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jueves, 10 de septiembre de 2015

Guía de museo

   Aunque mucha gente no lo creía, ser guía de museo era un trabajo que se podía hacer a tiempo completo, sobre todo si se toma en cuenta que hay que saber mucho de todo, tanto de las piezas que hay en el lugar así como de la historia de cada uno de los periodos de la humanidad que venían a encontrarse en el museo. Felipe sabía lo suficiente de todo para poder dar un tour agradable y lleno de información curiosa que los visitantes podrían encontrar interesante y así pasar el conocimiento a otros. Él hablaba cuatro idiomas, por lo que su ingreso en el puesto había sido bastante sencillo, y eso que había estado buscando trabajo por varios meses. Pero allí por fin había encontrado un ambiente agradable y la verdad era que no se había fijado lo mucho que le agradaban las personas.

 No era el tipo más social de la vida, jamás lo había sido. Nunca le habían gustado las aglomeraciones y mucho menos si había ancianos que no podían oír o niños que no paraban de hacer ruido. Pero se dio cuenta que, en un museo, las condiciones cambiaban y todo el mundo se comportaba de repente como si estuviese en un lugar sagrado. Y según el jefe de personal del museo, eso era precisamente lo que ellos como guías debían tener en mente: el respeto por el lugar y transmitírselo a los visitantes para que no hubiera ningún tipo de incidentes en las visitas. Y en su primer mes, no hubo nada de eso. La gente se había comportado a la altura de las circunstancias y pensaba que siempre iba a ser así.

 Después, con el pasar del tiempo y el cambio de temporada, Felipe se dio cuenta que no toda la gente era la misma. De pronto empezaron a llegar más turistas de otras ciudades e incluso algunos de otros países y entonces los grupos se volvieron algo más difícil de manejar. Sus paseos guiados por el museo normalmente tomaban una hora entera, pues apreciaban ciertas obras, se explicaba la organización del museo, el sentido de cada cosa y las etapas históricas y en fin. En esos días de alta afluencia, hacer un recorrido tan largo era un karma pues la gente se dispersaba o hablaba en su mismo volumen de voz o simplemente gritaban como locos, como si estuviera en una pista de carreras o algo por el estilo.

 Pero, haciendo como le habían dicho, Felipe continuaba con el tour y la gente, o al menos la mayoría, lo seguía y cortaba su vida social mientras él explicaba lo que tenía que explicar. Sin embargo, era muy difícil cuando la mitad del grupo estaba distraído, los extranjeros preocupados por ver si tenían suficientes fotos, los nacionales haciendo comparaciones odiosas museos en sus ciudades o con ciudades en las que nunca habían estado y siempre un niño o infante llorando o quejándose por algo. Era casi un milagro que Felipe pudiese recordar todo lo que tenía que decir. Cuando esos tures guiados terminaban, descansaba de sobre manera.

  Sin embargo, un día llegó un grupo particularmente grande y tuvo que ser dividido en dos. Inmediatamente, Felipe supo que se había quedado con la peor parte pero prefirió no quejarse y hacer lo mismo de todos los días. El clima ese día era particularmente cálido, de ese calor que parece pegarse por todos lados. Apenas empezó el recorrido, Felipe escuchaba la voz lejana de un hombre que parecía que tuviera un tambor en la garganta. Era una voz demasiado grave y todo el mundo la escuchaba con facilidad, incluso con el barullo que se formaba en el atrio principal del museo. Durante los primeros quince minutos, el vozarrón fue constante. Felipe trataba de ignorarlo pero era como ignorar un abejorro gigante que no hace sino zumbarte en las orejas y hacerte cosquillas.

 Llegaron a un salón circular, en el que había una hermosa estatua antigua, y mientras Felipe les explica a los más interesados el porqué de esa ubicación para esa pieza en particular, el vozarrón empezó a escucharse con más fuerza y en un momento la voz del guía quedó apagada, aún más cuando, por primera vez en su tiempo como guía turístico, perdió por completo el hilo del a conversación y tuvo que quedarse callado, dándole paso completo a la voz tan horrible que ocupaba cada rincón del lugar. No fue difícil identificar al monstruo dueño de la voz, al cual se acercó tocándole el hombro. La mola se dio vuelta, sin dejar de hablar, y se quedó mirando a Felipe como si fuera un insecto especialmente repugnante.

