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miércoles, 15 de marzo de 2017

Primeras veces

   Toda vez que fuese la primera, me ponía nervioso. Era algo que me pasaba desde que era pequeño y tenía que ir a la escuela, de nuevo, cada año. El primer día de clases era una tortura pues muchas veces era en un lugar nuevo, con personas nuevas. Y cuando no lo era, no estaba seguro de si quedaría con mis amigos o con otros con lo que no simpatizaba mucho que digamos. Era una tortura tener que vivir esa incertidumbre una y otra vez. Esto no era nada diferente.

 Me había mirado la cara varias veces antes de salir, en el espejo del baño y en el que había en el recibidor. Tenía la sensación de que no iba bien vestido pero tampoco sabía como solucionar el problema. Me había puesto ropa formal pero no nada muy exagerado tampoco. No quería que creyeran que estaba teniendo alucinaciones, creyendo que me iban a contratar como el ejecutivo del año en la empresa o algo por el estilo. Solo quería dar a entender que era responsable y ordenado.

 Decidí salir con tiempo por dos razones: eso me daba la posibilidad de tomar el bus que iba directo y era más barato que un taxi pero también me daba la oportunidad de relajarme un poco y no estar tan tenso. Esa era la idea al menos porque la verdad no me calmé en los más mínimo durante todo el recorrido y eso que fue de casi una hora. El efecto había sido el contrario: esperar y esperar aumentaban mi tensión y podía sentir dentro de mi como me circulaba la sangre, haciendo mucha presión.

 El autobús lo tuve que esperar algunos minutos, cosa que no redujo mucho aquella tensión. Iba con tiempo y se suponía que nada de eso me tenía que poner tenso y, sin embargo, estaba moviendo los pies sin descanso y daba vueltas en la parada como si fuera un tigre esperando que lo alimenten. Las personas que estaban en el lugar me miraban bastante pero no parecían interesados de verdad sino solamente curiosos. Al fin y al cabo, para ellos todo el asunto no era nada nuevo.

 Ya en el bus, tuve un momento de indecisión para  elegir la silla en la que iba a sentarme. Tanto me demoré en decidir que las sillas se ocuparon y tuve que mantenerme de pie, con la mano firmemente agarrada a uno de los tubos que pasan por encima de las cabezas de los pasajeros. Mi mano parecía querer pulverizar el tubo y varias veces tuve que recordarme a mi mismo que tenía que respirar y relajarme, no podía seguir así como estaba o simplemente moriría de un infarto. Cerrar los ojos y respirar lentamente fue la clave para no morir allí mismo.

 El viaje en el autobús se sintió mucho más largo de lo que había esperado. Eso sí, me tomó una hora ir de un punto a otro pero como estaba tan desesperado, había vivido el recorrido como si la distancia hubiese sido el triple. Lo peor fue cuando, en un momento dado, sentí que estaba sudando: una gota resbaló desde la línea de mi cabello, por todo el lado de mi cara, hasta el mentón. Allí se había quedado y luego caído al suelo del bus. Obviamente sentía que todos me miraban, pero nadie lo hacía.

 Cuando el autobús paró para recoger pasajeros, aproveché para limpiarme la cara. No estaba tan sudoroso como pensaba pero de todas maneras me limpié y traté de mantener la calma. Tratando de no ser muy evidente, me revisé debajo de las axilas muy sutilmente para saber si había manchado la camisa recién planchada que tenía puesta. Sí se sentía un poco húmedo pero no tanto como yo pensaba. Traté en serio de respirar pero no me sentía muy bien. Sentía que me ahogaba.

 Traté de no hacer escandalo. Respiré como pude por la nariz y apreté el tubo al que estaba garrado con mucha fuerza. Creo que una lágrima me resbaló por la cara pero no lo hice mucho caso. Solo traté de poder respirar un poco más. Cuando sentí que el oxigeno fluía de nuevo, tomé un gran respiro y me limpié la cara. Fue entonces que, como por arte de magia, me di cuenta que por fin había llegado adonde quería estar. Casi destruyo el botón de parada del bus con el dedo.

