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miércoles, 13 de enero de 2016

Perro del fin del mundo

   El perro dejaba las marcas de sus patas en la playa pero se iban borrando tan pronto pisaba. El arena estaba muy húmeda en esa zona y nada duraba allí, ni siquiera las plantas, que habían decidido retirarse a la zona más alta de la playa. La textura hacía parecer que ya no fuera arena sino que fuese una especie de lodo pegajoso pero el perro casi no lo notaba pues avanzaba a paso lento pero seguro por la franja costera.

 El pobre animal había estado caminando por días y por eso las ganas y la energía para trotar habían dejado su cuerpo hacía mucho. El agua sabía extraño por esas partes así que también estaba algo deshidratado pero de todas maneras seguía caminando, seguro de que sus patas lo llevarían al lugar al que quería ir. Lo que hacía era seguir su instinto y ese campo electromagnético que todos los seres vivos sienten que los atrae a ciertos lugares y que los repele de otros. Él no lo entendía pero de todas maneras hacía lo que tenía que hacer.

 De repente de la arena salió un cangrejo. Era grande y había quedado quieto al ver al perro. Sus pinzas se abrían y cerraban despacio y producía algo de espuma en su boca. Parecía pensar en algo. El perro solo lo miraba. Le hubiese gustado ladrarle o perseguirlo o hacer algo más que no fuese quedársele mirando como un tonto pero sabía que llevaría las perder así pudiera hace cualquier de esas cosas. No estaba en condiciones para pelear con nadie, sobre todo si ese alguien tenía armas incorporadas.

 El cangrejo finalmente se movió a un lado, como si tuviera intenciones de meterse al mar, pero lo que hizo fue dar una vuelta cerrada y caminar en la dirección que el perro estaba siguiendo. Entendiendo que tenía que continuar, el perro siguió al cangrejo por un largo tiempo. Tanto tiempo fue que la noche se acercaba, con la tarde tiñéndose de un rojo absoluto que reinaba el mundo desde hacía un buen tiempo.

 Caminaron más, hasta que el frescor de la noche llegó y todo pareció estar incluso más calmado que antes. Eso sí, las noches no eran como antes cuando los insectos hacían conciertos por aquí y por allá, alegrando cada jardín y cada espacio salvaje con sus canciones. Ya no había muchos insectos y los que quedaban no eran del tipo que cantaban, más bien del tipo que comían carne en descomposición.

 Cuando la luna empezó a iluminar el paisaje costero, el cangrejo por fin se detuvo y el perro se le acercó. La criatura marina no lo atacó, solo se retiro por fin al mar, dejando que las suaves olas lo fueran envolviendo hasta que fuese arrastrado al fondo. Cuando el perro no lo vio más, se dio cuenta de dónde estaba: la desembocadura de un riachuelo, una fuente de agua dulce que no había visto en varios días.

 El perro se acercó con cuidado, bajando una pequeña pendiente que daba al río como tal. Bueno, río no era porque era casi un hilo de agua el que podía llegar hasta el mar, pero era más que suficiente para beber y recuperar fuerzas. El perro bebió y bebió sin cansarse, ingiriendo toda la cantidad de liquido que su cuerpo pudiese aguantar. Cuando por fin se sintió satisfecho, mucho tiempo después de que el cangrejo desapareciera, se echó en la parte superior de la pendiente y durmió a pierna suelta, cansado de un viaje demasiado largo.

 Soñó imágenes borrosas, unas tras otras, pero lo que sí oía con completa definición eran los sonidos y las voces que había en los sueños. Y se despertó de golpe cuando volvió a escuchar la voz de su amo. Apenas abrió los ojos, miró a un lado y otro, como buscándolo. Incluso utilizó su olfato para asegurarse que todo había sido un sueño. Se echó de nuevo sobre la arena, deprimido y adolorido en más de una forma. Extrañaba de sobre manera a su amo, que no veía desde hacía mucho tiempo. Lo más probable es que nunca lo encontrara pero valía la pena buscarlo.

