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domingo, 17 de abril de 2016

De fondo

  Me dolía la cara de tanto sonreír y las manos de tanto estar aplaudiendo. En mi mente pensaba “solo es un matrimonio”, pero después caía en cuenta que era algo especial para ella, para mi mejor amiga, y por eso era mejor mantener la sonrisa lo que hiciera falta. Obviamente bebí lo que pude, que no era mucho pues ella tenía un padre alcohólico y lo único que ofrecieron fue champaña para los brindis. No sé cómo tuve el valor de ir a las cocinas y conseguir una botella para mí solo. Normalmente me hubiesen dicho que no o algo pero no me dijeron nada. Seguro se notaba en mi rostro que necesitaba el alcohol.

 Por supuesto, fui solo al evento. No iba a mentirme a mi mismo consiguiendo a alguien para que me acompañara cuando jamás había tenido a nadie para ir a celebraciones de ese tipo. Así que estuve solo en la ceremonia religiosa y en la fiesta me sentaron con algunos compañeros de la universidad que no veía hacía mucho. Cuando me di cuenta de ello, me dieron ganas de ahorcar a mi amiga con su velo pero ya estaba lejos, en su mesa especial con sus padres y su esposo, así que mi momento había pasado y tuve que resignarme.

 Lo bueno fue que se aburrieron ellos primero que yo. Solo se puede preguntar “¿Qué has hecho?” una cierta cantidad de veces, hasta que se vuelve repetitivo y poco interesante. Y como mi respuesta era mucho menos interesante que cualquiera que pudiese haber tenido, pues nadie preguntó más después de un rato.

 Sin embargo, tuve que escuchar sus largas conversaciones sobre sus planes de matrimonio, sus increíbles trabajos y su emocionante vida social y romántica. Incluso hubo un momento de comentario bastante íntimos y no pude evitar tener que contar con los dedos hacía cuanto tiempo yo había estado sexualmente con alguien. No lo logré contar los meses porque me interrumpían con preguntas que solo buscaban hacerme parte de la conversación, lo que agradecí pero no era necesario.

 Lo mejor de todo tenía que ser la comida. Primero, porque mi amiga se había esforzado en que el menú fuese delicioso y diferente al del resto de las bodas. Y segundo, porque con la boca llena de comida la gente no puede hablar idioteces o preguntarlas. Prefería mil veces cortar mi carne y ver como sabía con los espárragos y una salsa con nombre en francés, que tener que responder qué me parecía la calidad de la televisión hoy en día.

 Comí todo lo que me sirvieron y llené mi plato dos veces en la barra de postres, una idea que yo mismo había plantado en la mente de mi amiga con éxito. Fue allí que me encontré con otro compañero que no veía hace mucho pero solo nos saludamos y sonreímos.

 Esa historia sí era cómica. En una de las pocas fiestas que había ido al terminar la carrera, lo descubrí en un baño teniendo sexo con otro hombre. Otro hombre que yo conocía también porque, curiosamente, había salido con él  hacía un tiempo y pensaba que me había equivocado al verlo en la fiesta. Lo cómico del asunto era que ese compañero de la universidad siempre había sido uno de esos machos cabríos, con una nueva novia cada semestre. Y siempre ellas eran distintas: a veces rubias, a veces morenas, incluso un par de pelirrojas.

 Cuando lo descubrí, solté una carcajada y cerré la puerta del baño. De pronto por eso en la boda se ruborizó tanto y se abstuvo de servirse helado, que era de lo mejor que había. Lo seguí con la vista y solté una carcajada, como entonces, al ver que se sentaba al lado de una mujer muy guapa que lo besaba en la mejilla y le reclamaba por el helado.

 Iba a llenar mi plato una tercera vez con solo macarrones en la barra de postres y fue entonces que me di cuenta que mi amiga estaba paseándose por cada mesa con su nuevo esposo para saludar a la gente y tomarse fotos con ellos. Se veía muy linda pero yo prefería los macarrones. Cogí algunos de paso a la salida y me fui a un jardín del hotel donde estábamos celebrando la unión.