 Apenas bajé, sentí como si el mundo por fin estuviese lleno de aire para respirar. Estaba temblando un poco y me di cuenta de que casi había tenido una crisis nerviosa. Ya de nada servía seguirme diciendo que me relajara y que no tenía razones para preocuparme. Todo eso no servía para nada puesto que yo siempre vivía las cosas de la misma manera, nada puede cambiar el hecho de que me den nervios al estar tan cerca de algo que me pone en una tensión increíble. Así soy.

 Tenía que caminar un poco para llegar adonde necesitaba. Tenía aún unos cuarenta y cinco minutos para respirar el aire de la ciudad, relajarme cruzando por andenes y un parque pequeño, hasta llegar a un conjunto de torres de oficinas que parecían haber sido construidas hacía muy poco tiempo. Automáticamente, saqué mi celular para revisar la dirección, a pesar de haberla buscado un sinfín de veces antes de salir. Solo quería asegurarme de que todo estuviese bien. Me detuve un momento para tomar aire y entonces me dirigí a uno de los edificios.

  Me revisó un guarda de seguridad y luego pasé a la recepción para decir que venía por una entrevista de trabajo. Se suponía que era una formalidad, pero yo nunca me he creído eso de que las cosas estén ya tan seguras antes de hacerlas. No creo que nada sea seguro hasta que hay contratos o hechos de por medio que lo garanticen. Por eso estaba nervioso y por eso siempre lo estoy cundo se trata de cosas que pueden irse para un lado o para el otro. Nada es cien por ciento seguro, ese es mi punto.

 La joven recepcionista me dijo que tomara el ascensor al séptimo piso. Me dio también una tarjeta para poder pasar por los torniquetes de acceso al edificio. Fue un momento divertido pues era como entrar a una estación de tren pero sin viajar a ningún lado, a menos que se cuente el corto trayecto en ascensor como un viaje. Apenas entré en el aparato, dos personas más lo hicieron conmigo pero se bajaron bastante pronto. Solo estaba yo para ir al séptimo piso. El ascensor no hacía ruido.

 Cuando se abrieron las puertas, tuve que tomar otra bocanada de aire. Me sentí muy nervioso de repente y tuve que caminar despacio hasta una nueva recepción, donde otra joven mujer me miró un poco preocupada pero pareció olvidar su preocupación cuando le dije a lo que venía. Marcó un número en un teléfono, habló por unos pocos segundos y entonces me dijo que esperara sentado a que vinieran por mi. Frente a ella había algunas sillas donde se suponía que debía esperar.

 Pero elegí no sentarme, ya había estado mucho tiempo sentado en el bus. Quería estirar un poco la espalda puesto que el retorno a casa iba a ser del mismo modo. Con la mirada recorrí el lugar y detallé que no había cuadros de ningún tipo en el lugar, ni siquiera afiches o algo por el estilo. Todo era gris, casi tan lúgubre como el espacio de trabajo de un dentista. No había nadie más en la sala de espera. Solo estábamos yo y la señorita recepcionista que parecía estar leyendo una revista.

 El ascensor se abrió en un momento dado y salieron algunas personas, todas evitando mirarme a los ojos. Me pareció algo muy raro, aunque no del todo extraño. Volvían al trabajo de comer y seguro tendrían sueño en unos minutos. Era la parte más difícil del día.


 Por fin, la persona que había venido a ver vino por mi. Sentí que era mis piernas las que me hacían mover y no yo. Nos dirigimos a su oficina y fue muy amable. Tan amable de hecho que su primera pregunta fue: “¿Cuando puedes empezar?”

lunes, 1 de agosto de 2016

Fantasmas del presente

   Al parecer la gente se odia a si misma. Al parecer la gente no soporta mirarse en el espejo y darse cuenta de que todo lo que tiene en frente es propio y que nada de lo que digan los demás importa. Sin embargo, no logro entender porqué las cosas son así y no de otra manera. ¿Porqué son autodestructivos y porque tratan de destruir a los demás? ¿Que es lo busca la gente haciendo que los demás sean miserables? La lógica diría que son ellos mismo miserables y por eso lo hacen pero no creo que siempre sea el caso.

