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miércoles, 12 de julio de 2017

Sobrevivir, allá afuera

   El bosque era un lugar muy húmedo en esa época del año. La lluvia había caído por días y días, con algunos momentos de descanso para que los animales pudieran estirar las piernas. Todo el lugar tenía un fuerte olor a musgo, a tierra y agua fresca. Los insectos estaban más que excitados, volando por todos lados, mostrando sus mejores colores en todo el sitio. Se combinaban el sonido de las gotas de lluvia cayendo al suelo húmedo, el graznido de algunas aves y el de las cigarras bien despiertas.

 Lo que rompió la paz fue un ligero sonido, parecido a un estallido, que se escuchó al lado del árbol más alto de todo el bosque. De la nada apareció una pareja de hombres, tomados de la mano. Ambos parecían estar al borde del desmayo, respirando pesadamente. Uno de ellos, el más bajo, se dejó caer al suelo de rodillas, causando una amplia onda en el charco que había allí. Los dos hombres se soltaron la mano y trataron de recuperar el aliento pero no lo hicieron hasta entrada la tarde.

 Era difícil saber que hora del día era. Los árboles eran casi todos enormes y de troncos gruesos y hojas amplias. Los dos hombres empezaron a caminar, lentamente, sobre las grandes raíces de los árboles, pisando los numerosos charcos, evitando los más hondos donde podrían perder uno de sus ya muy mojados zapatos. La ropa ya la tenía manchada de lo que parecía sangre y barro, así que tenerla mojada y con manchas verdes era lo de menos para ellos en ese momento.

 Por fin llegaron a un pequeño claro, una mínima zona de tierra semi húmeda cubierta, como el resto del bosque, por la sombra de los arboles. Cada uno se recostó contra un tronco y empezó a respirar de manera más pausada. Ninguno de los dos parecía estar consciente de donde estaba y mucho menos de la manera en como habían llegado hasta allí.  Parecía que no habían tenido mucho tiempo para pensar en nada más que en salir corriendo de donde sea que habían estado antes.

 El más alto de los dos fue el primero en decir una sola palabra. “Estamos bien”. Eso fue todo lo que dijo pero fue recibido de una manera muy particular por su compañero: gruesas lagrimas se deslizaron por sus mejillas, cayendo pesadamente al suelo del bosque. El hombre no hacía ruido al llorar, era como si solo sus ojos gotearan sin que el resto del cuerpo tuviera conocimiento de lo que ocurría. Pero el hombre alto no respondió de ninguna manera a esto. Ambos parecían muy cansados como para tener respuestas demasiado emocionales.

 Algunas horas después, ambos tipos seguían en el mismo sitio. Lo único diferente era que se habían quedando dormidos, tal vez del cansancio. Los bañaba la débil luz de luna que podía atravesar las altas ramas de los árboles. Sus caras parecían así mucho más pálidas de lo que eran y los rasguños y heridas en lo que era visible de sus cuerpos, empezaban a ser mucho más notorios que antes. Se notaba que, donde quiera que habían estado, no había sido un lugar agradable.

 El más bajo despertó primero. No se acercó a su compañero, ni le habló. Solo se puso de pie y se adentró entre los árboles. Regresó una hora después, cuando su compañero ya tenía una pequeña fogata prendida y él traía un conejo gordo de las orejas. Nunca antes había tenido la necesidad de matar un animal salvaje pero había estado entrenando para una eventualidad como esa. Le encantaban los animales pero, en la situación que estaban, ese conejo no había estado más vivo que una roca.

 Así tenía que ser. Entre los dos hombres se encargaron de quitarle la piel y todo lo que no iban a usar. Lo lanzaron lejos, sería la cena perfecta de algún carroñero. Ellos asaron el resto ensarto en ramas sobre el fuego. La textura era asquerosa pero era lo que había y ciertamente era mucho mejor que no comer nada. Se miraban a ratos, pero todavía no se hablaban. La comida en el estomago era un buen comienzo pero hacía falta mucho más para recuperarse por completo.

