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viernes, 15 de septiembre de 2017

Sombras del pasado

   Mi cuerpo goteaba sobre el la alfombra de la casa. Me paré al lado del marco de la puerta, tratando de aguzar el oído. De pronto podría oír alguna voz o alguna otra cosa que no fuera el timbre que había creído percibir debajo de la ducha. No había una toalla limpia y no sabía donde había más. Como la casa estaba sola, no me importó salir de la ducha así no más, desnudo, a ver que era lo que pasaba afuera. Estuvo allí de pie por segundos, pero los sentí como si fueran varias horas.

 El sonido del timbre debía haber sido imaginario porque no hubo más ruidos extraños. Lo único que me sacó de mi ensimismamiento fue el viento, que sacudió con violencia un árbol en el exterior e hizo que varias de las hojas más débiles cayeran como granizo contra la casa y el césped de afuera. Estaba en una casa alejada de la ciudad, de cualquier pueblo. Se podía decir que era una granja pero no tenía ese aspecto. No había granero ni nada por el estilo. Debía de haber pertenecido a alguien con dinero.

 Me metí a la ducha de nuevo, tratando de quitar de mi cuerpo la gruesa capa de sudor, grasa y mugre que tenía de haber caminado por tanto tiempo. Mi ropa sucia estaba en un balde con jabón en la cocina. Y no había mirado aún si la gente que había vivido allí había dejado ropa, menos aún si algún hombre había pertenecido a esa familia. Y si eso era un hecho, podía ser que fuese un hombre más alto o más gordo o con un estilo muy diferente al mío. Aunque eso la verdad ya no me importaba.

 Estuve bajo el agua por varios minutos más, hasta que el agua caliente se acabó y se tornó tan fría como el viento nocturno que había sentido por varios meses, en el exterior. Había caminado por las carreteras, pasando por zonas desoladas por la peste que nos había golpeado, había visto pueblos destruidos o simplemente vacíos. Incluso tenía en la mente la imagen de varios cadáveres pudriéndose frente a mis ojos. Era difícil dejar de pensar en ello. Era entonces que me ponía a hacer algo con las manos.

 Puede que en mi pasado no fuese la persona más manual del mundo, pero ahora nadie me reconocería puesto que cortar leña o cazar animales pequeños y apenas cocinarlos sobre alguna lata retorcida, se había convertido en algo normal en mi día a día. Encontrar esa casita color crema en la mitas de un campo amarillento había sido casi como encontrar el paraíso. Debo reconocer que cuando la vi, pensé que había muerto. No me puse triste cuando lo pensé, más bien al contrario. Pero ningún sentimiento duró mucho, pues mis piernas siguieron caminando y entré.

 Salí de la ducha casi completamente seco. Había encontrado una pequeña toalla para manos en el cabinete del baño. No había nada más, solo unas medicinas ya muy pasadas y una cucaracha que había muerto de algo, tal vez de aburrimiento. Apenas terminé con la toalla, la lancé sobre la baranda del segundo piso y la vi caer pesadamente al primer piso. Algo en esa imagen me hizo temblar. Por primera vez pensé en la familia que tal vez vivió en la casa, de verdad creí verlos.

 Me pareció escuchar la risa de adolescentes traviesos y de algún niño pequeño quejándose por el hambre que tenía o el pañal lleno de la comida del día. También imaginé la sonrisa de la madre ante los suyos y las lágrimas que tal vez había dejado en el baño en incontables ocasiones. Pensé en mi madre y por primera vez en mucho tiempo me vi a mi mismo llorar, sin razón aparente. Ya había llorado a los míos pero no los pensaba demasiado porque dolía mucho más de lo que quería aceptar.

 Estuve allí un buen rato, en el segundo piso, mirando las habitaciones ya con el papel tapiz cayendo y los muebles pudriéndose por la humedad que había entrado por las ventanas rotas. Sin embargo, era fácil imaginar una buena vida en ese lugar. Se notaba que la persona que la había pensado, fuese un arquitecto o un dueño, lo había hecho con amor y pasión. Era muy extraño ver algo así en ese mundo desolado y sin vida al que ya me había acostumbrado, un mundo gris y marrón.