 Se quedó dormido una vez más  Ya no soñó más nada y pudo descansar su cuerpo y su mente para en verdad estar en paz consigo mismo. Era la única manera de continuar su viaje. Al otro día, lo despertó el agua que lo salpicaba en la cara: el riachuelo ahora sí era un río y amenazaba con llevárselo si no se levantaba. Lo bueno, era que por alguna razón se había acostado del lado opuesto al que había llegado. Si no lo hubiera hecho así, seguro hubiera tenido que buscar tierra adentro por algún cruce sobre el agua.

 Se dio cuenta que el río tenía ahora un color marrón desagradable y que ya no parecía muy bueno para beber de él. El agua además arrastraba al mar pedazos de troncos, hojas y otros objetos que parecían hechos por humanos, Se quedó mirando el raro espectáculo hasta que se dio cuenta que el río crecería aún más, a juzgar por el olor del ambiente que denotaba una tormenta acercándose. Como no quería mojarse ni estar allí para más agua marrón, emprendió su camino por la costa de nuevo.

 En efecto, las gotas empezaron a caer suavemente después de algunas horas de viaje. No caían con fuerza sino con insistencia, como anunciando la tormenta que se iba a desprender en cualquier momento. El perro miró a un lado de la playa y vio que la vegetación era allí más salvaje de del otro lado del río. Seguramente lo mejor era cruzar por ese paraje en vez de quedarse en la playa donde no habría donde resguardarse cuando la tormenta decidiese llegar con vientos, lluvia y demás.

 Pisar pasto y musgo era agradable para sus patas, era como flotar. Pero también había lodo y residuos de lo que hacía tiempo había sido la civilización. En efecto, después de caminar un poco más, se cruzó con un pueblo fantasma. La verdad era que no se había cruzado con ninguna población desde que había salido de la suya en busca del mar. Después de todo, recordaba que su amo poseía otra casa cerca de la playa pero no recordaba exactamente en dónde. Por eso ahora recorría la playa, tratando de recordar donde era para así llegar a esa casa y de pronto reunirse con su amo.

 Pero ese pueblo no tenía nada que ver con la casa de playa que buscaba. Era un lugar casi destruido, con pocas estructuras todavía de pie. La severidad de las tormentas recientes se podía ver allí: muros completamente destruidos, vegetación por todos lados y causante de parte de la destrucción y casi nada de vida fuera de las plantas. El perro pudo notar, sin embargo, que había un nido en un rincón de una de las casas pero no había huevos ni ave ni nada. Lo que había era una rata muerta y otra que se la estaba comiendo.

 Si hubiese tenido energía, se hubiese comido a la rata. Pero el perro cada día se sentía peor, el cuerpo le pesaba como si llevara una carga demasiado pesada para su demacrado cuerpo y comer un animal que posiblemente estaba más enfermo que él no le llamaba mucho la atención. Además había recargado algo sus baterías con el agua del riachuelo. De hecho aprovechó estar en eso lugar tan horrible para orinar sobre unas plantas y así ayudar a su crecimiento, si es que eso todavía era posible.

 Cuando pasó el pueblo, llegó a una carretera. El asfalto era de esas cosas que los seres humanos habían inventado que no se borraba con nada y menos aún estando la memoria de su existencia tan fresca. Fue allí, viendo las borradas líneas en el suelo negro y un letrero caído en el suelo que el perro se dio cuenta que estaba cerca de su destino.

 Fue entonces que empezó a correr como loco, sin importarle el dolor y lo mucho que cada paso le cobraba a su cuerpo. El dolor iba en aumento pero a él ya no le importaba nada más porque sabía que ya no había tiempo para nada. Al fin y al cabo su pelaje estaba lleno de parches y no podía comer así quisiera. Así que solo corrió y corrió hasta que de nuevo el mundo se tiñó de rojo con el atardecer.

 Fue entonces que por fin encontró la casa que tanto había buscado. La entrada para él seguía allí y estaba abierta. Era pequeña así que la recorrió en poco tiempo pero fue entonces que se dio cuenta que su amo no estaba allí y que posiblemente su destino ahora fuese el mismo que el de él.


