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sábado, 25 de abril de 2015

Secreto de oficio

   Cuando me di cuenta, ya era muy tarde. Ella ya estaba ahí, perfecta y dedicada, como siempre lo había sido. Yo estaba goteando agua, estaba sucio de pies a cabeza y más de uno en el hospital me estaba mirando para que me fuera. Y eso fue precisamente lo que hice. Nadie me quiso ayudar en ese momento, solo me echaron colectivamente, como si no quisieran arruinar el hermoso momento que estaba ocurriendo en una de las muchas habitaciones del hospital: un hombre herido y apenas consciente siendo visitado por su prometida, que lucía impecable pero triste y desconsolada. Debo decir, que me alegro verla así, vulnerable, al menos una vez.

 Cuando llegué a casa, me quité toda la ropa, la puse en la lavadora y me hice un sopa instantánea. Necesitaba de algo que me diera calor después de una noche como esta. Prendí el televisor tratando de distraerme pero lo único que hacía el aparato era parlotear, hablar incoherencias que solo me llenaban el cerebro de ruido. No quería eso. Quería pensar en lo sucedido y, por supuesto, pensar en él.

 Terminé de comer, apagué el televisor y decidí irme a acostar. Daniela, mi mejor amiga, me había estado llamando toda la noche por lo que decidí apagar el celular antes de acostarme. Me llevó un buen tiempo conciliar el sueño y la lluvia afuera, que normalmente me ayudaba a dormir más tranquilo, no estaba sirviendo de nada. Miraba hacia la cortina y me preguntaba que estaría haciendo él, si estaría sufriendo, si tenía dolor. Pero pensar en eso solo me hacía sentir peor de lo que ya me sentía. No sé como me pude quedar dormido y así, al menos por unas horas, no tuve que pensar más en lo sucedido.

 Al otro día tenía que ir al trabajo. No ir hubiese sido peor. Daniela vino hasta la casa para llevarme, cosa que yo no quería pero no tenía sentido decirle que no. En el camino a la agencia, nadie dijo nada. Ella me miraba casa cierto tiempo, como queriendo preguntar algo, pero yo no le iba a decir nada, ningún detalle de lo ocurrido. Para qué? Las cosas era mejor dejarlas como estaban y no ponerse a remover el fango debajo de las aguas tranquilas.

 Cuando llegamos yo me fui a mi oficina y ella a la suya pero el mismísimo jefe se me atravesó en uno de los pasillos y me exigió seguirlo hasta su oficina. Obviamente tuve que hacerlo porque no le podía decir que no y tampoco tenía ganas de pelear con nadie. Como no había querido quedarme en casa, tenía que afrontar todo lo que pasara en el día. El jefe me pidió sentarme, se sentó frente a mí y me pidió que le contara lo sucedido. Por un momento dudé. Nunca me han gustado las sesiones donde alguien tiene ventaja sobre alguien más y claramente esta era una de esas veces. Pero no tenía opción así que empecé a contarle todo.

 Alejandro y yo nos conocíamos desde que él entró en la agencia, hacía unos dos años. Al comienzo, no nos habíamos llevado bien, al punto de que habíamos pedido, cada uno por nuestro lado, que nunca nos pusieran como pareja para ningún tipo de tarea. Yo no lo soportaba: era prepotente y creía saber todo de todo nada más por su experiencia con la policía. Yo llevaba más tiempo que él trabajando y sabía más de lo que hacíamos aquí que era inteligencia y no perseguir a la gente como si fuéramos perros.

 El caso era que no nos podíamos ni ver y menos aún cuando venía su adorada novia, que hoy en día era su prometida. Era una mujer de esas perfectas, que parece salida de una película de los años cincuenta. No puedo decir que confío en alguien así. Quien, en sus veintes, se comporta como una ama de casa dedicada? En estos tiempos eso me parece, por lo menos, muy sospechoso. Al menos pude notar, alguna vez, que el desagrado mutuo entre Alejandro y yo había sido comunicado a la mujer porque me miraba como si fuera un gusano cada vez que venía y yo simplemente no reconocía su presencia.

