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miércoles, 14 de septiembre de 2016

El monte de Santa Odilia

   Con una puntería inexplicablemente buena, el monje derribó con una sola piedra en su onda el pequeño aparato que había estado dando vueltas por el monte. Normalmente los religiosos no tenían reacciones de ese tipo, no se ponían como locos y derribaban el primer dron que vieron con una piedra del tamaño de un puño. Lo que pasaba entonces era que, por mucho tiempo, el templo de Santa Odilia había estado cerrado a todos los demás hombres y mujeres del mundo. Esto había sido decidido por los monjes hacía unos doscientos años y desde entonces solo se aceptaban cinco nuevos religiosos cada año. Era una cuota bastante decente pues cada año el número de jóvenes interesados bajaba drásticamente.

 Cuando los monjes habían decidido encerrarse en el monte, por allá cuando todavía no había elementos electrónicos ni nada por el estilo, eran unos ochenta los que vivían en el monasterio y lo increíble era que, para esa época, tuvieron que construir más habitaciones para que pudieran estar todos cómodos. Ahora, sin embargo, los monjes no superaban la docena y la limpieza de todo el conjunto de edificios era una tarea titánica en la que todos ayudaban con lo que podían pero era obvio que no era suficiente pues de los habitantes actuales, la mayoría eran hombres mayores de edad que no podían agacharse demasiado o se quedarían ahí sin poderse mover. Los más jóvenes debían cargar con el peso de todo y, así las cosas, era inevitable que algunas partes del monte cayeran en ruinas.

 La capilla sur, por ejemplo, era uno de aquellos edificios que estaba literalmente cayéndose a pedazos. Cada cierto tiempo, un pedacito de la piedra con la que se había construido, rodaba cuesta abajo hacia el abismo que había allí. Los monjes sabían que perderían el edificio en poco tiempo pero no era algo que en verdad discutieran porque eso requería buscar una solución y la verdad era que no había soluciones para tal cosa, al menos no para ellos pues no había dinero y las reglas eran estrictas en cuanto al ingreso de “extranjeros” y el tipo de ayuda que podían recibir. Los mayores zanjaban siempre cualquier eventual discusión, recordando a los demás que el lugar era un retiro espiritual.

 El día que el dron fue derribado, los monjes estaban terminado una semana bastante difícil. Una torrencial lluvia se había llevado uno de los muros de la capilla y con él varios artículos de gran valor. Además, el agua había revolcado la tierra de la peor manera posible, arruinado el pequeño huerto que tenían. Recuperaron lo que pudieron pero los animales que aprovecharon el momento no dejaron demasiado para ellos. La tormenta había ocurrido por la noche y por eso se sentían aún más afectados porque no había nada que hubiesen podido hacer para evitar nada de lo que había pasado.

 La semana siguiente tampoco empezó muy bien. Tuvieron una visita muy poco usual de un miembro de la policía. No había venido en automóvil sino en bicicleta, con todo y su uniforme. El hombre no eran joven ni viejo y tenía una apariencia bastante arreglada, llevaba toda su vestimenta a punto. Los monjes le hablaron a través de la puerta, sin verle la cara directamente. No podían romper todas sus reglas pero era obvio que tampoco podían ignorar que el mundo exterior tenía sus reglas propias y que una de ellas era asumir las consecuencias de sus actos. Los monjes sabían bien que derribar el dron había sido algo incorrecto, a pesar de que no supieran que era ese aparato, para que servía o como funcionaba.

 El policía fue lo más cortés que pudo y trató de no utilizar vocabulario muy confuso. Ellos entendieron todo a la perfección cuando él les explicó que el objeto que habían derribado era propiedad de un niño que había tenido curiosidad por el monte y había utilizado su juguete para poder tomar fotos y videos del lugar. Por supuesto que los monjes sabían lo que eran fotos y videos porque ninguno había nacido en el monasterio pero como todos eran mayores de cierta edad, no estaban muy al tanto de los últimos avances de la tecnología. Para ellos, el aparato que habían visto circular el monasterio era un juguete. Se disculparon con el policía pero el dijo que había un detalle más y dudó al decirlo. De hecho, los monjes tuvieron que pedirle que hablara más fuerte. El oficial aclaró la garganta y les explicó que el niño quería que le pagaran su juguete.

