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viernes, 1 de abril de 2016

Recorrido natural

   La idea de salir a caminar la había tenido por dos razones. La primera era que sus pensamientos lo acosaban. No tenía ni un segundo de descanso, no había ni un momento en que dejase de pensar en todo los problemas que se le presentaban, en lo que le preocupaba en ese momento o en la vida, en el amor, el dinero, sus sueños, esperanzas y todo lo demás. Era como una soga que se iba cerrando alrededor de su pobre cuello y no había manera de quitársela de encima.

 La otra razón, mucho más física y fácil de entender, era que al edificio donde vivía le estaban haciendo algunas reformas y el ruido de los taladros y martillos y demás maquinaria lo estaba sacando de quicio. Sentía que se había mudado, de repente, a una construcción. Y con todo lo que ya tenía en la cabeza, sumarle semejante escándalo no ayudaba en nada.

 Entonces tomó su celular (la idea no era quedar incomunicado), las llaves, se puso una chaqueta ligera y salió. Al comienzo se le ocurrió dar vueltas por ahí, por las calles que se fuera encontrando. Ya después podría volver a casa con el mapa integrado del celular. Pero ese plan dejó de tener sentido con la cantidad de gente que se encontró en todas partes. Parecía como si el calor de esos días hubiese sacado a la gente de una hibernación prolongada y ahora se disponían a rellenar cada centímetro del mundo con su ruido y volumen.

 Se decidió entonces por ir un poco más lejos, a una montaña que era toda un parque. No estaba lejos y seguramente no estaría llena de gente. No era una montaña para escalar ni nada, estaba llena de calles y senderos pero también de jardines y árboles y de pronto eso era lo que necesitaba, algo de naturaleza y, más que todo, de silencio.

 Cuando entró al primer jardín, como si se tratase de una bienvenida, se cruce con un lindo gato gris. Tenía las orejas muy peludas y se le quedó mirando como si mutuamente se hubiesen asustado al cruzarse en la entrada del lugar. Él se le quedó viendo un rato hasta que se despidió, como si fuese una persona, y siguió su camino. Ese encuentro casual le llenó el cuerpo de un calor especial y logró sacar de su cabeza, por un momento, todo eso que no hacía sino acosarlo.

 Ya adentro del jardín, había algunas personas pero afortunadamente no las suficientes para crear ruido. Se sentó en una banca y miró alrededor: un perro jugando, una mujer mayor alimentando un par de palomas y algunos pájaros cantando. Era la paz hecha sitio, convertida en un rincón del mundo que afortunadamente tenía cerca. Aprovechó para cerrar los ojos y respirar lentamente pero el momento no duró ni un segundo.

 Escuchó risas y voces y se dio cuenta que eran algunos chicos de su edad, no jóvenes ni tampoco viejos. Todos pasaron hablando animadamente y sonriendo. Estaban contentos y entonces uno de esos sentimientos se le implantó de nuevo en el cerebro. Sentía culpa. De no ser tan alegre como ellos, de no sentir esa alegría por ninguna razón. No tenía sus razones para ser feliz porque no sabía cómo serlo.

 Se levantó de golpe y decidió cambiar de lugar. Sacudió la cabeza varias veces y agradeció no tener nadie cerca para que no lo miraran raro. Caminó, subiendo algunas escaleras y luego siguiendo un largo sendero cubiertos de hojas secas hasta llegar a una parte del parque que era menos agreste, con un pequeño lago en forma de número ocho. Alrededor había bancas, entonces se sentó y de nuevo trató de contemplar su alrededor.

 Había dos hombres agachados, rezando. Patos nadando en silencio en el estanque y el sonido de insectos que parecía crecer de a ratos. Tal vez eran cigarras o tal vez era otra cosa. El caso es que ese sonido como constante y adormecedor le ayudó para volver a cerrar lo ojos e intentar ubicarse en ese lugar de paz que tanto necesitaba. Respiró hondo y cerró los ojos.

 Esta vez, el momento duró mucho más. Casi se queda dormido de lo relajado que estuvo. Sin embargo, al banco de al lado llegó una pareja que empezó a hacer ruido diciéndose palabras dulzonas y luego besándose con un sonido de succión bastante molesto. Trató de ignorarlo pero entonces la idea del amor se le metió en la cabeza y jodió todo.