 Bajé a la cocina casi corriendo, casi feliz de golpe. Recordé mi niñez, cuando una escalera parecida en casa de mi abuela había sido el escenario perfecto para muchos de mis juegos. Allí había imaginado carreras de caballos y de carros, había jugado a la familia con mis primos y a correr por la casa y el patio como locos. Era esa época en la que los niños deben ser niños y no tienen que pensar en nada más sino en ser felices. La vida real está fuera de su alcance y por eso los envidiamos.

 Llegué a la cocina con una sonrisa, que se desvaneció rápidamente. Miré el balde lleno de agua sucia, ya mi ropa había dejado salir un poco de su mugre. Miré el lavaplatos y allí vertí el contenido del balde. Gasté lo poco que todavía había del jabón para lavar la ropa y me pasé un buen rato fregando y refregando. Mis medias llenas de barro, mis calzoncillos amarillos, mis jeans cubiertos de colores que ni recordaba, mi camiseta con colores ya desvanecidos y mi gruesa chaqueta que ahora pesaba el triple. Las botas las cepillé y al final me dolieron los huesos y los músculos de tanto esfuerzo.

Saqué el agua sucia, la reemplacé con agua fría limpia y dejé eso ahí pues estaba cansado y no quería hacer nada. Hacía mucho que no dejaba de hacer, de moverme, de preocuparme, de caminar, de procurar sobrevivir. Por primera vez en mucho tiempo podía relajarme, así fuese por unos momentos. Fui caminando a la sala de estar y me sorprendió que allí los muebles se habían mantenido mucho mejor. Me senté sobre un gran sofá y me alegré al sentir su suave textura en mi cuerpo.

Me acosté para sentirlo todo mejor. El sueño se apoderó de mi en segundos. Tuve un sueño, después de mucho tiempo, en el que mi madre y mi padre me sonreían y podía recordarlas las caras de mis hermanos. Solo recordaba como lucían de mayores, sobre todo como se veían la última vez que los vi, pero su aspecto juvenil parecía algo nuevo para mí. Los abracé y les dije que los amaba pero a ellos no pareció importarles mucho. Estaban en un mundo al que yo nunca iría.

 Cuando desperté, me di cuenta de que había llorado de nuevo. Me limpié la cara y, afortunadamente, no tuve más tiempo para ponerme a pensar en cosas del pasado. Mi estomago gruñó de tal manera que me pasé un brazo por encima, inconscientemente temiendo que alguien escuchara semejantes sonido. En la casa era seguro que no había nada pero era mejor mirar, por si acaso. Ya era de noche y no era buena idea salir a casar así como estaba, en un lugar aún extraño para mí.

Como lo esperaba, no había nada en la nevera. O mejor dicho, lo que había eran solo restos que olían a los mil demonios. Había una cosa verde que parecía haber sido queso y algunos líquidos que habían mutado de manera horrible. Cerré de golpe la puerta blanco y eché un ojo en cada estante de la enorme cocina. Casi me ahogo con mi propia saliva, que cada vez era más a razón del hambre que tenía, cuando encontré un paquete plástico cerrado de algo que no había visto en mucho tiempo.

 Eran pastelitos, de esos que vienen de a uno por paquete y están rellenos de vainilla o chocolate. La bolsa en la que venían estaba muy bien cerrada y cada uno parecía haber soportado el paso del tiempo sin contratiempos. Hambriento, tomé uno, lo abrí y me comí la mitad de una tarascada.


 De nuevo, me sentí un niño pequeño robando los caramelos y pasteles dulces a mi madre, cuando no se daba cuenta. No nos era permitido, era algo prohibido comer dulce antes de la cena. Y sin embargo allí estaba yo, un hombre adulto desnudo, llenándose la boca de pastelitos de crema.

lunes, 11 de septiembre de 2017

El engranaje del gran reloj

   Cuando tenía apenas diez años, Carlos tuvo que ir a una cita médica de urgencia por una hemorragia severa. Sin querer, su hermana menor le había dado un golpe con el codo directo a la nariz con una gran fuerza. La nariz estaba rota y la sangre había manchado ya varios cuartos de la casa antes de que los padres se dieran cuenta de lo que estaba sucediendo. Para cuando llegó al hospital, el pobre niño estaba algo mareado y no sabía muy bien lo que pasaba a su alrededor.

