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miércoles, 12 de octubre de 2016

Superhéroes

   Todo el mundo recordaba con claridad el día en que los superhéroes decidieron quitarse sus máscaras y revelar sus identidades. Fue algo increíblemente chocante pues sucedió casi al mismo tiempo en cada rincón del mundo. Al parecer, lo habían planeado así para que pudiesen estar todos untos en semejante momento tan difícil para cada uno de ellos. Al fin y a cabo, era su identidad la que estaba comprometida. Al revelar sus identidades, sabían bien que ponían en peligro a las personas que más querían en el mundo.

 El problema era que, desde que habían surgido hacía ya algunos años, la gente había empezado a perderles confianza, al punto de preferir no ser rescatados por ninguno de ellos, pues en muchas ocasiones la cantidad de daño que hacían era muy superior a la cantidad de ayuda que proporcionaban. Por supuesto, no era algo que hiciesen a propósito. Lo que pasaba es que había cada vez más héroes jóvenes y esto significaba que tenían menos experiencia de campo. Muchas veces no sabían muy bien que hacer y entonces ocurrían las tragedias.

 Los gobiernos fueron quienes se reunieron, a puerta cerrada, y decidieron que la única manera de que la gente estuviese a salvo todo el tiempo era manejar todo lo que tenía que ver con los superhéroes. Es decir, que ellos dejarían de involucrarse por su cuenta y pasarían a ser enviados especiales de cada uno de los gobiernos. Serían los cuerpos gubernamentales quienes asignarían a cada uno de los héroes a situaciones delicadas. De esta manera enfocarían sus esfuerzos y poderes en las situaciones donde más los necesitaban.

 El problema que veían los héroes era que, de esa manera, no podrían ayudar a la gente en misiones pequeñas y urgentes como alguien ahogándose o cosas por el estilo. Esperar a ser autorizado para actuar podría ser para muchos la diferencia entre la vida y la muerte. Además estaba el punto del registro, en el que los gobiernos instaban a los héroes a revelar su identidad para así eliminar el factor “vigilante” y tener una situación de confianza total entre las personas, los gobiernos y los superhéroes. Estos últimos, no estaban nada convencidos.

Hubo algunos que decidieron retirarse en ese mismo instante. Es decir que jamás ayudarían a nadie más porque no deseaban quitarse la máscara y revelar quienes eran. La mayoría de los que hicieron eso tenían razones de peso: durante sus muchos años de peleas, habían logrado establecerse en alguna parte y formar una familia, algo que la mayoría de héroes no se planteaba ni remotamente. No querían sacrificar algo que les había resultado tan difícil de conseguir y menos por un sistema que tenía más fallas que soluciones, según ellos.

 Los que no se retiraron de todas maneras eran bastantes. Muchos eran jóvenes y, o no entendían el alcance de lo que les pedían o simplemente no tenían nada que perder. Era algo trágico pero había muchos de ellos que no tenían familia. Sus poderes habían surgido de situaciones difíciles y algunos ya habían perdido todo lo que hubiesen querido conservar. Veían lo de revelar su identidad como un paso más y no como un problema o una solución. Mejor dicho, les daba igual.

 El día que revelaron sus identidades, la gente se sorprendió con muchos de ellos y con otros la reacción fue de apenas sorpresa. A muchos se les notaban sus cualidades de superhéroe pero otros en verdad fueron una sorpresa porque no parecían del tipo de persona que se sacrificaría por otros. Durante semanas se le puso atención a la noticia y casi todos los días se hablaba en los medios de alguno de ellos, sin su permiso. La excusa era acercar los héroes a la gente pero lo único que querían era vender periódicos y revistas a costa de otros.

 Los gobiernos acordaron premiar a cada uno de los héroes con medallas de servicio a la comunidad. De esa manera, pensaban que podían ponerlos completamente de su lado y tratar de opacar los comentarios que hacían en los medios de cada uno de ellos. En todo el mundo sucedió lo mismo y se notaba que no era algo que fuese a terminar en un futuro próximo. De la nada, la gente estaba obsesionada de nuevo con los superhéroes ahora que sabían quienes eran. Querían hacer parte de la discusión y por eso todos contaban sus historias que tuviesen que ver con uno de ellos.

