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viernes, 5 de mayo de 2017

Él y los cambios

   No sabíamos muy bien como o porqué, pero habíamos terminado sobre mi cama, besándonos como si fuera nuestra última oportunidad de hacerlo. No era algo romántico y seguramente nunca iba a ser más que solo algo de un día, una tarde para ser más exactos. Tras cinco minutos, estábamos sin una sola prenda de ropa encima y la habitación se sentía como un sauna. Así estuvo el ambiente por un par de horas, hasta que terminamos. Él se fue para su casa y yo ordené la mía.

 Me había dicho a mí mismo que era algo pasajero, algo que no podía funcionar. Pero de nuevo, el viernes siguiente, estábamos teniendo sexo en su habitación. Estaba tan emocionado por lo que hacía en el momento, que en ningún instante me pregunté como había llegado hasta ese punto. Y con eso me refiero a llegar físicamente, pues Juan no vivía muy cerca que digamos pero yo estaba ahí como si fuera mi casa. Se hacía tarde además pero no me preocupé por nada de eso toda la noche.

 Lo curioso es que no hablábamos nunca. Es decir, no nos escribíamos por redes sociales, no nos llamábamos por teléfono ni quedábamos para tomar un café o algo parecido. Para lo único que nos contactábamos, y eso solía ser solo por mensajes de texto bastante cortos, era para tener sexo y nada más. Incluso ya sabíamos como escribir el mensaje más corto posible para poder resumir nuestros deseos personales en el momento, lo que nos tuviera excitados en ese preciso instante.

 Cuando le conté a una amiga, me dijo que le daba envidia. Seguramente era porque ella y su novio habían estado juntos por varios años y ella nunca había tenido un tiempo de salir con otras personas. Siempre había estado con el mismo hombre y se arrepentía. Eso sí, siempre aclaraba que lo amaba hasta el fin del mundo pero me decía, siempre que tenía la oportunidad, que le parecía esencial que la gente joven tuviese esa etapa de experimentación que ella no había tenido.

 Yo siempre me reía y le decía que mi etapa había durado casi treinta años y parecía que seguiría así por siempre. Me decía que en el algún momento, en el menos pensado de seguro, sentaría cabeza y decidiría vivir con algún tipo y querría tener un hogar con él e incluso una familia. Solo pensar en ello se me hacía muy extraño pues en ningún momento de mi vida había querido tener hijos ni nada remotamente parecido a una familia propia. Con mis padres tenía más que suficiente. Y respecto a lo de tener un hogar, la idea era buena pero no veía como lograría eso.

 Curiosamente, la siguiente vez que me vi con Juan, sentí que había algo distinto entre los dos. No en cuanto al sexo, que fue tan entretenido y satisfactorio como siempre. Era algo más allá de nosotros dos, de pronto una duda que se me había metido a la cabeza, algo persistente que no quería dejarme ir. Esa noche fue la primera vez que le di un beso de despedida a Juan, en su casa. Se notó que lo cogí desprevenido porque los ojos le quedaron saltones.

 Apenas llegué a casa, me puse a pensar porqué había hecho eso. Porqué le había dado ese beso tan distinto a los que nos dábamos siempre. Habíamos sido suave y sin ninguna intención más allá de querer sentir sus labios una vez más antes de salir. No tenía ni idea de cómo lo había sentido él pero yo me di cuenta que había algo que me presionaba el pecho, como que crecía y se encogía allí adentro. Prefería no pensar más en ello y me distraje esa noche y los días siguientes con lo que tuviese a la mano.

 La sorpresa vino un par de días después, un fin de semana en el que Juan llegó a mi casa sin haber escrito uno de nuestros mensajes con anterioridad. Había tormenta afuera y, cuando lo dejé pasar, me dijo que había pensado en mi porque sabía que vivía cerca y no parecía que la lluvia fuera a amainar muy pronto. De hecho, un par de rayos cayeron cuando le pasé una toalla para que se secara. Le dije que podía quedarse el tiempo que quisiera y le ofrecí algo caliente de beber.

 Fue mientras tomábamos café cuando me di cuenta que ese sentimiento extraño había vuelto. Estando junto a él, de pronto sentí esa tensión incomoda que se siente cuando uno es joven y esta al lado de la persona que más le gusta en el mundo. Hablábamos poco, casi solo del clima, pero a la vez yo pensaba en mil maneras de acercarme y darle otro beso, este mucho más intenso, ojalá con un abrazo que sintiera en el alma. No me di cuenta de que lo que pensaba no era lo de siempre.

