Mostrando las entradas con la etiqueta nombre. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta nombre. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de diciembre de 2015

Encerrado

   Siento el agua alrededor mío y me despierto de golpe porque creo ahogarme, creo que en cualquier momento mis pulmones se llenarán de agua y entonces moriré en medio del mar. Pero el agua no es salada y no estoy en el mar sino tirado sobre un charco de agua que se expande sobre una superficie semi lisa que está igual de fría que el agua que siente alrededor de mi cuerpo.

 Trato de levantarme pero no tengo la fuerza ni para sostener mi cuerpo. Apenas soy capaz de mover los brazos para que mis manos estén al lado de mi cabeza pero eso es todo. Cierro los ojos de nuevo, pues el brillo de la luz es demasiado y me da mareo. De hecho, siento que voy a vomitar en cualquier momento y no quiero puesto que no soy capaz de moverme. Quiero llorar pero tampoco puedo y entonces me doy cuenta que me duele absolutamente cada parte del cuerpo, cada extremidad, como si de repente el dolor de muchas heridas hubiese entrada a mi cuerpo, ya sin que nada lo impida.

 El dolor me hace dormir una vez más. Tengo uno de esos sueños que no son nada, que no significan nada y que parecen pasar a toda velocidad. Yo no quiero soñar nada ni ver a nadie en ellos ni recordar como se siente oír la voz otro ser humano cerca de mis oídos. No quiero nada de eso porque sé que en poco tiempo, en apenas instantes, estaré muerto. Y no quiero luchar ni pelear ni esforzarme de manera alguna por lograr nada. Si ya no hice nada en la vida, que se queden las cosas así. No le debo nada a nadie.

 Para mi decepción, despierto de nuevo. Esta vez no estoy en el mismo lugar, o al menos no lo parece. Estoy sobre un colchón que huelen a orina y por lo que veo es un recinto estrecho, pequeño, donde incluso el techo parece bajo, como a punto de aplastarme. Esta vez me muevo por el miedo que siento pero entonces oigo el tintineo del metal y siento de repente su frío recorrerme, desde los pies a la cabeza. No estoy seguro porque no soy capaz de incorporarme, pero creo que estoy esposado por los pies a la cama en la que estoy.

 No puedo mantener los ojos abiertos mucho rato pero sigo despierto y trato de oír mi entorno pero no oigo a nadie ni nada que me diga donde estoy. Solo escucho un goteo no muy lejano y los pasos de lo que deben ser ratas en la cercanía. Espero que esos desgraciados animales coman mejor que yo porque o sino tendré algo más que preocuparme y ciertamente no quiero nada de eso. No hay almohada, apoyo directamente la cabeza en el colchón sucio y creo que ya está claro que me rindo y que no quiero seguir pretendiendo que voy a ganar la partida, ya perdí y lo admito y solo quiero que me dejen en paz pero dudo mucho que eso pase, puesto que por algo estoy aquí.

 Mi mente viene y va. Me quedo dormido por breves o largos periodos de tiempo (no lo tengo claro) pero siempre vuelvo y me despierto a ver que ha pasado a mi alrededor. Y la verdad es que nada cambia. No hay comida, que yo sepa, no viene nadie a darme agua y lo único que sé es que ya no se oyen los pasitos de las ratas. Después de despertarme unas cuantas veces, concluyo que el olor que emana el colchón ha sido causado por mi. Seguramente me he orinado encima bastantes veces desde que estoy aquí, sería imposible que no fuera así.

 De pronto, en una de esas veces que me despierto, siento que la puerta de la celda se abre y alguien entra. No dice nada y yo no volteo a mirar quién es. Mantengo con firmeza la cabeza girada hacia el lado contrario porque ya no me interesa saber nada, ya no quiero meterme más en todo esto y solo quiero que se den cuenta que me he rendido y que no pienso hacer nada contra ellos, nunca más. No oigo su voz, solo su respiración. Sale de la habitación unos momentos después y cierran la puerta. Respiro con más facilidad cuando eso pasa pero entonces me pongo a pensar si mi mensaje ha sido recibido o si preferirán asesinarme para prevenir.

