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viernes, 5 de mayo de 2017

Él y los cambios

   No sabíamos muy bien como o porqué, pero habíamos terminado sobre mi cama, besándonos como si fuera nuestra última oportunidad de hacerlo. No era algo romántico y seguramente nunca iba a ser más que solo algo de un día, una tarde para ser más exactos. Tras cinco minutos, estábamos sin una sola prenda de ropa encima y la habitación se sentía como un sauna. Así estuvo el ambiente por un par de horas, hasta que terminamos. Él se fue para su casa y yo ordené la mía.

 Me había dicho a mí mismo que era algo pasajero, algo que no podía funcionar. Pero de nuevo, el viernes siguiente, estábamos teniendo sexo en su habitación. Estaba tan emocionado por lo que hacía en el momento, que en ningún instante me pregunté como había llegado hasta ese punto. Y con eso me refiero a llegar físicamente, pues Juan no vivía muy cerca que digamos pero yo estaba ahí como si fuera mi casa. Se hacía tarde además pero no me preocupé por nada de eso toda la noche.

 Lo curioso es que no hablábamos nunca. Es decir, no nos escribíamos por redes sociales, no nos llamábamos por teléfono ni quedábamos para tomar un café o algo parecido. Para lo único que nos contactábamos, y eso solía ser solo por mensajes de texto bastante cortos, era para tener sexo y nada más. Incluso ya sabíamos como escribir el mensaje más corto posible para poder resumir nuestros deseos personales en el momento, lo que nos tuviera excitados en ese preciso instante.

 Cuando le conté a una amiga, me dijo que le daba envidia. Seguramente era porque ella y su novio habían estado juntos por varios años y ella nunca había tenido un tiempo de salir con otras personas. Siempre había estado con el mismo hombre y se arrepentía. Eso sí, siempre aclaraba que lo amaba hasta el fin del mundo pero me decía, siempre que tenía la oportunidad, que le parecía esencial que la gente joven tuviese esa etapa de experimentación que ella no había tenido.

 Yo siempre me reía y le decía que mi etapa había durado casi treinta años y parecía que seguiría así por siempre. Me decía que en el algún momento, en el menos pensado de seguro, sentaría cabeza y decidiría vivir con algún tipo y querría tener un hogar con él e incluso una familia. Solo pensar en ello se me hacía muy extraño pues en ningún momento de mi vida había querido tener hijos ni nada remotamente parecido a una familia propia. Con mis padres tenía más que suficiente. Y respecto a lo de tener un hogar, la idea era buena pero no veía como lograría eso.

 Curiosamente, la siguiente vez que me vi con Juan, sentí que había algo distinto entre los dos. No en cuanto al sexo, que fue tan entretenido y satisfactorio como siempre. Era algo más allá de nosotros dos, de pronto una duda que se me había metido a la cabeza, algo persistente que no quería dejarme ir. Esa noche fue la primera vez que le di un beso de despedida a Juan, en su casa. Se notó que lo cogí desprevenido porque los ojos le quedaron saltones.

 Apenas llegué a casa, me puse a pensar porqué había hecho eso. Porqué le había dado ese beso tan distinto a los que nos dábamos siempre. Habíamos sido suave y sin ninguna intención más allá de querer sentir sus labios una vez más antes de salir. No tenía ni idea de cómo lo había sentido él pero yo me di cuenta que había algo que me presionaba el pecho, como que crecía y se encogía allí adentro. Prefería no pensar más en ello y me distraje esa noche y los días siguientes con lo que tuviese a la mano.

 La sorpresa vino un par de días después, un fin de semana en el que Juan llegó a mi casa sin haber escrito uno de nuestros mensajes con anterioridad. Había tormenta afuera y, cuando lo dejé pasar, me dijo que había pensado en mi porque sabía que vivía cerca y no parecía que la lluvia fuera a amainar muy pronto. De hecho, un par de rayos cayeron cuando le pasé una toalla para que se secara. Le dije que podía quedarse el tiempo que quisiera y le ofrecí algo caliente de beber.

