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miércoles, 1 de octubre de 2014

Modelo a seguir

Era increíble que tuviera miles y miles de fotos guardadas en su computador. Estaba seguro que había limpiado su disco duro recientemente pero aparentemente ese no era el caso. Había fotografías de hacía pocos días, muchas desenfocadas, o mal tomadas o con errores tontos.

Carpetas y carpetas marcadas solo con la fecha y se supone que tenía que encontrar una sola, la que la modelo quería para presentarla ante un agencia. La mujer era insoportable pero le había hecho tantos favores a Luis, que hubiera sido una vergüenza no ayudarle.

El fotógrafo de unos 35 años buscó y buscó. No fue fácil porque ese mismo día había visto por lo menos a seis modelos, así que había seis carpetas, cada una llena de fotos. Y tenía que revisarlas todas porque cabía la posibilidad de que la foto deseada estuviera mal ubicada.

Al abrir la cuarta carpeta, después de revisar sin éxito otras tres, se pegó un autentico susto. Eran las fotos de un joven modelo que, según Luis recordaba, estaba empezando en el mundo de las pasarelas y publicidades y quería fotos donde se pudiera notar su rango.

El joven era bastante guapo y era un modelo nato, no había nada que se le pudiese criticar. A excepción de lo que encontró Luis en la carpeta: varias fotos del modelo desnudo, en posiciones bastante sugerentes y provocadoras.

Luis no podía negar que se veía igual de bien sin ropa que con ella, pero se preguntaba en que momento habían sido tomadas las fotos. Obviamente no había sido él y se supone que su asistente revisaba las tomas cuando las pasaba al disco duro.

Tomó su celular y llamó a Vanessa, su asistente. La joven parecía estar en un lugar con mucha ruido ya que Luis tuvo que retirar el celular de su oído. Como pudo, le preguntó sobre si recordaba al modelo y si había visto las fotos de ese día.

La memoria de Luis era un desastre: resulta que ese día ella había tenido que irse temprano, así que él mismo había pasado las fotos. Ella preguntó el porque de la llamada pero Luis prefirió no elaborar mucho sobre el tema y colgó pronto.

Recostándose en su silla, Luis se esforzó por recordar. No, no se acordaba de haber pasado él mismo las fotos. Seguramente lo hizo automáticamente y ni se fijó. De lo que sí se acordó fue de que había tenido que salir por unos minutos del estudio y había dejado solo al joven, por unos diez minutos máximo. Al parecer el chico había tomado ese momento para tomarse las fotos.

No eran más de 10 fotografías y, por los datos de fecha y hora, habían sido tomadas en un corto lapso de tiempo.

En todo caso, Luis no se explicaba porque el modelo había decidido tomarse esas fotos y dejarlas allí guardadas. Era obvio que quería que alguien las viera. Vanessa no había estado ese día, entonces no eran para sus ojos. Eran para los de Luis, obvio.

Había otra cosa, algo más extraño que las fotos, si es que puede decirse. Luis recordaba, y viendo las fotos también, que cuando el chico había entrado se le había hecho conocido. Esto era extraño porque él no recordaba conocer a un joven como ese. Era la primera vez que lo veía, y no había manera de haberlo visto antes en algún evento ya que el mismo joven había dejado claro que no había participado en desfiles ni ninguno de los eventos a los que Luis iba como invitado.

De pronto se dio cuenta de algo: en una de las fotos, el joven sostenía un papel. Por la luz lo escrito era apenas visible pero, con su habilidad con varios programas, Luis pudo mejorar la imagen al punto de hacer más visibles los números que estaban escritos en el papel. Era un número de celular.

Sin dudarlo, Luis marcó el número y esperó. Los nervios eran bastantes, y él no entendía porque.

 - Aló? - dijo él cuando contestaron.

La voz del otro lado rió.

 - Pensé que nunca me ibas a llamar.
 - Apenas hoy supe tu numero. Porque me lo dejaste?

El joven dudó en hablar por un segundo pero entonces preguntó:

 - No te acuerdas de mí?

Luis, por raro que parezca, sentía algo extraño y no le gustaba.

 - No.
 - Llámame cuando lo recuerdes.

Y el joven colgó. Y esa acción hizo que Luis recordara: la voz, la cara familiar, las fotos. Todo cuadraba.

El recuerdo que vino a su mente era de un día de lluvia, durante sus años de trabajo en empresas. De eso hacía casi siete años. Ese día estaba en cama pero no solo sino con un joven que había conocido en un concierto. Tenía apenas 18 años y soñaba con ser un gran cineasta.

Luis recordó que hablaron de la fotografía. Discutieron porque el chico pensaba que los modelos eran una herramienta para manipular a la gente y Luis decía que no había nada más hermoso que un modelo masculino.

Se vieron por varios meses, durante los cuales discutieron bastante sobre sus diferentes visiones de la moda y de la belleza. Hasta que un día el chico desapareció. Luis entonces tendría una relación de varios años con una fotógrafa y no se acordaría más del joven.

Lo llamó después de tomar un café. Pero el chico ya no contestó. Luis intentó al menos una vez cada día por varios días pero nunca pasó nada.

Solo un día, meses después, Luis recibió por correo una revista que no había pedido. Era un catalogo de ropa de lujo y el modelo era el chico de las fotos. Aquel que él había rechazado, que solo había sido un compañero sexual para él, no más que alguien con quien tomar, fumar y, más que todo, solo tener sexo.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Día D

Había alistado todo hasta el último detalle. El día anterior había pasado por el supermercado para preparar los ingredientes de su comida favorita: la lasagna de vegetales. Había salido un poco caro, al comprar solo productos de primera calidad, pero bien valía la pena.

Cuando Roberto llegó a su hogar ese día, empezó a planear todo como si se tratase del recibimiento de una reina o de un jefe de estado: tenía el menú listo con 3 platos suculentos y un vino excelente, tenía lista la nueva ropa que se había comprado antes de ir al supermercado y solo faltaba hacer el aseo general de su hogar.

La tarde del viernes, apenas llegó del trabajo, se dedicó a limpiar el polvo, barrer el piso, trapearlo, limpiar los baños y las ventanas, cambiar la ropa de cama, pulir con esmero cada utensilio de la cocina y sacudir los tapetes por el balcón.

También echó a lavar ropa y reorganizó un poco el lugar, para hacer de todo el momento algo placentero.

La hora de llegada de su novia al aeropuerto se la había aprendido de memoria: las 6 de la tarde. Era perfecto ya que pasarían 30 minutos desde su salida de los filtros de seguridad hasta que llegase a su apartamento. Había contratado un servicio especial para que la recogiera y así no pensara en irse a su casa ni nada por el estilo.

Hacía un año que no se veían ya que ella había tomado un curso de coreano y había encontrado una oportunidad laboral en Seúl que no podía rechazar. El contrato era por un año pero si les gustaba su desempeño le renovarían su estadía. Y Roberto estaba listo para ello: había ahorrado bastante para poder irse a vivir con ella. Siendo arquitecto, sabía que no habría problema en conseguir trabajo en ese país y con su buen nivel de inglés sobreviviría mientras estudiaba el idioma local.

Sí, Roberto estaba profundamente enamorado de su novia. La había conocido en la universidad y desde el primer momento la había adorado. Desde entonces habían pasado cuatro años y él seguía igual de enamorado que siempre.

Esta reunión se le había ocurrido desde el mismo día en que se había despedido de ella en el aeropuerto. Incluso les había comentado su plan a los padres de ella y ellos, felices, habían estado de acuerdo. Todavía más cuando él les había confesado que tenía en mente pedirle a su hija que se casara con él.

El anillo lo había comprado hacía un mes, cuando se había decidido a hacerlo. Le había costado varios meses de paga pero él ya no se fijaba en precios ni en lo que le costaba conseguir o comprar algo. Todo lo hacía por el amor que le tenía a su novia, a su futura mujer. No había nada que no hiciese por ella.

El día en que ella llegaba, Roberto se despertó temprano y salió a trotar una hora: todo este año se había esforzado en hacer ejercicio. Nunca le había disgustado su panza y amaba la comida pero ella había sugerido que entrara en un gimnasio con ella y él creía que eso le alegraría mucho, cuando lo viera y notara los varios kilos que había perdido.