 Allí me comí el primer macarrón, de dulce de leche con sal o algo por el estilo. Después uno de limón y finalmente el de sandía, que era un sabor particular. Entonces me limpié las manos y sacó un cigarrillo de mi bolsillo. Había llegado con tres cigarrillos sueltos porque sabía cuando los iba a usar. El primero ya se había ido mientras se desarrollaba la ceremonia religiosa. Había tengo que salir un momento para fumarlo y alguien que llegaba tarde me había mirado casi con asco. ¡Que descaro!

 El segundo me lo fumé allí, en el jardín del hotel. Casi no esperé para encenderlo cuando ya lo tenía por la mitad. Odiaba fumar, de verdad que lo odiaba. Pero me hacía sentir algo, como una pequeña paz momentánea que me ayudaba en momentos en que mi autoestima no estaba en su mejor momento. Lo consumí rápidamente y entonces pisé la colilla y la tiré en un bote de la basura que había allí, supuse que para aquellos fumadores empedernidos.

 Pero cuando terminé no volví a mi mesa. Me quedé en el jardín y me di cuenta que no me sentía bien, que el sonido y la presencia de tanta gente me hacían sentir mareado. Entonces pensé en las preguntas, en la demás gente, en lo ridículo que me veía con el traje y la corbata puestos y me puse a llorar en silencio. Después, no tan en silencio.

 Me frustraba mucho todo. La gente decía que con esfuerzo se alcanzaba todo pero eso era mentira. Incluso para la gente que se esfuerza mucho a veces no hay recompensar porque, ¿cómo puede haber recompensas para todos? Es algo imposible. Me había esforzado en mis estudios, me había esmerado y ahora había terminado siendo uno de los que atienden en los mostradores de facturación del aeropuerto. Como no había estudiado para eso (había estudiado arquitectura), tuve que ajustarme con rapidez y siempre sentía una rivalidad extraña con los demás.

 Ello siempre comían en un lado y yo en otro, como si tuviéramos doce años o algo así. Creo que no les gustaba la idea de que alguien que no sabía lo que hacía estuviese metido entre ellos. Lo que ellos no sabían era que a mí también me incomodaba pero necesitaba el dinero y habían estado contratando y por alguna razón me eligieron para uno de los mostradores.

 Todo el día debía lidiar con quejas y reclamos y gritos e insultos o con personas que parecían vivir en la Luna porque no entendían nada o con problemas para los que yo no estaba listo y mis compañeros tampoco pero me miraban mal de todas maneras, como si ellos sí supieran resolverlo. Era un infierno. Pagaban mal, era lejos y llegaba exhausto. Pero eso lo agradecía porque no me daba tiempo de pensar mucho.

 Y de mi vida romántica detestaba contestar preguntas y lo mejor era que nadie preguntaba, a nadie jamás le había interesado esa parte de mi. Creo que la mayoría de personas me veía como un personaje extremadamente secundario en sus vidas, como un figurante que no tiene ni nombre en una película pero que de vez en cuando dice algo como para ayudar a la trama. Ese era yo para la mayoría. No interesaba que pensara o que sentía porque era solo parte del fondo.

 Por eso había ido al matrimonio de mi amiga. Al fin y al cabo era la única que se preocupaba algo por mí, aunque sabía que no debía preguntar demasiado pues me podía poner bastante fastidioso con cualquier tema. De verdad estaba feliz por ella pero no pude evitar llorar en ese jardín hasta que me dolió la garganta. Entonces alguien salió y era el tipo de la doble vida. Algo me dijo, pero no sé que fue. Solo me puse de pie y fui al baño más cercano.


 Me limpié la cara lo mejor que puse y la sequé con varias toallas de papel. Mis ojos estaban muy rojos y tenía partes rojas de la piel también pero sabía que no importaba pues se acercaba la parte del baile. Atenuarían las luces y yo bailaría con mi amiga y seguiría sonriendo y saludando hasta que la velada terminara y entonces pudiese volver a mí.

domingo, 23 de agosto de 2015

El trabajo ideal ?

