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viernes, 24 de marzo de 2017

Valle del misterio

   Tranquilos, los caballos pastaban libres por todo el campo. Era una hermosa superficie ondulada y llena de verde, con flores en algunos puntos y charcos formados por la lluvia de la noche anterior. El lugar era como salido de un sueño, con las montañas de telón de fondo y el bosque bastante cerca, con muchos misterios y encantos por su cuenta. Era una zona remota, en la que pocos se interesaban. Sin embargo, fue el primer lugar donde se experimentó el fenómeno que se repetiría a través del mundo.

 Sucedió una noche en la que no había una sola nube en el cielo. Los caballos, de los pocos salvajes que todavía existían en el mundo, dormitaban en la pradera, muy cerca unos de otros. La única vivienda cercana era la de un viejo guardabosques llamado Arturo. Esa noche, como todas, había calentado agua antes de dormir y con ella había llenado una bolsa para poder calentarse mientras dormía. Así que cuando se despertó de golpe durante la noche, naturalmente pensé que había sido culpa de la bolsa.

 Pero eso no tenía nada que ver con lo que sucedía. Lo que despertó a Arturo fue un estruendo proveniente del campo abierto que estaba no muy lejos de su casa. Él era un poco sordo, así que el sonido debía haber sido de verdad un escandalo para despertarlo como lo hizo. Al comienzo pensó que era la bolsa y, cuando se dio cuenta que estaba fría, pensó que había sido una pesadilla la que lo había despertado. Justo cuando se estaba quedando dormido de nuevo, el sonido se repitió.

  Era muy extraño y difícil de describir. Los años de experiencia de Arturo les decían que lo que no podía descifrar era de seguro peligroso, tanto para él como para las criaturas que cuidaba en el pequeño valle. Así que decidió ponerse de pie, vestirse con botas, chaqueta y pantalones gruesos y terciarse su escopeta, la que solo usaba para asustar a los cazadores furtivos y a las criaturas que querían comerse a los animales de la zona. Al abrir la puerta, se dio cuenta del que la temperatura había bajado varios grados.

 Caminando despacio, subiendo la colina hacia la planicie donde pastaban los caballos, Arturo pensó que lo de la temperatura no era normal pero tampoco era lo más usual del mundo, sobre todo para la época. Se suponía que para ese momento del año, los vientos fríos debían calmarse un poco para dar el paso al verano, que prometía ser bastante caluroso. Pero tal vez este año los glaciares de las montañas que rodeaban la planicie no habían cedido tanto como otros años al calor y por eso hacía tanto frío. Era una explicación simple pero por ahí debía de ser.

 Al llegar a la parte superior de la colina, donde empezaba la planicie, Arturo vio los grupos de caballos que dormitaban tranquilamente, en grupos de unos cinco, bien cerca unos de otros, al parecer en paz. El ruido no se había repetido y de nuevo pensó que tal vez lo había soñado. Al fin y al cabo ya no era un hombre joven como cuando había iniciado sus labores y podía pasarle que se imaginara cosas o que su mente prefiriera estar medio dormida que con los pies plantados en la realidad.

 Mientras pensaba, sucedió algo que no se había esperado: empezó a nevar. Al comienzo fueron copitos translucidos que se deshacían con facilidad. Pero luego fueron más gruesos y se iban quedando pegados a la ropa. Ver lo que sucedía era increíble puesto que en el valle prácticamente nunca había nevado. Definitivamente algo raro tenía que estar pasando pero Arturo no tenía la respuesta para nada de ello. Era un misterio que no sabía si estaba en capacidad de resolver.

 Caminó hacia el grupo de caballos más cercano. Quería ver como respondían los animales a semejantes condiciones tan extrañas. No sabía si ellos habían experimentado jamás algo así. Pero sabiendo que la mayoría habían nacido durante su vida, era poco probable que alguno de ellos hubiese visto un solo copo de nieve con anterioridad. Cuando llegó al lado del grupito de siete caballos, Arturo volvió a quedarse como congelando, viendo como la nevada aumentaba.