 Lo mejor, pensó, era echarse a descansar en la cama sobre la que se había acostado tantas veces desde que era cachorro. Allí había aprendido varias cosas sobre los seres humanos, sus locuras y genialidades, pero sobre todo sus ganas de querer y de ser lo mejores posible cada día. El perro olfateó por última vez el olor de su amo y cerró los ojos para dormir por siempre.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Delicias

   Cuando sumergí los pies en el pies, sentí un alivio inmenso, como si me quitaran el peso que llevaba encima y muchos más. Me quité la mochila de la espalda y la dejé a un lado. Después me subí los pantalones hasta las rodillas y sumergí lo que más pude de mis piernas sin mojarme. El agua estaba perfecta, más que tibia pero apropiada para el frío tan horrible que hacía en semejante monte tan remoto, que parecía alejado del mundo pero, de hecho, no podía estar más cerca.

 Cerré los ojos por algunos minutos y, cuando me di cuenta, ya estaban llegando más personas a las termales. Yo era el único “loco” que tenía la ropa puesta: los demás ya venían con trajes de baño y se comportaban como si la saliva no se les estuviera congelando en la boca como a mi. De todas maneras no me moví ni un milímetro. Me quedé justo donde estaba pues no había poder humano que pudiera calmarme tanto como esas aguas que emanaban de la Tierra. No tenía idea de la etiqueta adecuada para ingresar al sitio pero si estaba incumpliendo alguna regla, ya se vería.

-       Que venga alguien y me saque. - pensé desafiante.

Pero no iba a venir nadie pues el sitio era abierto y la gente podía entrar cuando quisiera. De hecho, alrededor de las termales lo que había era monte: tierra y árboles por doquier, con bichos y animales pequeños incluidos. Las ardillas ya habían olido mi pequeño almuerzo y al parecer estaban interesadas pero no demasiado como para acercarse. Moví los dedos cuando vi una, como tratando de atraerla, pero fracasé pues se dio la vuelta y volvió a su árbol.


viernes, 20 de marzo de 2015

Un botánico en Borneo

   Podrá no parecer algo muy apasionante pero el mundo de las plantas es simplemente maravilloso. Hay tantas especies, tan variadas con brillantes colores y extraños comportamientos, que es imposible no enamorarse de alguna de ellas. Eso, al menos, era lo que pensaba Martín Jones, hijo de un renombrado naturalista británico y de una aguerrida luchadora por los derechos de los animales. Naturalmente, al conocerse sus padres, se habían enamorado al instante pero les tomó algún tiempo tener hijos. De hecho, Martín era el único.

 Había terminado hacía poco la carrera de biología y ahora estaba especializándose en botánica en Londres, desde donde había salido de viaje con un grupo de naturalistas de la universidad a la jungla de Borneo. Indonesia es el corazón de aquellos que aman las plantas. Martín quería conocer en persona un aro gigante, a veces llamadas flores cadáver por su asqueroso olor.  Estaba tan entusiasmado que en el avión hacia Jakarta solo leyó y releyó su libro sobre el tema y no dejó de acosar a todos los demás con todos los detalles de cada planta extraña que pensaba documentar. Además, quien sabe, podría descubrir alguna nueva especie.

 Ese era su sueño desde el comienzo. Hacer un aporte a la ciencia que lo pusiera en el mapa de los botánicos más destacados junto a muchos de sus ídolos y, por supuesto, junto a sus padres. Ellos todavía se dedicaban a amar la naturaleza, viajando por todo el mundo dando conferencias, trabajando para la televisión pública e incluso colaborando con documentalistas para diversos proyectos relacionado a la naturaleza. Mientras su hijo llegaba a Banjarmasin, ellos estaban en la tundra canadiense.

 Martín no tenía a nadie más sino a sus padres. De resto, solo tenía una tenía en Estados Unidos y otra en Japón. Su único tío había muerto en un accidente automovilístico y no había tenido hermanos. Tenía primos pero jamás los había visto y sus abuelos, por ambos padres, estaban muertos hacía ya buen tiempo aunque su padre siempre le contaba historias de su abuela paterna, una mujer que tejía su propia ropa, cazaba su comida y había vivido casi toda su vida como una pionera en el desierto de Mojave.