 El caso fue que, con él tiempo y por situaciones que nadie podía haber prevenido, tuvimos que trabajar juntos. El número de agentes que podía desplegar la agencia había disminuido después de varias muertes y secuestros. Había sido una época difícil y todos hicimos concesiones. Una de las que hice yo fue precisamente trabajar con gente con la que no me llevaba bien y debo decir que me arrepiento de todo lo que pensé de ellos hasta ese momento.

 Con Alejandro fue difícil al principio pero encontramos terreno en común: a ambos nos fascinaba la ciencia ficción y lo descubrimos mientras vigilábamos a un narcotraficante prominente. Hablábamos de Ellen Ripley mientras recargábamos nuestras armas o de las lunas de Naboo mientras acelerábamos por una autopista europea. Nos hicimos amigos pronto y nos pedimos perdón mutuamente. Pude notar, estando ya más cerca, que ese cambio no había sido bien recibido por su novia pero la verdad eso no me importaba. Afortunadamente yo no trabajaba con ella.

 Pronto la agencia se dio cuenta de que juntarnos en el campo era una buena idea ya que éramos altamente efectivos. Viajamos un poco por todos lados juntos y nos hicimos grandes amigos. Pero hubo momentos extraños, momentos en los que, por lo menos yo, sentía algo diferente. La verdad era que jamás había tenido ningún tipo de relación con nadie, más allá de lo amistoso o fraternal. Pero me di cuenta que estaba sintiendo algo distinto por Alejandro y simplemente decidí no reconocerlo y seguir como siempre.

 Lo malo de esta decisión fue que me di cuenta pronto de que no podía estar cerca cuando la novia venía. Por alguna razón que en ese momento no entendía, me daba rabia verla a ella, con sus vestiditos perfectos y esa sonrisa falsa. Me daban ganas de empujar o golpearla. Si, quise golpear a una mujer por física rabia. Pero obviamente nunca hice nada de eso. Solo me alejaba y después seguía hablando con Alejandro, cuando estuviese sin ella.

 Me di cuenta de que me estaba enamorando de él cuando empezamos a vernos más fuera del trabajo, en especial cuando ella estaba ocupada y él quería ver alguna película o hacer algo interesante. Incluso dormía en mi casa y eso me volvía loco, tenerlo tan cerca pero sin siquiera entender que era lo que estaba sucediendo en mi cabeza.

 Así fue durante varios meses, casi un año, hasta que nos enviaron juntos a Japón. El trabajo era sencillo pero hubo un tiroteo e nos hirieron a ambos. Pudimos salir del sitio pero no podíamos ir a ningún hospital ni nada por el estilo. Debíamos mantener la cabeza baja, como siempre, así que yo mismo curé sus heridas y él las mías. Afortunadamente, nada había quedado dentro. Sabíamos un poco de enfermería, por el entrenamiento así que no fue difícil curarnos. Tuvimos que retirarnos a una zona segura, en el campo, hasta que nos pudieran extraer y fue ahí donde finalmente pasó.

 Creo que estábamos comiendo y sonreíamos mucho. Recuerdo que su sonrisa hacía desaparecer el dolor de las heridas pero cuando recordaba como eran las cosas en realidad, me dolía el triple. Él se dio cuenta y me preguntó que me pasaba y yo le mentí, diciendo que las heridas me molestaban bastante. Sin explicación, él se me acercó y me revisó cada herida, subiendo mi camiseta sin decir nada antes. Entonces, teniendo su cuerpo tan cerca, sentí ese impulso. Fue, tal cual, un impulso hacia delante que me hizo darle un beso en una mejilla. Nadie dijo nada más en varios minutos. Había una tensión enorme, incluso más que en el tiroteo.