 Fue entonces que se dio cuenta: los caballos no se movían. Para ese momento ya debían de haber movido la cola, las orejas y algunos tenían que haberse puesto de pie, sobre todo los pequeños que tenían una piel más sensible. Pero nada de eso ocurrió. Arturo se acercó más y se dio cuenta que todos los animales tenían los ojos abiertos y parecían estar mirando al infinito. El guardabosques los acarició y les dio palmaditas en el lomo pero nada de eso tuvo el efecto deseado.

 Tenía que hacer la última prueba. Arturo tomó la escopeta entre sus manos, apuntó a un lugar lejano y disparó. No sucedió nada excepto una sola cosa: no escuchó el sonido del disparo. Cuando se dio cuenta, soltó la escopeta y entonces su mente cayó en la cuenta de que no había escuchado su propia respiración desde hacía varios minutos. Era como si todo el lugar donde estaba ahora fuese parte de un televisor al que le han quitado por completo el volumen. Gritó varias veces para comprobar la situación pero no había duda alguna de lo que ocurría.

 Arturo estaba histérico pero trató de respirar profundo para calmarse. La situación que estaba pasando era sin duda bastante extraña pero eso no quería decir que no tuviese solución. Y para encontrar esa solución, tenía que calmarse y seguir caminando hasta que viera evidencia de lo que sea que podía haber causado semejante fenómeno. Sin duda tenía que ser algo muy extraño pues el hecho de quedarse sin sonido era algo que iba más allá de ser un simple misterio.

 Caminó más, pisando el suelo ya cubierto de nieve. El verde de la colina había desparecido casi por completo. Lo que no había cambiado era el cielo, sin una nube y con miles de millones de estrellas brillando allá arriba. Era una imagen hermosa, eso sin duda. Pero de todas maneras no era lo normal. Arturo sabían bien que ni la nieve, ni la falta de sonido, ni las noches despejadas como esa eran algo frecuente en la zona. Había vivido por mucho tiempo allí para saber como eran las cosas.

 Atravesó el campo de nieve. Se detuvo cuando se dio cuenta que la planicie terminaba y las colinas se ponían cada vez más onduladas, hasta convertirse e el abismo que conocía de toda la vida. Se detuvo allí y solo vio oscuridad. A pesar de la luz de la luna que pasaba sin filtro, lo que había abajo era difícil de ver, incuso parecía más oscuro que de costumbre. Sus ojos empezaban a cansarse, así como su mente que ya no era la misma de antes, ya no podía soportar tanto.

 Fue entonces que sintió una vibración por todo el cuerpo. Debía de ser un sonido extraordinario el que causaba semejante temblor. Por un momento se quedó quieto, esperando a que pasara algo más, pero cuando vio que no pasaba nada, miró hacia el cielo y fue entonces cuando vio como una de las estrellas más brillantes parecía despegarse del cielo y empezaba a caer en cámara lenta. Arturo estaba paralizado, mirando fijamente como la estrella se movía directamente hacia él.


 En un tiempo que pudo haber sido de pocos segundos o varias horas, la estrella se acercó al punto donde estaba Arturo y se posó encima de él. Paralizado por el miedo, el hombre no podía mirar hacia arriba para detallar que era lo que en verdad estaba viendo. Sin embargo, podía percibir movimiento a su alrededor. A pesar de solo estar mirando hacia el frente, podía sentir que había una presencia cerca de él. Cuando sintió presión sobre su cuerpo, quiso gritar a todo pulmón pero no salió nada de él. Se dio cuenta que había quedado igual que los caballos de la pradera. La única diferencia es que él no se quedó donde estaba. Algo lo alejó del valle, en un solo instante.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Rosa del viento

   Cuando empezaron a usar al valle y luego al cañón como pista aérea de carreras, todavía el pueblo no existía. Venían volando de más lejos, de una pista de tierra que quedaba a muchos kilómetros de allí. Con el pueblo construido, los aficionados habían construido un aeródromo más confortable y cerca de los lugares que les gustaba frecuentar. De hecho, se podía decir que el pueblo había nacido gracias a la afición de la gente de la zona por volar. Los aerodeslizadores que usaban eran de los más avanzados en el mundo.