 El joven le preguntó al hombre, casi a gritos porque este no paraba de hablar y estaba a punto de girarse de nuevo, si él había pagado por el recorrido con guía o si estaba por su cuenta. Por fin el hombre dejó de hablar y fue como si la presión saliera por todas las puertas pero en verdad la presión solo subía porque la forma en que el tipo veía a Felipe era cada vez más ofensiva. Al no responder nada, Felipe preguntó de nuevo y todos los que estaban en el salón habían dejado de hablar, llorar, ver sus celulares o apreciar el arte. Todos se quedaron mirando al pequeño y algo flacucho Felipe frente al dinosaurio que tenía en frente, que parecía una gran roca con piernas y brazos.

 El hombre por fin respondió que había pagado por el recorrido guiado a lo que Felipe le respondió que, en ese caso, debía guardar silencio durante las explicaciones porque o sino se perdería de la información. El tipo se rió y le argumentó que esa información era la misma que estaba en varios de los letreros por todo el museo y que Felipe no debería sentirse tan especial por estar repitiendo información como si fuese un loro. Con un control envidiable, Felipe le dijo que por favor evitara hablar o al menos hablara en voz baja pues no dejaba que los demás disfrutaran el recorrido. El hombre se dio la vuelta e ignoró a Felipe y este hizo lo mismo y prosiguió con el recorrido.

 Pasaron otros quince minutos cuando otra vez la voz parecía no tener rivales. Tuvo que advertirle de nuevo al tipo y algunas personas lo apoyaron esta vez, pues Felipe estaba contando una historia de romance y traición muy interesante relacionada con el cuadro más grande que tenían en el museo. Pudo seguir con la historia e incluso relacionarse más con algunos turistas pues el grupo era una mezcla increíble de gente que estaba allí para aprender más y otros que solo habían venido porque lo sentían como una obligación al venir a la ciudad. Lo bueno era que muchos del segundo grupo se limitaban a mirar sus celulares y poco más y eso no lo molestaba en absoluto pues no estorbaban a nadie con eso.

 Solo en un cuarto oscuro que luego se aclaraba para revelar objetos antiguos y sagrados para las tribus que solían vivir en la zona, solo allí todo el mundo se quedó callado y quedó fascinado con lo que vio. Pero entonces el tipo de la voz gruesa comenzó de nuevo. La gente ya no estaba para eso pues el recorrido ya casi iba a terminar y muchos le pedían que se callara. Felipe pensó que el tipo iba a hacer caso, como en las otras ocasiones, pero no fue así. Cuando el joven se dio cuenta, el tipo grande había cruzado la mitad de la sala en la penumbra en la que estaban y le había pegado un puño en el estomago a uno de los otros miembros del recorrido. Cuando Felipe lo vio, estaba en el piso.

 Corrió a su lado y le pidió a algunos otros turistas que lo ayudaran para que se levantara y vieran que pasaba. Entonces Felipe se dio la vuelta e interrumpió el silencio casi ceremonial de todos en la sala. En voz tan alta como pudo, le preguntó a la mole que clase de persona golpeaba a alguien en la oscuridad y en un museo. Felipe tomó su comunicador pero cuando iba a hablar el tipo se lo quitó y le pegó un puño en la cara. La gente empezó a gritar y a pedir que abrieran la sala, que se sellaba automáticamente cada cierto tiempo para que la gente viviera una experiencia única, aunque no exactamente como la que estaban viviendo en ese momento.

 El hombre se acerco a Felipe pero este le tomó del brazo y, con una agilidad que asombró a muchos, tomó al grandote por detrás y trató de someterlo como pudo, aunque la diferencia de alturas y de pesos no estaban ayudando en nada a Felipe. Entonces empezó la pelea real: se daban puños y golpes bajos y la gente ayudaba apoyando, casi todos, al guía. Una mujer incluso le pegó al grandote con su bolso y un tipo que salió de la nada le pegó un puño en el costado a Felipe. El caso fue que alguien le cogió el comunicador y los de seguridad abrieron rápidamente la sala pero Felipe les impidió la salida pues se había cometido un delito y no podían salir así no más como si nadie hubiese visto nada.