Despertó muchas horas después y, por fortuna, no tuvo que quedarse mucho tiempo allí. Solo los días suficientes para que los vasos sanguíneos se sanarán y los médicos hicieran una simple cirugía para arreglar el daño causado. De ese acontecimiento de la niñez surgieron dos cosas. La primera fue un lazo de amistad muy cercano con su hermana Lucía. Carlos jamás la dejó atrás de ahí en adelante, metiéndola a todos los juegos e incluyéndola en conversaciones a las que normalmente no estaba invitada.

 Esto creó en ella una confianza sin par, que se vio relucir en sus años de adolescencia y más allá. La joven agradecía siempre a su hermano por todos sus éxitos y le dedicaba siempre algún tiempo para que compartieran confidencias. Más que hermanos, eran amigos muy cercanos que sabían todo del otro. Fue así como ella fue la primera en saber que a Carlos le gustaban los chicos, muchos después de que él mismo empezara a experimentar por su cuenta.

 La razón para una experimentación tan temprana eran fruto de la segunda consecuencia que había tenido el accidente de la nariz: los médicos habían hecho análisis de sangre exhaustivos para verificar que el niño no sufriera de algo grave, como hemofilia. De esos exámenes salió un resultado inesperado: el niño tenía un gen bastante raro que se había probado era inmune a una gran variedad de virus que afectaban al ser humano. Entre esos estaba el virus del VIH/Sida.

 No era común que a un niño le hicieran ese tipo de examen y los padres reclamaron al escuchar los resultados de los exámenes. Les ofendía que su hijo se convirtiera en un conejillo de indias o algo parecido, y mucho menos para investigar enfermedades que solo tenían los “enfermos sexuales”. Esas fueron las palabras exactas que escuchó Carlos a esa joven edad. Eso selló, de cierta manera, su manera de ser frente a sus padres. Ello nunca sabrían de su verdadera vida sino hasta muy tarde, cuando ya no tenía sentido acercarse pues la distancia había crecido demasiado.

 El tema de su sangre e inmunidad, intrigaron mucho al niño. Los médicos insistieron una y otra vez en hacerle más exámenes pero los padres se negaron. Como era menor de edad, los doctores se rindieron pues sin el consentimiento de los padres nada sería posible. Sin embargo, todo el asunto hizo que Carlos se interesara por su especial característica y empezó a averiguar todo lo que podía en la biblioteca más cercana y en el portátil que pedía prestado a su padre, alegando querer jugar cosas de niños.

 La única que sabía de sus investigaciones era su hermana, que parecía interesada a veces y otras de verdad que no entendía que era lo que buscaba su hermano con todo ese asunto. Pasados dos años, con mucho conocimiento encima y las hormonas a flor de piel, Carlos experimento su primer encuentro sexual con un chico algo mayor que él. Se habían conocido en el equipo de futbol del que él era parte y habían terminado en sexo sin protección en la casa de su compañero.

 Tras el suceso, supo que era homosexual y que le gustaba el sexo. Entendió que su inmunidad lo hacía especial de cierta manera, pues así había convencido a su amigo de no usar un preservativo, que él aseguraba poder robar de un cajón en la habitación de sus padres. Ese fue el inicio de la vida sexual de Carlos, que tuvo muchos personajes y varios momentos en los que el joven se dedicó a explorarse a si mismo, no solo de manera física sino en otros niveles igual de importantes.

 Apenas cumplió los dieciocho, aplicó a una beca para irse a estudiar a Europa. La verdad era que no resistía más vivir en casa, con la tensión clara con sus padres y una hermana que ahora tenía su propia adolescencia para vivir. Tan pronto le anunciaron que había ganado la beca por sus buenas notas y dedicación al estudio, Carlos lo anunció a sus padres que estuvieron muy orgullosos y lo apoyaron sin condiciones. Fue la vez que se sintió más cerca de ellos, en la vida.

