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lunes, 14 de noviembre de 2016

Tenis de mesa

   El torneo tenía una duración de dos semanas. Cada día había algún evento, algo que hacer. Pero siendo los partidos de tenis de mesa tan cortos, no era que Adriana pudiese mantener ocupada la mesa por mucho tiempo. Desde que había descubierto que tenía dotes para ese deporte, lo había práctica con dedicación, al punto de que sus padres le habían inscrito en cuanta escuela se les había cruzado y le habían patrocinado ya montones de viajes a diferentes partes del país e incluso del mundo solo para jugar esos cortos partidos.

 Lo que le gustaba de los viajes era quedarse en un hotel y, por un instante, que podía fingir que su vida era mucho mejor y más interesante de lo que creía. Ella podía fingir que todo estaba a la perfección, pero no lo estaba. Dentro de la pobre Adriana tenía lugar una tormenta épica que solo ella podría ser capaz de liberar o de calmar. Pero la verdad era que nunca había explorado mucho de ese anhelo de vivir otra vida distinta a la suya. De verdad que tenía mucho miedo pues no sabía donde estaba parada o casi nunca.

 El partido de ese día terminó en empate. Era muy poco particular empatar de tenis de mesa y por la cara de limón agrio de su contrincante, era obvio que a ella tampoco le hacía mucha gracia el resultado del partido. A Adriana le dio lo mismo. Lo único que quería era subir a la cama y descansar. De pronto pedir algo de comida a la habitación y tener una noche para ella sola sin nadie más que la pudiese molestar. Su padre, que la acompañaba casi a todos los evento deportivos, dijo también estar exhausto y que quería dormir como una piedra.

 Adriana pidió una pizza con todos sus ingredientes favoritos y se puso a esperar tomando una de las muchas botellas de agua que les ofrecían a los deportistas. Salió a la terraza de su habitación y cayó en cuenta que la piscina estaba justo debajo. Eso sí, había unos quince pisos de diferencia así que el vértigo que le do fue bastante natural. Se hizo un poco más lejos del balcón y luego ya entró cuando la pizza llegó. El medero la anotó a su nombre en la cuenta y se fue sonriendo. Adriana, en cambio, no pareció mostrar emociones en ningún momento.

 Empezó a comer su pizza, al mismo tiempo que veía una película en la televisión. Todo iba bien hasta que empezó a oír gritos, de los gritos que solo una mujer sabe hacer. Salió al balcón y se dio cuenta que eran un grupo de chicas jóvenes, tal vez incluso del torneo, que habían salido en bikini para bañarse un rato. A Adriana eso no le importaba así que volvió a su plan de pizza con película. Pero mucho después, tal vez una hora más tarde, la chica volvió a escuchar ruidos y salió a mirar. Al comienzo casi no se ve nada pero sus ojos se ajustaron rápidamente.


 Eran un hombre y una mujer que peleaban. Era difícil saber si era una de las chicas que habían estado antes. El caso es que el hombre se oía amenazante y de repente pareció golpear a la mujer. Ella no se quedó quieta pues le pegó una cachetada pero el hombre lanzó mucho la siguiente vez y la mujer cayó al suelo. El tipo se le acercó para mirarla pero la mujer lo tomó de la mano y quiso como tumbarlo pero no pudo. El tipo la pateó de nuevo y entonces la tomó por la ropa y la lanzó, sin problema, a la piscina. La mujer empezó a chillar y trataba de gritar peo no podía.

 La escena no duró demasiado. La mujer dejó de hacer ruidos y entonces el hombre miró a todos lados, excluyendo hacia arriba. Recogió sus cosas y se quedó mirando más tiempo hasta que por fin se fue, dejando el cuerpo inerte de la mujer flotando en la piscina. Adriana no sabía que hacer, solo su instinto la empujó a retirarse del balcón, cosa que la hizo tropezar con una pequeña matera que se rompió y regó todo su contenido por todos lados. No solo eso, sino que se lastimó un pie de la nada y encima había visto a alguien morir o, mejor, ser asesinado.

 Se preguntó si lo mejor en esas ocasiones sería llamar a la policía o esperar a que llegaran para preguntar si la información era correcta. No, lo mejor tenía que ser llamar de manera anónima y denunciar lo que había visto. Podía fingir la voz como pasaba en las películas, así no sabrían que era ella la único testigo en la muerte de una mujer que ni idea quien era. Se arrastró al teléfono, pues todavía estaba allí de la caída, y marcó el número de la policía pero colgó rápido porque no estaba nada segura de lo que estaba haciendo.