 Recordó entonces que no tenía nadie a quien querer ni nadie que lo quisiera. De hecho, no había tenido nunca alguien que de verdad sintiese algo tan fuerte por él. Obviamente, habían habido personas pero ninguna reflejaba ese amor típico que todo el mundo parece experimentar. De hecho él estaba seguro que el amor no existía o al menos no de la manera que la mayoría de la gente lo describía.

 El amor, o más bien el concepto del amor, era como un gas tóxico para él. Se metía por todos lados y lo hacía pensar en que nadie jamás le había dicho que lo amaba, nadie nunca lo había besado con pasión verdadera ni nunca había sentido eso mismo por nadie. Hizo un exagerado sonido de exasperación, que interrumpió la sesión de la pareja de al lado. Se puso de pie de golpe y salió caminando rápidamente.

 Trató de pisar todas las hojas secas que se le cruzaran para interrumpir el sonido de sus pensamientos. Estuvo a punto de gritar pero se contuvo de hacerlo porque no quería asustar a nadie, no quería terminar de convertirse en un monstruo patético que se lamenta por todo. Trató de respirar.

 Encontró un camino que ascendía a la parte más alta de la montaña y lo tomó sin dudarlo. Su estado físico no era óptimo pero eso no importaba. Creía que el dolor físico podría tapar de alguna manera el dolor interior que sentía por todo lo que pensaba todos los días. Su complejo de inferioridad y su insistencia en que él era al único que ciertas cosas jamás le pasaban. Tomó el sendero difícil para poder sacar eso de su mente y no tener que sentarse a llorar.

 El camino era bastante inclinado en ciertos puntos, en otros hacía zigzag y otros se interrumpía y volvía a aparecer unos metros por delante. Había letreros que indicaban peligro de caída de rocas o de tierra resbaladiza. Pero él no los vio, solo quería seguir caminando, sudar y hacer que sus músculos y hasta sus huesos sintieran dolor.

 El recorrido terminó de golpe. Llegaba a una pequeña meseta en la parte más alta, que estaba encerrada por una cerca metálica. Todo el lugar era un increíble mirador para poder apreciar la ciudad desde la altura. Pero él no se acercó a mirar. Solo se dejó caer en medio del lugar y se limpió el sudor con la manga. Esta vez estaba de verdad solo y su plan había funcionado: estaba cansado, entonces no pensó nada en ese mismo momento.

 Sintió el viento fresco del lugar y se quedó ahí, mirando las nubes pasar y respirando hondo, como queriendo sentir más de la cuenta. Sin posibilidad de detenerse, empezó a llorar en silencio. Las lágrimas rodaban por su cara, mezclándose con el sudor y cayendo pesadas en la tierra seca de la montaña. No hice nada para parar. Más bien al contrario, parecía dispuesto a llorar todo lo necesario. Se dio cuenta que no tenía caso seguir luchando así que dejó que todo saliera.

 No supo cuánto tiempo estuvo allí pero sí que nunca se asomó por el mirador ni tomó ninguna foto ni nada por el estilo. Solo sintió que su alma se partía en dos por el dolor que llevaba adentro. Agradeció que nadie llegara, que no hubiese un alma en el lugar, pues no hubiese podido ni querido explicar qué era lo que pasaba. Tampoco hubiese querido que nadie le ofreciera ayuda ni apoyo ni nada. Era muy tarde para eso. Además, era hora de que él asumiera sus demonios.

 El camino a casa pareció breve aunque no lo fue. Ya era tarde y los hombres que estaban trabajando en la remodelación se habían ido. Al entrar en su casa, en su habitación, se quitó la ropa y se echó en la cama boca arriba y pensó que debía encontrar alguna manera para dejar de sentir todo lo que sentía o al menos para convertirlo en algo útil. Había ido bueno liberarlo todo pero aún estaba todo allí y no podía perder ante si mismo.