 Los abrazó en el aeropuerto y le dio besos en las mejillas a su hermana. Sin duda la iba a extrañar pero le prometió escribirle un correo electrónico al menos una vez por semana con lujo de detalles sobre su vida en un país nuevo. Y así lo hizo. En los estudios le fue excelente, siendo siempre dedicado y cuidados con sus estudios. Pero en Europa descubrió con rapidez que podía ser un joven homosexual abierto, que podía dejar de esconderse de todo y podía vivir de manera libre, haciendo lo que quisiera sin los límites de su vida anterior.

 Usaba la historia del codazo siempre que quería ligar con alguien. Con el tiempo, se dio cuenta que ha muchos no les interesaba escuchar historias de infancia. Su vida universitaria la vivió entre el estudio entre semana y las sesiones de sexo los fines de semana. Era casi una rutina que había adquirido con los días y que solo se detuvo con el tiempo, unos años después de terminar la carrera y empezar a trabajar. Como en muchas cosas, la razón para este nuevo cambio fue el amor.

 Cuando vio a Juan por primera vez, no supo que hacer. Eso era bastante extraño pues siempre había sabido qué decir y como comportarse frente a otros hombres, en especial si buscaba tener algo con ellos. Pero entonces entendió que no quería tener sexo con Juan sino algo más. Tal vez era por haberlo conocido en un lugar diferente a un bar o a un club de caballeros, pero el punto era que por muchos días no pudo quitárselo de la cabeza hasta que lo volvió a ver, por pura casualidad.

 Fue en una farmacia. Carlos estaba detrás de Juan en la fila para preguntar por medicamentos. Solo se dio cuenta que era él cuando lo tuvo de frente y a la bolsita que tenía en la mano. Juan se veía nervioso y Carlos se puso igual. Los dos estaban así por razones diferentes pero sonrieron al darse cuenta que causaban un pequeño embotellamiento en la farmacia. Carlos, de la nada, le pidió a Juan que los esperara. Pidió su crema especial para el dolor de músculos y se apresuró a hablar con Juan frente a la farmacia. Lucía supo todo a las pocas horas.

 Fue así como empezaron hablar. Pocos días después tuvieron una primera cita. Luego otra y otra y así pasaron varios meses, escribiéndose mensajes tontos por el celular y yendo a ver películas para luego criticarlas comiendo comida chatarra. Las noches de películas se trasladaron a sus apartamentos y fue en una de esas noches, meses después de conocerse, en la que Carlos quiso tener su primer encuentro sexual con alguien que amaba de verdad. Pero Juan lo detuvo, con una mirada seria.

 Juan tenía VIH. Lo confesó con lágrimas en la cara. Era algo con lo que vivía hace mucho pero era la primera vez que se enamoraba de alguien y creía que las cosas no podrían seguir pues era algo demasiado serio, en especial en una pareja del mismo sexo.


 Sin embargo, Carlos lo besó y le contó su historia. Más o menos un año después, la pareja se casó en un pequeño balneario junto al mar. Se quedaron allí varios días, felices de haberse encontrado en la vida. Parecía algo imposible pero nadie podía estar más sorprendidos que ellos mismos.

miércoles, 20 de julio de 2016

Vida dental

   Para Diego, lo más importante del mundo era su profesión. Desde pequeño, cuando miraba la televisión o jugaba con sus amiguitos, se imaginaba siendo el mejor de los odontólogos. Claro, no era un sueño poco común pero había nacido de un sentimiento noble de ayudar a los demás, dándoles algo en la vida de lo que pudiesen estar orgullosos. Los dientes de pronto no eran lo más importante para nadie, pero son una de esas cosas que es mejor tener bien cuidados y con todo en orden para no tener que preocuparse.