 Era de esperarse que la participación de héroes en enfrentamientos o en misiones de salvamento se redujo considerablemente. Los gobiernos limitabas de manera tajante la participación de ninguno de ellos a menos que de verdad fuese necesario. Por eso cuando uno ellos ayudaba las cosas se ponían difíciles pues la gente se amasaba para tomar fotos y pedir autógrafos y no dejaban que el héroe en cuestión hiciese lo que debía hacer en el momento. Las personas siempre habían sido una distracción pero ahora era cada vez peor.

 Además estaba el acoso fuera de los campos de batalla. La gente se obsesionaba con los súper y lo que hacían era averiguar donde vivían y que hacían en su vida diaria. Aparecieron en internet miles de fotos de muchos superhéroes en varias situaciones, la mayoría una clara evidencia de invasión de privacidad. Muchos de ellos denunciaron el hecho pero los gobiernos les respondían que ahora eran propiedad del estado y también del pueblo por lo que no había nada de malo en que tuviesen seguidores, por muy insistentes que fuesen.

 El verdadero problema vino cuando grupos de personas que siempre habían odiado a los superhéroes se reunieron y decidieron actuar. Aunque de esos grupos había en todas partes, uno en particular debía ser notado. Eran más que todo hombres de zonas alejadas, no urbanas, que creían que los seres con poderes extraños eran algo así como acólitos del diablo. Por eso decidieron buscar en sus regiones a cualquiera de ellos y encontraron a un joven que solo había participado en algunas misiones pero que no tenía la experiencia de los héroes más conocidos.

Sin embargo, eso no le importó a la turba enfurecida. Lo rastrearon sin que él supiera nada y una noche invadieron su casa, ataron a sus padres y se los llevaron hacia el bosque. Durante toda la noche lo patearon, lo golpearon y lo azotaron con ramas para obligarlo a revelar sus poderes. Ellos no entendían, o no querían entender, que sus poderes eran de la mente como leer pensamientos y cosas por el estilo. Ni siquiera podía influenciar las mentes porque no tenía tanta práctica. La turba lo acosó hasta que el chico no resistió más y reveló un poder que no sabía que tenía.

 Algunos de los secuestradores resultaron heridos pero eso no fue lo más grave. El jefe del grupo se asustó terriblemente y lo primero que pensó, y que luego hizo, fue apuntar al chico con una pistola y dispararle toda una ronda de balas. Por supuesto, el joven con poderes murió al instante. Sin embargo el grupo se dio cuenta de que eso había sido mucho más de lo que se habían propuesto hacerle. Ellos solo querían acosarlo y hacer que se fuera de su región.

 Dejaron tirado el cuerpo en la mitad del bosque, esperando que nadie lo encontrara. Sin embargo, la familia fue encontrada amarrada y ellos denunciaron a la policía que uno de los suyos no estaban en la casa. No demoraron mucho en encontrarlo, todavía lleno de sangre y casi irreconocible por la cantidad de disparos. Al llegar la noticia a los medios, hubo revuelo instantáneo, sobre todo de los héroes que ahora vivían expuestos a que todo el mundo supiese quienes eran. Exigieron protección del gobierno y garantías pero los gobiernos eran lentos.


 Muchos decidieron volver al anonimato o renunciaron por completo a su carrera como superhéroes. Se perdieron entre los miles de millones de personas en el mundo y nunca más se supo de ellos. Lentamente empezaron a morir más personas por todas partes, pues nadie los rescataba de desastres naturales o ataques humanos. El mundo de los superhéroes ya no existía pues la misma gente lo había querido así- Y ahora se arrepentían pero eso ya no servía de nada. Era muy tarde pues esos seres especiales habían entendido que no eran más que ciudadanos de segunda clase.

lunes, 1 de agosto de 2016

Fantasmas del presente

   Al parecer la gente se odia a si misma. Al parecer la gente no soporta mirarse en el espejo y darse cuenta de que todo lo que tiene en frente es propio y que nada de lo que digan los demás importa. Sin embargo, no logro entender porqué las cosas son así y no de otra manera. ¿Porqué son autodestructivos y porque tratan de destruir a los demás? ¿Que es lo busca la gente haciendo que los demás sean miserables? La lógica diría que son ellos mismo miserables y por eso lo hacen pero no creo que siempre sea el caso.

