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lunes, 3 de abril de 2017

Día en la playa

   Apenas el suelo cambió, de ser negro asfalto a arena fina, me quité los zapatos y dejé respirar a mis pobres pies, cansados ya del largo recorrido. A diferencia de las pocas personas que visitaban la playa, yo no había ido en automóvil no en nada parecido. Mis pies me había paseado por todas partes durante los últimos meses y lo seguirían haciendo por algunos meses más. Era un viaje planeado hacía algún tiempo, casi como un retiro espiritual al que me sometí sin dudarlo.

 La arena blanca se sentía como pomada en mis pies. No era la hora de la arena caliente que quema sino de la que parece acariciarte con cada paso que das. Caminé algunos metros, pasando arbustos y árboles bajos, hasta llegar a ver por fin el mar. Ya lo había oído hacía rato pero era un gusto poderlo ver por fin. Era mi primer encuentro con él en el viaje y me emocionó verlo tan azul como siempre, tan calmado y masivo, con olas pequeñas que parecían saludarme como si me reconocieran.

 Cuando era pequeño me pasaba mucho tiempo en el mar. Vivíamos al lado de él y lo veía desde mi habitación, desde la mañana hasta la noche. Me fascinaba contemplar esa enorme mancha que se extendía hasta donde mis pequeños ojos podían ver. Me encanta imaginarme la cantidad de historias que encerraba ese misterioso lugar. Batallas enormes y amores privados, lugares remotos tal vez nunca vistos por el hombre y playas atestadas de gente en las grandes ciudades. Era como un amigo el mar.

 Mis pies pasaron de la arena al agua. Estaba fría, algo que me impactó pero a lo que me acostumbré rápidamente. Al fin y al cabo así era mejor pues el sol no tenía nubes que lo ocultaran y parecía querer quemar todo lo que tenía debajo. Mi cara ya estaba quemada, vivía con la nariz como un tomate. Pensé que lo mejor sería encontrar alguna palmera u otro árbol que me hiciese sombre pues ya había tenido más que suficiente con el sol que había recibido durante mi larga caminata.

 Pero caminé y caminé y solo vi arbustos bajos y plantas que escasamente podrían proveer de sombra a una lagartija. Me alejaba cada vez más del asfalto. La playa seguía y seguía, sin nada que la detuviera. Y como el sonido del agua era tan perfecto, mis pies siguieron moviéndose sin poner mucha atención. Pensaba en el pasado, el presento y el futuro, hasta que me di cuenta que había caminado por varios minutos y ya no había un alma en los alrededores. De todas maneras, ni me preocupé ni se me dio nada. Por fin encontré mi palmera y pude echarme a la arena.

 Las sandalias a un lado, la maleta pesada al otro. Me quité la camiseta y saqué de la maleta mi toalla, una que era gruesa y ya un poco vieja. La extendí en el suelo y me recosté sobre ella. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo cansado que estaba ya de caminar, de este viaje que parecía no tener fin. Me quejaba pero había sido yo mismo el creador del mismo, del recorrido y había pensado incluso en las paradas a hacer. Así que era mi culpa y no tenía mucho derecho a quejarme.

 Y no me quejaba, solo que mi cuerpo se sentía como si no pudiera volver a ponerme de pie nunca más. Los hombros, la espalda y las piernas no parecían querer volver a funcionar, estaban en huelga por pésimos tratos. De pronto fue el estomago que rugió, dando a entender que él tenía prioridad sobre muchos otros. Fue lo que me hice sentarme bien y sacar de la maleta una manzana y una galletas que había comprado el día anterior en un supermercado lleno de gente.

 Mientras comía, me quedé mirando el mar. Su sonido era tan suave y hermoso que, por un momento, pensé quedarme dormido. Pero no iba a suceder. Quería tener los ojos bien abiertos para no perderme nada de lo que pudiera pasar. No quería dejar de ver a los cangrejitos que iban de una lado a otro, sin acercarse mucho, a las gaviotas que volaban a ras del agua y a un pez juguetón que cada cierto tiempo saltaba fuera del agua, haciendo algo que la mayoría de otros peces no hacían ni de broma.

