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jueves, 28 de enero de 2016

Acuático

   Cuando podía iba a la piscina de su club y nadaba un poco. No podía hacer tantas veces como quisiera, por el trabajo, pero trataba de hacer lo más seguido posible por dos razones: la primera era que no hacía ejercicio nunca y la segunda que la natación era algo increíblemente relajante. Cada vez que entraba al agua, se sentía más libre que en cualquier otro momento de su vida. En el agua no tenía que justificarse, ni que seguir reglas definidas. Podía nada y nada más, yendo de un lado al otro y probando ese vehículo que era su cuerpo.

 Su cuerpo no era, sin embargo, el mejor vehículo que hubiese podido obtener de la vida pues no estaba en las mejores condiciones. Había nacido con un problema físico que era notable a simple vista y eso, al comienzo, le había impedido disfrutar de la natación como lo hacía ahora. En esos días, incluso pensó que ponerse una camiseta para nadar, como hacían otros, no era tan mala idea. Pero luego se dio cuenta que esa costumbre estaba casi reservada para quienes tenían más que unos kilos de más o tenían también cosas que creían tener que esconder.

 Pero no lo hizo, no se puso nada más sino el traje de baño y las chancletas de rigor. Ese día se cubrió como pudo con la toalla pero pronto se dio cuenta que a los asistentes a la piscina no les importaba nada el resto de las personas a menos que hubiera un accidente o algo por el estilo. Había reservado uno de los carriles de la piscina más grande y simplemente empezó a nadar.

 A veces era frustrante porque a la mitad de la extensión de agua se sentía ya ahogado y tenía que detenerse. Entonces hacía dos vueltas pero divididas en cuatro partes de extensión casi igual. Sería después de muchos meses que sus pulmones se acostumbrarían mejor al agua y a respirar correctamente. Fue un hombre gordito que se hizo una vez en el carril aledaño que le explicó como tenía que hacerlo. Esa sugerencia le aclaró mucho y agradeció la ayuda del hombre.

 Solo con ese consejo la piscina se volvió su escape de lo que pasaba a su alrededor. Allí no tenía que pensar en su trabajo que odiaba, no tenía que pensar en la mirada reprobatoria de sus padres cada vez que hablaban de él y tampoco tenía que pensar en su fallida vida social y sentimental. En el agua nada de eso importaba, solo había que estar concentrado en respiración bien y hacer un buen movimiento de piernas y brazos para no tragar agua y tener que llamar un salvavidas, como pasaba tan a menudo. La excusa del ejercicio era solo eso pues a él le interesaba tener un sitio adonde ir algunas horas al día y dejar salir todo lo que tenía en la cabeza. De resto, todo venía por añadidura.

 Fue en la ducha en donde pasó algo que nunca pensó que pasaría: conoció a alguien. Las duchas eran parte del ciclo diario en la piscina y no era su parte favorita ni de cerca. Sus problemas de autoestima llegaban todos de una sola vez apenas salía del agua y sabía que debía entrar a un lugar con multitud de hombres, muchos sin ropa, y bañarse con ellos. Algunos podrían creer que tenía opción de secarse e irse pero eso lo había hecho al comienzo y se dio cuenta que el cloro había dañado una de las camisetas que más le gustaba ponerse. Además, era una regla del lugar y si no se cumplían las reglas se podía ser expulsado.

 El caso es que tuvo que acostumbrarse y lo que hacía era ducharse con el bañador puesto siempre en una de las duchas que quedaban en las esquinas. Así hubiese otras libres, esperaba por las de las esquinas pues así había menos interacción. Un día en especial le pasó algo que hubiera sido perfecto para un sketch de comedia: se estaba enjabonando pero el jabón voló ridículamente de sus manos, dio contra la pared pero no cayó al piso nada más sino que cayó en el pie de alguien que iba a tomar la ducha de al lado, la única que había.

 Agachándose para recuperar su jabón, él se disculpó sin mirar al otro, quién se había tomado el pie y lo mojaba bajo la ducha que acaba de abrir. Se quejaba un poco pero el otro ni lo determinaba, prefiriendo guardar el jabón en una cajita donde siempre lo traía y acabando de limpiarse para irse a cambiar. Fue entonces que el tipo le habló, diciéndole que había dolido un poco pero seguramente menos de lo que hubiera dolido el típico chiste del jabón en la ducha. El joven ni sonrió pero el otro sí rio de su propio chiste y estiró la mano diciendo que su nombre era Pedro.