 Por fin, le toqué la mano mientras estábamos en silencio. Fue entonces que todo sucedió de la manera más fluida posible: él se acercó y me puso una mano en la nuca y yo le puse una mano en la cintura y nos besamos. No sé cuantos minutos estuvimos allí pero se sintió como una eternidad. Y lo fantástico del caso, al menos para mí, es que solo fue un beso. Eso sí, fue uno intenso y lleno de sentimiento que no entendimos por completo en el momento. Nuestras manos, además, garantizaban que la totalidad de nuestros cuerpos estuviesen involucrados.

 Y sí, como en todas las ocasiones anteriores, terminamos en mi habitación. Con la tormenta como banda sonora, fue la primera vez que hicimos el amor. Ya no era solo sexo, no era algo puramente físico y desprovisto de ese algo que le agrega un toque tan interesante a las relaciones humanas. Recuerdo haberlo besado mucho y recuerdo que su cuerpo me respondía. Nuestra comunicación era simplemente fantástica y eso era algo que jamás me había ocurrido antes, ni con él ni con nadie.

 Cuando terminamos,  y eso fue cuando ya era de noche, nos quedamos en la cama en silencio. Estábamos cerca pero no abrazados. Eso también era un cambio, pues normalmente ya nos hubiéramos levantado y cada uno estaría en su casa. Pero esa vez solo nos quedamos desnudos escuchando los truenos y a las gotas que parecían querer hacer música contra el cristal de la ventana. No diría que era romántico. Más bien era real y eso era lo que ambos necesitábamos con ansías.

 Eventualmente nos cambiamos. Mientras él buscaba su ropa por la habitación, le propuse pedir una pizza. Él dudó en responderme pero finalmente asintió. Pareció reprimir una sonrisa y son supe muy bien como entender eso. En parte porque no entendía porqué lo haría pero también porque estaba distraído mirando su cuerpo. Siempre me había gustado pero ahora lo notaba simplemente glorioso, de pies a cabeza. Juan era simplemente una criatura hermosa.

 La pizza llegó media hora más tarde. Estaba perfecta para el clima que hacía en el exterior. Mientras comíamos, hablábamos un poco más pero no demasiado. Hablamos de cosas simples, de gustos en comida y de lugares a lo que habíamos ido. Compartimos pero no demasiado, no era correcto hacer un cambio tan brusco y en tantos sentidos. Parecíamos estar de acuerdo en eso, a pesar de no haberlo acordado. Apenas terminamos la pizza, se fue aprovechando que la tormenta había terminado.

 El resto de la noche me la pasé pensando en él, en su cuerpo, en como se sentía en mis manos y en mi boca. En lo perfecto que lo encontraba y esos sentimientos nuevos que habían surgido de repente pero no que no quería dejar ir ahora que los sentía.


 Lo trágico es que nunca lo volví a ver. Nunca respondió mi siguiente mensaje y no me atreví a buscarlo en su casa. Años después lo vi saliendo de un edificio con otra persona y pude ver que era feliz. Por fin sonreía, no se ocultaba. Habría hecho lo imposible para que esa sonrisa fuese para mí, pero ya era tarde.

sábado, 9 de mayo de 2015

Encuentro con el pasado

   Fingí estar dormido pero la verdad era que no lo estaba, que lo miraba mientras se alistaba para irse de mi casa, tal vez para nunca volver. Al fin y al cabo que ni siquiera teníamos amigos en común y lo único que nos conectaba de alguna manera era el colegio al que habíamos ido. Esa fue la primera razón para encontrarnos, para vernos frente a frente y decir lo que teníamos que decir. Había sido un encuentro bastante particular, francamente extraño al comienzo pero después lo había sido menos. Al final de la noche, no éramos amigos ni nada parecido pero nos llevábamos mucho mejor de lo que nunca nos habíamos llevado en el colegio.

 En ese entonces, hacía diez años o más, éramos polo opuestos: yo era más bien tímido y me dedicaba a estudiar y, francamente, a tratar de que el tiempo pasara lo más rápido posible. Mentiría si no dijera que fue la peor época de mi vida y que, incluso después de verlo de nuevo después de tanto tiempo, no sigo deseando que el tiempo entonces hubieses pasado más rápido. A diferencia de hoy en día, entonces no tenía amigos sino conocidos y no sabía que estaba de moda o que era lo que se supone debería interesarme.