 Uno de ellos, el capitán Cooke, fue el fundador del pueblo cuando se estrelló aparatosamente a la entrada del valle. Venía de atravesar todo el cañón y luego el valle pero no se había fijado en los cambios del viento y eso causó que se estrellara estrepitosamente contra el suelo. Allí mismo donde cayó, y donde se puede decir que sobrevivió de puro milagro, fue donde fundó el pequeño pueblo de Rosa del Viento. Era en honor a la clave del vuelo, lo que debía siempre tenerse en cuenta para ser un piloto de verdad exitoso.

 Cooke construyó allí una casita modesta y luego se mudó la mujer que se convertiría en su esposa. De hecho, jamás se casaron formalmente pero eso jamás les importó demasiado. Para cuando tuvieron el primer hijo, el caserío ya contaba con unas 10 personas, todas relacionadas de una y otra manera con el vuelo o al menos con todo lo que tenía que ver con el valle y el cañón, pues también había una gran cantidad de científicos que venían de las grandes ciudades para ganar conocimiento acerca de las especies que habitaban la zona.

 Estaban a un par de cientos de kilómetros de una ciudad grande, de todo lo que significara una verdadera conexión con el mundo. Lo único que los conectaba a ellos era volar. Sus aerodeslizadores podían llegar a Monte Oca, el pueblo con hospital más cercano, en apenas diez minutos con el viento a favor. Eso era bastante bueno si necesitaban con urgencia una medicina o si era urgente llevar un enfermo a la clínica. El problema era que las aeronaves que poseían casi nunca tenían dos asientos pero se las arreglaban como podían.

 Para cuando Cooke completo cuatro hijos, dos niñas y dos niños, el pueblo contaba ya con casi doscientas personas, muchas atraídas por el particular clima de la zona y por la tranquilidad. Además seguían siendo mayoría fanáticos del vuelo. Tanto así, que empezaron a organizar el torneo anual de Rosa del Viento, una carrera a través del valle y el cañón que daba un gran premio en metálico a quien ganara. El dinero era casi siempre proporcionado por todo en el pueblo, ganado en principio con publicidad y el incipiente turismo.

 Para cuando Cooke murió, en un grave accidente en el cañón, el pueblo contaba más de mil almas y el torneo de Rosa del Viento era sencillamente el más conocido en el continente, y seguramente uno de los más reconocidos del mundo. Una estatua de Cooke fue erigida frente a su hogar, y luego fue puesta en un nuevo parque que sería el centro geográfico del pueblo. No había turista que se perdiera ese punto de atractivo, así como las expediciones y caminatas por toda la zona que era altamente atractiva para el turismo de aventura.

 Pero, sin lugar a dudas, el pueblo siempre se llenaba al tope cuando se celebraba el torneo aéreo. La gente moría por ver a los pilotos volando bajo por el cañón, aunque a los locales ahora les daba un poco de fastidio ver esa parte pues así habían perdido a su más grande piloto. En todo caso, la gente iba en grandes cantidades y gastaba mucho dinero en hoteles, comida y turismo en general. Por eso el torneo pudo mejorar, haciéndose más seguro y con mejor tecnología visual para que la gente que lo viera en televisión se sintiera dentro del aeroplano.

 Los cambios fueron un éxito y colaboraron a la construcción de una mejor infraestructura en el pueblo, que siempre había luchado contra los elementos para poder abastecerse de agua, de electricidad e incluso de gas natural. Todo eso se convirtió en una realidad, casi treinta años después de la muerte de Cooke. Sus hijos todavía vivían en el pueblo pero no así sus nietos que se habían dispersado por el mundo. El punto es que Rosa del Viento se convirtió en punto de parada obligatorio para todos los que quisieran vivir una verdadera aventura.

 Las expediciones por el valle eran las mejores para familias o incluso personas mayores. La gente acampaba en terrenos abiertos y aprendían de la vida de antes, cuando había que hacer una fogata y cocinar lo primero que se pudiera cazar para aplacar el hambre. Obviamente, ya no había que sacrificar ratas ni nada parecido para vivir confortablemente. Los grupos de llevaban casi siempre comida enlatada y repelentes contra varios animales, aunque era casi imposible que no hubiera algún encuentro indeseado, especialmente siendo una zona árida.