Después de ejercitarse, Roberto limpió un poco más todo su apartamento. No se bañó sino hasta tarde para estar impecable cuando ella llegase. La lasaña estuvo lista pronto, así como un delicioso volcán de chocolate y una ensalada con nueces y frutas exóticas. Todo lo probó y certificó que fuera perfecto. Puso a enfriar en hielo el vino francés que había comprado, alistó la mesa con copas, platos, cubiertos y servilletas. El toque final eran dos velas que emanarían un delicioso olor dulce que sabía que a ella le gustaría: adoraba su perfume con olor a fresas.

Hacia las cinco de la tarde por fin se duchó, usando un jabón liquido del cual detestaba el olor pero como había sido un regalo de su novia, prefirió usarlo para complacerla. Se vistió con unos boxers que alguna vez ella le había regalado y con su ropa nueva que estaba simplemente impecable. Se afeitó con cuidado y se peinó lo mejor que pudo.

Y entonces esperó. Casi dos horas porque estuvo listo muy pronto y el avión ni siquiera había llegado cuando él se sentó a esperar.

Pasadas las siete de la noche, sonó el citófono en su apartamento: era ella. Hizo los últimos arreglos, más que todo salidos del nerviosismo, y entonces timbraron.

Cuando abrió su amor pareció crecer. La hizo entrar, preguntó porque no tenía su equipaje pero no esperó por la respuesta. La abrazó y la besó y le dijo lo feliz que estaba de verla. Tomó su abrigo y la hizo sentar a la mesa.

Pero ella no parecía igual de contenta. Él sirvió la ensalada y puso un plato en cada puesto. Le dijo que la amaba y que esperaba que fueran muchos años más juntos.

Ella respondió poniéndose de pie y pidiendo que la escuchara, que la dejara hablar. Parecía enojada aunque Roberto pensó que era por lo largo del viaje.

 - Hice todo esto para ti.
 - No quiero esto. Lo siento.
 - Estás cansada? Mi cama tiene nuevas sabanas. Son de...
 - Eso no importa. Me escuchas, por favor?

Él asintió y entonces ella se soltó diciendo que apenas había llegado a Seúl había conocido a un joven empresario y que desde entonces había estado con él, como su novia y que planeaba casarse con él apenas ganaran más dinero. Dijo que había vuelto para contarle a sus padres y para invitarlos a conocer Corea y a su novio.

Roberto no entendía. No podía hablar pero su cara lo decía todo.

Ella siguió: le dijo que ya no lo quería desde antes de irse pero que no había tenido el valor para dejarlo con el corazón roto. Se había dado cuenta que hubiera podido ser mejor si lo hubiera hecho pero que solo había aceptado que el servicio especial la trajera allí para hacerlo de una vez.

Por fin, Roberto dijo algo: Porqué?

Ella le respondió que había dejado de quererlo porque el parecía estar enamorado del amor y no de ella. Necesitaba alguien que se impusiera, que peleara con ella, no alguien que aceptara todo y se quedara callado. Necesitaba que su vida fuera entretenida, diferente y Roberto no era alguien que le brindase eso. Incluso dijo que el último año juntos había sido aburrido y que no había dicho nada porque sabía que lo dejaría pronto.

Y tan rápido como llegó se fue, sin decir nada más. Y allí quedó Roberto, destrozado y siendo menos de lo que había sido siempre, ya que tontamente le había dado todo de sí a alguien y no se había quedado con nada para sí mismo.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Solo

Que pereza da levantarse. No quiero... La cama está calientita y huele muy rico. Es como tener un nido especial para mi solo y no pretendo compartirlo con nadie nunca. Sonrío al pensarlo pero esto hace que se me abran los ojos y note que ya es de día. De hecho, parece ser mediodía.

Con cara de aburrido, pongo los dos pies en el suelo y me limpio un poco la cara, tratando de quitarme los últimos trazos de sueño que tengo en el cuerpo. Estiro los brazos y me pongo de pie.

Como siempre, bajo a la cocina y me sirvo algo de jugo de naranja. Miro hacia la sala de estar y veo que no hay nadie. Olvidé ver si mamá ya está despierta. Debe estar cansada después del día de ayer...
Saco algo de pan de la alacena y me hago un sándwich con jamón y queso.

Lo llevo todo a la sala y enciendo el televisor pero el aparato no capta ninguna señal. Deben ser esos idiotas del servicio de televisión que a cada rato estropean la señal, disque arreglando redes y cosas de esas.

Apago el aparato y como mi desayuno en silencio. Mi madre todavía no baja de su cuarto y estoy aburrido. Subo a mi cuarto, después de lavar la loza, y abro el computador portátil. El aparato no recibe señal de internet y decido apagarlo antes de gastar la batería.

No es tan poco común que no funcione ni el internet ni la televisión. Cojo el teléfono de mi cuarto y confirmo que tampoco funciona. Siendo la misma empresa la encargada de proveer todos esos servicios, ya ha pasado en varias ocasiones que todo se daña y hay que esperar varios días para que se restablezca el servicio.

Salgo de mi cuarto y decido bañarme. Al menos el agua parece funcionar correctamente pero no así el calentador. Como el clima no es tan frío como otros días, me ducho rápidamente con agua bastante fría. Esto me ayuda a despertar aún más y a empezar a planear el día.

Mi padre y mis hermanos deben estar en sus trabajos. Yo, como independiente, no tengo que ir a ninguna parte y por eso comparto mis días con mamá. Eso hasta que tenga algo de dinero pero eso todavía parece estar lejos de ocurrir.

Pensando en mamá, le hago un sándwich igual al mío y le sirvo jugo. Se lo subo al cuarto, ya que no tiene sentido bajar a mirar un aparato inerte.

Cuando llego a su cuarto me encuentro con la sorpresa de ver la cama tendida y el cuarto completamente vacío. No se está bañando ni cambiando. Bajo con la comida y me dedico a revisar toda la casa: no hay nadie. Estoy solo.

Esto ya es extraño: mi madre nunca sale por las mañanas y menos sin avisar. Trato de recordar si ha mencionado alguna cita médica o algo por el estilo pero no puedo recordar que haya mencionado nada parecido.

Mi teléfono celular tampoco sirve correctamente y esto ya me pone nervioso: esa señal nada tiene que ver con las demás. Se habrá ido la luz en todo el país, o algo por el estilo? Lo mejor es averiguar más.

Me pongo una chaqueta, cojo las llaves de la casa y salgo a la calle, a ver si en algún lado puedo averiguar algo.

Todo parece un cuento de terror: en la avenida frente a la casa, normalmente con un alto tráfico de vehículos, no hay nada. Solo, a lo lejos, veo un automóvil parqueado en el carril central pero no parece que haya nadie adentro.

Camino a las tiendas cercanas y casi todas están cerradas y las que no lo están, están desiertas. No parece haber un ser humano en ningún lado.

Esta vez casi troto para cruzar algunas cuadras y llegar a una gran manzana de edificios de oficinas, normalmente atestados de gente a estas horas, yendo y viniendo de almorzar. Pero ahora no hay nadie. De hecho, parece que ni siquiera funciona la electricidad. Hay algo de basura por todas partes pero parece ser traída por el viento y no por ningún ser humano.

Me siento a descansar ya que el trote me ha dejado sin aliento. Que es lo que pasa? Donde están todos? Que pasó?

Lo único que se me ocurre es revisar donde puede estar mi familia. Cerca hay un pequeño automóvil azul. Veo por la ventana que tiene las llaves puestas. Sin contemplaciones, rompo el vidrio con el codo y entro al coche. Es una situación de emergencia y no creo que nadie me culpe por hacer esto y muchos menos sin tener licencia para conducir.

Como puedo, llego al trabajo de mi hermana y luego al colegio de mi hermano. Ambos lugares están desiertos. Decido dejar para lo último la oficina de mi padre, ubicada en el centro. Allí cerca está la sede del gobierno y si alguien sabe algo seguro estará allí.

Dejo el automóvil en la plaza principal, luego de meterme por un par de calles peatonales y de golpear un conjunto de botes de basura. Como esperaba, tampoco hay nadie en este lugar. En todo el edificio donde trabaja mi padre no hay un alma y los papeles vuelan un poco por todos lados, ya libres.

No hay nada más que hacer. Me subo por las rejas del palacio presidencial y, para mi sorpresa, no suena ninguna alarma ni pasa nada. Camino como puedo hasta la puerta principal, abierta de par en par y empiezo a imaginarme donde podría esconderse la gente de haber sido un evento catastrófico. Seguramente, bajo tierra.

Ya había estado en el edificio cuando pequeño, en una de esas salidas escolares, y nos habían contado que existía un bunker para eventos como explosiones nucleares o ataques terroristas. Tratando de recordar en donde me habían mencionado esto, camino por todos lados sin tener éxito.

