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viernes, 7 de septiembre de 2018

Cambio climático


   Lo primero que hice al llegar a casa fue quitarme la ropa y echarla toda a la lavadora. Luego, en mi habitación, me puse unos pantalones cortos de una tela muy cómoda y una camiseta tipo esqueleto blanca que tenía para cuando tuviese que hacer manualidades en la casa. No me puse zapatos ni medias, estuve descalzo todo el rato mientras hacía la comida y veía un poco de televisión al mismo tiempo. Las imágenes que pasaban en la pantallas eran desoladoras pero no del todo increíbles.

 Incendios voraces arrasaban árboles y casas, por todas partes. Al comienzo era solo en países con mucho bosque, donde las temperaturas estivales se habían disparado de golpe. Pero ahora en todas partes, incluso en los países donde se suponía que debía estar haciendo frío. Y no solo habían incendios sino muertos por todas partes a causa del calor tan insoportable que hacía durante el día. Durante la noche las cosas se calmaban un poco pero todo el asunto había causado una epidemia importante de insomnio.

 Además ya se estaban reportando más casos de virus peligrosos en zonas en las que antes jamás se había oído mencionar nada por el estilo. Fue un poco chocante ver todas esas imágenes mientras cocinaba. Tanto así que, cuando serví mi comida en la mesa, tomé el control remoto y cambié a un canal en el que estuviesen hablando de otra cosa. No le puse más atención al televisor, solo me gustaba tener una voz en la casa, alguien que hablase en voz alta para yo no tener que hacerlo. Sería un poco raro hablar solo.

 Comí mi pasta con albóndigas en silencio, a vez mirando el celular y otras veces mirando al televisor como quien mira una ventana. Cuando acabé de comer, me limpié el sudor de la frente y pensé seriamente en ducharme antes de salir. Pero algo me indico que sería un desperdicio de agua, puesto que estaría sudando en pocos minutos. Tenía una cita a la cual asistir pero tanto lío con el clima me había bajado un poco el ánimo en cuanto a lo que se refiere a relaciones interpersonales. No parecían prioritarias.

 Sin embargo, mientras lavaba los platos, él me llamó. Me sentí un poco raro, como si estuviese de vuelta en la escuela. Usaba el celular solo para enviar mensajes y cosas por el estilo, pero casi nunca para hacer llamadas. El solo sonido del timbre me fastidiaba. Contesté porque vi su nombre en el centro de la pantalla brillante. No sé que tipo de voz utilicé o si me escuchaba tan abatido como me sentía. El caso es que reafirmamos la hora y el lugar de la cita, así que ya no tenía opción de echarme para atrás. No era que no quisiera verlo, pero la verdad no moría por salir a la calle.

 Lo bueno, y esto es relativo, es que la cita era para media hora después del anochecer. En teoría, la calle estaría menos cálida que en el día. Sin embargo, era viernes y eso significaba que todos los lugares estarían a reventar. Era gracioso que la gente se quejara del calor todos los días pero no pareciera tener ningún problema con meterse en una discoteca empacada con cientos de personas, todas moviéndose al mismo tiempo. Era casi masoquista pero nadie parecía reconocerlo. La gente puede ser muy extraña.

 Decidí no ducharme y dejar que me conociera como estaba. Se supone que hay que esforzarse cuando se tiene una cita o algo por el estilo pero la verdad es que no me daban muchas ganas de lucirme. Había que ser realista y nosotros lo que queríamos era algo más estable que una simple relación sexual. De hecho, ya habíamos intimado y sabíamos que nos entendíamos bien en ese aspecto pero queríamos intentar algo nuevo, algo diferente que pudiese tal vez ofrecernos algo que no teníamos ya y que nos urgía.

 Yo hacía mucho no tenía una relación estable con nadie e intentarlo parecía ser una aventura divertida. Sabía que no tenía porqué ser así pero parecía la persona apropiada para intentarlo. Sin embargo, con el calor que hacía, no venía mal que me conociera sudando y quejándome, como era yo en realidad mejor dicho. Me puse ropa igual de cómoda pero un poco más agradable a la vista, así como zapatos y medias que fueran con el calor que igual se sentía en las noches. Algo de perfume fue mi último toque antes de salir.