 Al terminar la cena, tiraron las sombras y apagaron el fuego. Decidieron dormir allí mismo pero se dieron cuenta que la siesta de cansancio que habían hecho al llegar, les había quitado las ganas de dormir por la noche. Así que se quedaron con los ojos abiertos, mirando el cielo entre las hojas de los árboles. Se notaba con facilidad que había miles de millones de estrellas allá arriba y cada una brillaba de una manera distinta, como si cada una tuviese personalidad.

 Fue entonces que el hombre más alto le dio la mano al más bajo. Se acercaron bastante y eventualmente se abrazaron, sin dejar de mirar por un instante el fantástico espectáculo en el cielo que les ofrecía la naturaleza. Poco a poco, fueron apareciendo estrellas fugaces y en poco tiempo parecía que llovía de nuevo pero se trataba de algo mucho más increíble. Se apretaron el uno contra el otro y, cuando todo terminó, sus cuerpos descansaron una vez más, con la diferencia de que ahora sí podrían estar en paz consigo mismos y con lo que había sucedido.

  Horas antes, habían tenido que abandonar a su compañía para intentar salvarlos. No eran soldados comunes sino parte de una resistencia que trataba de sobrevivir a los difíciles cambios que ocurrían en el mundo. Al mismo tiempo que todo empezaba a ser más mágico y hermoso, las cosas empezaban a ponerse más y más difíciles para muchos y fue así como se conocieron y eventualmente formaron parte del grupo que tendrían que abandonar para distraer a los verdaderos soldados.

 La estratagema funcionó, al menos de manera parcial, pues la mayoría de efectivos militares los siguieron a ellos por la costa rocosa en la que se encontraban. Fue justo cuando todo parecía ir peor para ellos que, de la nada, se dieron cuenta de lo que podían hacer cuando tenían las mejores intenciones y hacían lo que parecía ser lo correcto. En otras palabras, fue justo cuando necesitaron ayuda que de pronto desaparecieron de la costa y aparecieron en ese bosque.

 No había manera de saber como o porqué había pasado lo que había pasado. De hecho, sus pocas palabras del primer día habían tenido mucho que ver con eso y también con las heridas que les habían propinado varios de sus enemigos. Ambos habían sido golpeados de manera salvaje y habían estado al borde de la muerte, aunque eso no lo sabrían sino hasta mucho después. El caso es que estaban vivos y, además, juntos. Tenían que agradecer que algo así hubiese pasado en semejantes tiempos.

 Al otro día las palabras empezaron a fluir, así como los buenos sentimientos. Se tomaron de la mano de nuevo y empezaron a trazar un plan, uno que los llevaría al borde del bosque y eventualmente a la civilización. Donde quiera que estuvieran, lo principal era saber si estaban seguros de que nadie los seguiría hasta allí. De su supervivencia se encargaría el tiempo. Caminaron varios días, a veces de día y a veces de noche pero nunca parecían llegar a ninguna parte.

 El más bajo de los dos empezó a sentir que algo no estaba bien. Se abrazaba a su compañero con más fuerza que antes y no soltaba su mano por nada, ni siquiera para comer. El miedo se había instalado en su corazón y no tenía ni idea de porqué.


 El más alto gritó cuando una criatura se apareció una noche, cuando dormían. Parecía un hombre pero no lo era. Fue él quién les explicó que nunca encontrarían una ciudad. Ellos le preguntaron porqué y su única respuesta fue: “Funesta es solo bosque. Todo el planeta está cubierto de árboles”.

lunes, 15 de mayo de 2017

Hallazgos

   Viajar parecía cada vez más rápido. Era la segunda vez en el año que Roberto tomaba el transbordador que lo llevaría de la ciudad de París hacia Hiparco, la ciudad más poblada de Tritón. El viaje tomaba un día entero pero con la tecnología disponible no parecía ser más que un viaje en taxi. Cuando los pasajeros se despertaban de su sueño causado por un gas especial que soltaban al momento del despegue, sentían como si apenas acabaran de subirse al vehículo y no notaban los miles de millones de kilómetros recorridos.