 Fue mientras tomábamos café cuando me di cuenta que ese sentimiento extraño había vuelto. Estando junto a él, de pronto sentí esa tensión incomoda que se siente cuando uno es joven y esta al lado de la persona que más le gusta en el mundo. Hablábamos poco, casi solo del clima, pero a la vez yo pensaba en mil maneras de acercarme y darle otro beso, este mucho más intenso, ojalá con un abrazo que sintiera en el alma. No me di cuenta de que lo que pensaba no era lo de siempre.

 Por fin, le toqué la mano mientras estábamos en silencio. Fue entonces que todo sucedió de la manera más fluida posible: él se acercó y me puso una mano en la nuca y yo le puse una mano en la cintura y nos besamos. No sé cuantos minutos estuvimos allí pero se sintió como una eternidad. Y lo fantástico del caso, al menos para mí, es que solo fue un beso. Eso sí, fue uno intenso y lleno de sentimiento que no entendimos por completo en el momento. Nuestras manos, además, garantizaban que la totalidad de nuestros cuerpos estuviesen involucrados.

 Y sí, como en todas las ocasiones anteriores, terminamos en mi habitación. Con la tormenta como banda sonora, fue la primera vez que hicimos el amor. Ya no era solo sexo, no era algo puramente físico y desprovisto de ese algo que le agrega un toque tan interesante a las relaciones humanas. Recuerdo haberlo besado mucho y recuerdo que su cuerpo me respondía. Nuestra comunicación era simplemente fantástica y eso era algo que jamás me había ocurrido antes, ni con él ni con nadie.

 Cuando terminamos,  y eso fue cuando ya era de noche, nos quedamos en la cama en silencio. Estábamos cerca pero no abrazados. Eso también era un cambio, pues normalmente ya nos hubiéramos levantado y cada uno estaría en su casa. Pero esa vez solo nos quedamos desnudos escuchando los truenos y a las gotas que parecían querer hacer música contra el cristal de la ventana. No diría que era romántico. Más bien era real y eso era lo que ambos necesitábamos con ansías.

 Eventualmente nos cambiamos. Mientras él buscaba su ropa por la habitación, le propuse pedir una pizza. Él dudó en responderme pero finalmente asintió. Pareció reprimir una sonrisa y son supe muy bien como entender eso. En parte porque no entendía porqué lo haría pero también porque estaba distraído mirando su cuerpo. Siempre me había gustado pero ahora lo notaba simplemente glorioso, de pies a cabeza. Juan era simplemente una criatura hermosa.

 La pizza llegó media hora más tarde. Estaba perfecta para el clima que hacía en el exterior. Mientras comíamos, hablábamos un poco más pero no demasiado. Hablamos de cosas simples, de gustos en comida y de lugares a lo que habíamos ido. Compartimos pero no demasiado, no era correcto hacer un cambio tan brusco y en tantos sentidos. Parecíamos estar de acuerdo en eso, a pesar de no haberlo acordado. Apenas terminamos la pizza, se fue aprovechando que la tormenta había terminado.

 El resto de la noche me la pasé pensando en él, en su cuerpo, en como se sentía en mis manos y en mi boca. En lo perfecto que lo encontraba y esos sentimientos nuevos que habían surgido de repente pero no que no quería dejar ir ahora que los sentía.