 No había llegado a la escalera cuando la vecina salió de su apartamento, quejándose de una cosa y de otra. Cuando me vio, dijo casi a gritos que habían quitado el agua. Yo, por supuesto, no tenía como haberme dado cuenta. Iba a devolverme a mirar, pero el tiempo estaba contado y no quería llegar tarde. Le dije a la vecina que seguramente era algo temporal, aunque no me creí ni media palabra de lo que dije. Ya habían reportado tuberías reventadas por el calor en otros puntos de la ciudad, así que se veía venir.

 Lo malo de verme con él a la hora acordada era que de todas maneras tenía que salir de día. Hice una nota mental para recordar ese error en el futuro y caminé con paso lento a la parada más cercana de buses. Esperé poco tiempo pero dejé pasar al primer bus porque iba hasta arriba de gente y era evidente que no estaba funcionando el aire acondicionado. El segundo bus, al que me subí, iba solo un poco menos lleno pero al menos sí tenía una temperatura agradable. Así que aguanté mientras llegaba a mi destino. Creo que cuando bajé, lo hice casi empujando y corriendo del desespero.

 Me arreglé un poco el pelo, viendo mi reflejo en el vidrio de una tienda, pero no tenía mucho caso intentarlo. Fue entonces cuando escuché una explosión que me hizo agacharme y sentir algo de miedo. Sin embargo, pronto tuve respuesta acerca de la proveniencia del ruido: se había tratado de las llantas delanteras de un taxi, que habían estallado debido a las altas temperaturas del pavimento. Mucha gente gritaba exageradamente, al ver como el asfalto se había derretido casi por completo.

 Yo me quedé mirando solo un rato, en el que olvidé por completo la razón que me había sacado de mi casa. Caminé hacia el lugar de la cita pensando en todo lo que había visto ese día y desde el comienzo de la ola de calor. Era horrible como parecía que todo había cambiado de golpe, sin aviso, y hacia un destino que parecía francamente horrible. No era solo algo de calor sino un peligro serio para todos. Por estar pensando en ello, casi cruzo un semáforo sin tener el paso. Los ruidos de las bocinas me devolvieron al mundo real.

 Cuando llegué, el ya estaba allí. Y creo que fue en ese momento en el que me di cuenta de que había tomado la decisión correcta. Vestía una camisa muy linda, de color azul con motivos florales. Llevaba también un pantalón corto blanco y zapatos del mismo color con medias azules como la camisa. Se había peinado bien pero, como yo, tenía el sudor marcado ya por todos lados, incluso en las exilas. Se veía apenado pero yo solo sonreí como un idiota y lo abracé cuando estuvimos bien cerca, el uno del otro.

 Me propuso comer un helado y asentí como un tonto. Empezamos a hablar e, inevitablemente, el tema fue el clima. Me contó que en el hogar para adultos mayores donde vivía su abuela ya habían muerto cinco ancianos y parecía que las cosas se podían poner peor. Visitaba a su abuela con frecuencia porque le quedaba cerca y porque tenía miedo de lo que le pudiese pasar. Se limpió en un momento el sudor y me miró entonces a los ojos. Su expresión era de una profunda preocupación. Me hizo sentir mucho en segundos.

 De golpe, la luz en la calle pareció titilar. Se hizo menos intensa, luego más intensa y luego se apagó y no se volvió a encender. La gente gritaba y reía y hablaba y nosotros no dijimos nada. Seguimos caminando, incluso sabiendo que lo hacíamos solo por hacer algo, por movernos.

 La heladería estaba rellena. Estaban casi regalándolo todo pues sin electricidad el negocio no podía funcionar. Como él era alto, fue capaz de pasar la multitud y tomar dos helados para nosotros. Cuando me dio el mío, respondí a un impulso y le di un beso en la mejilla. Él respondió, en la casi oscuridad.

lunes, 30 de abril de 2018

You have a letter


Dear Richard,

 I write this letter hoping it will find its way to you in these moments of war and uncertainty. For a long time now, I have been thinking about you and about the moments we spent together two years ago on my European trip. I know father wanted me to open my eyes and be receptive of all the things I could learn abroad, but the truth is that I only had eyes for you during the whole time. They wanted me to get interested in sciences and arts, but all I wanted was to talk to you about anything. I just wanted to hear your voice.