 Más que nada, lo que Martín quería era tener una vida igual que la de sus padres o que las de sus ídolos en el mundo de la ciencia. Todos hablaban de grandes aventuras y descubrimientos, de tantos tipos de vivencias que era difícil no querer lo mismo. Quería ser igual que todos ellos e incluso mejor, dejando una huella imborrable en la botánica. Este era su primer viaje serio, después de varias expediciones por su cuenta con la única compañía de Maxwell, un perro ovejero que había estado con él por muchos años. Pero el animal ya no estaba y debía afrontar este viaje como un profesional.

 Después de un largo y doloroso viaje por carretera, llegaron al borde de la selva donde fueron atendidos con amabilidad por una tribu que tenía su asentamiento a algunos metros de los primeros grandes árboles de la selva impenetrable. Como ya era tarde, Martín solo pudo oler la selva y para él fue suficiente para aguantar hasta el día siguiente. Comió la cena ofrecida por los indígenas y se acostó rápidamente, pensando en levantarse temprano para tener el mejor primer día posible.

 De hecho, fue su compañero quien lo levantó. Al parecer, Martín estaba más cansado de lo que había pensado y se les había hecho algo tarde. Por lo que pudo ver mientras se cambiaba, estaba lloviendo ligeramente pero no había nada de viento.  Cuando estuvieron todos listos, siguieron a uno de los guías locales y empezaron la larga caminata del día. Como habían comenzado tarde, iban a volver pasado el atardecer así que no podían demorarse más de lo necesario. Pasados los primeros minutos, varios de los científicos pudieron ver varias de las criaturas, sobre todo insectos así como árboles inmensos y flores hermosas. Martín apretaba tan fuerte el obturador de su cámara que se arriesgaba a fracturarse un dedo.

 Pero no importaba nada porque estaba en su elemento. O al menos lo estuvo hasta que, por estar tomando fotos al borde de una cañada, resbaló sobre una roca cubierta de musgo y se torció un tobillo. Trató de hacerse el valiente y lo primero que hizo fue revisar la cámara que no tenía ni un solo rasguño. En cambió él tenía la pierna sangrando porque se había cortado con una piedra afilada y, además, no podía caminar. El dolor era demasiado. Se disculpó con sus compañeros pero ellos le dijeron que era algo que solía pasar. El grupo decidió regresar, cuando no pasaba de la una de la tarde.

 Mientras una de las mujeres de la tribu atendía a Martín, los demás se dedicaron a clasificar su trabajo y a planear el día siguiente, que de paso iban a iniciar al as cuatro de la mañana para evitar perder tiempo. El joven botánico les prometió acompañarlos y, en efecto, fue el primero en levantarse al día siguiente. Pero no hubo manera de que los acompañara porque su tobillo se había hinchado y el dolor era peor que el día anterior. El grupo lo dejó con la tribu y Martín se sintió el fracaso más grande del mundo por no poder acompañarlos.

 Les había arruinado el primer día y no quería hacer lo mismo el segundo. Por eso no protestó pero se odió a si mismo por no poder hacer nada. Eran dos semanas en Borneo y cada día era esencial para clasificar y documentar pero como lo iba a hacer si no podía ni caminar. Uno de los hombres indígenas, que hablaba algo de inglés, le explicó que venía un médico en camino para atenderlo. Martín no quería pero sabía que no podía negarse, no estando tan lejos. Sabía que era un esfuerzo para el médico ir hasta allí y no quería hacer que alguien más perdiese su tiempo por su culpa.

 El médico llegó justo después del almuerzo. Lo revisó brevemente, le puso una inyección y le pidió dos días completos de descanso. Martín le dijo que necesitaba salir de expedición al día siguiente pero el médico le dijo que eso solo empeoraría su tobillo. Tenía que descansar y moverse lo menos posible. Cuando el grupo llegó pasada la tarde, todos muy contentos, Martín no quiso hablar con ninguno de ellos. Ronald trató de hablar con él pero el joven botánico se hizo el dormido. No quería ver en sus caras la alegría del día, no cuando los envidiaba tanto.