 Terminé la manzana y abrí el paquete de galletas. Decidí recostarme de nuevo, mientras masticaba una galleta. Miraba el cielo azul, sin fin, arriba mío y las hojas verdes de la palmera. Miré a un lado y al otro de la playa y me di cuenta de que estaba solo, completamente solo. Debía ser porque era entre semanas y por ser tan temprano. O de pronto el mundo me había dado un momento en privado con un lugar tan hermoso como eso. Prefería pensar que era esto último.

 Lentamente, me fui quedando dormido. El paquete de galletas abiertas quedó tirado a mi lado, sobre la toalla. Las gaviotas me pasaban por encima y los cangrejos cada vez cogían más confianza, caminando a centímetros de mi cabeza. Había colapsado del cansancio de varios meses. Creo que ni antes ni después, pude dormir de la misma manera como lo hice ese día, ni en la intemperie, ni en un hotel, ni en mi propia cama, que ya empezaba a extrañar demasiado. Creo que fue en ese momento, dormido, cuando decidí acortar mi viaje algunos días.

Al despertar, las galletas ya no estaban. El paquete había sido llevado por el viento lejos de mí.  O tal vez habían sido las mismas gaviotas que las habían tomado. Había algunas todavía paradas allí, cerca de donde el paquete de plástico temblaba por el soplido del viento. No me moví casi para ver la escena. No quería moverme mucho pues había descansado muy bien por un buen rato. No me había sentido tan reconfortado en un largo tiempo, incluso anterior al inicio del viaje.

 Por la sombra que hacía la palmera sobre mi cuerpo, pude darme cuenta de que habían pasado varias horas y ahora era más de mediodía. No tenía nada que hacer así que no me preocupe pero sabía que el sol se iba a poner mucho más picante ahora, igual que la arena a mi alrededor. Me incorporé y miré, de nuevo, al mar. Sin pensarlo dos veces, me puse de pie y me bajé la bermuda que tenía puesta. La hice a un lado y corrí como un niño hacia el agua, en calzoncillos.

 Estaba fría todavía pero pronto mi cuerpo se calentó por el contraste. Se sentía perfecto todo, era ideal para luego de haber dormido tan plácidamente. No me alejé mucho de la orilla por el miedo a que, de la nada, surgiera algún ladrón y se llevara lo poco que tenía encima. Nunca sobraba ser precavido. Pero no tenía que nadar lejos para disfrutar de ese hermoso lugar. Tanto era así que me di cuenta que estaba sonriendo como un tonto, sin razón aparente. Era la magia del lugar, en acción.

 Salí del agua tras unos veinte minutos. Dejé que el agua cayera al suelo por un buen rato antes de irme a sentar a la toalla. De hecho aproveché para recoger el envoltorio de las galletas, pues no quería que me multaran por dejar basura en semejante lugar tan inmaculado. Vi migajas de las galletas y pensé que ojalá les haya hecho buen provecho a las aves que se las habían comido. Mi estomago gruñó, protestando este tonto pensamiento mío. Pero él tenía que aprender que no siempre se tiene lo que se quiere.

 Me quedé en la playa hasta que el sol empezó a bajar. No hice más sino mirar a un lado y al otro, abrir bien los ojos para no perderme nada de lo que la naturaleza me daba a observar. Era un privilegio enorme y yo lo tenía muy en mente.


 Recogí mis cosas antes de las seis de la tarde. Caminé despacio hacia el asfalto, hacia el mundo de los hombres, adonde me dirigía para buscar donde descansar. Pero jamás lo haría como allí, en la playa, solo y en paz, con solo algunas aves jugando a mi lado.

jueves, 4 de febrero de 2016

Rubí

   Rubí subió al escenario y el público simplemente enloqueció. Era ya una estrella en el lugar y todos los que venían a ver el show de “drag queens” la venían a ver a ella. No solo era porque era simplemente la más graciosa de todas, con una fibra cómica tan sensible que cada persona se podía sentir identificada, sino que también su maquillaje y presencia hacía olvidar que se trataba de un hombre disfrazado de mujer. Solo la sombra de una barba rompía el encanto o tal vez hacía de Rubí un poco más atractiva a su público.