 La gente es miserable por cualquier cosa y la única condición para que lo sean es estar tristes por una razón o por otra. Pero la tristeza no es excusa, estar mal en un momento no garantiza que se esté mal toda la vida y los demás no tienen porqué pagar por ello. Si estás triste, analiza tus sentimientos y lo que tienes adentro pero no hagas que lo demás se sientan miserables solo porque tu no puedes soportar al mundo de la manera en la que está hecho.

 Yo lo entiendo. A veces hay momentos en que queremos echarlo todo por la borda y no queremos que nadie nos hable, que nos miren o que susurren cerca nuestro. No queremos que el viento sople ni que el agua moje, que la gente camine o que los animales hagan lo que hacen. No queremos nada y a la vez lo queremos todo porque creemos que tener todo es lo mismo que ser feliz, que estar completo de alguna extraña manera. Pero siempre sabemos, en el fondo, que eso no es así.

 Creo que mucho de eso odio, ese rencor contra todos, nace sin duda de alguna inseguridad profunda en cada ser humano. Creo que reside en lo más hondo de cada ser, algo que se lo come vivo desde adentro, algo tóxico y asqueroso que la gente muchas veces nunca ve ni siente pero que a veces se manifiesta de las maneras más horribles para que nadie olvide su existencia. Creo que todos tenemos ese ser, esa otra criatura adentro, nadie es una excepción.

 Todos nos odiamos, todos tenemos problemas con algo o con alguien. Todos podemos ser capaces de sentir rencor contra los demás, de sentir cualquier cosa de hecho. Y ese puede ser un problema: no sabemos manejar esos sentimientos porque no tenemos las herramientas para comprenderlos. Ya sea porque nos criaron mal, y eso sí existe, como porque no nos esforzamos nunca por saber más del mundo que lo que vemos, es un problema grave.

 Y ahí están esas personas, que solo viven para ver a los demás quemarse en un mismo lugar. Viven para disfrutar con el dolor ajeno porque es la única manera en que pueden sentir algo, lo que sea. Jamás lo dejan de lado y jamás paran o se detienen.

 Muchas veces, estoy seguro, debe ser algo relacionado con el físico. Si quisiera ofender y ser igual de superficial que esta miserable gente, diría que si son hombres debe ser que es porque tienen un pene pequeño. Por alguna razón ese detalle siempre detiene en seco a un hombre, como un encantamiento mágico. Si es una mujer, la cosa se pone más compleja y hay que saber más del individuo pero siempre hay algo sensible, siempre hay un punto de ataque estratégico.

 La gente se siente mal frente al espejo. Yo me siento mal frente al espejo seguido y lo he hecho durante una larga cantidad de años. Para mi no es algo nuevo y vivo con ello sin problemas porque ya me acostumbré. A veces me veo allí y siento que no soporto estar allí de pie por más de un segundo, me odio porque me juzgo a partir de lo que ven y dicen los demás y no de cómo me siento. Mala cosa. Otros días es diferente. Me gusto mucho sin esfuerzo.

 Pienso que la gente de la que hablamos debe odiarse a si misma cada vez que se mira al espejo. Debe haber algo que los pone nerviosos, algo que simplemente los hace cerrar los ojos siempre que ven un cuerpo distinto, como si fuese algo pecaminoso o prohibido. Todavía hay gente que cree en estupideces de esas pero incluso la gente religiosa se puede dar cuenta que el cuerpo es lo que hay y no tiene sentido odiarlo ni aborrecerlo. Y sin embargo, ellos existen.