 Entonces el se me acercó y me besó y entonces perdí todo control. Su cuerpo en mis manos se sentía como lo mejor del mundo y sus besos me curaban de todas las heridas, pasadas, presentes o futuras. Fueron muchos besos y mucho tacto hasta que él se detuvo y se quedó como pensando. Yo no pregunté nada pero, sin embargo, él me respondió. Me dijo que quería a su novia pero que sentía algo por mí que no podía explicar. Me contó que nunca había besado a otro hombre en su vida y que sentía que yo le gustaba más allá de eso.

 Esa noche solo nos seguimos besando y por muchas otras noches y días, mantuvimos una relación de amantes. Suena tórrido y extraño pero así fue. Nos veíamos en mi casa y, aunque me sentía culpable a veces, nunca le dijo que no quería seguir con ello porque hacerlo había sido mentir y, en esa ocasión, no quería hacerlo.

 Una de esas noches que no nos habíamos visto había sido el día anterior. Tenía que vigilar a unas personas y después iría a mi casa. Pero nunca llegó y yo lo rastree con facilidad. Lo habían descubierto y casi lo matan en un terreno baldío, mientras llovía. Pero llegué a tiempo y maté a tiros a dos personas antes de liberarlo de unas cuerdas y darme cuenta que lo habían torturado con choques eléctricos y cigarrillos. Fue así que lo llevé al  hospital y lo demás ya se sabía.


 El director asintió. Parecía que todo mi relato había sido demasiado para él . Pero eso cambio en un segundo cuando se puso de pie y se acercó a mi. Me dio un apretón de manos y me agradeció por salvar a otro agente. Dijo que tenía trabajo y entendí que pedía que me fuera, cosa que hice. Ya en mi oficina, Daniela me había dejado un chocolate con una nota que decía “Tranquilo”. Ella lo sabía todo. Y por eso había encendido mi celular. No sé cuando lo había tomado de mi ropa pero en la pantalla había un mensaje. Era de Alejandro y decía: “Te necesito”.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Las caras de K

    Sin contemplaciones, sacó un revolver con silenciador de dentro de la chaqueta y le pegó dos tiros en la cabeza al hombre que estaba a punto de ponerse de pie. El cuerpo cayó, pesado, sobre el cemento, a tan solo unos pocos centímetros del arma que el hombre había utilizado para amenazar a sus prisioneros. Salvo que, en realidad, nunca habían sido prisioneros. K lo tenía todo controlado desde el principio pero no había dejado ver su confianza en ningún momento, optando por comportarse como lo haría cualquier otra persona secuestrada: con miedo, haciendo preguntas estúpidas y temblando. Se lo habían creído completo.

 En vez de acercarse al cuerpo, verificó su arma y se acercó a J, que estaba todavía amarrado. Él sí estaba muerto del susto de verdad y temblaba todavía pero no de los golpes que le había propinado el hombre que ahora yacía en el piso. No, ahora su terror había gravitado hacia la forma de K, que parecía actuar como si nada, como si fuese algo de todos los días ser secuestrado y matar a un hombre. Además, de donde había sacado el arma? Era obvio que los habían revisado después de llevárselos a la fuerza en esa calle oscura.

 K ayudó a J a levantarse de la silla y lo fue halando hasta la puerta principal de la bodega donde los habían tenido amarrados. J pensó llevarlos a una bodega era muy trillado pero prefirió quedarse con ese pensamiento para él mismo. Tenía más de una pregunta para K pero sabía que no era el momento de preguntar nada ya que todavía tenían que escapar, alejarse del sitio lo más pronto posible. Era de esperar que más hombre estuviesen en el área, precisamente para evitar un escape. Pero J sabía que iban a lograrlo. No era por una confianza que le naciera de la nada o de la inútil esperanza que uno tendría en esos casos. Era por K.

