miércoles, 21 de enero de 2015

Quiero volver a soñar

   De pronto el piso dejó de existir y caí. No caí rápidamente, atraído por la gravedad. Caí lentamente, como si algo estuviera sosteniéndome mientras bajaba eternamente hacia algún punto allí abajo, entre la negrura del universo. Alrededor mío, solo había estrellas, enormes y pequeñas, cercanas y lejanas. Era fascinante tener la sensación de poder tocarlas con las manos pero, al hacerlo, pude darme cuenta que no eran calientes. Estaban frías, como el espacio alrededor mío.

 Mientras caía, pude ver formas y siluetas que se formaban allá lejos, adonde mi vista, que siempre había sido mala, no podía llegar. Entrecerré los ojos, tratando de ver pero no pude definir ninguna de las criaturas que parecían bailar allí. Supe que era hermoso, supe que era la existencia misma la que hacía que esos objetos o seres fluyeran como lo hacían. Pero mis ojos no veían nada. Era mi mente, era algo más allá de mi ser que me decía lo que pasaba alrededor mío.

 Mis pies descalzos tocaron entonces el fondo. Ni me había dando cuenta que ya había llegado y que la negrura había desaparecido, aparentemente de golpe. El piso era pasto, césped de un verde que parecía improbable pero que allí abundaba. Se sentía genial poder pisar la hierba, sentir el mundo bajo mis pies. Me detuve al ver que más allá, en las siguiente colina, había una casita. Se parecía a aquellas que los niños dibujan cuando va a la escuela.

 Mientras caminaba hacia ella, veía todos sus detalles: ventanas cuadradas e marco rojo, una puerta principal algo torcida de azul eléctrico, una chimenea de ladrillo ladeada en el techo y flores por todo el contorno de la construcción.  Era de color amarillo y parecía ser la única del lugar. Cuando llegué al frente de la casa, vi que no había nada más en el entorno más que el brillante pasto y el cielo que todavía estaba pintada de negro, aunque era de día.
Sin dudarlo, empujé la puerta. No tenía pomo y, de todas maneras, estaba seguro de que no era necesario. Quien iba necesitar de seguridad en un desolado paraje como este?

 La casa era perfecta por dentro. Todo parecía estar esperando uso, como si hubiera sido recién comprado por alguien para mí. O bueno, tal vez no para mi pero sí para alguien a quien quisiera mucho. Me senté en un bello sofá de flores de la sala y me di cuenta de que yo era el creador del lugar, al menos del exterior. Quien habría sido la persona que había comprado todo esto, hecho que este casa fuera un hogar propiamente dicho?

 Entonces, el sonido de la tetera inundó el lugar. Me levanté y caminé a la cocina y vi que alguien ya había preparado una taza con una bolsita de té negro y algo de azúcar blanco. Esa es mi bebida favorita, así que supo que todo esto era para mi. Serví el agua caliente en la taza y estuve ahí, pensando en todo, por lo que se sintieron como horas o más. Me di cuenta que ya había terminado mi bebida y entonces subí al piso superior. Ya vería las demás habitaciones de la planta baja después.

 Desde la escalera del descanso pude ver, a través de una de las ventanas cuadradas, que se había vuelto de noche otra vez. Pero no solo eso. Ahora las colinas habían desaparecido, siendo reemplazadas por un paisaje propio de la luna o algún otro cuerpo celestial. No sabía donde estaba pero, extrañamente, no me sentí conmocionado o asustado. De seguro, había una razón.

 Había solo tres puertas en el segundo piso y reí como tonto al ver lo que había detrás de la primera que abrí. Era el baño. Era bastante pequeño pero confortable, todo de madera, incluso el lavamanos. Había pequeñas botellas alrededor de este último y, en la ducha, había otra ventana cuadrada. Entonces tuve el impulso o, mejor dicho, la idea de que tenía que bañarme. Ahí mismo me quité la ropa que tenía y entré a la ducha. El agua estaba perfecta.

 Era todo muy raro. Lo sabía. En ningún momento pensaba que todo la situación tuviera algo de normal. De hecho, a través de la ventana pude ver el terreno desolado que había afuera y me sobrecogió una sensación de molestia, de fastidio. Como si ver ese terreno me recordara alguna sensación desagradable, algún recuerdo amarrado a mis ojos pero no a mi memoria.

 Entonces me di cuenta que ya no salía agua de la ducha y que ya estaba seco. Salí así del baño y supe que la puerta que había justo en frente era la correcta. La empujé y entonces vi algo que me pareció natural pero que sabía, no lo era del todo. Me vi a mi mismo, acostado en la cama, durmiendo. Una puerta se abrió dentro de la habitación: tenía baño interno. De allí salió alguien que no reconocí pero que sentí, debía conocer.

 Pude ver que era un hombre por su físico, pero su cara parecía inmersa en sombras. Era como si algo o alguien no quisiera que yo supiera de quien se trataba, aún cuando yo sentía muy en el fondo, que sabía exactamente que era lo que ocurría. El hombre se acostó en la cama, abrazándome. O mejor dicho, abrazando al yo que estaba allí dormido. Por alguna razón, esta visión me afectó, haciéndome llorar y luego me hizo salir corriendo de allí, hasta la puerta de la casa.

 La abrí de golpe y salí corriendo, apenas mirando para donde corría. Entonces tropecé con algo y caí de rodillas. El dolor era intenso y entonces olvidé porque había empezado a llorar, si es que alguna vez lo supe. Mis rodillas sangraban y me di cuenta que mis piernas y manos estaban cubiertas de un fino polvo gris, que brillaba cuando me movía. Miré fascinando como relucía y como, cuando lo trataba de limpiar, flotaba en el aire unos segundos y allí se quedaba.

 Me puse de pie y caminé. El suelo era inusualmente suave pero esto era un gusto para mis pies. No sé por cuanto tiempo caminé, desnudo, por aquel desierto espacial. Nunca miré atrás pero supe que la casa ya no estaba allí. Se había ido como había aparecido y no había manera de ir a buscarla. De todas maneras no quería volver a ella.

 Entonces algo brilló sobre mi cabeza, cegándome. Y el brillo invadió todo el lugar por lo que no pude seguir caminando. Entonces me dejé caer al suelo y caí en cuenta de que alguien controlaba el brillo. Sentía que había alguien más conmigo en el vacío del espacio. Yo no estaba solo.