 El valle era hermoso y verde en algunos parches aislados. La tierra era roja y salvaje y por eso era tan adorada por los visitantes. Los hacía sentirse, según lo que la mayoría decía, en otro planeta. Les encantaba el aroma dulce del viento y las caras siempre amables de los habitantes de la zona. Nunca se sentía que fueran expresiones forzadas, poco sinceras. Era solo que así eran y a todo el mundo le fascinaba. Por eso el turismo no hacía sino aumentar, como el número de hoteles y negocios.

 Cuando el pueblo llegó a los dos mil habitantes, se hizo una fiesta por todo lo alto y se celebró una edición especial del torneo de Rosa del Viento. La celebración se planeó con muchos meses de antelación y había preparativos de toda clase, desde un recorrido innovador para el torneo como nuevas plantas solares para la ciudad que eran las que abastecían todo de energía. Sin embargo, la tragedia volvió a asomar su fea cabeza cuando tres pilotos murieron en el torneo. El accidente fue el peor, de lejos, en la historia de la competencia y de la región.

 El pueblo casi no se recupera. Durante un año no hubo competencias aéreas y no era porque no quisieran sino porque el turismo tuvo un bajó increíble. Tan mal estuvo que muchos de los nuevos comercios tuvieron que cerrar e incluso se limitaron los tures que se hacían por el valle y por el cañón, pues la gente ahora le tenía mucho miedo a todo y no quería arriesgarse yendo muy lejos o caminando cerca de la zona donde había sido el accidente. Sin embargo, muchos terminaban yendo porque, al fin y al cabo, la gente es así y siempre lo será.

 La única manera de mejorarlo todo, hace un año aproximadamente, vino de la mano de un grupo de jóvenes exploradores que habían decidido visitar zonas remotas del mundo para  ver si podían descubrir nuevas especies de plantas y animales. Ya habían estado en un par de densas selvas lejanas y, según dijeron a la gente del pueblo, estaban felices de poder visitar un lugar seco donde la lluvia no fuera constante y pudiesen trabajar a un mejor ritmo. Descubrieron pronto que el calor y la aridez tenían sus inconvenientes pero lo supieron soportar bien.

 El foco de su expedición era el cañón sobre el que pasaban antes los aviones durante el torneo. Era raro pero nadie nunca lo había explorado mucho, pues acceder a pie era mucho más difícil que entrar volando, y eso que eso tampoco era demasiado sencillo. El grupo de jóvenes se quedó allí por casi un mes entero, acompañados de algunos residentes del pueblo que iban y venían. Un buen día, uno de ellos anunció que la expedición terminaba y que harían un anuncio. En la plaza de Cooke, el je de la expedición anunció que habían descubierto quince especies nuevas.


 El interés de parte de conservacionistas y biólogos hizo que el pueblo reviviera. Tanto era el flujo de gente, que reactivaron de nuevo el torneo y las grandes masas del pasado volvieron varias veces más, aunque no en tan gran número, a contemplar a los arriesgados pilotos que ahora volaban sobre las cabezas de campistas novatos o de exploradores empedernidos. Todos podían apreciar con facilidad la belleza del acto del vuelo, ayudado por el sitio donde tenía lugar.

viernes, 5 de agosto de 2016

El valle de los molinos

   Desde hacía unos cien años, os habitantes del valle habían construido varios molinos altos y vistosos en las colinas que rodeaban su hogar. Esto tenía dos funciones esenciales: la primera era tener lugares para procesar la cosecha de trigo que era esencial para la vida en el valle. La segunda razón, sin embargo, era mucho más particular: eran para defensa. Los molinos eran estructuras altas, con cuerpo delgado y con una escalera interna que llegaba hasta un piso superior desde donde se podían ver kilómetros y kilómetros a la redonda.

 Desde su construcción, la gente del pueblo había asignado a una persona diferente por día para vigilar el valle desde la parte alta de cada molino. Eran en total diez estructuras, cada una actuando como vigía para prevenir cualquier invasión. Según un antiguo cuento que todavía recordaban, se decía que un ejército de miles y miles de hombres había arrasado el valle, dejándolo al borde de la extinción.