 Él, en cambio, sí lo sabía muy bien. Para él, la vida era totalmente distinta. Para empezar, era un niño rico. Así de simple. Había nacido en el seno de una familia con mucho dinero y nunca había tenido que preocuparse por nada. No es que yo fuera pobre o algo parecido pero no había tenido la vida de él, viajando al menos seis mil kilómetros todas las vacaciones, con cuanto juguete o aparato nuevo a su alcance y todo lo mejor que pudiese alguien tener. Incluso a los dieciséis, ya tenía su propio automóvil.

 En el colegio era de aquellos que hacía deporte. Era conocido por ser uno de los mejores jugadores de futbol del equipo del colegio y gracias a él habían ganado varios trofeos a lo largo de los años, desde que era pequeño. Yo de todo esto solo me enteré después del colegio, un día que me puse a mirar el anuario, cosa que había preferido no hacer hasta un día de lluvia en el que estaba aburrido y me puse a hojear lo que hubiera por ahí.

 En el último año, consiguió una novia y todo el mundo tuvo que ver porque eran de los mejor vestidos en el baile de graduación. Ella era, sin duda, una de las chicas más hermosas del colegio y no había sorprendido a nadie que los dos terminaran juntos. A los ojos de los estudiantes, eran uno para el otro: los dos eran ricos, físicamente atractivos y fluían por los mismos círculos sociales. De nuevo, todo eso lo vine a saber después por conversaciones con gente del colegio y de la misma boca de él. Fue él mismo que me contó lo del baile de graduación porque yo no había estado allí, prefiriendo quedarme en casa que bailando con gente que no quería volver a ver en mi vida.

En fin, el caso es que cada uno de todos los estudiantes hicimos nuestras vidas después, como es lo natural. Yo no mantuve el contacto con nadie. Había gente que me escribía por redes sociales y hablábamos ocasionalmente pero yo siempre sabía muy bien como sacar el cuerpo a cualquier intento de reunirnos para algo, de vernos o incluso propuestas tan locas para mi como volver al colegio para ver como estaba o para comprar algún recuerdo en la tienda donde vendían los uniformes y demás. Yo prefería hacer muchas cosas que eso y de hecho así fue tiempo después cuando me fui del país para estudiar.

 En la universidad y en ese viaje hice varios amigos. Esta vez sí eran amigos y no solo conocido con los que hablaba en tiempos libres. Eran gente con la que podía conversar de todo un poco, desde política hasta chistes grotescos. Además, yo ya no era el mismo que había estado en el colegio casi escondido todo el tiempo detrás de un libro, tratando y pidiéndole a quien estuviese escuchando que acelerara el tiempo para que mi vida cambiara pronto.

 Me convertí en alguien más seguro, más lanzado a la vida y con más confianza en lo que hacía. Incluso muchas personas pensaban que a veces me pasaba al ser demasiado vocal con lo que pensaba ya que nunca dejaba nada sin decir. Después de muchas cosas, decidí tener una política de brutal honestidad que solo vuelvo flexible con gente que me importa y no quiero herir con mi boca. No quiero decir que no sea honesto con ellos pero lo hago con más cariño. Los demás, no me interesan.

 El caso es que un buen día estando en mi casa, en boxers comiendo cereal y viendo dibujos animados, me llegó a una red social un mensaje de un grupo de personas del colegio que buscaban que nos reuniéramos para conmemorar los diez años de la graduación. Por supuesto, yo no iba a asistir así me pagaran. Primero, no estaba en el mismo país y segundo, así hubieses estado, podía pensar en varias cosas más divertidas para hacer que eso. Así que ignoré el mensaje pero nunca lo borré por completo.

 A los pocos días, recibí un nuevo mensaje. La verdad no es que me lleguen muchos así que me pareció inusual. Cuando lo abrí, me di cuenta que no era del grupo del colegio sino de un solo individuo, el famoso jugador de futbol y rompecorazones que había ido con la hermosa chica al baile de graduación. En el mensaje solo decía “Hola”, algo muy parco y estéril como para saber que significaba. Pero me di cuenta de algo con rapidez y es que, abajo del nombre del autor del mensaje, normalmente salía su ubicación actual. Y por cosas de la vida, parecía que el jugador estrella del colegio estaba en la misma ciudad en la que yo vivía por entonces.

 La verdad es que me reí solo y entendí porque el “Hola”. Seguramente no conocía a nadie por allí y me había visto en el mensaje de la gente del colegio y había pensado “Podría ser peor” y me había contactado. Como yo no tenía mucho que hacer, le seguí la cuerda y empezamos a hablar por el computador. La conversación se extendió por varias horas, con decir que empezamos a las cuatro de la tarde y terminamos a la una de la mañana, con pausas por supuesto.