 Ese día se durmió temprano y se despertó en la madrugada, a esas horas en las que parece que todo el mundo duerme. Y así, medio dormido, se dio cuenta que la solución para todos sus problemas estaba y siempre había estado en él mismo. Solo era cuestión de saber cual era.

viernes, 19 de febrero de 2016

Natural

   The Bont islands expand from one continent to the other, forming a natural bridge that connected the biggest landmasses of the planet. On one side, there was the port of Ventura, one of the largest and most populated cities in the world and the destination of Captain Kimura, better known to her friends as Feisty Flo. She had been one of the main colonists of the Dharma expedition but things had gone horribly wrong: creatures from deep within the jungle had destroyed the colony and killed every single person in it. She had been the sole survivor of the attack and was now attempting to cross the Bont islands to get to Ventura and tell the authorities what had happened.

 There were five hundred islands or so from one side to the other. Some of them were only a few meters long but others were large enough to have their own forests and volcanoes. As the continent she was leaving, he islands remained mostly unexplored except for he one closest to Ventura. She had to wait to cross during the day, as the moon prevented crossings during the night. For security, she would only sleep on the beeches and would keep a small inflatable boat she had known in the destroyed colony close to her. She had collected some items and put them there, including footage of what had happened.

 She would cross the thin sand bridges between island and have the small boat, the size of a lifesaver, attached to her waist by a rope so it trailed behind her at her own pace. The first few days and islands were nice enough. The weather was very warm and without wind. Finally, on the fifth day or so, so was caught in a small storm but didn’t sought shelter, instead gathering water from the sky in various flasks and thermos she had found back in the continent. The boat was beginning to feel a bit heavier but it was for him own good.

 She would food from fish she caught between the islands and when there were none she would eat coconuts or whatever plants seemed good to eat. What Flo didn’t eat were small berries or strange leaves. She didn’t wanted to have to endure a stomachache or food poisoning in such a journey. In one of the islands she found enough wood to make herself a spear (with a pointy rock from the beach) and a bow and arrow with part of the rope she had around the waist. It didn’t really work much but at least she was able to get the occasional sea bird for dinner.

 At night she wouldn’t eat anything, fearing the jungles of some islands to be infested with the same monsters that had killed her friends. Flo was afraid of them and the possibility of luring him into the inhabited continent. She would hate to be the one to bring them there. The idea was to warn them, not to condemn them.

 When she reached the island called Jall, the biggest one on the chain, she knew she was midway to her destination. The island was very large and would require several days of walking and certainly a more intelligent way to cross it as the beaches were blocked and it could only be traversed through the jungle. She slept the night she arrived on the beach of the neighbor island and crossed and first light. She wanted to take advantage of every single second of light during the day and was even prepared to go hungry for whatever time was necessary in order to cross the island as fast as she could.

 The jungle was thick and the environment was very humid and thick, as if it was possible to actually touch the air and even take a bite out of it. The scents were generally sweet but after two hours of walking, the air turned heavier even and it started to smell awful. Flo had to pinch her nose for a straight hour, only breather through her dried out mouth. She wanted to wait to have some water but couldn’t as she fell she needed it badly, not being able to wait longer.

 She stopped pinching her nose and the scent of sulfur invaded her nostrils. She grabbed the closest flask on the inflatable boat and drank fast but when she finished she didn’t kept walking. Flo realized that the smell came from small holes and gaps in the ground and that it was the ground itself that smelled like that.  She looked up and between the trees a volcano as majestic as any other feature of this planet could be seen and a plume of heavy smoke, pouring ashes onto the other side of the island, was coming out of it.

 Flo had to keep walking but then she heard a noise she had heard before, the sound of pincers opening and closing and before she realized one of the large animals that had attacked her village launched itself towards her. Her legs were apparently faster that her head because she had already begun running when the creature attacked. She escaped by a thread and ran towards the other side of the island, hopefully reaching the opposite beach soon. But she could only see jungle and more jungle and huge trees rising from the ground. They looked like palm trees but much larger and with lots of branches.

 She only stopped running when the ground around her began to shake. The volcano was causing an earthquake and it was better to stay still. Far, beyond some plants, she saw the creature that had gone after her being devoured by a hole in the ground. It squealed horribly and disappeared as the tremor subsided and the island calmed down. Flo was sweating a lot and could only think about her boat and seeing if she had everything. After that, she kept on walking.