 La gente es miserable por cualquier cosa y la única condición para que lo sean es estar tristes por una razón o por otra. Pero la tristeza no es excusa, estar mal en un momento no garantiza que se esté mal toda la vida y los demás no tienen porqué pagar por ello. Si estás triste, analiza tus sentimientos y lo que tienes adentro pero no hagas que lo demás se sientan miserables solo porque tu no puedes soportar al mundo de la manera en la que está hecho.

 Yo lo entiendo. A veces hay momentos en que queremos echarlo todo por la borda y no queremos que nadie nos hable, que nos miren o que susurren cerca nuestro. No queremos que el viento sople ni que el agua moje, que la gente camine o que los animales hagan lo que hacen. No queremos nada y a la vez lo queremos todo porque creemos que tener todo es lo mismo que ser feliz, que estar completo de alguna extraña manera. Pero siempre sabemos, en el fondo, que eso no es así.

 Creo que mucho de eso odio, ese rencor contra todos, nace sin duda de alguna inseguridad profunda en cada ser humano. Creo que reside en lo más hondo de cada ser, algo que se lo come vivo desde adentro, algo tóxico y asqueroso que la gente muchas veces nunca ve ni siente pero que a veces se manifiesta de las maneras más horribles para que nadie olvide su existencia. Creo que todos tenemos ese ser, esa otra criatura adentro, nadie es una excepción.

 Todos nos odiamos, todos tenemos problemas con algo o con alguien. Todos podemos ser capaces de sentir rencor contra los demás, de sentir cualquier cosa de hecho. Y ese puede ser un problema: no sabemos manejar esos sentimientos porque no tenemos las herramientas para comprenderlos. Ya sea porque nos criaron mal, y eso sí existe, como porque no nos esforzamos nunca por saber más del mundo que lo que vemos, es un problema grave.

 Y ahí están esas personas, que solo viven para ver a los demás quemarse en un mismo lugar. Viven para disfrutar con el dolor ajeno porque es la única manera en que pueden sentir algo, lo que sea. Jamás lo dejan de lado y jamás paran o se detienen.

 Muchas veces, estoy seguro, debe ser algo relacionado con el físico. Si quisiera ofender y ser igual de superficial que esta miserable gente, diría que si son hombres debe ser que es porque tienen un pene pequeño. Por alguna razón ese detalle siempre detiene en seco a un hombre, como un encantamiento mágico. Si es una mujer, la cosa se pone más compleja y hay que saber más del individuo pero siempre hay algo sensible, siempre hay un punto de ataque estratégico.

 La gente se siente mal frente al espejo. Yo me siento mal frente al espejo seguido y lo he hecho durante una larga cantidad de años. Para mi no es algo nuevo y vivo con ello sin problemas porque ya me acostumbré. A veces me veo allí y siento que no soporto estar allí de pie por más de un segundo, me odio porque me juzgo a partir de lo que ven y dicen los demás y no de cómo me siento. Mala cosa. Otros días es diferente. Me gusto mucho sin esfuerzo.

 Pienso que la gente de la que hablamos debe odiarse a si misma cada vez que se mira al espejo. Debe haber algo que los pone nerviosos, algo que simplemente los hace cerrar los ojos siempre que ven un cuerpo distinto, como si fuese algo pecaminoso o prohibido. Todavía hay gente que cree en estupideces de esas pero incluso la gente religiosa se puede dar cuenta que el cuerpo es lo que hay y no tiene sentido odiarlo ni aborrecerlo. Y sin embargo, ellos existen.

 Puede que sí sean los órganos sexuales los que los molestan o tal vez sea ver solo piel y nada más. Incluso, y esto es más posible aún, creo que les molesta ver que alguien esté tan seguro con su cuerpo. Puede que tenga algo que ver con la envidia, con algo que ellos mismos quisieran tener. Tal vez tienen el sueño reprimido de poder caminar desnudos por ahí sin sentirse inferiores o algo por el estilo. Me doy cuenta que entre más lo pienso, menos me interesan las razones.