 Esa mujer era un ser humano y no merecía flotar en esa piscina hasta la mañana, siendo una sorpresa para el grupo de ancianos que hacía ejercicios en agua todas las mañanas. No, tenía que hacerlo. Tomó bien el teléfono, marcó y con agilidad se tapó la cara con la chaqueta de su equipo nacional que le habían dado a su llegada al torneo. Cuando contestaron, habló a través de ella y dijo que quería denunciar un crimen. La pasaron a otra persona y luego a otra u estuvo a punto de colgar por la cantidad de burocracia en el ese momento.

 Pero por fin pudo contar la historia que había visto y la dijo con la mayor cantidad de detalles que pudieron ser recordados por su mente tranquila. Dio la ubicación del cuerpo y las señas del hombre, que no eran muchas por la altura pero algo era algo. Cuando preguntaron quién era ella, dijo que debía irse y colgó. En poco tiempo escuchó sirenas. Eran los policías que entraron al hotel y pronto vieron el mismo cuerpo muerto que ella había visto vivo.

 Se iba a alejar del balcón, para que nadie supiese que había sido ella la llamada, pero la no importaba porque el escándalo de la policía había hecho del lugar un foco de ruido y de luces potentes. Al cuerpo de la joven lo sacaron por fin varias horas después de discutir largo y tendido si habían despejado la zona de pistas y demás indicios que pudiesen llevar al asesino. Pero entonces ellos mismos sacaron la conclusión de que, tal vez, no era un homicidio sino un suicidio. Averiguaron cuál era la habitación de la muerte y, en efecto, tenía balcón que daba a la piscina.

 Al parecer, y era una coincidencia muy grande, la muerta dormía en la habitación directamente inferior a la de Adriana. Nunca la había escuchado pero era una persona muy simpática, muy hermosa. Ella la había visto alguna vez pero no había razón para que hablaran así que nunca lo hicieron. El caso es que era un mujer hermosa ahora estaba muerta y la policía no creía en lo que ella estaba diciendo. ¿Es que no había cámaras o algún tipo de vigilancia en las piscinas, con tantas cosas feas que pueden en las cercanías de una?

 Al parecer no era así. Era uno de esos hoteles que instalan varias cámaras de seguridad pero es más bien para que la gente crea que hay seguridad cuando en verdad esas cámaras son solo bonitas cajas de papel con cables sueltos pegados para que la gente crea que es otra cosa. Adriana se sentía frustrada porque la idea era hacer justicia por su propia mano o al menos con su ayuda y eso no había ocurrido. Estaba frustrada pero, a la vez, tenía una energía extraña adentro que jamás había sentido antes. Era más fuerte que todos o al menos así se sentía.

 Decidió llamar de nuevo a la línea de emergencias y esta vez no dudó en nada de lo que dijo y lo llamó asesinato varias veces. Dijo estar frustrada por el poco interés de la policía y tuvo que asegurarse de que su rabia no permitía que su voz se oyera como siempre pues eso podía ser peligroso. La mujer operadora le dijo que todo estaba anotado y que ahora era cosa de la policía hacer la investigación como tal. Cuando Adriana se fue a quejar de nuevo, la línea fue cortada y ella lanzó la bocina del teléfono hacia la pared, quebrándose en mil pedazos.


 Estaba frustrada y con rabia. Entonces timbraron y ella pensó que sería su padre, aunque él casi no iba a su habitación excepto en las mañanas. Abrió y era el asesino. Estaba segura. Parecía preocupado y pasó sin que se le invitara. Adriana no cerró la puerta pues pensó en salir por ella pero al ver la pistola que sacó el tipo del bolsillo, decidió no moverse. ¿Que estaba pasando? Era su deseo cumplido de una vida emocionante, más de lo que jamás hubiese querido.

viernes, 18 de diciembre de 2015

Extraña llamada

   No recuerdo muy bien de que estábamos hablando pero sí que recuerdo que íbamos por la zona de la ciudad que empezaba a elevarse a cause de la presencia de las montañas. Como en toda ciudad de primer mundo, todo estaba cuidadosamente organizado y parecía que no había mucho campo para algo estuviera mal puesto o que un edificio fuese muy diferente al siguiente. Todo era muy homogéneo pero con el sol del verano no parecía ser un mundo monótono sino muy al contrario, parecía que toda la gente era auténticamente feliz, incluso aquellos que sacaban la basura o paseaban a su perro.