 La policía llegó y le tomaron declaración a todos. El tipo que lo había golpeado en el costado era el amigo al que el grandulón le había hablado todo el tipo. El señor que había sido golpeado primero no se veía bien y su esposa explicó que sufría del estomago. Felipe tenía moretones y tuve que ser atendido por paramédicos. Pensó que iba a ser despedido sin duda porque no era normal que un guía y un turista se cogieran a puño limpio pero lo que no recordaba era que en la sala oscura había cámaras y él había quedado como un héroe, el héroe del museo.

viernes, 12 de junio de 2015

Florencia y el no

   Toda la vida, Florencia había sabido que su vocación en la vida era pintar. Desde muy pequeña ya sabía usar los diferentes tipos de pinturas, las sabía mezclar y elaboraba imágenes con ellas. Sus padres ponían cada dibujo en su cuarto, como si fuera un premio, para que cada persona que visitase la casa viera lo talentosa que era su pequeña hija. Ya en el colegio se destacaba por lo mismo aunque empezó a tener problemas con las materias relacionadas con las ciencias. No les encontraba sentido alguno y prefería hacer garabatos en su cuaderno durante las clases que ponerse a buscar cuanto simbolizaba la x o que pasaba cuando una cosa y otra se mezclaban en química. El hecho era que tampoco le daba mucha importancia al asunto porque sentía que no era algo útil para su vida.

 Y tenía razón. Pero de todas maneras sus padres y sus profesores empezaron a hablar sobre como ella debía de poner más atención y mejorar sus notas o sino podía tener que repetir el año escolar. Esto no sentó nada bien con los padres que buscaron tutores para su hija y dejaron de apoyar su arte como lo habían hecho antes. No era que le prohibieran dibujar ni nada por el estilo, sino que dejaron de alabar su trabajo y de apoyarla tanto como antes. No querían que su hija fuese de esos niños que repiten años, que los demás juzgan como lentos o tontos. Así que tuvo tutores que le metieron en su pequeña cabeza todo lo que tenía que saber. El año lo pasó con notas decentes y las siguientes vacaciones de verano fueron las más largas para Florencia, o al menos eso sentía.

 A pesar de su logro, sus padres ya no apoyaban su  deseo de pintar y dibujar y demás. Les pidió que la dejaran entrar a unos cursos de verano que había para aprender a dibujar como lo hacen los japoneses en las historietas pero sus padres se negaron y le recordaron que era mejor que se pusiera a estudiar y estuviera muy atenta desde ya, porque no querían tener otra vergüenza como la de ese año. Lo dijeron tal cual. Así que Florencia dejó de pedirles nada y siguió dibujando pero cada vez menos.

 Los últimos años de colegio fueron eternos. No solo porque nunca entendió de verdad ninguna de las ciencias sino porque su impulso se había perdido. Ya no era la misma niña eternamente alegre de antes. Ahora rara vez se le veía reír o sonreír y sus amigos se podían contar con una sola mano, algo que no era malo de por sí pero hay que tener en cuenta que ella siempre había sido la que hacía grandes fiestas de cumpleaños con muchos niños y actividades por doquier. Eso se acabó y nadie nunca preguntó porque. Ni los niños ni sus propios padres se indagaron al respecto y, cuando ellos le regalaron un viaje en crucero para celebrar su graduación, ella lo rechazó y les dijo que prefería guardar el dinero para su carrera. Los padres, estúpidamente, pensaron que era una decisión tomada desde su nueva madurez. Pero no era así. Estaba amargada.

A la hora de escoger su carrera, Florencia sintió que su amor por el arte revivía. Vio muchas asignaturas y lugares en donde el arte era enseñado y pulido para que cada alumno pudiese explotar su potencial. Todas eran buenas universidades y la carrera resultaba muy barata a diferencia de otras. Pero sabía que sus padres se iban a negar así que un día los juntó para hablarles al respecto. De nuevo, ellos se sintieron orgullosos de tener una hija tan responsable. Ella les presentó tres opciones y la idea era que ellos le aconsejaran cual sería la mejor carrera para elegir. Estaba la de arte, la de diseño y la de arquitectura. Ellos leyeron cada folleto, le hicieron preguntas y le dijeron que lo iban a pensar.