 Al día siguiente, el grupo se fue de nuevo. Martín solo se dio cuenta horas después, cuando se despertó. Decidió bañarse, cosa que no había hecho desde el día que había salido de casa. La mujer indígena que lo había ayudado antes le hacía señas para que no se moviera mucho pero el solo le sonreía y hacia señas de que todo iba a estar bien. La mujer le prestó una sillita de plástico y le mostró un sitio, detrás de las casas, donde podía bañarse con tres baldes llenos de agua que le trajo sin mayor dificultad. Él se lo agradeció y esperó a que estuviera lejos para quitarse la ropa.

 Siempre teniendo cuidado de su pie, se sentó sobre la sillita de plástico y se echó encima el primer baldado de agua. Estaba fría pero apenas para el calor que hacía tan temprano en cercanías de la selva. Mientras sacaba del pantalón un jabón pequeño que había traído de casa, notó los sonidos que salían de los altos árboles cercanos. Casi se cae de la sillita cuando, mientras se echaba jabón por las piernas, un animalito pequeño, parecido a un mono, salió de entre los árboles. Parecía buscar algo por el suelo. Martín se echó agua con cuidado para no asustarlo pero la criatura se volvió hacia él y lo miró un buen rato hasta que se cansó y se fue.

 Martín sonrió ante el particular evento. Se puso de pie como pudo, utilizó el jabón en sus partes intimas y en el resto del cuerpo y, cuando se dispuso a vaciar el último balde sobre su cabeza, vio que el animalito había vuelto con otros dos. Todos lo miraron a él y luego se dedicaron a husmear el suelo. Martín recordó algo y despacio se agachó a buscar en su bermuda a ver si lo que quería estaba allí. En efecto, había guardado una de sus cámaras desechables en uno de los muchos bolsillos. La sacó con cuidado y se sentó en la sillita de plástico.

 Los animalitos ni se inmutaron de los movimientos que hacía Martín y solo se dedicaron a buscar por el suelo. Uno de ellos por fin encontró una semilla y se la comió. Parecieron acelerar el paso a raíz de esto. Menos mal, la cámara no tenía flash. El acercamiento que se podía hacer no era el mejor pero los animalitos se veían. Martín les tomó varias fotos hasta que los animales lo notaron y uno de ellos se le acercó. Le tomó fotos estando a apenas dos metros. De repente, voltearon a mirar a la selva como si hubieran escuchado algo, que Martín no había oído. Al rato, penetraron la selva y no volvieron más.


 Martín estaba muy contento y solo se puso su bermuda para volver adonde la mujer y devolverle los baldes y la sillita. Quiso preguntarle si conocía a los animalitos pero ella no hablaba su idioma. Les contó a sus compañeros cuando volvieron, como una anécdota interesante y cómica pero ninguno de ellos río, de hecho un par lo miraron sombríamente. Al parecer, esos dos habían venido buscando a dichos animalitos, antes avistados pero nunca documentados con propiedad. Resultaba que Martín había hecho un descubrimiento científico y ni se había dado cuenta. Y por mucho tiempo, sus colegas se burlaron porque lo había hecho desnudo y mojado.

viernes, 6 de marzo de 2015

Ampollas y Libertad

     Ampollas. Al menos cinco que pueda ver en el pie derecho. En el izquierdo, solo unas tres. Con razón el dolor, casi infernal, al pisar con botas para escalar y medias gruesas. Quien lo diría, siendo ambos de la talla justa. Pero así son las cosas. Mientras tanto me siento aquí en esta roca y planeo mis siguientes movimientos. Podría seguir el río que corre por el cañón, lo que me llevaría, tarde o temprano, a algún punto poblado de la región. Pero no sé todavía si eso es lo que quiero, si quiero “interactuar” a estas alturas, cuando apenas siento que he empezado.

 Caminar, explorar, de verdad ver y sentir la Tierra en la que vivimos. Esa fue mi idea cuando lo empecé a planear todo, cuando mis padres me vieron con cara de preocupación, cuando toda persona a la que le contaba mi plan se me quedaba mirando como si tuviera una enfermedad contagiosa o como si me hubiera vuelto completamente loco. Pero no siento que así sea. Solo siento que necesito alejarme, necesito enfrentarme a mi mismo en un ambiente en el que no pueda dañar a nadie sino a mi mismo, si eso llegara a ocurrir.