 Hopefully, this confession letter won’t strike you as odd or coming from a strange place. After all, we did have a moment to speak and you dedicated some very kind words to my person, words that I haven’t forgotten and that have been stuck in my brain for all of this time. I write them over and over in my notebook and when we had class, just before things got worse, I would daydream about that moment over and over again. You could say, Richard that I fell in love with you right then and there.

 Apologies are something I have to ask of you because I know this comes as a surprise. You knew I liked you and I know, or at least I understood, that you thought I was at least interesting. I remember that we were having wine in Lisbon. My father and sister had gone with your aunt to a party in our honor. And I had stayed behind telling them I had lost my notebook, which I had hidden carefully in a drawer. You stayed on with me, pretending to look for the notebook, but you knew it was a lie.

 I have to be clear: I wanted for you to take me on your arms and just stay there with me forever. I remember that, through the window, I could see a cobblestone street lined with beautiful colorful buildings. And beyond that, there was the ocean and up there the sun, shining bright as if it was celebrating our moment. I should’ve asked you for that hug, even if it was for a split second. I just needed it then and I have to confess I still need it right now, in these difficult times.

 Every day we get word from men dying in the fields, men we knew because of father’s job or my mother’s family. My sister’s fiancé, as you certainly know, was killed rather recently. It was horrible and she had to go and pick up the body to give him a proper burial. He didn’t have any parents, so she now mourns as if they had been married. It’s tragic and it scares me because I have no idea who is going to be next.

 Father has been the best kind of parent during these times. I had decided, for a while, to enlist and go to war like all other young men, but he stopped me and told me that there was no way he would lose his son over a war he didn’t believe in. He vouched for me before the men that travel the land picking up young men to send them to die. He told them I had severe health issues that would disable me from playing any role, no matter the importance, in the many battles to be fought at war.

 He had several doctors write different kinds of reports informing military officials of my health. According to those papers, which I read one afternoon after helping mother selling some of her most beloved pieces of porcelain, I’m only a few meters away from death. I have contagious diseases, problems with my bones and muscles, as well as mental issues that would scare anyone from taking me anywhere, to any kind of job. It scares me for my future but, again, I appreciate my father for doing what he did.

 What about you? There’s no war there but I hear there’s a lot of unrest because of some political thing happening. I’m sorry, I haven’t been able to read a lot about the actual situation, this kind of life we are living now is quite exhausting and we find ourselves getting up very early and then staying up until very late. We haven’t gone to war but the city and the government always has something to ask father. We have been forced to entertain military officials and diplomats and even refugees from certain areas.

 I write you this letter in the middle of the night, during a time I should be using to sleep. But don’t worry; thinking of you reading all of this is even more comforting than sleeping. I tend to have a sore back when I wake up and my body feels like levitating, as if I wasn’t really here. I prefer to avoid all of that, at least for this night. Would you hug me right now, if you were here with me in the night? Would I be able to smell that gorgeous scent you wore during the trip? I loved that scent.

 I have tried to look for several ingredients to make a similar kind of aroma but I haven’t been able to find the perfect kind of wood. As you know, the house is surrounded by several trees and we have a small forest beyond the fields, but none of those trees has the right kind of smell I want. Nevertheless, I have found other components and have been creating them in the basement, with that old chemistry kit my father bought for me in Brussels. I never thought I’d use it but, when I have a bit of free time, I spent it down there trying to find my way to you, more or less.

 I promise that, if I find the right ingredients, I will send some of it to you in a small bottle for your personal use. My father has more connections than ever now and, with luck, this letter and the eventual scent would arrive in your hands in a short period of time. How I wish it could be me to give you that present and every other present by hand! I know it is impossible right now but something that makes me going is the hope to see your face once again before I die. And I hope that moment is not very soon.

