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miércoles, 4 de octubre de 2017

¿Qué pasa en el bosque?

   Lo que fuera que tenía en el brazo, no parecía haberme afectado tanto como pensaba. Me mire varias veces en el camino, tocando la piel que hay entre la mano y el codo, mirando de cerca y de lejos. Pasaba las yemas de los dedos lentamente y esperaba, como si algo fuera a pasar de la nada. Pero no pasó nada. La piel ni siquiera se puso roja ni de ningún color fuera de mi color de piel normal. Me preocupaba sentir dolor sin verlo, sin poder saber de donde venía.

 Las dos cosas que se me veían a la mente eran bichos, algún piquete por alguna de las muchas criaturas del bosque. Me miré de nuevo el brazo, caminando sobre un montón de hojas secas, y no tuve problema en imaginar los miles de insectos que podrían haberme hecho algo en la noche. Después de todo, había estado acampando en el bosque por una semana y no era del todo imposible que algo hubiese entrado en mi tienda de campaña por la noche y me hubiese atacado sin yo saberlo.

 Sin embargo, no había picaduras en la piel. Y por muy pequeño que fuese el animal, no hubiese sido muy posible que entrara por mi nariz o mi boca. Conocía muy bien el lugar y sabía que no había de ese tipo de criaturas en un lugar como ese, no era la selva amazónica sino un bosque templado medianamente alejado de la civilización. Pero, a diferencia de alguien en el Amazonas, podría caminar un par de horas y llegar a un lugar con electricidad y una buena comida caliente.

 Seguí mi camino en silencio, tratando de no pensar en el dolor en el brazo. También podría haber sido el sol pero no había hecho un clima especialmente propenso a altas temperaturas. De hecho, los días se habían vuelto cada vez más grises desde mi entrada al parque y la humedad había subido a niveles que ya eran insoportables. Ese mismo día decidí no bañarme, en parte porque ya estaba empapado y no quería mojarme más, pero también porque no había un lugar donde limpiarme apropiadamente.

 En mi segundo día había nadado desnudo en un lago, bajo la lluvia. Había deseado, por un breve momento, haber tenido a alguien conmigo en ese lugar. Y había imaginado la cara de esa persona. Pero ni siquiera recordando con muchas ganas podría decirles cual era la apariencia de ese hombre. Él era solo un producto de mi imaginación, basado en experiencias personales basadas y en gustos efímeros, de los que tenemos todos. En fin, ese momento en el lago fue hermoso y cuando la lluvia se detuvo me vestí y seguí contento mi camino, tomando fotos y sonriendo como tonto.

 En cambio ahora seguía mirando mi brazo, automáticamente. Era como una manía extraña, como si algo me dijera que ese dolor en el brazo era algo más de lo que yo pensaba. Tal vez no era nada pero se me había metido en la cabeza que había algo mal conmigo, con mi cuerpo y tal vez con mi mente. Me detuve en seco, en la mitad de la nada, y decidí asentarme ahí para pasar la noche. Faltaban todavía varias horas para el atardecer pero no me importaba. Simplemente no quería seguir caminando, pensando.

 Armas mi tienda de campaña y mi área de cocina tomó un buen rato, quitándome tiempo para no pensar en tonterías. Hacía una cosa y otra, recoger palos pequeños y grandes e ir a un pequeño arroyo por agua. Llené una sola vez mi pequeño balde amarillo pero me demoré bastante a propósito, tratando de ver el bosque como lo que era y no como lo que yo tenía en mi mente. Traté de escuchar la melodía de los pájaros y los susurros de las pequeñas bestias a mi alrededor.

 Sin embargo, el silencio se había apoderado del lugar. Solo el viento movía un poco las ramas de algunos árboles altos. De resto, el lugar parecía ser el cementerio del bosque. Era un poco más oscuro, de pronto por la espesura del follaje, pero en general todo parecía tener menos color, ser más triste que el resto del parque natural. Saqué un mapa que me habían dado en la entrada y lo extendí todo para ver todas las áreas del bosque al mismo tiempo. Intenté seguir mi camino por el plano, pero me perdí varias veces.