 The other side of the island could not be very far but the more she walked the more it appeared the island was expanding or maybe she was walking in circles. She decided to climb one of the tall trees, leaving her boat at the base, in order to check out where she was and if she could see the ocean and the direction she needed to go to be on the good route home. She climbed with ability, having done it many times as she had built the village. She had done so with so many great friends and people that wanted a second chance at life, trying to begin again in a new place. But that had just been a dream and she was the residue of that nightmare.

 When she got to the top she realized that she was very close to her objective, having only change course a bit. She had to start walking to her left because if she kept doing what she was doing maybe the volcano would consume her too. Talking about the volcano, she saw that the ash cloud had grown bigger and was spilling ash all over the passage she had to cross. But that wasn’t the most awful thing she saw from there. She noticed something like rocks on the side of the volcano, big black rocks. But then Flo realized they were moving and were coming down the mountain. She had little time.

 Fast, she always broke a leg getting down and tying up the rope to her waist. She ran to the left as she had planned and didn’t stop until she reached a rocky beach and saw a blackened ocean. The light of the afternoon, red as blood, didn’t help to the image of the place. It looked like hell, as simple as that. And the demons were coming behind her so she just swam. The natural bridge had disappeared so she propelled herself hard with arms and legs and was soon tired but because the water felt thicker and she couldn’t even breathe properly.

 Behind her, she heard dozens of pincers opening and closing and that made her try even harder to reach the other side and when she did she realized her body was covered in ashes and was black as the night that was beginning to fall. Tired and breathless, she saw how the beasts attempted to cross the water but something prevented them. The ashes were apparently more toxic to them than to her. One of the creatures, the bravest no doubt, launched itself to the ocean and tried to sweet but it got turned into a big white lump that floated away into the open sea.

 The others were mad but not for long. Flo had felt the ground shake again and then saw fire pouring out of the volcano. Lava, just like water, bathed every single side of the island and she could feel the heat on her face. The creatures tried to escape but they had nowhere to run. She saw them die and she felt bad for them and didn’t know why. The lava slowed down and she decided to cross the island she was in and sleep later.

 Florence actually crossed three small islands during the night, her fears having been also consumed by the lava. When she looked back, two days after the disaster, she saw only that the volcano had stopped and nothing more. She then had the silly idea that maybe, just maybe, that island was the natural toll booth of this world and maybe that other continent had never been one to settle a foot on.


 She then turned around and headed on to Ventura, pulling her small boat with her and hoping for the best for the future of the human race.

domingo, 14 de febrero de 2016

Encuentro

   El rocío cubría gran parte del terreno, haciendo que cada pequeña planta, cada flor y casa montoncito de musgo brillaran de una manera casi mágica. La mañana en las tierras altas y alejadas del mundo era diferente a las del resto del planeta. Aquí parecía que todo se demoraba en despertar, tal vez porque el sol se veía a través de una cortina de niebla o tal vez porque no existía civilización en miles de kilómetros. Eso sí, muchas migraciones habían pasado por este lugar pero ninguna se había quedado, ninguna gente había decidido de hacer de ese páramo su hogar. Y era extraño pues había agua en abundancia y ríos donde pescar y animales que cazar. Eso sí el balance natural era frágil. En todo caso allí no vivía nadie.

 Los pasos de Bruno no fueron entonces escuchados por nadie, ni por mujer ni por hombre ni por niño, solo por algunas aves que parecían estar buscando insectos entre las plantas bajas y el ocasional venado que no huía, sino que pasaba alejado del ser humano. Se veían mutuamente pero se dejaban en paz. El venado lo hacía porque no conocía al ser humano pero podría ser peligroso. El humano lo hacía porque ya había comido y no le era necesario comer más. Esa era la realidad del asunto. Siempre la crueldad de una de las bestias es más poderosa que la de la otra y por eso es que hay depredadores y depredados. Bruno además tenía respeto por el lugar y por eso no cazaba a lo loco ni pisaba el musgo si podía evitarlo. Incluso en ese lugar perdido había piedras.