 Con mi amigo hablábamos a ratos, hacíamos pausas para mirar el entorno. Nos entendíamos aunque tengo que decir que amigos de pronto era una palabra demasiado grande para describir nuestra relación. La verdad era que habíamos sido compañeros de universidad, de esos que tienen clases juntos pero se hablan poco, y nos habíamos encontrado en el avión llegando a esta ciudad. Como por no ir a la deriva y tener alguien con quién hablar, decidimos tácitamente que iríamos juntos a dar paseos con la ciudad, con la posibilidad de separarnos cuando cualquiera de los dos lo deseara. Al fin y al cabo que ninguno de los dos conocía gente en la ciudad y no estaba mal compartir experiencias con alguien.

 Ese día estábamos juntos pero fui yo, cansado, el que me senté contra el muro de un local comercial cerrado junto a unos hombres de los que solo me había percatado que tenían la ropa blanca. Ellos estaban agachados pero no sentados, seguramente para evitar manchar sus pantalones blancos. Me di cuenta que me miraban hacia el otro lado de la calle por lo que yo también hice lo mismo. Era la esquina de una de esas cuadras perfectamente cuadradas de la ciudad. Había dos grandes locales: uno daba entrada a un teatro en el que, justo cuando voltee a mirar, apagaron las luces del vestíbulo. El otro local era una pizzería donde algunas personas se reunían a beber y comer.

 De pronto los hombres se levantaron y se dirigieron hacia el teatro. Sin explicación alguna, yo también me puse de pie y los seguí. No le avisé a mi amigo por lo que él se quedó allí, mirando su celular. Yo entré al teatro que tenía sus luces encendidas de nuevo pero decidí no acercarme al punto de venta de billetes porque no hubiera sabido que decir. En cambio me senté en unas sillas vacías, como de sala de espera. Desde allí pude ver que los actores que había visto afuera estaban discutiendo con alguien que parecía trabajar allí también. No se veían muy contentos. La conversación terminó abruptamente y los actores se acercaron a mi. Me asusté por un momento pero solo se sentaron en las sillas al lado mío, hablando entre ellos y después quedando en silencio.

 No sé porque lo hice porque normalmente no soy chismoso ni me meto en las cosas de los demás, pero allí estaba en ese teatro sin razón alguna. Y cuando el actor sacó su celular, el mismo actor junto al que me había sentado afuera, no pude evitar mirar la pantalla. Solo vi que era un mensaje de texto pero no tenía tan buena vista como para leerlo y la verdad no quería ser tan obvio, así que me puse a mirar los afiches de obras pasadas que había en un muro opuesto, como si me interesaran.

 El hombre entonces se puso de pie y se dirigió adonde había unos teléfonos. Por un momento ignoré que la presencia de esos aparatos fuera una reliquia del pasado pero no dudé su presencia allí. Mi amigo llegó justo en ese momento, dándome un codazo y preguntándome porqué lo había dejado solo afuera. Solo le pedí que hiciera silencio y nada más. No podía explicarle porque estaba allí.

 Miré al hombre hablar por teléfono durante un rato. Quería saber que estaban diciendo, quería saber qué era lo que decía y con quién hablaba. Era un presentimiento muy extraño, pero sabía que en todo el asunto había algo raro, algo que había que entender y que no era solo entre esos personajes sino entre todos los que estábamos allí, incluso mi muy despistado amigo. Era una sensación que no me podía quitar de encima.

 Cuando el hombre colgó, lo vi acercarse pero me dirigí a mi amigo cuando ya estaba muy cerca. Le dije muy crípticamente, incluso para mí, que nos iríamos en un rato. No tengo ni idea porqué le dije eso pero estaba seguro de que era cierto.

 El actor se me sentó al lado visiblemente compungido. Lo que sea que había hablado al teléfono no lo había recibido muy bien. Se había puesto pálido y era obvio que sudaba por el brillo en sus manos. Podía sentir su preocupación en la manera en que respiraba, en como miraba a un lado y a otro sin en verdad mirar a nada y a nadie.

