Mostrando las entradas con la etiqueta planeta. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta planeta. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de julio de 2017

Tan cerca, tan lejos

  La herida estaba abierta, casi escupía sangre. Era un corte profundo pero había sido ejecutado con tal agilidad que al comienzo no se había dado cuenta de que lo habían atacado de esa manera. Corriendo, solo se había sostenido el costado y había notado como se le humedecía la mano a medida que corría y como se cansaba más rápido. Su respiración era pausada y las piernas dejaron de funcionar al cabo de unos veinte minutos. Su compañero llamado B, lo ayudó a seguir adelante.

 El bosque en el que habían estado durante meses parecía haber adquirido alguna extraña enfermedad. Los árboles habían languidecido en tan solo unos días De ser unos gigantes verdes, pasaron a ser unas ramas marrones casi negras que se sostenían en pie porque el viento ya no soplaba con tanta furia como antes. Notaron que, lo que sea que estaba acabando con la vegetación avanzaba poco a poco. Tras una colina, encontraron un pedazo de bosque que apenas comenzaba a podrirse.

 Cuando se detuvieron, lo hicieron en la zona más espesa para evitar ser atacados. Pero si ya no los seguían quería decir que su enemigo se había cansado y había decidido dejar sus muertes para más tarde. Estaba más que claro que eran ellos los que llevaban las de perder. Estaban heridos y no habían comido como se debía en varios días. Se había alimentado de los pocos animales que quedaban y de plantas y frutas pero todo se moría. Pronto sería la falta de agua lo que los llevaría a la tumba.

 Al dejarse caer en el suelo, la sangre empezó a salir de A a borbotones.  Era demasiada sangre de un cuerpo que no era alto y ya había adelgazado demasiado por la falta de comida. Cuando se dieron cuenta de la extensión del daño, supieron de inmediato que su enemigo los había dejado ir para que murieran por su cuenta. Podía esperar a encontrar los cadáveres. No era un planeta grande, no podían correr para siempre. Ellos sabían que estaban perdidos.

 B trató de limpiar la herida lo mejor que pudo. Luego, rompió la camiseta sucia que llevaba puesta y, con la cara limpia, cubrió toda la cintura de su compañero. Tuvo que romper la tela en varios sitios, morder y gemir porque no habían descansado aún. A no paraba de llorar pero no emitía sonido mientras lo hacía. Era el dolor el que lo obliga a derramar lágrimas pero no quería dejarse terminar por algo que venía de sus adentros. Quería seguir corriendo, seguir luchando, pero al mismo tiempo sabía que no había más oportunidades en el horizonte.

 Había llegado la hora de darse cuenta, de abrir los ojos y ver la muerte a la cara. Por un lado, estaban tristes, devastados. Habían venido de muy lejos y todo había sido un paraíso terrenal. Pero las cosas habían empeorado de una manera vertiginosa y ahora estaban a solo pasos de su muerte. El tiempo podría ser corto o largo, si es que la vida quería torturarlos un poco más. Pero al fin de todo, sabían que muertos serían más felices. Era la única manera de estar juntos para siempre.

Ya no era un secreto a voces. Nunca se lo dijeron en palabras pero sabían bien lo que sentían y simplemente lo habían expresado y desde ese momento su tenacidad como compañeros había sido imparable. De cierta manera, el hecho de solo tener una herida de muerte entre los dos, era un hecho de admirar. Solo ellos habían enfrentado una legión de criaturas sedientas de sangre, locas por la carne humana y obsesionadas con la muerte. Se podía decir que habían salido bien librados.

 Comieron lo último que tenían en su pequeña y desgarrada mochila. Decidieron caminar más, en silencio y fue ese el momento para pensar en todo. A pensó que jamás volvería a respirar más y eso lo hizo sentir bien. Porque ahora su garganta le dolía y su cuerpo le pesaba. Ya no quería seguir así y sabía muy bien que no habría ninguna salvación milagrosa en el último minuto. Esas criaturas lo habían condenado y él no podía pelear contra la fuerza de la muerte.