 Al otro día, y como sin darle mucha importancia, su madre le dijo que habían hablado con su padre y habían decidido que la mejor carrera era la de derecho. Florencia rió pero su madre la miró con reprobación. La joven  le dijo que esa carrera ni siquiera estaba entre las opciones pero su madre le replicó que su padre había averiguado que era la carrera más lucrativa en estos días y que todo el mundo estaba estudiándola. Florencia le dijo a su madre que esas no eran razones para elegir una carrera pero su madre la dejó callada cuando le confesó que su padre había ido a inscribirla y que iba a volver en la noche con la sorpresa.

 Florencia lloró como una magdalena esa noche. No bajó a cenar así que su padre nunca la “sorprendió” con la noticia. Derecho?  A ella que le importaba eso! No quería tener nada que ver con ello y menos cuando había hecho tanto esfuerzo juntando folletos y material para que ellos lo leyeran. Tenía que confesar que desconocía a sus padres, que habían cambiado radicalmente desde que era pequeña. De pronto querían lo mejor para ella, al fin y al cabo eran sus padres, pero no era justo que hubiesen tomado la decisión así como así.

 Pero lo habían hecho y el primer día de universidad fue un infierno. Fue como volver a las eternas clases de matemáticas donde, no solo no entendía nada, sino que no le importaba ni media palabra que pronunciaba la gente. La mayoría de alumnos estaban emocionados de estar allí y creían, tontamente, que todos llegarían a ser abogados al estilo de los programas de televisión estadounidenses. Pero Florencia no. De hecho, se dio cuenta de lo que podía hacer. Ese semestre se encargó, conscientemente, de perder cada materia desastrosamente. Iba a castigar a sus padres de la manera que más les iba a doler: el dinero. Y sabía que iba a funcionar.

 Mientras lograba su cometido, Florencia era como residuo nuclear. Nadie se le acercaba o al menos así fue hasta la mitad del semestre, cuando conoció a una chica en el comedor de nombre Diana. Ella vendía todo tipo de repostería y le contó que vendía sus pastelillos y galletas clandestinamente en la universidad y también en su casa. Impulsada por la venganza, Florencia le dijo que le podía ayudar a vender y eso hizo. Se hicieron buenas amigas con Diana y decidieron pulir el negocio, poniéndole un logo diseñado por Florencia y un nombre atractivo. Así empezaron las dos a ganar dinero y pronto les iba también que Diana pensó en alquilar un local y atender allí. Eso fue como un llamado a la liberación para Florencia.

 Cuando por fin fracasó el semestre, sus padres nunca preguntaron nada. Asumieron que como era ya una mujer hecha y derecha, ella les contaría lo que pasara con la universidad. Le dieron el dinero para el segundo semestre pero ella lo invirtió todo en el local. Lo arreglaron con cuidado y se ubicaron en un barrio con buen movimiento. El éxito fue rotundo. Diana estaba tan feliz que, habiendo conocido mejor a su compañera de negocios, le pidió que volviera a dibujar y que lo podía hacer diseñando adornos o individuales diferentes para cada persona. Y así fue.

 Los padres de Florencia se dieron cuenta de todo cuando un articulo al respecto salió en el periódico. Su salón de té, como le habían puesto, era tan exitoso que les habían hecho muchas entrevistas. Pero ellos no se alegraron por ella. Estaban decepcionados de descubrir lo que había hecho en la universidad y le exigieron que volviera a estudiar. Lo único que hizo Florencia fue devolverles el dinero de las matriculas de ambos semestres, el perdido y el que nunca hizo, y cogió su ropa y se fue de la casa sin decir nada. Ellos jamás trataron de detenerla o de ubicarla.