 Después de intentarlo varias veces, me di por vencido. No tenía ni idea en que parte del bosque estaba. Creí ubicar el arroyo pero lo cierto es que había decenas de ellos, tal vez más, y no había ninguna manera de saber cual era el que tenía ahora cerca. La espesura del bosque no era algo que se mostrara con claridad, así que ese factor tampoco ayudaba en nada. Traté de seguir el trazado de los caminos que creía haber seguido pero ninguno de ellos conducía a una zona como en la que me había asentado.

 De hecho, ni siquiera sabía en que momento me había desviado de la ruta que me había propuesto seguir. Mi plan había sido caminar lo suficiente hasta llegar a un gran acantilado, cerca del cual armaría mi campamento. Desde allí se podría ver con facilidad el reconocido cañón del parque, en el que se decía había varios lugares hermosos para explorar a pie o a nado. Era un lugar sacado de las fantasías de algún escritor trastornado pero ciertamente no parecía estar ni remotamente cerca de ese sitio. Sin embargo, había caminado tanto como para haber llegado ya.

 Mi brazo dolió de nuevo. Me dejó de importar el hecho de estar perdido y me propuse hacer la cena. Saqué una lata de frijoles blancos, de los dulces, y la vertí completa en una pequeña olla que usaba para cocinar lo que sea que tuviera a mano. Las latas que llevaba eran todas de tamaño personal y no eran muchas. Prefería comer algún animal pequeño o hacer una ensalada con los frutos del bosque pero no había nada parecido alrededor. Además, no quise ni levantarme de mi lugar.

Era como si una ola de apatía me hubiese invadido y no me dejaba ni ponerme de pie. Solo prendí el fuego y cociné mis frijoles en silencio. La ausencia de escandalo por parte del bosque dejó de ser algo importante para mí. Me serví en un plato viejo y esmaltado que traía como amuleto de buena suerte y comí sin que me molestara nada, ni en la mente ni en el corazón. El dolor del brazo pasó y, tras haber terminado la comida, caí dormido en el mismo lugar donde había hecho todo lo anterior.

 Cuando desperté, desconfié de lo que veía. Porque el bosque ya no era el mismo sino una versión aún más sombría de lo que había visto hasta ahora. Lo peor, fue ver como alguien salía de entre los arbustos, jadeando, y se escondía en mi tienda de campaña. Yo veía pero no podía hacer nada. Estaba como paralizado o algo así. Eso pensé al comienzo. Vi como dos sombras oscuras llegaban al claro y empezaban a destrozar mi tienda de campaña. Oí los gritos y vi sangre por todos lados.

 Fue justo antes de despertar que me di cuenta de que no podía hacer nada porque no tenía cuerpo para poder ayudar. Lo que me despertó fue el susto combinado con el fuerte olor a quemado que emanaba de mi hoguera. Lentamente, se había quemado lo poco que había quedado de los frijoles. Ese olor no era algo que alegrara a los guardabosques. Quise empacar, irme de allí en el momento. Pero había algo que me impedía correr o gritar. No podía hacer nada.

 Fue entonces cuando, de nuevo, salieron dos sombras de entre los arbustos. Pero esta vez no eran sombras, esta vez pude ver exactamente como eran, sus ojos rojos brillantes y su aspecto terrorífico. Si hubiese podido, habría gritado como nunca en mi vida.


 Me encontraron días después, lejos de ese sitio, en shock. Me llevaron al hospital y aquí sigo. Me rescató alguien que se parece al hombre que me imaginé en el lago. Y fue él quién me hizo notar el pequeño bulto que tenía en mi brazo, bajo el escozor que había tenido durante varios días.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Renacer

   Para él, no era difícil sacar la bala de donde estaba alojado en su abdomen. El dolor era tremendo pero a la vez que sentía dolor, también había una extraña sensación que parecía envolver su mano mientras sus dedos exploraban la cavidad hecha por la bala. Cuando por fin dio con los restos de metal que quería sacarse, tuvo mucho cuidado al ir sacando los dedos para que la bala no se resbalara y volviera a quedar alojada dentro de su cuerpo. Lo que sacó era un pedazo pequeño de metal, arrugado al meterse en su cuerpo. Lo tiró al suelo.