 B, sin embargo, se había cuenta de un pequeño detalle: el seguiría vivo después de la muerte de A. Era estúpido pensar algo tan obvio pero cuando había visto la herida no la había sentido como exclusiva de su compañero. Para él, era un peso que cargaban en pareja y no en solitario. El solo hecho de no haber pensado en su supervivencia le había hecho pensar que de verdad era amor lo que sentía pero también le había hecho caer en cuenta que estaría solo, al menos por un tiempo.

 Al fin y al cabo, las criaturas y su maestro los seguirían cazando, con herida y sin ella. Eso quería decir para B, que vería al amor de su vida morir pero lo seguiría muy de cerca. Eso a menos que la tortura de parte del enemigo fuese dejarlo vivir y ahora que lo pensaba, sería algo muy horrible de vivir. Sin consultarlo con su pareja, recordó el cuchillo que habían robado y como colgaba de su cinto. Cuando A muriera, lo usaría en sí mismo para acabar con todo. No viviría un segundo más que la persona con la que había sobrevivido a tanto.

 La noche llegó y parecía apresurada. El cielo no se tiñó de colores al atardecer. Solo hubo un cambio repentino de luz a oscuridad. Era muy extraño pero el lugar en el que se encontraban era tan raro, que preferían no dudar de nada y no pensarlo todo demasiado. Se recostaron entre algunos árboles pequeños y se quedaron dormido uno contra la espalda del otro. Así podían sentirse cerca el uno del otro, sin descuidar el lugar donde estaban y sus provisiones, por pocas que fueran.

 Sin embargo, no durmieron todo lo que hubiese querido. En la mitad de la noche los despertó un gran estruendo. Se pusieron de pie de un salto, pensando que venían por ellos los asesinos. Por un segundo, pensaron en su muerte. Se tomaron de la mano y esperaron el ataque. Pero otro sonido les hizo caer en cuenta que lo que los había despertado venía de arriba, del cielo. Era como una mancha y luego se transformó en luces. Cuando estuvo cerca, pudieron ver que era un vehículo.

Aterrizó cerca de ellos pero los dos hombres no se movieron. No podían confiar en nada de lo que vieran. Así que B hizo que A se recostará en un tronco aún fuerte y esperaron juntos, en la sombra. El vehículo se quedó en silencio y, de repente del costado, apareció una puerta. A través de ella salió una criatura hermosa. Era similar a una mujer humana pero algo más alta, con piel rosada y escamas iridiscentes en sus piernas. Era lo más hermoso que hubiesen visto nunca.

El ser caminó de manera estilizada hasta ellos. No dudó por un segundo. Apartó ramas y los miró a los ojos. Ellos no sabían que hacer. La miraron y ella hizo lo mismo, sin emitir un solo sonido. El momento parecía durar una eternidad porque la mujer parecía analizarlos y algo por el estilo. Había una sensación de urgencia en el aire pero, al mismo tiempo, de una extraña paz que les impedía salir corriendo hacia el costado opuesto. Era todo demasiado raro, loco incluso.

 A finalmente cedió al dolor. Sus rodillas se doblaron y cayó de golpe al suelo. Sangre salía de su boca. B saltó hacia él y entonces la mujer, o lo que fuera, abrió la boca, como si fuera a gritar. Pero ellos no oyeron nada. Cuando cerró la boca, ayudó a B a cargar a su compañero a la nave.


 En la puerta, B miró hacia atrás cuando la nave se elevó. Lo último que vio fue los cadáveres de sus enemigos, destrozados. La mujer había hecho algo allí, algo que ellos no entendían. Y ahora ella y su piloto trataban de tomar a A de los brazos de la muerte.

lunes, 15 de mayo de 2017

Hallazgos

   Viajar parecía cada vez más rápido. Era la segunda vez en el año que Roberto tomaba el transbordador que lo llevaría de la ciudad de París hacia Hiparco, la ciudad más poblada de Tritón. El viaje tomaba un día entero pero con la tecnología disponible no parecía ser más que un viaje en taxi. Cuando los pasajeros se despertaban de su sueño causado por un gas especial que soltaban al momento del despegue, sentían como si apenas acabaran de subirse al vehículo y no notaban los miles de millones de kilómetros recorridos.