De repente, eso ya no importa. El cielo se ha oscurecido y parece como si la noche hubiese llegado de golpe. Miro por una de las ventanas de un largo pasillo decorado con viejas pinturas y afuera, en el cielo, veo algo que me quita las fuerzas, casi al instante.

La nube que ha oscurecido todo no es natural: es roja, del color de la sangre. Y de ella, parece salir algo o alguien.
De golpe, me empieza a sangrar la nariz y me siento algo débil, por lo que me dejo caer arrodillado.

Lo último que recuerdo es un horrible sonido, fuerte y agudo, que me arrulla hasta dormirme.

lunes, 22 de septiembre de 2014

El Poder de la Mente

Pierdes la cuenta. No hay modo de recordar ni de ponerse a pensar en nada de lo que pasó. Ya no vale la pena. Después de que atentas contra ti mismo, la vida se pone un poco borrosa, un poca endeble y bastante distorsionada.

El dolor físico es apenas un síntoma y, dicho sea de paso, por mucho el menos importante. Incluso el olor a hierro es una tontería al lado de las punzadas que la mente inflige a su colaborador más cercano.

No tiene sentido, dicen muchos. Porque rebelarse contra uno mismo, porque herir al cuerpo que te mantiene en vida? Resulta que es solo una manifestación, una manera de escapar de la realidad que a veces oprime muy seguido, muy fuerte.

El dolor pasa, dejando sus rastros, evidentes o no. El dolor no es eterno y eso es algo que tendemos a olvidar bastante rápido. Nos quejamos y sufrimos porque muchos no hemos aprendido a dominar nuestros instintos más básicos, que muchas veces pretenden escaparse por entre los dedos. Pero, como con un caballo, hay que quebrantar lo salvaje, al menos tenerlo bajo control.

Es difícil, por supuesto que lo es. Somos seres de inmediatez y no eternos, por lo que para nosotros lo que no sucede en un fragmento ínfimo de tiempo cósmico, es una tortura que parece durar milenios Pero somos menos que eso, somos seres que deambulamos, apenas marcando nuestro camino, para luego desaparecer y nunca más ser vistos.

Vale la pena? Seguramente, aunque nunca se sabrá a ciencia cierta ya que no conocemos el vacío, la eternidad de la que tanto hablan unos, la nada de otros. Pero si se nos da un pequeño respiro de vida, hay que aprovecharla. Eso sí, a nuestros modos individuales.

Todos, y no hay nadie que escape a esto, venimos al mundo para enfrentar dificultades. De hecho, la vida está hecha de estos objetivos por cumplir, como si se tratase de un videojuego pero mas sicológico que puramente obvio.

Tenemos que saltar, tenemos que detenernos y a veces, sencillamente cambiar. Es verdad que la esencia humana dicta que solo el conjunto pero difícilmente el individúo puede cambiar y hablamos de los grandes cambios no del color del pelo o comer carne a no comerla. Esos grandes cambios se hacen a través de generaciones y no podemos darnos latigazos por no alcanzarlos.

El pasado no mejor ni peor pero debemos aprender de él. Antes el grupo era lo importante y no el individuo. Hoy vivimos obsesionados por una personalidad única que cada vez existe menos. Nos dicen que lo mejor es ser uno mismo y marcar la diferencia pero ya no somos nosotros mismos porque el mundo nos ha hecho a su imagen y es un mundo injusto e imperfectos. Por lo tanto, eso somos nosotros.

La individualidad termina cuando ella depende de las definiciones de individuo que el grupo dicta y hoy en día ese grupo es manejado por medios y reglas de convivencia que uno solo hizo para millones.

Y después nos preguntamos porque nos sentimos mal, porque nos deprimimos, porque nos suicidamos. Es fácil responder: porque no somos más que el reflejo de los demás, con solo rastros ínfimos de nuestro ser biológico que, en efecto, es único y, hasta ahora, irrepetible.

No nos propongamos cambiar el mundo. Mejor dediquémonos a cambiar nuestro mundo, nuestro vida y así cambiarán las cosas para todos. La ambición mueve personas pero la paciencia mueve mundos enteros.

La próxima vez que caigamos en ese hoyo negro, oscuro y terrible que solo busca de nosotros el desespero y la ansiedad, busquemos salir de él nosotros mismos, apoyándonos en nuestro entorno y no en el mundo del cual solo somos una pequeña partícula.

Cada vida es como una isla, alejada pero con la posibilidad de entrar en contacto con otras por varios canales de comunicación. Así mismo, recibimos olas tras olas de sentimientos, desafíos, conocimientos y golpes. Es verdad que algunos parecen vivir en islas azotadas por huracanes y otros en pacificas islas dulces pero siempre hay un bosque isla adentro y ese bosque guarda más de lo que vemos desde el mar.

Por eso hay que respirar. Recurrir al acto más natural de nuestro ser biológico y así tomar, una vez más, el control del cuerpo que se nos ha entregado para recorrer este mundo que de fácil y sencillo no tiene nada pero que tenemos como misión explorar para otros, después, puedan llevar vidas más atadas a sus verdaderas convicciones que a las obligaciones que creen tener.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Mi Versión de los Hechos

Adrenalina pura. Eso era lo que sentía cada vez que cometíamos algún crimen. Sentía por mis venas esa energía, esa ganas casi descontroladas por salir corriendo, por gritar, de ver la acción realizada, exitosa.

Al comienzo todo parecía que iba bien. En esos tiempos era mucho más optimista, aunque me había unido a la rebelión por ser un realista, alguien que veía como nuestro país se despedazaba lentamente bajo el tirano que hoy llamábamos presidente.

Esa bestia, ese hombre horrible que había tirado de las cuerdas hacía tanto tiempo, había vuelto al poder y ahora no se molestaba más en fingir lo que era evidente.

Sus leyes se aprobaron por estrechas mayorías que el mismo pueblo había votado. Lo triste de nuestra Historia, era que la mayoría lo había puesto allí. Y ahora él imponía sus reglas, duras y desgastantes que buscaban convertirnos en una nación servil, fabricando y haciendo para que otros lejos pudieran ganar su guerra, ahora frontal, contra quienes habían decidido contradecirlos.

Pero esto, la historia que hoy les relato, fue antes que la policía y el ejercito tomaran las calles y vigilaran todo como si nada fuera nuestro, como si todos hubiésemos sido condenados como ladrones y las prisiones fueran nuestros hogares.

La rebelión tenía más rango y yo alegremente me les uní. Sin pudor ni vergüenza puedo decirle a quien quiera que asesiné, por propia mano, a más de diez hombres y mujeres. No me enorgullece haberlo hecho, jamás podré estar contento por ello. Pero me niego a sentir pena por haber extirpado graves cánceres del corazón de un país que cada vez más se sumía en el odio que siempre había estado gestando.

Una de tantas misiones para la rebelión me había llevado a la más grande manifestación que se hizo nunca contra el nuevo regimen. Más de un millón de personas se habían agolpado en la plaza principal y, según decían, lo mismo pasaba en otras ciudades. No había duda de que esta era nuestra oportunidad, el todo o nada.

Tres compañeros tenían la misión de crear una distracción para darme entrada a la catedral, situada a solo unos pasos del Senado. Desde ese lugar tenía que, por inverosímil que pareciera, disparar con un arma de largo alcance al presidente. No, no era la primera persona en la que habían pensado para hacerlo pero finalmente lo hicieron ya que nadie creía que fueran a sospechar de un ciudadano que, hasta su mejor entendimiento, era ejemplar.

Fue así como mis compañeros iniciaron un amotinamiento, haciendo que la gente se sintiera cada vez más enojada. El presidente, dentro de unos momentos, pasaría de un lado a otro del senado por un corredor de altas columnas. Ese era mi momento de lucirme.

La gente empezó a lanzar objetos contra la policía y en apenas segundos todos los agentes de seguridad de la zona se agolparon contra los manifestantes, muchos de los cuales ya tenían sus blancas camisetas manchadas de sangre.

En esa masa de gente, nadie vio cuando mis compañeros lanzaron la primera "papa bomba" que voló la cabeza del personaje cuya estatua había estado siempre en el centro de la plaza. Todos, como una ola, se movieron hacia ese lado para tumbar lo que quedaba del monumento.