 De nuevo duermo pero esta vez se siente que ha sido por más poco tiempo. Es la puerta que me despierta y esta vez sí me volteo a mirar quién entra: son dos tipos con la cara cubierta. Supongo que son hombres por su musculatura pero podría equivocarme. Cada uno libera uno de mis tobillos y después uno de ellos me pone un antifaz en la cabeza, para que todo lo que vea sea una negrura inmensa. Siento que me toma por los brazos y las piernas y yo me dejo llevar, no voy a pelear con ellos ni a hacer nada que los ofenda.

 Siento que me cargan al exterior, pues siento algo de viento en mi cabeza y un olor particular, como a pino o algo por el estilo. Entonces me dejan sobre una superficie suave y escucho el sonido de puertas cerrándose. Segundos después siento un pinchazo y entonces el antifaz se vuelve un adorno pues quedo dormido profundamente. En el sueño imagino que me quito el antifaz y veo a los hombres que me cargaban y los beso y los abrazo y ellos me corresponden, y bailamos y nos queremos como locos. Es un sueño estúpido, sin ningún sentido.

 Cuando me despierto, el brillo de la luz es peor que en lugar del piso de cemento. Cierro los ojos al instante y entonces una enfermera viene y apaga la luz. Solo queda prendida una luz débil, azulosa, que sale de la cabecera de la cama, donde hay interruptores y todo eso. La mujer se disculpa y revisa cosas a mi alrededor. Yo mantengo los ojos cerrados y la escucho, revisar bolsas y aparatos y murmurar por lo bajo.

 Pasadas unas semanas, creo que ya tengo más cara de ser humano que nunca antes. Me dice la enfermera que cuando llegué tenía el rostro demacrado y la piel verdosa y que ahora parezco mejor alimentado, incluso si el noventa por ciento de mi comida sigue siendo suero. No me dejarán comer solidos por unos días más. A mi me da igual. Me siento mucho mejor que antes y ya no me quiero morir, incluso cuando todos los días me agobian varias preguntas a las que no tengo respuesta: Que va a ser de mi cuando salga de aquí? Que vida tendré, si ya he olvidado la que tenía?

 En efecto, ya no recuerdo con exactitud mi nombre. Ya han pasado días y un hombre me visita y me explica quién era yo. Es una situación muy particular, muy extraña, pues el hombre me muestra fotos en las que salgo yo, más que todo en viajes familiares o situaciones por el estilo. A mi me gusta ver esas fotos pero no recuerdo nada de ellas. Aprendo mi nombre otra vez pero antes se me preguntan si quiero cambiarlo. Yo asiento, hablo muy poco.

 Cuando esa terapia termina, empieza el periodo de explicarme como está mi salud. Ya me dejan tomar sopas y jugos, lo que agradezco enormemente pues mi garganta duele mucho menos ahora. Un día llega otro hombre, este vestido de doctor, y dice que necesita explicarme como estoy. Yo no quiero oír pero no tengo opción. Él me explica que cuando me dejaron frente al hospital tenía varios órganos comprometidos por lo que parecían ser golpizas sistemáticas. Además tenía gran cantidad de químicos en el cuerpo, seguramente los medicamentos que me daban para mantenerme drogado. También habían encontrado infecciones en mi vejiga.

 Hizo una pausa el doctor antes de hablarme de las violaciones. Cuando escucho la palabra, ni siquiera parpadeo. Lo sé y la verdad me da igual. Su voz parece lejana mientras explica que me han hecho los exámenes debidos y afortunadamente no tengo nada en la sangre a excepción de una anemia severa. Me explica también que medicamentos deberé tomar y entonces se retira.

 Los días pasan y es entonces que me doy cuenta que tengo mucho miedo. Tengo miedo de tener que salir al mundo de nuevo, de enfrentarme a la realidad de la que he estado alejado por tanto tiempo. No tengo ganas de nada pero obviamente no puedo quedarme en el hospital. Me dicen que han encontrado un sitio para mi y un trabajo en casa por mis condiciones especiales. Yo solo asiento, puesto que negarme no es una opción realista. No sé quién ha dado el dinero para mi casa o quién me contrata en el trabajo, pero no me interesa en lo más mínimo. Es cosa de ellos, sean quienes sean.