 Lo trágico es que nunca lo volví a ver. Nunca respondió mi siguiente mensaje y no me atreví a buscarlo en su casa. Años después lo vi saliendo de un edificio con otra persona y pude ver que era feliz. Por fin sonreía, no se ocultaba. Habría hecho lo imposible para que esa sonrisa fuese para mí, pero ya era tarde.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Dos hombres se casan

   Ese día de septiembre quedó para siempre marcado como el día en el que nos dimos cuenta que las cosas nunca volverían a ser como siempre. No solo era el hecho de casarnos, sino que todo pareciera ser una serie de saltos de vallas en una carrera que no sabíamos cuando iba a terminar. Al fin y al cabo, éramos dos hombres haciendo algo que todavía muchas personas consideraban anormal o incorrecto. Fue increíble ver, cuando llegué a la notaría, como había personas que nunca había conocido, con pancartas y letreros con letras grandes y coloridas insultándonos. Al comienzo fue como que no quería darme cuenta de lo que pasaba. Estaba muy estresado por todo y no quería agregar algo más a la carga pero fue imposible evitar mirarlos.

 Tenían tanto odio en sus ojos. Era como si de verdad les hubiésemos hecho algo imperdonable, como si nos hubiésemos metido de verdad con ellos, con sus familias o algo por el estilo. No quisiera repetir lo que leí en esas pancartas porque eran más que todo palabras de odio y resentimiento pero lo que sí recuerdo es que todos los músculos del cuerpo se me tensaron de una manera tremenda. Sentí además que la sangre que me recorría el cuerpo empezaba a ser bombeada con mayor celeridad, tanto así que el sonido en mis oídos era abrumador. Todo eso pasó en apenas segundos pero yo sentí que fue eterno, el recorrido entre bajarme del carro y entrar en la pequeña notaría donde la calma que reinaba era tan grande que chocaba de gran manera con lo que ocurría afuera.

 Esperé con mi familia y la suya por unos minutos hasta que llegó. Se disculpó conmigo y estuvo a punto de darme un beso pero se detuvo al darse cuenta de que sería un poco extraño besarnos antes de hacer todo el protocolo. Algo de tradicional había que haber, así a nosotros la tradición no nos respetase mucho. Era por hacerlo más divertido, incluso ignorando el hecho de que habíamos vivido juntos por los últimos dos años y ya no había mucho que el uno no conociera del otro. No me avergüenzo al decir que seguramente éramos una pareja mucho más establecida que las de los protestantes afuera.

 Él no mencionó nada al respecto y yo tampoco. La firma de los papeles y todo el asunto no se demoró nada. Eso era lo malo de tener un matrimonio civil, que no había mucho de romántico en su ejecución. Igual no queríamos nada muy inclinado hacia lo tradicional y preferíamos celebrar nuestra unión con nuestros amigos y familiares, más que nada. Cuando salimos del lugar no había nadie, ninguna pancarta ni nada por el estilo. Nos fuimos subiendo a los carros para dirigirnos al salón que habíamos alquilado para la fiesta. No era nada grande pero quedaba en un lugar muy bonito, en un piso alto para que la gente disfrutara la vista. Menos mal habíamos podido gastar algo de dinero en ello para que no solo nosotros lo pasáramos bien. Era como un regalo por el apoyo recibido.

 Otra valla que saltamos fue el hecho de tener que manejar todo lo referente a nuestras posesiones y los seguros y todas esas cosas de las que a nadie le gustaba hablar. Estuvimos de acuerdo que cada uno se quedara con lo suyo, como siempre. No tenía sentido ponernos a combinarlo todo. Sin embargo, abrimos una cuenta juntos para lo que llamamos “gastos del hogar” pues nuestra idea era poder, antes que nada, mudarnos a un apartamento propio. Y después, amoblarlo a nuestro gusto y con el dinero que hubiese en esa cuenta ir pagando los servicios para ese espacio y todo lo demás. Creo que nos demoramos más de un año solo para tener dinero suficiente para lo primero.

 El nuevo espacio, aunque no fue un cambio inmediato, sí que fue un cambio importante. Antes habíamos vivido en el apartamento en el que yo había vivido en alquiler desde hacía varios años. Era un sitio más bien pequeño, diseñado para ser el solitario hogar de un estudiante o soltero empedernido. Como pareja, resultaba un espacio mucho más pequeño y era complicado compartir los espacios que había para guardar cosas como la ropa y diferentes artículos que va uno acumulando a lo largo de la vida. Y como él había sido el que había llegado allí, siempre sentí que lo ponía triste tener que poner sus cosas en un rincón y no poder tener un espacio verdadero. Por eso trabajé tanto por el nuevo apartamento, por todo en ese momento: por él.