Fue entonces cuando forcé la entrada de la catedral, un candado bastante simple, y entré en su inmensidad, con un maletín a la espalda. Habiendo investigado previamente, me dirigí hacia una puerta en el costado opuesto. No había nadie en el recinto ya que se había cerrado al publico por el día.

Me pareció extraño no encontrar a nadie ya que esperaría por lo menos a un sacristán o al mismo padre pero no había nadie. Crucé por un solitario despacho y, detrás de otra puerta, estaban las escaleras hacia la torre de la catedral, donde estaban las campanas.

Subí rápidamente pero fui detenido en el primer descanso por una visión macabra: el cuerpo de un anciano estaba tirado en el piso, ensangrentado y golpeado. Era el sacristán. No sabía que hacía allí así pero no podía parar. En pocos minutos llegarían los tanques y el momento habría pasado.

Llegué a las campanas pero allí me recibió un fuerte golpe en la cara que me tumbó al piso. Había tres hombres armados con pistolas y al parecer me estaban esperando.

Por un rato discutieron que hacer conmigo, no sin antes golpear de nuevo en el rostro y patearme en el estomago. Sangrando, vi como uno de ellos cargaba su arma y se disponía a matarme. Pero eso no sucedió. Tres disparos simples retumbaron por el recinto y los hombres cayeron muertos cerca mío.

Como pude me puse de pie y vi que la multitud, la ola, otra vez cambiaba de dirección, estaba vez hacia el Senado. Me puse de pie como pude, ignorando la pregunta de quien me había salvado la vida, mientras sacaba el rifle de largo alcance de mi maletín.

Fueron segundos. Disparé pero alguien se había atravesado. Era una mujer que no pude identificar. Cayó rápidamente al piso y todo fue un caos. De algún lado oí otro disparo de un arma similar pero tampoco acertó, volándole un gran pedazos a una columna.

Parpadeando varias veces pude aguzar la vista y ver que quién me había salvado estaba en el edificio de enfrente, el de la Alcaldía. Era otro edificio fantasma por estos días pero estaba seguro que el disparo había venido de allí.

Viendo mi fracaso, salí rápidamente del lugar, cojeando y con la respiración entre cortada. La multitud estaba siendo empujada por la policía y los gases y tanques habían llegado al lugar. Me tapé la cara y atravesé la multitud como pude hasta llegar al otro lado de la plaza. Pude ver a alguien corriendo por la calle lateral y traté de seguirlo pero la multitud escapaba por todos lados y alguien me había empujado. Eligiendo mi vida, también escapé. Llegué a casa poco tiempo después.

Enterré el arma en mi patio y le dije a mi familia que los dejaría por un tiempo. La verdad es que debía unirme por completo a la rebelión.
Poco tiempo pasaría para que supiera el nombre de mi salvador: Eric.

Esto lo escribo después de cinco años y ese es un nombre que jamás podré borrar de mi mente, pues fue él la única persona que pude querer en mi vida y, creo, que querré nunca.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Enfrentar la realidad

Diego


 Te escribo esta carta por una simple razón: ayer te vi en la calle, cerca de mi casa. Yo venía del supermercado y te vi allí, al otro lado de la avenida, charlando con un amigo o yo que sé. Me di cuenta que hacía mucho tiempo no te veía. Hubiera cruzado pero la verdad me dio vergüenza y preferí dejarlo así.

Sin embargo, luego de pensarlo mejor y después de recibir consejos de varias personas, decidí que lo mejor era enviarte esta carta.

Porque no un corre electrónico? Fácil. Porque sería demasiado sencillo. No quiero que parezca que quiero salir del paso o hacer algo solo por hacerlo.

Verás, desde hace un tiempo he estado en algo así como una terapia. No hay terapista ni sicólogo. Solo yo con mi pensamientos. El asunto es que he estado viendo como ciertos momentos o personas en mi vida me han afectado y de ahí aprender y ayudarme en un momento en el que honestamente no estoy bien.

Ultimamente he tenido momentos de depresión y mi autoestima, la misma que conociste, ha llegado a un record por lo bajo. No puedo negarte que han habido momentos en que he deseado morirme pero nunca lo he llevado a cabo y no creo que lo haga. De eso, te hablaré luego.

El caso es que cuando te vi ayer, recordé lo que habíamos vivido. A ti te habrá parecido corto y tonto pero para mi fue un momento inolvidable. Me sentía, por fin, seguro y confiado y con alguien más, así que estaba en una nube. Incluso recordarás, y si no yo te lo digo, el día en que salimos y al final te dije que había sido mi mejor día en mucho tiempo.

Sinceramente, nunca creí que me correspondieras en ningún nivel y como te dije siempre, nunca hubo amor sino un cariño grande y una posibilidad latente que yo mismo tuve el valor de hacerte saber. Sí, para mi fue valentía pura el enfrentarme a mi mismo y decirte las cosas como eran: como me  sentía y lo que quería si tu querías.

Pero no quisiste y ahí terminó todo. La amistad prometida fue la típica de estos tiempos y ahora no hay contacto. Bueno, a menos que esta carta cuente como tal.

La escribo sobre todo para hacerte saber el dolor que sentí ayer, al recordar tu negativa y ver como pudiste tener algo con alguien más. Sí, lo sé. Recuerdas a Fabiana? Conoce a un amigo tuyo que le contó que salías con alguien.

Ya han pasado meses, lo sé. Y no tengo porque reprocharte. Pero quiero que sepas lo mal que se siente ser sincero y desnudarte en palabras frente a alguien para que esa persona deseche todo, como si supiera que vale eso y más.

No te miento: tiempo después caí en cuenta que nunca hubiera funcionado. Somos personas muy distintas y eso a veces rompe más que cualquier cosa. Además, para serte más sincero, nunca sentí que yo te gustara, ni física ni mentalmente. Igual, no pude reprimir el dolor al ver fotos tuyas con alguien más, porque "socialmente" seguimos siendo amigos.

Lo peor fue el día en que fui sincero y tu me fuiste sincero también diciendo que para ti había sido parte de tu transición entre tu relación anterior y un futuro que esperabas tener, con trabajo y casa propia y éxito. Pero eso por lo que pensabas luchar antes que por amor, se fue pronto a la porra, no es así? Yo no fui lo suficiente para apartarte de tu sueño pero alguien más sí.

Lo que más me duele no es el hecho como tal. Como dije antes, estoy seguro que las cosas no hubieran funcionado pero eso no quita el hecho de que hubiera preferido mil veces que me dijeras que yo no te gustaba o algo por el estilo a que no dijeras nada o lo atribuyeras a prioridades que veo eran flexibles.

En todo caso, esta carta la escribo para sacar de mi toda la rabia que tengo. Rabia contra ti. No voy a ponerme de víctima porque, por primera vez, sé que hice las cosas que debían ser.

Esta es mi terapia: confrontarme a los hechos y tratar de superar esta crisis por la que estoy pasando en la que las mentiras son peores que la verdad más dolorosa. No me diste la oportunidad de enfrentarme a mis miedos, a mi horrible visión de mi mismo, a mi odio interno. Y eso, hubiera querido que hubiese sido decisión mía.

No te guardo rencor. Como sabes, y tu mismo dijiste, fue algo pasajero pero que para mi significó mucho y por eso te escribo.


Te mando un abrazo grande y muchos éxitos con lo que te propongas.


Tu sabes quien.


P.S: Mi amiga Fabiana se consiguió la dirección de tu casa para enviarte esto. Espero no te moleste.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Europa

La de Marisa es una vida solitaria, sin duda. Siendo una científica en el fin del mundo, no hay mucho que se pueda hacer por mejorar la vida social.

Ya hace dos años que esta joven argentina trabaja en una de las bases de su país en la peninsula antártica. Allí hace investigaciones exhaustivas relacionadas al cambio climático: saca hielo de varias partes y luego los estudia en un laboratorio especial.

Y esa es básicamente su vida desde que llegó a la Base San Martín. Los momentos de diversión son pocos y casi siempre se relacionan con la nieve o una que otra película en VHS que traen los exploradores que vienen a la base como cambio por los que ya tienen que volver a la civilización.

En uno de esos cambios de personal, Marisa conoce a Ramón. Él es chileno y viene a apoyarla en su investigación. Aunque en principio no le gusta mucho la idea, es notificada de que ahora los estudios serán multinacionales por lo que científicos de otros países estarán pasando por la base en los próximos meses. De hecho, será hasta que ella misma tenga que volver.