 La lluvia caía de manera torrencial y ayudaba, en gran medida, a que sus heridas no se sintieran como tales. Los que sabían de su resistencia al dolor, creían que él no sentía nada de nada y eso era una mentira. Cada vez que le pasaba algo, lo sentía en el alma pero el asunto era que podía resistir la cantidad de dolor que fuera. No había un límite a lo que pudiese aguantar. Una vez, explorando el límite de sus poderes, había cogido un cuchillo y se lo había clavado en la mano. Por supuesto que le había dolido, pero no tanto como para aguantar varias clavadas más.

 Respirando pesadamente, caminó bajo la lluvia siguiendo una carretera solitaria. Era un lugar alejado de todo, envuelto por bosques de árboles que crecían muy cerca los unos de los otros, con follaje espeso y una altura que era capaz de cubrir una zona extensa como si fuera un techo natural. Allí fue donde se escondió, dando cada paso con dolor pero si dudar un segundo de que lo que tenía que hacer era alejarse lo más rápido posible de toda la gente, de la civilización como tal. Sentía que ya no pertenecía con ellos. De hecho, sentía que jamás se había integrado como tal.

 Encontró de repente una zona rocosa, en la que el bosque parecía subir de nivel. En ese lugar había una pequeña cueva y fue donde se dejó caer para descansar. La idea era solo quedarse un par de horas pero estaba tan exhausto que solo se despertó hasta el otro día. Lo hizo de un sobresalto. Por esos días, casi siempre tenía pesadillas horribles relacionadas con las extrañas habilidades que, de un día para el otro, habían surgido en su cuerpo. Solo llevaba pocos meses sabiendo lo que podía hacer y era todo demasiado extraño.

 La lluvia había parado durante la noche pero el bosque seguía húmedo y frío. La ropa del hombre estaba muy mojada pero no tenía otra para ponerse. Además, no era algo que le importara mucho ahora. Salió de la cueva y caminó por el linde de la ladera de la montaña, siempre cuidado no caminar por un claro ni nada parecido. No sabía si alguien estaría buscándolo ni que métodos estarían usando para encontrarlo. Tenía que ser cuidadoso. Estaba claro que nunca volvería a sentirse de verdad seguro. Tenía que aprender a sobrevivir así, en movimiento.

 Su estómago de pronto rugió. Tenía mucha hambre pues no comía nada hacía más de un día. Se revisó los bolsillos del pantalón y encontró un papel y nada más. En el bolsillo de la chaqueta tenía un billete de baja denominación y un par de monedas. Era lo único que tenía y de todas maneras no podía usarlo como si nada, menos como estaba en ese momento pues cualquiera empezaría a preguntar de dónde había salido. Así que guardó bien el dinero y siguió caminando, esperando que se le presentara alguna manera de calmar el estómago.

 Los árboles empezaron a separarse un poco, lo que lo puso nervioso, pero solo era porque en la cercanía había un lago. Era bastante grande y parecía que no había nadie cerca. El agua era limpia pero desde la orilla tenía un color azul oscuro profundo, casi negro.  El hombre se quedó mirando, desde la línea de árboles, como el viento acariciaba la superficie del agua. Era un viento frío, que traía la temperatura de la parte más alta de la montaña. El hombre miró hacia el cielo: no habían nubes ni parecía haber nada fuera de lo común.

 Despacio, se fue quitando la chaqueta. La dobló con cuidado y la puso en el suelo. Allí tenía su dinero y no quería que cualquier criatura del bosque pudiese sacar las monedas brillantes o el único billete que tenía. Luego se quitó la camiseta, que tenía una gran mancha de sangre oscura, y la puso doblada encima de la chaqueta. Cuando se fue a agachar para quitarse las botas cubiertas de barro, se dio cuenta que ya no tenía el hueco de la bala en su abdomen. Dolía un poco todavía pero la piel estaba lisa, sin rastro de que nada le hubiese pasado.