 Eso será porque, entre más excusas existan, más trata uno de justificar las acciones de los demás pero no todos estamos justificados. Hay gente a la que se le debe llamar la atención y hacerle darse cuenta de que lo que hace está mal. Nadie tiene derecho a hacer que los demás se sientan como basura y nadie debería odiarse tanto como para destruir a otros por algo que tiene en la cabeza o que le falta.

 Pierdo el interés en defenderlos, en creer que son buenas personas a pesar de hacer cosas que me sacan de quicio. Son unos idiotas, superficiales e ignorantes. Eso pienso en este momento y creo que lo más probable es que sea la mejor descripción que haya hecho nunca te estos personajes tan tristes y patéticos. Ahí van más adjetivos.

 Se podrán excusar también en eso que llaman la moral, un concepto arcaico e inútil en el que la gente se sigue escudando para rechazar, selectivamente, comportamiento o hechos de la vida que no les gustan para nada. Es algo completamente ridículo porque es como juzgar a todos desde una pequeña, ínfima porción de lo que el hombre como especie conoce. Es como si eligiéramos, de todo el conocimiento humano, sólo lo que la humanidad aprendió en veinte años y usar eso para juzgar a todos los demás. Sin sentido.

 Dirán que es para proteger a los niños, niños que bien protegido no tendrían porque acercarse a lo que no deben. Se les olvida, tal vez que todos, incluidos los infantes, tienen tanto deberes como derechos. Eso de sacudirle a uno los derechos en la cara pero olímpicamente olvidarse de los deberes es simplemente asqueroso. Y se dicen conocedores de la vida y adoradores de lo que hay en ella nada más porque saben de la ley y el orden y de todo lo aparenta crear justicia.

 Tanto les gusta ese concepto, que la imparten ellos mismos. Por eso son peligrosos y unos lunáticos que deben ser detenidos antes de que pase nada. Eso es lo que se debería hacer con toda persona que cree un sistema alterno de justicia, cuando hemos convenido como sociedad humana que solo podemos atenernos a un código de reglas especifico y no a varios al mismo tiempo. Existirán otros sistemas, pero debemos atenernos al nuestro o sino todo es caos.

 Eso sí, que la gente crea lo que crea, que se vuelvan locos odiando y creyendo que su Dios, que su persona, que su familia o que quien sea tiene la razón. Que usen a sus niños como escudos, a sus mujeres como armas y a sus hombres como jueces, si es que no hacen daño, si no afectan a nadie y son como una de esas imágenes de museo que es graciosa porque ya es obsoleta.

 Así como esas piezas de colección, esa gente empezará a ser más y más escasa hasta que sean vistos como una curiosidad y luego ya no sean vistos más nunca. Eso es lo que necesita pasar, que conscientemente los hagamos a un lado si no están dispuestos a compartir el camino con nosotros. No se trata de ser amigos y darnos la mano y vivir juntos para siempre. Se trata de concesiones, incluso de respeto, más de tolerancia.


 Pero el mundo es un lugar podrido. Es un sitio vil que ha tenido el infortunio de ser nuestro hogar por tanto tiempo y lo será por más aún. Soportarnos será difícil pero al menos sabemos ahora que hay cosas por las que vale la pena vivir en paz y en calma y creo que esas son razones más que suficientes para tomar la iniciativa e ir extinguiendo a los fantasmas.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Existencial

   Se quitó los calzoncillos y, sin vacilación alguna, se lanzó al agua. Tenía gracia al nadar, sabía dar las brazadas con exactitud casi matemática y mantenía la respiración por varios minutos bajo el agua. Se nota que disfrutaba el agua, así la laguna estuviese todavía fría por el invierno que se negaba a retirarse de aquellas tierras altas. Alrededor la vegetación era espesa y casi tapaba el sol alrededor del cuerpo de agua. Solo se le podía ver directamente desde el centro de la laguna pero la estrella no brillaba con tanta fuerza como podía. El calor recibido no era mucho y el hombre se quedó ahí un buen rato, tratando de calentarse pero sin ningún éxito.

  La mejor manera de calentarse, sin duda, era seguir nadando y fue lo que hizo por varias horas más. A veces se detenía pues tenía que descansar pero incluso entonces solo movía con suavidad las piernas para mantenerse a flote y poder reflexionar mientras iba a la deriva por la laguna. Pensaba en las responsabilidades que tenía y en las que no tenía, pensaba en todo lo que era y lo que no era y casi se puso triste hasta que una brisa suave lo sacó de sus pensamientos y le recordó que se estaba haciendo tarde. Visiblemente aburrido por no poder quedarse más, nadó desganado a la orilla.