Al principio el trabajo con Ramón es difícil, como lo suele ser siempre que alguien nuevo llega a cambiarlo todo en un ambiente laboral. Pero pronto ambos se acostumbran a sus personalidades y el trabajo fluye más fácilmente.

Un mes después al grupo se suman Adela (francesa), Friedrich (alemán) y Victoria (rusa).

El trabajo se hace cada vez más llevadero y tras unos pocos días, ya se ha formado una autentica familia que se reúne para comer, ven películas juntos y comparten cada detalle de sus vidas. Esto es casi terapéutico ya que, estando en un lugar tan aislado, es perfecto para hablar de cosas que parecen haberse quedado en sus respectivos países.

En una de esas pocas oportunidades para relajarse, el grupo realiza un paseo en motonieve hacia una colonia de pingüinos. La única del grupo que los ha visto antes es Marisa. Para el resto es una experiencia nueva y graciosa, ver cientos de pingüinos en su estado natural. Como es verano, el clima es menos duro y verlos se hace más sencillo y placentero.

Eso hasta que algo bastante extraño ocurre: el motor de una de las motonieves explota con fuerza, asustando a todos los miembros del grupo y a los pingüinos más cercanos.

Marisa se acerca a los restos. La verdad es que no sabe mucho de mecánica pero algo le enseñó un ingeniero que estuvo de visita: al menos lo que ella veía estaba bien, excepto por el detalle de que había estallado. Era muy extraño.

Volvieron a la base al poco tiempo. Marisa había amarrado la moto dañada a la suya para que alguien la arreglase cuando pudiera.

Pero para sorpresa de todos, la base estaba desierta. Aunque eran el grupo más numeroso, había por lo menos cinco personas más en la base antes de que se fueran y ahora no había nadie. Es más, el laboratorio de Marisa estaba desordenado, aunque parecían haber tenido el cuidado de no dañar equipos.

Los cinco del grupo se sentaron entonces a la mesa, cada uno con café caliente entre sus manos, y empezaron a discutir la situación: la ropa y demás objetos personales de los otros tampoco estaban. No había ningún vuelo programado ni tampoco barcos que se fueran a acercar a la base hasta dentro de dos semanas.

Adela entonces recuerda haber escuchado algo en el barco en el que llegó, sobre un robo en otra base pero no sabía muy bien de que hablaban los tripulantes del barco.

Friedrich, sin embargo, está sorprendido de que nadie hubiera escuchado del atentado terrorista contra la base Vostok, ocurrido el día mismo de su embarque hacia la Antártida.

Ramón no entiende que tiene eso que ver con nada. La base Vostok es rusa y está a más de tres mil kilómetros de San Martín, eso sin decir que el lugar no está cerca a la costa sino dentro del continente.

El alemán responde que podía no tener nada que ver pero que era el misterio más grande respecto al continente blanco desde la supuesta base nazi en los años cuarenta.

Marisa decide que todos vayan a descansar, viendo que a veces relajar la mente hace ver las cosas más claras. Ella les promete tratar de contactar a las autoridades o a sus superiores por la radio para obtener alguna clase de explicación.

Ramón decide ayudarla y pasan toda la noche en el cuarto de ella, sintonizando emisoras y tratando de comunicarse. Por fin, hacia las 4 de la madrugada, logran hablar por un breve momento con alguien del servicio costero argentino. Exponen su situación rápidamente pero la comunicación es débil y se ve interrumpida. Ramón sale a ver el estado de las antenas y ve como han cortado cables y desenchufado otros.

Cuando vuelve, los otros ya se han despertado y no parecen haberse calmado con las pocas horas de sueño. Empiezan a discutir, cada uno desesperado por la situación pero volviendo todo personal, diciendo lo mucho que quieren irse y como nunca debieron aceptar el trabajo.

Solo Victoria está, como siempre, bastante callada y parece pensar a toda velocidad pero sin decir ni una palabra.

Cuando Ramón grita para que todos se callen, Victoria hace un sonido de duda y luego empieza a contar algo imposible: resulta que ella estuvo en Vostok antes de la explosión, exactamente el día anterior. Trabajaba investigando las profundidades del Lago Vostok, el que podría ser el lugar más puro del planeta al haber sido sellado hace milenios por el hielo.

El alemán le pide la razón de su historia y ella responde que sabía que alguien intentaría sabotear las investigaciones. Adela pregunta el porqué y la respuesta, aunque lentamente, les cae a todos como un balde agua fría: Victoria confiesa que los rusos han descubierto trazas de vida en el lago y que estos se asemejan a información proporcionada por la NASA sobre una luna de Jupiter.

Marisa trata de entender mejor.

- Que quieres decir?

- La NASA le envío, en secreto, esa información al Kremlin. No soy solo una científica, soy también agente de seguridad de Rusia. Yo y un compañero fuimos, en secreto, a comparar los resultados de la NASA con los de nuestros científicos. Y son iguales.

Ramón da un respingo. Los demás parecen no respirar.

- Quieres decir que...

- Hay vida en ambos ecosistemas. Y sin similares. Y alguien no quiere que eso se sepa. No sé porque.

De repente se oye una explosión, como la de la motonieve pero más grande. Ramón sale rápidamente, siendo el único vestido para salir, y ve los restos de todos sus transportes freídos por la explosión, frente a la base.

Cuando se da la vuelta para entrar al recinto de nuevo, sus compañeros ven como se desmaya tras un golpe con una culata de arma de fuego. Quien lleva el arma es irreconocible para todos pero viene acompañado. Entran a Ramón y cierran la puerta.

Marisa concluye, sin temor a equivocarse, que estos son los mismos hombres que atentaron contra la base Vostok. Y al parecer, vienen a terminar su trabajo.

martes, 9 de septiembre de 2014

Universos

Se han puesto a pensar, alguna vez, en las vidas de los demás? Sean honestos consigo mismos, en verdad lo han hecho? Y no estoy hablando de sus familiares o por breves momentos cuando ven el noticiero y el sentimiento más recurrente es la lástima.

No, yo hablo, por ejemplo, de cuando entran a un gran almacén. Sea una tienda por departamentos o una de esas grandes de utensilios y accesorios para la casa. Nunca han visto a la señora que compra tres o cuatro plantas artificiales porque lo hace y que vida lleva? Yo sí. Imagino que adora las plantas más que a cualquier cosa porque ellas no van a contradecir ni responder. Solo se van a dejar querer y hacer.

Raro pero cierto: todos tenemos nuestras locas patologías y no tenemos que ser psicoanalistas para saberlo. Cada uno de nuestros comportamientos tiene una razón. Lo mismo sucede con ese hombre, el que compra en solitario ropa de cama en una tienda. Yo creería que vive solo, ya que pocos hombres ven esa como una tarea propia, lo cual está claramente mal. Los que lo hacen muchas veces viven solos: se imaginarán dormir por fin con alguien en esas sabanas nuevas? Tal vez cambiar un poco su ambiente para sentirse menos atrapados en su soledad?

Sí, lo sé. no toda la vida es una tragedia. No hay nada más divertido que ver a un niño verdaderamente emocionado en una juguetería al ver el juguete que más le hace feliz, sea cual sea. Nos preocupamos mucho con lo que el niño elija o no pero todo debería estar enfocado en el nivel de felicidad. Si a una niña le hace feliz vestirse de Batman, quienes somos el resto de los humanos para decirle que está mal?

La felicidad, eso sí, siempre es relativo. Muchas veces caminamos por las galerías comerciales y los parques y vemos parejas tomadas de la mano. Este comportamiento no siempre indica un amor profundo, a veces es solo una costumbre adquirida como saludar a alguien de mano o de beso.

He visto parejas en los parques hablando y poniendo atención a lo que dice el uno y el otro. Son una pareja feliz, digo yo. Se entienden y se preocupan por el otro. Muchas veces pueden haber diferencias pero las personas aprenden, como en todo, a derrotar los problemas.

Es preocupante cuando ya ríen demasiado, solo uno de ellos ríe o, pero aún, una de las personas parece el guardaespaldas del otro. Y no, no hablo de esposos con el bolso de la mujer afuera de la tienda de ropa. Hablo de aquellas parejas que todo lo hacen con otros y uno de ellos se vuelve un protagonista secundario en su propia película. Cuando veo parejas así, no es difícil ver el dolor y/o el fastidio del personaje relegado.

Todos también hemos usado, alguna vez, un modo de transporte. Sea el avión, el taxi, el bus o el tren, es apenas humano ver que hacen los demás y sacar conclusiones: somos seres que nos adelantamos a los hechos y a lo dicho. Por mi parte, creo que esta cualidad es una de las mejores del ser humano: allí nace la creación de historias que pueden ser infinitas.