 Hiparco era una ciudad muy activa. No solo porque era una de las más cercanos al Borde, sino porque se había convertido en el refugio de artistas incomprendidos y científicos que querían probar nuevas teorías. Era una ciudad sumergida en los grandes conceptos y por todo lado se podía ver gente tratando de lograr algo completamente nuevo. No era de sorprender que de allí hubiese salido una de las óperas más famosas jamás compuestas y un tipo de plástico que ahora todo el mundo utilizaba.

 El trabajo de Roberto consistía en algo muy sencillo: vender. Claro, la gente lo podía pedir todo por una computadora y poco después algún robot se lo entregaría casi sin demora. El problema era que muchas veces las personas querían un trato más cercano, con un ser humano mejor dicho. Aparte, Roberto no solo vendía sino compraba y esa era en realidad su actividad primaria. Iba de ciudad en ciudad viendo que podía encontrar, ojalá objetos valiosos de épocas pasadas.

 El negocio era familiar y había sido su abuelo el que lo había fundado hacía unos cien años. Desde ese entonces, por la tienda de la familia habían pasando incontables objetos de diversos usos. Roberto había llegado a Hiparco buscando nuevas adiciones. La mayoría era para vender pero muchos de los verdaderamente valiosos se quedaban con la familia. En parte era por el valor pero también porque adquirían una importancia sentimental fuerte, que parecía ser característica de la familia.

 En Hiparco, Roberto visitó en su primer día a unas diez personas. Estos eran los que querían ver los nuevos avances o necesitaban ayuda con sus compras. Ese primer día era para él siempre sumamente aburrido, pues resultaba algo rutinario y no tenía ningún interés verdadero en mostrarle a nadie como se reparaba su aspiradora de última generación. Los días que disfrutaba de verdad eran el segundo y el tercero. Eso sí, jamás se quedaba más de tres días en una misma ciudad, o sino no terminaría de hacer sus viajes por el sistema solar nunca.

 El segundo día en Hiparco era el emocionante. Roberto se despertó temprano y salió a caminar por los hermosos senderos de la ciudad. Tritón estaba en proceso de terraformación y por eso solo la gran ciudad tenía verde. El resto del satélite estaba completamente muerto, como lo había estado hacía muchos años durante la época del padre del padre de Roberto. Daba un poco de susto pensar en que en ese entonces el lugar donde él estaba parado no era más sino un arrume de piedras y polvo.

 Su primer destino fue el mercado de la ciudad. Allí siempre encontraba aquellos que tenían algo que ofrecer. En efecto, no había estado ni cinco minutos allí cuando empezó a charlar con una mujer que vendía tabletas de ingestión. Al decirle su trabajo, ella saltó y le ofreció mostrarle uno de los mayores secretos de su familia. Roberto tuvo que esperar un buen rato para que la señora buscara su objeto, cosa que no le hizo a él mucha gracia. Perder el tiempo no era algo productivo.

 Cuando volvió, la mujer tenía en las manos una bolsita de cuero. Roberto sabía que era cuero porque lo había tocado varias veces pero era uno de esos materiales que nunca deja de sorprender. Este en particular, era extremadamente suave y oscuro, como si el proceso para fabricarlo hubieses sido dramáticamente distinto al de otros cueros. La señora dejó que el hombre tocara la bolsita un buen rato hasta que decidió tomarla y mostrarle lo más importante: el interior.

 Adentro, había algo que Roberto no esperaba ver. Era algo tan poco común como el mismo cuero. Gracias a sus conocimientos y algunos recuerdos vagos de infancia, supo que lo que veía adentro de la bolsita eran monedas. Sacó una con cuidado y la apretó entre dos dedos. Era sólida como roca pero con una forma redonda muy bonita. Lo más destacable era que estaba muy bien conservada; las dos caras seguían teniendo el relieve original que tenía una imagen diferente en cada lado.