 Pero el sitio se recuperó y ahora vivían una vida idílica en uno de los lugares más hermosos del mundo. Incluso se creía que muchos seres humanos habían olvidado lo que sabían del valle y por eso era que desde los tiempos antiguos nadie invadía ni se atrevían a pasar por allí. Los molinos eran estructuras que quedaban de esos tiempos. Sin embargo, seguían asignando vigilantes para cada estructura como una tradición que no planeaban dejar de lado.

 El pueblito en el valle tenía forma estirada. Las casas y negocios se acomodaban a lo largo del centro del valle, por donde pasaban un riachuelo del que, todas las mañanas, los habitantes del pueblo sacaban agua para diferentes cosas que necesitaban en el día. Había algunas casas que quedaban en un sitio más alto que otras y normalmente aquellos que vivían en esa zona más alta eran quienes tenían las casas más grandes y más poder.

 A pesar de ser un pueblo pequeño y de no  tener una estructura política o social demasiado estructurada, lo cierto era que las personas que plantaban más trigo controlaban buena parte de los negocios que se daban en el pueblo, que no eran mucho pero podían ser importantes de vez en cuando. Por otra parte, la mayoría de vigilantes para las torres-molino de las colinas eran siempre personas de las casas bajas. Era un trabajo demasiado simple para los demás pero al menos daba cierto honor.

 Un día, una tormenta se acercó rápidamente por el sur, cubriendo el pequeño valle, las suaves laderas con campos de trigo y las colinas con sus torres. Empezó a llover al mismo tiempo que anochecía. Al comienzo la gente pensó que era una tormenta común y corriente, de las que tenían cada mucho tiempo. Pero no era así.

 Llovió por todo un día, sin parar. La fuerza de la tormenta no aumentó en ese lapso de tiempo pero tampoco pareció calmarse. El agua hizo que el riachuelo creciera y todos en el pueblo tuvieron que trabajar para crear una barrera para impedir que hubiera un desbordamiento que afectara de manera grave las casas de las personas. Usaron viejos sacos de los cultivos pero llenos de tierra y los fueron poniendo en fila, a un lado  y al otro del riachuelo, formando una barrera que recorría el pueblo de la parte más alta, a la parte más baja, donde empezaba el bosque en el que cazaban.

 De ese bosque, el segundo día de la tormenta, empezaron a salir criaturas que jamás habían salido en la noche. Algunos de los habitantes del pueblo entraban cada cierto tiempo al pueblo para cazar o para buscar hierbas medicinales para cuando había algunos enfermos graves o algo por el estilo. Pero esta vez, los animales salían y no eran conejos o faisanes sino criaturas enormes como osos de ojos rojos y lobos que parecían listos para atacar en cualquier momento. De hecho, eso fue lo que hicieron y fue entonces cuando el pueblo tuvo su primera tragedia.

 El pobre atacado fue un niño que ayudaba a sus padres a proteger las ventanas y a tapar todos los agujeros por donde se pudiera entrar el agua. Por estar tan ocupados no vieron el lobo entre la lluvia: la criatura se lanzó sobre el niño y los destrozó en poco tiempo. Los gritos se oyeron hasta el molino más alto y todo en el pueblo sintieron una profunda tristeza en sus corazones por lo que había pasado. Al fin y al cabo que hacía muchos años que nadie moría así en el valle. La violencia no era común.

 Para la tercera noche, la gente supo ya que debían quedarse en casa y esperar. Lo malo era que las reservas de comida de cada familia estaban aminorando y si la tormenta no amainaba, no podrían cazar nada ni pescar en el riachuelo ni procesar el trigo que habían logrado guardar antes de la lluvia. Porque los campos, como estaban, ya no servían para nada. Pero los molinos seguían procesando el trigo puesto que no podían dejar de lado su modo de vida por un montón de agua.

 Sin embargo, la cuarta noche trajo algo que ninguno nunca esperó: al pueblo entraron tres hombres a caballo. Dos de ellos escoltaban a uno de capa púrpura y mirada penetrante. Aunque ocultaba su cara bajo la capa, su mirada era intimidante. Los dos otros, sus guardaespaldas, llevaban armaduras finamente decoradas, complementadas con sendas espadas y escudos, también adornados con varios glifos y diseños. Entraron al pueblo a la vez que la lluvia pareció calmarse un poco y la gente los pudo ver, a la luz del día, merodeando por ahí.