 Semanas después, todavía sigo sin subir las persianas de las ventanas. No me gusta que entre mucho sol a mi pequeño apartamento, que me he enterado que es mío y de nadie más. Igual, no quiero saber. Me paso los días pensado y eso me tortura y el trabajo desde casa no ayuda mucho. A veces me despierto en la noche sudando y pensando que estoy de nuevo en la celda. Pero olvido que he cambiado de cárcel.

martes, 11 de agosto de 2015

Hacia una nueva vida

   Claudia tomó las llaves de la camioneta y salió corriendo lo más rápido que pudo. No había más opción sino escapar lejos y que nadie nunca supiera su nombre o que había pasado con ella. Podía ser una victima pero ella pensaba que todos la condenarían por ser una prostituta, una mujer en los que pocos confiarían si dijera una u otra cosa acerca de un hombre. Mientras se subía a la camioneta y arrancaba, todavía con algunas manchas de sangre en la ropa, Claudia sabía muy bien que no tendrá más opción que cambiar de vida, de ciudad y de nombre si era necesario. Lo primero era ir a su casa… No, era mejor no volver allí pues seguramente la policía estaría vigilando. Era mejor idea encontrar a alguien que le vendiera papeles falsos para así comenzar de nuevo.

 Ella conocía a un tipo pero vivía en la ciudad a la que ella no quería volver. Así que no era una opción. Manejó sin parar por varias horas, hasta que llegó y la noche y el vehículo empezó a pedir gasolina. Ella no tenía mucho dinero y solo había podido robarse lo que tenía el muerto con él. Las tarjetas las había lanzado por la ventanilla de la camioneta, todo el mundo sabía que si las usaba la iban a rastrear en dos segundos. Así que usó los pocos billetes que ese miserable tenía guardados para tanquear y comprar algo de comer. La estación de servicio estaba desierta, solo vivía el que atendía la tiendita que más que todo tenía dulces y comida chatarra. Claudia compró unas papas fritas y una botella de agua, que era lo único decente que vendían.

 Cuando pagó, el tipo parecía no estar muy interesado en ella. Al menos eso fue hasta que le dio el cambio y le cogió la mano, apretando con fuerza. La mujer le pidió que la soltara pero el tipo no cedía y le decía que ella era la puta que habían matado, era idéntica. El tipo trató de halarla hacía él pero ella le pegó un puño en la cabeza y salió corriendo a su camioneta. Apenas arrancó el vehículo, se dio cuenta del error tan obvio que había cometido: todas las estaciones de servicio tenían cámaras y ese  episodio seguramente sería de interés para cualquiera que lo viera. Iban a saber que ella había estado allí y tendrían idea de hacia donde se dirigía. Pero Claudia se prometió conducir toda la noche y perderlos.

 Al otro día, llegó a un pueblito pequeño que parecía descansar en el filo de un acantilado. Dejó la camioneta en el parque principal y caminó por ahí, contando su dinero y viendo que posibilidades tenía. Por lo pronto tenía que llegar a una ciudad grande y tratar de encontrar como tener documentos falsos. El otro problema era el del dinero, que escaseaba bastante. Eso sí, se negaba a volver a su viejo trabajo. Eso era algo que hacía la Claudia de antes. La de ahora no se iba a quitar ni las medias por ningún hombre y menos para complacerlo de ninguna manera. Caminando por el pueblo, se dio cuenta de un odio que empezaba a nacer dentro de ella, como un cáncer expansivo. Era un odio por lo hombres, por todos y cada uno de ellos.

 Claudia llegó a un parque ubicado en el filo del acantilado. Era un lugar hermoso, desde donde se podía ver toda la extensión de un hermoso cañón que había debajo. Era un espectáculo increíble, más grande que nada que hubiese visto antes en su vida. Se olvidó de sus sentimientos por un momento y empezó a imaginar que era un ave y que podía surcar los vientos sobre y en el cañón, explorando cada rincón de las creaciones de la naturaleza y siendo, por una vez en su vida, totalmente libre. El aire era totalmente puro y se sintió de repente insignificante y pequeña. Algunas lágrimas rodaron por su mejilla y entonces decidió sentarse en una de las bancas para simplemente observar algo que jamás antes hubiese querido o podido observar.