 Al preguntarle a la mujer por el origen de las monedas, ella confesó que había sido su marido el que había guardado esa bolsita por años. Ella la encontré después de él haber muerto, no hacía sino algunos meses. Dijo que las monedas no tenían para ella ningún significado y que preferiría algunos créditos extra en su cuenta y no unos vejestorios por ahí, acumulando polvo en su casa. El obro le pagó de inmediato y salió con su hallazgo del mercado. Tan feliz estaba que decidió no recorrer la ciudad más ni seguir buscando objetos para comprar. Quería volver a su hotel deprisa.

 Allí, revisó individualmente el contenido de la bolsita de cuero. Contó ocho monedas adentro. Pero cuando vacío el contenido sobre el escritorio de la habitación, pudo ver que había algo más allí. Era algún tipo de tecnología antigua, tal vez hecha al mismo tiempo que las monedas. Era un objeto plano, de color brillante. Su tamaño era muy pequeño, más o menos igual que un pulgar humano, y era ligeramente rectangular, casi cuadrado. Roberto lo revisó pero no sabía lo que era.

 Como ya era tarde, decidió acostarse para en la mañana tratar de hacer más compras antes de tener que volver a la Tierra. El transbordador salía a medio día así que debía apurarse con sus compras. Sin embargo, a la mañana siguiente, Roberto no encontró nada que le interesara. Nadie tenía nada más importante que las monedas y eso era lo único que a él le interesaba, pues no hacía sino pensar en ellas. Y también en el misterioso objeto de color brillante, que parecía salido de un sueño.

 Cuando terminó su ronda infructuosa, regresó al hotel a recoger sus cosas. Tomó su maletín de trabajo y salió hacia el transbordador. En lo que pareció poco tiempo llegó de vuelta a casa, donde tuvo la libertad de revisar las monedas a sus anchas. Por su investigación, que duró apenas unas horas, pudo determinar que se trataba de un tipo de dinero utilizado en una zona determinada de la Tierra, muchos años en el pasado, de la época de su bisabuelo.

  Cada moneda tenía un lado único, diferente, lo que las hacía más hermosas. Su meta sería conseguir más, para ver que tan variadas podrían ser. La búsqueda de información sobre el otro objeto no fue tan fácil como con las monedas. Todo lo que tenía que ver con tecnología era difícil de rastrear por culpa de la misma evolución de todo lo relacionado con el tema. No fue sino hasta una semana después cuando un coleccionista le consiguió un libro que explicaba que era el objeto.

 Debió usar guantes para no destruir el libro. El caso es que había una foto de su hallazgo y se le llamaba “Tarjeta de memoria”. Era un dispositivo en el que se transportaba información hacía muchos años. Es decir, que adentro podría tener mucho más de lo que cualquier otro objeto le pudiera proporcionar a Roberto.


 La felicidad le duró poco puesto que los lectores de esa tecnología ya no existían. Ni siquiera los museos tenían algo así y menos aún que sirviera todavía. Así que por mucho tiempo, Roberto se preguntó que secretos guardaría ese pequeño fragmento de plástico en su interior.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Poderes

   La pasarela elevada pasaba sobre los cinco depósitos de químicos de la fábrica. El primer en llegar fue Félix, que parecía no poder respirar y sin embargo corría todo lo que podía sin mirar atrás. Cuando estuvo encima del tercer tanque, se detuvo para ver si Marcos lo había seguido.

 En efecto, Marcos venían corriendo detrás pero lo malo era lo que venía detrás de él: era una criatura que helaba la sangre solo de verla. En apariencia era como una serpiente, solo que esta serpiente medía una docena de metros de largo y era gruesa como el tronco de un árbol. Subía por la escalerilla que daba acceso a la pasarela elevada con una habilidad que daba susto. Marcos corría lo más rápido que podía y le indicó a Félix que debía seguir su camino también o ambos serían comida de reptiles.