 El tipo sí parecía recién llegado y me propuso vernos para tomar algo que y que le contara de mi experiencia allí. Yo ya trabajaba pero él quería saber como era la vida de estudiante y que “tips” y claves le podía dar para el día a día. Fue un poco extraño pero al día siguiente, un domingo, nos vimos en un parque y nos saludamos como lo que éramos, dos completos extraños. Después de ese momento inicial de incomodidad obvia, caminamos por largo rato hablando de la ciudad y porque vivíamos allí. De hecho en el computador habíamos hablado de lo mismo pero no parecía nada más de que hablar.

 Eso fue hasta que llegamos a un bar y empezamos a beber. Entonces él se soltó y empezó a contar de cómo había terminado con la chica del colegio a los pocos días de la graduación, como había sido una tortura para él estudiar lo que su padre le había impuesta por el negocio familiar y como había hecho para separarse de eso e irse del país a aprender lo que en verdad le apasionaba. Quería ser piloto y al parece había una escuela muy buena en la ciudad. Yo le conté de lo mío y el escuchó con calma y atención, más de la necesaria cosa que me incomodó pero lo ignoré.

 Entonces, por alguna extraña razón (que después entendería), me preguntó si tenía a alguien en mi vida. Le conté entonces que me gustaban los chicos y que no tenía pareja en el momento. Me preguntó si ya lo sabía cuando estábamos en el colegio y le dije que sí y que esa había sido otra de las razones por las que odiaba recordar toda esa época. Entonces él respondió que lo mismo le sucedía a él. Pero antes de que yo pudiese preguntar a que se refería, el camarero nos trajo otra ronda y pronto olvidé el tema.

 Cuando salimos del sitio, ya de madrugada, pensé que él se iría por su lado y yo por el mío pero me dijo que hiciésemos algo porque no quería llegar a su casa. La persona con la que vivía no le gustaba cuando él llegaba tarde y prefería demorarse más tiempo. No pregunté nada al respecto y en cambio le dije que en mi casa tenía algunas cervezas y que podríamos quemar tiempo allí. Estábamos cerca y en todo caso solo decíamos estupideces de borrachos en todo el camino. Cuando abrí la puerta de donde vivía, se me quitó de pronto la borrachera y todo porque él se me lanzó encima y me empezó a besar.

 La verdad es que la escena debió ser cómica, incluso algo grotesca, pero así fue. Se me lanzó y parecía como un pulpo atacando a otro animal. Logré calmarlo y se me ocurrió preguntarle que le pasaba pero se me olvidó cuando por fin me dio un beso bien dado. De alguna manera llegamos a mi cuarto y pueden imaginar lo que pasó allí.


 Y como les contaba al comienzo, lo vi vestirse fingiendo estar dormido. Pensé que no lo volvería a ver, siendo un encuentro tan particular, tan extraño. Pero entonces, antes de irse, me dio un beso en la mejilla y me susurró al oído “Me gustas”, antes de salir del lugar. Innecesario decir que dormí toda esa mañana con una gran sonrisa en la cara.

sábado, 25 de abril de 2015

Secreto de oficio

   Cuando me di cuenta, ya era muy tarde. Ella ya estaba ahí, perfecta y dedicada, como siempre lo había sido. Yo estaba goteando agua, estaba sucio de pies a cabeza y más de uno en el hospital me estaba mirando para que me fuera. Y eso fue precisamente lo que hice. Nadie me quiso ayudar en ese momento, solo me echaron colectivamente, como si no quisieran arruinar el hermoso momento que estaba ocurriendo en una de las muchas habitaciones del hospital: un hombre herido y apenas consciente siendo visitado por su prometida, que lucía impecable pero triste y desconsolada. Debo decir, que me alegro verla así, vulnerable, al menos una vez.

 Cuando llegué a casa, me quité toda la ropa, la puse en la lavadora y me hice un sopa instantánea. Necesitaba de algo que me diera calor después de una noche como esta. Prendí el televisor tratando de distraerme pero lo único que hacía el aparato era parlotear, hablar incoherencias que solo me llenaban el cerebro de ruido. No quería eso. Quería pensar en lo sucedido y, por supuesto, pensar en él.

 Terminé de comer, apagué el televisor y decidí irme a acostar. Daniela, mi mejor amiga, me había estado llamando toda la noche por lo que decidí apagar el celular antes de acostarme. Me llevó un buen tiempo conciliar el sueño y la lluvia afuera, que normalmente me ayudaba a dormir más tranquilo, no estaba sirviendo de nada. Miraba hacia la cortina y me preguntaba que estaría haciendo él, si estaría sufriendo, si tenía dolor. Pero pensar en eso solo me hacía sentir peor de lo que ya me sentía. No sé como me pude quedar dormido y así, al menos por unas horas, no tuve que pensar más en lo sucedido.