 Por supuesto, era un pedido ridículo y era por eso que el policía no había tenido la valentía de decirlo en voz alta. ¿Cómo iban a pagar los monjes algo que ni siquiera sabían lo que era? Encima que no tenían ni comida ni ninguna riqueza con la que pudiesen conseguir dinero. La conversación con el representante de la ley llegó hasta allí porque no había nada más que decir. Excepto… El oficial se devolvió a la puerta y les dijo, en voz bien clara, que el niño era el hijo del alcalde del pueblo cercano y por eso era que lo habían enviado en verdad. Se devolvió a su bicicleta sin decir nada más y partió con rapidez.

 Los monjes acordaron ignorar lo sucedido. Era obvio que no podían obligarlos a pagar nada pues no tenían como pagarlo. Además, el niño debía haber sabido que no era un lugar correcto para estar jugando, por lo que el derribo del juguete no era algo completamente difícil de entender. Los monjes decidieron ignorar lo que había pasado y tratar de recuperar su huerto y todo lo que habían perdido en vez de preocuparse por un niño y un montón de personas que nunca habían visto. Tuvieron que hacer un esfuerzo enorme para reformar todo el huerto y tratar de que allí creciese algo como lo que había habido antes pero era difícil saber si lo conseguirían.

 Fue en una de las cenas de las noches siguientes, en la que uno de los monjes mayores quiso explicarles su posición frente a lo sucedido con el juguete. Él entendía que la mayoría creyera ridículo querer que ellos pagaran el juguete dañado pero le parecía muy mal que los monjes parecieran darle la espalda al mundo por el que se suponía que se habían dedicado a la vida religiosa. A pesar de ser personas que habían decidido encerrarse en un montaña por su propia decisión, esa decisión no podía ser una completamente egoísta o sino, ¿de que servía estar tan adentro de la religión, tan metidos en algo que se supone es para el bien de toda la humanidad y no solo para lo que deciden vivir una vida de recogimiento?

 Las palabras del monje mayor hizo que todos reflexionaran ese día. Sin duda tenía razón. A pesar de que pagar sería ridículo pues no tenían con que, ellos ni podían darle la espalda al mundo nada más porque su decisión los había llevado a vivir aislados de todos los demás. Era algo complejo de entender, de explicar y de hacer, eso de irse a vivir lejos por el bien de la humanidad y por la mejora de la espiritualidad. Era algo complejo que ellos siempre buscaban explicarse porque los monjes no lo sabían todo y era hombres tan confundidos como los pudiese haber en las calles del mundo. Todos los problemas seguían siendo problemas en el monte de Santa Odilia, lo quisieran o no.

 La sorpresa la recibieron pasadas una semana, cuando el mismísimo alcalde del pueblo más cercano se presentó en el monasterio y exigió entrar al monasterio. Le explicaron, a través de la puerta, que eso no era posible pero que podían hablar si eso le complacía. El hombre parecía estar de ánimo para discutir, porque los monjes podían oír como sus pies iban y venían, caminaba de un lado para el otro mientras decía que su hijo estaba muy triste por su juguete. Decía que había llorado mucho desde el momento en el que la piedra le había dado de lleno y el pobre aparato se había dañado irreparablemente.


 Los monjes escucharon pero no dijeron nada. Al menos no hasta que el hombre hubiese acabado. Entonces uno de ellos, uno de los más jóvenes, le propuso algo al alcalde a través de la puerta: podía traer a su hijo, al niño, para que los visitara y ellos pudiesen explicarle por qué habían reaccionado de la manera en la que lo habían hecho. Los demás monjes lo miraron como si estuviera loco y el alcalde dejó de caminar de un lado al otro. La idea era revolucionaria, por decir lo menos. El alcalde dijo que lo pensaría y se fue sin más. Los demás monjes no quisieron alargar la conversación pero sus opiniones eran muy variadas. Sin duda era una buena solución al problema de demostrar quienes eran ellos pero también estaba el hecho de que arriesgaban parte de quienes eran para lograr aclarar su punto. Hubo muchos rezos y reflexiones esa noche y no solo en el monasterio.

sábado, 6 de junio de 2015

La camiseta

   A ponerse la camiseta! Pero, para que? Cual es el punto de que cada vez que haya un partido de fútbol, la gente se ponga la camiseta con los colores del país? Y porque todo el mundo se lo toma tan en serio, como si fueran menos patriotas quienes deciden no ponerse nada porque el futbol les parece una idiotez o porque lo ven como el elemento distractor que siempre ha sido?