 En solo unos minutos, un chico bajito y sin el físico de los hombres que los vigilaban, se había librado de sus cuerdas y había peleado y asesinado a un hombre sin sudar ni siquiera una gota. Y ahora, lo llevaba a él, un hombre veinte años mayor, entre las cajas y los automóviles vacíos, escapando de sus captores. Esa expresión en el rostro de K era la que lo decía todo: no había miedo ni duda alguna en esa cara. Era como si cualquier sentimiento se le hubiera ido del cuerpo y pudiese hacer lo que quisiera.

 Tres hombres aparecieron pero en menos de un minuto yacían muertos de mano de K. Mientras J miraba como los cuerpos todavía se movían, K lo halaba con fuerza, como recordándole que su objetivo final todavía no se había logrado. Llegaron a una cerca y, con una habilidad sorprendente, K la escala y cayó sin hacer ruido al otro lado. Haciendo señas, le indicó a J que hiciese lo mismo pero no era tan fácil. Él no era tan ágil y le iba a tomar más tiempo. En efecto, cuando apenas estaba en la parte de arriba, otros dos hombres se acercaron. K los terminó con agilidad y haló, una vez más a J, que cayó de la cerca.

 Este empezó a quejarse pero K solo lo tomó del brazo, ignorando cada sílaba que salía de la boca de su compañero de secuestro. Se adentraron en un pequeño bosquecillo pantanoso, en el que no se dijo ni una sola palabra. K parecía estar escuchando algo pero J no oía absolutamente nada. Solo lo seguía porque parecía que el joven sabía lo que hacía pero no tenía ni idea si tenía razón o no.

 Después de pasar algunos charcos y rasguñarse las caras con ramas demasiado afiladas, salieron del bosquecillo a una carretera. A J se le iluminó la cara y corrió hacia la vía pero K lo retuvo y le indicó que no hiciese ruido y que tuviese paciencia. Caminaron entonces por el borde de la vía, medio ocultos por los árboles, hasta que se acercó un automóvil pequeño, manejado por una anciana. La mujer estaba casi encima del timón e iba muy lento, por lo que no fue difícil para ella verlos y detenerse para darles un aventón.

 Una vez más J quedó boquiabierto ante el cambio de K. Una vez en el automóvil, en el asiento del copiloto, se convirtió en el ser más dulce y amable que J jamás hubiese visto. La mujer quedó encantada y les preguntó porque estaban caminando por la carretera a lo que K respondió que su auto había tenido problemas. Su padre (refiriéndose a J) y él, habían intentado arreglarlo pero no habían logrado nada así que preferían ir a la ciudad y desde allí llamar a una grúa. Lamentablemente no tenían teléfonos celulares.

 Nada de todo esto le pareció extraño a la mujer, incluso cuando J pensaba que era un cuento demasiado rebuscado para que nadie lo creyera. Cuando la anciana y K empezaron a hablar de las mascotas de la mujer, J simplemente dejó de escucharlos y por fin respiró, después de varios días de no poder hacerlo con propiedad. Tal era su cansancio que se quedó dormido con rapidez y, por fortuna, no soñó con nada.

 Cuando despertó, el automóvil estaba estacionado en una calle iluminada, frente a un restaurante de comida rápida. Mientras se desperezaba, J vio que en el interior del lugar estaban la anciana y K, comiendo hamburguesa y riendo respecto a algún chiste o historia que se estarían contando. Sin duda era un chico extraño este tal K. Era un persona de demasiadas caras y, la verdad, era que eso a J no le gustaba nada. Que le aseguraba que K no estaba aliado con otra persona que también quisiese tener a J para algún fin extraño? Era todo muy raro.

 J llegó a la mesa donde estaban sus dos compañeros de viaje y los saludó. K lo recibió con una sonrisa y le brindó una hamburguesa con papas fritas que le habían guardado. La anciana le dijo que habían preferido no despertarlo ya que se notaba que necesita dormir. K le había contado que su padre sufría de insomnio y era casi un milagro que pudiese dormir tan bien. Mientras comía, la conversación siguió y J pudo notar por su cuenta que la mujer era un alma amable que se sentía sola. Había viajado desde lejos para visitar a una hija pero les confesó que lo había hecho sin avisar, cosa que a su hija seguramente no le iba a gustar nada. K le aseguró que todo saldría bien.