 Hiparco era una ciudad muy activa. No solo porque era una de las más cercanos al Borde, sino porque se había convertido en el refugio de artistas incomprendidos y científicos que querían probar nuevas teorías. Era una ciudad sumergida en los grandes conceptos y por todo lado se podía ver gente tratando de lograr algo completamente nuevo. No era de sorprender que de allí hubiese salido una de las óperas más famosas jamás compuestas y un tipo de plástico que ahora todo el mundo utilizaba.

 El trabajo de Roberto consistía en algo muy sencillo: vender. Claro, la gente lo podía pedir todo por una computadora y poco después algún robot se lo entregaría casi sin demora. El problema era que muchas veces las personas querían un trato más cercano, con un ser humano mejor dicho. Aparte, Roberto no solo vendía sino compraba y esa era en realidad su actividad primaria. Iba de ciudad en ciudad viendo que podía encontrar, ojalá objetos valiosos de épocas pasadas.

 El negocio era familiar y había sido su abuelo el que lo había fundado hacía unos cien años. Desde ese entonces, por la tienda de la familia habían pasando incontables objetos de diversos usos. Roberto había llegado a Hiparco buscando nuevas adiciones. La mayoría era para vender pero muchos de los verdaderamente valiosos se quedaban con la familia. En parte era por el valor pero también porque adquirían una importancia sentimental fuerte, que parecía ser característica de la familia.

 En Hiparco, Roberto visitó en su primer día a unas diez personas. Estos eran los que querían ver los nuevos avances o necesitaban ayuda con sus compras. Ese primer día era para él siempre sumamente aburrido, pues resultaba algo rutinario y no tenía ningún interés verdadero en mostrarle a nadie como se reparaba su aspiradora de última generación. Los días que disfrutaba de verdad eran el segundo y el tercero. Eso sí, jamás se quedaba más de tres días en una misma ciudad, o sino no terminaría de hacer sus viajes por el sistema solar nunca.

 El segundo día en Hiparco era el emocionante. Roberto se despertó temprano y salió a caminar por los hermosos senderos de la ciudad. Tritón estaba en proceso de terraformación y por eso solo la gran ciudad tenía verde. El resto del satélite estaba completamente muerto, como lo había estado hacía muchos años durante la época del padre del padre de Roberto. Daba un poco de susto pensar en que en ese entonces el lugar donde él estaba parado no era más sino un arrume de piedras y polvo.

 Su primer destino fue el mercado de la ciudad. Allí siempre encontraba aquellos que tenían algo que ofrecer. En efecto, no había estado ni cinco minutos allí cuando empezó a charlar con una mujer que vendía tabletas de ingestión. Al decirle su trabajo, ella saltó y le ofreció mostrarle uno de los mayores secretos de su familia. Roberto tuvo que esperar un buen rato para que la señora buscara su objeto, cosa que no le hizo a él mucha gracia. Perder el tiempo no era algo productivo.

 Cuando volvió, la mujer tenía en las manos una bolsita de cuero. Roberto sabía que era cuero porque lo había tocado varias veces pero era uno de esos materiales que nunca deja de sorprender. Este en particular, era extremadamente suave y oscuro, como si el proceso para fabricarlo hubieses sido dramáticamente distinto al de otros cueros. La señora dejó que el hombre tocara la bolsita un buen rato hasta que decidió tomarla y mostrarle lo más importante: el interior.

 Adentro, había algo que Roberto no esperaba ver. Era algo tan poco común como el mismo cuero. Gracias a sus conocimientos y algunos recuerdos vagos de infancia, supo que lo que veía adentro de la bolsita eran monedas. Sacó una con cuidado y la apretó entre dos dedos. Era sólida como roca pero con una forma redonda muy bonita. Lo más destacable era que estaba muy bien conservada; las dos caras seguían teniendo el relieve original que tenía una imagen diferente en cada lado.

 Al preguntarle a la mujer por el origen de las monedas, ella confesó que había sido su marido el que había guardado esa bolsita por años. Ella la encontré después de él haber muerto, no hacía sino algunos meses. Dijo que las monedas no tenían para ella ningún significado y que preferiría algunos créditos extra en su cuenta y no unos vejestorios por ahí, acumulando polvo en su casa. El obro le pagó de inmediato y salió con su hallazgo del mercado. Tan feliz estaba que decidió no recorrer la ciudad más ni seguir buscando objetos para comprar. Quería volver a su hotel deprisa.