   Se podría pensar que Carlos tenía el mejor trabajo del mundo, pero a él ya le daba lo mismo. No era como cuando había empezado, días en que todas las atracciones de cada parque le daban una energía que le llenaba el cuerpo y lo hacía estar más feliz que nadie más en el mundo. Carlos lo probaba todo: las montañas rusas, las casas de la risa y las del terror, recorridos tranquilos y recorridos algo más emocionantes e incluso la comida de cada uno de los parques. Trabajaba para la comisión de parque de atracciones y era enviado cada semana a un sitio diferente del país para que viera como estaba todo en dicho parque. La gente de los parques casi se le arrodillaba al verlo pasar ya que sabían quién era y que su opinión acerca de todo era demasiado importante para ignorarla.

 Carlo había empezado a trabajar en ello cuando apenas tenía dieciséis años. Era menor de edad pero el dueño del parque al que él iba con frecuencia, se había dado cuenta que Carlos se fijaba bien en cada cosa que veía y solo repetía cuando algo le gustaba bastante. Y sobra decir que tenía buen gusto, sabía exactamente en que atracciones subirse y como experimentar lo que se suponía debía experimentar. Obviamente el chico se divertía, siempre venía con su novia o sus amigos y eran muy buenos clientes. Por eso unas semanas antes de cumplir los diecisiete el dueño del parque lo saludó y se presentó y le hizo la propuesta sin pensarlo: la paga era generosa, era un trabajo estable y se podría ajustar a su horario de estudios. Era perfecto para un joven.

 Carlos, por supuesto, quiso aceptar de entrada pero sus padres estaban menos emocionados por la oferta. Para ellos, había algo muy raro en que un hombre de cierta edad le ofreciera trabajo de la nada a un muchacho así que hicieron las investigaciones pertinentes antes de dejar que Carlos hiciese nada. Todo fue verificado, incluso el monto que le iban a pagar una vez entrara a trabajar formalmente. Al parecer no era algo frecuente que hubiera personas que probaran las atracciones y las comidas así que por eso el salario era tan bueno: eran pocos y bien elegidos. Viendo lo que era mejor para su hijo, le dijeron que aceptara pero solo si se mantenía en la escuela y, luego, en la universidad.

 Pero, al cabo de un año, Carlos había ganado tanto dinero que la idea de ir a la universidad le pareció una estupidez. Habiendo cumplido los dieciocho, podía ser enviado a lugares más lejanos e incluso a asesorar parques en construcción o ya operando en otros países. Como le habían dicho, los hombres y las mujeres que hacían ese trabajo no eran muchos así que los usaban un poco por todas partes. Fue sin duda una de las mejores épocas de la vida de Carlos que era el ídolo de sus compañeros de clase y amigos. A los diecinueve les compró una casa nueva a sus padres y a los veinte una para él. Que otro chico de esas edad podría haberlo hecho?

 Pero ahora Carlos ya tenía casi treinta años y estaba cansado de todo. Ya no le emocionaba subirse a las atracciones ni comer las estrambóticas comidas de los sitios que visitaba. Ni las tazas de té giratorias le sacaban una sonrisa, ni las canciones para niños que eran omnipresentes en muchos parques. Simplemente lo que le había dado tanta felicidad en el pasado ya no le daba nada a su espíritu o a su cuerpo. Había dejado de sentir esa extraña energía que lo había llenado tanto y lo había llevado a aceptar el trabajo en un principio. Ahora se aburría con cualquier cosa, cosa que a muchos dueños de parques no les gustaba mucho pues ya no sabían que esperar de él. Antes era más fácil imaginarse que iba a decir sobre ellos pero ahora era como ver un zombi en las atracciones.

 Además, estaba solo. Sus padres se habían ido a vivir cerca del mar pues su padre necesitaba del clima para poder mejorar de algunas condiciones médicas que lo aquejaban. Por supuesto, había sido Carlos quién les había comprado una casa de playa con el dinero ganado en su trabajo. La otra casa ahora estaba en venta y pensaba ahorrar el dinero que ganara allí. La verdad era que pensaba renunciar y no quería desperdiciar dinero, como tal vez lo había hecho cuando más joven. Si decidía retirarse de su trabajo, necesitaba de todo el dinero posible para poder estudiar en la universidad y así aprender un oficio como tal para hacer una vida como cualquier otra persona.