 Se consiguió un pequeño sitio cerca a la tienda y le dijo a Diana que esta era la primera vez que era feliz de verdad. Nunca antes se había sentido verdaderamente completa y se lo agradecía. Aunque podía ejercer su amor al arte, debía confesar que este había recibido demasiados golpes como para que alguna vez volviera a ser tan destacable como antes. Incluso ahora, podía ver que había perdido mucho de ese talento que había mostrado de más joven. Pero eso ya no importaba. Las cosas cambian y no se puede uno lamentar al respecto. Lo hecho, hecho está y hay que ver que otro camino hay para seguir adelante porque eso es lo único cierto.

 Las dos amigas crecieron juntas económicamente y en cinco años tenían seis tiendas en la ciudad, algunas en sectores de altos ingresos donde celebridades y personajes de la vida social iban a comer o tomar algo en las tardes. La decoración de los sitios, mezclando diferentes estilos pero siempre guardando ese aspecto de salón de té inglés, les había merecido halagos e incluso premios. Sin embargo, lo que más le dolía a Florencia, era ver que Diana todavía tenía a su familia al lado y que ellos estaban orgullosos. Pero era entonces cuando Florencia inhalaba lentamente y luego soltaba el aire, recordando que las cosas  no siempre son como las queremos.


 Todas las noches trataba de dibujar de nuevo. Unas veces podía, otra veces no y cuando podía el resultado no siempre era el mejor. Era algo perdido. Pero tenía su negocio, tenía el placer de atender a sus clientes, de adecuar los locales, de hacer los pastelillos y, lo mejor, de tener una amistad a prueba de todo, incondicional y fuente de apoyo y consuelo.

martes, 18 de noviembre de 2014

Payaso

No era un nombre normal para un perro. Muchos decían incluso que los nombres de personas no eran para perros aunque había algunos que quedaban muy bien y ciertamente hubieran sido mejores para un animal tan noble como ese.

Era un golden retriever y su nombre era Payaso. Mucha gente prefería decirle "perro" o "perrito" que su nombre ya que pensaban que lo estaban insultando si lo decían en voz alta. Daba algo de vergüenza llamarlo en un parque por su nombre, sobre todo sabiendo que el perro era tan bien educado que solo respondía cuando decían su nombre completo, no de otra manera.

Su propietario, el señor Reyes, no daba explicación para el nombre pero decía que tenía buenas razones para llamarlo así. El señor Reyes tenía unos 70 años y tenía el perro desde hacía unos 3 años, por regalo de su hija, a quien tampoco le gustaba el nombre.

A pesar de que no era un hombre muy agradable en general, mucha gente había empezado a hablar con él desde que el perro había llegado a su hogar. La gente veía que el hombre era amable con la criatura y que este era gentil y dócil, y era imposible que fuese por entrenamiento previo ya que algunos vecinos podían jurar haber visto al perro cuando cachorro. Tenía que haber sido el señor Reyes.

La gente se les acercaba en el parque y acariciaban al perro y descubrían que ahora el señor Reyes era menos huraño y le encanta hablar de su mascota, un ejemplo de educación y bondad, según sus propias palabras.

Pero pasado un tiempo, algo cambió. No en la bondad de ambos seres, sino en el aspecto del señor Reyes. Era un hombre robusto, no muy alto, con cabellos rizado negro y ojos verdes penetrantes. Pero en días recientes sus ojos habían parecido perder brillo, su cabello lucía menos abundante y parecía más pequeño de lo que jamás había lucido.

El perro, sin embargo, seguía igual, eso sí, inseparable de su dueño humano. El señor Reyes ya no podía caminar tanto como antes y Payaso no tenía ningún problema en ayudarlo y esperarlo.

Entre los vecinos y amigos, corrieron rumores de una enfermedad grave pero nadie supo nada con certeza hasta que la hija del señor Reyes, la misma que le había regalado el perro, apareció un día en el edificio que vivía su padre para visitarlo. Salió llorosa de allí y cuando una mujer, encargada de la limpieza la consoló, le confesó que su padre tenía cáncer.

A nadie le importó de que o desde cuando. Los vecinos, los que más apreciaban tanto al dueño como al perro, fueron visitando de tanto en tanto. Había días que las visitas estaban fuera de discusión pero había otros en que el Ssñor Reyes los recibía como si la realeza estuviera de visitas.