 Cuando terminó su presentación se reunió con el resto de chicas en los camerinos y bebieron algo a la salud de todos por otro gran espectáculo. La discoteca hacia poco había venido en declive y había decidido tratar de irse con un evento inolvidable y ese último evento fue un show igual al de aquella noche. Pero de eso ya habían pasado dos años, pues el espectáculo había sido un éxito y por eso dos días a la semana había show y todas las chicas aparecían con sus personajes o con nuevos, haciendo rutinas siempre distintas, siempre graciosas.

 Rubí se les había unido hacía solo seis meses y todas le tenían mucho respeto. Eso era porque de día Rubí no seguía con su personaje, como si lo hacían otras, sino que se transformaba en otro ser humano, un hombre llamado Miguel que no tenía nada que ver con esa persona que existía en el escenario. Y lo más particular de Miguel, al menos en ese contexto en el que se desarrollaba como artista, era que era heterosexual. Era algo muy particular pues incluso les había contado una noche a algunas de sus compañeras que tenía una hija pequeña y que antes de empezar a trabajar en la disco había estado casado.

 Eso era otro mundo para los demás. Le preguntaron como era, como lo manejaba, pero ni él ni ella hablaban nada del caso. De hecho, a él casi ni lo veían pues siempre salía cuando nadie lo veía, por la puerta de atrás del lugar. En cambio a ella era difícil perderla de vista, siempre con algún vestido en el que se veía despampanante y joyas que brillaban por toda la pista de baile. Él siempre se quedaba un poco más a beber algo, hablar con Toño el barman y ver a los chicos bailar y relacionarse.

 Ni Rubí ni Miguel juzgaban a nadie. Sentían que no tenían ni la autoridad ni el derecho de hacerlo. Obviamente siempre se le cruzaban cosas en la cabeza, pensaba que de hecho puede que fuera gay o que de pronto eso de vestirse de mujer no era algo que pudiese hacer para toda la vida. A veces se convencía a si mismo que era la última noche que lo haría. Pero entonces Rubí destruía ese pensamiento en el escenario, encendiéndolo con todo su sabor y entusiasmo. Simplemente no se podría alejar de aquello que le daba alas.

 Su ex sabía bien que Miguel se disfrazaba de Rubí. Él mismo había decidido contarle pues, cuando habían terminado, no habían quedado odiándose ni nada parecido. De hecho los dos se sentían culpables pues sabían que habían fallado pues nunca se habían molestado en conocerse, en hablar y en compartir como lo debería hacer una pareja de verdad. Así que cuando Miguel le contó lo que hacía, ella no reaccionó mal. De hecho lloró, pues se dio cuenta que en verdad nunca lo había conocido.

 A él ese momento le dio mucha lástima. No solo porque su pequeña hija vio a su madre llorar y pensó que él había sido el causante, sino porque la verdad Rubí era un personaje que Miguel había inventado porque se sentía más seguro siendo ella y estando en un escenario. Simplemente fue algo que descubrió pero no era algo que hubiese estado allí siempre. En su matrimonio lo pensó un par de veces, pero nunca con las ganas que lo hizo después del divorcio. Y tampoco quería hacer de ello su vida. Era un hobby que le daba dinero y alegría, una combinación perfecta.

 O casi perfecta, pues la gente siempre tiene problemas cuando los demás se comportan como quieren y ellos solo se comportan como la sociedad quiere que lo hagan. No era extraño que al bar se colaran idiotas que entraban solo a lanzar huevos al espectáculo o a gritar insultos hasta que los sacaran. Y como sabían bien que nadie haría nada pues ninguno quería ir a la cárcel y salir del anonimato de la noche, pues tenían todas las cartas necesarias para ganar.