 Mi celular entonces timbró una vez, con un sonido ensordecedor. Como lo tenía en el bolsillo, el volumen debía haberse subido o algo por el estilo, aunque con los celulares más recientes eso no era muy posible. Al sacarlo del pantalón y ver la pantalla, vi que era un mensaje de audio enviado por Whatsapp. El número del que provenía era desconocido. Miré a un lado y a otro antes de proceder. Desbloqué mi teléfono y la aplicación se abrió.

 El audio comenzó a sonar estrepitosamente. Era la voz del actor que estaba al lado mío que inundó la sala y la de otro hombre. Torpemente tomé el celular en una mano y la mano de mi amigo en la otra y lo halé hacia el exterior. Él no entendía nada pero como yo tampoco, eso no importaba.

 Lo hice correr varias calles hasta que estuve seguro que no nos había seguido nadie. Fue un poco incomodo cuando nos detuvimos darme cuenta que todavía tenía la mano de mi compañero de universidad en la mía. La solté con suavidad, como para que no se notara lo confundido que estaba, por eso y por todo lo demás.

 La voz me había taladrado la cabeza y eso que no había entendido muy bien lo que decían. Miré mi teléfono y el audio se había pausado pero yo estaba seguro que no habían sido mis vanos intentos por apagar el aparato los que habían causado que se detuviera el sonido. Con mi amigo caminamos en silencio unas calles más hasta la estación de metro más cercana, pasamos los torniquetes y nos sentamos en un banco mirando al andén. Allí saqué mi celular de nuevo y vi que el sonido ya era normal. Miré a mi amigo y él entendió. Puse el celular entre nosotros y escuchamos.

 Primero iba la voz del actor, que contestaba el teléfono en el teatro. La voz que le respondía era gruesa y áspera, como la de alguien que fuma demasiado. Era obvio que el actor se sentía intimidado por ella. Sin embargo, le preguntó a la voz que quería y esta le había respondido que era hora de que le pagara por el favor que le había hecho. La voz del pobre hombre se partió justo ahí y empezó a gimotear y a pedirle a la voz gruesa más tiempo, puesto que según él no había sido suficiente con el que había tenido hasta ahora.

 Esto no alegró a la voz gruesa que de pronto se volvió más siniestra y le dijo que nadie le decía a él como hacer sus negocios ni como definirlos, fuera con tiempo o con lo que fuera. Le tenía que pagar y lo amenazó con ir el mismo por todo lo que le había dado, además de por su paga que ya no era suficiente por si sola. Antes de colgar, la voz de ultratumba hizo un sonido extraño, como de chirrido metálico.

 El tren llegó y nos metimos entre las personas. Adentro compartimos con mi amigo un rincón en el que estuvimos de pie todo el recorrido. Solo nos mirábamos, largo y tendido, como si habláramos sin parar solo con la vista. Pero nuestra mirada no era de cariño ni de entendimiento, era de absoluto terror. Había algo en lo que habíamos escuchado que era simplemente tenebroso.  Por alguna razón, no era una amenaza normal la que habíamos oído.

 Llegamos a nuestra estación. Bajamos y subimos a la superficie con lentitud, sin amontonarnos con la masa. No nos miramos más ese día, tal vez por miedo a ver en los ojos del otro aquello que más temíamos de esa conversación, de ese momento extraño.

 Esa noche no pude dormir. Marqué al número que me había enviado el audio pero al parecer la línea ya estaba fuera de servicio. No escuché la conversación de nuevo por físico susto, porqué sabía que entonces nunca dormiría en paz.


 Hacia las dos de la mañana tocaron en mi puerta y creo que casi me orino encima del miedo. Esto en un par de segundos. Fue después que oí la voz de mi amigo. Lo dejé pasar y esa noche nos la pasamos hablando y compartiendo todo el resto de nuestras vidas, creo yo que con la esperanza de que sacar a flote otros recuerdos nos ayudara a olvidar esa extraña experiencia que habíamos tenido juntos.

jueves, 26 de marzo de 2015

Familia

  Me dejé caer en mi cama, exhausto del día que había tenido. Mi cuerpo, por alguna razón, sentía mucho dolor aunque no había hecho ningún esfuerzo físico notable. Solo me sentía abatido y no quería moverme mucho. Sin ponerle mucha atención al asunto, me quité los zapatos y subí mejor a la cama, abrazando la almohada y quedándome dormido. Por suerte, no tuve ningún tipo de sueño, nada que me molestara. Fue hasta bien entrada la noche que desperté y me di cuenta que afuera estaba muy oscuro y que casi no había ruido. Cuando miré mi reloj, era pasada la medianoche.