 Sus botas resbalaban un poco, sobre todo sobre rocas húmedas o sobre los terrenos mojados a las orillas de los ríos. Eran sitios de una belleza increíble y cada cierto tiempo recordaba su cámara y la sacaba para tomar una foto pero recordaba lo mucho que odiaba como el sonido al accionar el obturador rompía con la magia del sitio por unos preciosos segundos. Era como si se violara a la naturaleza tomándole fotografías, así que no lo hacía demasiado, solo cuando había algo que estaba seguro que no podría recordar después y que solo guardándolo en una imagen podría perdurar. Tenía fotos de varios ríos, de los picos rocosos entre la neblina, de un cañón profundo y negro y de los venados comiendo en la pradera.

 Fue cuando llegó a la cima de una de esas montañas de pura roca, queriendo ver si ninguna tenía nieve, que descubrió algo de lo más extraño. La punta de la montaña era algo plana al final y allí se sentó un rato, teniendo cuidando de no caer por la parte más peligrosa. Y fue sentándose que vio lo que creyó eran más rocas. Pero más las miraba y más se daba cuenta que las rocas parecían pulidas y casi podía verles una forma, como de ser vivo. Estaban a tan solo unos metros más abajo pero como todo allí era más lento, su cerebro estaba contagiado y se demoró un buen rato decidiendo si debía bajar a mirar o no.

 Cuando por fin lo hizo, descubrió que las rocas no eran rocas sino huesos. Había lo que era posiblemente un fémur, largo y casi pulido por el viento, unos pequeños huesitos regados por alrededor, que bien podían ser de la mano o de un pie, y un poco más allá un cráneo con un hueco en la parte superior. El cráneo pesaba bastante y se notaba que el hueco era producto de una caída o algún accidente, es decir, el animal que fuera no tenía ese hueco por naturaleza. Era un cráneo alargado, de cuencas oculares grandes y trompa como la de un perro pero más ancha, más grande. Y en la boca todavía tenía algunos dientes, todos afilados. Bruno se cortó tocándolos y fue cuando la magia se terminó.

 Nunca había visto un animal que pudiese tener ese cráneo, fuese en un libro o en fotos de los páramos. Ya mucha gente había venido por estas tierras y habían documentado todo o casi todo pero seguramente se les habría escapado uno que otro espécimen. Lo raro es que este animal debía ser grande y difícil de ignorar, así que se trataba de un misterio con todas sus características. Además, para reforzar lo extraño del caso, porqué estarían solo esos huesos y porqué casi en la cima de una montaña? No era un lugar común para que los animales viniesen a pasear. De hecho los venados siempre pastaban por zonas planas y las aves tampoco merodeaban por allí. Tal vez algunas cabras salvajes o algo parecido pero ese no era el cráneo de una cabra.

 Esta vez no dudó en tomar foto a todo y se sintió parte de esos programas de televisión donde investigan una muerte violenta. Casi quiso tener la pequeña regla que ponían al lado de los objetos para las fotos y ese exagerado flash sobre la cámara. Pero obviamente no tenía nada tan complicado y se conformo con tomar una veintena de fotos, las suficientes para mostrar bien el cráneo y los otros huesos que había en el lugar. Dejó el cráneo donde lo había encontrado y bajó la montaña hasta una zona más plana, con algunos árboles. Recordó que tenía hambre y busco por instinto sombra para poder comer. Pero sabía que eso era solo por costumbre pues allí todo siempre estaba envuelto en sombras, sin el sol que hiciese de las suyas.

 En su maleta guardaba algunos restos de pescado que había comido más temprano así como frutos secos y un termo lleno de agua fresca de uno de los muchos riachuelos de la zona. También tenía un par de duraznos pequeños que había encontrado al inicio del viaje y nunca volvió a ver un árbol similar. Seguramente una semilla había sido llevada hasta allí por alguna ave o un animal migrante. Comió también uno de los duraznos y tiró la pepa a una parte del terreno sin árbol. Le deseó buena suerte a la semilla y siguió su camino hacia la gran pradera a la que se dirigía desde hacía un par de días.