 Se sintió como si cortaran una película de buenas a primeras. Fue cuando desperté. No de golpe, como suele pasar sino solo abriendo los ojos y viendo que el mundo real empezaba a dibujarse alrededor mío. Por varios minutos no me moví, tratando de recordar todo lo que pudiera sobre el sueño. Cuando me incorporé por fin, tomé una libreta y un esfero de la mesa de noche y empecé a escribir todo. Y aquí estamos.

 No sé de que iba todo. De hecho, no sé de que va nada en realidad y en un sueño es probable que entienda aún menos. Sería esa la razón de mi sueño? Seguramente. Dicen que las preocupaciones lo hacen a uno soñar cosas muy raras. Lo extraño era que yo me sintiera tranquilo en todos esos lugares y con todos esos cambios.

 Pero entonces pensé: quien era el hombre en mi habitación? Quien era el propietario de esa cara en sombras? Y porque había sentido una presencia que lo controlaba todo? Sentí miedo de mi mismo?

 Escribiendo esto me he calmado un poco pero no puedo dejar de pensar en lo que no slidad solo decida dejarme ir, cansado e atormenta la idea de que solo en sueños pueda entender que hacer con la vida y en la reaé, en lo que todavía no es o en lo que puede nunca sea. Me atormenta la idea de que solo en sueños pueda entender que hacer con la vida y en la realidad solo decida dejarme ir, cansado o tal vez sin la voluntad de hacer nada. No quiero ser nada y quiero ser todo al mismo tiempo.

 Pensándolo mejor, quiero volver a soñar.

martes, 20 de enero de 2015

Hate

   They all hate him. I know I do. He acts all perfect and many people around here think he is just that: perfect. I bet he hide so many thinks beneath those stupid smiles and acts of kindness. No human person is like that; we all act of cowardice or shame but never just because we are good. We just want to be it so bad we go to great lengths to transform in those idiotic beings that just spit positivity.

 He’s a fake. I just know it. He gave everyone a present on his floor last Christmas and even organized a party for them, dressed as Santa Claus. And people danced around him like dogs under the hypnosis of a really good trainer. It was disgusting how they looked, as if they were in the presence of God himself or at least one of the many saints. And he even acts the part, always helping and doing and being all over the place.

 Was he fat as a kid? Or did his parents maybe hate him? No, of course not. That wouldn’t have happened to him. People said that he would speak of his childhood often, remembering how it was all easier. Ha! Easier than now, when almost every single idiot in this office building treats him like his a deity? I doubt it. He must have been one of those insufferable jocks, full of himself, with everyone cheering around just because he looked like some guy from a magazine.

 I always try to get away from people like that. All they do is treat people like the stupidest of pets, making them do, as he wants. He doesn’t even have to ask, which is even more revolting. They just do it, as if getting the reward of his smile was more than enough to feed their children or pay their bills. I’ve heard them, women and children worshipping him in the elevator, talking about how kind and sensitive he is.

 People will believe anything if they want to, even if it kills them. They’re not smart enough to feel, to sense. I laugh in my head overtime they organized that annoying secret valentines game. They always try to pull me into that and, once, I almost agreed to do it. At the end of the day, I’m not much more smart than they are and I do work here with them. But then they spoke of how that stupid fuck was organizing it all. So I just said no and left for my house.

 Days after that I ran into him. He smiled to me! As I was a friend or one of his dogs. I just got out of the elevator and went to the bathroom, as I had no need to stand more than a minute in the presence of that cheeky smug smile, expecting me and anyone else to do the same. I want him to know that we’re not all enthralled by his physical appearance and his effort to be liked by everyone.

 He wants us all to like him? Then he should behave like any other of us, just work and shut the fuck up. We don’t wanna know about his colorful life full of beauty, and style and drama that’s only dramatic to him. Of course, he has been employee of the month so many times, no one even asks anymore about the picture they take when you win. They even said he asked fro the pictures to be removed, as he didn’t want to be disliked.

 Funny he said that, if he did say that is. Because I don’t dislike him. I don’t. Don’t ever get me wrong there. I hate him. I fully and truly hate his guts. I hate his smile, I hate those pictures of everyone’s holidays they put up once on the company’s Facebook page. Of course he was on a beach somewhere half around the world, tanned and his body ridiculously fit and lean. It was obvious that he was perfect in every fucking sense. And I hate that.

You may calm me resented or that I envy him. Maybe, I would not know if that is so. What I do know is that a fucking hate that guy and everything he stands for. He makes people feel less than they are and then he just greets them and think that will make everybody feel better because, like the Pope, he stretches the hand of all those less fortunate. And those poor devils do think that they are his friends just because he smiles at them or because they hear one of his stupid little stories.

 I’ve gone to the doctor, the shrink that is. Believe me, I’m not happy thinking about that guy every day in the office. So I went to see one of those doctors and he says I’m obsessive and I’m looking to deep into it. He tells me I should just leave it at that and live for myself. But I can, I have explained to him. How can I have time for my own when I have to go to that damn floor everyday and hear him make one of his lectures to people.

 That doctor doesn’t know I feel ill, sick to my stomach every time I hear that man’s voice. Many people say you can’t really hate, that it takes something really strong to feel that for someone. I tell you, I didn’t take a lot for me to feel what I feel. And it is hate, and I hate that feeling too. I have a life, not much but I do have it and I don’t want to spend it thinking of some male model that parades around.

 He hypnotized me once, that doctor. I thought the idea was stupid but I let him do it, as I wanted peace for once on my mind. He said, after I woke up or however you name it, that I have dangerous tendencies towards criminal behavior and that I have deep problems rooted in my brain. Fuck, what an idiot that doctor is. I could have told him that myself, awake and for a cheaper price. Of course, I never went back to see him. I don’t need people charging me for telling me the obvious.

 I want to kill him. That’s what the doc meant. And I have thought of it many times, carefully. I do it before I go to sleep or when I daydream at work. Some days ago he came to my corner and asked me for some papers. I wanted to throw up, right there. Sick isn’t it? Then, as I reached for the papers without saying a single word, I imagined punching him to his death. How beautiful would he look like with blood all over his face?