 La criatura se desenrolló en la pasarela flotante y con agilidad se deslizó por encima del frío metal que constituía la estructura de la especie de puente que unía un extremo al otro de la fábrica. Los de abajo eran químicos altamente corrosivos que se usaban para la creación de varios tipos de productos para la limpieza. Era un poco extraño que esa fuera la guarida de uno de los criminales más buscados por la policía pero así era. El hombre llamado la Sombra tenía su base de operaciones debajo de la estructura, en sótanos adecuados para sus actividades. Y allí también residía su mascota, la que ahora perseguía a Marcos y a Félix.

 En un momento, la criatura se enroscó en un mismo sitio y pegó un salto hacia delante, como un resorte. Félix ya había llegado al otro lado de la pasarela pero Marcos no podía correr tanto por una torcedura de tobillo que hacía que dada paso fuese un poco más difícil. Cuando la criatura saltó, le cayó muy cerca, tanto que la serpiente pudo lamerle la planta de uno de sus zapatos con su lengua bífida.

 Entonces la serpiente volvió a recoger para saltar de nuevo. Marcos había caído al suelo y no podía pararse, su pie estaba ya fracturado y sentía que se empezaba a hinchar. No había ya ninguna opción de escapatoria. Los ojos de la serpiente brillaron, contenta de haber podido atrapar al menos a uno de los hombres que estaban persiguiendo. Presionó su cuerpo sobre si mismo y volvió a saltar, dirigiendo su enorme cabeza hacia la Marcos, para tragarlo de un bocado.

 Pero la serpiente nunca cayó sobré él sino que frenó en la mitad del aire y quedó allí, congelada en el tiempo como un muñeco. Se notaba incomoda y su nerviosismo aumentó cuando en vez de estar sobre la pasarela, pasó a estar sobre uno de los tanques de químicos. Antes de caer, abrió los ojos y soltó un chillido horrible. Momentos después, su cuerpo se deshacía en un liquido de color verde esmeralda.

 Marcos respiraba deprisa. Había estado muy cerca de morir pero había visto como había pasado todo: era Félix quién había utilizado su capacidad mental para controlar a la serpiente y hacerla caer en el lugar equivocado. No hubo conversación ni felicitaciones ni nada parecido. Félix ayudó a Marcos a ponerse de pie y con sus poderes lo bajó de la pasarela flotante. Una vez abajo, se dirigieron al estacionamiento de la fábrica de donde robaron uno de los vehículos. Ya un poco lejos, escucharon una fuerte explosión. No se miraron ni dijeron nada pero ambos supusieron lo que era.

 Félix condujo por varias horas hasta llegar a un lugar en el que nadie los conociera. No podían quedarse en la ciudad pues era obvio que la Sombra iba a perseguirlos para vengar la muerte de su mascota y el descubrimiento de su guarida. Después de varias horas en la carretera, llegaron a un bosque tupido, lleno de pinos y eucaliptos y otros árboles enormes. A un lado de la carretera alquilaban cabinas en el bosque para las personas que venían a pescar y a cazar.

 La joven que los atendió estaba visiblemente aburrida pero pareció estar interesada por la ropa de los dos, pues estaba quemada en parte y olía mucho a químicos. Además, era evidente que no venían al bosque a pescar o cazar pues no se veía el equipo por ningún lado. De pronto era fugitivos o incluso una pareja en un arranque pasional. La chica pensó todo esto en un momento, mientras Félix firmaba el libro del hotel y pagaba por una semana de estadía de contado. Marcos se apoyaba sobre el mostrador: su tobillo estaba mucho más hinchado que antes.

 La chica les dio un mapa de los caminos y les indicó que su cabaña era la número diez, justo del otro lado del lago. Por el tobillo de Marcos, se demoraron tanto en caminar al lugar que la tarde cayó pronto sobre ellos y tuvieron que abrir la puerta del lugar a tientas. Lo bueno era que tenía luz eléctrica y agua caliente. Lo malo era que habían bichos, como hormigas y unas cucarachas pequeñas. Era lo mínimo que tendrían que soportar con tal de pasar algunos días fuera del radar.