 Finally, I wanted to tell you that my appreciation of you is not only physical but also of the mind. Of course I was astonished to see you swim that time in the South of France. I have to confess I had to pull myself together in order not to reveal what I felt to everyone that day. But you looked beautiful or even more than that. Maybe it was the light, or the food or just me. I have no idea what it was but I know how I felt… I just hope I can see you again someday, better sooner that later but I whatever life makes of it.

 Before bidding goodbye, I have to ask you to burn this letter after you read it. I cannot allow anyone besides you knowing about all of this. One never knows who lurks in the dark, which has picked up something that we might have left unattended for. My sister asked some questions after the trip and I had to dismiss all of it as her imagination acting up because of her fears about her fiancé and the war, all of which ended up happening. I felt horrible afterwards but she never asked anything again.

 Anyway, this is it. I have to sleep now and you have things to do too.

 If this letter confuses you in any way, please don’t respond. I’ll understand.


 All the best,


 Tom.

lunes, 24 de agosto de 2015

The ring

   Linda Fox loved to imagine what had happened in the places she cleaned up in the mornings. She usually did ball rooms and other big places but sometimes even big country houses or big rooms in huge apartments. She had learned pretty soon that some people have too much money and also too much time on their hands. She was never there once the music was playing or the guests were arriving but she could picture everything with only cleaning the places. She had learned through her senses the differences between an expensive wine and a cheap wine and between a good perfume and a bad one. Of course, she was no definitive professional on the matter but she felt she kind of knew the people that had been there by only staying in a room for a while.

 She had stumbled into that job after looking for many months. She had been laid off as a secretary on a big firm and, since then, no one would hire her. Linda knew this was because of her age. Not many companies wanted to hire women over forty and she was really lucky to have found that cleaning job. At least she didn’t have to do it on the street or every single day in a house where they would probably not even look at her. In this job, she was called two or three times a week, never more than that and it would always be to clean up places were the rich and famous went. No frat parties or middle class parties with alcohol all over the floor. No, this people were the elite but the elite had no idea how to clean a place up and that’s when they came in.

 Linda would come in with two other women, also aged over forty. And they would just start to clean up: first they would pick up the garbage from the floor, they would put away tables, cutlery and other things might slow down the mopping of the floors. Depending on the surface, they would clean it again with products that left everything smelling just perfect. Normally, they would spend at least three hours there. The three women were very thorough and checked every corner until the venue was even cleaner than before the party or event had taken place. No one would congratulate or anything after that. Their boss would pay them cash and that was it.

 It wasn’t the best job in the world but Linda knew it was the only job she could have gotten at her age. And even young people had trouble getting work so she had to be grateful. Besides, it paid well to service all those rich people. She never saw one of them but she knew they would pay through the nose just for someone to do something they would never do. When cleaning. Linda always loved to imagine she was one of the guests. Of course none of them would have to pick up the trash or mop the floors but her imagination was not going to limit itself because of that. The other women, she knew, did the same thing. After all, they knew they would never have something like that.

 One day, when cleaning a beautiful room in a country house about an hour away from the city, Linda found something very special. It was a ring and it had fell beneath the floorboards. She could see it there, shining beneath her feet as she picked up several papers and plastic plates. She looked at the other too, who were cleaning other points of the room, and tried to imagine a way to get the ring out. There was a small whole on one of the boards and she supposed the small object had fallen through there. She looked around to see if someone was looking at her and then pulled the small board, which was loose. She saw the beautiful shine of the ring and then took it. She looked at it as she had been hypnotized by it.

 It had a big diamond surrounded by smaller emeralds and rubies. They were all there; none had fallen to the ground when whoever had been wearing it had dropped it. One of the women asked Linda for the mop, and she almost dropped the ring to her surprise. She put it fast in her pants pocket and then behaved as normally as she could. Linda didn’t know why she had done that. She had found several other things in the past and had always given them to her boss in order for him to find its true owners. But this time, she wanted the ring for herself. She didn’t really know why, as he had no real chance to wear that ring anywhere and anyone that had any idea about her would know that she didn’t have the money to buy such a beautiful piece of jewelry.