 This is not good. I know killing is a bad thing, that’s obvious. But what can I do? Every single time I see him, that strange rush invades my whole body and makes me feel like I could really do it. You know? I’ve thought several ways to do it, all of them fun to me. Of course I don’t share this with anyone. People would overreact and say I’m mass murderer or some shit like that. And the truth is I just want HIM dead. I know if I do it, I wouldn’t do it again. No need to.

 The day after he asked me for those papers, I decided I would follow him to his house. Why? Easy: before he dies I want him to tell me what lies beneath that entire perfect surface. Because, as you know, I don’t believe for a second all of those nice little details about his life and how he loves everyone and so on. I know there must be something really rotten below all that beauty. There always is. No one is perfect in this world and, the better the cover, the nastier the secrets.

 So I followed him down to the basement, because he’s one of few that comes work by car. And then it struck me: it doesn’t matter. His life, what he has or hasn’t done. I don’t give a fuck about that. What I really care about is the image he gives to the world. He might fuck children, kill whores or spread STD’s. I don’t care. I care about that fake smile he gives to everyone he meets. I want that finished.

 Yesterday, I almost went for it. I went to the bathroom to pee and he went in to and went for one of the stalls. We were alone. He was whistling. The rush came back and I knew that was the perfect moment. I could strangle him myself with my hands, seeing his soul leaving his body and his smile finally disappearing from his face. But when I decided to do it, another man came in and I just went out, breathing heavily as if I had been running.


 Then comes today. The guy announce to everyone, as if he was the president, that he will be leaving us to pursue other endeavors. I almost went crazy when I heard about it. But then, I relaxed. My life could get back to normal and I could make all these thoughts go away. Him leaving would be my cure. And the only person that would ever know about this all would be me because here, inside my head, there’s only me. And I’m thankful for that.

lunes, 19 de enero de 2015

Matrioskas

   Su obsesión bordaba en lo insano. Era realmente extraño ver como lo único que miraba en internet era fotos de más y más muñecas rusas para comprar, en vez de hacer lo que toda chica de su edad: hablar con chicos, subir fotos, compartir cosas, ... Pero no, a ella no le interesa en nada conocer a un chico. Cuando sus amigas hablando de novios o sexo, ella mágicamente desaparecía, a veces para ir al baño, otras para irse a su casa sin despedirse.

 Cualquiera que la conociera, y la verdad era que no mucha gente la conocía en profundidad, sabía que su obsesión con las muñecas rusas, llamadas mamushkas o matrioskas, había nacido de un solo set de muñecas que había pertenecido a su madre. Y ahí era donde se complicaban las cosas: su madre siempre había cuidado que Rania (como se llamaba la chica) tuviera la mejor educación y todo lo necesario para una juventud igual que la de cualquier otra niña. El problema era que la madre jamás había estado físicamente o, al menos, no lo normal.

 Resultaba que la mujer era escritora de viajes. Escribía para varios periódicos, revistas y guías de viajero. Era fascinante oírla hablar de sus viajes, de las diferentes culturas y de todas las personas que había conocido en años de aventuras por el mundo. Se sabía de memoria varios de los callejones de Mumbai, se sabía de memoria en que orden iban los edificios y las tiendas en los Campos Elíseos, conocía el mejor restaurante de sushi en Tokio y el mejor rincón para tomar fotos del Castillo de Chapultepec. Todos quienes la conocían la admiraban y hubieran querido ser ella, con tanto que hacer y tanto que mostrar y decir.

 Solo Rania sabía que tener una madre así, no servía de mucho. Sí, le traía (o más frecuentemente le enviaba por correo) hermosos regalos de varias partes del mundo. Tanto ropa como comida, pasando por aparatos de última tecnología y chucherías sin importancia que ella pensaba que le gustarían a su hija. Pero como iba a saber lo que le gustaba si muy pocas veces estaba en casa? Y cuando lo estaba, iba de arriba a abajo de la casa, visiblemente desesperada de tener que quedarse en un mismo sitio más de unos pocos días. Era como ver un tigre enjaulado, pensaba Rania. Y ella sabía, no muy dentro sino muy en la superficie, que su madre no la quería.

 Esto era fácil de ver. La mayoría de familiares que tenía Rania, tías y tíos y su abuela, se habían dado cuenta de ello y por eso eran ellos que cuidaban de ella. Fue su abuela que, cuando era muy pequeña, la puso a jugar con el set de muñecas rusas, traídas por su madre de la ciudad de Kazan. Los dibujos que había sobre las muñecas eran hermosos, delicados y sorprendentes. Su madre nunca la hubiera dejado jugar con ellas pero, como nunca estaba, Rania hacía que desde la más grande a las más pequeñas de las matrioskas desempeñaran un papel en sus juegos.

 Y así creció Rania, con las muñecas como su única verdadera compañía y sin extrañar a su madre que prefería estar escalando alguna montaña en algún lado o probando alguna comida rara a medio mundo de distancia. Solo a veces pensaba en ella, sobre todo cuando se sentía más sola y vulnerable. Pensaba que su madre bien podría haber tenido muchos maridos o una familia en otra parte y ella nunca se enteraría. Lo peor de todo era que no la conocía lo suficiente para saber si la mujer que la había engendrado era capaz de algo como eso.

 Incluso, alguna vez mientras miraba muñecas para comprar en una pequeña tienda de antigüedades, pensó que bien podría no ser hija de la mujer que le habían dicho era su madre. A ella no le constaba nada, aunque tampoco la hacía feliz el prospecto. Si no era su madre, debía agradecerle por la inversión que había hecho en ella. Después de todo le había comprado muchas cosas a lo largo de su vida, le había dado un hogar y educación. Pero también querría decir que alguien la había dado a esa mujer para que la cuidara. Mejor dicho, no habría una sino dos mujeres a las que no le interesarían verla. Ese pensamiento, le partía el corazón.

 A los doce años compró su segundo set de muñecas, mucho menos bonitas que las primeras pero apreciadas porque eran las primeras que ella había comprado con su propio dinero. Y así pasó el tiempo y compró más y más hasta que tuvo que convertir un closet que nadie usaba en su casa en estantería para poner los grupos de matrioskas que crecían a un ritmo acelerado. Sin embargo, nadie se preocupó ni dijo nunca nada respecto a esta particular obsesión. Su abuela, erróneamente, creía que se trataba de una manera de estar cerca de su madre. Era más bien reemplazar una cosa con otra. No era más que eso.