 Aquí, entre los riachuelos, los bosques y las montañas silentes, he podido verme a mi mismo como nunca antes y no me arrepiento de nada. Todavía me falta mucho más que hacer y mucho más que caminar y explorar. No voy a dejar que esto me gane. Es como un reto, un desafío que me impongo para probarme y llevar mi cuerpo y mi mente a límites a los que jamás han ido antes. Después de todo, he vivido mi vida en la comodidad, nunca he hecho mucho ejercicio y, como seres humanos, estamos cada vez más enfocados en la tecnología y alejados de la realidad del mundo así que porque no acercarme más, porque no cambiar de perspectiva.

 He estado caminando por una semana y me parece que no ha pasado mucho tiempo todavía. Siento que podría quedarme aquí para siempre. Es imposible, claro está, porque las raciones no son para siempre y hay días en los que cazar y tomar agua del río no es suficiente. Además, sería interesante ver como he cambiado, si es que ha habido algún cambio a notar en estos días, respecto a mi interacción con otras personas.

 La verdad no creo que sea mucho el cambio. No soy alguien que guste de la gente así no más. De hecho muchas veces me aburro, sobre todo si son grupos de mucha gente. Las fiestas y aglomeraciones simplemente me cierran, me vuelven más hosco de lo que siempre he sido y me llevan a sitios de mi mente de los que no son particularmente fanático. En parte, por eso estoy aquí, para enfrentar esas sombras que no quiero ver a la cara en mi vida diaria. Muchos dicen que eso es normal y sano pero no me parece. Hay que afrontar las cosas y yo lo estoy tratando de hacer aquí, entre los árboles.

 Bajo al río para tomar algo de agua y meter los pies allí, a ver si siento menos el dolor. En el estado en el que están, no podré llegar muy lejos. Nada más caminar al río fue una prueba bastante dura de dolor y aguante, pero no creo que pueda prolongar eso por días, que sería lo que habría que caminar hasta un puesto de salud donde puedan ayudarme o un lugar donde pueda reposar más tranquilo. No, tendrá que ser aquí. Si me quedo un par de días a la orilla del río, nada malo podría pasarme.

 Lo bueno de aquí es que los seres humanos no han llegado o al menos no encontraron nada para quitarle a la Tierra. Es un páramo desolado y creo que eso es lo que más me gusta de todo: el sonido del silencio, de la paz, de la tranquilidad sin límites que puede haber aquí. Armar la carpa para dormir va a ser horrible pero sé que adentro me sentiré cómodo y que mañana podré pescar algo delicioso para comer, frito ligeramente en la pequeña cocina que traje.

 Al otro lado del riachuelo hay conejos. Puedo verlos moviéndose casi en círculos, como si esa fuera su forma de explorar cada centímetro del suelo, buscando comida para sus enormes familias. Su orejas a veces erguidas, a veces abajo, sobre sus pequeñas cabezas. Lo peor del momento es que sé que si me da mucha hambre, tendré que matar un pequeño conejo. Solo uno, ya que no soy una persona muy grande y estoy solo. Créanme que la culpa estará presente pero también el dolor de estomago por siempre comer lo mismo y la ansiedad de no tener que comer. En todo caso es una posibilidad, una que tendré en cuenta cuando no pueda encontrar buenos peces.

 Comí hace unas horas y la verdad no tengo nada de hambre. Tengo alguna barra energética para la noche y listo, no necesito más que eso. La noche, en todo caso, está hecha para pensar y reflexionar sobre mí mismo, para cogerme a puños si quiero o para llorar en silencio, sin nadie que pueda venir a ayudarme. Puede sonar terrible lo que digo pero así son las cosas. No podría decir que soy una persona totalmente estable pero tampoco soy un problema ambulante. Supongo que solo soy humano y eso no está mal o al menos no lo creo.