 La ropa que había dejado sobre una roca estaba tan seca como siempre, aunque debió sacudirla pues varias hormigas habían decidido posarse sobre su camiseta y pantalones. No se puso los calzoncillos, solo los pantalones así sin nada, la camiseta y metió las medias y los calzoncillos en los zapatos deportivos, que llevó en la mano cruzando el bosque. Quería sentir antes de irse la hierba y la tierra bajo sus pies,  quería disfrutar al máximo su pequeño escape que no había sido tan largo como el hubiese querido pero había servido al menos para relajarlo un poco.

 El recorrido no fue largo. Salió a un lado de la carretera, donde había una bahía de parqueo. Allí estaba su viejo coche esperándolo. Se puso los zapatos con la puerta abierta y fue entonces que sintió un olor delicioso. Era evidente que no era una comida gourmet ni algo muy saludable. El olor era de algo grasoso pero delicioso a la vez. Terminó de ponerse los zapatos y cerró la puerta del coche pero con él afuera pues quería averiguar de donde venía el olor.

 Se sintió un poco tonto al ver que solo a unos metros había un restaurante de comida típica. No lo había visto cuando había llegado, tan apurado estaba por ir al pequeño santuario. Echó un vistazo y vio que solo una mesa estaba ocupada y que la vista desde el restaurante era increíble. Al final y al cabo estaban sobre un acantilado desde el cual se observaba, muy a lo lejos, el valle del río más grande del país. Sin pensarlo, se adentró en el lugar y tomó una silla en la mesa con la mejor vista. No movió la cabeza de posición hasta que una voz lo sacó de su ensimismamiento.

 Una joven le preguntaba que deseaba ordenar. Él la miró al comienzo sin entender muy bien lo que decía, todavía inmerso en su mente. Al rato se espabiló y le preguntó a la joven qué era lo mejor en el menú y ella le enumeró tres platillos que le gustaban mucho: una sopa, un plato fuerte y un postre. Él le dijo que le trajera los tres y que ojalá no se demorase. Ella sonrió coquetamente y se retiró. Él volvió la mirada a la hermosa vista y se dio cuenta que no había dejado la laguna. Es decir, no había dejado de pensar en todo y nada, en él y en los demás.

 No era que tuviera problemas reales pero para él lo eran. Se sentía algo alejado de su familia pero no tenía manera de conectarse con ellos de nuevo y eso le dolía profundamente. Hasta hacía poco se había dado cuenta de lo importante que eran ellos para él. Lo otro era su trabajo, en el que se sentía terriblemente miserable. La gente lo admiraba porque era respetado y su nombre era conocido para la gente del medio pero para él eso no era nada. No lo llenaba ya nada de lo que hacía, ya no sentía esa fuerza juvenil que impulsa las pasiones. Ya no sentía nada.

 Cuando la chica volvió con una sopa algo espesa y poco atractiva, él no pensó nada más sino en su mirada y sonrisa. Era muy linda, pero no era hermosa. Tomó una cuchara de un pequeño cesto y empezó a comer. La sopa era una simple maravilla, compuesta de muchos elementos y de un sabor muy difícil de identificar. Se la comió toda, pensando en que el amor no era algo que él comprendiera y esas sonrisas como la de la joven, siempre eran como un rompecabezas para él.

 Le impresionaba cuando alguien le dirigía una de esas o un guiño de ojo o cualquiera de esas sutilidades poco sutiles. No se creía merecedor de nada de eso, principalmente porque no correspondía a ninguno de los estándares de belleza que entendía eran los actuales. Pero sin embargo, muy de vez en cuando, recibía esos mensaje confusos y no entendía nada. De eso al amor había mucho trecho pero el caso es que los juntaba pues para él unos llevaban a eso otros, a ese hondo y oscuro misterio que él simplemente no entendía aunque quería entender.