 Cuando llegó la hora de entrar a la universidad, pagada a distancia por su madre por supuesto, ella decidió estudiar diseño gráfico. Su sueño era diseñar más de las muñecas que tanto le gustaban, con nuevos rostros y colores y diferentes atuendos y accesorios. Quería que todo el mundo las amara igual que ella o más. Pero sus compañeras pensaban que una obsesión así era muy extraña, sobre todo para una joven ya mayor de edad. Muchos se burlaban de ella a sus espaldas y otros simplemente ignoraban ese detalle de su personalidad. La verdad era que Rania podía ser bastante simpática si se sabía como hablar con ella.

 De hecho, su mejor amiga Lina, una de las pocas, le compró un set de muñecas rusas pero pintadas como varios personajes de una popular película de ciencia ficción. A Rania le fascinó el regalo y aún más la idea de hacer de las muñecas algo más popular a través de elementos que todo conociera. Así que ideó algo más original y lo presentó como su trabajo de tesis: era seis grupos, cada uno con cinco muñecas. Cada grupo representaba un continente diferente y cada muñeca vestía como las mujeres que vivían allí. Representaba mujeres de ciudad como las de campo. Fue un trabajo arduo pero le valió varios elogios y las mejores notas que pudiera obtener.

 Rania no volvió a ver a su madre después de cumplir los 25 años. Para que ver a una mujer que no conocía, y que simplemente nunca le había preguntado como estaba o que sentía? Lo único que hizo fue comunicarse con ella por correo electrónico y por esa vía agradecerle todo lo que había hecho por ella y que ella le pagaría de vuelta, al menos parte de lo invertido. Resulta que Rania abrió una tienda en la que solo vendía muñecas pero del tipo que los clientes quisieran: a veces pedían que dibujaran a sus familias, otras veces algunos personajes que les gustaran o simplemente compraban de la selección que ella diseñaba.

 La mujer, su madre, jamás respondió y Rania no insistió. Prosperó con su negocio y, poco a poco, empezó a ser más abierta con quienes conocía y con los pocos amigos que tenía. Lo que más le gustaba era quedarse solo un rato en la tienda después de cerrar y darse cuenta como esas muñecas habían sido su salvación. Podía haber sido resentida con todo, odiar a su madre, detestar la vida como tal. Pero no. Rania no era así.

domingo, 18 de enero de 2015

Wasteland

   They had been walking for at least two hours, without taking a break or dropping the rhythm of their movement. They were only four people, all dirty on the faces, their clothes a bit ragged, their shoes all broken. The group kept on walking until they reached a group of large rocks, enough for them to hide from anyone coming from any direction. Inside the rock group there was sort of a clearing and a soft surface. They finally stopped walking, dropping their bodies hard against the rock.

They were two men, both around thirty years old, a woman of the same age and a child about ten years old. They all rested, laying down like starfish on the hard surface. It was late in the afternoon, so the shadow made by the rocks was perfect to avoid being toasted by the sunlight. One the men opened a backpack he had being holding. He extracted a water bottle and took a sip. He gave it to the others, who drank hastily, as if thy knew they wouldn’t have the chance to drink any liquids again

No one spoke, maybe because they wanted to keep their few energies to use them on something more worth it or maybe because there was nothing to be talking about. The truth was both reasons were accurate. What could you say when you’ve seen so many people killed, when you’ve escaped death by nothing more than a few seconds? Nothing, that’s what. The group lay down and didn’t move until it was almost night. It was the two men who got out of the small clearing, into the terrain outside.

It was clear they were in a desert or at least near one. The rocky surface on which they stood was covered, in some parts, by a thin layer of sand and other bright particles. One of the men, the taller one, went to the edge of the rock formation and stared at the horizon: he couldn’t see any light except the first stars appearing on the sky. He sighed in relief as that meant no one had followed them. The reason was of no interest; as long as they were safe the reasons could wait to be known.

The other man, some centimeters shorter, climbed the rocks steadily but making a sort of a grin as he did it. It was clear he was in pain, as with each step he let some air out. When he reached the top of that smooth hill, he was suddenly victim of a cough attack, in part because of what he had seen. He hit his chest a bit to clear his throat as he raises his head and so a never-ending desert past the hill. It wasn’t far at all and seemed to be larger than any ocean that the man had ever seen. This was good and bad, as it was a safe escape route but only because they exchanged a few dangers for other ones.

He turned around and joined the taller man. As he neared him, he realized the other one was crying. He wasn’t bothering to swipe the tears out of his face. He just crouched in the spot and cried in silence, staring at the horizon, which was now pitch black. The shorter one kneeled besides him and hugged him and kissed him on the cheek. Again, they didn’t say a word. This time too it was highly unnecessary to talk as everything they had gone through was beyond any word invented by men.

Some time afterwards, they penetrated the big boulders and found the woman and child sleeping. They looked at each other once and decided to join the others in the floor for a sleep. It took them almost an hour to feel the drowsy and to finally fall asleep. When they woke up the next morning, it seemed to be early still, as a cold wind blew over them. The shorter man stepped out of the boulders and took another look at their surroundings. Then, the first words spoken in that place for many years were heard:

Hunter! TO THE DESERT!

It took them only a couple of seconds to wake up and run out. They all stared at the horizon, were a cloud of dust could be seen, nearing the rocky hill they were standing in. It was clear their pursuers were still after them, restless. The shorter man turned around and walked uphill. They all followed fast. When they reached the top, they had to run down the other side. This had to be careful as many small rocks covered the hill. The woman actually fell and was helped up fast.

Once they reached the sandy bottom of the hill, they started to run, straight to the heart of the desert. It was difficult to run on sand, as it didn’t allow them to progress a lot. Nevertheless, they did it as if their lives depended on it and, actually, that was precisely true. As they ran more and more into the desert, they were all thinking exactly the same: they knew the hunters had no intention of entering that place as they knew people always died in there, never coming out on any side of the gigantic sea of sand.

But that was precisely the advantage they thought they had over the hunters. They were too busy hunting easier targets and chasing someone through a desert was not really worth it if they thought the desert and its lack of everything could kill them faster than they could. So when an hour had passed and the small group was already exhausted, they looked back for a moment: the hunters were at the edge of the desert, on a jeep, and appeared to be thinking what to do. Then, they did something no one thought they would ever do: they got out a missile launcher and pointed in their direction. Now, it was the tall guy who yelled:

RUN! RUN!