 Tuvo que estrechar la mano para no crear un momento incomodo y ahí mismo cerró la llave y se fue a secarse cerca de su casillero. Lo hizo lo más rápido que pudo pero antes de salir se cruzó de nuevo con el tal Pedro, que hasta ahora veía que era más alto que él y un poco intimidante físicamente. No se había fijado bien antes, pero ahora que lo veía mejor creía estar seguro de que él sí había estado desnudo en la ducha. Esto hizo sonrojar al joven, que trató de decir que se tenía que ir pero Pedro solo lo seguía, preguntando su nombre.

 Le mintió, diciéndole que se llamaba Miguel y que tenía que irse porque lo necesitaban en su casa. Cuando llegó a su hogar, el joven se quitó de encima la molestia de ese extraño momento y puso su mente al servicio de otras cosas, como la lectura pero cuando llegó la hora de dormir recordó al tipo de las duchas y se preguntó porqué sería que le quería hablar con tanta insistencia.

 Algunos días después volvió a la piscina. El trabajo había estado muy pesado y simplemente no había podido pasarse ni un solo día. Reservó su carril antes de llegar y cuando estuvo allí se lanzó casi sin pensarlo. Nadó varias veces de ida y de vuelta, sintiendo la sangre correr por sus venas y algo de agua entrar en sus pulmones. La agresividad de su salto lo había causado pero no le importaba, solo seguía adelante, incluso ignorando el dolor que sentía en los músculos de las piernas y de los brazos. Seguía y seguía, seguramente pensando que el dolor alejaría a todos los fantasmas que lo acosaban.

 Cuando ya no pudo más, salió. Fingió no escuchar a un vigilante que le decía que no podía quitarse el gorro antes de salir del agua e ignoró las miradas de varias personas que solo se le quedan mirando porque a la gente le encanta ver como se castiga a otros. Caminó a las duchas y allí se quedó un buen rato bajo el agua. No se limpiaba el cloro, no se echó champú ni jabón, ni siquiera se toca el cuerpo para limpiarse con las manos. Tan solo se quedó ahí, escuchando el ruido del agua en el suelo y las llaves cerrándose y abriéndose.

 Ese momento fue quebrado por el sonar de pasos y la voz del mismo tipo del día anterior. Él no se movió, pues sería reconocer su presencia y simplemente no tenía ganas de interactuar con nadie. El tipo no intentó hablarle más, solo se duchó rápidamente y se fue. Al rato él cerró su llave, por fin, y caminó lentamente a su casillero y su toalla. Cuando terminó de secarse abrió el casillero y sacó su mochila pero entonces de encima de ella cayó al piso un sobre. Lo recogió y tenía un sello interesante y era para él.

 Dejó la mochila en el suelo y abrió el sobre sin mucho cuidado. Adentro había dos hojas. La primera era una carta del sitio, diciendo que tenía una amonestación por el incidente del gorro. Él sonrió burlonamente: era increíble que hubiesen redactado esa carta tan rápidamente, aunque luego notó que solo debieron de poner su nombre y la fecha del día, el resto ya estaría así en alguna base de datos. Decía que no podría usar las instalaciones por una semana lo que le hizo dar una patada a la puerta del casillero, haciendo que todos los voltearan a mirar. Menos mal la puerta no se cayó.

  Casi rompe la carta y el sobre pero recordó la segunda carta y esperó ver los términos de su expulsión o algo por el estilo. Pero resultaba que era algo muy distinto. La carta llevaba el mismo símbolo que el sobre y tenía un mensaje que simplemente no se había esperado: el equipo de natación del club lo invitaba a entrar con ellos pues, en resumen, lo habían visto nadar y les parecía que estaría más que bien tenerlo en el equipo. El capitán, cuyo nombre firmaba la carta, era Pedro Arriola.

 Rió de nuevo, pero esta vez por la sorpresa. El tipo raro de la ducha no era solo eso sino alguien que había querido hablarle a propósito y él no lo había dejado. Incluso hacerse al lado en la ducha debía haber sido a propósito. Ser parte de un equipo era algo que jamás se hubiese planteado. Se miró entonces en uno de los espejos de la pared opuesta y se quedó mirando su cuerpo y su rostro. Seguía dentro de él el demonio que le decía que no iba a poder con ello, que la presión sería demasiada. Pero alguna decisión habría de tomar.


 En su mano, apretó la carta con fuerza.

lunes, 30 de marzo de 2015

El hombre de las ballenas

   La verdad era que el tipo este tenía cara de loco. No solo era el hecho de que estuviera montado en una ballena, cosa rara desde el comienzo, sino que vestía un atado de hojas como pantalón corto y un sombrero de paja con un hueco en la punta, en la cabeza. Tenía pulseras en ambas manos, tantas que parecían formar una sola banda de colores alrededor de cada muñeca y otras cuantas en los tobillos.