 Pero algo le impedía tomar la decisión. Siempre que no estaba de viaje, se decidía ir a la federación a renunciar pero cuando ya estaba cerca o pasaba algún tiempo, se daba cuenta de que quería hacerlo de verdad. Era un sentimiento extraño, que cambiaba a cada rato y lo estaba volviendo loco. Lo bueno era que, como mantenía viajando, al menos se distraía y podía relajar la mente pensando en otras cosas. Aunque lo  cierto era que lo más frecuente era que pensaba en el pasado, cuando disfruta las cosas que hacía. Porque no era nada más el trabajo, era todo lo que tenía en la vida, lo que lo rodeaba, que lo aburría y hacía sentir un tedio inmenso. Su trabajo era uno de los factores más importantes pero pronto se dio cuenta que detrás de su estado de ánimo había mucho más.

 Incluso fue a ver varios médicos porque pensó que podía ser algo físico pero ninguno de ellos notó nada en los varios exámenes que pidió hacerse. Lo único extraño era que tenía la tensión un poco baja pero le aconsejaron varios alimentos y algunos medicamentos a usar solo si se sentía demasiado mal. Al sicólogo nunca fue simplemente porque nunca les había creído ni media palabra. Podría ahorrarse el dinero de una sesión tras la que seguramente no le dirían nada y tendría que seguir pagando como un idiota para que le dijeran algo que ya sabía. No, Carlos no necesitaba tener más cosas en la cabeza.

 En uno de sus viajes, sin embargo, hubo algo o más bien alguien, que cambió un poco su perspectiva de la cosas. Su nombre era Amelia y era una ferviente admiradora de todas las montañas rusas en existencia e incluso de algunas que se planearon pero nunca se hicieron. Se conocieron en una de las atracciones y,  tal vez era por los nervios, Amelia le habló a Carlos apenas salieron del aparato. Ella tenía esa energía especial y él se dio cuenta. Por un momento, todo el peso de sus problemas se levantó de sus hombros y recordó como era el pasado. Recordó lo ligero que todo se sentía, sin ningún tipo de responsabilidad o culpa. Ella le preguntó que era lo que veía pero él no supo explicarlo. Sin embargo, los dos estuvieron juntos toda esa semana, de un lado para otro.

 Carlos le compró un tiquete ilimitado y la invitó a estar con el todos esos días en cada uno de los aparatos, en algunos una segunda o hasta tercera vez. A Carlos las atracciones de ese parque le daban lo mismo pero le encantaba ver la reacción de Amelia en cada uno de ellos. Era como verse a si mismo pero en el pasado y eso le hacía feliz pero también le dolía en el alma. Y Amelia se dio cuenta de que algo no estaba bien con él. Cuando se detenían a tomar o comer algo, ella veía en sus ojos una tristeza extraña, algo así como una melancolía extremadamente profunda. Era muy triste verlo así, como apagado o abatido. Fue entonces que se propuso alegrarlo como pudiese.

 No tuvo mucho tiempo para eso pero, cuando se despidieron en el aeropuerto al final de la semana, Amelia hizo un chiste tonto y por primera vez pudo ver las sonrisa de Carlos. Sus dientes le parecieron muy bonitos. Sus labios se partieron un poco pues el estiramiento de los músculos de la cara no era algo que, por lo visto, hiciese muy seguido. Pero de todas manera ella se sintió feliz por haberlo logrado y él se sintió realizado al hacerlo pues era muy consciente de que hacía tiempo nada lo alegraba con propiedad. Le pidió su número y su correo electrónico y se despidió de Amelia con un abrazo fuerte, como si se tratase de una vieja amiga que no veía hacía mucho.

 De vuelta en casa, se dio cuenta del silencio que había en todos lados y entonces fue como si algo le golpeara justo en el cerebro. Entendió que su tristeza, su pesar interno, tenía que ver con el hecho de que, a diferencia de casi todos, él nunca se había realizado como persona. Había aceptado una propuesta que había sido excelente en el momento apropiado pero eso había tenido consecuencias serias para su vida. La decisión había sido la correcta pero había venido con muchas otras que él nunca pensó en el momento y que hasta ahora veía. Esa noche, Carlos se miró en el espejo, se mojó la cara y pensó largo y tendido sobre que debía hacer.