And they did but the missile had already been launched. It hit the soft desert surface and blew sand everywhere, forming a small storm in the spot. They were all thrown forward, over some small dunes and hitting the sand hard. The jeep turned around and the hunters left, as the small group began to regroup. The short guy had been spared of any injury but as he ran to the tall one, he realized he had been lucky. The other man lied in the ground, panting. His right arm had been burned, from elbow to shoulder.

The kid was crying, not far. He looked good, not injured besides some scratches. But it was the woman that did not seem very well. She was panting too but wasn’t sitting or standing up. She coughed and the kid screamed. The short guy neared him and realized the woman was very badly injured: one arm and one leg were broken. Her face had been badly burned and, as they look at her, she stopped breathing. The kid had stopped his crying but resumed it once he realized what had happened. The thing here was she wasn’t his mother but had acted like one for many days.

The tall guy had crawled next to them, just as the other one had closed the woman’s eyes. Again, he spoke very softly, as if he didn’t want to disturb the woman’s peace.

We have to bury her beneath the sand. Vultures won’t be long.

And he was right because, as they excavated the sand and put the body in there, several shadows began to circle them from above. When they finished, the birds landed close by, as if they needed to verify if there was a dead body among them. They had covered her in a lot of sand and hoped no storm would uncover the body. They didn’t mind the birds as they started walking through the desert, now slower than before.

When night fell, they sat close from one another and tried to light a fire with a lighter and some paper they had on the backpack but they weren’t successful at all. The cold was awful and only the kid fell asleep fast, surely because he was so tired. The short man decided to clean the other’s wound with a bit of water and told him, whispering to his ear, that he would need to get the burnt skin scraped of to let new skin grow. He agreed and stood up instantly. The kid didn’t felt as they walked away, behind a dune. The short guy moistened the paper he had tried to set on fire and advised the tall guy to bite something. He took of a shoe and put it in his mouth.

The screams could have woken a whole town, or so it seemed. But no one was near to hear it. The kid woke up but didn’t move, deciding to stare at the stars and remembering his family and all that had happened before then. As he heard the disheartening screams, he realized he didn’t remember his mother nor is father or any other relatives. He felt he had been running for years but realized that couldn’t be true. He fell asleep realizing he heard nothing anymore and feeling alone and hopeless.

Behind the dune, the two men were hugging. The arm had been properly scraped and it bled a bit. The man held it high as he had his nose in the other man’s hair. Then, in a raspy and sad voice, he said:

What are we going to do? – He sighed. Tears filling his eyes – I’m tired…

The other one gave him a gentle kiss on the lips and cleaned his eyes of tears.

We’ll keep living. They won’t finish us. We’re not dead yet.

And then they hugged tighter and the pain on the man’s arm wasn’t as strong as the one in his heart and soul.

sábado, 17 de enero de 2015

En Roma

   No estaba perdido ni nada parecido. Había mirado en el mapa que la solitaria calle por la que estaba caminando desembocaba directamente en una avenida más grande, que era donde estaba el museo que Marcos quería visitar. Estaba de paseo, solo, en Roma. Y hasta ahora todo había ido de maravilla. La gente parecía ser bastante amable y no entendía como existían rumores de que los romanos podían ser muy detestables. No eran exactamente los mejores conductores pero de resto, no estaban nada mal.

Marcos caminaba despacio por la calle empedrada, mirando a un lado y otro los hermosos edificios, que claramente eran más viejos que él e y que sus padres. Algunos habían sido visiblemente restaurados pero otros tenías las paredes cubiertas de moho y parecía que la pintura iba a caerse toda al mismo tiempo, un día muy próximo. De todas maneras tomó fotos de todo, como si quisiera luego reconstruir todo el lugar con esas imágenes.

Siguió caminando, tratando de no resbalar por las lisas piedras, y entonces llegó al frente de una majestuosa iglesia, con inscripciones en latín y relieves y esculturas en la fachada. Tomó algunas fotos y estuvo tentado a entrar pero se dio cuenta que las puertas tenían sendos candados puestos así que no hubo manera. Se dio la vuelta para seguir caminando pero entonces se estrelló contra un chico algo mayor que él que cargaba, con otro, una impresionante luz profesional, de las que usan para el cine.

- Disculpe.

Pero los hombres ni lo miraron, probablemente porque el objeto era muy pesado y las piedras en el piso hacían muy difícil la movilidad. Entraron la enorme luz por las puertas de un hermoso edificio, al que Marcos se acercó al instante. Allí afuera había otras luces de muchos tamaños y otros objetos de los que él no sabía nada. Miró por una ventana y vio que el interior del edificio era igual de impresionante que el exterior.

Había hermosos muebles y un papel tapiz precioso, que parecía ser verdadero satín. Del otro lado de la sala, llena de colores y brillos, se veía un patio interior iluminado con las luces en el cual había una fuente y varias personas iban y venían. Marcos se apoyó en el borde de la ventana y vio como una pareja se sentada en el borde de la fuente y recibía direcciones de un hombre con audífonos y una barba frondosa.

Los actores lo miraban y luego miraban lo que parecía un libreto en sus manos. La mirada iba de arriba abajo, como si verificaran lo que él decía. Frente a la ventana pasaron dos mujeres, que iban con un vestido de época muy bonito, de color azul cielo, y con un collar enorme que seguramente iba a ser usado por la misma actriz que usara el vestido.

Marcos estuvo viendo por la ventana varios minutos hasta que una mano se posó sobre él y casi lo hace resbalar sobre las piedras lisas. Se dio la vuelta para ver al chico de la luz, que le ayudaba a no caer cogiéndole el brazo. Marcos se incorporó rápidamente y se soltó de las manos del hombre.

- Gracias.
- Español? Yo hablo un poco. Italiano?

Marcos movió la cabeza negativamente. La verdad era que solo sabía algunas palabras y dudaba que una de ellas le sirviera de mucho en una conversación hecha y derecha.

- Gusta? – dijo el chico, señalando la ventana.

El chico turista tontamente volteó la mirada hacia allí, como si no supiera que por la ventana se veía como preparaban lo que seguramente era la siguiente escena de una película.

- Sí. De que trata la película?
- No película. Televisión.