 Todo nace, digo yo, en ese ser positivo que quieren que seamos. Y cuando digo quieren, me refiero a los gobiernos y a los organismos de control en general. Es más fácil tener control sobre la gente, sobre una grupo determinado, si todos hacen exactamente lo mismo. De pronto es por eso que el terrorismo jamás será vencido, no hay dos terroristas en el mundo que piensen exactamente lo mismo a pesar de que la idea de organizarse es porque comparten ideas en común que los lleva a ejecutar actos de violencia o de protesta, dependiendo del grupo del que estemos hablando.

 En los medios, se promociona este ser positivo, que en principio no tiene nada de malo. Serlo puede ser beneficioso a la hora de querer ver lo bonito de nuestro mundo, de nuestras distintas realidades, o al menos eso mismo dicen los seres positivos. Ellos declaran que no hay nada como ser optimista y empezar el día pensando que todo va a ser mejor que el día anterior. Creen que no hay mal que por bien no venga (fueron los que inventaron ese condenado dicho) y, dicen ellos, viven una vida más feliz, sin complicaciones e incluso evitando dolores físicos provenientes del estrés y la preocupación que tienen en más abundancia aquellos que son pesimistas o simplemente realistas.

 Y no hay organización que promueva más ese optimismo que las religiones. Unas más que otras pero la mayoría coincide en prometer, para sus discípulos, la felicidad eterna y real sí son positivo y creen en el Dios que haya que creer. La idea es que ese Dios, una criatura mítica con poderes extraordinarios pero nunca realmente vistos, es quien nos ha puesto aquí y es el único que puede realmente removernos de esta Tierra. Por supuesto, es él el que controla la vida y la muerte, lo que sube y lo que baja. Así que si algo bueno es por su gracia y si algo malo pasa es culpa nuestra. Esa es la idea del positivismo de la religión, que no es infalible porque el sujeto tiene que en verdad estar muy involucrado. Tiene que creerse el cuento.

 Todos los hemos visto. Los que agradecen a Dios porque cada pequeña cosa que les sucede en la vida y sonríen y caminan por la vida con optimismo en sus corazones porque saben que alguien más los está vigilando y les está ayudando. Ese ser de las mil miradas está allí con ellos y los ayudaría a atravesar un río de lava si tuvieran que hacerlo. Pero cualquier fallo, cualquier equivocación, sería simplemente porque no amaron o creyeron en Dios lo suficiente. Es su culpa porque no fueron lo suficientemente optimistas y no creyeron de verdad lo que Dios prometía, que no es nada más sino espejos y humo.

 El gobierno y las grandes empresas usan los medios para propagar su idea de lo que es ser feliz y así manipular ese optimismo de las personas, canalizándolo hacia ciertas actividades y razonamientos que son los que los benefician a ellos. Los medios de comunicación, recordemos, son todo menos independientes. Ningún periodista es realmente una voz de la razón solo porque es periodista. De hecho, el periodismo no es un arte (no importa cuanto lo reclamen los comunicadores sociales) y es solo la idea de la manipulación a través de las palabras ajenas. Y bien usado crea ese positivismo que buscamos, porque el positivismo muchas veces se trata de confiar y no dudar. De hecho, más que confiar, se trata de creer ciegamente.

 Y aquí volvemos a las camisetas de fútbol. Los han visto, seguramente. Más que todo hombres pero cada vez más mujeres que se ponen la camiseta y se pasean orgullosos por arriba y por abajo. Las usan cuando hay partido, sí, pero también cuando no lo hay. Porque la camiseta es hoy en día un sustituto de la bandera. Se entiende que no toda la gente se propietaria de una bandera pero se califica de traidor con rapidez y en silencio, a cualquiera que no tenga una de esas desagradables pruebas de patriotismo barato. Porque barato? Pues porque juegan con el denominador más manipulable, aquel ente que vive su vida entre trabajo, mirarle el culo a las mujeres, pensar en sexo y ver partidos de futbol acompañados con cerveza. No nos mintamos, son bastantes y el mensaje por eso agarró tan bien.