 Félix ayudó a Marcos a entrar en la bañera que había en el cuarto de baño. Le había insistido que se quitara la ropa para estar más cómodo pero Marcos se había negado, subiéndose los pantalones y quitándose zapatos y medias y nada más. Así se metió a la bañera que Félix llenó de agua tibia. Dejó que flotara allí el tiempo que quisiera mientras él se quitó todo la ropa en la habitación y decidió salir al lago y nadar bajo la luz de la luna llena. Era algo muy liberador flotar por allí, bañarse en la más hermosa soledad, únicamente acompañado por la grandeza de la luna.

 Félix se dio cuenta al oír el chapoteo. Trató de salir de la bañera pero casi no pudo ponerse de pie para salir. No solo era difícil apoyar el tobillo hinchado sino que la ropa mojada ejercía un peso enorme sobre él. Para cuando fue capaz de salir, se resbaló sobre el borde de la bañera e hizo un desastre en el suelo. Félix lo encontró minutos después, empapado y con la mandíbula contra el piso, incapaz de moverse. Parecía un pescado ya atrapado por las redes.

 Félix tenía alrededor de su cuerpo una toalla bastante pequeña pues solo había una para cuerpo entero y la había traído para Marcos. Pero en vez de usarla, lo ayudó a sentarse y le dijo que debía quitarse la ropa y pasar más tiempo en la bañera o al menos quitársela para poder dormir tranquilo. Como Marcos no respondió al instante, Félix se le quedó mirando y con sus poderes arrancó la camiseta y los pantalones de su cuerpo. Quedó solo en los calzoncillos bancos que tenía puestos.

 Su cara se puso roja y después discutió con Félix por haberlo hecho a la fuerza pero este no se disculpó. Solo lo ayudó a ponerse de pie y lo ayudó a ir hasta la cama. Eran dos camas sencillas, una al lado de la otra. La de Marcos estaba de lado del baño, la de Félix al lado de la ventana. Félix se acostó mirando al techo, habiendo ya apagado la luz. Marcos solo podía dormir boca abajo pero no era una opción sencilla con el dolor de tobillo. Por eso se hizo de lado, mirando a su compañero.

 De la nada, le preguntó por sus poderes. Solo conocía a otra persona que podía hacer algo parecido y no era tan sorprendente como lo que él hacía. Félix respondió que había descubierto lo que podía hacer desde que era joven y que había aprendido en secreto a manipularlo. Marcos no entendió porque escondía sus poderes, a lo que Félix respondió que cualquiera que supiera mucho de ellos seguramente quisiera aprovecharlos para su propio beneficio.

 Marcos asintió en la oscuridad. Tenía la toalla bien apretada alrededor de su cuerpo. Estaba casi desnudo, con un tobillo hinchado, al lado de un tipo que había conocido hacía menos de un día. Por alguna razón, los dos habían estado en la guardia de Sombra al mismo tiempo. No habían hablado de las razones pero Marcos asumía que los dos querían destruirlo todo y destapar el imperio criminal de la Sombra.


 Pero eso era una suposición. En la oscuridad, se quedó mirando a Félix un buen rato, preguntándose por la verdad. Después de un rato le entró el sueño, a la vez que oía la respiración pausada de su compañero. Antes de caer en los brazos de Morfeo, tuvo una visión de los ojos de Félix. Era sorprendentemente parecido a los de la serpiente.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Meteorito

   El bólido iluminó el cielo por un segundo y luego desapareció, como si nunca hubiese existido. Al menos así sería si no fuera por que dos hombres jóvenes habían estado dando un paseo por la playa. Era un poco tarde y tal vez no era la hora para estar dando paseos, pero así eran las cosas. Ellos habían estado caminando de la mano, hablando de sus planes futuros y de banalidades típicas de todos los seres humanos, cuando de pronto el cielo se iluminó y alcanzaron a ver la estela de fuego encender y caer directo hacia un lugar delante de ellos.