 Entonces se dio cuenta de que ese odio que sentía podía no ser para siempre y no ser contra todos los hombres. Creía que era algo del momento, algo completamente normal si se tomaba en cuenta que un maniático la había secuestrado y torturado por varios días. También la había violado pero, lamentablemente, eso era algo que ella ya conocía del pasado. Su cuerpo era tremendamente resiste a esos ataques a la fuerza y ella sabía que no habría nada que pudiese vencerla, a menos que se rindiera sin dar pelea. Y la había dado, aprovechando una cuchilla de afeitar mal ubicada y un momento de compasión de un asesino de mujeres. Le había cortado el cuello con fuerza y odio y el cuerpo todavía no había sido encontrado.

 Se puso de pie, y trató de despejar su mente de camino a la camioneta. En la plaza principal había muchas personas reunidas y parecía que iba a haber un baile o algo por el estilo. Pero Claudia prefirió seguir su camino y no detenerse hasta ser otra. Cuando llegó a una ciudad algo más grande, empezó a buscar los agujeros que ella tanto conocía de su ciudad natal. Siempre habían huecos horribles donde los más oscuros y tenebrosos personajes se ocultaban, así como aquellos que hacían una u otra cosa ilegal y querían mantenerse fuera de la vista de las autoridades. Buscó toda la noche, quitándose varios de encima, hasta que dio con uno.

 Era un niño casi, o al menos eso parecía por su rostro que era más el de un bebé que el de un adulto hecho y derecho. El niño decía que él y su cómplice hacían las mejores falsificaciones del país, que incluían todas las barreras de seguridad posibles como tirillas magnéticas y códigos de barras. Hacían cédulas, tarjetas de identidad, registros civiles, pasaportes, … En fin, de todo. Claudia le dijo que solo necesitaba una cédula para ella y nada más. El niño le dijo cuanto le costaría y que solo necesitarían sus nuevos datos y una foto. Menos mal el dinero que le quedaba alcanzaba para justo eso. El chico le dijo que guardara el dinero y que solo le pagase cuando tuviese el documento en sus manos.

 Afortunadamente, eso no tomó nada de tiempo. El chico la llevó a un sitio clandestino donde le tomó las fotos como lo hacían en los sitios oficiales y le dijo que llenara un papel con los datos. Después le pidió tres días para que tuvieran la identificación lista. En esos días Claudia tuvo que rebuscarse el dinero como pudo, ayudando en restaurantes o en el mercado de la ciudad. No eran trabajos muy buenos y pagaban horrible pero eran ahorros para cuando pudiera iniciar su nueva vida. La camioneta la mantenía guardada en un barrio bastante feo, donde nadie nunca la notaría cubierta de hojas y basura. Llegó el día de recoger su identificación y se alegró de ver lo auténtica que parecía. Le pagó al chico que desapareció al instante y se dio cuenta que ya no era Claudia. Ella había muerto.

 Al otro día, Daniela sacó la camioneta del barrio donde la había guardado y decidió realizar la última parte de su plan que consistía en manejar hasta una ciudad costera y allí hacerse una vida. Abandonaría la camioneta en algún lado y seguiría a pie, tratando de conseguir que hacer y como seguir por ella misma. Fueron seis horas de recorrido por carretera en las que soñó mucho y, por primera vez, sonrió ante la adversidad que se cernía sobre ella. Ya no tenía porque tener miedo ya que todo lo que podía pasarle le había pasado y ya nadie más tendría ese poder sobre ella. Daniela, una mujer nueva, no iba a dejar que nadie la pisoteara nunca y haría de su vida la mejor que pudiese, luchando como siempre.

 Cuando llegó a la ciudad costera, más o menos del mismo tamaño que en la que había adquirido su nueva vida, decidió venderla la camioneta a la primera persona que le ofreciera dinero afuera del mercado principal de la ciudad. No estuvo más de una hora allí de pie, cuando un hombre con cara sospechosa le ofreció un buen dinero por la camioneta, que estaba en muy buen estado. El tipo debía ser algún tipo de delincuente, de eso Daniela estaba segura, pero con tal de deshacerse del pasado, no le importaba. El tipo se fue feliz y ella igual, pues tenía un dinero con el que no había contado. Buscó trabajo en el mercado pero no había y una mujer le dio la idea de ir al de mariscos.