 Puede que sí sean los órganos sexuales los que los molestan o tal vez sea ver solo piel y nada más. Incluso, y esto es más posible aún, creo que les molesta ver que alguien esté tan seguro con su cuerpo. Puede que tenga algo que ver con la envidia, con algo que ellos mismos quisieran tener. Tal vez tienen el sueño reprimido de poder caminar desnudos por ahí sin sentirse inferiores o algo por el estilo. Me doy cuenta que entre más lo pienso, menos me interesan las razones.

 Eso será porque, entre más excusas existan, más trata uno de justificar las acciones de los demás pero no todos estamos justificados. Hay gente a la que se le debe llamar la atención y hacerle darse cuenta de que lo que hace está mal. Nadie tiene derecho a hacer que los demás se sientan como basura y nadie debería odiarse tanto como para destruir a otros por algo que tiene en la cabeza o que le falta.

 Pierdo el interés en defenderlos, en creer que son buenas personas a pesar de hacer cosas que me sacan de quicio. Son unos idiotas, superficiales e ignorantes. Eso pienso en este momento y creo que lo más probable es que sea la mejor descripción que haya hecho nunca te estos personajes tan tristes y patéticos. Ahí van más adjetivos.

 Se podrán excusar también en eso que llaman la moral, un concepto arcaico e inútil en el que la gente se sigue escudando para rechazar, selectivamente, comportamiento o hechos de la vida que no les gustan para nada. Es algo completamente ridículo porque es como juzgar a todos desde una pequeña, ínfima porción de lo que el hombre como especie conoce. Es como si eligiéramos, de todo el conocimiento humano, sólo lo que la humanidad aprendió en veinte años y usar eso para juzgar a todos los demás. Sin sentido.

 Dirán que es para proteger a los niños, niños que bien protegido no tendrían porque acercarse a lo que no deben. Se les olvida, tal vez que todos, incluidos los infantes, tienen tanto deberes como derechos. Eso de sacudirle a uno los derechos en la cara pero olímpicamente olvidarse de los deberes es simplemente asqueroso. Y se dicen conocedores de la vida y adoradores de lo que hay en ella nada más porque saben de la ley y el orden y de todo lo aparenta crear justicia.

 Tanto les gusta ese concepto, que la imparten ellos mismos. Por eso son peligrosos y unos lunáticos que deben ser detenidos antes de que pase nada. Eso es lo que se debería hacer con toda persona que cree un sistema alterno de justicia, cuando hemos convenido como sociedad humana que solo podemos atenernos a un código de reglas especifico y no a varios al mismo tiempo. Existirán otros sistemas, pero debemos atenernos al nuestro o sino todo es caos.

 Eso sí, que la gente crea lo que crea, que se vuelvan locos odiando y creyendo que su Dios, que su persona, que su familia o que quien sea tiene la razón. Que usen a sus niños como escudos, a sus mujeres como armas y a sus hombres como jueces, si es que no hacen daño, si no afectan a nadie y son como una de esas imágenes de museo que es graciosa porque ya es obsoleta.

 Así como esas piezas de colección, esa gente empezará a ser más y más escasa hasta que sean vistos como una curiosidad y luego ya no sean vistos más nunca. Eso es lo que necesita pasar, que conscientemente los hagamos a un lado si no están dispuestos a compartir el camino con nosotros. No se trata de ser amigos y darnos la mano y vivir juntos para siempre. Se trata de concesiones, incluso de respeto, más de tolerancia.


 Pero el mundo es un lugar podrido. Es un sitio vil que ha tenido el infortunio de ser nuestro hogar por tanto tiempo y lo será por más aún. Soportarnos será difícil pero al menos sabemos ahora que hay cosas por las que vale la pena vivir en paz y en calma y creo que esas son razones más que suficientes para tomar la iniciativa e ir extinguiendo a los fantasmas.

lunes, 13 de junio de 2016

Como un vampiro

      Mi casa parece la casa de un vampiro. No porque esté ubicada en una colina lejana con rayos y centellas detrás o porque tenga muchos pasillos secretos y un sótano lleno de ataúdes. Lo digo por los espejos: no hay ni uno solo. Al comienzo, cuando volví, se me hacía raro ir a cepillarme los dientes al baño y no tener donde mirarme. Lo mismo con el espejo que solo había sobre el mueble de la sala, que siempre había hecho parecer que mi pequeño apartamento era mucho más grande de lo que era.