El joven que lleva una patineta y habla por celular: seguro habla con su novia y va en camino a verla. Tomarán un café, se darán besos y luego harán el amor en una de las casas, oportunamente solas, de alguno de los dos.
O ese señor que mira el reloj nerviosamente. Va de camino a una reunión importante y para él lo óptimo es que el tiempo esté de su parte. Tiene todo milimétricamente calculado para poder cerrar un negocio en un tiempo calculado al segundo por él.
Y no falta nunca la mujer mayor. Ella sí sabe de lo que se trata todo esto: mira a los demás pasajeros y, si eres de mucha imaginación y pocos dispositivos electrónicos, seguro cruzaran miradas cómplices cuando estén imaginando las vidas que tienen por delante.

Nuestra capacidad de imaginar es lo que nos hace únicos como raza y nuestra manera de comportarnos ante cada situación es lo que nos define como seres humanos distintos. La igualdad es un concepto puramente jurídico: la realidad es que ningún ser humano es igual a otro y jamás lo será. Cada uno somos un universo, algo pequeño e insignificante en el gran esquema de las cosas, pero único en todo caso.

Por eso algunos comportamientos que vemos en la calle son, muchas veces, incomprehensibles: dos personas tomadas de la mano y todos mirando como si fuera un espectáculo público, una mujer vestida provocadoramente que hace girar más de una cabeza o incluso un niño llorando porque ha perdido algo muy querido.

Lo cierto es que vivimos metidos en nosotros mismo, lo cual es comprensible y apenas obvio. Pero tenemos la capacidad de ser mucho más: de eso se trata la creación que no solo es divina sino muy humana. Quienes no usan esta cualidad lastimosamente quedan encerrados en cuatro paredes mentales y nunca aprenden de la inmensidad de universos que circulan alrededor.

No se trata de que todos seamos creadores todos los días: eso es casi imposible por las amplias limitaciones de nuestros cuerpos y mentes pero es un buen ejercicio diario el imaginar algo, cualquier cosa. Y que mejor que imaginar a partir de aquellos seres con los que compartimos este lugar día a día.

Esa es mi propuesta para todos: hoy, mañana o cuando vean el momento, imaginen la vida de alguien más. Dejen de lado sus atormentadas e importantes vidas y abran su mente al sinfín de posibilidades que nos da este pequeño mundo nuestro.

domingo, 7 de septiembre de 2014

El Hotel Z

Todo estaba listo. Las almohadas bien puestas, los sobrecamas perfectos, los baños impecables y cada detalle arreglado para alcanzar la excelencia. Eso pensó Juan. Era uno de los trabajadores del hotel más elegante del Valle de los Pinos.

El hotel, el Z, fue sin duda uno de los mejores y más refinados establecimientos de su tipo en el mundo. No solo por estar ubicado en un lugar alejado y hermoso, sino por la calidad de cada uno de sus servicios.

Juan llevaba trabajando aquí apenas dos años años, pero se había enamorado de cada rincón del edificio. Alguna vez la gran casa fue la mansión de un conde austrohúngaro que venía a disfrutar de los veranos junto al lago que queda a solo unos pasos de la casa. La mansión perdió el brillo después de las dos guerras pero entonces un empresario francés la compró, la rehabilitó y la convirtió en el mejor establecimiento dedicado al placer y la relajación.

El dueño, el francés, todavía vivía y lo hacía en una de las tres suites presidenciales del hotel. La suite París, como él mismo la había bautizado, era perfecta en cada detalle: exquisitos cuadros de la época de Louis XIV, artesanías de los Pirineos y alfombras hechas en los Alpes. En la sala central, que separaba los dos cuartos de la suite, había una mesa circular, siempre adornada con los más exquisitos dulces franceses. Así lo disponía el dueño.

Las otras dos suites eran la Moscú y la New York, también muy solicitadas. De hecho, Juan acababa de dar los últimos toques a la suite New York. Un empresario norteamericano y su esposa venían a pasar algunos días y era imperativo que todo fuera perfecta y así lucía: hermosas fotografías de antaño colgaban por toda la suite, recordando el pasado de la gloriosa Gran Manzana.

Juan se dirigió entonces al vestíbulo al que, en pocos minutos, entrarían los esperados huéspedes. Allí estaban el jefe de la cocina, un par de camareras y un botones, esperando como si fueran miembros del ejercito. Estaban impecables, todo tan perfecto que sin duda agradaría al cliente más exigente.

El joven se ponía al lado de una de las camareras y esperaban. Entre ambas jóvenes, una rubia y la otra pelirroja, hablaban por lo bajo a gran velocidad. Juan las callaba y ellas hacían caso pero retomaban su conversación a los pocos segundos.

 - No lo podemos evitar. No ha visto a la mujer que llegó en la madrugada?

Juan estaba extrañado por el comportamiento de sus compañeras pero más porque lo que una de ellas había dicho: una dama, un dama real, jamás llegaría a un hotel tan temprano.

 - Es muy linda
 - Claro que no. Solo es alta y delgada.
 - Ya quisiera ser así.

Pero la discusión terminaba al instante al abrirse las majestuosas puertas del hotel. La pareja, un hombre bien parecido, con algunas canas en las sienes, y su mujer, con una piel excesivamente grande, entraban al lugar como cara de complacencia.

 - Te lo dije mi vida. Es el mejor de este lado del Atlántico.

La mujer sonreía a todos mientras Juan los presentaba y él mismo lo hacía con ellos.

Rápidamente, tras decirle al jefe de cocinas que deseaban para la cena, la pareja acompañada por Juan se dirigía hacia el quinto piso del edificio y se instalaba en la New York. Parecían estar algo agotados por el viaje pero complacidos. Tanto, que el norteamericano había puesto un billete de cien dólares en la mano del joven.

Como siempre, Juan bajaba por la escaleras en vez de usar el ascensor. Esta era su costumbre, para poder ver el lago por los ventanales. Lamentablemente la tarde se había tornado gris, lo que auguraba un clima difícil para la noche.

En el segundo piso, Juan iba a seguir bajando cuando vio la puerta de una de las habitaciones abierta. Siendo un atento servidor de los huéspedes, decidió ir a ver que sucedía.

La habitación era mucho más pequeña que cualquiera de las suites pero agradable en todo caso. La luz estaba apagada. La ventana de esta habitación daba hacia el bosque, por lo que estaba sumida casi en la absoluta oscuridad. Juan había dado unos pocos pasos cuando la puerta se le cerraba detrás y una mujer se le acercaba.

 - Sabía que caería.
 - Disculpe?
 - Necesito que me ayude.
 - Que necesita?
 - Tengo que hablar con alguien y usted me va a ayudar.

Juan estaba confundido. La lluvia había empezado a golpear el vidrio de la ventana con fuerza y la mujer se le había acercado más. Con la poca luz que llegaba del exterior, Juan pudo ver a la mujer con más claridad: era hermosa. Delgada y alta como la habían descrito las camareras.

 - Tiene que ser hoy.
 - No le entiendo.

La mujer se devolvía a la puerta y pulsaba el interruptor de la luz. Luego se sentaba en la cama y prendía un cigarrillo.

 - Que no entiende?
 - Si necesita hablar con otro huésped lo puede hacer en cualquiera de las zonas comunes.
 - Necesito hablar con un hombre casado. Sin que su esposa esté allí.

Juan seguía sin entender. Porque le había hecho esa trampa a él? Porque no a otro?

 - Usted se ve atento, amable.

La mujer se quitaba el abrigo y una parte de las dudas de Juan parecían disiparse. La mujer estaba embarazada.

 - Es el padre. Supe que iba a venir y llegué primero.
 - El padre? Pero si yo...
 - No usted. El hombre en la New York.
 - Como sabe que...?
 - Eso no importa. Necesito hablarle. Entiende?

La mujer entonces se ponía de pie y caminaba hacia una pequeña mesa. Sobre ella había una bandeja con medio limón y un vaso de agua.

 - Se lo pedí a una de las camareras. Tengo nauseas seguido.

Apretó el limón sobre el vaso y se limpiaba las manos en la ropa.

 - Lo siento, no soy de la clase de mujer que viene a este sitio.

Juan no decía nada.

 - Mire, solo necesito hablar con él. Es urgente, como puede ver.

 La mujer tomaba un largo sorbo de agua con limón. Mientras hacía caras, Juan se le acercaba un poco.