 Allí encontró trabajo quitándole las tripas al pescado y las venas a los camarones y ese tipo de cosas. El olor era invasivo pero aprendió a quererlo de todas maneras. Consiguió un cuarto en un barrio modesto y rápidamente se adaptó, siendo Daniela en cuerpo y alma. Hizo amigas en su trabajo y antes de terminar el primer año de su nueva vida, podía considerarse una mujer feliz y realizada. Al menos eso fue hasta que vio que en la televisión habían hecho un reportaje del asesino que ella había ultimado. No quería volver atrás pero necesitaba saber que era lo que la gente sabía.


 Lo contaron todo, los detalles de lo que hacía y donde. El cuerpo lo encontraron y supieron que lo habían matado. Y entonces revelaron que en el patio de su casa, que quedaba en el campo, había una fosa común llena de mujeres. Lo investigadores concluyeron que Claudia estaría allí también y Daniela se juró a si misma, que esa era la verdad. Por fin podía estar totalmente en paz, feliz como nunca antes y segura de que lo había hecho no había sido malo. Había sobrevivido y muy pocas podían decir lo mismo.

sábado, 1 de agosto de 2015

Sobre el hombro

   Hugo se miró al espejo cuarteado y se dio cuenta de que ya no era él. Había removido cada pelo de su cabeza y de su cara y se había cambiado por una ropa que jamás en la vida había usado: tenía una chaqueta de cuero negro, jeans bastante apretados y unas botas militares que había tenido en el fondo del closet por años. Su ropa de antes, incluyendo la corbata de la que alguna vez había estado orgulloso, estaba en una bolsa que iba a tirar en un contenedor de la terminal. Limpió el espacio lo mejor que pudo, tomó la bolsa y una mochila que había contra la pared y entonces se miró la cara una última vez. Desde ahora era alguien más y ya nunca quién había sido hasta entonces.

 Ahora tenía documentos con el nombre de Jefferson Martínez y ese era quién iba a ser. Como planeado, tiró la bolsa con la ropa y algunas otras cosas a la basura y solo se quedó con su mochila que tenía solo cosas que eran de Jefferson, y no de su nombre anterior. Para él,  ya todo había cambiado. Lo siguiente era comprar un pasaje hacia otra ciudad y empezar a perderse por el mundo, lejos de la ciudad que era su único enlace con una vida que ya no le pertenecía. Era una vida que otros y él habían corrompido hasta el punto que ya no servía para nada. Por eso la dejaba en la basura y tomaba una nueva, que era totalmente nueva y solo de él. Compró un pasaje hacia una ciudad de frontera y se subió al bus pocos minutos después. Cuando dejó la ciudad atrás, se sintió en calma.

 No había sentido la calma desde hacía años pero se sacudía la cabeza y recordaba que eso que recordaba no era propio sino de alguien más. Así que se dedicó a ver cual sería su siguiente paso al llegar a la ciudad fronteriza. Lo mejor, creía él, era cruzar y en ese otro país dirigirse a una ciudad de tamaño medio pero con vuelos internacionales. Desde allí sería más fácil tomar un vuelo fuera del continente y entonces ya podría pensar en asumir su nueva vida como debía ser. Se recostó en el asiento y vio como los edificios desaparecieron y le daban paso al campo y las montañas que surcaban el país por todas partes. El recorrido era entre valles y abismos, cosa que siempre había odiado.

 Cansado, se quedó dormido rápidamente y solo se despertó cinco horas más tarde, cuando habían recorrido la mitad del trayecto. Lo malo fue que la parada no era para comer o descansar sino por un puesto del ejercito. Jefferson respiró hondo y bajó del bus. Cada hombre era revisado en un lado, las mujeres del otro. Daban sus documentos y los requisaban. Jefferson dio el suyo y el militar lo revisó sin mayor interés. Pidió que siguiera el siguiente y así. Tras algunos minutos, todos los pasajeros estuvieron de nuevo dentro del bus en camino a su destino. Jefferson casi no podía creer que todo hubiese funcionado tan bien. Ahora sabía que su nueva vida tenía un futuro.