 El plato principal eran papas saladas, plátano maduro, carne frita de carne y de cerdo, longaniza, chorizo y morcilla, todo en pedacitos y en una porción un poco más generosa de lo que comería normalmente una sola persona. Sí, esa era la grasa que había olido, el aroma que le había atraído y estaba tan delicioso como él supo que estaría. Comía despacio, mirando el valle sumirse poco a poco en los colores del atardecer y pensando en que algún día le gustaría compartir todo esto con alguien y luego acariciarle la mejilla y robarle un beso de eso que se sienten en el alma.

 El último elemento de la comida eran una simples brevas con arequipe. Nunca le había gustado ese postre pero esta vez se comió todo y pidió una botella de agua con lo último para poder refrescar el paladar. Cuando terminó, él mismo fue a la caja y le pagó a la joven con la mejor sonrisa de la que fue capaz. Al darle el cambió, ella hizo lo propio. De vuelta en el coche, se estiró un poco y se dio cuenta de que ya era de noche. No le gustaba conducir de noche pero no había otra manera. Quería descansar pues ya se sentía agotado.

 Arrancó y en poco tiempo se acostumbró a la noche. No era un buen conductor, pues pensaba con frecuencia en el barranco que había a su derecha y que pasaría si por alguna razón seguía derecho, que pasaría si perdiera el control y el coche rodara por el lado de la montaña, sin nada que lo detuviese. Al parecer no pasaba tan a menudo pero la sola idea lo obsesionó y casi invade el carril opuesto de la curvilínea carretera por estar tan inmerso en sus oscuros pensamientos.

 Su velocidad fue buena hasta que tuvo a un camión adelante y tuvo que conducir lentamente detrás, esperando una oportunidad para pasarlo. Le dolían las piernas y se acordó que sus calzoncillos estaban en el asiento contiguo, haciendo la vez de copiloto. Los miró de reojo y se dio cuenta que no le gustaban para nada esos calzoncillos. No solo porque tal vez necesitase lavarlos, sino porque no parecían su estilo. De hecho, él no tenía estilo pero se daba cuenta que no le gustaban. De hecho se miró en el espejo y no se gustó en nada.

 Pero eso no era nuevo. Tenía esos momentos al menos una vez al mes, en los que se miraba en el espejo del baño por las mañanas y sentía que el ser que le devolvía la mirada no podía ser más feo y simplón. Tenía una cierta manía, en esas ocasiones, de verlo todo malo y todo como un problema. Odiaba su corte de pelo, el color de sus ojos, los granitos que todavía le salían habiendo ya cumplido más de treinta, su barba que no era barba, su cuerpo escuálido en partes y grueso en otras, sus genitales pequeños y sus muslos grandes… En fin, era una guerra que siempre había tenido con si mismo y ahora volvía.

 Recordó los meses, largos y muy tediosos cuando era más joven, en los que malgastó su vida yendo a terapias con psicólogos para mejorar su imagen de si mismo y trabajar en esas oleadas de existencialismo que le daban. Pero todo eso fracasó y lo sintió como un timo porque ellos querían quitarle todo eso y la verdad era que a él le gustaban mucho sus momentos existenciales y si tenía que vivir también con su odio hacia si mismo para tenerlo, pues alguna manera encontraría de existir.


 La rabia que le empezó a emerger, a arder en el pecho, le hizo acelerar el automóvil y pasar al camión en el peor momento posible. Fue bueno que estuviese con buenos reflejos, porque pudo evitar a un coche que venía en dirección correcta justo a tiempo. Volvió a su carril y aceleró más, hasta que estuvo cerca da la ciudad. Seguramente le llegaría uno de esos comparendos electrónicos pero le daba igual. Había liberado un par de demonios con la adrenalina y se sentía de nuevo, extrañamente, con el control total de su vida.

viernes, 18 de septiembre de 2015

Krom 3

   Cuando Sertov por fin pudo estabilizar la nave, todo dejó de temblar y de sacudirse de un lado para otro. Todo lo que no estaba pegado o amarrado se había caído al suelo y había trozos de un poco de todo. Había gente que todavía creía que el vidrio era un material que valía la pena traer a un viaje por el espacio. Pero lo importante era que todos estábamos vivos, algo temblorosos, pero vivos al fin y al cabo. Yo estaba debajo de la mesa donde comíamos y hacíamos las reuniones. A mi lado estaba la doctora Stuart, que parecía no haber sentido nada y hacía cara como si todo el acontecimiento hubiese sido algo bastante molesto y que le hubiese quitado mucho tiempo. De hecho, al momento en que todo terminó, muy tranquilamente se puso de pie y se fue a su consultorio.