 When work was over, the company sent a car to take them back to the city and she felt the trip lasted several hours but it was only one. She was the first one to exit the car when they arrived and to leave the place as soon as possible. Her work mates didn’t really think that was strange because she had always been like that, a little too private. They actually thought she was too good to even talk to them, or at least she thought that was the case. And both women had decided that they didn’t care about what she did. After all, they paid them when they all showed up for work and id what they had to do. That was it. They didn’t need more than that.

 Linda almost ran home. Once she was inside, she locked the door and closed her bedroom door behind her. She decided to change clothes first and then she would take the ring from her coat and watch it in all its glory. It was not as beautiful now as it had been before with the beautiful sunlight, but it was obvious the piece had an immense value, at least economically speaking. Linda then wondered who would drop such a beautiful ring to the ground and wouldn’t even mind to pick it up? Had it fallen from the finger of a very distracted or drunk woman? It was kind of fun to imagine all the stories behind the ring, as if it was a big adventure that she could imagining easily.

 She felt asleep wearing the ring and, at any moment, felt the urge to return it to the house where she had been cleaning or to her boss. The next day, she chose to take it to a professional jeweler to ask him how much he thought that ring was worth. He lied by telling him that she had just inherited from a dying aunt. The men checked it with various instruments for some time but finally stated that all the pieces were very high quality: the diamond was very clean and pure, probably African. The rubies and emeralds, although smaller, were also of a very high quality. Even the ring as such was made from very light titanium, which wasn’t used very frequently on rings. Linda left as soon as she knew more and also because she realized the man didn’t believe the story of her old aunt.

 Beside, she told her something she had not seen before. Inside the ring there was an inscription. It was a full name: John William Hammond. The men looked at Linda as if he wanted to know who that person was but she just lied again and said it was her aunt’s husband. Then she took the ring, gave the man some bills and left in haste. She returned home and looked at the inscription closer. It had to be looked in a certain way but there it was. The name of a man in woman’s ring. So maybe this was a ring someone had used to propose marriage. Linda couldn’t believe how romantic her story turned out to be.

 She decided to find out about every detail she could about the owners of the house she had cleaned that day. Apparently the family that owned it also owned several vineyards and other types of crops and plantations around the country. But their most well known product was wine. She also found out that the eldest daughter had recently married to a man that owned half of the biggest retail company in the city. She found a gossip magazine with every picture of the vent. Surprisingly, it had taken place very recently, only a couple of days after she had cleaned up the country house and found the ring. Then, she looked for the name that was inscribed in the ring but that proved to be a bit harder. She had to go through various gossip pages on the Internet to finally find the name.

 Once she did, however, she gasped. John William Hammond was not who she thought it was going to be. Linda was already making him a banker or a renowned tennis player or even a movie actor. But no. John William Hammond was nothing more than junior lawyer in a firm that had helped of the vineyards through a rough time. Apparently, it was his team that had stopped a very large company from securing that particular vineyard. Apparently there was a huge problem with the land. But the man was just a lawyer and they only mentioned him in one article of an economic journal.


 His name was on a ring and then, again, Linda invented a wonderful story about him been an underdog in love with the lady of society. She thought that maybe they had had an affair but she had finally effused him in favor of an even better position and money. She had been the one that had chosen the easier road. Linda slept thinking of them without ever finding out the truth, which was a lot sadder but more real. But sometimes reality is not as important as the realities we can invent with it, even more when things have already happened and no one can change them.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Un estúpido accidente

  Para Mateo lo peor que le podía haber pasado era fracturarse el tobillo. Había sido un tropezón tan ridículo que le daba rabia pensar que por semejante accidente tan estúpido se fuese a perder tantos juegos importantes. Había entrenado todos los días, casi sin descanso. Llegaba a casa rendido y no le dirigía la palabra a su novio, que no le gustaba que se esforzara tanto pero había aprendido a no decirle nada para que no reaccionara de mala manera. Mateo era jugador de fútbol y lo había sido desde que tenía unos cinco años. Su padre lo llevaba a entrenamientos y cuando no había lo llevaba al parque a jugar por horas con una pelota. El padre había tenido el sueño de ser futbolista pero un accidente se lo había impedido.