 Se pasó los dedos varias veces, sin creer lo que veía. No entendía que le pasaba y por qué le pasaba precisamente a él, un tipo común y corriente que nunca había querido ser especial de ninguna manera. Lo único que había querido en la vida había sido un trabajo estable y vivir en paz con los demás. eso era lo que quería. Pero la vida no le había dado nada de eso y menos aún en los últimos días. Era como si tuviera que superar alguna prueba o algo por el estilo pero él no comprendía por qué. Nunca le había hecho nada malo a nadie y ahora estaba huyendo.

 Se sentó en el húmedo suelo del bosque para quitarse las pesadas botas, cubiertas de barro que ya estaba endurecido. Sus pies olían bastante mal pues el agua de lluvia lo había mojado todo y no había secado sus pies en mucho tiempo. Las medias también estaban embarradas. Las dejó dentro de las botas y a estas las puso al lado de la demás ropa. Se quitó los pantalones, unos jeans ya viejos. Al hacerlo, sintió como si se quitara una armadura de encima del cuerpo. Se sentía vulnerable.

Después de doblar los jeans, los puso sobre la camiseta. Se quedó quieto un buen rato, pensando que de pronto no tenía mucho sentido lo que estaba haciendo. ¿Que tal si alguien llegara y lo viera así? Tal vez le quitarían la ropa y lo obligarían a morir sin nada puesto. Sería algo muy humillante. Pero ese era su subconsciente que estaba obsesionado con la idea de morir desde hacía unos días. Sentía que su muerte llegaría pronto y a cada rato se imaginaba alguna nueva manera en que eso ocurriría, casi siempre de manera trágica.

 Sacudió la cabeza, como espantando una mosca, y terminó de quitárselo todo al retirar con cuidado sus calzoncillos. Los dejó en una de las botas. Entonces se envolvió con sus brazos y empezó a caminar hacia la orilla del lago. Respiraba pesadamente como si estuviera a punto de meterse a un baño de ácido o algo por el estilo. Era el miedo de que algo que no veía venir pasara en cualquier momento. Se podría decir que ahora el pobre hombre tenía miedo hasta de su propia sombra, de cualquier ruidito, de todo lo que pudiera llevarlo a la muerte.

 Sus pies tocaron el agua. Estaba muy fría pero sintió algo más: se sentía vivo al sentir el líquido. Despacio, se fue metiendo al agua hasta que estuvo cubierto hasta la cintura. En parte se sentía congelándose pero a la vez su cuerpo parecía calentarse desde de adentro. Era una sensación muy extraña pero placentera. Sentía casi como si se estuviese recargando. Avanzó un poco más y el agua le llegó hasta el pecho. Cuando se dio vuelta para mirar a la orilla, se dio cuenta que se había alejado bastante y que no pasaba nada de peligroso.

 Tal vez ya no lo buscaban. Tal vez ya se hubiesen dado por vencidos. Al fin y al cabo habían visto como un hombre corría después de dispararle. Eso debía haberlos asustado o algo. Era como si el optimismo fuese llenando su cuerpo, gota a gota. Entonces miró a su alrededor y, sin dudar, se hundió en el agua por completo. Aunque dejó de sentir el suelo rocoso del lago por un momento, no se preocupó porque todo de repente parecía sentirse perfecto. Sentía que ahora sí lo entendía todo y que comprendía que le pasaba y porqué.