 El peor momento fue cuando a Rubí se le ocurrió salir a fumar al callejón trasero de la discoteca, que en otros tiempos había sido una nave industrial. El caso es que estaba allí fumando, una mujer bastante alta con las piernas peludas y un vestido corto rojo y la peluca algo torcida. El calor de la discoteca y los tragos habían arruinado ya su disfraz y la noche no se iba a poner mejor.

 Ni siquiera supo de donde salieron pero el caso es que a mitad del cigarrillo vio cuatro tipos, todos con cara de camioneros desempleados o de payasos frustrados. O algo en medio. El caso es que con esas caras de muy pocos o ningún amigo se acercaron a Rubí y le quitaron el cigarrillo de la boca. Entonces uno le pegó un puño en el estomago. Ella trató de defender pero eran cuatro tipos borrachos y quién sabe que más contra un hombre en tacones. No había forma posible de que Rubí se pusiera de pie después del primer golpe.

 Fue gracias a Toño que sacaba una bolsa de basura, que los hombres huyeron, dejándolo adolorido en el suelo. Rubí pidió a Toño que no llamara a nadie, ni a una ambulancia ni a nadie de adentro. Solo quiso ayuda para levantarse y que le trajera sus cosas. Fue la primera y única que vez que tomó un taxi vestido de mujer y de paso fue la primera vez que entendió con que era que se enfrentaba al seguir con su personaje de Rubí. Podía ser que se liberase en el escenario, pero siempre habría gente como esos tipos y más aún en esa ciudad.

 Se bajó del taxi antes de su casa y se quitó la ropa en la oscuridad de un parque cercano. Le dolía todo y sin embargo rió pues pensó que sería muy gracioso que lo arrestaran por estar casi desnudo en un parque público, con ropa de hombre y de mujer a su alrededor. Esa hubiese sido la cereza del pastel. Pero no pasó nada. Llegó a su cama adolorido y se dejó caer allí, pensando que todo pasaría con una buena noche de sueño.

 Obviamente ese no fue el caso. Los golpes que le habían propinado habían sido dados con mucho odio, con rabia. Él de eso no entendía mucho porque era una persona demasiado tranquila, que solo lanzaría un golpe en situaciones extremas. Se echó cremas y tomó pastillas pero el dolor seguía y ocultarlo en su trabajo fue muy difícil. Era contador en una oficina inmobiliaria y debía caminar por unos y otros pisos y hasta eso le hacía doler todo el cuerpo. Más de una persona le preguntó si estaba bien y debió culpar a un dolor de estomago que no tenía.

 Al final de la semana tuvo que ir al medico y este se impactó al ver lo mal que avanzaban las heridas de Miguel. Lo reprendió por no haber venido antes, le inyectó algunas cosas, le puso nuevas pastillas y le recomendó no hacer ningún tipo de ejercicio ni actividades de mucho movimiento. Por una semana estuvo lejos del escenario y se dio cuenta de que casi muere pero por no poder ir a hacer reír a la gente, ir a hacerlos sentirse mejor, sobre todo a aquellos que iban allí a sentirse menos ocultos.

 Para él fue una tortura permanecer quieto, haciendo su trabajo desde casa. A veces miraba sus vestidos de Rubí y se imaginaba algunos chistes y nuevos movimientos que podría hacer. Y entonces se dio cuenta que ella jamás dejaría su vida, siempre estaría con él pues era siendo Rubí que se sentía de verdad completo, un hombre completo. Era extraño pensarlo así pero era la verdad. Rubí era como un amor que le enseñaba mucho más de lo que él jamás hubiese pensado.

 Cuando entendió esto, su manera de ser cambió un poco. La primera en notarlo fue su hija, que le dijo que se veía más feliz y que le gustaba verlo así de feliz. Con ella compartió todo un día y fue uno de los mejores de su vida. Solo los dos divirtiéndose y siendo ellos mismo, tanto que Rubí apareció en el algún momento.