 No podemos generalizar. Ellos son solo una parte de la sociedad. Pero son una de las bases y cuando una base está convencida, las otras o siguen el juego o se convencen así sea a la fuerza. Por eso las mujeres también se pasean ahora con las camisetas, sometiéndose una vez más a los hombres. Los ricos y los pobres, los altos y los flacos, los homosexuales y los transexuales y cada idiota que tenga un cuerpo puede tener una camiseta y la tienen. Nada más pregunten y se darán cuenta. Y tenerla en sí no es malo pero piensen que es la misma, para todos, casi como un uniforme. Y así como un uniforme, la camiseta va amarrada a una cantidad de creencias y de obligaciones.

 La primera creencia es que la patria propia es la mejor o al menos una muy buena. Eso busca eliminar la duda sobre cualquier entidad o sobre las leyes y los ideales que sirven de base para la nación. Después, est ese ﷽﷽﷽﷽﷽bre las leyes y los ideales que sirven de base para la nacina muy buena. Eso busca eliminar la duda sobre cualquier ená ese positivismo ciego, que busca que las personas estén orgullosas de un país que en verdad no conocen y crean que todo siempre va a mejorar. Entonces porque en las encuestas siempre dicen que todo va peor? Sencillo. Porque no solo es ser positivo sino creer en que hay gente que es enemiga de ese positivismo, gente que no quiere que nada avance o que no creen que la patria sea motivo de orgullo. Se vuelven radicales y los radicales nunca están felices con nada y por eso siempre todo está mal pero confían en que deje de ser así y son felices con lo que hay.

 Contradicción? Por supuesto. Quien dijo que los seres humanos son todos la mata de la razón?  Los seres humanos, o casi todos al menos, solo echan para adelante y no es que se pongan a pensar en cada detalle de lo que los rodea. Solo estupideces como el amor valen el tiempo que ellos tienen para gastar entre tanto patriotismo exacerbado y positivismo ciego.

 Y que pasa con los demás? Pues viven y lo pasan como pueden. Hay que aclarar que nadie es víctima ni victimario, excepto quienes manipulan las cosas a su favor o directamente en contra de alguien. Los pesimistas y los realistas, que son casi el mismo grupo pero con una diferencia fundamental, no pueden ser víctima solo porque sean minoría. Tendrían que ser víctimas si hubiera un acoso visible, activo, pero la verdad es que no hay tal. Porque? Porque si la mayoría de gente está convencida en el cuento del optimismo, para que tratar de convencer a los demás? Es desgastante y no sirve de nada. De hecho, es mejor que haya quien se queje para que siempre haya oposición y nunca unión real.

La diferencia entre realista y pesimista es que el segundo siempre entra pensando lo peor y el segundo se va dando cuenta de lo peor poco a poco. Y no es que todo en el mundo sea malo pero es imposible no pensar que hay algo que no funciona del todo bien cuando se promete igualdad y esta no existe, se promete libertad pero tampoco existe en su totalidad y cuando se promete y promete pero jamás se cumple. En una persona que se moleste, que se fije un poco en el mundo, eso es un problema y es algo que no se puede permitir. Se convierten en realistas, en aquellos que ven el mundo como es y no como ellos quieren que sea. Y ese es el punto en el que los optimistas siempre pierden y es que, en su afán por ver lo bueno en todo, no ven lo malo, la otra cara que siempre es igual de válida.

 Porque lo malo no es inválido ni lo peor. Es una realidad natural que a veces tiene que haber muerte para que haya vida, a veces la destrucción es renacimiento. Pero aceptar eso, para la mayoría, sería aceptar que no hay bandos en la vida, que no hay optimistas y pesimistas, que no hay buenos y malos, que no hay poderosos y débiles. En resumen, sería para muchos la destrucción definitiva de su mundo y de cómo lo entiendo, un cambio enorme y ya sabemos lo buena que es la raza humana con el cambio. Como enfrentar algo así si todavía nos odiamos siendo todos lo mismo, carne y huesos y poco cerebro?


 Pero así es y así se quedará por un tiempo o tal vez para siempre. Los optimistas seguirán ondeando sus banderas, orgullosos de su ignorancia de la vida y los demás seguirán viviendo por ahí, pasando por la vida, tal vez equivocados o en lo cierto pero perdidos en un limbo en el que no saben a que hora entraron pero en el que ciertamente sí saben que no van a tener nunca la verdadera oportunidad de salir.

domingo, 31 de mayo de 2015

Selenitas

  Físicamente eran como todos nosotros: dos piernas, dos brazos, un torso, ojos, nariz, boca, una cabeza con pelo encima y pies al final de las piernas. Nada raro en ese aspecto aunque sí tenían un rasgo que al parecer había sido predominante desde los primeros asentamientos: la mayoría eran pelirrojos. Nadie sabía muy bien porque pero la mayoría tenían cabelleras de rojo encendido y eran muy orgullosos de ello, las mujeres adornándolas con flores u otros adornos y los hombres modelando el pelo en varios diseños que denotaban algo de su familia o la zona en la que habían nacido.