 - Está bien?
 - Sí... Ayúdeme, se lo ruego. Necesito que...

Pero Juan nunca supo que necesitaba la hermosa mujer. Se había empezado a ahogar y luego se había desvanecido en los brazos del joven.

De pronto, había dejado de respirar. Se había vomitado al colapsar y ahora estaba allí, inerte.

Juan no supo bien que hacer y solo encerró el cuerpo en el cuarto, con llave. Un joven botones de pronto aparecía de la nada.

- Juan! Por fin te encuentro. Es terrible.
- Que pasa?
- Hubo un deslizamiento de tierra. La carretera está bloqueada.

Ese día, algo había cambiado en Juan. Ese día sería el primero en el que iba a tomar decisiones por su propia cuenta y no basadas en las reglas o los dictámenes de nadie más. Ese día, alejados del mundo por una tormenta, los huéspedes del hotel Z conocerían al verdadero Juan y, de paso, desvelarían sus verdaderas personalidades.

viernes, 5 de septiembre de 2014

En el tren

La estación estaba repleta, como siempre en la hora pico de la noche. Casi no se podía circular por los andenes y muchas personas cargaban paquetes y maletas grandes. Estaba claro que no solo operaban a esa hora trenes de cercanías sino también a ciudades más lejanas.

Martha se abrió paso con dificultad, con el billete del tren en una mano y halando una pequeña maleta con la otra. En una de las pantallas veía el nombre del destino y suspiró al sentir el calor generado por la gran cantidad de personas.

No pasaron ni cinco minutos cuando un tren blanco, haciendo bastante ruido, entró a la estación. Muchas de las personas en el andén se alistaron y pocos minutos después abordaron el tren.

Martha se sentó en el último coche, lejos del ruido de la parte frontal. Puso su pequeña maleta en la estructura metálica sobre los asientos y se sentó justo debajo, junto a la ventana.

El tren rápidamente tomó velocidad y una pequeña pantalla empezó a listar las próximas paradas: la de Martha era la última, lo que hacía que el viaje durara unas 2 horas. Había 3 paradas antes, la próxima a unos 45 minutos.

Un par de asientos fueron ocupados pero no se podía decir que el tren estuviera relleno ni mucho menos. De hecho, en el grupo de cuatro sillas donde estaba Martha, no había nadie más.

De un bolso que tenía en el hombro, la mujer de 30 años sacó una tableta electrónica y empezó a leer un libro. Lo había dejado en la mitad, oportunamente cuando la joven heroína se disponía a viajar en el Orient Express.

Cuando llegaron a la siguiente parada, Martha se había aburrido de leer y había empezado a jugar un juego de colores y esferas y demás. No era una opción ver por la ventana ya que todo estaba sumido en la oscuridad, así ahora las luces de la estación iluminaran un poco el panorama.

Fue en esa estación que un hombre, tal vez cinco años mayor que ella, se sentó en el asiento de enfrente. Ella apenas lo miró por encima de la pantalla de su aparato cuando el hombre guardaba su maleta y se sentaba, él sí mirando por la ventana, hacia la oscuridad.

Martha se aburrió rápido de su juego y, por primera vez, miró a la cara de su compañero de viaje, que miraba las luces lejanas de alguna ciudad.

 - Guille?

El hombre se incorporó, como si acabara de despertarse de una siesta. Miró a Martha fijamente, entrecerrando los ojos y finalmente su cara formó una sonrisa.

 - Tata?
 - Sí, soy yo.
 - No te reconocí cuando subí.
 - Nadie pone mucha atención en los trenes - dijo ella, riendo tontamente.

Esto último no sabía porque lo hacía. De pronto se acordara de aquella época, en el colegio, en la que había coqueteado con Guille en su último año y se habían dado un beso el último día de clases, sin verse uno al otro nunca más.

 - Que has estado haciendo? No nos vemos hace mucho.

Él también recordaba el beso. Siempre le había gustado Martha pero nunca tuvo el coraje de decírselo en el colegio.

 - Pues trabajo como corredor de bolsa.
 - En serio? Debes ganar mucho dinero.
 - No me puedo quejar.

Guille se había divorciado hacía unos pocos meses e iba de camino a ver a sus hijos, que ahora vivían con la madre.

 - Y tu?
 - Voy de camino a ver unos inmuebles. Trabajo en una inmobiliaria.
 - Divertido, no?
 - A veces. Se conoce mucha clase de gente.

Ese mismo día, más temprano, Martha había entregado las llaves de una casa a una pareja bastante extraña: habían hecho preguntas del tipo "estas paredes son gruesas de verdad o se oye a través" o "el piso es fácil de limpiar".

De pronto había aparecido un hombre de la empresa ferroviaria, revisando los boletos. Martha y Guillermo le habían dado sus billetes y el hombre los había recibido alegremente, con una sonrisa e incluso una broma.

  - También te bajas en la última parada? - preguntó Guille a Martha cuando el revisor había dejado el coche.
 - Tu igual?
 - Sí. Que raro no?

Ambos estaban felices por esta coincidencia. Sentían que había algo que no se había terminado de cerrar cuando habían estado en el colegio y cada uno por su lado sabía que no había mucho que se los impidiera.

 - No estás casada...
 - Disculpa?
 - Lo siento, noté que no tienes argolla.
 - Tranquilo. Sí, no estoy casada. Nunca me casé de hecho. Tu?
 - Divorciado

Y esa pregunta desencadenó una larga conversación sobre las relaciones humanas y lo difícil que era ajustarse a otro ser humano, a veces tan diferente y otras veces tan parecido.

Martha recordó pero no habló de su más grande amor, un joven en la universidad que la cambió por una chica más bonita, de un día para otro. Guille recordó a su ex esposa y sus constantes discusiones.

La charla se alargó tanto que siguieron hablando de ello cuando el tren por fin se detenía en la última estación. Cuando salieron del vagón, caminaron juntos a la salida de la estación y rieron recordando anécdotas colegiales mientras esperaban el autobús respectivo.

La verdad era que Martha usaba otra línea de autobús, diferente a la de Guille, pero él había propuesto ir a comer algo y la vida de la mujer ya era muy monótona y negarse a una invitación como esta hubiera sido una tontería.

Mientras comían una hamburguesa, ambos pensaban en las posibilidades que la vida les ofrecía. Después de todo, coincidir en un tren parecía sacado de una romántica película del pasado.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Carta Para Mi (Parte 1)

Querido Yo,


te escribo escribo esta carta para hacer algo así como un diario de lo que ha venido pasando en los últimos días. Creo que así podré saber que fui yo mismo quien escribió esto, si es que de un día para otro también olvido quien soy ahora y no solo quien era antes...

Todo empezó el sábado en la mañana. Me desperté, como normalmente supongo que hago, pero en vez de hacerlo en mi cama lo hice en la cama de alguien más. No te imaginas la sorpresa que fue sentir un cuerpo al lado del mío, durmiendo tranquilamente.

En caso de que no recuerdes nada, antes vivías solo. Sí, solo! Tenías un apartamento pequeño pero iluminado en el centro de la ciudad. Aunque la soledad no era total pues tenía un perro raza beagle de nombre Pepe. Era el mejor amigo que has tenido.

Pero él no estaba en esta casa. Ese día me levanté en silencio y salí del cuarto. Pensé que podía haber tomado bastante y resultado en la cama de una mujer desconocida pero no recordaba haber bebido el día anterior. Para serte sincero, quisiera recordar más de nuestra vida pasada pero parece que cada día detalles se desvanecen de mi mente.

Cuando salí del cuarto me di cuenta de que estábamos en una casa, bastante grande y moderna por cierto. Bajé al primer piso cuidando de no despertar a la mujer pero casi fracaso cuando, a mitad de la escalera, un gato blanco y gordo me maúllo porque casi le piso la cola. El horrible bicho (no nos gustan los gatos) salió corriendo hacia arriba.

Al bajar llegué a la sala y me fijé que había bastantes objetos, muebles y fotografías. No les puse atención, más que todo por el hecho de estar sorprendido: una mujer con una casa tan grande y tantas cosas seguramente era mujer con dinero. Y siendo escritor, no viene mal un dinero imprevisto.

Se me olvidaba decirte que somos escritores. Escritor mejor dicho. Publicamos una novela que no tuvo mucha acogida y ahora escribir reseñas de un poco de todo y damos clase en una universidad. Disculpa si te confundo al hablar como si fuéramos dos personas, cuando tu eres yo y viceversa. Se me hace más llevadero así, como si hablara en alguien que puedo confiar.