 Tras otras cuatro horas de viaje, el bus por fin llegó a su destino. La ciudad era pequeña y olía a mal por alguna razón. Pero eso a Jeff no le importaba nada. Se dirigió rápidamente al puesto fronterizo e hizo sellar su pasaporte. Esa misma noche pasó y compro otro pasaje, esta vez a una ciudad llamada Puerto Flor, que era la capital de provincia y tenía un solo vuelo comercial al extranjero, hacia Estados Unidos. Esa era la ruta perfecta ya que nadie revisaría en un aeropuerto tan pequeño. Esperó frente a una tienda a que llegara el bus que lo llevaría a ese puerto. Mientras esperaba notó algo extraño: había una camioneta negra impecable en el pueblo, evidentemente propiedad de alguien que no vivía allí.

 Lo que le llamó la atención fue más el hecho de que ya había visto vehículos similares cuando casi lo… Cuando casi atrapan a alguien que conocía. Esas camionetas habían estado frente a su casa y su trabajo y de ellas salían tipos que eran del tipo que salen y hablan amablemente. Recordaba como había visto golpear a gente que conocía y como esos hombres creían tener derecho a hacer lo que quisieran, incluso torturar con sus cigarrillos o con golpes certeros. Eran unos monstruos y Jeff sabía que no podía esperar nada bueno si ellos estaban en la cercanía. Pero su miedo fue infundado pues un hombre, ganadero por el aspecto, se subió a la camioneta poco antes de que llegara el pequeño bus.

 En dos horas estuvo en el aeropuerto provincial pero tendría que pasar la noche allí: el vuelo a Estados Unidos era hasta el mediodía siguiente. Era casi la una de la mañana pero a él las horas y los horarios le habían dejado de importar hace mucho. No tenía nada de sueño porque había decidido que dormir era un privilegio que no todo el mundo tenía y menos él que todavía debía estar pendiente de sus movimientos y de los movimientos de los demás. Tenía que andarse con cuidado y por eso, aunque hubiese querido, no podía dormir. El aeropuerto estaba desierto y se sentó en unas sillas, en la oscuridad. Allí, tuvo por un momento un sentimiento de culpa que se asentó sobre su cuerpo.

Esto no era porque había dejado a ese otro hombre en su pasado sino porque había dejado mucho más. El dinero y todos los objetos que había tenido no eran lo más importante, sino las personas. Su familia seguramente estaba fragmentándose y con un dolor inmenso. No era todos los días que un hijo moría de forma tan horrible y después de descubrirse tantas cosas tan feas de él. Pero así había ocurrido y para ellos su familiar, su querido hijo y hermano, estaba muerto y no había nada que pudieran hacer para traerlo de vuelta. Jeff había tenido que matarlo y hacerlo bien para que nadie nunca más preguntar por él o por lo que había hecho.

 Cuando abrieron las tiendas, Jeff compró algo de comer y de tomar y así hizo que pasara el tiempo mientras era la hora de su vuelo. Cuando fue a limpiarse y a orinar al baño después de comer, vio de nuevo algo que lo inquietó: era uno de los hombres de las camionetas. Se lavó las manos, no se las secó y salió de allí con paso acelerado. Cruzó los mostradores de emigración y se sentó en la sala de espera ya que, aunque faltaban todavía seis horas, le parecía mejor esperar en un lugar más seguro que la parte exterior de la terminal. No podía sentarse ni hacer nada más que no fuera caminar de un lado a otro y pensar mil veces en lo mismo: era ese uno de hombres que lo habían querido inculpar de tantas otras cosas? Él había sido ladrón pero nunca nada más que eso.

 Él junto con otros habían desarrollado un plan ingenioso para robarle a la gente sus bienes sin que se dieran cuenta, para luego revenderlos y así ganar dinero. Las personas solo se daban cuenta tiempo después y jamás sabían que les había pasado y porqué. Solo se lo hacían a gente con dinero y luego fueron escalando, aliándose con personas que les pagaban por hacer ese mismo truco. Pero entonces uno de sus aliados se comprometió con el hombre equivocado y entonces todo se fue derrumbando. En ese momento aparecieron los hombres de las camionetas. Seguramente eran de algo parecido al FBI pero nunca mostraban identificación y hacían lo que querían antes de que llegase la policía.