 Al día siguiente, pidió una semana libre del trabajo y voló de inmediato a la casa de sus padres. Ellos estaban contentos de verlo pero le preguntaron porque había decidido visitarlos tan de sorpresa. Carlos les explicó que los extrañaba y que necesita alguien cerca para poder dar el próxima paso en su vida. Cuando le preguntaron cual era ese paso, él sonrió y les dijo que no tenía idea pero que sabía que había llegado el momento de tomarlo y que era posible que ellos lo pudieran ayudar para tomarlo. Carlos se quedó toda la semana allí y en ese tiempo habló con Amelia. No sabía cuanto iba a tomar el saber que debía hacer con su vida pero, la verdad, era que no tenía el menor apuro.

viernes, 12 de junio de 2015

Florencia y el no

   Toda la vida, Florencia había sabido que su vocación en la vida era pintar. Desde muy pequeña ya sabía usar los diferentes tipos de pinturas, las sabía mezclar y elaboraba imágenes con ellas. Sus padres ponían cada dibujo en su cuarto, como si fuera un premio, para que cada persona que visitase la casa viera lo talentosa que era su pequeña hija. Ya en el colegio se destacaba por lo mismo aunque empezó a tener problemas con las materias relacionadas con las ciencias. No les encontraba sentido alguno y prefería hacer garabatos en su cuaderno durante las clases que ponerse a buscar cuanto simbolizaba la x o que pasaba cuando una cosa y otra se mezclaban en química. El hecho era que tampoco le daba mucha importancia al asunto porque sentía que no era algo útil para su vida.

 Y tenía razón. Pero de todas maneras sus padres y sus profesores empezaron a hablar sobre como ella debía de poner más atención y mejorar sus notas o sino podía tener que repetir el año escolar. Esto no sentó nada bien con los padres que buscaron tutores para su hija y dejaron de apoyar su arte como lo habían hecho antes. No era que le prohibieran dibujar ni nada por el estilo, sino que dejaron de alabar su trabajo y de apoyarla tanto como antes. No querían que su hija fuese de esos niños que repiten años, que los demás juzgan como lentos o tontos. Así que tuvo tutores que le metieron en su pequeña cabeza todo lo que tenía que saber. El año lo pasó con notas decentes y las siguientes vacaciones de verano fueron las más largas para Florencia, o al menos eso sentía.

 A pesar de su logro, sus padres ya no apoyaban su  deseo de pintar y dibujar y demás. Les pidió que la dejaran entrar a unos cursos de verano que había para aprender a dibujar como lo hacen los japoneses en las historietas pero sus padres se negaron y le recordaron que era mejor que se pusiera a estudiar y estuviera muy atenta desde ya, porque no querían tener otra vergüenza como la de ese año. Lo dijeron tal cual. Así que Florencia dejó de pedirles nada y siguió dibujando pero cada vez menos.

 Los últimos años de colegio fueron eternos. No solo porque nunca entendió de verdad ninguna de las ciencias sino porque su impulso se había perdido. Ya no era la misma niña eternamente alegre de antes. Ahora rara vez se le veía reír o sonreír y sus amigos se podían contar con una sola mano, algo que no era malo de por sí pero hay que tener en cuenta que ella siempre había sido la que hacía grandes fiestas de cumpleaños con muchos niños y actividades por doquier. Eso se acabó y nadie nunca preguntó porque. Ni los niños ni sus propios padres se indagaron al respecto y, cuando ellos le regalaron un viaje en crucero para celebrar su graduación, ella lo rechazó y les dijo que prefería guardar el dinero para su carrera. Los padres, estúpidamente, pensaron que era una decisión tomada desde su nueva madurez. Pero no era así. Estaba amargada.

A la hora de escoger su carrera, Florencia sintió que su amor por el arte revivía. Vio muchas asignaturas y lugares en donde el arte era enseñado y pulido para que cada alumno pudiese explotar su potencial. Todas eran buenas universidades y la carrera resultaba muy barata a diferencia de otras. Pero sabía que sus padres se iban a negar así que un día los juntó para hablarles al respecto. De nuevo, ellos se sintieron orgullosos de tener una hija tan responsable. Ella les presentó tres opciones y la idea era que ellos le aconsejaran cual sería la mejor carrera para elegir. Estaba la de arte, la de diseño y la de arquitectura. Ellos leyeron cada folleto, le hicieron preguntas y le dijeron que lo iban a pensar.