 Suponía que su idea de ser odontólogo había empezado cuando, al ver sus programas favoritos, los personajes aconsejaban en un momento determinado que los niños, es decir los televidentes, se cepillaran los dientes después de cada comida para tener una boca sana y una sonrisa perfecta. Por alguna razón, eso a Diego siempre le había parecido muy importante y desde esos día siguió al pie de la letra las instrucciones para cepillarse los dientes correctamente.

 Cambiaba su cepillo regularmente, usaba diversos tipos de dentífricos, tenía hilo dental de varios sabores para cambiar todos los días y guardaba botellas y botellas de enjuague bucal, listas para ser consumidas. Incluso tenía de esas pastillas que teñían los dientes e indicaban donde hacían falta cepillarse. Todo eso lo compraba en el supermercado con sus padres y era siempre muy insistente al respecto.

 Cabe decir que este gusto por los la higiene bucal, no le venía a Diego de sus padres. Su madre era asesora financiera en una firma importante de la ciudad y su padre era abogado. Ninguno de los dos tenía el mínimo interés por los dientes o por la salud en general. Es decir, se preocupaban como cualquiera pero no insistían mucho en el tema pues creían que era más importante tener una educación de calidad que nada más.

 El día que llegó la hora de entrar a la universidad, Diego no tenía ninguna duda de lo que quería estudiar. Sin embargo, sus padres trataron de disuadirlo, tratando de convencerlo de estudiar sus carreras y exponiendo porque era buena idea hacer una vida en esos campos. Sus razones siempre giraban alrededor del dinero y de la estabilidad económica pero su hijo no era un tonto: también él había ensayado su discurso.

 Una tarde, les mostró una presentación que había hecho, explicando porque quería estudiar odontología, centrada también en el hecho de que se ganaba buen dinero y además sería feliz haciendo lo que siempre le había interesado. Ellos no insistieron más y lo apoyaron en lo que necesitara pues sabían que tenían un hijo decidido, con metas claras y determinado a cumplir sus sueños a como diera lugar.

 Los años de universidad fueron los mejores años de la vida de Diego. No solo empezó a aprender más sobre lo que lo apasionaba, sino que también conoció gente que compartía ese entusiasmo y para la que sus particularidades respecto a la higiene bucal no eran excentricidades sino productos normales de la preocupación de un ser humano por su salud. Las conversaciones que tenían no solo giraban alrededor del tema dental pero casi siempre lo hacían y a Diego eso le parecía en extremo estimulante e interesante.

 Sus padres estuvieron muy orgullosos el día que presenciaron la graduación de su hijo. Al recibir el diploma, los saludó enérgicamente y les mostró su cartón, indicándoles que había terminado esa etapa de su vida de la mejor manera posible. En las prácticas que había tenido que hacer, en las que ayudaban a personas que no tenían el dinero para pagar un servicio dental adecuado, conoció a un profesor que le dijo que era uno de los mejores alumnos que había tenido y que debería pasarse por su consultorio algún día.

 Esa sugerencia dio origen a su primer trabajo, siendo asistente del profesor por un periodo de dos años. Ganó buen dinero pues los clientes que tenía el profesor eran personas acomodadas que se hacían varios procedimientos estéticos al año y varis de ellos tenían que ver con los dientes. Cada intervención era bastante compleja e interesante para Diego, por lo que aprendió todavía más y encima ganó buen dinero.

 A pesar de todo ese éxito, el resto de la vida de Diego no iba tan bien. De hecho, jamás había sido algo muy estable. Durante los años de universidad había tratado de tener relaciones sentimentales con varias personas pero jamás había logrado establecer algo duradero con nadie. Sentía que su profesión de alguna manera se metía entre él y la otra persona y que eso creaba una barrera que era imposible de franquear.

 Se daba cuenta de que muchos en el mundo consideraban que ser un odontólogo no era lo que él siempre había pensado. Claro, a él le encantaba y eso no iba a cambiar nunca, pero la mayoría de gente que conocía fuera de su circulo de trabajo no eran tan agradable cuando él empezaba a hablar de su trabajo y de lo que había visto en la semana.