 Allí, revisó individualmente el contenido de la bolsita de cuero. Contó ocho monedas adentro. Pero cuando vacío el contenido sobre el escritorio de la habitación, pudo ver que había algo más allí. Era algún tipo de tecnología antigua, tal vez hecha al mismo tiempo que las monedas. Era un objeto plano, de color brillante. Su tamaño era muy pequeño, más o menos igual que un pulgar humano, y era ligeramente rectangular, casi cuadrado. Roberto lo revisó pero no sabía lo que era.

 Como ya era tarde, decidió acostarse para en la mañana tratar de hacer más compras antes de tener que volver a la Tierra. El transbordador salía a medio día así que debía apurarse con sus compras. Sin embargo, a la mañana siguiente, Roberto no encontró nada que le interesara. Nadie tenía nada más importante que las monedas y eso era lo único que a él le interesaba, pues no hacía sino pensar en ellas. Y también en el misterioso objeto de color brillante, que parecía salido de un sueño.

 Cuando terminó su ronda infructuosa, regresó al hotel a recoger sus cosas. Tomó su maletín de trabajo y salió hacia el transbordador. En lo que pareció poco tiempo llegó de vuelta a casa, donde tuvo la libertad de revisar las monedas a sus anchas. Por su investigación, que duró apenas unas horas, pudo determinar que se trataba de un tipo de dinero utilizado en una zona determinada de la Tierra, muchos años en el pasado, de la época de su bisabuelo.

  Cada moneda tenía un lado único, diferente, lo que las hacía más hermosas. Su meta sería conseguir más, para ver que tan variadas podrían ser. La búsqueda de información sobre el otro objeto no fue tan fácil como con las monedas. Todo lo que tenía que ver con tecnología era difícil de rastrear por culpa de la misma evolución de todo lo relacionado con el tema. No fue sino hasta una semana después cuando un coleccionista le consiguió un libro que explicaba que era el objeto.

 Debió usar guantes para no destruir el libro. El caso es que había una foto de su hallazgo y se le llamaba “Tarjeta de memoria”. Era un dispositivo en el que se transportaba información hacía muchos años. Es decir, que adentro podría tener mucho más de lo que cualquier otro objeto le pudiera proporcionar a Roberto.


 La felicidad le duró poco puesto que los lectores de esa tecnología ya no existían. Ni siquiera los museos tenían algo así y menos aún que sirviera todavía. Así que por mucho tiempo, Roberto se preguntó que secretos guardaría ese pequeño fragmento de plástico en su interior.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Krom 3

   Cuando Sertov por fin pudo estabilizar la nave, todo dejó de temblar y de sacudirse de un lado para otro. Todo lo que no estaba pegado o amarrado se había caído al suelo y había trozos de un poco de todo. Había gente que todavía creía que el vidrio era un material que valía la pena traer a un viaje por el espacio. Pero lo importante era que todos estábamos vivos, algo temblorosos, pero vivos al fin y al cabo. Yo estaba debajo de la mesa donde comíamos y hacíamos las reuniones. A mi lado estaba la doctora Stuart, que parecía no haber sentido nada y hacía cara como si todo el acontecimiento hubiese sido algo bastante molesto y que le hubiese quitado mucho tiempo. De hecho, al momento en que todo terminó, muy tranquilamente se puso de pie y se fue a su consultorio.

 Yo me quedé en el suelo un rato más, con algo de miedo de que algo inesperado sucediera pero nada pasó. Fui a la cabina de mando y, para mi vergüenza, todos ya estaban allí y cuando entré me miraron igual que lo hacen los niños cuando alguien llega tarde a clase. Éramos un grupo de seis, lo normal en estas naves de comercio de bajo impacto. Llevábamos fruta congelada y algo de titanio, nada muy lujoso la verdad. Sertov, nuestro capitán, nos explicó que por poco no escapamos la gravedad de un planeta enorme y tuvo que hacer una maniobra especial para escapar de su gran poder. Su segundo al mando, un hombre pequeño de apellido Renoir, explicó que habían tenido que usar más combustible del que hubiesen deseado y ahora no teníamos suficiente para llegar a puerto.