 El lugar es hermoso. Es al menos el doble de grande que nuestro apartamento de soltero anterior y está ubicado en un barrio mucho mejor. Incluso está a media distancia entre mi trabajo y el de él, así que todo queda perfecto. Lo mejor es que hay cajones y armarios casi por todos lados, así que antes de mudarnos ya lo teníamos todo repartido, meticulosamente pensado. Él era mucho más caótico que yo pero siempre le gustó que yo tuviera esa vena del orden, una obsesión que hubiese no podido ser muy sana pero que para casos como una mudanza era algo ideal. No nos pasó como a otros que se mudan por días. Para las dos de la mañana siguiente al día de mudarnos, ya todo estaba en su lugar.

 La cantidad de recuerdos que tiene el apartamento es increíble. En el otro creamos una buena cantidad también pero aquí están todos esos que tenemos juntos, de verdad juntos, y creo que eso es muy importante. Uno de esos recuerdos fue  el hecho de construir, poco a poco, una relación más estable con las familias del otro. La verdad era que él a mi familia la conocía muy bien, pues solíamos pasar el domingo con ellos. No todos los domingos pero al menos dos de cada mes. En cambio con su familia casi no hacíamos nada y la verdad yo me sentía culpable. Eso al menos hasta que él me dijo que si así era, por algo sería.

 Esa fue otra prueba larga a superar. Su familia había asistido a la firma del acta matrimonial y habían comido y bebido en la fiesta, pero eso no quería decir mucho más que habían cumplido con las formalidades de rigor. La verdad era, y yo lo sabía bien, que su familia nunca me había querido mucho que digamos. Sobre todo su madre, una mujer que siempre había ideado las vidas de sus ojos de cierta manera, era reacia a crear un lazo conmigo más allá de los formalismos de siempre. Al comienzo yo nunca le puse mucho cuidado al tema, no hasta que nos pasamos al apartamento nuevo y él mismo me dijo que quería arreglar su relación son sus padres. Sentía que ellos habían hecho algo importante al participar nuestro matrimonio y quería corresponderles.

 Por eso los invitamos varias veces. Nunca pensé que siempre nos rechazarían, dando siempre una excusa diferente. En un momento, pensé que de verdad eran excusas reales y le pedí a él que dejara de insistir con el tema. Le dije que seguramente ellos mismos vendrían un día sin avisar y ya, así nos visitarían. Pero él me dijo que ellos nunca harían eso, no con lo rígidos que eran sobre todo. Al fin de todo su madre colaboraba con los eventos de la iglesia del barrio y su padre era tan clásico que cumplía casi todos los estereotipos relacionados con los hombres nacidos en los años anteriores a la revolución sexual.

 Al fin, un día, vinieron. Cabe decir que fue porque nosotros organizamos el cumpleaños del único nieto que ellos tenían, hijo del hermano mayor de la familia. Sin duda fue todo mucho más tenso que el día del matrimonio. A pesar de que yo mismo había cocinado y horneado y arreglado la casa como un lunático, ellos no agradecieron nada de la comida y parecieron más bien apáticos cuando, al despedirse, dijeron que todo había estado muy rico. En otras palabras, no les creí nada. No todo puede ser perfecto y eso le dije a él después, cuando se fueron y yo lavé y limpié todo. No podía esperar que cambiaran de la noche a la mañana.