 Jeff, o más bien quién era antes, escapó milagrosamente de todo eso y ahora era una persona totalmente diferente a quien había sido por treinta años. Al hombre de antes nunca se le hubiese visto sin los zapatos bien lustrados, sin corbata o sin un destino fijo en la vida. Ese tipo sabía lo que quería y tenía todo meticulosamente planeado, incluso cuando iba a hacer algo que no estaba particularmente bien con el resto del mundo. Ese hombre era controlador y prefería ser dominante y tener el poder. Por eso había hecho las cosas como las había hecho y la verdad era que jamás lo hubiesen cogido si no hubiese sido por los errores de otros, mucho menos inteligentes y controladores que él.

 Por fin anunciaron el abordaje del vuelo y Jeff hizo la fila pronto para entrar rápidamente. Cuando estuvo en el avión seguía preocupado: era le hombre que había visto en el baño de los mismos que lo acosaban o había sido solo una visión que su cabeza le había puesto, jugando con él y con su miedo a dejar de ser por completo? La puerta del avión fue cerrada y al poco tiempo ya estaban en la pista, rodando y despegando hacia un lugar lejano de allí en el que Jeff sentía que por fin podría vivir en paz. Hallaría alguna profesión en la que pudiese ser bueno y entonces viviría tranquilo, sin estar mirando sobre su hombro a cada rato.


 El avión entonces explotó, solo unos cinco minutos después de despegar. En el estacionamiento del aeropuerto, dos hombres vestidos de negro y corbata, recostados en una camioneta negra, veían los pedazos volar y la gente correr de un lado a otro, gritando. Se sonrieron mutuamente y entraron a la camioneta. Ni Hugo ni Jeff nunca supieron con quienes se habían metido y quienes habían sido los artífices de su muerte. Y nunca nadie lo sabría pues eran seres de las sombras y de la muerte.

martes, 18 de noviembre de 2014

Payaso

No era un nombre normal para un perro. Muchos decían incluso que los nombres de personas no eran para perros aunque había algunos que quedaban muy bien y ciertamente hubieran sido mejores para un animal tan noble como ese.

Era un golden retriever y su nombre era Payaso. Mucha gente prefería decirle "perro" o "perrito" que su nombre ya que pensaban que lo estaban insultando si lo decían en voz alta. Daba algo de vergüenza llamarlo en un parque por su nombre, sobre todo sabiendo que el perro era tan bien educado que solo respondía cuando decían su nombre completo, no de otra manera.

Su propietario, el señor Reyes, no daba explicación para el nombre pero decía que tenía buenas razones para llamarlo así. El señor Reyes tenía unos 70 años y tenía el perro desde hacía unos 3 años, por regalo de su hija, a quien tampoco le gustaba el nombre.

A pesar de que no era un hombre muy agradable en general, mucha gente había empezado a hablar con él desde que el perro había llegado a su hogar. La gente veía que el hombre era amable con la criatura y que este era gentil y dócil, y era imposible que fuese por entrenamiento previo ya que algunos vecinos podían jurar haber visto al perro cuando cachorro. Tenía que haber sido el señor Reyes.

La gente se les acercaba en el parque y acariciaban al perro y descubrían que ahora el señor Reyes era menos huraño y le encanta hablar de su mascota, un ejemplo de educación y bondad, según sus propias palabras.

Pero pasado un tiempo, algo cambió. No en la bondad de ambos seres, sino en el aspecto del señor Reyes. Era un hombre robusto, no muy alto, con cabellos rizado negro y ojos verdes penetrantes. Pero en días recientes sus ojos habían parecido perder brillo, su cabello lucía menos abundante y parecía más pequeño de lo que jamás había lucido.

El perro, sin embargo, seguía igual, eso sí, inseparable de su dueño humano. El señor Reyes ya no podía caminar tanto como antes y Payaso no tenía ningún problema en ayudarlo y esperarlo.

Entre los vecinos y amigos, corrieron rumores de una enfermedad grave pero nadie supo nada con certeza hasta que la hija del señor Reyes, la misma que le había regalado el perro, apareció un día en el edificio que vivía su padre para visitarlo. Salió llorosa de allí y cuando una mujer, encargada de la limpieza la consoló, le confesó que su padre tenía cáncer.