 Así estuvo una hora, emergiendo del agua y sumergiéndose de nuevo. Cuando por fin regresó a la orilla, parecía un hombre nuevo. Se veía que algo había cambiado en su interior pero era difícil saber que era. En su interior, sentía como si estuviese lleno de energía. Antes de cambiarse, hizo el intento. Tomó una piedra y la apretó con una mano lo más fuerte que pudo. Cuando abrió el puño, solo había un polvillo gris que flotó lejos con la suave brisa que soplaba. Era hora de salir del bosque.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Cruzaron el cielo

   Como una explosión. Así fue como casi todas las personas que vieron el bólido pasar por encima de sus cabezas lo describieron. Iba a toda velocidad, cruzando el cielo dejando una estela blanca que parecía acumularse y quedarse allí quieta, como si un artista hubiese pasado un pincel con pintura blanca sobre el telón azul que era el cielo. Los que tuvieron la oportunidad de ver el espectáculo no se despegaron por un solo momento. Era una de aquellas cosas de la naturaleza que solo se podían ver una vez en la vida.

 O eso creían los habitantes de esa alejada región. Un mes más tarde, en la noche, más de uno salió corriendo afuera pensando que el país había entrado en guerra con algún otro país, aunque no hubiesen sabido adivinar cual. Otro bólido pasó por encima de un pequeño pueblo y tuvo la fuerza suficiente de romper varios vidrios con la onda de sonido que se escuchaba cuando la enorme piedra del espacio rompía la barrera del sonido allá en lo alto. Los restos cayeron en la misma región remota que la piedra anterior, después de un magnifico espectáculo.

 Los científicos del país decidieron organizar una expedición pues no era muy común que dos bólidos cayeran en la misma región de manera tan seguida. Si bien el fenómeno ya había ocurrido antes, hacía muchos años y muchos siglos, la gente no se acostumbraba a que piedras enormes cayeran del cielo y amenazaran con destruir su vida. El equipo de expertos se dirigió a la remota región de bosques donde se presumía que habían caído ambas rocas y se encontraron con la búsqueda no iba a ser tan simple pues, al parecer, los bólidos se habían internado bastante entre los árboles.

 Lo fácil era seguir el rastro de árboles devastados. Algunos estaban quemados ligeramente en la copa y otro habían sido completamente arrancados, como si manos gigantes los hubiesen tomado del suelo como si fueran zanahorias o algo por el estilo. La búsqueda demoró un poco más por la intensa lluvia que empezó a caer. Era tan preocupante el estado del clima, que se pensó en suspender la búsqueda hasta que dejara de llover. Pero no hubo necesidad de ello pues los científicos iban por lo que iban y no los iba a detener un poco de agua.

 Encontraron la primera piedra a los dos días de internarse en el bosque. La lluvia había ayudado a que se enfriara la roca, pues era la que había caído hacía más poco y todavía emanaba algo de calor. Tenía el tamaño de una pelota de futbol o tal vez un poco más grande. La sostuvieron con cuidado y la pusieron en una malla especial en la que sería transportada de vuelta al laboratorio. Pero primero tenían que buscar el otro aerolito pues no tendría mucho sentido irse de allí con solo uno cuando podían fácilmente encontrar el otro.

 La lluvia arreció y la búsqueda por el segundo aerolito se hizo más difícil de lo que todos pensaban. No solo por el hecho de que su rastro se había borrado después de varias semanas de caído, sino por la inclemente lluvia que traía consigo una neblina espesa y un frío insoportable que bajaba de las montañas como una serpiente enfurecida. El equipo iba despacio pues tenían que cargar la otra piedra para todos lados y eso entorpecía un poco el movimiento. Pero el jefe de la misión fue claro en decir que no se iría hasta al menos definir donde había caído la otra roca.

 La respuesta a esa pregunta llegó una mañana, más exactamente el día que se cumplía una semana de la misión. Uno de los ayudantes, un chico joven, se había apartado del campamento central para poder “ir al baño” pues no tenían ningún tipo de facilidades para hacerlo de manera más limpia y segura. Se apartó lo que más pudo y encontró un sitio que le pareció perfecto al lado de una pequeña laguna. Se bajó los pantalones y empezó a hacer lo que necesitaba hacer. Segundos más tarde, notó algo raro en la laguna: el agua parece hervir.