 Creo que no hubo nadie que no se quejara. Los Wong, mellizos, no estuvieron muy contentos ya que ellos vivían de cargar naves por todos lados y no podían dejar de hacer sus cosas o el dinero por mes bajaba bastante. A pesar de no ser del mismo sexo, la gente los confundía con frecuencia y por eso casi nadie se molestaba en aprender sus nombres, usando solamente el apellido Wong. Yo era el encargado de monitorear los objetos que entraban y salían y lidiaba con los puertos. Éramos como marineros, casi piratas, negociando donde llegáramos y sin un jefe que nos dijera que hacer y como hacerlo.

 Las opciones eran pocas pero las había. Sertov dijo que podríamos gastar casi toda la gasolina yendo hasta Krom 3, una estación espacial parcialmente abandonada, que había servido hace mucho tiempo como centro minero. La idea no era mala excepto que ese lugar estaba relleno de la escoria más vil de este lado del cosmos. Todos eran o asesinos o ladrones o algo no muy bueno. Nos arriesgábamos a morir si íbamos allá, principalmente porque los Wong habían tenido peleas con muchos de ellos y si sabían que comerciábamos nos podían robar. La otra opción más viable era pedir ayuda pero eso era automáticamente perder la carga y además tiempo pues nos arrestarían de seguro.

 Decidimos, por cinco votos contra uno, ir a Krom 3. El único que votó en contra fue Renoir, que no estaba muy emocionado por ir al lugar ya que el capitán se había encargado de contarlo mil y un historias del sitio, ninguna de ellas muy alegre. El viaje al lugar tomó todo un día, cuando el viaje al puerto al que nos dirigíamos originalmente tomaba tres días completos. Cuando nos fuimos acercando, no era difícil de ver el pasado plasmado en cada rincón de esa estación condenada. Era vieja, ya nadie las hacía así, incluso parecía que habían usado metal para mucha de la estructura. Además, el planeta cercano la cubría constantemente de cenizas y otras suciedades, que la hacían verse incluso más vieja y decaída de lo que en realidad estaba.

 Atracaron en un lugar algo alejado e ingresaron al lugar. El impacto fue casi instantáneo. La doctora, que parecía no agitarse con nada, miró a su alrededor como si algo hubiera muerto. Renoir trataba de no hacer contacto visual y el capitán, como yo, mirábamos solo hacia delante, buscando a alguien que pudiese recargar nuestra batería de impulso lo más rápido posible. Los Wong eran los únicos que parecían contentos de estar en el lugar. Saludaban a algunos de los residentes y respondían a miradas amenazadoras con miradas aún más agresivas, casi como si fueran bestias a punto de pelearse por un pedazo de carne. Era un lugar inmundo y nada atractivo.

 Por fin, Sertov encontró a un pirata que le vendió una recarga rápida, según él la mejor en el sector, pero por un precio ridículamente alto. Yo me quedé con él para negociar mientras los demás caminaban por el lugar. Estuvimos discutiendo un buen tiempo pero por fin el tipo se dio cuenta que no era nuestra primera vez en el espacio y nos dio un premio aún injusto pero que al menos podíamos pagar. Sertov y Renoir se devolvieron a la nave con los hombres del pirata para cargar la batería y mientras tanto nosotros le echábamos un ojo al sitio. La verdad era que no había que ver y quise devolverme al poco rato pero entonces fue cuando escuché el escandalo.

 Una mujer, visiblemente extraterrestre, estaba chillando en la mitad de un circulo de personas. La mujer tenía rasgos humanos pero también de otra raza, por lo que era posible que fuera un hibrido. Era una lástima pues en lugares como Krom 3, la gente no da la bienvenida con brazos abiertos a quienes sean muy diferentes de ellos. Cuando la pude ver bien, vi que tenía manchas de algo morado en la ropa y temblaba. Alguien se acercó y le preguntó, en un idioma que yo nunca había oído, lo que pareció ser: “Estás bien?”. La mujer respondió temblando aún más y diciendo muchas palabras a una rapidez increíble. Fue entonces que caí en cuenta que quien la ayudaba no era otra sino la doctora de la nave.