 Al otro día, y como sin darle mucha importancia, su madre le dijo que habían hablado con su padre y habían decidido que la mejor carrera era la de derecho. Florencia rió pero su madre la miró con reprobación. La joven  le dijo que esa carrera ni siquiera estaba entre las opciones pero su madre le replicó que su padre había averiguado que era la carrera más lucrativa en estos días y que todo el mundo estaba estudiándola. Florencia le dijo a su madre que esas no eran razones para elegir una carrera pero su madre la dejó callada cuando le confesó que su padre había ido a inscribirla y que iba a volver en la noche con la sorpresa.

 Florencia lloró como una magdalena esa noche. No bajó a cenar así que su padre nunca la “sorprendió” con la noticia. Derecho?  A ella que le importaba eso! No quería tener nada que ver con ello y menos cuando había hecho tanto esfuerzo juntando folletos y material para que ellos lo leyeran. Tenía que confesar que desconocía a sus padres, que habían cambiado radicalmente desde que era pequeña. De pronto querían lo mejor para ella, al fin y al cabo eran sus padres, pero no era justo que hubiesen tomado la decisión así como así.

 Pero lo habían hecho y el primer día de universidad fue un infierno. Fue como volver a las eternas clases de matemáticas donde, no solo no entendía nada, sino que no le importaba ni media palabra que pronunciaba la gente. La mayoría de alumnos estaban emocionados de estar allí y creían, tontamente, que todos llegarían a ser abogados al estilo de los programas de televisión estadounidenses. Pero Florencia no. De hecho, se dio cuenta de lo que podía hacer. Ese semestre se encargó, conscientemente, de perder cada materia desastrosamente. Iba a castigar a sus padres de la manera que más les iba a doler: el dinero. Y sabía que iba a funcionar.

 Mientras lograba su cometido, Florencia era como residuo nuclear. Nadie se le acercaba o al menos así fue hasta la mitad del semestre, cuando conoció a una chica en el comedor de nombre Diana. Ella vendía todo tipo de repostería y le contó que vendía sus pastelillos y galletas clandestinamente en la universidad y también en su casa. Impulsada por la venganza, Florencia le dijo que le podía ayudar a vender y eso hizo. Se hicieron buenas amigas con Diana y decidieron pulir el negocio, poniéndole un logo diseñado por Florencia y un nombre atractivo. Así empezaron las dos a ganar dinero y pronto les iba también que Diana pensó en alquilar un local y atender allí. Eso fue como un llamado a la liberación para Florencia.

 Cuando por fin fracasó el semestre, sus padres nunca preguntaron nada. Asumieron que como era ya una mujer hecha y derecha, ella les contaría lo que pasara con la universidad. Le dieron el dinero para el segundo semestre pero ella lo invirtió todo en el local. Lo arreglaron con cuidado y se ubicaron en un barrio con buen movimiento. El éxito fue rotundo. Diana estaba tan feliz que, habiendo conocido mejor a su compañera de negocios, le pidió que volviera a dibujar y que lo podía hacer diseñando adornos o individuales diferentes para cada persona. Y así fue.

 Los padres de Florencia se dieron cuenta de todo cuando un articulo al respecto salió en el periódico. Su salón de té, como le habían puesto, era tan exitoso que les habían hecho muchas entrevistas. Pero ellos no se alegraron por ella. Estaban decepcionados de descubrir lo que había hecho en la universidad y le exigieron que volviera a estudiar. Lo único que hizo Florencia fue devolverles el dinero de las matriculas de ambos semestres, el perdido y el que nunca hizo, y cogió su ropa y se fue de la casa sin decir nada. Ellos jamás trataron de detenerla o de ubicarla.