 Por eso la noche de su regreso nadie lo dijo, pero la admiraban. Rubí era para todas las chicas y los chicos del espectáculo un ejemplo. Toño les había contado lo sucedido pero supieron fingir que no sabían nada. Pero solo ese suceso les hizo entender que estaba de verdad ante un artista, estaban de verdad ante alguien que iluminaba la vida de los demás a través de convertir la suya en algo, lo más cercano posible, a su ideal.

viernes, 9 de enero de 2015

Calamar

   Fred, el calamar, era el animal más popular del acuario. Antes de su nacimiento, la gente venía a ver los grandes tiburones blancos o los graciosos pingüinos, pero rápidamente se convirtió en el centro de atención. Esto a causa de dos factores principales: Fred era sujeto de pruebas bastante seguido y había comprado como los calamares, como los pulpos, poseían memoria y la habilidad de manejar objetos. Lo segundo, era más interesante.

Adelaida, quien recibía el apodo de Laila de muchos de sus amigos, era una de las encargadas de alimentar a los animales, incluso a los tiburones. En ese tanque no se sumergían, por obvias razones, pero en todos los demás buceaban para alimentar de la mano a las grandes cantidades de animales que vivían en los varios ambientes marinos que había en existencia.

Uno de los muchos tanques era el hogar de pulpos, calamares y varios tipos de peces que los acompañaban. Para sorpresa de muchos, los calamares no eran tan tímidos como los pulpos pero tampoco se acercaban mucho a los seres humanos, a menos que fuera para dispararles tinta. Eso fue hasta que apareció Fred, que desde su nacimiento pareció mostrar cierto interés por los seres de dos pies.

El pequeño animal no solo se acercaba a los buceadores que en ese momento estuvieran en el tanque, que no era muy grande que digamos, sino que también solía mantenerse cerca del vidrio del tanque, tratando de observar a quienes lo veían desde afuera. Esto le encantaba a la gente ya que sentían que el pequeño Fred, bautizado a través de una encuesta por internet, era el más inteligente de los muchos seres que habitaban el acuario.

Siendo un calamar, Fred no podía en verdad verlos. Su ojo no estaba adaptado para ello. Pero sin embargo hacía lo que hacía y todos lo querían por ello. Laila lo adoraba y siempre dejaba su cuidado para lo último, cuando podía tomarse algo más de tiempo para jugar con el cefalópodo. La joven hubiera jurado que si Fred fuera un ser humano, sería amante de las bromas y del juego. Siempre nadaban el uno tras el otro hasta que llegaba la hora en la que Adelaida debía cambiar de tarea.

Fred creció hasta ser del tamaño de un niño humano pequeño, sin contar sus tentáculos más largos que se arrastraban con elegancia detrás de él. En el tiempo que demoró en crecer hasta su máxima expresión, Fred se fue convirtiendo en la estrella del acuario. La gente hacía donaciones gracias a los videos que había de él en internet, casi siempre jugando con Laila. La gente lo adoraba y le parecía extremadamente interesante ver un ser diferente a los de siempre ser la estrella del show.

Y, de hecho, cuando fue más grande, Fred sí que se convirtió en el centro de atención. Dada su popularidad, la directiva del acuario construyó un nuevo tanque, igual de grande al de Fred y los demás calamares, pero este solo para un propósito especial: que el calamar tuviera su propio espectáculo y sería nadie más ni nadie menos que Laila la persona que lo acompañaría.

Mientras construían el tanque, la joven buceadora tuvo que entrenar a Fred para hacer trucos simples, nada que tuviera que ver con lo que hacían otros con ballenas o delfines. Con un calamar había que empezar en lo básico, ya que nadie nunca había tratado de entrenar una de esas criaturas. Para sorpresa de Laila, hacerlo pasar por obstáculos simples fue algo bastante fácil. Ya más complicado fue hacer que Fred entendiera órdenes. Eso era sustancialmente más complicado ya que, aunque estaba comprobado que los cefalópodos podían aprender, nadie sabía que tipo lenguaje sería el más apropiado.