 Sentado en la cama, no quería moverme pero mi estomago rugía y no tuve más remedio que ponerme de pie e ir a la cocina, donde calenté una de esas comidas para microondas. Era una lasaña de carne. Cuando estuvo lista, la puse sobre un plato, cogí un tenedor y un jugo de cajita de la nevera y me fui con todo a la cama de nuevo. Dejé la comida sobre la cobertor, me quité los pantalones y las medias y me senté en la cama. Cogí el portátil del suelo, donde lo había dejado al llegar, y puse un episodio de una serie que no había podido ver antes.

 Mi cena fue interrumpida entonces por el sonido de mi celular, que también estaba en algún lugar del suelo. Decidí no contestar y mejor dejarlo para después. Además, quien llama después de la medianoche? Podía ser una emergencia pero no había nadie que me llamara por esa razón, al menos no aquí. Entonces podía esperar. No quería saber de nada de ni nadie y mucho menos si resultaba ser algo relacionado con el trabajo. “Que se jodan”, pensé. Había estado todo el día haciendo de todo y no iba a cambiar mis horas de sueño por más de lo mismo.

 Terminé de ver el capitulo de la serie al mismo tiempo que terminaba la lasaña. Después dejé el plato de lado y, mientras tomaba el jugo, miré por la ventana. De verdad que era una muy bonita vista la que tenía de la ciudad. Por estar en un barrio construido sobre una ladera, el apartamento tenía una vista privilegiada. Se podían ver miles de apartamentos, casas e incluso algunos barcos allá lejos, en el mar. Cuando terminé el jugo, cogí el plato y el tenedor y los llevé a la cocina. Tiré a la basura la cajita del jugo y lavé todo. Entonces, de nuevo escuché el sonido del celular.

 Cuando volví al cuarto ya no se escuchaba más pero de todas maneras lo saqué de mi mochila que yacía en el suelo y miré quien me había llamado. El sonido de fastidio fue tan obvio cuando vi la pantalla, que a nadie le habría sorprendido verme tirar el celular justo ahí. Lo mejor era volver a dormir y terminar con un día tan malo. Me demoré un poco conciliando el sueño y tuve que recurrir a la lectura en el portátil para por fin tener algo de sueño. Por culpa de mi siesta anterior, esta vez el sueño fue pesado y no sentí haber descansado nada cuando me desperté al día siguiente.

 Lastimosamente, tenía que levantarme temprano para ir a clase y luego a trabajar, entonces no hubo manera de seguir tratando de dormir. De nuevo, cuando ya estaba por salir, el celular empezó a vibrar en mi bolsillo. Había tenido la buena idea de quitarle el sonido pero de todas maneras era estresante sentir que vibraba como loco. No, no iba a contestar. Para que me llamaba? Que tenía que decirme ahora? No, no más. Ya tenía demasiado con todo lo que se me venía encima como para echarle encima este problema, o mejor, molesto inconveniente.

 Cuando llegué a clase, por fortuna, pude distraerme con algunos conceptos interesantes que empezábamos a ver. Teorías e historias interesantes, que daban rienda suelta a la imaginación, que era lo que más me gustaba. De hecho todavía lo es pero ahora trato de que la imaginación no tome control del todo. Ya lo hice una vez y no resultó nada bien. La clase era larga pero pasó rápidamente. Apenas tuve tiempo de intercambiar algo de charla con mis compañeros y comer algo ligero antes de salir corriendo adonde estaba mi pequeño puesto de trabajo.

 La verdad era que no tenía un trabajo muy interesante. Básicamente estaba encargado de ordenar el constante lío de papeles y archivos y objetos que tenían un poco por todas partes. Había un archivista oficial en el lugar y ese era mi jefe, que parecía tener cosas mucho más interesantes que hacer, que ayudarme a clasificar miles y miles de documentos, cuyos montones parecían nunca cambiar de tamaño. Lo malo de todo es que nadie parecía apreciar mi trabajo y todos siempre sugerían que se debería organizar el archivo, como si eso no fuera lo que yo había estado haciendo.