 El hombre de la capa miraba a los habitantes del pueblo con una expresión de susto pero cuando llegó a la parte más alta del valle, decidió quitarse la gorra de la capa y revelar su rostro completo. Sus ojos no solo eran penetrantes por si solos sino que tenían un color lila que parecía internarse en la mirada de cualquiera que lo mirara directamente. Tenía una larga cicatriz en una mejilla y, en general, parecía cansado y asustado al mismo tiempo.

 Se bajó de su caballo y trepó por la escaleras del molino más alto. Cuando llegó al último nivel, miró al vigilante con sus ojos poderosos, haciendo que el pobre hombre se escurriera del miedo, efectivamente desmayándose. Entonces, sacó un palo de madera de su bolsillo, muy parecido a una ramita sin hojas, y se apunto con él a la garganta. El palo brilló por un instante. Entonces el hombre habló y su voz sonó atronadora a lo largo y ancho del valle. Quien no estaba en la calle, salió a ver que era lo que ocurría.

 El hombre se presentó como Jordred. Era el consejero real de un reino lejano. Había viajado por años buscando un objeto fantástico, que se creía legendario, para devolverlo a su reino pues su rey lo necesitaba para terminar con una guerra que había durado ya casi cien años, causando millones de muertos y devastación por millones de kilómetros cuadrados en ese lado del mundo.

 Según él, el objeto debía estar en un valle abandonado en el que un antiguo dragón había posado su último huevo. Dentro del huevo estaba la clave que buscaban, aquello que solucionaría todos sus problemas. Entonces Jordred apuntó su varita al cielo y la lluvia se detuvo. Las nubes se retiraron con celeridad y revelaron al sol que brillaba alegremente sobre el húmedo valle. La gente entendió que lidiaban con alguien muy poderoso.

 Jordred les pidió que se reunieran en el pueblo y así lo hizo la gente. Los mayores le dijeron que conocían una historia similar a la del dragón pero la verdad era que nadie nunca la había creído como cierta y menos aún se sabía nada del paradero del famoso huevo. Le dijeron al mago que podía buscar por todas partes, cuanto quisiera, pero que ese objeto tan especial jamás había sido visto por nadie allí. Frustrado, Jordred se reunió con sus guardaespaldas y partieron al instante, no sin antes disculparse por los daños causados. Él necesitaba ese huevo y necesitaba que ellos colaborasen.


 Cuando se fue, todo volvió a la normalidad en el valle. El trigo se recuperó, los molinos comenzaron de nuevo su trabajo de siempre y las familias no temieron más al bosque. Sin embargo, todos tenían una expresión de risa constante. Eso era porque todos sabían que lo que Jordred buscaba, jamás lo obtendría. La leyenda del valle decía que el huevo del dragón tenía dentro nada más y nada menos que al primer habitante del valle. Y ese era un anciano que había hablado con Jordred, a la cara. Era un hombre de casi quinientos años pero aparentaba muchos menos. La gente rió por mucho tiempo hasta que la llegada de Jordred al valle también se convirtió en leyenda.

miércoles, 13 de mayo de 2015

En el desierto

   Como pude, corrí por encima de terreno lleno de piedras y llegué hasta un caballo, que solté con rapidez de donde estaba amarrado. La verdad es que nunca había montado pero no había tiempo para tener lecciones. Era escapar o que me siguieran hasta el fin del mundo. El caballo parecía entender mi preocupación y afán y aceleró con premura hacia el desierto, internándose cada vez más entre las grandes rocas y  sobre el terreno que ya no estaba plagado de rocas de todos los tamaños sino de arena y de un polvo molesto que se metía por la nariz.

 Me hubiese gustado tener unos lentes o una bufanda para impedir quedar ciego por tanta suciedad pero no había como. Había tenido solo una oportunidad para escapar, para salir corriendo y no volver jamás, y en mi camino de escape no vi nada sino al caballo que parecía aburrido ahí amarrado y solo. De pronto por eso me había obedecido con tanta gana: debía estar horriblemente aburrido allí amarrado. Ahora corría con gracia, o por lo menos eso creía yo, cruzando el desierto. Yo me sostenía como podía y cada cierto tiempo miraba hacia atrás, no hay que me enemigo estuviese más cerca de lo que pensaba.