 Apenas terminó sus necesidades, corrió de vuelta al campamente y contó lo que había visto. Llevó al resto de los del equipo a la laguna y todos fueron testigos de cómo el agua parecía hervir lentamente. En un lugar no muy lejos de la orilla se concentraban las burbujas. Tuvieron que improvisar un traje de buzo pues no habían pensado en la posibilidad de que la roca especial hubiese caído en agua. Lo más importante era poder verificar con fotografía que el objeto estaba allí al fondo. Así que uno de ellos se vistió con una máscara y una cámara especial, sin ropa de neopreno.

 Se metió al agua y se hundió. Varias veces salió a hacer comentarios, pues no podía aguantar tanto la respiración. Decía que el agua estaba tibia, casi caliente alrededor del punto donde se veían las burbujas. Tomó las fotos que pudo y cuando las vieron en el computador se dieron cuenta que la roca que había en el agua era por lo menos dos veces más grande que la habían encontrado días antes. La conclusión unánime fue volver al pueblo, pedir equipo especial y volver lo más pronto posible, antes de que la piedra se hundiera en el frágil fondo de la laguna.

 Lamentablemente, tomó cinco días encontrar la maquinaria adecuada. Al final, se dieron cuenta que no podrían ingresar con dichas máquinas al bosque pues era reserva forestal. Así que eligieron utilizar un helicóptero. Dos buzos amarrarían una especie de malla alrededor de la roca y el aparato aéreo se encargaría de sacarla del fondo con solo fuerza. Era el modo más práctico que pudieron encontrar, aunque ciertamente no era el más barato. La universidad que los patrocinaba no estaba muy contenta.

 A los dos días se internaron en el bosque y cuando llegaron a la laguna se encontraron con algo increíble: el agua se había evaporado por completo y la roca yacía, humeante, en el fono de un lodazal increíble. No había ya necesidad de buzos sino de hombre ágiles que pudiesen caminar sobre semejante terreno para ubicar la malla alrededor de la roca. Cuando estuvieron en el fondo se dieron cuenta de otro problema: el aerolito estaba muy caliente, parecía haber aumentado su temperatura y no lo contrario, que sería la norma.

 Claramente era algo muy especial pues no era normal que después de cruzar la atmosfera y caer en agua, la roca siguiera caliente e incluso pareciese calentarse más. Afortunadamente, la malla que habían traído tenía cierta resistencia al calor. La ubicaron alrededor con ayuda de guantes gruesos. Lo más complicado fue levantar la piedra por unos segundos para poder pasar la malla por debajo. En ese trabajo se tuvieron que involucrar todos y cada uno de los miembros de la expedición que habían venido buscando el aerolito

El esfuerzo conjunto fue suficiente y pronto tuvieron la ropa bien envuelta. El helicóptero llegó pronto y bajó a una altura prudente para enganchar la cuerda que unía a la malla. Cuando se alzó, todo el mundo creyó que se llevaría la roca como si fuese una pluma. Pero pasó exactamente lo contrario: parecía que el objeto pesaba mucho más de lo que todos habían estimado. Tal vez tuviese un núcleo muy especial o tal vez no fuera una roca normal. El caos es que el piloto del helicóptero tuvo que hacer un esfuerzo especial para levantar el aerolito del fondo de la laguna.

 Después de varios intentos, el piloto logró alzar la roca unos cuatro metros en el aire pero se notaba que lo hacía con un gran esfuerzo. Por radio, le comunicaron que solo debía volar hasta el borde de la reserva forestal. Allí habría varios vehículos esperando por la roca para llevarla a la universidad, donde se le harían una gran cantidad de estudios. Antes de irse, los científicos tomaron muestras del barro del fondo de la laguna, por si lo necesitasen después.