 La verdad es que ellos siguen siendo iguales. Los que se han acercado han sido sus hermanos y mi familia nos sorprende con visitas cada tanto, aunque no lo suficiente como para él se ponga nervioso. No le gustan las visitas sin anunciarse y sé que no dice nada porque son mis familiares. Pero así son ellos. El caso es que, al final del día, podemos quitarnos la ropa de batalla y meternos a la cama. Y allí nos abrazamos y nos besamos y dormimos juntos como nunca habíamos dormido antes. A pesar de las dificultades, de los tropiezos y de los baches en el camino, sabemos que nos tenemos el uno al otro. Y no pensamos jamás en cuando alguno falte porque eso no es algo que nuestras mentes puedan procesar. Preferimos disfrutar de nuestra felicidad, que es sorprendente y hermosa.

domingo, 13 de marzo de 2016

Él no existe

   Me pasa seguido. A veces cuando veo a alguien que me gusta en alguna parte o a veces solo cuando mi mente se queda en blanco y no tengo nada en particular en que pensar. Mi mente se va yendo lentamente y entonces se forma siempre la misma imagen en mi mente. Bueno, no siempre es la misma ya que con el tiempo ha ido cambiando un poco pero lo básico siempre es igual: estoy yo y está él y no hay nadie más sino nosotros. A veces se trata solo de un beso y otras veces es un abrazo suave, que puedo llegar a sentir si estoy muy inspirado en el momento. A veces también puede ser hacer el amor o momentos antes o después de eso. Varía mucho y no sé de que dependa, probablemente de mi ánimo del momento y de la persona que imagine.

 Después es que la realidad me golpea en la cara y caigo en cuenta que nada de eso es verdad y que, en mi vida, eso ha pasado tan pocas veces que las puedo contar con los dedos de una mano y me sobran dedos. Claro, habrá quién diga que con dos veces que te pase eso en la vida es suficiente pero eso sería cierto si la segunda vez fuese más duradera o las dos. Pero en mi caso ni siquiera estoy seguro de haber sentido algo real alguna vez. La verdad es que no sé que he sentido ni que han sentido por mi, pues es difícil preguntar semejante cosa. Además las personas rara vez darán una respuesta real, si es que todavía se les puede preguntar. Y para mi el tiempo sí que pesa bastante. No es lo mismo una relación de tres meses que una de un año o más. No hay punto de comparación.

 Cuando voy por la calle o donde haya gente, pasa que también tengo esos pequeños momentos en los que imagino cosas. Pero lo divertido del cuento es que no me imagino en mi mente a la persona que estoy viendo en vivo sino que la transformo un poco, principalmente porque lo más normal es que no conozca la voz de la persona y mucho menos su personalidad y manera de ser. En mi mente siempre son amables y bastante cariñosos, de hablar suave y de modales impecables. Siempre se preocupan por mi y saben exactamente que decir para sacarme una sonrisa o para hacerme sentir mejor. Me los imagino perfectos o casi.

 A uno así no he conocido nunca. Puedo decir, y no quiero decir con esto que esté orgulloso, que he salido con muchos durante buena parte de mi vida. Y sí, confieso que no ha sido precisamente para buscar amor para siempre. Normalmente siempre empiezo al revés y sé muy bien que eso nunca termina bien. Es decir, eso nunca va a llegar adonde yo de verdad quisiera que llegaría. Si te acuestas con un hombre de entrada, el respeto se pierde casi al instante, así como el misterio y esa gana como de descubrir y tratar de ganarse a la persona averiguando como es y todo eso. Siempre lo he hecho mal y lo sigo haciendo.

 Me besan con suavidad, con tiempo, como si no importara nadie más sino nosotros. Me encanta que lo hagan así porque eso para mí quiere decir que hay mucho más que un interés rápido. Por eso en mi imaginación todos se toman el tiempo, todos dicen mi nombre y yo sé el de ellos. Siempre sé como son aunque a veces ni siquiera les veo la cara, sobre todo en sueños, y la verdad es que no sé de donde salen ni porqué. Pero no importa pues ahí están. O ahí está. Nunca he sabido si lo que imagino es a uno que puede ser muchos o a muchos que representan a ese único que quisiera conocer algún día. Supongo que la idea es que sea alguien tan especial que no sepa yo nada en absoluto. Así que no me molesta si no entiendo todo.