 Se suponía que era el lugar preferido por todas las especies de la región y eso era porque estaban protegidos del exterior pero también porque había comida y refugio. Era todo en uno mejor dicho. Pero algunos animales solo iban ocasionalmente, pues sabían que muchos depredadores merodeaban esa planicie para cazar y tener más de cenar que lo habitual. Fue todo un día de caminata extra para alcanzar la planicie. Antes tuvo que quitarse la ropa, bañarse desnudo en un riachuelo de agua congelada y lavar la ropa para quitarle los olores que tuviera. Estuvo tiritando por un buen tiempo pues en ese clima la ropa no se secaba con rapidez pero rápidamente se adaptó al clima y decidió seguir así desnudo.

 Se sentía más libre que nunca, pues podía moverse más ágilmente a pesar de tener su gran mochila a la espalda. Todavía tenía los zapatos puestos, así que no tenía que temer a las piedras con filo o a los insectos tóxicos. Cuando se acercó a la planicie dejó oír una expresión de asombro que nadie nunca escuchó y ningún animal entendió. Había algunos venados pero también veía, desde un punto alto, a un par de lobos acechando y a un zorro comiendo lo que parecía fruta. Había también unas aves grandes como perros peleando por los restos de algún pobre venado. Todo era entre roca y musgo y flores de todos los colores. Era hermoso, incluso viendo la muerte que cernía sobre el lugar. Era la naturaleza en sí misma y su magia en exposición.

 Entonces un sonido extraño rompió el silencio. El sonido venía de una zona en descenso, por lo que Bruno no podía ver que era. Tenía algo de metálico peor también de gruñido. Incluso parecía el sonido que la gente hacía cuando hacía gárgaras. En su mente, el explorador pensó en todos los animales que podrían hacer ese ruido, en toda criatura que fuese depredadora y viviese en este fin del mundo. Pero no había tantas opciones y entonces fue cuando vio algo que lo hizo agacharse detrás de un gran pedrusco y quedarse allí temblando ligeramente. Lo primero que pensó fue en tomarle una foto pero lo mejor era estar pendiente del animal y no distraerse ni atraer atención sobre si mismo.

 Se tranquilizó y miró de nuevo. El animal ya había subido la cuesta y los demás huyeron atemorizados. Solo los lobos se quedaron gruñendo y eso, por lo visto, no fue buena idea. La criatura se lanzó ágilmente sobre uno de ellos y lo destrozó. Bruno dejó salir un gritito y la criatura pareció escucharlo pues se giró hacia donde estaba él. Olió el aire pero al parecer decidió que tenía suficiente con la comida que acababa de obtener. Empezó a comer arrancando pedazos del pobre lobo y manchándose de sangre todo su hocico, que era más grande que el de un perro, y sin cerrar unos grandes ojos amarillentos.


 La criatura era, o parecía más bien, a lo que mucha gente llamaría dinosaurio. Pero no tenía la piel escamosa sino más bien con pelo corto y duro. Las patas eran garras y las delanteras eran alargadas y fuertes. La manera de pararse era tal cual la de los monstruos jurásicos de las películas pero no mucho más era similar. Lo extraño de todo, era que se veía hermoso, natural en ese momento. Era una criatura más y posiblemente Bruno era la primera persona en verla en mucho tiempo. Sacó la cámara, tomó una foto y ágilmente salió de allí despavorido, pero a la criatura eso no lo importó pues no sabía qué era un ser humano, ni le importaba.

jueves, 13 de agosto de 2015

Dolor

   En este momento de su vida, a Marco lo único que le hacía bien era tener cerca de su novio Pedro. Por alguna razón, su espalda era un tapete de nudos que no se arreglaban con nada, ni después de haber comprado el colchón más caro en el mercado ni las mejores almohadas de plumas de ganso francés. Su espalda e incluso sus piernas le dolían todos los días y eran como si el dolor quisiera romperle los huesos. Marco nunca había sufrido de nada ni lo habían operado por ninguna razón. Pero ahora tenía un problema serio que muchos no parecían tomar en serio. Su doctor no encontró ninguna razón para que le doliera el cuerpo y lo atribuyó al virus de la gripa o algún derivado. Le aconsejo tomar muchos líquidos y descansar lo más posible.