  De un estirón levantó a la mujer extraterrestre del suelo, pero la mayoría de gente no quería dejarlas pasar. Entonces la doctora me vio y pudimos sacar a la mujer de allí. No nos alejamos dos metros cuando escuchamos el disparo y ya no podíamos hacer nada por ella. Un hombre, un cerdo debó decir mejor, le había disparado a la mujer hibrido por la espalda. La mujer perdió el equilibrio al instante y no pudimos sostenerla más. La doctora la revisó rápidamente pero no había nada que hacer. Entonces se levantó, se dirigió a al hombre cerdo y le pegó una cachetada con fuerza, a pesar de que el hombre no había guardado su arma todavía. Pero eso a ella no le importó nada.

Fue solo cuando un grupo bastante nutrido se reunió a nuestro alrededor, que nos dimos cuenta que nuestras acciones tendrían consecuencias. Nos fueron cercando como animales y nos decían cosas aunque, más que todo, estaban dirigidas a la doctora. Amenazas horribles que tenían que ver con su género, algo que provocó en ella el disgusto más grande, pues era algo que ya no se veía en el universo y cualquier hombre, normalmente, lo pensaría muy bien antes de decir semejantes cosas. Pero esto no era la civilización, y aquí esas bestias podían decir y hacer lo que quisieran pues no había nadie que los detuviera. En su sangre, además, no había miedo pues no tenían nada que perder.

 Fue entonces que llegaron los Wong y todo se volvió un despelote completo. Yo recibí puños, en la cara y en el estomago, y la doctora fue cortada en la cara por alguno de los animales que nos rodeaban. Pero la intervención de los mellizos abrió un espacio para que pudiéramos escapar directo hacia la nave. Mientras corríamos, sentí los disparos junto a las orejas y al resto de mi cuerpo, como si fueran abejas gigantes enfurecidas. Apenas llegamos a la puerta de acceso, esperamos a los Wong que no parecían estar cerca. El capitán se nos acercó, asustándonos, y nos dijo que ya estaba todo listo para irnos. Entonces nos miró bien y nos preguntó que pasaba.

 Los  Wong respondieron la pregunta al llegar corriendo, gritando que cerraran la puerta. La doctora empujó con fuerza a Sertov hacia el interior, haciéndolo caer al suelo y yo cerré la puerta a presión. Renoir parecía haber estado mucho más pendiente pues al instante sentimos movimiento, lo que significaba que estábamos dejando atrás el infierno que llevaba el nombre de Krom 3. La doctora ayudó a Sertov, todavía algo confundido, a que se pusiera de pie. Lo llevó a la enfermería con los hermanos Wong, que sangraban pero también reían y parecían muy contentos consigo mismos. Yo estaba rendido y fui a mi habitación, donde me eché y me quedé dormido casi al instante.


 Cuando me desperté, averigüé un poco y parece que la mujer hibrido era una desplazada, o refugiada si se prefiere, de un planeta agonizante. No se sabe muy bien como llegó allí, pero era el peor lugar para estar. Muchos en la galaxia rescataban todavía valores antiguos, ya obsoletos, como el odio a otros sin razón y el amor incondicional a las armas y a la violencia, verbal y física. Era una vergüenza que para esta época todavía existiesen seres como esos, casi animales. Pero era cierto que no todo estaba bien repartido, y ciertamente no la educación.

domingo, 31 de mayo de 2015

Selenitas

  Físicamente eran como todos nosotros: dos piernas, dos brazos, un torso, ojos, nariz, boca, una cabeza con pelo encima y pies al final de las piernas. Nada raro en ese aspecto aunque sí tenían un rasgo que al parecer había sido predominante desde los primeros asentamientos: la mayoría eran pelirrojos. Nadie sabía muy bien porque pero la mayoría tenían cabelleras de rojo encendido y eran muy orgullosos de ello, las mujeres adornándolas con flores u otros adornos y los hombres modelando el pelo en varios diseños que denotaban algo de su familia o la zona en la que habían nacido.