 El otro lado de las cosas es que, en la realidad, los chicos siempre se interesan en otro tipo de hombres para salir y esa es una verdad del mundo de los hombres que les gustan los hombres. Si alguna vez se lo preguntaron es igual que entre hombres y mujeres: hay unos que invitarías a casa a presentarle a tu mamá y hay otros que nunca dejarías que se acercasen, ni siquiera a tus amigos. Eso es así con todo el mundo. Y yo, y no es por hacerme la victima, siempre he estado del lado de esos a los que nadie quiere que conozcan. Bueno, al menos en casi todos los casos porque también he conocido un par de madres. Lo malo es que, con el tiempo, se revela que no era yo el tipo de persona para aquello entonces soy yo mismo el que me pongo en el grupo de los que están solo por un tiempo.

 Antes de dormir me sucede mucho, que pienso bastante en el tema. A veces es sexual pero a veces, si hace frío, me imagino unos brazos a mi alrededor, el sentir de una piernas entrelazadas con las mías y entonces sonrío aunque no haya nadie. Para mi ese es el punto fuerte de una relación, el momento en el que se comparte algo tan intimo como la cama, que para mi siempre ha sido algo tan personal. Además creo que es algo que imaginamos todos en algún momento, sin importar quienes seamos. Porque querer compartir un momento como ese, de palabras susurradas y calor compartido, creo que es algo que todos idealizamos y nadie deja de pensar.

 Irónicamente, yo jamás he dormido con nadie. Es decir, nunca he pasado la noche a dormir en la cama de nadie. Esto tiene una simple explicación: como dije antes, soy de los que no presentas a nadie y como uno de estos pasa seguido que me piden que me vaya o simplemente me dan ganas de irme porque se siente todo muy incomodo cuando ya ha terminado. Así que ni siquiera hay necesidad de decir nada. Solo coge uno sus cosas y se va, sin más. Confieso que me encantaría quedarme toda una noche con alguien pero entiendo que eso requiere algo que nunca he conocido y es alguien al que de verdad le gustes y que no tenga problemas de ningún tipo. Y que de paso tu tampoco los tengas. Se requiere algo de madurez.

 Por eso todo lo que imagino suele pasar en un futuro próximo, obviamente desconocido. Es un lugar muy bonito donde todo parece posible, donde todo es lo que yo quiero que sea y como quiero que sea. Ese futuro próximo me ofrece cosas que siempre he querido y no solo a aquella persona que me quiera sino también un trabajo ideal, un hogar bonito, incluso una mascota que nunca he tenido y tal vez ni vaya a tener. Por eso cuando me imagino con él, nos imagino en ese lugar solo para nosotros. Ya no se trata de encuentros fugaces o de momentos. No quiero tener solo pequeños fragmentos que no sirven de nada por si solos. Quiero tener algo más sólido y real y por eso mi mente me lleva a un mundo complejo que sé es irreal.

 Porque la realidad es que no tengo mucho para ofrecer. De hecho, hace poco decidí no tener como prioridad el buscar o encontrar a nadie para tener una relación. Es cómico, pues esa decisión no cambió en nada mi situación ni mi vida ni como pasaban las cosas, principalmente porque no era que tuviese muchas opciones o que saliera mucho y conociera gente o cosas así. Fue solo una decisión porque estaba cansado, frustrado de que siempre todo sea para los demás y nada sea para mí. Fue un momento en el que pensé: “Creo que merezco eso y más. Y no tengo porque conformarme con lo poco cuando sé que merezco lo mucho”. Como dije, no me ha servido de nada pero al menos creo que ahora tengo una visión algo más madura del tema. No estoy cerrado ni abierto. Solo estoy.