 Tomás corrió más rápidamente. Era el más alto y el mayor de los dos por un par de años. Siempre, desde pequeño, le había interesado todo lo que tenía que ver con el espacio. En su casa tenía todavía el telescopio que sus padres le habían comprado para su cumpleaños número dieciocho. Lo limpiaba todos los días y muchas noches, cuando no tenía mucho sueño, le gustaba mirar a través del aparato e imaginar  que descubría algo importante.

Pedro, por otra parte, no era muy fanático de esas cosas como su novio. De hecho no eran solo novios, sino que estaban comprometidos para casarse muy pronto. Habían salido a caminar precisamente para hablar detalles de lo que querían en la boda y de tonterías que les gustaría ver, detalles que en verdad no hacían ninguna diferencia pero que querían discutir para hacer de la situación algo más real. Era emocionante.

 El meteorito había interrumpido una conversación acerca de la comida que iban a servir. Tomás había dejado de hablar y había perdido al instante todo interés en el tema que estaban discutiendo. Pasado un minuto, ni siquiera fingió que no le interesaba. Miró el cielo y siguió la ruta del bólido con la mirada hasta que creyó saber donde había caído. Eso a Pedro no le importaba mucho pero sabía de los gustos de Tomás así que lo siguió despacio.

 Caminaron rápidamente un buen trecho de playa y llegaron hasta una parte rocosa, donde había un acantilado más o menos grande que parecía adentrarse en el mar como si fuese una película. Pedro estaba seguro de que lo había visto hace poco en televisión o al menos algo similar pero no recordaba en donde. No siguió hablando porque Tomás le pedía que se callara, como si eso le fuese a ayudar a encontrar el meteorito.

 Hizo caso pero se cruzó de brazos y se quedó quieto en un solo punto. Quería que su prometido supiese que no iba a hacer nada si no se disculpaba por parecer más preocupado por una piedra espacial que por la importancia de lo que habían estado hablando. Para ser justos, no era algo tan importante pero a Pedro no le gustaba sentirse ignorado.

 Tomás no se dio ni cuenta que Pedro se había quedado atrás. Se acercó al muro de roca y lo analizó. Miró el cielo hacia atrás e imaginó el camino recorrido por la piedra. Lo hizo varias veces hasta que estuvo seguro que el meteorito debía haber impactado contra el muro de roca o debía haber pasado justo por encima. Se alejó un poco para mirar mejor y, como no veía bien por la oscuridad, decidió acercarse al muro y escalar.

 La luna iluminaba la situación y Pedro no podía creer lo que veía. Rompió su promesa de no moverse al acercarse un poco a la pared y preguntarle a Tomás que era lo que estaba haciendo. Le dijo que era peligroso y que no era algo que debía hacer a esas horas de la noche y mucho menos sin un equipo apropiado. Podría caerse y golpearse la cabeza o peor. Pero Tomás parecía empeñado en escalar el muro de piedra y en llegar a la parte más alta. Afortunadamente, era un muro de unos cinco metros de altura, así que no era excesivamente alto.

 Pedro se desesperó mucho cuando las nubes en el cielo se movieron por el viento frío de la noche costera y la luna pudo salir con todo su brillo. Tomás quedó iluminado por su hermosa luz y Pedro pudo ver que su prometido llevaba la mitad del muro escalado. Su manos se agarraban de las piedras con fuerza y parecía una estrella de mar con sus extremidades estiradas por todas partes. Era algo gracioso y a la vez horrible verlo trepado allí arriba, sin ningún tipo de ayuda.

 Ese era Tomás, en resumidas cuentas, siempre autosuficiente y capaz de hacer las cosas por sí mismo. Desde pequeño sus padres habían trabajado mucho, tratando de darles a él y a sus hermanos la mejor vida que pudieran querer: iban a una escuela privada, comían bien, viajaban en vacaciones siempre, tenían una mascota,… Era todo perfecto, todo lo que un niño podía soñar. Y sin embargo, eso había resultado en que Tomás no necesitaba de nadie para hacer lo que tenía que hacer.