 El animal se nos acercó suavemente, lo suficiente para el hombre se subiera al barco. El animal pareció sumergirse y luego retirarse un poco. Por lo visto no le gustaba la idea de estar debajo de un barco, así como a nosotros no nos hacía gracia tener un animal de varios metros de largo debajo nuestro. El hombre no parecía interesado en nosotros sino en el barco y estuvo mirando un poco por todos lados, entrando a la cabina de mando, después paseándose por toda la cubierta y finalmente revisando por la borda, como si viera a través del agua. En todo el rato que estuvo con nosotros, no dijo ni una sola palabra. Al final de su visita, hizo un ruido extraño para acercar a la bestia, se subió e hizo el ruido otra vez.

 Otro animal subió a la superficie cerca de al barco. El hombre se lanzó al agua y entonces los dos animales nadaron bajo el barco y lo cargaron en sus lomos. Nosotros, caímos al piso como tontos. Rápidamente nos cogimos con fuerza a la baranda del barco y así estuvimos, esforzándonos por no caer, durante aproximadamente una hora. Después de ese tiempo llegamos a un banco de arena. Las ballenas dejaron el barco lo más cerca de la playa y luego se fueron, sin más. Nosotros las vimos alejarse, a la vez que saltábamos al agua poco profunda. Cuando las dejamos de ver, celebramos. Unos rieron, otros gritaron y el capitán se puso a llorar. Eran muchas las emociones.

 Al fin y al cabo no era todos los días que algo así sucedía. Nuestro barco se había quedado varado luego de una tormenta y no sabíamos ni siquiera donde estábamos. Los aparatos estaban dañados y habíamos tenido que racionar lo más posible hasta que el hombre de las ballenas había llegado. Ciertamente no habíamos hecho nada para llamar su atención pero sin embargo allí habían llegado y ahora nos habían traído a ese banco de arena. Por lo que se veía alrededor, había más bancos y atolones cerca. Era probable que todo formara parte de un archipiélago más grande, tal vez poblado. Y si había gente, podríamos comunicarnos con la compañía pesquera para la que trabajábamos. Ellos enviarían ayuda y estaríamos en casa pronto.

 Lo más urgente era o arreglar el barco para navegar o tratar de hacer uso de los botes salvavidas. Podríamos hacer una vela uniendo tres de los botes naranjas y así navegar de isla en isla hasta que encontráramos alguien que pudiera comunicarnos con tierra firme. Sin embargo, ese día que llegamos solo comimos y recogimos algunos cocos de las pocas palmeras que había. Decidimos nadar a un atolón algo más grande que estaba cerca y dejar el barco en el banco de arena. En el atolón había más palmeras y pudimos cazar algunos cangrejos, con gran dificultad. Nuestra medico nos aseguró que no había problema en comerlos crudos, aunque hubiera sido mejor tener fuego. Nuestro capitán, ya recuperado, intentó encender uno con hojas de palmera y palitos pero fracasó estupendamente.

 Dormimos a la intemperie, cubriéndonos con algunas cobijas que pudimos sacar del barco en los botes salvavidas, junto con comida y cosas que pudiéramos utilizar para hacer la vela. Al otro día ese fue nuestro trabajo y nos sorprendimos al ver que el hombre de las ballenas estaba en el atolón. Desde primera hora de la mañana, lo vimos sentado con las piernas cruzadas, mirando al horizonte, por donde salía el sol. El hombre parecía ignorar nuestra presencia. O tal vez estaba meditando o algo por el estilo. La verdad nunca lo supimos. Un par de nosotros nos acercamos y le hablamos. Le preguntamos su nombre, de donde venía y que estaba haciendo allí. Pero ni se inmutó. Se rascó la barba un par de veces, pero eso fue todo.

 Con algunas cobijas ligeras, telas y ropa usada, pudimos hacer una colcha de retazos bastante grande, de unos tres metros en cada uno de sus lados. Cosimos todo con el kit que tenía la doctora para coser heridas y cortamos los sobrante con sus tijeras de cirugía. La vela quedó bastante bien o al menos eso parecía. Lo siguiente era conseguir un palo o algo donde izarla. Ese fue un problema porque no había nada parecido en el atolón. Con los binoculares revisamos las demás islas cercanas pero no había nada que pudiese servir en ninguna de ellas. Los troncos de las palmas eran muy grandes y gruesos y las grandes hojas no servían para ello. Ese día nos dimos por vencidos y decidimos dejar para el día siguiente la resolución del problema.