A nadie le importó de que o desde cuando. Los vecinos, los que más apreciaban tanto al dueño como al perro, fueron visitando de tanto en tanto. Había días que las visitas estaban fuera de discusión pero había otros en que el Ssñor Reyes los recibía como si la realeza estuviera de visitas.

El perro ayudaba como nunca antes. Ahora tenía un chaleco con bolsillos en los que estaban las pastillas que debía tomar su dueño, su celular e incluso un rastreador. Esto último porque un día el señor Reyes se había perdido en la ciudad, después de recibir noticias desalentadoras en el hospital. El animal lo había cuidado pero estuvieron perdidos juntos por varias horas.

Un vecino traía pastel y otra empanadas de carne. Otro más revistas y otro venía solo a charlar y el señor Reyes se sentía agradecido por todo. Después de que se iban era común que el hombre, antes una roca, se desmoronara y llorara por algunos minutos. Su mascota le brindaba una pata y su cabeza para acariciar y eso hacía magia en él.

Las sesiones de quimioterapia empezaron por esos mismos días. La hija del señor Reyes lo acompañaba cuando podía pero era tal la cantidad de trabajo que no podía cumplir con su responsabilidad todos los días. Habían contratado entonces a un entrenador para Payaso, para que este aprendiera todo lo necesario en relación al cuidado de personas en un estado tan delicado.

El perro aprendió bastante rápido, como si no pudiera esperar para empezar a ayudar. Y fue él el compañero ideal en la quimioterapia. El dolor, las ganas de vomitar, la desesperanza. Todo eso sabía manejarlo espléndidamente y de paso ayudaba a otros pacientes que estuvieran allí para el mismo tratamiento.

Los pacientes más cariñosos eran los niños sin duda. Y esto le partía el corazón al señor Reyes. Ver criaturas tan pequeñas, con una vida por delante, en semejantes condiciones. Solía pensar que él al menos había tenido una vida larga y plena. Había hecho lo que había querido y, aunque le dolería partir de este mundo, no sería algo injusto.

Había meses que se sentía mucho mejor y otros en los que no salía de la cama. La terapia se detenía durante un tiempo y revisaban como iba todo pero parecía ser un descenso lento pero progresivo.

La hija, harta de estar alejada de su padre, pidió vacaciones que tenía acumuladas y lo llevó con ella y su hijo a la playa. Payaso también los acompañó y se divirtió como nunca. Fue sin duda uno de los momentos más felices en la vida del señor Reyes: compartiendo recuerdos de su esposa con su hija, viendo a su nieto jugar con Payaso con tanta energía que parecía recargarlo y sentir el sol en su rostro. Todo eso lo hacía sentirse vivo y eso era para agradecer.

Lamentablemente, su salud decayó de golpe a su regreso. Tuvieron que internarlo y, solo un día después de aquello, el doctor avisó a su hija que no tenía mucho tiempo más de vida. Ella lo acompañó en la habitación, todos los días e incluso consiguió un permiso especial para que Payaso se quedara todo el día, ya que ella debía regresar a casa en la noche.

El día antes de su muerte, mientras su hija conseguía un café de máquina, el señor Reyes miró a Payaso y le recordó, sin palabras, porque ese era su nombre. Por la simple razón de que le había alegrado su vida, desde el primer momento. Era la chispa que lo había mantenido viviendo durante los últimos años y le agradecía a la vida haberlo conocido.

Le acarició la cabeza y el perro la apoyó en la cama. Cuando la hija llegó, su padre había muerto. El perro chillaba a su lado y ella lo acompañó en su dolor.

El funeral fue sencillo y asistieron bastantes personas, muchos vecinos y nuevos amigos que el señor Reyes había hecho en poco tiempo. La hija les agradeció a todos por su presencia y su apoyo y dejó a Payaso descansar junto a la tumba de su padre hasta que todos se hubieran ido.

El perro vivió entonces con ella y con su hijo y le dieron todo el amor que pudieron. La mascota tuvo cachorros con una perra vecina y se quedaron con uno de los perritos. Lo llamaron Rey, en honor al padre y dueño de Payaso.

Un día, en el que ella dejó la puerta abierta sin intención, el perro salió y recorrió la ciudad hasta llegar a la tumba de su dueño. Y allí murió, en paz.