El perro ayudaba como nunca antes. Ahora tenía un chaleco con bolsillos en los que estaban las pastillas que debía tomar su dueño, su celular e incluso un rastreador. Esto último porque un día el señor Reyes se había perdido en la ciudad, después de recibir noticias desalentadoras en el hospital. El animal lo había cuidado pero estuvieron perdidos juntos por varias horas.

Un vecino traía pastel y otra empanadas de carne. Otro más revistas y otro venía solo a charlar y el señor Reyes se sentía agradecido por todo. Después de que se iban era común que el hombre, antes una roca, se desmoronara y llorara por algunos minutos. Su mascota le brindaba una pata y su cabeza para acariciar y eso hacía magia en él.

Las sesiones de quimioterapia empezaron por esos mismos días. La hija del señor Reyes lo acompañaba cuando podía pero era tal la cantidad de trabajo que no podía cumplir con su responsabilidad todos los días. Habían contratado entonces a un entrenador para Payaso, para que este aprendiera todo lo necesario en relación al cuidado de personas en un estado tan delicado.

El perro aprendió bastante rápido, como si no pudiera esperar para empezar a ayudar. Y fue él el compañero ideal en la quimioterapia. El dolor, las ganas de vomitar, la desesperanza. Todo eso sabía manejarlo espléndidamente y de paso ayudaba a otros pacientes que estuvieran allí para el mismo tratamiento.

Los pacientes más cariñosos eran los niños sin duda. Y esto le partía el corazón al señor Reyes. Ver criaturas tan pequeñas, con una vida por delante, en semejantes condiciones. Solía pensar que él al menos había tenido una vida larga y plena. Había hecho lo que había querido y, aunque le dolería partir de este mundo, no sería algo injusto.

Había meses que se sentía mucho mejor y otros en los que no salía de la cama. La terapia se detenía durante un tiempo y revisaban como iba todo pero parecía ser un descenso lento pero progresivo.

La hija, harta de estar alejada de su padre, pidió vacaciones que tenía acumuladas y lo llevó con ella y su hijo a la playa. Payaso también los acompañó y se divirtió como nunca. Fue sin duda uno de los momentos más felices en la vida del señor Reyes: compartiendo recuerdos de su esposa con su hija, viendo a su nieto jugar con Payaso con tanta energía que parecía recargarlo y sentir el sol en su rostro. Todo eso lo hacía sentirse vivo y eso era para agradecer.

Lamentablemente, su salud decayó de golpe a su regreso. Tuvieron que internarlo y, solo un día después de aquello, el doctor avisó a su hija que no tenía mucho tiempo más de vida. Ella lo acompañó en la habitación, todos los días e incluso consiguió un permiso especial para que Payaso se quedara todo el día, ya que ella debía regresar a casa en la noche.

El día antes de su muerte, mientras su hija conseguía un café de máquina, el señor Reyes miró a Payaso y le recordó, sin palabras, porque ese era su nombre. Por la simple razón de que le había alegrado su vida, desde el primer momento. Era la chispa que lo había mantenido viviendo durante los últimos años y le agradecía a la vida haberlo conocido.

Le acarició la cabeza y el perro la apoyó en la cama. Cuando la hija llegó, su padre había muerto. El perro chillaba a su lado y ella lo acompañó en su dolor.

El funeral fue sencillo y asistieron bastantes personas, muchos vecinos y nuevos amigos que el señor Reyes había hecho en poco tiempo. La hija les agradeció a todos por su presencia y su apoyo y dejó a Payaso descansar junto a la tumba de su padre hasta que todos se hubieran ido.

El perro vivió entonces con ella y con su hijo y le dieron todo el amor que pudieron. La mascota tuvo cachorros con una perra vecina y se quedaron con uno de los perritos. Lo llamaron Rey, en honor al padre y dueño de Payaso.

Un día, en el que ella dejó la puerta abierta sin intención, el perro salió y recorrió la ciudad hasta llegar a la tumba de su dueño. Y allí murió, en paz.