que hubiese perdido todo control sobre lo que sentía. Incluso estaba un poco ahogado.

 Entonces sintió una mano en el hombre y brincó del susto. Varias lagrimas saltaron también y cayeron sobre la arena. Quién lo había tocado era una chica, tal vez un poco mayor que él. Por su aspecto físico, parecía ser de la isla, no una turista, sino una polinesia real. K no se limpió las lágrimas. Solo dejó de mirar a la chica y volvió el rostro hacia el mar, continuando su llanto en silencio.

 La chica se sentó a su lado y no dijo nada. Tocaba la arena y arrancaba como montoncito y luego los iba esparciendo suavemente pero no hacía nada más ni hablaba del todo. Cada cierto tiempo miraba a K. Parecía que le daba lástima su estado pero también parecía darse cuenta que había algo que no cuadraba. De hecho era bastante obvio ya que la ropa que K tenía puesta nada tenía que ver con el clima en el que estaban.

 El sol empezó a brillar más aún y fue entonces que K se dio cuenta del calor que hacía y que, además de llorar, empezaba a sudar bastante. La chica le tocó el hombro otra vez y le hizo señal de beber. Él, sin entender bien, asintió. Ella se puso de pie y volvió solo minutos después.

  Traía en sus manos un coco y un palo que clavó hábilmente en la arena. K la miró con interés, limpiándose la cara y quitándose la chaqueta, mientras ella partía el coco en el palo que había clavado y, con cuidado, le pasaba un pedazo que contenía bastante agua. Él tomó un poco y luego se lo bebió todo. Al fin y al cabo estaba deshidratado, no se había preocupado por su salud en mucho tiempo. El sol sacándole los últimos rastros de agua de su cuerpo y por eso empezaba a sentirse raro.

 La chica la llamó la atención y señaló su cuerpo, moviendo sus dedos de arriba abajo. Ella tenía puesto un bikini de color amarillo con dibujos. Después señaló a K y dijo una palabra que él no entendió. Ella sonrió e hizo la mímica de quitarse la ropa. Él sonrió también y entendió lo que ella decía. Y tenía razón, él se había vestido sin pensarlo y le sobraban varias piezas de ropa. Entonces se pudo de pie y se quitó todo menos los pantalones cortos que usaba de ropa interior.

 Ella le hizo la señal de pulgares arriba y le ofreció un pedazo de coco. K hizo un montoncito con la ropa y le recibió un pedazo de coco a la joven. Comieron con silencio y entonces K pensó en lo mucho que su madre hubiese disfrutado el lugar y el coco y el mar y todo lo que había allí. Deseó que hubiese vivido para que lo visitasen juntos pero eso no iba a pasar. Las lágrimas volvieron.

 La chica parecía dispuesta a impedirlo porque, de nuevo, le tocó el hombro y le pidió a K que lo acompañara. Él se limpió los ojos y la frente y, sin decir ni una palaba, se puso de pie y dejó su ropa atrás. Caminaron hacia dentro de la isla por unos minutos, empujando ramas y teniendo cuidado de no resbalar en alguna raíz, hasta que llegaron a un enorme claro. K no pudo dejar de quedar con la boca abierta.

 Era una laguna pequeña, tan transparente como el mar, en la que no se movía nada y parecía estar allí, congelada en el tiempo. Los árboles se inclinaban sobre ella y el viento acariciaba la superficie. La chica se metió de un chapuzón y él entró despacio, disfrutando la temperatura del agua. Después de un rato, jugaron a salpicarse de agua y bucear por todos lados.

 El atardecer llegó pronto y volvieron a la playa. La chica la dio la mano y le preguntó algo en su idioma pero él no entendió. Ella sonrió y le dijo solo una cosas más: “Gaby”. Era su nombre. Se dio la vuelta y se despidió mientras se alejaba por la playa. K le sonrió de vuelta y cuando dejó de verla, se dejó caer en la arena, a lado de sus cosas. Entonces dio un golpe con fuerza al suelo e hizo un hueco enorme, en el que tiró toda la ropa. Cubrió el hoyo rápidamente y, en un segundo, tomó vuelo.


 Sintiendo el aire por todo su cuerpo, se elevó hacia el atardecer y voló toda la noche por varias regiones del mundo hasta que decidiera volver a casa. Allí se sentó en la sala, donde había pasado tantas horas con su madre. Se acostó en el sofá y se quedó dormido rápidamente. Estaba exhausto y necesitaría toda la energía posible para tomar los siguiente pasos en su vida.