Su vida sentimental era nula e incluso su relación con sus padres se fue estancando a medida que se hizo más exitoso. Su teoría, años después, era que a ellos jamás les había ido tan bien en sus trabajos después de muchos más años de constante esfuerzo y dedicación. Él, en cambio, había ascendido como la espuma y todavía podía ascender más.

  Cuando dejó de trabajar con el profesor, fue porque quiso independizarse buscando un espacio para él solo. Su sueño era ese, tener una consulta propia con todo lo necesario para dar una atención de calidad a quien lo necesitara. Diseñó varios planes para personas con poco dinero y estableció precios competitivos para intervenciones que la gente con dinero se hacía con frecuencia. Adquirir los equipos le costó casi todo lo que había ganado en los años anteriores, pero estaba dispuesto a arriesgar. Y eso probó ser la mejor decisión de su vida.

 Tan solo un año tuvo que pasar para que su vida diera un cambio completo: se mudó de la casa de sus padres a un apartamento de soltero muy cerca de su consultorio, se podía pagar las mejores vacaciones a lugares exóticos y lejanos y además estaba más feliz que nunca, ayudado de dos asistentes que le colaboraban con la gran carga de trabajo que tenía. A veces tenía que trabajar demasiado pero valía la pena y seguía aprendido, seguía fascinado por los dientes y eso era asombroso.

 Sin embargo, Diego empezó a sentir más y más que se estaba quedando solo. Sus amistades reales eran pocas, no hablaba casi con sus padres y no había sentido nada por nadie en años. Hubo una temporada en la que se decidió a salir a tomar algo en las noches, a bailar o a cualquier sitio. Le pidió a sus pocos amigos que le ayudaran pero nada funcionó. Había algo en su personalidad, algo que no podía ver él mismo, que alejaba a los demás.

 Por un tiempo, su rendimiento en el trabajo bajó significativamente. Sentía que el éxito laboral no podía ser todo en el mundo para él. ¿De que servía todo ese dinero si no lo podía compartir con nadie? Fue a un psicólogo para ver si podía averiguar que era lo que lo hacía tan repelente pero dejó de ir a las dos semanas. No solo por el ridículo precio de las consultas que no llevaban a ningún lado, sino porque las preguntas que hacía el disque doctor no tenían nada que ver con lo que Diego quería saber.

 Cuando su consultorio se hizo más grande y tuvo otros odontólogos a su cargo, decidió que era el momento de unas largas vacaciones. Se tomó varios meses y decidió explorar el mundo, alejarse de todo lo que conocía y quería para ver si podía reconocerse a si mismo fuera del mundo que había construido en su oficina y con los clientes y demás componentes de su vida laboral.


 Pero tras ese largo viaje, no encontró nada. Volvió al consultorio acabado y sin ilusiones pero una vez allí, fue como inyectarse con el elixir de la eterna juventud. Todo lo demás no importaba. Ese era el amor de su vida, la razón de su existencia. No hacía falta más, o eso se dijo a si mismo varias veces.

martes, 30 de junio de 2015

Accidente al desnudo

   Sentí tan vergüenza, que salí corriendo a la sala y dejé la caja que le había venido a dejar sobre el sofá. Bajé las escaleras rápidamente y caminé hasta la parada del autobús como si no hubiera pasado nada. Pero la verdad era que no podía pensar en nadie más. Con Nicolás nos conocíamos hace mucho tiempo. Habíamos ido al colegio juntos, desde los doce años más o menos. Nunca habíamos sido amigos y él ni siquiera terminó sus estudios en ese mismo colegio, como sí lo hice yo. El se fue a otro país y no lo vería yo sino hasta mucho después, cuando me lo crucé por pura casualidad en el trabajo que había conseguido. Era muy raro encontrarme a un compañero del colegio así y todo se acababa de poner más raro entre nosotros hacía apenas unos minutos.