 Un par de horas después, se despidieron de la anciana y le agradecieron por toda su ayuda. Al fin y al cabo les había dado un aventón y les había gastado comida. K incluso le dio un beso en la mejilla antes de que se alejara en su pequeño carro rojo. Una vez, empezaron a caminar, K había vuelto a ser la piedra que J había conocido hacía ya unas dos semanas. Lo único que le dijo fue que tenía un sitio cerca y que allí estarían seguros.

 Entonces J se detuvo. K caminó un poco más hasta darse cuenta de que J no lo seguía. Se dio la vuelta para amenazarlo con la mirada pero esto no tuvo el efecto deseado. J le dijo que no iba a caminar un paso más sin saber que era todo lo que había estado pasando en los últimos días. Sí, él era un periodista con ciertos secretos de la mafia en su poder. Hasta podía entender su secuestro por esas razones pero no quién era K y cual era su motivación en todo este lío.

 Se habían conocido el día del secuestro. Se los llevaron al mismo tiempo, en la misma camioneta. Pero solo habían estado en el mismo lugar y nada más. En principio, ninguno sabía nada del otro o al menos eso creía J hasta que K se le acercó y le dijo que sabía muy bien quién era l.﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ qui sab le acerceso cre m al mismo tiempo, en la misma camioneta. Pero solo hab no iba a camianr un paso m J no le guél. Tanto así que había asistido al lugar porque sabía que aunque podrían atentar contra él, debía conocer a J y protegerlo tanto como fuese posible.

 El hombre se quedó de piedra al oír esto porque no lo entendía del todo. Este chico, que había fingido por días ser alguien que no era, incluso siendo torturado con golpes y otras vejaciones, aseguraba que era una protección necesaria para evitar que a J que le pasara algo malo. Nada de todo eso tenía ningún sentido. Le preguntó a K quién lo había enviado pero le aseguró que lo sabría pronto, si venía con él y tenía paciencia.

 A regañadientes, J siguió a K hasta un barrio horrible, lleno de vagabundos y prostitutas. K entró a un edificio viejo y con olor a orina y él lo siguió. Subieron cuatro tramos de escaleras hasta llegar a un corredor oscuro por el que caminaron en silencio hasta llegar al fondo, donde un pequeña ventana cubierta de grasa  dejaba entrar algo de luz. De un zapato, K sacó una llave y abrió con ella una de las puertas cercanas a la ventana.

 Hizo pasar a J primero y luego entró él. K se dirigió pronto a una de las habitaciones,  sacando su arma y abriendo la puerta con fuerza. De pronto soltó algo de aire por la boca, como suprimiendo reírse.

-       Se nos adelantaron.
-       Porque?
-       Porque la persona que me mandó a protegerlo está muerta.

 K se retiró de la puerta pero no la cerró. J se acercó para ver de quien se trataba y soltó un gritó que alertó a más de uno en el piso de abajo. Se acerco al cuerpo que había en el suelo, pisando un charco de sangre. Le dio la vuelta y entonces empezó a llorar. Era nadie más ni nadie menos que su esposa y ahora estaba muerta.

 Y pronto lo estarían ellos porque al lugar se acercaban varios hombres dispuestos a hacer lo necesario para callar sus voces.

sábado, 31 de enero de 2015

No más

   Parecía que toda la lluvia del mundo, toda el agua en existencia, estaba cayendo sobre la ciudad. Estaba claro que el huracán solo ganaba fuerzas y para cuando tocará tierra sería un desastre de proporciones inimaginables. Era difícil conducir así pero de todas manera Marcela tenía que hacerlo. No tenía más opción sino ir hasta el laboratorio y cerciorarse de que todo estuviera en orden.