Marcos abrió la boca, exagerando sorpresa. La verdad era que se sentía bastante incomodo, ya que el chico de la luz lo mantenía entre él y una pared. Además tenía la cámara colgando y un canguro color verde que lo hacía verse realmente estúpido. Pero eso no importaba en un museo o algún sitio turístico. Pero allí, lucía tremendamente estúpido.

Quieres entrar?

La invitación fue recibida por un asentimiento de cabeza de Marcos, que siguió al chico adentro de la casa. De verdad, el lugar era hermoso. Los muebles delicados, pintados de color dorado y tapizados con tela roja que tenía también bordado en hilo dorado. Algunas personas trabajaban aquí y allá. Todos parecían demasiado inmersos en sus cosas como para notar que alguien que no pertenecía allí los miraba con interés.

Marcos dio un respingo casi peligroso cuando el chico de la luz tomó su mano sin decir nada y lo llevó al patio interior que él había visto desde la ventana. Allí, lo ubicó frente a los actores a quienes saludó y ellos de vuelta. Les presentó a los dos y ellos se comportaron perfectamente amables, sonriendo siempre y sin parecer que tuvieran algo mejor que hacer que saludar a un turista. Se retiraron pasados unos minutos. De la mano de nuevo, el chico llevó a Marcos a un segundo piso, también bellamente adornado.

Estuvo tan ocupado mirando por todos lados, los variados colores y telas y tantos muebles y detalles, que no se dio cuenta que no había soltado a su guía. El chico le dijo que ya habían terminado de poner las luces que necesitaban para la próxima escena y que, si lo deseaba, podía ver el rodaje desde allí. Señaló entonces una terraza que daba al patio, donde había varias luces grandes distribuidas a su alrededor, mirando hacia abajo.

Se acercaron allí, finalmente soltando la mano del chico de la luz que saludó a algunos de sus compañeros de trabajo. Marcos se apoyó en la terraza y vio como otros actores, vestidos espléndidamente, estaban ahora en el patio y se disponían a hacer lo que mejor hacían. El chico trató de no moverse y miró si no estorbaba de alguna manera y entonces suspiró, sintiéndose bastante satisfecho consigo mismo.

La escena se rodó. La repitieron un par de veces pero Marcos pensó que, desde la primera, había quedado formidable. Aunque no entendía todo lo que decían los actores, estaba claro que eran muy buenos y que la película era de época, algún drama relacionado a una pobre mujer. En todo caso era fascinante ver todo eso ocurrir allí frente a sus ojos. Ciertamente era más entretenido que ver un objetos viejos en vitrinas, cosa que podría hacer otro día.

Cuando terminaron de rodar, una mujer de voz potente gritó algo muchas veces, pero Marcos no entendió que había sido. El chico de la luz se le acercó y le explicó que era la hora de comer. Le hizo una señal a Marcos para que lo siguiera y fue así que llegaron a un cuarto grande pero desprovisto de muebles o de la belleza del resto de la casa. Era solo un cuarto con polvo y las paredes y el piso bastante afectados por el tiempo.

El chico de la luz se acercó a una mochila y sacó de ella dos emparedados de pan baguette, cada uno bastante grande. Parecían tener muchas carnes frías y quesos y se sorprendió al ver que el chico le ofrecía uno. Él se negó pero el chico insistió y la verga es que Marcos tenía bastante hambre. Su desayuno no había sido nada que alabar. Así que recibió el sándwich y lo abrió al mismo tiempo que el chico de la luz abría el suyo.

Entre mordisco y mordisco, Marcos le confesó al chico que todo lo que hacían allí le había parecido increíble: los vestidos, los muebles, las enormes luces, los gritos de cada uno, los actores,… Era muy entretenido ver como hacían un programa de televisión. El chico le respondía, con la boca algo llena, que aunque era difícil a veces e incluso molesto, él no cambiaba su trabajo por nada más en el mundo. Su sueño, dijo ya tomando jugo de un termo, era ser director de cine. Quería ser como los grandes, aquellos que marcaban tendencias y todos conocían.

Marcos le sonrió y le contó que él estaba apenas estudiando para ser dentista. No era un mundo tan fascinante como este. Pero el chico lo animó, diciendo que todos necesitaban buenos dientes. Rieron un poco pero fueron interrumpidos por otro grito, anunciando una nueva escena.

Fue entonces que el chico le propuso a Marcos quedarse todo el día, y ver el resto del rodaje. Él aceptó, sin pensar en nada más. El chico entonces le cogió la mano de nuevo y juntos caminaron al balcón, uno a trabajar y el otro a seguir viendo la vida pasar frente a sus ojos.

viernes, 16 de enero de 2015

The Winter

   Helena worked in one of the many factories located along the river, a fast-flowing stream filled with waterfalls and whirlpools. Every single worker of the factories and the people from the town knew that it was very dangerous to play or stand near the river. But Helena always did, just right before work and just after it. She loved to see the big chunks of ice go down the river, fast, as if they had a rush to get the waterfalls lying only some kilometers further ahead.

What she loved about the river was that she felt strangely alive when looking at it. For her, it was almost as looking a group of children play ball or a market filled with buyers and sellers. Anyway, not much happened in town so when winter came and the river started its battle against the low temperatures, it was always entraining to see which one of the two won the match.

Helena’s post inside the factory was just next to one of the big windows. She had to stitch together two pieces of fabric in order to make underwear, which would be sold in many stores around the world. At least that was what they told all the women working there and, as most of them would have never had the money to pay for such nice clothes, they had no idea if they got only to the next town or a fancy store in Japan, or something.

Through the window next to her, Helena saw the river trying not to lose its power, its grace and insistence. People around her never understood her fascination with it but she had no need to tell them. After all, it was her thing and no one else’s so, she kept this particular enjoyment to herself.

One winter in particular, it was clear that the river would lose the battle. Helena lived upstream and many sections there were already frozen. It did look beautiful, she thought, but it was better when it was liquid and it could do everything, even if it got dangerous and often devastating. By the factory, some waterfalls had frozen over too and it was clear the river wasn’t going to hold much longer which was particularly bad for town.