 Todo el camino a mi casa, pensé que debo tratar de cambiar mi manera de hacer las cosas. Como estaba apurado, usé la llave que el mismo me había dado para entrar a su casa y dejarle el paquete que tanto había estado esperando. Lo que yo sabía era que eran documentos muy importantes que él debía tener en casa y no en la oficina y que apenas llegasen se los debía llevar a su casa tan pronto como fuese posible. Y así lo hice, aprovechando para tomarme la tarde libre. Ahora me arrepentía de tener horas libres porque sabía que iba a seguir pensando en lo ocurrido y no era un pensamiento muy alegre en el momento. Bueno, no es que lo que pasó fuese algo tan trágico o fatal pero de todas maneras no es algo que yo hubiese pensado hacer un miércoles en la tarde.

 El caso es que, con llaves en mano, entré al lugar y me di cuenta que había música y pensé que seguramente él estaba allí y podía darle el paquete en persona. Era lo mejor porque así podría ver que era yo el que se lo había traído y podría notar mi dedicación al trabajo. Se sentía un poco raro, sobre todo por aquel asunto de haber ido al colegio juntos. Ahora él estaba sobre mi en cuanto a rangos y no debía decir nada al respecto. Pero en la escuela no era tan igual, tal vez porque éramos tan pequeños. Todavía no había nada popular o socialmente mejor que nadie. Creo que hablamos un par de veces e incluso se rió de algo que dije pero la verdad es que no lo recuerdo todo con claridad.

 Cuando entré, seguí a la habitación, siguiendo el sonido de la música. Me di cuenta que estaba en la ducha pero decidí no tocar porque seguramente lo hubiese asustado aún más al golpear la puerta. Decidí dar una vuelta por su habitación, esperando a terminara. Iba a hablar cuando cortara el flujo del agua pero no lo hice porque me distraje viendo las fotos que tenía en su habitación. Cuando me di cuenta, salió totalmente desnudo del baño, agua chorreando por todo su cuerpo y, por unos segundos, totalmente ignorante de que yo estaba allí. Luego él gritó, yo igual, dejé el paquete tirado en el sofá y eso fue todo lo que pasó.

 Al día siguiente, pensé que era posible que Nicolás no me hubiese reconocido. Tal vez ni siquiera sabía quien era yo y menos aún con el susto que se había pegado. Apenas nos volvimos a ver casi no me reconoció y fui yo quien le tuve que recordar quien era y de donde nos conocíamos. La verdad ese momento fue algo incomodo porque había gente oyendo y parecía como si yo estuviese desesperado por establecer una conexión con alguno de los que estaba a cargo. En ese momento el fingió recordar, porque yo sabía que en verdad no había recordado nada y lo habíamos dejado allí. Así que no hubiese sido para nada extraño si Nicolás no me hubiese reconocido en su casa y simplemente no fuera a decirme nada porque no sabía quien era.

 Al parecer tenía razón porque en todo el día siguiente no me llegué ningún mensaje ni me solicitaron en la oficina del jefe. Nada de nada. Así era mejor y no tenía sentido que pasase algo diferente. Seguramente ni se acordaba de mi y era mejor dejarlo así. De vuelta a casa esa tarde, me vi pensando en su cuerpo desnudo de nuevo y me di cuenta de que mi jefe era un hombre bastante guapo. Ahora que ya no había peligro de que supiera que había sido yo el imprudente que había estado parado en su cuarto como una lámpara, podía recordar el momento como uno en el que vi a un hombre desnudo y nada más. Así era mejor, dejarlo como una anécdota chistosa, dejando por fuera el detalle de que ese era mi jefe.

 Él siempre había sido muy blanco, como la leche. Yo recordaba que cuando pequeño algo había mencionado de que uno de sus padres era de Europa del Este. Sin embargo, tenía un cuerpo bastante bien cuidado pero no marcado ni nada de esas tontería que ahora se consideraban atractivas. Era el cuerpo como de un modelo de aquellos que usaban en la antigüedad. Algo por estilo… Ahora me doy cuenta que pienso en él como si fuera una figura de mármol y me da risa, un David moderno. La verdad es que el David es más corpulento y Nicolás no lo es para nada. De hecho es un poco flacucho pero lo suficientemente atractivo para seguir en mi mente. Porque no dejaba de pensar en lo mismo?