 Al otro día tenía que ir al trabajo. No ir hubiese sido peor. Daniela vino hasta la casa para llevarme, cosa que yo no quería pero no tenía sentido decirle que no. En el camino a la agencia, nadie dijo nada. Ella me miraba casa cierto tiempo, como queriendo preguntar algo, pero yo no le iba a decir nada, ningún detalle de lo ocurrido. Para qué? Las cosas era mejor dejarlas como estaban y no ponerse a remover el fango debajo de las aguas tranquilas.

 Cuando llegamos yo me fui a mi oficina y ella a la suya pero el mismísimo jefe se me atravesó en uno de los pasillos y me exigió seguirlo hasta su oficina. Obviamente tuve que hacerlo porque no le podía decir que no y tampoco tenía ganas de pelear con nadie. Como no había querido quedarme en casa, tenía que afrontar todo lo que pasara en el día. El jefe me pidió sentarme, se sentó frente a mí y me pidió que le contara lo sucedido. Por un momento dudé. Nunca me han gustado las sesiones donde alguien tiene ventaja sobre alguien más y claramente esta era una de esas veces. Pero no tenía opción así que empecé a contarle todo.

 Alejandro y yo nos conocíamos desde que él entró en la agencia, hacía unos dos años. Al comienzo, no nos habíamos llevado bien, al punto de que habíamos pedido, cada uno por nuestro lado, que nunca nos pusieran como pareja para ningún tipo de tarea. Yo no lo soportaba: era prepotente y creía saber todo de todo nada más por su experiencia con la policía. Yo llevaba más tiempo que él trabajando y sabía más de lo que hacíamos aquí que era inteligencia y no perseguir a la gente como si fuéramos perros.

 El caso era que no nos podíamos ni ver y menos aún cuando venía su adorada novia, que hoy en día era su prometida. Era una mujer de esas perfectas, que parece salida de una película de los años cincuenta. No puedo decir que confío en alguien así. Quien, en sus veintes, se comporta como una ama de casa dedicada? En estos tiempos eso me parece, por lo menos, muy sospechoso. Al menos pude notar, alguna vez, que el desagrado mutuo entre Alejandro y yo había sido comunicado a la mujer porque me miraba como si fuera un gusano cada vez que venía y yo simplemente no reconocía su presencia.

 El caso fue que, con él tiempo y por situaciones que nadie podía haber prevenido, tuvimos que trabajar juntos. El número de agentes que podía desplegar la agencia había disminuido después de varias muertes y secuestros. Había sido una época difícil y todos hicimos concesiones. Una de las que hice yo fue precisamente trabajar con gente con la que no me llevaba bien y debo decir que me arrepiento de todo lo que pensé de ellos hasta ese momento.

 Con Alejandro fue difícil al principio pero encontramos terreno en común: a ambos nos fascinaba la ciencia ficción y lo descubrimos mientras vigilábamos a un narcotraficante prominente. Hablábamos de Ellen Ripley mientras recargábamos nuestras armas o de las lunas de Naboo mientras acelerábamos por una autopista europea. Nos hicimos amigos pronto y nos pedimos perdón mutuamente. Pude notar, estando ya más cerca, que ese cambio no había sido bien recibido por su novia pero la verdad eso no me importaba. Afortunadamente yo no trabajaba con ella.

 Pronto la agencia se dio cuenta de que juntarnos en el campo era una buena idea ya que éramos altamente efectivos. Viajamos un poco por todos lados juntos y nos hicimos grandes amigos. Pero hubo momentos extraños, momentos en los que, por lo menos yo, sentía algo diferente. La verdad era que jamás había tenido ningún tipo de relación con nadie, más allá de lo amistoso o fraternal. Pero me di cuenta que estaba sintiendo algo distinto por Alejandro y simplemente decidí no reconocerlo y seguir como siempre.

 Lo malo de esta decisión fue que me di cuenta pronto de que no podía estar cerca cuando la novia venía. Por alguna razón que en ese momento no entendía, me daba rabia verla a ella, con sus vestiditos perfectos y esa sonrisa falsa. Me daban ganas de empujar o golpearla. Si, quise golpear a una mujer por física rabia. Pero obviamente nunca hice nada de eso. Solo me alejaba y después seguía hablando con Alejandro, cuando estuviese sin ella.