 Una semana más tarde, las rocas estaban en la mitad del laboratorio más grande de la universidad. Obviamente, la atención se volcaba sobre la más voluminosa de las dos aunque habían descubierto que la pequeña llevaba rastros de algo que todavía no podían definir. Habían pedido ayuda de otros científicos alrededor del mundo pues había un descubrimiento por hacer, o varios, y necesitaban a los mejores para aclararlo todo. Las dos rocas serían la fuente de sueños para muchos y pesadillas para algunos. Pero claves en el futuro de toda la humanidad.

viernes, 12 de agosto de 2016

Contacto

   Gracias al traje que tenía puesto, el grito de Valeria no fue Oído por nadie. Los canales de radio estaban cerrados en ese momento y el control de misión estaba esperando a que fuesen reactivados después del corto viaje del equipo dentro de la nave extraterrestre. Valeria tuvo que recomponerse rápidamente y seguir caminando como si no hubiese visto nada pero la impresión la tenía caminando lentamente, como si en cualquier momento alguna de esas criaturas le fuese saltar al cuello.

 Pero no lo hicieron. A los que vieron por ahí no les importaba mucho la presencia del grupo de tres seres humanos. O al parecer ese era el caso. Parecían estar ocupados manejando la nave así que era entendible que no les pusieran atención. Además, era de asumirse que su civilización ya había logrado algo por el estilo anteriormente. En cambio para la Humanidad era solo la primera vez.

 Valeria, el soldado Calvin y el científico Rogers llegaron a un punto de chequeo o al menos eso lo parecía. Una de las criaturas estaba allí, de pie, como esperándolos. Las paredes se hacía más estrechas y les tocaba caminar de a uno, con mucho cuidado. Seguramente el pasillo tenía esa forma de embudo para prevenir un ataque o algún tipo de estampida. El ser que había en la parte más estrecha los observó con atención, o al menos eso habían sentido. No había dicho nada, solo los miraba. Cuando el grupo pasó, despareció.

 Llegaron a una zona muy abierta y no tuvieron que tener el canal de audio abierto para que fuera obvio el sentimiento que los embargaba: era la sorpresa, la incredulidad. Frente a ellos se extendía una hermosa selva. Los árboles eran un poco raros pero estaba claro que eran árboles. Fue en ese momento que restablecieron la comunicación y empezaron a transmitir para todo el mundo. Ese había sido el acuerdo con las criaturas.

 En cada casa del planeta Tierra, pudieron presenciar la belleza de un jardín extraterrestre: había flores flotantes y árboles que se movían según el ángulo de la luz. No había seres en esa zona y los astronautas se preguntaban porqué. Estaban fascinados por semejante lugar, un espacio totalmente inesperado en una nave que hasta ahora había sido bastante seca en su diseño y detalle.

 Se dieron la vuelta cuando se fijaron que los observaban. Allí, si se puede decir de pie, estaba uno de los seres. Más atrás, había otros dos. El ser que estaba más cerca de ellos se acercó lentamente y ellos se le quedaron mirando, fascinados. Cuando estuvo cerca, la criatura pareció cambiar de color y entonces hizo algo que no hubiesen esperado nunca: empezó a hablar en su idioma.

 Valeria era lingüista y antropóloga. Había sido elegida precisamente para tomar nota sobre cada uno de los componentes sociales de los extraterrestres. Su trabajo en la misión era dar información clara de las posibles bases del idioma extraterrestre y t también hacer conclusiones sobre sus costumbres y tradiciones más importantes. Al hablar en idioma humano, el ser había casi hecho obsoleto el punto de tener a Valeria en el equipo. Sus compañeros parecieron compartir el pensamiento pues la voltearon a mirar al instante.

 Las criaturas eran difíciles de comprender: no tenían piernas como las nuestras, más bien algo que parecían raíces pero más gruesas. Tenían varias de ellas pero lo más curioso era que no parecían usarlas mucho: siempre que se movían era como si flotaran un centímetro por encima del piso. Era algo por comprender. Tenían ojos, dos como los seres humanos, pero sin boca ni nariz.  Los brazos parecían ramas de árbol, sin hojas.

 En español, la criatura les dije que eran bienvenidos a la nave espacial y que esperaba que tuvieran una buena estadía. Ellos sonrieron. Valeria fue quién habló primero, impulsada puramente por la curiosidad. Dio un paso al frente y le preguntó a la criatura si podría explicarles las bases de su anatomía a ellos para poder comprender su funcionamiento básico.