 Los selenitas eran además reconocidos por ser mucho más “liberados” que sus contrapartes de la Tierra. La historia decía que cuando habían llegado los primeros colonos estables, habían decidido quitarse de encima ataduras que los seres humanos habían tenido por siglos. Como eran hombres y mujeres de ciencia, le impidieron el paso a la religión en ese momento y declararon como una máxima la de “vivir y dejar vivir”. De pronto por ello en los primeros años, muchas nuevas parejas homosexuales se fueron a vivir también allí y sus descendientes, también de pelo rojo, cuentan con orgullo las vidas de sus dos padres o dos madres.

 La religión fue aceptada después porque, como en toda la Historia, supo colarse por entre resquicios que nadie nunca miraba. Una virgen diminuta por allá, un dios colgante por allí, una cruz escondida y las autoridades no tuvieron de otra que legalizar la religión pero solo en ciertos lugares. Se les advirtió a los religiosos que nunca podrían ingresar con sus imágenes y discursos a centros educativos o a edificios públicos. Y así fue. Han pasado unos doscientos años desde la llegada de los primeros colonos y casi trescientos desde ese días en que el Hombre por fin pisó la luna.

 Hoy en día, la Luna es un país más, aliado estrecho de la Tierra por obvias razones, pero con un gobierno aparte, sin ataduras a las viejas democracias del planeta azul. Este vio su parte de guerras después de la secesión pacifica de la Luna pero con el tiempo todo se estabilizó. Ya el dinero perdió importancia así como el poder. Ahora lo que más buscaba la gente era conocimiento, expandir lo conquistado y tener más y más territorio. La Tierra y la Luna eran los exploradores de la galaxia aunque era el planeta el más obsesionado con colonias y minas y estaciones espaciales, la Luna en cambio tenía otra actitud. Puede que hubiese sido por los fondos menores o por su Historia particular, pero los selenitas simplemente amaban su satélite.

 El centro de la vida política era Selene. La capital llevaba uno de los muchos nombres que los terrestres le habían puesto a la Luna y era una decisión votada por los residentes. Selene no era una ciudad grande y estaba en buena parte construida en el subsuelo pero tenía lo necesario para su casi un millón de habitantes: escuelas, universidades, bibliotecas, museos, parques en burbujas de oxigeno, centros nocturnos, transporte y demás. De hecho uno de los orgullos de la Luna era su sistema satelital de transporte que llevaba a cualquier persona a su destino en menos de diez minutos.

 La vida nocturna también era conocida por ser bastante agitada y muchos terrestres venían seguido a disfrutarla. Lo hacían porque los selenitas se habían desecho de las vergüenzas e inhibiciones del viejo mundo y habían decretado que el cuerpo humano no debía ser razón de vergüenza y que cualquier gusto de una persona era algo circunstancial, que debía ser respetado más no compartido. Esto obviamente solo excluía a aquellos gustos peligrosos como los de armar bombas o matar gente, aunque incluso esos hombres y mujeres no eran condenados por ellos sino que los usaban en ciertos trabajos y ellos, como buenos selenitas que eran, los hacían con gusto.

 Había un equilibrio que la gente adoraba de este pequeño lugar. Parecía que todo podía hacerse y era verdad pero en control y con medidas. No limitaban al ser humano sino que le posibilitaban abrir su mente para crear nuevas cosas. No era de sorprender que fuesen los selenitas los que habían diseñado y construido la gran mayoría de estaciones espaciales en el sistema solar. También tenían excelentes nociones de utilización de los varios metales y tenían un sentido de la estética que los convertía en los preferidos a la hora de crear diseños para esculturas públicas o de arte moderno variado.