 Su novio lo revisó en casa. Al fin y al cabo estaba estudiando para ser médico. Su conclusión fue que no sabía que tenía pero no era gripa ni nada parecido. Tenía dolores por todo el cuerpo y eran momentáneos, como alguien apretando con un dedo. La vida de Marco se fue poniendo difícil por culpa de los dolores. En el trabajo a veces no podía concentrarse y debía interrumpir seguido lo que hacía para tomar agua o simplemente salir a respirar. Era peor aún cuando tenía reuniones o citas en otras compañías con gente que debía verlo como una opción y no como alguien enfermo o distraído. Menos mal Marco era un buen actor y podía fingir no sentir nada cuando en verdad estaba en agonía.

 Su siguiente paso fueron los llamados remedios naturales. Fue a un sauna para ayudarse con el vapor y después a unas aguas termales donde decían que el barro tenía unas propiedades bastante especiales. Su novio fue cubriéndolo de barro hasta que parecía un monstruo y no un hombre. Y aunque el dolor bajó un poco, no se solucionó del todo. Era frustrante ponerse a intentar cosas nuevas y que simplemente no funcionaran. También lo hice con diferentes tipos de masajes como el tailandés, el de piedras volcánicas y muchos otros pero nada que su salud mejoraba. Lo bueno era que tampoco se ponía peor pero que podía ser peor que un dolor penetrante a lo largo del día?

 Incluso llegó a intentar terapias sicológicas, donde anunciaban que todos los dolores eran mentales en origen y podían ser apagados o prendidos si se sabía como manejarlo. Lo gracioso del asunto es que Marco nunca supo si en efecto el tipo era un sicólogo o no pero su técnica era una payasada. Marco nunca pudo apagar ningún interruptor del dolor y el doctor le confesó que la técnica solo servía cuando los clientes creían en ella. Era tanto como decir que tocaba mentirse a si mismo para que las cosas resultaran. O sea que fingir que no le dolía nada era lo mejor para él. Solo que eso no era posible pues días después los dolores de cabeza empeoraron y no había sicólogo que lo convenciera que su cráneo no se iba a partir en dos.

 Días después, Marco tuvo que pedirle a su jefe directo que lo dejara trabajar desde casa, al menos por un par de meses. Tuvo que encontrar un médico que asegurara que no estaba bien para trabajar en una oficina con tanta gente y tanto ruido pero su jefe le dijo que su trabajo no podía hacerlo alguien desde casa pues tenía que visitar clientes y demás. Marco le propuso que eso lo hiciese su secretaria y él haría todo lo demás que era tener en orden todos los pedidos de la empresa y las ventas y demás. El tipo, era obvio, no estaba muy convencido con la idea pero al fin cuentas tuvo que aceptar pues pudo ver la desesperación de Marco. Eso sí, le dio solo tres meses para que estuviese en casa, luego debía volver a trabajar en la oficina, como cualquier otro.

 Pedro ayudó a Marco a instalar una pequeña oficina, con todos los documentos que había tenido que traerse de la compañía. El jefe lo había permitido pues confiaba en Marco y sabía que no iban a haber problemas con esos documentos. Al comienzo la idea de trabajar desde casa fue una muy buena. Incluso Pedro le ayudaba a su novio cuando se sentía mal y este seguía intentando encontrar nuevas opciones para poder sentirse mejor. Empezó a tomar té verde todos los días y sintió que su cabeza se sentía menos hinchada, menos adolorida. Esto le ayudó para su trabajo también pues empezó a ser más eficiente y a trabajar desde casa tan rápido y de manera tan eficiente como lo hacía en la sede principal.

 Sin embargo, hubo algo que ocurrió que él no se esperaba. Gracias al té verde tenía mejor lucidez y su novio había comprado aceites diversos para hacerle masajes que había aprendido en internet. Según lo que le contaba, eran técnicas chinas para aliviar los dolores del cuerpo y Marco estuvo seguro de que funcionaban. Los masajes a veces eran suaves y otras veces eran fuertes pero poco a poco fueron mejorando su salud. Hubo un día en especial, en el que se sintió perfectamente, como hacía mucho tiempo no lo hacía. Hizo el amor con su novio, salieron a comer, montaron bicicleta e incluso corrieron jugando fútbol con otros amigos. La música no le molestó ni tampoco los sonidos repetitivos.