 Veces incluso hablamos. Hablo con ese ser imaginario que está dentro de la misma clasificación que un unicornio o el ave fénix. Y él me responde y me toca como si yo le gustara. Y me gusta y casi me hace llorar, por razones que conozco muy bien. Porque esa persona lo que hace es reforzarme, viene a apoyarme y a decirme las cosas que nadie nunca me ha dicho con honestidad. Obviamente sé que yo lo controlo todo, siendo mi imaginación, pero es difícil no emocionarse al imaginarse a semejante ser humano. Es perfecto en todo sentido. O al menos lo es para mí y creo que eso es lo que cuenta.

 Pero nadie es así. Y si lo es, no es conmigo. Me gusta la fotografía y me la paso viendo fotos de todo un poco y cuando veo esos chicos que son el estereotipo de chico que todo el mundo busca, me doy cuenta que terminando desarmándolos y veo que detrás no hay nada pues no me creo por un momento que alguno de ellos se pudiese acercar a mi con intenciones de las que ocurren en mi mente. Simplemente no he avanzado tanto para tener esa clase de confianza en mi mismo, que de hecho no es confianza sino sería para mí mentirme sin tapujos. Y para qué decirme mentiras? No me serviría de nada y yo lo único que quiero es que alguien se fije en mi existencia. De ahí en adelante, ya veremos.


 Por ahora lo tengo a él. Que me deja abrazarlo, que huele levemente a duraznos en el cuello y que tiene los pies fríos y me gusta calentar. Él no existe, no es real. Pero, por ahora, es lo que tengo. Y lo amo por eso.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Día D

Había alistado todo hasta el último detalle. El día anterior había pasado por el supermercado para preparar los ingredientes de su comida favorita: la lasagna de vegetales. Había salido un poco caro, al comprar solo productos de primera calidad, pero bien valía la pena.

Cuando Roberto llegó a su hogar ese día, empezó a planear todo como si se tratase del recibimiento de una reina o de un jefe de estado: tenía el menú listo con 3 platos suculentos y un vino excelente, tenía lista la nueva ropa que se había comprado antes de ir al supermercado y solo faltaba hacer el aseo general de su hogar.

La tarde del viernes, apenas llegó del trabajo, se dedicó a limpiar el polvo, barrer el piso, trapearlo, limpiar los baños y las ventanas, cambiar la ropa de cama, pulir con esmero cada utensilio de la cocina y sacudir los tapetes por el balcón.

También echó a lavar ropa y reorganizó un poco el lugar, para hacer de todo el momento algo placentero.

La hora de llegada de su novia al aeropuerto se la había aprendido de memoria: las 6 de la tarde. Era perfecto ya que pasarían 30 minutos desde su salida de los filtros de seguridad hasta que llegase a su apartamento. Había contratado un servicio especial para que la recogiera y así no pensara en irse a su casa ni nada por el estilo.

Hacía un año que no se veían ya que ella había tomado un curso de coreano y había encontrado una oportunidad laboral en Seúl que no podía rechazar. El contrato era por un año pero si les gustaba su desempeño le renovarían su estadía. Y Roberto estaba listo para ello: había ahorrado bastante para poder irse a vivir con ella. Siendo arquitecto, sabía que no habría problema en conseguir trabajo en ese país y con su buen nivel de inglés sobreviviría mientras estudiaba el idioma local.

Sí, Roberto estaba profundamente enamorado de su novia. La había conocido en la universidad y desde el primer momento la había adorado. Desde entonces habían pasado cuatro años y él seguía igual de enamorado que siempre.

Esta reunión se le había ocurrido desde el mismo día en que se había despedido de ella en el aeropuerto. Incluso les había comentado su plan a los padres de ella y ellos, felices, habían estado de acuerdo. Todavía más cuando él les había confesado que tenía en mente pedirle a su hija que se casara con él.

El anillo lo había comprado hacía un mes, cuando se había decidido a hacerlo. Le había costado varios meses de paga pero él ya no se fijaba en precios ni en lo que le costaba conseguir o comprar algo. Todo lo hacía por el amor que le tenía a su novia, a su futura mujer. No había nada que no hiciese por ella.