 Los selenitas eran además reconocidos por ser mucho más “liberados” que sus contrapartes de la Tierra. La historia decía que cuando habían llegado los primeros colonos estables, habían decidido quitarse de encima ataduras que los seres humanos habían tenido por siglos. Como eran hombres y mujeres de ciencia, le impidieron el paso a la religión en ese momento y declararon como una máxima la de “vivir y dejar vivir”. De pronto por ello en los primeros años, muchas nuevas parejas homosexuales se fueron a vivir también allí y sus descendientes, también de pelo rojo, cuentan con orgullo las vidas de sus dos padres o dos madres.

 La religión fue aceptada después porque, como en toda la Historia, supo colarse por entre resquicios que nadie nunca miraba. Una virgen diminuta por allá, un dios colgante por allí, una cruz escondida y las autoridades no tuvieron de otra que legalizar la religión pero solo en ciertos lugares. Se les advirtió a los religiosos que nunca podrían ingresar con sus imágenes y discursos a centros educativos o a edificios públicos. Y así fue. Han pasado unos doscientos años desde la llegada de los primeros colonos y casi trescientos desde ese días en que el Hombre por fin pisó la luna.

 Hoy en día, la Luna es un país más, aliado estrecho de la Tierra por obvias razones, pero con un gobierno aparte, sin ataduras a las viejas democracias del planeta azul. Este vio su parte de guerras después de la secesión pacifica de la Luna pero con el tiempo todo se estabilizó. Ya el dinero perdió importancia así como el poder. Ahora lo que más buscaba la gente era conocimiento, expandir lo conquistado y tener más y más territorio. La Tierra y la Luna eran los exploradores de la galaxia aunque era el planeta el más obsesionado con colonias y minas y estaciones espaciales, la Luna en cambio tenía otra actitud. Puede que hubiese sido por los fondos menores o por su Historia particular, pero los selenitas simplemente amaban su satélite.

 El centro de la vida política era Selene. La capital llevaba uno de los muchos nombres que los terrestres le habían puesto a la Luna y era una decisión votada por los residentes. Selene no era una ciudad grande y estaba en buena parte construida en el subsuelo pero tenía lo necesario para su casi un millón de habitantes: escuelas, universidades, bibliotecas, museos, parques en burbujas de oxigeno, centros nocturnos, transporte y demás. De hecho uno de los orgullos de la Luna era su sistema satelital de transporte que llevaba a cualquier persona a su destino en menos de diez minutos.

 La vida nocturna también era conocida por ser bastante agitada y muchos terrestres venían seguido a disfrutarla. Lo hacían porque los selenitas se habían desecho de las vergüenzas e inhibiciones del viejo mundo y habían decretado que el cuerpo humano no debía ser razón de vergüenza y que cualquier gusto de una persona era algo circunstancial, que debía ser respetado más no compartido. Esto obviamente solo excluía a aquellos gustos peligrosos como los de armar bombas o matar gente, aunque incluso esos hombres y mujeres no eran condenados por ellos sino que los usaban en ciertos trabajos y ellos, como buenos selenitas que eran, los hacían con gusto.

 Había un equilibrio que la gente adoraba de este pequeño lugar. Parecía que todo podía hacerse y era verdad pero en control y con medidas. No limitaban al ser humano sino que le posibilitaban abrir su mente para crear nuevas cosas. No era de sorprender que fuesen los selenitas los que habían diseñado y construido la gran mayoría de estaciones espaciales en el sistema solar. También tenían excelentes nociones de utilización de los varios metales y tenían un sentido de la estética que los convertía en los preferidos a la hora de crear diseños para esculturas públicas o de arte moderno variado.

 La Luna, a diferencia de la Tierra, solo tenía una colonia. Era una pequeña ciudad de cien mil habitantes, parecida en su construcción a Selene, ubicada en el planeta enano Ceres, en el cinturón de asteroides. No era extraño que muchos selenitas eligieran como sitio de vacaciones a Ceres. La gente allí eran casi todos mineros o granjeros y, mezclado con sus ideales selenitas, los convertían en la mejor gente del sistema solar. Su comunidad era pequeña porque así lo decían sus leyes. De lo contrario, miles o millones hubiesen llegado al pequeño planeta a quedarse a vivir.