 Y ahora Mateo también había tenido un accidente pero menos grave. El doctor del equipo le había asegurado que volvería a jugar después de algo de terapia intensiva pero eso no aminoraba la frustración del hombre de 29 años que deseaba con toda su alma jugar y llevar a su equipo a la victoria. El accidente había sido uno relacionado a otro deporte: la equitación. Una amiga de él y de su novio los había invitado a su casa de campo y habían montado a caballo. Fue solo bajando del animal que Mateo dio un mal paso y se fracturó su pierna. Fue de esos accidentes idiotas que nadie entiende pero son casi graves y muy trascendentales. Ahora Mateo tenía que quedarse en casa un mes entero, perdiéndose el las eliminatorias para el campeonato en las que tanto deseaba participar.

 Su novio trabajaba todo el día en una compañía de química por lo que no podía cuidarlo como quisiera. Algunos días salía temprano y estaba con él pero no  era lo mismo. Sin embargo, el primer fin de semana después del accidente fue uno de los mejores de la vida de ambos. Esto porque su relación se había ido estancando poco a poco y ya ni se veían después de trabajar, tan solo para dormir y llegaban tan cansados que no había energía ni para sexo, ni para conversaciones ni para nada. Se habían ido alejando lentamente y con el accidente se dieron cuenta de cuan extraños se sentían el uno frente al otro. Pero la realidad era que se amaban como siempre solo que habían olvidado expresarlo.

 Ese fin de semana el novio de Mateo, cuyo nombre era Fer, decidió hacer una cena para los dos. La cocinó el mismo y le propuso a Mateo que se arreglaran, como jugando a la cita a ciegas. Cuando Mateo vio a Fer y viceversa, fue como si se volvieran a ver después de años de separación. Se volvieron a enamorar, si es que se puede decir algo así. La cena estuvo deliciosa y conversaron de sus vidas y rieron de cosas que hacía tiempo no recordaban. Compartieron sus opiniones y tuvieron el mejor sexo de sus vidas, eso a pesar del yeso de Mateo. Al otro día fue igual y se dieron cuenta de lo que cada uno se había perdido al irse alejando por culpa del trabajo y las obligaciones.

 La semana siguiente, Fer trató de venir temprano del trabajo pero tuvieron que pedirle a la hermana de Mateo que viniese a quedarse con su hermano en las tardes, mientras se mejoraba y para que no estuviera solo. El inconveniente era que ella tenía un niño pequeño y a Mateo nunca le habían gustado los niños.  A Fer sí pero no era una necesidad ni nada para él así que nunca habían tenido que hablar de adoptar en un futuro ni nada parecido. Y era que también el hijo de la hermana de Fer no era la mejor referencia en cuanto a niños. De hecho Mateo creía que esa criatura podía ser calificada por cualquiera como un demonio, que iba de aquí para allá sin ningún orden ni contemplación, tumbando cosas y dañando otras.

 Tuvo que soportar esos días con el niño, que no hacía sino preguntarle sobre su pierna y si dolía. Mateo siempre respondía que sí y trataba de alejarse lo que más pudiera con sus muletas pero era inútil tratar de hacerlo. En la primera semana, el demonio aquel lo pateó al menos dos veces por día y lo hizo caer una vez. Cuando la hermana de Mateo vino a recogerlo lo regañó a él y le dije que tenía que aprender a caminar a menos que quisiera romperse las piernas todos los días. Estaba comprobado que el niño era el mismo diablo, convertido en una criatura pequeña y rastrera. Le sonría a Mateo de manera pícara y siempre estaba al acecho, como si fuese un pequeño león o algo por el estilo.

 La manera que tenía Mateo de alejarse de todo era encerrándose en su cuarto. Allí podía ver todos los partidos de fútbol que quisiese y también leer libros que nunca había terminado. Durante un tiempo, Mateo había soñado con escribir una novela de fantasía, como aquellas que había leído en su niñez, ahora las releía para descubrir de nuevo eso que había sentido cuando era pequeño. Tanta era su adoración por aquellos temas, que cada de podía le pedía a Fer que le leyera y él solo lo abrazaba y escuchaba cada palabra. Nunca escribió nada y sus ganas se desvanecieron cuando el fútbol se convirtió en una opción viable para vivir pero de todas maneras extrañaba la fantasía y por eso volvía a ella con el accidente.