 La criatura hablaba en sus mentes. Cuando Valeria terminó de hablar, sus raíces y ramas temblaron y todos concluyeron que el ser estaba riendo. Por fin contestó, explicando que en la sociedad extraterrestre no era algo muy común el explica el funcionamiento biológico del cuerpo. Sin embargo les explicó en segundos que sus cuerpos eran parecidos a los de las plantas terrestres pero mucho más desarrollados. Por eso tenían semejante jardín en la nave: les recordaba su etapa temprano y las selvas de su mundo.

 El ser empezó a “caminar” y los astronautas lo siguieron, adentrándose en la selva. Los árboles se movían para darles paso y no se sentía calor ni humedad. Era muy extraño. Valeria explicó el cuerpo humano mientras caminaban y después la criatura les contó de donde venían exactamente. En los hogares, todo el mundo buscó rápido en internet el lugar del que hablaba la criatura. Era en una constelación cercana.

 Cuando llegaron al otro lado del bosque, la criatura hizo aparecer unas plantas que parecían suaves. Dijo que ellos no tenían la habilidad de doblar su cuerpo pero que los humanos podrían hacerlo para sentarse. Mientras lo hacían, el científico Rogers preguntó sobre la química básica de sus cuerpos. La criatura se demoró en responder pero cuando lo hizo, lo hizo con lujo de detalles.

 La pregunta difícil vino del soldado Calvin: sin tapujos, quiso saber qué hacían las criaturas allí en el sistema solar. Porqué estaban aparcados sobre Júpiter y porqué habían demorado tanto tiempo en revelar su presencia. La criatura pareció reír de nuevo y les comunicó que la curiosidad humana era algo muy interesante. Al soldado solo le respondió que eran una nave de exploración nueva y que habían elegido Júpiter como objeto de investigación por sus características peculiares. Aclaró que revelar su presencia nunca había sido una prioridad en su misión.

 Valeria intervino entonces. Quiso saber si las criaturas tenían algún deseo a favor o en contra de la humanidad. El ser le respondió casi al instante: la verdad era que su civilización no había sabido de la existencia de los seres humanos hasta que habían llegado a Júpiter y reconocieron las señales electromagnéticas de varias naves que habían cruzado por el sistema solar. Eran señales primitivas pero existían rastros. Cuando se enteraron de la humanidad, pensaron retirarse pero su planeta decidió que lo mejor era establecer contacto.

 El científico y el soldado le pidieron que les explicara eso. La criatura se movió entonces de manera extraña, como si estuviera incomodo por las preguntas. Sin embargo respondió: un concejo de sabios había decidido que valía la pena hacer contacto, para beneficiar a ambas sociedades. Por eso ellos estaban allí ahora, por eso la nave extraterrestre se había dejado detectar por los aparatos humanos. Era una decisión de su gobierno y debía respetarla. Para todos fue obvio que él no compartía la decisión.

 Era difícil definir sentimientos y propósitos en las palabras que les ponía la criatura en la mente. Era como oír un dictado hecho por una máquina, en la que todo se oye igual pero no lo es. La criatura les propuso un paseo por otra de las salas en las que podrían aprender más de su mundo y sus costumbres. Pensaba que era mejor que estar allí, “perdiendo el tiempo”.

 Mientras caminaban hacia el espacio del que había hablado la criatura, los astronautas seguían pensando en la expresión usada por el ser. Podía ser que “perder el tiempo” no fuese algo que ellos entendieran. Podía ser un error o tal vez una elección de palabras poco cuidada. Pero los intrigaba porque podía significar mucho más de lo que parecía.


 El cuarto al que llegaron era como un museo diseñado para mentes y manos humanas. Estuvieron allí varias horas. El ser solo los miraba, sin decir ni hacer nada. Cuando hubo que marcharse, la criatura dio una ligera venia y se retiró. Ellos fueron transportados a su nave por un rayo de luz. Estaban agradecidos de ver algo familiar. Además, había mucho trabajo que hacer en ese primer día y mucho que pensar.