 Era temprano todavía cuando terminamos y el hombre de las ballenas no se había movido un centímetro. Mientras comíamos peces que algunos habían pescado mientras los demás cosíamos la vela, algunos juraron que el hombre se les había quedado mirando en ciertos momentos, pero había vuelto a mirar al horizonte con rapidez. A la vez que dejábamos las espinas de lado, discutimos la probabilidad de que el hombre de las ballenas hubiera sido un naufrago de algún navío perdido en aguas cercanas. De pronto había sobrevivido gracias a los enormes animales y por eso había decidido vivir con ellas. De hecho, ahora que lo pensaban, no era posible que él estuviera todo el tiempo con los cetáceos. Las ballenas podían sumergirse bastante pero él seguramente no y no por tanto tiempo. Tenía que tener una casa o un lugar donde al menos pudiese dormir.

 La noche llegó de prisa y todos quedamos dormidos con prontitud. El trabajo del día y el sol nos había extenuado. Al otro día, agradecimos los galones de agua fresca que habíamos podido sacar del barco. Había que racionarla con exageración pero era lo más sensato, ya que no teníamos la más mínima idea de cuanto tiempo más permaneceríamos en la isla. Decidimos separarnos en dos grupos para explorar las islas cercanas. Cada grupo tomaría un bote salvavidas y usaría como remo una hoja de palma. Como éramos once personas, lo más sensato fue que cada grupo fuese de cinco personas y uno de nosotros se quedara en la isla, cuidando la vela que habíamos hecho y el bote salvavidas que quedaba.

 Cuando zarpamos, cada uno para una dirección diferente, nos dimos cuenta que el hombre de las ballenas ya no estaba en su puesto del día anterior. De hecho, parecía haber desaparecido en la mitad de la noche. No pensamos más en él y seguimos nuestros camino. El grupo que revisó las islas hacia lo que parecía el oeste no encontró nada en todo el día. Revisaron cada islote pero no había sino lo mismo que en el que nos estábamos quedando. Lo malo fue que encontraron también otras criaturas: eran tiburones, expertos en buscar alimento en aguas poco profundas.

 Los del grupo del este también encontramos tiburones pero también los restos de un naufragio que parecía tener unos cincuenta años. Parecía un barco pequeño de guerra, todavía con armas en la cubierta y, para nuestro pesar, un esqueleto que todavía yacía en el lugar que había muerto. Era horrible ver como alguien había muerto allí. Nadie dijo nada, pero las esperanzas de salir del archipiélago bajaron sustancialmente ese día. Volvimos al atardecer, al mismo tiempo que nuestros compañeros. No tuvimos tiempo de saludarnos porque al ver nuestro islote, vimos que nuestro centinela saltaba y nos apuraba.

Cuando llegamos, nos abrazó a todos. Saltaba de felicidad y nos mostró una enorme barra delgada de metal que había sobre el arena. Nuestro hombre nos contó que una de las ballenas había vuelto con el hombre en su lomo que traía ese palo ligero de metal. Solo lo entregó, hizo una venia y se fue sobre el enorme animal. Era la pieza que nos faltaba para poder izar la vela y al otro día eso fue precisamente lo que hicimos. Cuando estuvo todo listo, hicimos una comida especial de cangrejo y pescado, en la que agradecimos la ayuda del mar y la tierra, así como de nuestro misterioso amigo.

 Zarpamos justo después y, al final del día, nos alejamos del pequeño archipiélago de islotes. Navegamos toda la noche hasta el dia ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽. Navegamos toda la noche hasta el distuvo todo listo, hicimos una comida especial de cangrejo y pescado, en la que agía siguiente. Fue a primera hora de la mañana que nos dimos cuenta que había dos islas enormes, una hacia el noreste y otra al sureste. Nos dirigimos a la segunda porque pudimos ver sobre ella brillos extraños. En efecto, como lo imaginamos, esos brillos eran de algunas casitas. Había gente y nos recibieron como si fuéramos amigos, hermanos. Nos dieron de comer y nos indicaron que había un bote que salía cada día hacía la isla más grande de la esa pequeña nación insular. Allí había un aeropuerto pequeño que los conectaba al mundo. Nos prestaron su radio y contactamos con la empresa que mandó un avión privado a recogernos.


 Cuando cenamos con los locales esa noche, les contamos del hombre de las ballenas. Nos pareció extraño que se quedaran mirando y luego, sin más, se rieran. Decían que era una leyenda del mar que tenía siglos de existencia y que muchos náufragos juraban haber conocido al mismo hombre pero miles de veces habían ido en su búsqueda y jamás lo habían encontrado. Lo más raro fue cuando les comentamos donde habíamos estado durante los últimos días. Según ellos, esos islotes simplemente no existían y así lo pudimos comprobar cuando llegamos a casa. Sea como fuere, estábamos vivos gracias a ese hombre, sus ballenas y su tierra inexistente.