 Bueno, y de sus partes intimas prefiero no hablar. Pero lo vi todo y debo decir que cumplen con la normativa. Es decir, todo es del tamaño reglamentario. No es un actor porno o algo por el estilo pero tampoco es un fenómeno de la naturaleza por lo contrario. Creo que algo así es lo que quiero decir… En todo caso, vi todo por tan solo unos segundos antes de que saliera corriendo, casi tumbándolo a él porque bloqueaba la puerta de salida de la habitación. Llegando a mi casa ese jueves todavía pensaba en él y creo que lo hice incluso antes de quedarme dormido. Era lo más emocionante que me había pasado en días recientes.

 El viernes en la mañana hubo reunión de todo los departamentos en el trabajo y tuve que asistir porque era uno de los encargados de uno de los pequeños proyectos que tenía la firma. Fue la primera vez que veía a Nicolás desde lo sucedido. Como lo imaginé y supuse, él no me miró ni una sola vez y parecía tan calmado como siempre. Esa era la prueba que necesitaba para darme cuenta de que él no me reconocía y que todo podía seguir adelante sin novedades. Tomé las notas pertinentes en la reunión y apenas salimos incluso me atreví a saludarlo y él hizo lo mismo con total candidez y naturalidad. Me fui a mi puesto de trabajo decidido a dejar el incidente atrás y solo preocuparme por lo que necesitaba de mi atención en ese momento.

 Ya casi a la hora de salir, Nicolás pidió verme.  Debo admitir que el corazón me dio un vuelco pero su secretaria agregó que era para aclarar uno de los puntos del trabajo asignado a mi en la reunión, así que me relajé una vez más y marché a su oficina con celeridad. Allí, hablamos como siempre lo hacíamos en el trabajo e incluso nos reímos de alguna anotación graciosa que hice. Cuando terminamos, me di cuenta que la mayoría de la gente ya se había ido y él se disculpó por hacerme quedar más tiempo. Le dije que no había problema y que el bus siempre pasaba a lo que él respondió que podía llevarme a mi casa si yo quisiera. Lo pensé un segundo pero luego un trueno en el exterior me hizo decir que sí.

 En el auto de Nicolás, que era negro y nuevo, me sentía un poco incomodo pero más porque era extraño que un jefe llevara a un empleado a su casa. Pero había aceptado porque no quería una gripe justo antes de la temporada de vacaciones. Charlamos un poco en el camino pero no mucho y fue solo cuando faltaron unas calles para llegar a mi casa que me di cuenta que en el asiento trasero del coche había una caja, la misma que yo le había dejado a él en el sofá el día que lo había visto desnudo. Fingí que no había visto nada y lo dirigí para dejarme en mi casa. Cuando se detuvo le agradecí pero entonces Nicolás preguntó si había sido yo el que había llevado el paquete a su casa.

 Parece que sí me vio mirar la caja. Así que le respondí que sí y antes de nada más me disculpé eternamente por haber entrado así y por haberlo visto desnudo y por salir corriendo. Sentía mucha vergüenza y solamente podía pedirle disculpas y decirle que pensaba que no me había reconocido. Para mi sorpresa, Nicolás rió y casi no pudo parar. Cuando lo hizo, me dijo que sabía muy bien como era yo y que todo el tiempo supo que había sido yo el que había ido a su casa pero había decidido no decir nada pero ahora el tema había salido a la luz y que mejor que discutirlo como dos hombres adultos. Yo solo asentí, sin más.

  Entonces Nicolás me empezó a contar de un día que, después de educación física, todos nos habíamos bañado en las duchas del colegio. Era de las pocas veces que se usaban y todas tenían puerta y demás. Entonces él confesó que había salido de último del campo de juego y no sabía que ducha estaba vacía y abrió una y estaba ocupada pero la cerró antes de que la persona se diera cuenta. Según él, esa persona había sido yo. Quedé con la boca abierta y le pregunté que si la historia era real y el solo se encogió de hombros y sonrió. Yo me reí.


 Desde entonces hablamos más seguido y nos hicimos buenos amigos. Pero lo que pasó después, es cosa de otro relato.