 También habían sido retirados los espejos más pequeños, casi todos en mi habitación y en el baño. Lo único que daba un reflejo era, a veces, los vidrios de las ventanas y los charcos de agua que se hacían en el baño cuando usaba la ducha. No podía culpar a mi familia por haber tomado semejantes decisiones. Al fin y al cabo, tenía dos marcas bastante notables en las muñecas que me recordaban porqué no podía mirarme al espejo nunca y también porqué todavía no estaba listo para volver a hacerlo.

 Hacía casi un año había vuelto a casa, después de vivir un año en una institución alejada de la sociedad. Estaba en el campo, donde había animales para acariciar y gente amable que hacía preguntas con mucho cuidado. Allí me curé de mis heridas y fui, poco a poco, recuperándome de todas ellas, las físicas y las mentales. Creo que el proceso fue muy rápido y todavía me da algo de miedo que todo haya sido tan apresurado. ¿Que tal si no funcionó?

 Supongo que tendré que esperar a ver para saberlo. Es un problema con el que tendré que vivir, lo mismo que con las cicatrices en mis muñecas y con el hecho de no tener espejos. A todo se acostumbra uno. Lo mismo sucedió con mi trabajo que, obviamente, no había esperado por mi mientras estaba encerrado. Tuve que empezar a buscar algo que hacer y lo encontré teniendo dos trabajos en casa. Tuvieron que ser dos para poder pagar las facturas y demás.

 El primer trabajo es muy simple. Soy vendedor por teléfono de productos lácteos para una gran empresa. Desde temprano en la mañana hasta la hora del almuerzo, me la pasa llamando a oficinas y a diferentes tipos de personas, preguntándoles por sus pedidos de yogures, quesos, leche y demás productos. Algunas veces son colegios y otras veces supermercados. Es muy aburrido pero pagan a tiempo.

 Sin embargo, pagan mal y por eso necesito el otro trabajo que hago en las tardes, hasta las ocho de la noche. Soy asistente técnico para una compañía que provee servicios de internet y de telefonía. La verdad es que mi horario no es estable y puede terminarse antes o muchos después, eso depende de cuando llegue alguien a cortar mi tiempo con los clientes. Es casi al azar.

 Los días son pesados pero, gracias a que sé negociar y utilizar mis incapacidades, no trabajo los fines de semana. Esos dos días los tengo solo para mí. Los sábados normalmente son los días más activos, en los que recibo la visita o visito yo mismo a mis padres. Siempre tienen mucho que decir y mucho que hacer. Sea como sea, siempre que me veo con ellos hay comida por montones, sea que la hacen o sea que pedimos a domicilio. Siempre me dicen que me veo flaco y triste pero creo que eso es algo que ya no se puede arreglar y trato de bromear al respecto.

 A veces las bromas salen muy mal y hago llorar a mamá o enojar a papá. Todavía es difícil hablar del tema, de mi tiempo lejos de todos y de porqué no hay espejos en la casa. Es algo delicado y, la verdad, tratamos de que no sea necesario hablar del tema. Porque no lo es. Nadie necesita escuchar esa historia por enésima vez, nadie necesita revivirlo todo de nuevo, ni ellos ni yo, así que simplemente no lo discutimos.

 Los sábados también suelen ser para salir a dar una vuelta. Normalmente voy con ellos, casi nunca solo. Me acompañan a comprar ropa, a comer algo, a ver gente por aquí y por allá. A pesar de que gano mi dinero, todavía necesito el apoyo económico de mis padres. Sin él no tendría que vestir ni tampoco electricidad para cocinar o para tener la luz prendida toda la noche como me pasa seguido.