 Pero incluso hacer algo tan simple como leer podía constituir un reto. El niño demonio hacía de las suyas por todos lados y Mateo había tenido que decirle a su hermana que lo controlara o simplemente no podían volver de visita. El ultimátum no le sintió bien a la pobre mujer que casi nunca veía a su hermano y quería compensar este hecho con ayuda en casa y compañía pero por fin se daba cuenta del verdadero problema: Mateo no soportaba los niños. Lo que hizo entonces fue hablar con su hermano y decirle que quería estar allí para él pero tenía que traer al niño también pues no tenía a nadie que lo cuidara. Estaba en la misma posición con él que con Mateo.

 Por los días siguiente, el niño calmó sus acciones. Ya no pintaba las paredes y no lo acosaba en su camino al baño o a comer algo. Casi todo el tiempo se la pasaba dibujando y fue entonces que Mateo se dio cuenta que jamás lo había visto como a un niño de ﷽﷽﷽﷽mo a un nices que Mateo se dis y no lo acosaba en su camino al baño o a comer algo. Casi todo el tiempo se la pasaba dño de  verdad. Decir algo así sonaba horrible pero era porque para Mateo, su sobrino siempre había sido más una molestia que cualquier otra cosa. Fue un día que lo vio dibujando, concentrado y en paz, en el que se dio cuenta que los niños podían no ser tan malos. Pero eso no fue lo que más le interesó sino lo que estaba dibujando el niño como tal. Eran princesas y dragones y castillos y cosas por el estilo. Los dibujos le gustaron al tío Mateo y, como quien no quiere la cosa, empezó a preguntar por ellos y el niño le explicó cada uno.

 Al día siguiente, Mateo se sentó en el sofá, donde el niño dibujaba, y empezó a leer de uno de sus libros favoritos. El año inmediatamente quedó prendado de la historia y, cuando Mateo quiso ir al baño, le rogó que siguiera sin interrupciones pues la historia se ponía cada vez más interesante. Así siguieron por los días siguiente, en los que Mateo le leyó varias historias a su sobrino, para alegría de su hermana que nunca antes había visto que el niño y su hermano se llevaran bien.  Era bonito verlos juntos en el sofá, al niño con la boca abierta mientras oía las palabras de Mateo y este último concentrado en cada palabra, casi como si estuviese actuando cada escena.

 Esto lo pudo ver Fer un viernes que pudo venir temprano del trabajo. Él y la hermana de Mateo los miraron desde la cocina y sonrieron al ver lo mucho que había cambiado el accidente a un hombre que nunca antes había querido compartir nada de sus gustos personales y mucho menos con un niño. Ese día, mientras Mateo y el niño leían, Fer y la hermana hicieron la comida. Fue uno de los mejores días pues por primera vez se sentía como si fuesen una familia verdaderamente unida. No había discusiones, solo conversación y alegría y nada más. Cuando se fueron a acostar ese día, Mateo le confesó a Fer que nunca antes se había sentido tan cercano a miembros de su familia. Había decidido que quería ver a su padre.

 Lo que pasaba con ellos era que el padre estaba orgulloso de Mateo pero nunca había aceptado por completo que a él, a su hijo lleno de testosterona, le gustaran los hombres y especialmente uno que no tenía nada que ver con el deporte. Siempre había sido algo difícil, sobre todo en las festividades de fin de año, cuando la familia siempre había acostumbrado reunirse para festejar. Decidieron ir todos: el niño, Mateo, su hermana y Fer. Los padres de Mateo vivían en una casa de campo muy alejada, pequeña y llena de animales. Fue un poco difícil cuando llegaron, pues no habían avisado pero la madre se encargó de que el padre no fuese un muro de concreto. Y por lo que parecía, los años lo habían ablandado.


 Días después, Mateo estaba jugando su primer partido y con su energía y decisión, el equipo ganó fácilmente. La celebración en el estadio fue monumental y lo primero que hizo el jugador fue besar a su novio, alzar en brazos a su sobrino y abrazar a su hermana, en ese orden. Su visión de la vida había cambiado a partir de lo que él siempre había sido, y todo por un estúpido accidente.