 Verán, Marcela era la médico en jefe de un laboratorio de fertilización. Básicamente trataban de ayudar a las mujeres que tuvieran problemas concibiendo un hijo. Para la doctora este era un trabajo realmente gratificante, ya que podía ver el agradecimiento en las caras de sus pacientes al ser notificados del milagroso embarazo. Aunque no era un milagro precisamente, sino un trabajo arduo y delicado que requería de la más alta atención.

 Pero Marcela sabía que no todo el mundo se tomaba el trabajo de la misma manera y por eso estaba en camino a ver que todo estuviera bien. Raquel, su asistente, llevaba apenas dos meses en el trabajo y la doctora todavía no sabía cuanto podía confiar en ella, sobre todo en relación al cuidado de cada tratamiento que guardaban en frío. Raquel estaba encargada de que todo estuviera propiamente ordenado pero en esos pocos días de trabajo había probado ser una mujer distraída.

 Mientras Marcela estacionaba su auto en el parqueadero techado del edificio de oficinas donde estaba el laboratorio, se acordaba de Irene. Era una mujer de edad y había sido su asistente desde hacía años. Pero un buen día y sin aviso, dijo que renunciaba ya que se sentía demasiado vieja para seguir trabajando. Marcela le había rogado que se quedara pero Irene simplemente no cedió. Se fue, apenas despidiéndose. Esto para Marcela fue un golpe porque Irene no era solamente una asistente sino una amiga. Nunca la vio más.

 En el ascensor, la doctora alistó su tarjeta de seguridad, que tenía su foto y una banda magnética especial para abrir puertas restringidas. Ella tenía una  y Raquel debía haber guardado la otra en su escritorio. Nadie más podía entrar. Cuando se abrió el ascensor, frente a un gran ventanal, Marcela pensó que el clima parecía haber empeorado en apenas un par de minutos. Todo era de un gris oscuro enfermizo y las gotas de lluvia parecían del tamaño de balas.

 Se encaminó entonces al laboratorio pero se detuvo antes. Su oficina estaba abierta. Marcela bajó el brazo en el que tenía su tarjeta de seguridad y caminó lentamente hacia su oficina. No había nadie pero la puerta estaba completamente abierta, algo que ella jamás hacía. De hecho, siempre le ponía el seguro a la puerta antes de salir. En uno de los cajones guardaba algo de dinero y regalos de algunos pacientes. Sacó un par de llaves y abrió con ellas los cajones. Todo estaba en orden.

 Estuvo a punto de irse cuando se dio cuenta de que habían movido su archivero. Era grande y metálico pero cuando se halaba para abrirlo se movía un poco. Alguien había entrada en su oficina, Marcela ahora estaba segura de ello. Pero quien? No podía ser alguien del trabajo ya que casi todos sabían del dinero y los regalos. Y, revisando rápidamente el archivero, no había ningún expediente perdido ni fuera de lugar. Algo raro estaba pasando.

Marcela se decidió entonces a ir al laboratorio. Tal vez Raquel había venido también, dándose cuenta de que no había asegurado bien los tanques de enfriamiento o algo pro el estilo. Eso debía ser. Pasó entonces la tarjeta de seguridad para abrir la puerta pero esta no abrió. Intentó de nuevo y esta vez sí sirvió pero algo ocurrió que ella no esperaba: la puerta se abrió rápidamente y del otro lado salió alguien quien la golpeó en la nariz. Marcela cayó al suelo, sangrando.

 La persona que había salido entonces se le acerco hábilmente y le puso algo en la nariz. Marcela sabía que era pero no tuvo tiempo de pensar en mucho más pues se desmayó casi al instante. Tuvo un sueño extraño, sin imágenes, casi como si estuviera encerrada. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que ya no estaba en el laboratorio y que estaba amarrada, de pies y manos. No tenía la boca tapada pero tampoco sentía muchos ánimos para hablar. Afuera llovía, el viento rugía.