Fui a la cocina y había café en en la cafetera. Puse a calentar un poco y, mientras tanto, me acerqué a la ventana de la cocina que daba a la puerta de entrada. Parece un sueño ese sitio! Pasto verde como en las películas y un muro bien cuidado que la separa del mundo.

Y ahí me asusté. También se veía el camino para los automóviles y, de hecho, había dos. Una camioneta como las que usan las mamás que llevan a sus hijos al partido de fútbol y un carro más pequeño, gris. Instintivamente pensé que era de su esposo y me invadió el pánico. Tenía que irme pero estaba en boxers y mi ropa seguramente estaba en el cuarto de la mujer.

No sabes el miedo que sentí. Me devolví a las escaleras e iba a subir cuando me detuve en seco y me puse más frío de lo que estoy ahora, escribiéndome.

Había una niña de unos 6 años, abrazando un peluche en forma de elefante, en la parte más alta de la escalera. Sentí como si estuviera desnudo en la mitad de la nieve, como si no tuviera más opción que salir corriendo. Si te soy sincero, creí que la niña iba a gritar o a correr o algo.

Pero no. Bajó algunos escalones, me miró con sus enormes ojos color avellana y dijo:

- Papi, tengo sed.

Sí... Somos papás. O al menos ahora lo somos. Antes nunca estuvimos cerca de serlo ni mucho menos...

Mierda. Estoy en la oficina de este... nuestra oficina, la de ahora. Acaba de sonar el teléfono y era mi secretaria. Aparentemente trabajo en un banco y la verdad, no sé como, pero sé que hacer lo que hay que hacer. Es horrible.

Te escribo esto mientras nadie me ve pero temo que alguien pueda entrar y me vea haciendo esto. No puedo permitir que me internen o algo así. No sin entender que pasa.

Nuestro nombre es Alejandro Domínguez. Somos un escritor y vivimos solos. Ahora somos un contador y tenemos dos hijos y una esposa. Nos aman pero no los puedo amar de vuelta.

No puedo seguir escribiendo. Me busca alguien que no conozco pero que al parecer debería... 

En todo caso quiero que sepas que estoy contigo, si es que las cosas han vuelto a cambiar. Vamos a averiguar que pasa. Te lo prometo.


Fuerza,

Alejo.

viernes, 29 de agosto de 2014

La casa de ladrillo

Ya estaba sentado en el sofá, sonriendo, viéndolos reír. Contaban sus historias uno a uno, dándose momentos para reflexionar, para preguntar, para reír de nuevo o para hacer silencio. Era como si lo hubiesen hecho así durante tanto tiempo que romper la rutina ya no era una posibilidad.

Me removía en mi asiento, algo incomodo por estar en un lugar en el que jamás había puesto un pie. Pero no solo era esta la razón, la verdad era que mi anfitrión, el dueño de la casa de ladrillo, era alguien que me inquietaba pero a la vez me llamaba la atención.

No recuerdo bien como ni donde nos conocimos. Lo único que sé es que ese día estaba allí, con su familia y con él, contando historias como si nos conociéramos de hace años.

Las pocas veces que me miraba, mientras su familia compartía otros recuerdos entre ellos, sentía que su mente se adentraba en mi, como si se tratara de un veneno. Su mirada no era verdaderamente aterradora pero si sobrecogía con facilidad, poniéndome la piel de gallina.

Estaban sus abuelos, sus padres, su hermana y los hijos de ella. Y yo. Y él.

La noche llegó a la casa de ladrillo y su madre y hermana habían preparado algo de comer. En todo ese tiempo me sentía como un fantasma. Ellos poco me miraban y muchos menos me hablaban. El único que me perforaba con la mirada, a ratos, era él, el dueño de la casa.

Ya tarde su familia se fue a dormir pero yo me había quedado en la sala de estar, sin nada que hacer. Como siempre en estos casos, no sabía muy bien que hacer ni adonde ir o, viendo el caso, si debería irme.

De pronto se me acercó, me tomó de la mano, y me llevó debajo de la casa. El sótano no era muy amplio y olía a humedad. Me haló ligeramente hacia a un lado y entonces lo vi.

Había un espacio en la pared. No era excavado como los de las películas de fugas sino un pasillo, de ladrillo como la casa, que llevaba hacia algún otro lado.

Sin decir nada, me soltó la mano y se adentró en el pasillo. Traté de seguirlo por el estrecho corredor pero apenas toqué la piedra roja, varios pensamientos atacaron mi mente. Pero no eran pensamientos míos.

Imágenes de mi anfitrión se mezclaban con escenas borrosas y oscuras de gritos y quejidos, gemidos y respiraciones aceleradas. No eran mis pensamientos, eran sus recuerdos.

Me dejé caer al piso y estiré la mano para alcanzarlo pero ya estaba muy lejos dentro del corredor y yo no podía moverme. Las imágenes me habían causado un gran dolor de cabeza y no había manera de detenerlo.

Sin querer me apoyé en el muro y, de nuevo, sus recuerdos atacaron mi mente. Esta vez vi sangre, sentí el dolor de sus víctimas y sus gritos me perforaban los tímpanos.

Me empecé a golpear con fuerza la cabeza, buscando expulsar las oscuras imágenes de mi mente. Pero solo logré hacer retumbar mi mente con los dolorosos sentimientos que no me dejaban.

De pronto, sentí como si un demonio se apoderara de mi. Seguí golpeándome para expulsarlo a él y a los sombríos productos de mi atormentado ser. Me golpee la cara, el pecho, el estomago y mi pelvis.

Caí al piso sangrando, y ahí, por fin, todo terminó. Al poco tiempo retomé mi vida, todavía sintiendo en mi al terrible hombre de la casa de ladrillo.

jueves, 28 de agosto de 2014

Los días

Está ahí, detrás de la puerta. Siento su oscuridad, su calor, su sencillez y su dolor.

No puedo moverme a voluntad. Y cuando lo logro, solo me lastimo a mi mismo, sirviendo su voluntad.

Él, solo él, me quiere bajo su manto. Es tranquilo, casi pasivo, esperando y sabiendo lo que pienso. Y mis pensamientos abren la puerta.

Pero es apenas un pequeño resquicio. Lo puedo ver por un instante, antes de que decida irse y dejarme solo por hoy.

Despierto sudando ligeramente, con las manos tensionadas y la espalda adolorida. Por un momento abro lo ojos más de la cuenta, tratando de sentir si este es el sueño o, peor aún, la realidad.

Mientras pongo los pies en el suelo, imagino tomando su mano tibia y caminando hacia las sombras.

Miedo? Sí, siempre. Pero el miedo es preferible al dolor. El dolor que siento al sentir el sol en mi piel, al escuchar las voces lejanas de aquellos que a veces se sienten tan cerca pero muchas veces tan lejos.

Y me encuentro a mi mismo encerrado, solo, desesperado y envuelto en un remolino de sensaciones en guerra al punto que mi cuerpo me traiciona y solo pienso en estar con él. Es un romance fatal pero hermoso, que no me atrevo a aceptar. No es por mi, es por otros.

Mi dolor es real. Lo siento al caminar y al oír mi voz, al respirar y al sentir el viento que sin misericordia me recuerda la mortalidad de esta mente que solo quiere verme caer.

El futuro es solo un hueco, un agujero negro eterno e incierto. Los envidio, a todos aquellos que ven un sinfín de colores y sentimientos en él. Yo no veo nada, no sé nada y no siento nada por él.

Pero aquel caballero detrás de la puerta, el de la expresión inerte, por él siento ráfagas de sentimientos que amenazan con acabar la poca sensatez que mi mente me brinda.

Noche tras noche, todos los días de mi vida, él está ahí. A veces se ausenta por largos periodos, pero como en una buena novela victoriana, siempre vuelve para cortejarme con su sola presencia y su innegable candidez.

No lo amo. El amor es débil y efímero. Esto es algo mejor y peor, algo más drástico pero sencillo, algo verdadero y, a la vez, una gran ilusión.

No sé si sea este el día, o mañana, en el que tome por fin su mano a través de la rendija de la puerta. El día en que su cálida presencia se mezcle con mi tambaleante ser, y me lleve en paz de la mano a través de los campos más allá de este insignificante mundo.

Aquí estoy, siempre decayendo. Siendo traicionado hasta el fin de los días por mi enemigo mayor.
Y ahí está él, detrás de la puerta, esperándome.