Laila intentó con formas y con colores, con ayuda de carnada para atraer a Fred y con sonidos. Pero nada de eso parecía funcionar del todo. Laila siempre había amado su trabajo por ser simple, en el sentido que no tenía las preocupaciones que alguien con un trabajo de oficinas seguramente sí tenía. Pero ahora este reto la enfrentaba por primera vez con la sensación de no tener una salida, de no tener una respuesta clara.

Aunque siguió intentando por varios meses, al fin de todo decidió que no había manera de hacer que Fred hiciese lo que ella quería. Así que lo que propuso a los directivos fue lo siguiente: un espectáculo simple, más gracioso que cualquier otra cosa y que mostrara la inherente curiosidad de Fred, que parecía no tener límites. Ella les mostró el plan que tenía para el show, que no debería tomar más de diez o quince minutos, y ellos lo aceptaron, aunque no con mucho entusiasmo.

El espectáculo, que tenía lugar una vez todos los días, se llenaba siempre. Consistía en sentarse frente al tanque y ver como Fred y Laila circulaban por un laberinto de obstáculos varios, como el pequeño animal le disparaba tinta desde una distancia prudente y como abría, en tiempo record, varios recipientes de vidrio y plástico, que tenían siempre un suculento premio adentro.

Tras el éxito de los espectáculos, pasó algo que nadie nunca vio venir: un inversionista privada propuso comprar a Fred para exponerlo en un acuario público en un balneario exclusivo de la Costa Azul. Lo que más ofendió a Laila no fue que alguien quisiera comprar a Fred sino que la junta directiva del acuario lo considerara como una propuesta seria. Sentar su disgusto pareció no tener efecto.

Para sorpresa de todos los fanáticos de los seres marinos, Fred fue vendido por dos millones de dólares al multimillonario, un ser despreciable que era obvio que tenía más de coleccionista que de naturista empedernido. Era conocido en todo el mundo por comprar obras de arte, casi al por mayor, para adornar su enorme casa que ocupaba buena parte del pequeño poblado mediterráneo en el que estaba asentada.

Laila, arriesgando su trabajo, empezó una campaña contra el acuario y el millonario para que no se llevara a Fred. Aprovechó el tiempo que requería poner todos los papeles en regla para el transporte del animal para poner a los seguidores de Fred en contra del acuario y del comprador.

Pero parece que fue muy poco, muy tarde. El hombre vino un día, dos meses después, para dirigir él mismo el traslado del animal. Laila no pudo despedirse y aunque el hombre quiso saludarla para agradecerle por su trabajo, Laila simplemente se fue antes que tener que ver todo lo que sucedía en el acuario.

Al día siguiente, presentó su renuncia irrevocable, lo que lamentó con dolor ya que había dedicado buena parte de su vida profesional al acuario y a los cuidados de criaturas que ahora ya nunca más iba a ver. Se despidió de ellos y de sus compañeros, que también estaban indignados con la partida de Fred pero no lo suficiente para dejar sus trabajos. Al fin y al cabo, todos necesitaban la paga, incluso Laila.

Ella partió de allí y nunca volvió. De hecho, aunque desconocido para ella al principio, muchas personas la conocían tan bien como a Fred. Los videos habían ayudado a que se hiciera famosa en todos lados y no demoró en conseguir trabajo en otro acuario, uno que parecía más sensible a su autentica preocupación por el calamar que rápidamente desapareció del radar de los medios.

No fue sino hasta un año después de su partida del acuario que alguien le envió un video en internet que mostraba el nuevo hogar de Fred. El tanque era grande y era el ser de mayor tamaño dentro de él pero Laila no pudo dejar de pensar que había algo mal en él. El color de su piel se veía desprovisto de color y nadaba poco. Su curiosidad parecía haber desaparecido, ojalá no por completo.

No fue sorpresa para ella que algunos meses después medios de todas partes anunciaran la muerte de Fred, que fue donado a un museo para ser preservado para que miles más lo pudieran ver. Aunque Laila estuvo tentada a visitarlo, jamás lo hizo. Fred era para ella como una amigo de la infancia y en todo caso prefería  recordarlo jugando con ella y haciéndola sentir irremediablemente especial.