El día en que ella llegaba, Roberto se despertó temprano y salió a trotar una hora: todo este año se había esforzado en hacer ejercicio. Nunca le había disgustado su panza y amaba la comida pero ella había sugerido que entrara en un gimnasio con ella y él creía que eso le alegraría mucho, cuando lo viera y notara los varios kilos que había perdido.

Después de ejercitarse, Roberto limpió un poco más todo su apartamento. No se bañó sino hasta tarde para estar impecable cuando ella llegase. La lasaña estuvo lista pronto, así como un delicioso volcán de chocolate y una ensalada con nueces y frutas exóticas. Todo lo probó y certificó que fuera perfecto. Puso a enfriar en hielo el vino francés que había comprado, alistó la mesa con copas, platos, cubiertos y servilletas. El toque final eran dos velas que emanarían un delicioso olor dulce que sabía que a ella le gustaría: adoraba su perfume con olor a fresas.

Hacia las cinco de la tarde por fin se duchó, usando un jabón liquido del cual detestaba el olor pero como había sido un regalo de su novia, prefirió usarlo para complacerla. Se vistió con unos boxers que alguna vez ella le había regalado y con su ropa nueva que estaba simplemente impecable. Se afeitó con cuidado y se peinó lo mejor que pudo.

Y entonces esperó. Casi dos horas porque estuvo listo muy pronto y el avión ni siquiera había llegado cuando él se sentó a esperar.

Pasadas las siete de la noche, sonó el citófono en su apartamento: era ella. Hizo los últimos arreglos, más que todo salidos del nerviosismo, y entonces timbraron.

Cuando abrió su amor pareció crecer. La hizo entrar, preguntó porque no tenía su equipaje pero no esperó por la respuesta. La abrazó y la besó y le dijo lo feliz que estaba de verla. Tomó su abrigo y la hizo sentar a la mesa.

Pero ella no parecía igual de contenta. Él sirvió la ensalada y puso un plato en cada puesto. Le dijo que la amaba y que esperaba que fueran muchos años más juntos.

Ella respondió poniéndose de pie y pidiendo que la escuchara, que la dejara hablar. Parecía enojada aunque Roberto pensó que era por lo largo del viaje.

 - Hice todo esto para ti.
 - No quiero esto. Lo siento.
 - Estás cansada? Mi cama tiene nuevas sabanas. Son de...
 - Eso no importa. Me escuchas, por favor?

Él asintió y entonces ella se soltó diciendo que apenas había llegado a Seúl había conocido a un joven empresario y que desde entonces había estado con él, como su novia y que planeaba casarse con él apenas ganaran más dinero. Dijo que había vuelto para contarle a sus padres y para invitarlos a conocer Corea y a su novio.

Roberto no entendía. No podía hablar pero su cara lo decía todo.

Ella siguió: le dijo que ya no lo quería desde antes de irse pero que no había tenido el valor para dejarlo con el corazón roto. Se había dado cuenta que hubiera podido ser mejor si lo hubiera hecho pero que solo había aceptado que el servicio especial la trajera allí para hacerlo de una vez.

Por fin, Roberto dijo algo: Porqué?

Ella le respondió que había dejado de quererlo porque el parecía estar enamorado del amor y no de ella. Necesitaba alguien que se impusiera, que peleara con ella, no alguien que aceptara todo y se quedara callado. Necesitaba que su vida fuera entretenida, diferente y Roberto no era alguien que le brindase eso. Incluso dijo que el último año juntos había sido aburrido y que no había dicho nada porque sabía que lo dejaría pronto.

Y tan rápido como llegó se fue, sin decir nada más. Y allí quedó Roberto, destrozado y siendo menos de lo que había sido siempre, ya que tontamente le había dado todo de sí a alguien y no se había quedado con nada para sí mismo.