 Me di cuenta de que me estaba enamorando de él cuando empezamos a vernos más fuera del trabajo, en especial cuando ella estaba ocupada y él quería ver alguna película o hacer algo interesante. Incluso dormía en mi casa y eso me volvía loco, tenerlo tan cerca pero sin siquiera entender que era lo que estaba sucediendo en mi cabeza.

 Así fue durante varios meses, casi un año, hasta que nos enviaron juntos a Japón. El trabajo era sencillo pero hubo un tiroteo e nos hirieron a ambos. Pudimos salir del sitio pero no podíamos ir a ningún hospital ni nada por el estilo. Debíamos mantener la cabeza baja, como siempre, así que yo mismo curé sus heridas y él las mías. Afortunadamente, nada había quedado dentro. Sabíamos un poco de enfermería, por el entrenamiento así que no fue difícil curarnos. Tuvimos que retirarnos a una zona segura, en el campo, hasta que nos pudieran extraer y fue ahí donde finalmente pasó.

 Creo que estábamos comiendo y sonreíamos mucho. Recuerdo que su sonrisa hacía desaparecer el dolor de las heridas pero cuando recordaba como eran las cosas en realidad, me dolía el triple. Él se dio cuenta y me preguntó que me pasaba y yo le mentí, diciendo que las heridas me molestaban bastante. Sin explicación, él se me acercó y me revisó cada herida, subiendo mi camiseta sin decir nada antes. Entonces, teniendo su cuerpo tan cerca, sentí ese impulso. Fue, tal cual, un impulso hacia delante que me hizo darle un beso en una mejilla. Nadie dijo nada más en varios minutos. Había una tensión enorme, incluso más que en el tiroteo.

 Entonces el se me acercó y me besó y entonces perdí todo control. Su cuerpo en mis manos se sentía como lo mejor del mundo y sus besos me curaban de todas las heridas, pasadas, presentes o futuras. Fueron muchos besos y mucho tacto hasta que él se detuvo y se quedó como pensando. Yo no pregunté nada pero, sin embargo, él me respondió. Me dijo que quería a su novia pero que sentía algo por mí que no podía explicar. Me contó que nunca había besado a otro hombre en su vida y que sentía que yo le gustaba más allá de eso.

 Esa noche solo nos seguimos besando y por muchas otras noches y días, mantuvimos una relación de amantes. Suena tórrido y extraño pero así fue. Nos veíamos en mi casa y, aunque me sentía culpable a veces, nunca le dijo que no quería seguir con ello porque hacerlo había sido mentir y, en esa ocasión, no quería hacerlo.

 Una de esas noches que no nos habíamos visto había sido el día anterior. Tenía que vigilar a unas personas y después iría a mi casa. Pero nunca llegó y yo lo rastree con facilidad. Lo habían descubierto y casi lo matan en un terreno baldío, mientras llovía. Pero llegué a tiempo y maté a tiros a dos personas antes de liberarlo de unas cuerdas y darme cuenta que lo habían torturado con choques eléctricos y cigarrillos. Fue así que lo llevé al  hospital y lo demás ya se sabía.


 El director asintió. Parecía que todo mi relato había sido demasiado para él . Pero eso cambio en un segundo cuando se puso de pie y se acercó a mi. Me dio un apretón de manos y me agradeció por salvar a otro agente. Dijo que tenía trabajo y entendí que pedía que me fuera, cosa que hice. Ya en mi oficina, Daniela me había dejado un chocolate con una nota que decía “Tranquilo”. Ella lo sabía todo. Y por eso había encendido mi celular. No sé cuando lo había tomado de mi ropa pero en la pantalla había un mensaje. Era de Alejandro y decía: “Te necesito”.

miércoles, 1 de abril de 2015

El matrimonio de la prima

   Era una tontería, pero a Damián jamás le había gustado cortarse el pelo. Sentía que ir a la peluquería era un desperdicio de tiempo, que podía usar para adelantar algo de trabajo o relajarse en casa viendo alguna película interesante. Pero tenía que ir porque, como su madre le había dicho por teléfono, no podía presentarse como un “pordiosero” al matrimonio de su prima más joven. Con frecuencia su madre le recordaba que su prima tenía tan solo veinticuatro año y estaba recién salida de la universidad. Damián, en cambio, tenía casi treinta años y vivía de lo que había ahorrado en un trabajo que ya no tenía.