 La Luna, a diferencia de la Tierra, solo tenía una colonia. Era una pequeña ciudad de cien mil habitantes, parecida en su construcción a Selene, ubicada en el planeta enano Ceres, en el cinturón de asteroides. No era extraño que muchos selenitas eligieran como sitio de vacaciones a Ceres. La gente allí eran casi todos mineros o granjeros y, mezclado con sus ideales selenitas, los convertían en la mejor gente del sistema solar. Su comunidad era pequeña porque así lo decían sus leyes. De lo contrario, miles o millones hubiesen llegado al pequeño planeta a quedarse a vivir.

 La minería extraía titanio que parecía algo de nunca acabar. No era fácil, pero era lo que le daba su relativa riqueza a Ceres. Y además tenían kilómetros de plantaciones hidropónicas, de lo que uno pensara. Se decía que la mejor marihuana medicinal era de allí pero eso lo debatía con una granja en la Tierra que reclamaba el mismo puesto. A nadie en verdad le importaba. En ese momento discutir algo así era como decidir quien vendía los mejores tomates o donde crecían los más ricos bananos. Era todo tan común que nadie ponía mucho cuidado.

 Los selenitas amaban sobre todo las berenjenas, que crecían bastante en la atmósfera tenue de la Luna, creada por científicos hace años pero que todavía no les protegía completamente de los meteoritos que caían ocasionalmente. Seguido se oían de las tragedias y allí era cuando se encendían los selenitas, que creían que el gobierno era muy bueno para todo menos para acelerar el proceso de la creación de una atmósfera estable que protegiese a todos los habitantes de la Luna de que una piedra cayera del espacio y los mandara a la Tierra de un bombazo.

 El proceso no era sencillo y por eso era tan lento y solo estaría terminado en otros cientos de años. Se habían plantado hierbas especiales un poco por todos lados y máquinas creadoras de oxigeno pero todo era demasiado lento para los selenitas que siempre parecían tener un pie en el futuro y el otro en el presente. Para los sociólogos, sicólogos e historiadores, la Luna era el resumen de todo lo que los seres humanos siempre habían querido: libertad, orden, igualdad, respeto, felicidad y amor.

 Era increíble para los terrestres que venían de turismo pero la gente pelirroja de la Luna era tan liberada como era amable y era fácil enamorarse de alguno. Eso sí, había leyes claras de población ya que la Luna no era enorme y no podían "superpoblarla". Por eso había colonias, entre esas Ceres, para que los jóvenes pudiesen expandir los ideales selenitas y así hacer de todo lo bueno que tenían un estándar viable en el sistema solar. Los terrestres, amarrados todavía a tradiciones inútiles y poco prácticas, seguían con un pie en el barro del primitivismo.

 No era inusual ver u oír de un terrestre arrestado por discriminar a alguien en la calle o por hacer algo que aquí era considerado una afrenta a la libertad de los demás. No solamente eran arrestados sino también deportados y se le prohibía el ingreso de por vida a la Luna, sin excepciones. Esa era su manera de imponerse como nación y de hacer respetar sus valores, diferenciándose así de la Tierra, que siempre los miraba con condescendencia cuando había uno de esos casos de deportaciones. En la Tierra decían los extremistas que la Luna era para los pervertidos, para esa gente sin ley ni dios que no sabían lo que hacían y que terminarían ardiendo en algún infierno.

 Pero los selenitas nunca se enteraban y si lo hacían lo ignoraban. Para ellos no había lugares mágicos inventados ni personas inexistentes o no presentes que los salvaran de un futuro que no había ocurrido. Para ellos había la ciencia y sus propia conciencia. Eran ellos mismos los que hacían los cambios, los que creaban los adelantos necesarios para hacer su sociedad la mejor posible. Es cierto que de vez en cuando había gente que era seducida por los ideales terrestres y se les dejaba. Pocos se iban para nunca volver y si lo hacían no eran discriminados ni se les impedía volver. Era su derecho y la gente lo respetaba, fuese lo que fuese.


 En la plaza principal de Selene, la gente amaba reunirse, en el pasto o en las varias bancas, para discutir ideas o solo reír y compartir historias diversas. Todo tipo de personas se reunían allí bajo el sol y nadie se creía mejor o peor, con más o menos poder, más o menos inteligente. Todos eran bellos para sus estándares e incluso se decía que no se había vivido si no se había tenido relaciones con un o una selenita. El caso es que la gente de la Luna era orgullosa y amable y así lo seguirían siendo por siglos, con la Tierra allí en el horizonte, recordándoles adonde no podían regresar.