 Los demás días persistía el dolor pero Marco sabía que iría mejorando poco a poco. Y con esa lucidez vino otra revelación: su trabajo le aburría como nunca. Fue algo de lo que se dio cuenta de un momento a otro y se sentía culpable por ello. Al fin y al cabo, su padre también se había desempeñado en lo mismo y le había ido de maravilla. Tanto así que había criado una familia con ese trabajo. Pero Marco ya no sentía interés alguno. Así que lo consultó con su novio y tras una discusión larga y difícil, decidió renunciar a su trabajo. Le agradeció a su jefe toda su ayuda y le envió los documentos que se había llevado del trabajo a su casa. Al fin y al cabo nunca más los iba a necesitar.

 Como tenían que pagar cuentas, Marco trató de conseguir un trabajo menos tedioso con los conocimientos que él tenía. Era bueno con los números pero quería ser más ágil con su cuerpo y sus manos. Buscó por todos lados en los periódicos e internet y fue así que asistió a decenas de entrevistas y envió cientos de hojas de vida, esperando que en algún lado alguien lo aceptara por quién era y no por lo que había hecho en los últimos años. Después de varios días de incertidumbre, recibió la llamada de una galería de arte para trabajar como contador. En realidad, manejaría todo lo relacionado al dinero pues, al parecer, la galería estaba teniendo un éxito que nadie había venido venir y necesitaban alguien que supiese como manejar el dinero para que rindiera mejor.

 El trabajo era simple y pagaba algo menos que el anterior, pero Marco lo disfrutaba. No solo porque era más informal, pudiendo ir y venir a su gusto, solo con ciertas fechas de reuniones para informar a los dueños de la galería, sino también porque el sitio de trabajo era abierto, bien iluminado y siempre estaban las obras de arte que parecían aliviar el dolor que todavía le quedaba en su cuerpo. El trabajo fue ayudando a que su mente estuviese más tranquila y menos apurada por el deber, por lo que sentía que tenía que hacer. Se dio cuenta que la causa probable de lo que sentía era el estrés y se sintió triste al pensar que todos sus dolores se debieran a preocupaciones externas.

 Pedro siguió dándole masajes a diario y esto no solo ayudaba a su cuerpo sino que también estableció un lazo todavía más fuerte entre los dos. No era que no fueran íntimos como cualquier pareja normal sino que habían llegado a un punto de monotonía pues habían cumplido casi un año de vivir juntos y las cosas siempre habían estado igual. Los cambios con Marco habían ayudado, irónicamente, a que se enamoraran de nuevo. Era como si antes no se hubiesen dado cuenta de las razones por las cuales se adoraban y se querían tanto. Pero el nuevo contacto físico, la comunicación, hizo de su relación una mucho más fuerte que antes. Tanto así, que Marco le pidió a Pedro que se casara con él.

 No tuvieron una fiesta fastuosa ni una ceremonia muy arreglada. Tan solo se vistieron bien un día y decidieron ir a la notaría más cercana. Fueron con sus mejores amigos que sirvieron como testigos y los papeles los firmaron bastante rápido, tomándose fotos después, con los anillos puestos y sus copias del documento. Almorzaron en un bonito restaurante con sus amigos y en la noche viajaron a un pueblito cercano, donde se quedarían algunos días. Solo habían viajado juntos cuando su relación había empezado y se daban cuenta del error que habían cometido al no hacerlo de nuevo alguna vez.


  El dolor desapareció por esos días pero Pedro no dejó de lado los masajes y fue luego Marco que empezó a hacérselos a su esposo. En cuanto al trabajo, las cosas mejoraron pues otras dos galerías habían oído de Marco y lo pidieron para sus cuentas. No era difícil llevar tres cuentas y recibir tres salarios que, juntos, servirían para comprar un apartamento que compartirían con Pedro, que estaba por terminar su carrera de medicina. Marco se dio cuenta un día, con Pedro a su lado y el sol entrando por la ventana, que el dolor que había sentido tenía mucho sentido y que, si hacía las cosas bien, jamás lo sentiría de nuevo.