 Yo me quedé en el suelo un rato más, con algo de miedo de que algo inesperado sucediera pero nada pasó. Fui a la cabina de mando y, para mi vergüenza, todos ya estaban allí y cuando entré me miraron igual que lo hacen los niños cuando alguien llega tarde a clase. Éramos un grupo de seis, lo normal en estas naves de comercio de bajo impacto. Llevábamos fruta congelada y algo de titanio, nada muy lujoso la verdad. Sertov, nuestro capitán, nos explicó que por poco no escapamos la gravedad de un planeta enorme y tuvo que hacer una maniobra especial para escapar de su gran poder. Su segundo al mando, un hombre pequeño de apellido Renoir, explicó que habían tenido que usar más combustible del que hubiesen deseado y ahora no teníamos suficiente para llegar a puerto.

 Creo que no hubo nadie que no se quejara. Los Wong, mellizos, no estuvieron muy contentos ya que ellos vivían de cargar naves por todos lados y no podían dejar de hacer sus cosas o el dinero por mes bajaba bastante. A pesar de no ser del mismo sexo, la gente los confundía con frecuencia y por eso casi nadie se molestaba en aprender sus nombres, usando solamente el apellido Wong. Yo era el encargado de monitorear los objetos que entraban y salían y lidiaba con los puertos. Éramos como marineros, casi piratas, negociando donde llegáramos y sin un jefe que nos dijera que hacer y como hacerlo.

 Las opciones eran pocas pero las había. Sertov dijo que podríamos gastar casi toda la gasolina yendo hasta Krom 3, una estación espacial parcialmente abandonada, que había servido hace mucho tiempo como centro minero. La idea no era mala excepto que ese lugar estaba relleno de la escoria más vil de este lado del cosmos. Todos eran o asesinos o ladrones o algo no muy bueno. Nos arriesgábamos a morir si íbamos allá, principalmente porque los Wong habían tenido peleas con muchos de ellos y si sabían que comerciábamos nos podían robar. La otra opción más viable era pedir ayuda pero eso era automáticamente perder la carga y además tiempo pues nos arrestarían de seguro.

 Decidimos, por cinco votos contra uno, ir a Krom 3. El único que votó en contra fue Renoir, que no estaba muy emocionado por ir al lugar ya que el capitán se había encargado de contarlo mil y un historias del sitio, ninguna de ellas muy alegre. El viaje al lugar tomó todo un día, cuando el viaje al puerto al que nos dirigíamos originalmente tomaba tres días completos. Cuando nos fuimos acercando, no era difícil de ver el pasado plasmado en cada rincón de esa estación condenada. Era vieja, ya nadie las hacía así, incluso parecía que habían usado metal para mucha de la estructura. Además, el planeta cercano la cubría constantemente de cenizas y otras suciedades, que la hacían verse incluso más vieja y decaída de lo que en realidad estaba.

 Atracaron en un lugar algo alejado e ingresaron al lugar. El impacto fue casi instantáneo. La doctora, que parecía no agitarse con nada, miró a su alrededor como si algo hubiera muerto. Renoir trataba de no hacer contacto visual y el capitán, como yo, mirábamos solo hacia delante, buscando a alguien que pudiese recargar nuestra batería de impulso lo más rápido posible. Los Wong eran los únicos que parecían contentos de estar en el lugar. Saludaban a algunos de los residentes y respondían a miradas amenazadoras con miradas aún más agresivas, casi como si fueran bestias a punto de pelearse por un pedazo de carne. Era un lugar inmundo y nada atractivo.

 Por fin, Sertov encontró a un pirata que le vendió una recarga rápida, según él la mejor en el sector, pero por un precio ridículamente alto. Yo me quedé con él para negociar mientras los demás caminaban por el lugar. Estuvimos discutiendo un buen tiempo pero por fin el tipo se dio cuenta que no era nuestra primera vez en el espacio y nos dio un premio aún injusto pero que al menos podíamos pagar. Sertov y Renoir se devolvieron a la nave con los hombres del pirata para cargar la batería y mientras tanto nosotros le echábamos un ojo al sitio. La verdad era que no había que ver y quise devolverme al poco rato pero entonces fue cuando escuché el escandalo.