 De pronto entro al cuarto donde estaba una mujer y Marcela se dio cuenta que era Raquel. Por un momento se sintió aliviada pero rápidamente cayó en cuenta que eso no podía ser bueno. Había sido secuestrada y Raquel no podía estar allí por pura coincidencia. La mujer se le acercó, sin expresión alguna en su rostro, y la ayudó a sentarse.

-       Como se siente?

 Marcela no pudo hablar entonces solo asintió. Raquel pareció comprender y se alejó de ella. Al otro lado del cuarto parecía haber una camilla de hospital. La asistente se sentó en un banquito al lado de la camilla y empezó a revisar algunos papeles. Marcela los reconoció como archivos de la clínica. Raquel seguramente los había sacado de su oficina.

-       Que…

 Pero Marcela no podía decir más. Sentía como si una mano invisible le estuviera apretando el cuello cuando intentaba hablar. Pero Raquel la había oído y se le acercó de nuevo. Le puso los papeles en el regazo a la doctora y se cruzó de brazos, como esperando. Marcela revisó los papeles pero no entendió nada.

 Se trataba de una pareja que había venido hacía algunos meses. Iban por su segundo intento y Marcela estaba muy optimista respecto a sus posibilidades. Pero además de los datos de siempre, no había nada especial en ese caso. Releyó los nombres de la pareja pero no los conocía de otra parte. Miró a Raquel, con cara de no entender que pasaba.

-       Ella me envió.

 Marcela frunció el ceño. Eso no tenía sentido. Intento hablar de nuevo pero el dolor volvió y cerro la boca sin haber dicho nada.

-       La inyectó con un suero que impide el uso de las cuerdas vocales. – dijo Raquel. – Pasa su efecto en un día.

 La doctora tomó los papeles y los sacudió. No entendía y estaba frustrada por no poder hablar. Entonces Raquel fue hasta el banquito, lo arrastró hasta la cama donde estaba Marcela y se sentó. La miró con ojos tristes y empezó a hablar.

 Resultaba que esa mujer, una tal Florencia, era amiga de Raquel. Su esposo era peor que borracho o algo por el estilo. Ese hombre la había violado varias veces y ella no lo denunció nunca. No fue sino hasta que tuvo un problema serio de salud, que Florencia habló con Raquel. El hombre la había golpeado porque ella no había sido capaz de darle un hijo. Así que la iba a obligar a tener uno.

 Dejar pasar algunos meses para que las heridas sanaran y luego llegaron al consultorio de la doctora Marcela. Cuando Raquel se enteró, le dijo a Florencia que ese hombre estaba enfermo si pensaba forzarla a tener un hijo. Así que Raquel inventó un plan: amenazó varias veces de muerte a Inés para que dejara de trabajar, la reemplazó como asistente de la doctora y ahora estaba dentro del hospital.

 Marcela estaba anonadada. Como era posible que no se hubiera dado cuenta de que algo así estaba pasando? Había sido muy negligente al no ver algo  de ese calibre pero entonces dudó. Sería verdad?

 Raquel dijo que ella había alterado los óvulos para que no sirvieran en el primer proceso pero que eso no había sido suficiente. Su plan era distinto. Y ahí entraba Marcela. La doctora dio un respingo al ver que Raquel la miraba con ojos desorbitados y un aparente desespero por ayuda.

 Como asistente, Raquel sabía que los hombres también eran revisados. Y sabía que la doctora era experta en urología así como en obstetricia. Así que necesitaba de ella un favor.

 De repente alguien más entro en la habitación. Era un mujer delgada y temblorosa. Debía ser Florencia. Halaba otra camilla y en esa estaba recostado un hombre. Era grande por donde se le viera y con cara de animal. Sin duda era el marido.

-       Es simple la verdad.

 Marcela dio un respingo al escuchar la voz de Raquel.

-       Podríamos matarlo pero sería muy fácil. Queremos que hagas algo más.


 La doctora no entendía nada pero entendió, al verse allí sin voz, que esas mujeres eran capaces de mucho y que ella no tendría opción alguna: tendría que hacer lo que le ordenaran.