The electric energy provided to the houses, the factories and so on, were generated by a dam upstream but if they reservoir froze over the electricity would stop arriving. And that’s exactly what happened on the third week of January, when the hum of electricity coming from various machines suddenly stop. The heating system in the factory failed too and they were told by their bosses to get to back home. If they received a call, it meant they wouldn’t need to come to work the next day. Helena knew there would be no call.

She walked home but first stopped by the baker.  It was clear he was having problems to as they were trying, with his son, to turn on a generator that worked on gasoline. Not that gasoline wasn’t expensive but the baker couldn’t afford to lose the job of one day. So they turned the machine on and Helena took home a baguette and a couple chocolate croissants. She ate one as she walked towards home to make her heart feel warmer.

When she entered her small cottage, she looked through the window and saw how the river was almost entirely frozen. Only a small stream of water passed through the ice and it wasn’t enough to make the dam work; that was obvious. Helena left her bread in the kitchen and went up to change off her work clothes. She put on a thick sweater and loose pants, the kind you use to exercise. She went down to the kitchen and checked the time on a clock hanging over the oven: it was one o’clock.

Realizing they had really been let go rather early and wondering if this time the call would be real, she decided to make herself a proper lunch. She normally ate something like a sandwich in the factory’s cafeteria but the bread there was normally stale and the meat seemed to have seen better days. Helena decided she would take this chance to make herself something delicious to eat. So she checked the cupboards and the fridge, which wasn’t working anymore, and decided to make a nice fish on herbs and roasted potatoes to go with it.

She checked her oven and it did work. Thankfully, it worked on gas and not with electricity so she could cook her dinner there. In an hour, she was seating down to a small table by a window, the one from which she could see the frozen river. She started eating the fish, enjoying herself despite the cold. Then, for a moment, she stared again at the river but her expression was now pensive, almost sad. She seemed to scare the thoughts out of her head, in order to continue eating. But when she finished she was again looking at the window.

Several minutes passed until she stood up, washed the dishes and went to her room. Somehow, she didn’t really feel cold or tired. She just wanted to lie down and think. From her room, the river could be seen to but she deliberately lay with her back against the window. She didn’t want to look at it, at the water, anymore. She had tried hard to have a nice relationship with it but sometimes it got hard. It was as if winter made it harder on purpose, in order to make her remember.

 It had happened in winter too, so maybe that was why. One day, Helena had been walking upstream with her, holding hands, looking at every animal remaining in the cold and at every plant that looked as if they were also fighting the winter, just like the river. They had stared at the beautiful shapes of a frozen waterfall and the silent and peaceful sound of the remaining water, sometimes underneath the thick layer of ice.

The next day, she woke up suddenly, like scared or as if her body was warning her of an incoming danger. And it did: she looked through the window just in time to see how her only daughter, age five, was taking a first step into the frozen water. She ran as fast as she could, in her pajamas, almost falling to the ground, getting mud and frost all over. But as she drew near she heard that horrible sound, the sound that she would never forget.

It was the ice cracking beneath the feet of her daughter. In that moment, she screamed, calling her. Nowadays, she wished she hadn’t. The little girls, got even more scared because of this and decided to walk back to shore but then the sound coming from the ice became louder and Helena saw how her daughter was engulfed by frozen water. When she got to the spot where her daughter had been, she realized the river was only superficially frozen. Underneath, water still moved fast.

She ran downstream, screaming for help and then falling mute, as she saw her daughter’s body floating face down underneath a thin layer of ice. She broke it with her fists, dragged the girl from the water and held her in her arms as people gathered around and saw what had happened. Her daughter was dead, in the blink of an eye. From that day on she respected the river but she hated it too because it had taken her life from her.

Her daughter, a bright young girl, was going to be such a better person that she had ever been. She was going to be someone amazing and outstanding, fearless and strong. Helena was going to help her do whatever she wanted to be the best of all. She would have the courage to leave town and really live the life she wanted for herself. And Helena would have been proud and happy for her, because her life dream would have come true.

But the river ended that. She ended that. She blamed herself, even if it was worthless to do it. During winter, she remembered her daughter almost every day and tried to be strong enough to keep living but sometimes it got extremely difficult, because Helena realized she was truly alone in the world. She fell asleep crying in silence, in her bed.

But the following morning she went, as usual, to work. The dam was still no working but they had to work anyway. She stopped by the river on her way to work and looked at it for a couple of minutes, paying her respects. She got hold a beautiful surviving twig, with some leaves on it, and threw it in the water. Then she moved on, to work and to the rest of her life.

jueves, 15 de enero de 2015

Hombre libre

   Mientras hacía el desayuno pensó que, por primera vez en mucho tiempo, cocinaba algo para si mismo. La verdad era que ya no tenía ni tiempo de alimentarse bien por culpa de la carga laboral y los fines de semana siempre surgía algún trabajo extra o la familia molestaba con algo para hacer. Siempre tenía que recibir comida de extraños o familiares, pero hecha por ellos y, con el asco que todo le daba al pobre de Damián, era una incongruencia que no tuviera el tiempo para hacerlo todo él mismo.

Su pequeño apartamento se llenó rápidamente del olor de las salchichas de pavo que tostada en una sartén. Al lado tenía una tortilla de huevo en proceso y en la mesa estaba ya servido un buen jugo frío natural de naranja. Todo parecía demasiado perfecto y la verdad era que esperaba que alguien lo interrumpiera, en el peor momento. Así que cuando sirvió todo y se sentó, fue natural que esperara un par de minutos para ver si no sonaba el teléfono o el intercomunicador con la portería del edificio.

Pero ninguno de los dos hizo ruido alguno. Así que Damián empezó a comer con gusto, como si hubieran pasado años desde que había probado el último bocado de comida. Y esto aplicaba si se hablaba de comida casera y decente. Siempre le parecía que lo que comía carecía de algo, sea de sabor, preparación o incluso presentación. La verdad era que a él le gustaba mucho lo bueno que tenía la vida, esos detalles tontos que le arreglan a uno la existencia. Pero tenía tan poca oportunidad de disfrutarlos, que era natural su jovial entusiasmo.

Mordió una de las puntas de una salchicha y le pareció haber pegado un salto: el sabor era delicioso. Se le ocurrió algo y se puso de pie. Buscó en la cocina y sacó de la alacena una botellita plástica que contenía mayonesa. Puso un poco en el plato y untó allí la salchicha. El siguiente mordisco le arrebató senda sonrisa de la cara, como si jamás en la vida hubiera comido. Por un segundo, se sintió tonto. Pero no le importaba. Disfrutar la vida no le hacía daño a nadie y se lo ponía a l muy feliz.ie y se lo ponea. Disfrutar la vida sinti ocurrina del plato, mo.nte. Siempre le parecél muy feliz.