 Una mujer, visiblemente extraterrestre, estaba chillando en la mitad de un circulo de personas. La mujer tenía rasgos humanos pero también de otra raza, por lo que era posible que fuera un hibrido. Era una lástima pues en lugares como Krom 3, la gente no da la bienvenida con brazos abiertos a quienes sean muy diferentes de ellos. Cuando la pude ver bien, vi que tenía manchas de algo morado en la ropa y temblaba. Alguien se acercó y le preguntó, en un idioma que yo nunca había oído, lo que pareció ser: “Estás bien?”. La mujer respondió temblando aún más y diciendo muchas palabras a una rapidez increíble. Fue entonces que caí en cuenta que quien la ayudaba no era otra sino la doctora de la nave.

  De un estirón levantó a la mujer extraterrestre del suelo, pero la mayoría de gente no quería dejarlas pasar. Entonces la doctora me vio y pudimos sacar a la mujer de allí. No nos alejamos dos metros cuando escuchamos el disparo y ya no podíamos hacer nada por ella. Un hombre, un cerdo debó decir mejor, le había disparado a la mujer hibrido por la espalda. La mujer perdió el equilibrio al instante y no pudimos sostenerla más. La doctora la revisó rápidamente pero no había nada que hacer. Entonces se levantó, se dirigió a al hombre cerdo y le pegó una cachetada con fuerza, a pesar de que el hombre no había guardado su arma todavía. Pero eso a ella no le importó nada.

Fue solo cuando un grupo bastante nutrido se reunió a nuestro alrededor, que nos dimos cuenta que nuestras acciones tendrían consecuencias. Nos fueron cercando como animales y nos decían cosas aunque, más que todo, estaban dirigidas a la doctora. Amenazas horribles que tenían que ver con su género, algo que provocó en ella el disgusto más grande, pues era algo que ya no se veía en el universo y cualquier hombre, normalmente, lo pensaría muy bien antes de decir semejantes cosas. Pero esto no era la civilización, y aquí esas bestias podían decir y hacer lo que quisieran pues no había nadie que los detuviera. En su sangre, además, no había miedo pues no tenían nada que perder.

 Fue entonces que llegaron los Wong y todo se volvió un despelote completo. Yo recibí puños, en la cara y en el estomago, y la doctora fue cortada en la cara por alguno de los animales que nos rodeaban. Pero la intervención de los mellizos abrió un espacio para que pudiéramos escapar directo hacia la nave. Mientras corríamos, sentí los disparos junto a las orejas y al resto de mi cuerpo, como si fueran abejas gigantes enfurecidas. Apenas llegamos a la puerta de acceso, esperamos a los Wong que no parecían estar cerca. El capitán se nos acercó, asustándonos, y nos dijo que ya estaba todo listo para irnos. Entonces nos miró bien y nos preguntó que pasaba.

 Los  Wong respondieron la pregunta al llegar corriendo, gritando que cerraran la puerta. La doctora empujó con fuerza a Sertov hacia el interior, haciéndolo caer al suelo y yo cerré la puerta a presión. Renoir parecía haber estado mucho más pendiente pues al instante sentimos movimiento, lo que significaba que estábamos dejando atrás el infierno que llevaba el nombre de Krom 3. La doctora ayudó a Sertov, todavía algo confundido, a que se pusiera de pie. Lo llevó a la enfermería con los hermanos Wong, que sangraban pero también reían y parecían muy contentos consigo mismos. Yo estaba rendido y fui a mi habitación, donde me eché y me quedé dormido casi al instante.


 Cuando me desperté, averigüé un poco y parece que la mujer hibrido era una desplazada, o refugiada si se prefiere, de un planeta agonizante. No se sabe muy bien como llegó allí, pero era el peor lugar para estar. Muchos en la galaxia rescataban todavía valores antiguos, ya obsoletos, como el odio a otros sin razón y el amor incondicional a las armas y a la violencia, verbal y física. Era una vergüenza que para esta época todavía existiesen seres como esos, casi animales. Pero era cierto que no todo estaba bien repartido, y ciertamente no la educación.