 Vale la pena mencionar, y él siempre se lo decía a su madre, que la empresa había quebrado por mal manejo del dinero. No lo habían echado ni había renunciado sino que la empresa simplemente había dejado de existir. Eso no parecía importarle a su madre, que había empezado a presionar a Damián cuando su hija Gabriela se había casado el año anterior. Antes, toda la atención de la madre había estado sobre ella pero ahora llamaba a Damián a todas horas, como si fuera una entrenadora viendo el estado de su único atleta.

 La verdad era que Damián no pensaba en ir al matrimonio pero Benilda, su madre, lo había amenazado tanto con las consecuencias de no asistir que prefirió no ir en su contra. Lo hizo comprar un traje, a pesar de la insistencia de él en que nunca lo iba a usar más ya que era un hombre creativo y no una marioneta de oficina. Eso a ella poco le importó. Dijo que siempre servía tener un buen traje, para ocasiones como bodas y funerales. Damián rió cuando escuchó lo de los funerales, contestando lo triste que sería para alguien verlo a él en traje y saber automáticamente que alguien murió.

 Cuando no estaba siendo acosado por las preguntas incesantes de su madre, Damián prefería escribir y dibujar. Eran las dos cosas que más le gustaba hacer y las únicas dos que sentía que hacía bien. Los deportes eran un caso perdido para él, principalmente porque pensaba que eran una idiotez. Y para los números no era precisamente un genio, cosa que le había costado su primer trabajo como cajero en una tienda de ropa. Damián también buscaba trabajo pero la verdad era que no se esforzaba mucho en ese cometido. No era fácil encontrar ofertas de trabajo que buscaran gente verdaderamente creativa. Todos apuntaban a tener alguien que se dejara manejar porque eso era lo que querían las empresas pero no lo que quería Damián como ser humano.

 Cuando dejaba de quejarse de todo, porque así era él, se quedaba callado e imaginaba lo que podría ser su futuro: un escritor reconocido, un dibujante prolífico o incluso un gran actor o un cocinero de renombre. Estas dos últimas cosas le llamaban la atención por dos de sus rasgos más notorios: era un gran mentiroso, muy bueno. Todo el mundo se creía completo lo que él decía, como si en la cara tuviese escrito que no podía mentir. En cuanto a lo de la cocina, era algo que hacía con frecuencia. Vivía solo, en el apartamento que antes había sido de su hermana, y allí cocinaba para sí mismo todos los días e incluso para un par de fiestas que había organizado allí mismo con sus amigos. Pero, siempre que volvía a la realidad, sentía que todo eso eran solo sueños ridículos y que a nadie, o a casi nadie, se le presentaban oportunidades tan grandes, tan fácilmente.

 Otro fin de semana, a una semana de la boda, doña Benilda arrastró a su hijo al centro comercial para comprar zapatos “decentes”. Al parecer, ella no veía con muy buenos ojos que su hijo fuese a usar zapatos deportivos negros con su traje nuevo. Ni siquiera cedió antes unas botas negras, militares, que Damián conservaba como un tesoro. Nada de lo que tenía le gustaba e insistió que debían ir a comprar unos nuevos. Después de un recorrido largo y tedioso por varias tiendas, la madre de Damián por fin encontró lo que buscaba: unos zapatos negros, que parecían hechos para un hombre mayor de noventa años. Eran incomodos, feos y no muy baratos pero ella los compró y Damián no pudo decir nada.

 Le dijo que lo invitaba a almorzar, ya que no parecía estar comiendo bien. La verdad era que Damián comía bastante pero lo hacía ciertas horas y había dejado de comer cosas que le sentaban mal a su estomago. Era increíble, pero su propia madre no tenía ni idea de lo que podía y no podía comer. Con la bolsa de los zapatos y un par de bolsas de compras que había hecho su madre. Se sentaron en una mesa de la plaza de comidas y su madre, sin parecer dudar mucho, le pidió a Damián que le comprara una carne con papas y ensalada en uno de los restaurantes. Damián le hizo caso y fue con pasa lento hasta el lugar.

 No había fila entonces el proceso fue rápido. Le dieron una de esas alarmas circulares, y le dijeron que el pedido estaría listo pronto. Desde la mesa, su madre le gritaba que usara el cambio para comprar su comida. Damián ya no era como en la escuela, cuando sentía vergüenza de sus padres si hacían algo ridículo pero en ese momento recordó el sentimiento. Se dio la vuelta, le agradeció al encargado y empezó a caminar para ver que pedía. En un local de comida saludable, había un joven jugando con un aparato electrónico, cosa que a Damián le llamó la atención. Se dio cuenta que tenía un menú bastante rico y decidió pedir algo.