Siguió pues con la tortilla, que había mezclado en un bol con algo de espinaca que le sobraba. Además le había echado bastante pimienta así que el sabor resultó ser exactamente el que él buscaba. En nada difería de lo que su imaginación había querido elaborar. Incluso, se podía decir que sabía mejor de lo pensado. Se mandó otro bocado, pensando que si hubiera querido ser chef, hubiera tenido bastante éxito. Incluso podría haber tenido un restaurante pequeño, de esos que no ponen ramitas de cosas sobre la comida sino que se preocupan por el sabor y no como se ven las cosas.

Pero no era cocinero ni nada parecido y ese era solo un sueño que no cumpliría por culpa de su problema más grande: el tiempo. Trabajar como un esclavo (no, no es exageración) en un banco en el que nadie se responsabilizaba por nada pero a todos se les culpaba de cualquier error cometido, era verdaderamente un fastidio. Damián siempre se burlaba de esas películas que mostraban como la gente hacía amigos y había un sentido extraño de comunidad en las oficinas. Pues bien, eso era una asqueroso mentira, al menos en su caso.

Mientras comía despacio, disfrutando cada pedacito casi sagrado de comida, Damián se ponía serio al pensar en su trabajo y sus amistades. La verdad era que amigos como tal, no creía tener. Había uno que otro, no más que el número de dedos en una mano, que a veces lo llamaban o le hablaban por el computador o el teléfono móvil. Cada mucho tiempo, cuando no estaba muerto del cansancio, salía con ellos a beber algo y hablar de las típicas tonterías que habla uno con la gente cuando no se quiere hablar de trabajo o responsabilidades. Así que casi siempre las conversaciones iban de sexo.

Esto último era algo bastante gracioso ya que Damián no era precisamente un erudito al respecto. Había tenido su primera relación sexual ya estando en la universidad, con veinte años de edad. Y después de eso, si se hacía una lista exhaustiva de las mujeres con las que había estado en diez años, el número no llegaba a ser mayor de ese mismo número: diez. Y eso era confiando en su memoria, que no era muy buena que digamos. Tenía más facilidad para los números en el momento que para recordar eventos que habían ocurrido hacía tiempo. Si había números en juego era otra cosa pero jamás recordaba un día en particular del pasado.

Los números eran su ventaja pero a la vez su maldición. Le habían dado el trabajo que tenía y algunos bonos que había recibido, hacía ya tiempo, por haber resuelto problemas especialmente intrincados. Pero esta habilidad poco o nada servía con las mujeres que siempre querían que Damían recordase todo, desde el primer momento que se habían visto, y eso para él era imposible. De hecho, él siempre argumentaba que todo eso no tenía interés ya que el quería vivir ahora y no hace un mes. Pero la mayoría no pensaba igual. Por eso estaba soltero y la verdad era que no le molestaba.

Su pequeño apartamento era su orgullo. Tomando un buen sorbo de jugo, miró a su alrededor y se dio cuenta de que el sueño de tener un hogar podía darse por cumplido. Desde que estaba en la universidad, había soñado con tener un lugar propio, donde fuera pero que fuese para él solo, que fuera una especie de santuario personal, en el que él gobernara como quisiera. Y así era hoy su hogar: pequeño pero bien decorado, ordenado y limpio pero sin excentricidades. Su cama, eso sí, siempre parecía el nido de un pájaro enorme ya que eran pocas las veces que la arreglaba apropiadamente.

Pero hoy estaba tendida y hacía que el cuarto pareciera el de un hotel modesto. Esto alegraba a Damián, ya que disfrutaba de lujos como ese: el de quedarse en un buen hotel y sentirse atendido y hasta mimado. Hacía un año exactamente, había usado buena parte de sus ahorros en un viaje extraordinario por las islas hawaianas y no había escatimado en gastos. El hotel en el que se había quedado era un palacio, con todo incluido y lo mejor era que había probado y hecho muchas cosas que siempre había pensado hacer pero que no había podido.

Aunque era cierto que el trabajo era el culpable de la mayoría de sus desgracias, también era el que le proporcionaba el dinero para hacer muchas de las cosas que más le gustaban. Técnicamente él se proporcionaba el dinero pero eso era otra cosa. Lo malo era que solo daba dinero pero no tiempo. De aquello, muy poco. Y su familia absorbía mucho de su tiempo libre aunque no los juzgaba por ello. Pero hubiera querido que no fueran tan dependientes o tan unidos. Parecía malo pensarlo así, pero Damián necesitaba tiempo para él mismo.

Alguna vez le había dicho esto a sus padres y ellos habían asegurado comprender pero al siguiente fin de semana le pidieron que los ayudase a colgar algunos cuadros y arreglar una ducha que no estaba funcionando bien. Los amaba, eso no estaba bajo discusión. Pero los podría amar igual si dejara de verlos así fuera por un fin de semana al mes. Eso hubiera sido perfecto.

De hecho, sería algo así como este fin de semana. Al terminar de comer su desayuno, Damián no pudo evitar pensar si sus padres tendrían problemas serios o si el banco no hubiera podido comunicarse con él por alguna razón. Lavó los platos, ya inquieto por la falta de molestias y, cuando se terminó de sacar las manos, revisó su correo de trabajo que era el que usaban para darle tareas dominicales. Pero no había nada. Buscó su celular para llamar a sus padres pero entonces se dio cuenta que le habían dejado un mensaje de voz.

Aquí vamos – pensó.

En el mensaje su madre le decía que iban a pasar el fin de semana con su padre en una pequeña finca que tenían unos vecinos así que no lo necesitarían para nada. Le mandaban besos y abrazos y habían colgado, sin más.

Damián necesitó de algunos momentos para entender que, por primera vez, no solo había cocinado su propio desayuno sino que también era un hombre libre. Así que, sin un plan trazado, se duchó, se puso algo cómodo y salió por la puerta, no sin antes acordarse de dejar su teléfono móvil en casa: nadie le iba a quitar el placer de no tener que hacer nada, al menos este fin de semana.