 Una vez me hice sangrar la frente y la nariz. Eso fue el segundo día. Me lavé en el río con agua fría y respiré pausadamente después de eso. Sorprendentemente, desde ese día, siento como si me hubiese quitado un peso de encima. Como si algo que me había estado apretándome el corazón hubiese de repente desaparecido. Muchos me preguntarían porque hacerlo aquí y no en un gimnasio o aprendiendo a boxear. La respuesta es fácil: lo que tengo adentro prefiero sacarlo a mi manera, dejarlo salir sea destructivamente o con calma. No necesito la disciplina del deporte sino el caos de la naturaleza, la falta de control.

 Toda la vida controlándolo todo y para que. Somos seres ordenados, incluso lo más distraídos. Se nos ha enseñado que es de mal gusto sentir emociones violentas cuando, lo más natural, es que así sea. Después de todo somos animales, evolucionados, pero animales en todo caso. Debemos dejar salir lo que tenemos adentro. Algunos lo hacen gritando, otros golpeando y otros prefieren consumirse lentamente en su propio odio y desdén. Obviamente, la última opción es demasiado destructiva y daña, no solo a nuestra mente, sino a las de los que nos rodean.

 Lo bueno de estar aquí, armando mi tienda de acampar sobre el prado algo húmedo al lado del riachuelo, es que no puedo dañar a nadie. Si dejo salir mi rabia, mis frustraciones, es imposible que afecten a nadie. Además, aquí entre nos, no soy alguien que grita mucho. Así que los animales tampoco se espantan mucho. De hecho, en las mañanas, suelo ser visitado por alguna criatura curiosa. Como no me comporto violentamente a esas horas, me miran con esos grandes ojos, sin miedo alguno.

 No hay nada en este mundo como ver los ojos de un animal. Puede que no reflexionen pero es imposible no creer que piensan, a su manera si es posible, pero lo hacen. Una mañana, un zorro había entrado a mi tienda y me despertó lamiéndome una herida que tenía en los nudillos. Lo hizo con delicadeza y soltó un sonido compasivo después. Se fue sin más pero me hizo sentir mejor de lo que ningún ser humano hubiese podido lograr. Y después me preguntan que porque me vine hasta aquí…

 La idea es volver a casa después de un mes. Cuando cumpla los treinta días ver ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽s. Cuando cumpla los treinta daqu soltsible, pero lo hacen. Una mañana, un zorro habposible no creer que piensan, asu é que hacer. Para entonces espero haber enfrentado todos mis demonios y haberlos derrotado o al menos, haber llegado a ciertos acuerdos con cada uno de ellos. Esa es la mejor forma de estar en paz, no solo con uno mismo sino con todos los que nos rodean. Hay que reconocernos y dejar de ignorar que unos u otros existen. Hay que tumbar esas fronteras imaginarias y acercarnos más, así sea solo para reconocer en el otro una humanidad que compartimos y nada más.

 Hace mucho frío aquí y los dedos se cansan rápido al escribir pero me gusta la idea de haber traído un diario. Mantiene mi mente despierta y consciente y me deja registrar cada estúpido pensamiento que pasa por mi mente. Espero que mañana pueda caminar mejor, aunque mis pies seguramente no quieran recibir más presión. Moveré la tienda al menos unos metros para no acostumbrar a nadie a mi presencia y para sentir que no desperdicio estos días de descanso que me doy.

 Me río de pensar en lo que muchos de mis amigos dirían: “Como descansar cuando te fuiste precisamente a eso”. Porque eso piensan que vine a hacer. A relajarme. Y, aunque lo estoy haciendo y no lo niego, no fue ese el punto de mi viaje. Como ya lo dije, tuve otras razones que prefiero no repetir para no aburrir a nadie ni a mi mismo. A veces los extraño, a mis amigos y a mi familia. Los quisiera tener cerca para contarles lo que he visto y lo que he sentido, lo que he aprendido de mi mismo y del mundo.


 Suena existencial y hasta místico y puede que lo sea pero el punto de todo es que me siento más libre aquí de lo que jamás me he sentido. Siento que puedo hacer lo que quiera y no hay quien me diga que no. Ahora me doy cuenta que esa es otra razón por la que quise venir aquí: porque quería ser libre y creo que lo estoy logrando.