 Se consiguió un pequeño sitio cerca a la tienda y le dijo a Diana que esta era la primera vez que era feliz de verdad. Nunca antes se había sentido verdaderamente completa y se lo agradecía. Aunque podía ejercer su amor al arte, debía confesar que este había recibido demasiados golpes como para que alguna vez volviera a ser tan destacable como antes. Incluso ahora, podía ver que había perdido mucho de ese talento que había mostrado de más joven. Pero eso ya no importaba. Las cosas cambian y no se puede uno lamentar al respecto. Lo hecho, hecho está y hay que ver que otro camino hay para seguir adelante porque eso es lo único cierto.

 Las dos amigas crecieron juntas económicamente y en cinco años tenían seis tiendas en la ciudad, algunas en sectores de altos ingresos donde celebridades y personajes de la vida social iban a comer o tomar algo en las tardes. La decoración de los sitios, mezclando diferentes estilos pero siempre guardando ese aspecto de salón de té inglés, les había merecido halagos e incluso premios. Sin embargo, lo que más le dolía a Florencia, era ver que Diana todavía tenía a su familia al lado y que ellos estaban orgullosos. Pero era entonces cuando Florencia inhalaba lentamente y luego soltaba el aire, recordando que las cosas  no siempre son como las queremos.


 Todas las noches trataba de dibujar de nuevo. Unas veces podía, otra veces no y cuando podía el resultado no siempre era el mejor. Era algo perdido. Pero tenía su negocio, tenía el placer de atender a sus clientes, de adecuar los locales, de hacer los pastelillos y, lo mejor, de tener una amistad a prueba de todo, incondicional y fuente de apoyo y consuelo.

viernes, 23 de enero de 2015

Lo de siempre

 - Sabes? Siempre quise ser como él.
 - Como?
 - Libre.

 Martina se removió en su asiento, como si mi declaración del momento fuese altamente fastidiosa.

 - A quién le importa?
 - A mi.
 - No te sientes libre? No te sientes en paz contigo mismo?
 - Porque te molesta que diga algo así? Es verdad. Estoy atrapado      aquí, en mi mismo.
 - Y que es lo que tanto necesitas hacer? Que es lo que necesitas      para hacerte libre?

 Me puse de pie. Definitivamente podrá ser mi mejor amiga pero a veces no entiende nada.

Quisiera tener la capacidad de hacer lo que se me de la gana.
Eso lo entiendo pero que es lo que quieres hacer? No entiendo que   te fastidia tanto de tu vida.
Siempre me fastidia algo, ese el problema.

 Martina se puso también de pie y empezamos a caminar. Por un tiempo, guardamos silencio, cada uno preparando su siguiente argumento. No era la primera vez que hablábamos del tema y ciertamente no sería la última. Pero esa vez se sentía diferente.

Has viajado, has conocido, estudiaste más.
Y?
Como que “y”? Muchos quisieran hacer eso mismo.
Y a mi que me importa?

 Para decir eso me detuve, cansado de oír siempre el mismo argumento. Cansado de siempre tener que sentirme mal por alguien más que no conozco porque, por alguna razón, no tuvieron oportunidades.

 Es acaso mi culpa? No puedo querer más solo porque he hecho lo que he vivido? No es justo. Y se lo dije a Martina.

En eso tienes razón pero todavía no me dices que quieres de la       vida.
No tengo trabajo.
No es fácil. Ya te he dicho que tienes que seguir intentando hasta   que…
Hasta que qué? Hasta que me salgan raíces y mis papás cometan       asesinato por no ser de utilidad para la humanidad?

 Martina resopló. No era fácil ser amiga mía, lo sabré yo. Ella vive una vida diferente y yo siempre he dicho que es imposible, por esa misma razón, dar consejos de gran utilidad. Los amigos, sean quienes sean, solo pueden dar direcciones, como si uno estuviera perdido en una ciudad enorme. Ya depende de uno interpretar esas direcciones y ver si, en el camino, no se descubre un nuevo camino para llegar al destino deseado.

Nunca harán eso.
Como sabes?
Porque lo dudo mucho.

 A eso, no tenía respuesta.

Quisiera tener una vida sexual, por ejemplo.

 Martina de pronto estalló en risas, como si hubiera dicho uno de los mejores chiste que jamás hubiese escuchado.