 Es frustrante, siempre, hacer cosas y darse uno cuenta que nadie lo aprecia. No es que yo haga cosas para que los demás me noten pero sí estaría bien que la gente al menos reconociera mi esfuerzo. Pero en fin, son idiotas en todo caso. Así pasaba horas, desde el almuerzo hasta la hora de la cena, organizando documentos que la verdad era que a nadie le importaban. Los que más consultaban siempre habían estado bien organizados. Los demás, el mar de papel que faltaba por archivar, ese nadie venía a verlo. De pronto era precisamente por el desorden pero la verdad era que no importaba.

 Cuando pude salir de allí, por fin, caminé con rapidez al bar más cercano. Después de todo era viernes y mi cuerpo necesitaba relajarse bastante. Tomaría un par de copas más y luego me iría a casa, a dormir más de la cuenta, para despertarme tarde al otro día y hacer algo que me alegrara la vida. Pero no pude hacer nada de eso porque el teléfono empezó a vibrar de nuevo. Harto de todo contesté y lo primero que hice fue gritar.

-          - No me jodas más!

 Y colgué. Estaba harto de él, no quería saber nada ni de él ni del pasado ni de nada. Ya estaba harto del tema y este no era el mejor momento para hablar de nada de eso. Tomé dos vasos más de vodka con jugo de naranja y, cuando hube terminado el tercero, alguien me tocó la espalda y era él. Quería golpearlo en la cara pero me di cuenta que eso solo le serviría a él. Preferí darme la vuelta y pedir uno más antes de irme. Se sentó a mi lado y no dijo nada. No pidió un trago ni me miró, solo se quedó ahí mirando al vacío. Yo me tomé mi último trago a sorbos y cuando terminé me puse de pie pero entonces él me tomó del brazo y no tuve más remedio, pensé, que lanzarle mi puño a la cara.

 Su nariz pareció explotar, sangre por todos lados. Todos nos miraban. Contrario a lo que uno pensaría, él no respondió mi golpe sino que se quedó allí, mirándome mientras uno de los empleados del sitio le pasaba un trapo para limpiarse y detener la hemorragia. Me quisieron sacar pero les dije que no me tocaran y que ya me iba. Salí del lugar sin prisa, caminando lentamente e inhalando el frío aire de la noche. Tenía los ojos llorosos pero no me iba a dejar vencer por un recuerdo, por algo que ya había ocurrido y no había manera de arreglar o de olvidar. Él no tenía derecho de venir y cambiar mi vida.

 Cuando me di cuenta, había caminado tanto que tuve que detenerme. Traté de recordar para donde debía dirigirme para ir a casa pero entonces él apareció de nuevo. Tenía en la mano el pañuelo blanco ensangrentado con el que había tratado de sanar su nariz, que estaba visiblemente torcido. Ya no parecía tan tranquilo como antes de que lo golpeara. Me tenía rabia y yo a él. Por fin podía sentir que tenía una competencia a mi nivel, una rabia y un dolor igual que el mío.

-           - Deja de seguirme. – le dije.
-           - Porque no me dejas acercarme?
-           - No me interesa lo que quieras decirme.

 Me di la vuelta ya caminé hacia una estación de metro. Él me siguió, de nuevo en silencio. Ya en el andén del lugar, donde habían algunos otros pasajeros noctámbulos, se me acercó y me abrazó. Fue algo tan imprevisto, tan extraño, que al comienzo no lo rechacé. Sentía su calor y su gesto me lo hizo recordar todo. Entonces, ese dolor del pasado, me hizo empujarlo y mirarlo con mis ojos llenos de lágrimas. No podía aguantar más, tenía que dejarlo salir o podría morir.

 Se me acercó de nuevo y me abrazó como antes, como si él no hubiese sido el hermano de la persona que más había yo amado en el mundo sino como si fuera parte de mi familia. Lo apreté con fuerza porque no quería sentir que se alejaba, no quería dejar de sentir esa conexión que, mágicamente, parecía volver a mi. Esa persona ya no estaba pero su hermano sí y me amaba y yo a él porque compartíamos nuestro cariño con alguien más. Entendí entonces que por eso me acosaba, por eso me seguía e insistía.


 Él sabía, mucho antes que yo, que iba a necesitar de alguien para pasar este trago amargo de la vida. Y que mejor que la familia para ayudarme en este oscuro pero necesario viaje.