 Tengo que confesar que no son pocas las veces que me siento mal por ello. No creo que mis padres tengan la responsabilidad de cuidarme a esta edad todavía pero lo hacen sin decir nada más. Al comienzo, cuando apenas había vuelto del “lugar”, me tuve que quedar con ellos y fue tras mucho insistir que me dejaron volver al apartamento que alguna vez había comprado con dinero ganado en mi trabajo anterior.

 Cuando los convencí que podía vivir solo, decidieron que lo mejor era traerme bolsas llenas de cosas. Me compraban ropa y la traían directo de la tienda o venían con bolsas y bolsas del supermercado. Pasaron un par de meses, en los que venían varios días en la semana, antes que escucharan y entendieran que yo no necesitaba actos de caridad de nadie. No quería que me regalaran las cosas como si no tuviese pies o manos.

 Lo mejor que pudieron hacer fue llevarme a los lugares y limitar sus compras. Tampoco quería que se gastaran el poco dinero que tenían en mi. Pero querían ayudar con tanto ahínco que los dejé que me hicieran un pequeño mercado cada mes y que me compraran una prenda de vestir cuando yo se le los pidiera. Era lo máximo que podía normalizarse nuestra relación después de lo ocurrido.

 Fue en uno de esas salidas a comprar ropa en las que me volví a mirar en un espejo. Normalmente me compraba todo acorde a las tallas y si había que hacer arreglos pues mamá haría su mejor esfuerzo. Pero para comprar pantalones era mejor probármelos, porque cada marca era distinta, todas las tallas, así fuesen del mismo número, no eran iguales en un almacén que en otro. Entonces me decidí por dos modelos en una gran tienda e hice la fila para entrar a los probadores. Yo empecé a sudar allí, pues me molestaban tales aglomeraciones.

 Desafortunadamente para mí, la fila se movió con rapidez. Me tocó en el último probador en un pasillo estrecho y apenas entré, caí en cuenta del espejo. Al comienzo, lo ignoré completamente. Hice el ejercicio de darle la espalda y quitarme los pantalones que tenía puestos así. Me temblaba todo y me demoré más de lo normal quitándome la ropa. Casi tropiezo al quitarme los pantalones de los tobillos y fue entonces, casi en el suelo, que mis ojos se tropezaron con mi reflejo.

 Todo volvió a ser como ese día, hacía casi dos años. Lo recordé todo de golpe, cada detalle de esa escena en la que había cogido a puños el espejo del baño hasta destrozarlo. Mis puños sangraban pero no había terminado. Tomé uno de los trazos más grandes y, sin dudas, me corté las muñecas como pude. Por suerte, era sábado y no demoraron en encontrarme unos amigos que venían a tomar algo todos los fines de semana.

 Me puse de pie en el vestidor a pesar de estar mareado. Creí que iba a vomitar pero me contuve. Miré los pantalones que esperaban a ser probados pero me di cuenta entonces que me sentía muy débil. Todo me daba vueltas y mis brazos se sentían como hechos de papel. No era momento de probarme ropa ni nada de esas tonterías. Como pude me puse mis pantalones de nuevo y salí corriendo de allí. Les dije a mis padres que compraran los de mi talla.

 Cuando volví a casa, fui directamente a la cama. Me quité la ropa y me acosté boca abajo. Tenía ganas de llorar pero no lo hice, no había lágrimas en mis ojos. Sin embargo no podía dejar de pensar en como se sentía el vidrio sobre mi piel y mis manos destrozadas por el vidrio del baño. Instintivamente, me miré las muñecas y los nudillos. Cualquiera vería con facilidad lo que había dejado ese episodio de mi vida en mi cuerpo.


 Como era común, no pude dormir en toda la noche. Me la pasé pensando, en la oscuridad, en los sentimientos que me habían hecho destrozar ese espejo. Recuerdo bien que lo destrocé simplemente porque me vi en el él y no soportaba verme. Aún hoy, eso no ha cambiado. Agradezco a mi familia que haya convertido mi casa en la de un vampiro.