No seas ridículo.
Tampoco puedo desear eso?
Sabes que si quisieras tendrías una vida sexual más activa, la       tendrías. No creo que te sea muy difícil.
Recuerdas mi pequeña estadía en cierta clínica, o no?

 Mi amiga sabía bien que yo había estado internado en un hospital psiquiátrico por tratar de suicidarme. La verdad es que sabía muy bien como hacerlo pero solo quise llamar la atención. No tuve tanto éxito como hubiese querido.

Siempre sacas eso.
No sabes como es hoy en día entre hombres.
Una mujer no sabe como es sentirse menos que los demás? En que mundo vives?
Touché.

 Seguimos caminando, saliendo del parque y caminando después por una avenida grande con varios negocios de lado y lado. Después de unos minutos sin hablar, le señalé a Martina una heladería y ella asintió. Entramos, pedimos los helados, ella los pagó y nos sentamos en una mesita en la terraza del sitio. Hacía sol, por alguna razón, así que nos sentamos allí a mirar pasar la gente. Siempre son amigos de verdad, si pueden preservar un silencio y no es incomodo.

Entonces es el trabajo y el sexo. O hay más?
Quisiera vivir solo.
Y para eso necesitas dinero.
Exacto.
Que se consigue con trabajo.
Así es.
Entonces estás jodido.

 No pude contener la risa. Casi se me cae el cono de helado al piso y tuve que contenerme ya que el frío del helado me hacía toser violentamente. Cuando por fin me calmé, Martina me miraba burlonamente.

Y como lo tomas? Que haces para lograr eso?
Nada. Hago lo que hago siempre.
Y eso te ha servido.
No.
Entonces has otra cosa.
Como que? Venderme al mejor postor y trabajar en cualquier puesto   mediocre?
Porque no?
Porque ya he tratado y tampoco han querido contratarme. No me       quieren ni para voltear hamburguesas.

 Esta vez fue Martina que rió como loca. Afortunadamente había pedido su helado en una vaso de plástico, ya que de la risa se le resbaló al piso y cayó con un sonido sordo, sin voltearse. Lo recogió tratando de reír menos y se echó una cucharada a la boca, para calmarse totalmente.

No sé que hacer.
Ya habrá algo. Puedes estudiar algo…
Ya he estudiado lo suficiente, lo que supuestamente da más trabajo   pero, ya ves.
- No importa. Puedes hacerlo para distraerte.
Más dinero para que gasten mis papás.
Y?

 Esta vez la miré como si se hubiese vuelto loca.

Me da lástima hacerlos gastar más dinero.
Pero puedes preguntar, no? Que tal que acepten que quieras           estudiar otra cosa o trabajar en otra parte? Créeme, si te tienes   que ir, vete. El mundo hoy en día es como una ciudad muy grande,     no es tan difícil como antes.
Ya lo he hecho recuerdas.
Y sé que debiste quedarte allá.
Lo sé, créeme que lo sé.
En todo caso, ten paciencia.

 Suspiramos los dos, al mismo tiempo. Compartimos una sonrisa y luego terminamos nuestros helados.

 De camino a la parada del bus, decidí preguntarle a Martina sobre sus cosas, su vida. Siempre nos enfocábamos mucho en mi y eso me hacía sentir culpable. Me contó lo que debía saber y yo no hablé en todo el rato, solo escuchando y asintiendo en los momentos propicios.

 Cuando por fin llegamos, nos abrazamos con cariño.

No te vuelvas loco pensando. Deja que las cosas pasen y trata de     no dejar ir las oportunidades cuando se presenten. Eso es lo         importante.

 Como el bus estaba frenando, solo tuvimos cerca de acordar que nos veríamos de nuevo en unas semanas. Le sonreí cuando estaba ya adentro y luego se fue.

 Martina tenía razón, sin duda. No podía castigarme a mi mismo, de nuevo, por lo que no era o no estaba. Ya había hecho eso mucho tiempo en mi vida, torturándome por no ser, parecer, tratar, intentar, ver o hacer. Pero ya no, no puedo seguir así.


 Así que decidí que, aunque todo me preocupa todo el tiempo, me iba a relajar e iba a pensar todo con cabeza fría e iba a disfrutar de la vida que tenía porque tal vez el cambio no demore tanto como parece.