 Bueno, para ser exactos ese hombre no era mi enemigo. De hecho, no tenía idea de quién era. Pero seguramente él si sabía quién era yo y por eso había decidido llevarme de mi casa hasta este paraje lejano. Debía estar inconsciente por al menos un día porque el desierto y el clima del mismo no me resultaban para nada familiares. Ni las plantas ni nada más era algo que yo hubiese visto antes. Lo previsible era que me había sacado del país, de alguna manera, y me había llevado a una casa en la mitad de la nada. Porqué y para qué, eran cosas que yo todavía no sabía y quién sabe si lo sabría algún día.

 El caballo mantuvo el paso rápido durante la tarde hasta que empezó a oscurecer y estaba claro que no llegábamos a ningún lado. Cuando estuvo oscuro por completo, el caballo empezó a trotar y, cuando me di cuenta, se había detenido por completo. Moví las piernas y las riendas para que siguiera el camino pero el caballo me ignoró por completo. Movía las orejas con rapidez y la cabeza a un lado y al otro. Yo halaba y molestaba tanto que terminé por caerme del animal, dándome un golpe bastante fuerte en la cabeza.

 Por un segundo pensé que el animal me iba a dejar allí tirado pero no. El caballo trotó un poco más, yo detrás de él, hasta que llegó a la fuente de un sonido que él había escuchado pero yo, tal vez en mi apuro o preocupación, no había sentido. Se trataba de el murmullo de un pequeño curso de agua, un riachuelo delgado que discurría entre grandes piedras. Seguramente era uno de esos ríos temporales que se formaban por las lluvias muy ocasionales y como yo había estado, hasta hace poco, dormido, era posible que hubiese llovido mientras estaba inconsciente.

 El caballo agachó la cabeza y tomó agua. El pobre animal estaba sediento, cansado del largo viaje que habíamos tenido. Yo me le acerqué por un lado e hice lo mismo que él, tomando el agua entre mis manos. Era algo turbia pero por lo demás no parecía muy maligna que digamos, así que tomé un sorbo y luego más y más hasta que estuve satisfecho. Todo eso, para mí, pareció discurrir en un minuto o dos pero pasó mucho tiempo más porque no mucho después, cuando estaba quedándome dormido a un lado del caballo, el sol empezó a alumbrar el pequeño valle. El gritó ahogado que pegué hubiese atraído a quien estuviese cerca.

 En la noche había sido algo difícil de notar pero en el día era algo tan evidente como que el sol brilla. El piso del cañón estaba infestado de escorpiones. Parecía ser un sitio predilecto para su reproducción porque había montones, incluso un par encima de mi cuerpo que me quité sacudiéndome del susto. El caballo se puso de pie de golpe y me subí en él. No fue sino ajustarme un poco en el asiento para que el animal emprendiera el galope, aplastando cuanto bicho se le cruzaba hasta que dimos con la salida por la que, por equivocación, habíamos entrado la noche anterior. El sonido de los escorpiones aplastados por los cascos del caballo quedó en mi cabeza por un buen tiempo, hasta que estuvimos lejos del lugar.

 Bien podíamos haber estado galopando hacia la casa donde me habían tenido amarrado. El desierto parecía el mismo por todas partes y no había manera de saber exactamente para donde íbamos y de donde habíamos venido. Cuando se escapa de un secuestro, uno no se pone a pensar en que vendría bien llevarse del sitio. El puro miedo es el motor que lo mueve a uno a correr sin pensar adonde. Seguramente alguien con sangre más fría, con temple de acero, habría pensado en robar así fuera algo de comer pero yo no. Estaba muerto del susto.

 El hombre que me había tenido amarrado, y solo puedo asumir que haya sido un hombre porque no puedo estar seguro, no estaba cuando me desperté. Me demoré un buen rato quitándome las cuerdas con las que me había atado pero nunca llegó. Yo solo salí corriendo hacia el caballo y no supe de más nada. Adonde habría ido quién me estaba intimidando, quién me había sacado de mi casa contra mi voluntad y en un momento clave había desaparecido sin razón alguna? Porque no me cabía en la cabeza que un secuestrador se fuera de paseo en la mitad de su actividad. No tenía sentido. Pero en todo caso esa ausencia había sido mi oportunidad y la tomé, así no hubiese estado muy despierto.