 Fue cuando se acercó al sitio y saludó al empleado, que se dio cuenta de sus ojos. La sexualidad de Damián nunca había estado exactamente definida pero en ese momento supo que le gustaba mucho ese chico. Se quedó sin habla unos segundos hasta que subió la mirada y leyó en voz alta el menú que quería. El empleado sonrió, visiblemente extrañado por la actitud del cliente, y le cobró sin decir más. La transacción fue rápida y justo en el momento, vibró la alarma del pedido de su madre. Sin decir nada se fue pero a medio camino se dio cuenta que no tenía su cambio y tuvo que devolverse, rojo de la pena, a pedírselo al empleado, que le sonrió divertido.

 Esa noche, Damián soñó despierto de nuevo, esta vez con el lindo empleado del restaurante de comida saludable. Solo se lo imaginaba ahí frente a i dirigido dos veces. ojos color miel bien abiertos y esa sonrisa medio burlona que le habolo se lo imaginaba ahél, sonriendo, con sus ojos color miel bien abiertos y esa sonrisa medio burlona que le había dirigido dos veces. Pero como todos los sueños vividos de Damián, terminó sin conclusión y pro su propia decisión. Era una idiotez soñar con cosas que no iban a suceder nunca, y estar con alguien que lo comprendiera era igual de descabellado como soñar con ser un escritor famoso. Simplemente eran cosas que jamás iban a suceder y que no valía la pena pensar en ellas.

 Pasaron los días hasta que, por fin, llegó la hora del matrimonio de la prima joven de Damián. Su madre le exigió estar en el lugar de la boda temprano. Apenas llegó, no lo dejó ni saludar a su padre, a su hermana o a la novia sino que empezó a arreglarle el saco, la corbata e incluso trató de pulirle los zapatos con un pañuelo y saliva. Pero afortunadamente todo empezó rápido y tuvieron que sentarse y estar en silencio. Damián detestaba las bodas porque siempre decían muchas idioteces, en un momento u otro. Pero afortunadamente los novios parecían tener prisa de estar casados y la ceremonia fue rápida.

 En el salón donde se iba a celebrar la cena, Damián se sentó en la misma mesa que sus padres, su hermana y el esposo de ella. A Damián le caía bien él y, según le contó, conocía desde antes al esposo de la prima casada porque jugaba futbol con su hermano. Señaló entonces otra mesa para indicarle quien era el hermano del novio y Damián casi se cae de la silla cuando se dio cuenta que era el chico del centro comercial, al que no le había podido decir bien su pedido. Tratando de no sonar nervioso, le preguntó a su cuñado que hacía el hermano del novio y le contó que había salido de la universidad hacía unos años pero que no había encontrado trabajo estable. Tenía un par de oficios de medio tiempo. Era músico.

 De nuevo, Damián casi se ahoga y su cuñado le pasó una copa de champagne, con la que brindaron por los novios. Los platos de comida empezaron a ir y a venir y Damián se concentró en no mirar a la mesa del chico, del que todavía no sabía el nombre. No quiso hablar más del tema con su cuñado porque no quería que pensara que había más interés del normal, aunque así era y Damián se concentraba mucho en no mirar. Habló con su hermana y su cuñado de su nuevo apartamento, de sus trabajos, con su padre de la política nacional y su madre tuvo oportunidad de quejarse de más cosas. Entonces los novios interrumpieron mientras los meseros repartían el postre para anunciar su primer baile como esposos.

 Ellos bailaron primero y todos celebraron y luego la gente se les unió, incluidos los padres de Damián y su hermana y su cuñado. Se quedó solo y entonces perdió la voluntad y miró hacia la mesa que tanto lo torturaba. Pero allí no había nadie. Todos se habían levantado. Miró entre los bailarines, a ver si veía al chico pero no lo vio por ningún lado. Seguramente se había ido. Aunque si era el cumpleaños de su hermano…

-       Hola.

 El chico había llegado por detrás, sin aviso. Damián quedó lívido. El chico se sentó a su lado y empezó a hablar de las bodas y entonces Damián, lentamente, se unió a la conversación. Así hablaron por horas hasta que la fiesta terminó y tuvieron que ir todos a casa. Cuando llegó a su apartamento, Damián se dio cuenta que por el miedo a lo que podría pensar, no le había pedido el número. Pero no importaba porque entonces vibró su celular. Era un mensaje y Damián leyó:

-       Le pedí tu número a tu prima, mi cuñada. Estamos en contacto. Buena noche. Felipe.


 Damián sonrió y contestó sin dudar. Ya no más dudas. Solo hacer.