 A los doce años ya cocinaba y lo hacía muy bien. Esto era porque muchas veces no había cena porque sus padres no llegaban sino hasta muy tarde y a él le tocaba cocinar algo para él y para sus hermanos, ambos menores. Así que a fuerza de el hambre que todo el mundo siente de vez en cuando, aprendió a cocinar y hoy en día era simplemente el mejor, al menos en el concepto de Pedro.

 Había convertido esa habilidad salida de la necesidad en su profesión y le iba bastante bien. Era el chef en uno de los mejores restaurantes de la ciudad y planeaba abrir su propio local con comida que él había inventado a través de los años. Así había conocido a Pedro, comiendo.

 Cuando llegó a la parte superior del muro de piedra, el corazón de Pedro descansó. Le pidió que lo esperara arriba y que se verían en un rato, cuando pudiera dar la vuelta por el otro lado pero Tomás le gritó que no se moviera, que en un momento ya volvería a estar con él. Y después de decir eso, desapareció. Pedro lo llamó varias veces, casi hiriéndose la garganta al gritar. Pero Tomás o no lo oyó o no le hizo caso.

 El clima empezaba a enfriar y Pedro estaba en pantalón corto y ahora que estaba solo le había dado por mirar a un lado y al otro, como esperando que alguna bestia le saltara de alguna sombra. Pero eso no iba pasar. Era solo que siempre se había sentido inseguro cuando estaba solo. Era algo que tenía en común con Tomás y por eso lo pasaban tan bien juntos cuando se trataba de pasarlo bien un día, solo ellos dos. Cuando estaban juntos todo era mejor y se divertían más.

 Desde el momento que se conocieron en el restaurante en el que Tomás trabajaba, tuvieron esa conexión especial que se da en ciertas ocasiones. Solo pudieron hablar unos minutos pero en ese momento se dieron cuenta que había cosas en las que eran similares y la misma cantidad de cosas en las que no tenían nada que ver. Y eso era intrigante y los hacía quererse ver de nuevo. Fue Pedro quién volvió al restaurante a beber algo un día, con unos amigos y entonces se atrevió a hablarle a Tomás y darle su numero.

 La relación se desarrolló rápidamente. Un año después ya vivían juntos en un pequeño apartamento no muy lejos del restaurante. Pedro trabajaba desde casa entonces le venía bien también. Como estaban siempre ahí, se acompañaban y tenían mucho tiempo para hablar y para compartir. Por eso la idea de casarse había surgido con tanta facilidad. Ninguno le había pedido la mano al otro, solo lo habían hablado. No había anillos ni nada por el estilo.

 Tomás regresó, en lo alto del acantilado. Venía, por alguna razón, sin camiseta. Le dijo a Pedro que esperara y, sin escuchar las preguntas de su novio, empezó a bajar lentamente por la pared de roca. Era obviamente mucho más difícil porque no veía donde ponía los pies. El corazón de Pedro retumbaba en sus oídos y se acercó más para estar más cerca pero no sabía que podría hacer por él si caía.

 A la mitad del recorrido, uno de los pies resbaló y lo único que hizo Pedro fue correr. Lo hizo justo a tiempo porque una de las piedras que tenía Tomás en la mano se desprendió y cayó para atrás. Afortunadamente, cayó justo encima de Pedro, que lo tomó de manera que el impacto fuera menos fuerte. En todo caso los dos cayeron al suelo y se rasparon codos y rodillas.

 Enojado, Pedro le reclamó a Tomás que tenía que hacer arriba del acantilado, qué era tan importante que no podía esperar al otro día. Y entonces, después de mirarse uno de sus codos raspados, Tomás sacó de un bolsillo su camiseta hecha un ovillo. La abrió de golpe sobre la arena y entonces una piedrita salió volando de adentro y cayó justo al lado de Pedro. Los dos la miraron juntos: una piedrita color plata que brillaba con fuerza a la luz de la luna.

 Tomás miró a Pedro sonriendo y le dijo:

      - Tenemos anillos de bodas.


 En las horas siguientes hubo muchos besos y abrazos y muchas más cosas. Pero sobre todo la realización de que todo era real y nada podía cambiarlo.