  Todo ese día siguiente fue igual. El desierto parecía eterno y el sol había empezado a brillar con más intensidad. No hubo donde tomar agua, así estuviese infestado de escorpiones, y solo pudieron cubrirse del sol a la sombra de grandes rocas, como para no seguir deshidratándose. El tercer día del escape fue mucho mejor porque llegamos a un lago. Yo me lancé, con todo y ropa, y me bañé y tomé agua. Podía haber habido tiburones o cocodrilos y francamente no me hubiese importado. El agua era fría y el clima caliente, no podía ser mejor.

 Nos dimos cuenta, pasadas unas horas, que ese lago era un embalse de una ciudad cercana. Encontramos una carretera, solitaria, pero funcional y la seguimos hacia el lado opuesto del lago. Antes de caer la tarde, llegamos a una ciudad de tamaño medio y por fin pude respirar adecuadamente. Puedo jurar que estuve a punto de llorar pero no lo hice porque ya había mucha gente mirándome. De pronto porque no era muy frecuente andar a caballo por las vías destinadas a las automóviles. Como para fingir que no me daba cuenta de mi rareza, pregunté a varios donde estaba la comisaría de policía más cercana.

 Cuando por fin encontré el edificio, me bajé del caballo y lo dejé donde estaban los vehículos de los oficiales que había dentro de la comisaría. Entre nervioso pero no tuve que llamar la atención de nadie porque se me quedaron viendo como si estuviese loco cuando entré al recibir. Hablé con una joven policía y le expliqué que había escapado de mi captor en el desierto y que necesitaba ayuda para llegar a casa. Le dije donde vivía pero pareció no comprender. Llamó a un oficial mayor y tuve que contarle todo de nuevo. Él también se me quedó mirando pero al menos me hizo pasar a una oficina y me ofreció comida y agua.

 Me dejaron solo mientras verificaban mi historia y no los culpé por eso. Por fin volvió el hombre después de una horas. Me dijo que habían encontrado la denuncia de mi desaparición y me preguntó si me sentía bien, ya que las personas que habían estado tanto tiempo secuestradas, normalmente estaban en malas condiciones físicas. Le pregunté entonces cuanto tiempo había estado secuestrado. El hombre me miró raro de nuevo pero me aseguró que habían sido casi dos años.

 Lo siguiente que recuerdo fue despertar sobre una camilla. Pensé que estaba en un hospital pero una mujer que se me acercó al instante me dijo que estaba en la enfermería de la estación de policía. Me dijo que me había inyectado vitaminas y demás porque estaba muy mal y que me había revisado por completo. En efecto, tenía yo puesta una bata blanca y nada más. Sin razón aparente, le pregunté la mujer por mi caballo y me aseguró que iría a ver si estaba bien, pero sentí que solo lo decía por no alterarme.

 Dormí después más rato hasta que fue de noche. Me despertó el murmullo de unas voces afuera de la enfermería. De repente oí mi nombre y por el timbre de voz supe que eran el policía que me había atendido y la enfermera o doctora. Con cuidado, me bajé de la camilla sin hacer ruido y me acerqué con sigilo a la puerta. Desde allí se escuchaba todo con más claridad. Estaban discutiendo en voz queda pero yo los oía bien. Hablaban de mi imaginación, de que me había imaginado un caballo que no existía y de que estaba deshidratado y posiblemente trastornado por el sol. La doctora le dijo al policía que no era de sorprender, después de tanto tiempo de estar encerrado.

 Habían enviado ya policía al desierto, adonde yo había dicho que estaba la casa, pero todavía no se sabía si habían encontrado el lugar. La doctora le dijo al policía que, además, había algo importante en el caso y es que el secuestro no había sido motivado por dinero. El policía le preguntó como sabía y ella le respondió que tras los exámenes que me había hecho, había podido determinar que había habido violación constante por un largo periodo de tiempo.


 No me molesté en dejarme caer haciendo ruido, casi tan inerte como si hubiese estado muerto. Se me secó la garganta y deseé estar en el cañón de los escorpiones. En ese momento, de pronto, no pareció un lugar tan malo para estar.