 La minería extraía titanio que parecía algo de nunca acabar. No era fácil, pero era lo que le daba su relativa riqueza a Ceres. Y además tenían kilómetros de plantaciones hidropónicas, de lo que uno pensara. Se decía que la mejor marihuana medicinal era de allí pero eso lo debatía con una granja en la Tierra que reclamaba el mismo puesto. A nadie en verdad le importaba. En ese momento discutir algo así era como decidir quien vendía los mejores tomates o donde crecían los más ricos bananos. Era todo tan común que nadie ponía mucho cuidado.

 Los selenitas amaban sobre todo las berenjenas, que crecían bastante en la atmósfera tenue de la Luna, creada por científicos hace años pero que todavía no les protegía completamente de los meteoritos que caían ocasionalmente. Seguido se oían de las tragedias y allí era cuando se encendían los selenitas, que creían que el gobierno era muy bueno para todo menos para acelerar el proceso de la creación de una atmósfera estable que protegiese a todos los habitantes de la Luna de que una piedra cayera del espacio y los mandara a la Tierra de un bombazo.

 El proceso no era sencillo y por eso era tan lento y solo estaría terminado en otros cientos de años. Se habían plantado hierbas especiales un poco por todos lados y máquinas creadoras de oxigeno pero todo era demasiado lento para los selenitas que siempre parecían tener un pie en el futuro y el otro en el presente. Para los sociólogos, sicólogos e historiadores, la Luna era el resumen de todo lo que los seres humanos siempre habían querido: libertad, orden, igualdad, respeto, felicidad y amor.

 Era increíble para los terrestres que venían de turismo pero la gente pelirroja de la Luna era tan liberada como era amable y era fácil enamorarse de alguno. Eso sí, había leyes claras de población ya que la Luna no era enorme y no podían "superpoblarla". Por eso había colonias, entre esas Ceres, para que los jóvenes pudiesen expandir los ideales selenitas y así hacer de todo lo bueno que tenían un estándar viable en el sistema solar. Los terrestres, amarrados todavía a tradiciones inútiles y poco prácticas, seguían con un pie en el barro del primitivismo.

 No era inusual ver u oír de un terrestre arrestado por discriminar a alguien en la calle o por hacer algo que aquí era considerado una afrenta a la libertad de los demás. No solamente eran arrestados sino también deportados y se le prohibía el ingreso de por vida a la Luna, sin excepciones. Esa era su manera de imponerse como nación y de hacer respetar sus valores, diferenciándose así de la Tierra, que siempre los miraba con condescendencia cuando había uno de esos casos de deportaciones. En la Tierra decían los extremistas que la Luna era para los pervertidos, para esa gente sin ley ni dios que no sabían lo que hacían y que terminarían ardiendo en algún infierno.

 Pero los selenitas nunca se enteraban y si lo hacían lo ignoraban. Para ellos no había lugares mágicos inventados ni personas inexistentes o no presentes que los salvaran de un futuro que no había ocurrido. Para ellos había la ciencia y sus propia conciencia. Eran ellos mismos los que hacían los cambios, los que creaban los adelantos necesarios para hacer su sociedad la mejor posible. Es cierto que de vez en cuando había gente que era seducida por los ideales terrestres y se les dejaba. Pocos se iban para nunca volver y si lo hacían no eran discriminados ni se les impedía volver. Era su derecho y la gente lo respetaba, fuese lo que fuese.


 En la plaza principal de Selene, la gente amaba reunirse, en el pasto o en las varias bancas, para discutir ideas o solo reír y compartir historias diversas. Todo tipo de personas se reunían allí bajo el sol y nadie se creía mejor o peor, con más o menos poder, más o menos inteligente. Todos eran bellos para sus estándares e incluso se decía que no se había vivido si no se había tenido relaciones con un o una selenita. El caso es que la gente de la Luna era orgullosa y amable y así lo seguirían siendo por siglos, con la Tierra allí en el horizonte, recordándoles adonde no podían regresar.